Nuestra patria, lectura para niños · Capítulo real 6 de 17
CAPITULO VIII
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CAPITULO VIII
ANÉCDOTAS DE LA GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS
|"J I JO. — Papá, yo quisiera conocer algún relato de pg los hechos heroicos de los cubanos que, según a«SmP me has (iicho, abundaron durante los diez años de guerra, es decir, desde el año de 1868 hasta el de 1878. Padre. — Con mucho gusto, hijo mío; me alegra tu deseo; te voy a contar algunos rasgos de valor y de heroísmo de que dieron muestra los cubanos en aquellos días gloriosos; todos debían ser conocidos, pero te contaré algunos de ellos para que quieras más a la Patria, para que admires con toda la intensidad de tu corazón el comportamiento de aquellos cubanos que formaron aquel ejército que estuvo siempre desnudo y sin zapatos, con muy pocas armas y escasas municiones, enfermo, sin medicinas y sufriendo el hambre y todos los rigores de la intemperie; no tuvieron nada para luchar, lo único que tuvieron para combatir y soportar con decoro y con dignidad aquellos diez años de guerra, fué la firmeza del carácter, el amor a la libertad y el deseo de hacer a su Patria independiente.
Oye bien, hijo mío; te voy a contar algunos de los muchos actos heroicos realizados por los cubanos en esa guerra .
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Un día el comandante español Montaner, en operaciones por Camagüey, en el batey de un ingenio de aquel lugar hizo prisionero a los pacíficos del ingenio; antes, también había hecho prisionero en su recorrido al capitán mambí Edmundo Agüero y a su asistente, un joven que había sido su antiguo esclavo.
Por la mañana el comandante Montaner formó en línea a los prisioneros y les dijo: "Los que se acojan a la bandera española, serán indultados y puestos en libertad; el que acepte esta proposición, que dé un paso hacia adelante' \ Todos los prisioneros pacíficos avanzaron un paso; pero el capitán Edmundo Agüero y su asistente permanecieron firmes en sus puestos.
El capitán Agüero le dijo a su noble asistente:
— Acógete al indulto, muchacho.
Aquel muchacho, un niño casi, le dijo al capitán:
— No, capitán; su suerte es mi suerte; vamos a morir juntos gritando: "¡Viva Cuba Libre!"
El comandante español preguntó:
— ¿No aceptan ustedes?
— Somos cubanos, replicó el capitán Edmundo Agüero.
El leal asistente, el noble compañero, asintió a lo dicho por el capitán Agüero, y una descarga de fusil hizo rodar los cadáveres de los dos héroes.
Gregorio Benítez, cubano valeroso que ostentaba el grado de brigadier del ejército cubano, ordenó un día a sus fuerzas la toma del fuerte de Montejo, inmediato a la ciudad de Puerto Príncipe.
El ordenanza Barretico, un joven, lanzó su caballo a todo correr, llegó al fuerte y tocando con su arma la puerta del fuerte, gritó:
— ¡Ríndanse, españoles, se les perdona la vida!
Los atacantes fueron derrotados y Barretico salvó su vida, a pesar de haber intimado la rendición a los españoles durante todo el tiempo que duró el ataque.
¡Cuánto heroísmo!
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I j£ JN el Castillo del Príncipe, situado en la ciudad de bgd la Habana, fué ajusticiado en garrote vil uno de B3EI jos cubanos más ricos, valerosos y gran rebelde, que se llamó Domingo Goicouría. La mañana del 7 de mayo de 1870, se le ordenó marchar hacia el patíbulo, y sereno, con una altivez de dignidad suprema, caminó hacia él. Al llegar al lado del garrote Domingo Goicouría, con bello ademán de energía, miró a la multitud que lo contemplaba y quitándose el sombrero como medio de saludo, dijo:
— Muere un hombre, pero nace un pueblo!
En aquellos gloriosos días de la gran revolución en que el cubano pa-
Criota demandaba de Es- Domingo Goicouría
paña la libertad de Cuba,
dos jovencitos cubanos, hijos de Camagüey, fueron hechos prisioneros, traídos a la Habana y sentenciados a morir en garrote vil en ese mismo Castillo del Príncipe.
Gaspar Agüero y Diego Agüero, que así se llamaban los protagonistas de este relato, sobrellevaron con gran valor y con gran heroísmo su desgracia. Sin embargo, Diego Agüero, que era el más joven de los dos, empezó a decaer visiblemente ante la máquina patibularia. Su hermano Gaspar, que observó ese estado de ánimo de Diego, lo arengó en la siguiente forma :
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— ¡Fíjate en que estás delante de los españoles! En el acto aquel joven de alma de acero volvió en sí y arrostró la muerte con serenidad y valor inmenso.
Tamayo León, hijo de Bayamo y general del ejército manbí, fué sentenciado a muerte en la ciudad de Sancti-Spíritus. Al ser fusilado se dirigió a los soldados y curiosos que presenciaban aquel acto, diciéndoles:
— ¡Torpes! ¡No veis que vuestro poder es pasajero y que sobre vuestra inevitable ruina y nuestra muerte se levantarán triunfantes la Libertad y la República !
Mateo Casanova, también general del ejército libertador de Cuba, fusilado en Sancti-Spíritus, contestó al fiscal que preparaba el consejo de guerra que lo juzgó, de la siguiente manera:
— ¡No me da la gana de contestar! Todo esto es vana forma, ya yo estoy juzgado y sé que debo morir No reconozco ni acato más consejo que el que me juzgase por mandato del Presidente de la República de Cuba.
José Inclán, general del ejército libertador, y su ayudante Tomás de Varona, hijo de Camagüey, fueron hechos prisioneros y juzgados en consejo de guerra en Puerto Príncipe. El general José Inclán hizo esfuerzos sobrehumanos por salvar la vida al joven Tomás de Varona, a lo que éste se opuso tenazmente, que quería—y lo consiguió— morir junto con su general.
Fueron condenados a muerte, y antes de ser fusilados tuvieron la rareza de invitar a almorzar a varios oficiales españoles, los cuales no cesaron de alabar luego el valor, la serenidad y el amor a Cuba de que dieron prueba esos cubanos. Al ser fusilados cambiaron los pañuelos azul y rojo que tenían atados al cuello,
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los besaron, se abrazaron y una misma descarga los hizo caer al suelo sin vida
[^MARTÍNEZ Campos, general español y jefe del LJ^¿!J ejército en operaciones en Cuba, estaba tratando *— — ' con las exiguas fuerzas mambisas el pacto del Zanjón; es decir, la terminación de la guerra aquélla que había hecho sucumbir a miles de cubanos y sufrir a sus familias la más ingrata y triste de las suertes. Casi todo estaba terminado entre el general español y las huestes cubanas. Faltaba celebrar con el general Antonio Maceo una conferencia; ésta se verificó en el histórico lugar llamado "Los Mangos de Baraguá" (donde debía levantarse aunque fuera un montón de piedras que señalara el sitio en que el heroico Maceo, con sus valientes compañeros, declararé al mundo que jamás aceptaban la reconciliación con España, pues que eran cubanos que habían jurado ser libres o morir) y en ella Maceo expuso su inconformidad con los actos realizados por los otros jefes de la revolución.
Antonio Maceo protestó del pacto y juró de nuevo su firme decisión de libertar a Cuba, de vencer a España o de morir.
Antes te he mencionado ese hecho histórico, que por lo sublime te lo repito ahora, con más detalles, para que te fijes bien en las incomparables virtudes patrióticas de Maceo y sus bravos compañeros.
Sin embargo, Maceo fracasó por grandes obstáculos que encontraron él y los suyos, y pensaron que era preferible esperar días mejores y preparar una lucha más seria, más formal, con buena organización; y así fué en efecto, porque diez y siete años más tarde, los cubanos volvieron a la lucha y el gran Maceo, con denuedo inmenso, condujo desde Oriente hasta Occidente la bandera de la revolución, como más adelante te expondré, mi querido niño.
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Sr. Dr. Enrique Llansó y Simoni.
Mi querido amigo:
Nunca habrá palabras capaces de explicar una pena producida por el extravío de algo muy querido. El retrato y la carta que tú guardabas como reliquia sagrada de tu tío el coronel Horacio Simoni, me produce la pena de que te hablo anteriormente.
Yo no los extravié; deseando publicar en este libro el retrato del valerooso patriota Horacio Simoni y fijar en él los caracteres de su letra, llevé ambas cosas a una casa de fotograbado y ésta las perdió.
Bien sé que estas líneas no podrán consolarte, porque ese recuerdo guardado religiosamente por tí, era el producto de un amor nacido en el calor de la familia y en el valor de Horacio Simoni durante su vida de guerrero, aumentado ese valor, a la hora de la muerte, recibida de los españoles, como castigo a su gloriosa rebeldía.
Pero, ¡qué voy a hacer! Te acompaño en tu dolor por la pérdida y digo a los niños de mi Cuba que Manuel Sanguily me dijo que Horacio Simoni era un hombre de honor, muy valiente, muy patriota, de tiernos sentimientos, como lo demuestra la carta perdida y que en capilla escribió a su madre, en términos tales, que al leerla la emoción no podía evitarse.
Amor para la madre y para Cuba, fué siempre su sentimiento. ¡Qué grandeza de alma!
Con qué dulzura y con qué valor se despidió del mundo !
Perdona a tu inculpable amigo, que te quiere y abraza,
M . Duque.
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