Novelas, cuentos y artículos · Unidad 63 de 172
Unidad 63 · 152 EL SOLITARIO.
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152 EL SOLITARIO.
El Sultán, alarmado con tal contrariedad, que dejaba manco el número de ganapanes y aljameles, fijado por el caprichoso Ben-Farding , para que lo porteasen, se dirigió á Abuel-Casin, y le dijo:
— He aquí, amable capitán de la guardia africana, cómo llegan trances y casos en que se echa de menos la sabiduría. ¿ De qué traza nos valdremos para llevar á debido cumplimiento las discretas exigencias de mi buen amigo Ben-Farding?
El agradable Abu-el-Casin inclinó su frente y le respondió sonriéndose:
— Descuidad en cuanto á ese punto, Príncipe de los creyentes, pues en tanto que á estos buenos amigos los dirijo hacia la Alcazaba, empinados por ahora en sus dos patas posteriores, pasaré yo personalmente por el colegio y la academia , daré una vuelta por las bibliotecas de Bek-Faral y de Aben-Melij , y recogeré los trece varones que nos faltan para completar el estupendo tiro que nos exige Ben-Farding, de entre los venerables literatos que más allí trabajan y se fatigan por h felicidad del mundo, fastidiando á la ciencia. Me lisonjeo de que esta inevitable sustitución nos la ha de agradecer el sapientísimo Ben-Farding.
— Vé y obra — dijo el Sultán.
— Oir y obedecer — respondió Abu-el-Casin.
EL COLLAR DE PERLAS. 1 53
En efecto, el amable capitán de la guardia africana entró primeramente en el colegio que con grande apariencia y anchas escuelas y jardines de apartada soledad y propios para el estudio, se miraba edificado á las orillas del fértilísimo Darro. Allí encontró gran número de doctores y alfaquíes que estudiaban noche y día en el libro bajado del cielo, en la manifestación de los decretos de Aláh , en una palabra, en las suras y aleyas del divino Alcorán.
-¿Qué hacéis? — preguntó Abu-el-Casin á unos viejos venerables de blanca y crecida barba, ancha y espaciosa frente que se encontraban sentados sobre el césped de la verde pradera y bajo una bóveda de laureles.
— Aquí — respondieron — estamos componiendo las oraciones que se han de recitar mañana por las calles y campos para que Aláh, el Altísimo, nos envíe su lluvia, la fértil y placentera, y nos retire su lyigosta, la voraz y devorante. Recitamos también sus alabanzas y altacabiras con voz apacible y corazón limpio y conmovido.
— Y vosotros, ¿en qué os ocupáis? — preguntó también Abu-el-Casin á otros vejetes de ojillos hundidos, frente estrecha, nariz roma y de gesto en que á un tiempo se retrataba la envidia y la vanidad.
— Nosotros — contestaron — nos afanamos