Novelas, cuentos y artículos · Unidad 64 de 172
Unidad 64 · 154 EL SOLITARIO.
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154 EL SOLITARIO.
por descubrir en nuestro estudio y fijar la noche en que Aláh envió el libro santo y divino á su profeta y favorecido Mohamad. Cuando hayamos determinado este punto tan esencial, 3^ sepamos en qué mes cae esta noche de misericordia , si es en el Remadán ó en el mes de Safer, habremos vencido á todos los doctores antiguos y á cuantos en nuestra edad siguen ciegamente sus sentencias y decretos. Entonces nos pondremos á la cabeza de todos ellos, nos obedecerán y nos respetarán; empalaremos á algunos, los perseguiremos á todos y ganaremos mucha honra , y, sobre todo, gran provecho.
El amable Abu-el-Casin empuñó á cuatro de estos buenos amigos y los puso en camino de la Alcazaba , y él se fué á la Academia en donde disputaban muchos sabios sobre gramática, filosofía, dialéctica y otras ciencias.
— ¿Quién es aquel buen amigo? — dijo el agradable Abu-Qj-Casín viendo á uno que en un ancho cerco de oyentes hablaba y gesticulaba con tanta fe, como placer propio.
— Aquel — le dijeron — es el famoso Frangi? el-Wadar, oráculo de nuestro siglo, depósito de elocuencia , tesoro de frases lindas , urna de tropos y figuras retóricas, y además — le añadieron en voz baja — amplio cofre y razonable tinajón de vanidad y presuntuosa candidez.
— El cree — añadió un estudiante de burlona
EL COLLAR DE PERLAS. I55
catadura, allí estante y presente al caso — que aprendiendo las irregularidades y variaciones de los verbos cóncavos y enfermos, se aprende á conocer á los hombres, y porfía y jura y perjura que el gobernar el Estado guarda necesaria hilación con la métrica y el arte de los consonantes.
El agradable Abu-el-Casin , al escuchar tal reseña, dijo para sí: «ya tengo el centísimo vigésimo quinto aljamel que me faltaba para el completo de mi cuenta»; y cogiendo al elocuente El-Wadar por la manga de su aljuba le interrumpió en su agradable ejercicio, sintiendo tal contratiempo aquel orador, no tanto por el puesto que iba á ocupar entre los aljameles de Ben-Farding, cuanto por el negro disgustillo y rabieta de no oirse á sí propio en el vigésimo discurso que había ya principiado á pronunciar á s'i auditorio, y que hubiera sido más torneado y salido con más arrebol y afeites de palabrillas y colorines que las diez y nueve pláticas restantes y trompeteadas por sus labios aquel día.
Después, el amable capitán de la guardia africana entró en la biblioteca de Abu-Melik y de Ben-Farax, y en ésta encabestró á buen ojo cuatro poetas que escribían sendas casidas de versos, presumiendo con ello dirigir al género humano, y en la otra atrailló á cuatro escritores graves que refutando hechos, des-