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Unidad 1 · DOS JUANES 17
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
CARTAS CLARAS
CARTA PRIMERA
DOS JUANES
El que reúne virtudes sin humildad, es semejante al que lleva polvo expuesto al viento. (San Gregorio.)
A LA EXCMA. SRA. D.a N.:
N.!
Señora mía:
,YER me entregó Juan Cortegana las dos fotografías que tiene V. E. la bondad de enviarme, y la carta en que con sencillez tan espontánea me descubre el gozo de su alma, la paz de su conciencia y el tranquilo bienestar de que disfruta en esa linda aldehuela, asesorada por los doctos consejos de ese Sr. Provisor que ahí veranea, dirigida por ese R. Capellán que llevó de la corte, y fortalecida por el trato y amistad de esas benditas MM. Bernardas que la confortan y ayudan
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con sus ejemplos y oraciones, bizcochkos y
alpisteras.
Loado sea Dios, Excma. Sra., que tal placidez da á su espíritu y tan altos alientos la infunde, que rebosan por la punta de la pluma, y saltan y se atropellan en el papel en frases tan fervorosas como estas textuales de su carta, que ante los ojos tengo presentes:
«Todos me elogian y me aseguran que el Señor me guarda para grandes obras, y como yo siento en mí alientos nada vulgares, ruego á V. R. me indique la manera cómo se preparaban para sus empresas algunos de esos santos grandes, grandes; fundadores, por ejemplo, que han pasado á la posteridad».
Pues ya lo creo, Señora mía, que la diré cuanto sepa, y en muy claro y sencillo romance; que harto me zumban en las orejas aquellas terribles palabras: Vae mihi, quia tacuil ¡Ay de mí, porque callé!
Y como no me dice V. E. si eso de las grandes obras para que el Señor la guarda se lo dijo algún ángel del cielo, doilo yo por supuesto, porque vaya la puntería á lo más alto; y la contaré, por toda respuesta, la fiel y puntual historia de lo que acaeció ha más de tres siglos á dos pobres Juanes que, si no pensaron mucho en la posteridad de que V. E. habla, no apar-
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taron nunca de su mente la eternidad que no menciona en su carta.
Mas antes, permítame V. E. que con el mayor respeto la advierta que eso de clasificar á los santos en grandes y chicos yo no lo había oído nunca, como no sea en cierta copleja que escuché ha muchos años en un camino de mi tierra, y anoté, por lo extravagante, en mi prontuario.
Glorioso San Pantaleón, Santazo de cuerpo entero, Y no como otros santitos Que no se ven en el snelo.
Lejos de eso, Kempis reprueba esas clasificaciones, en cierto modo comparativas, y dice terminantemente en el lib. III, cap. lviii de la Imitación de Cristo:
«Tampoco te pongas á inquirir ó disputar de los merecimientos de los santos, cuál sea más santo ó mayor en el reino de los cielos... Mucho más agradable es á Dios el que piensa la gravedad de sus propios pecados y la poquedad de sus virtudes, y cuan lejos está de la perfección de los santos, que el que porfía cuál sea mayor ó menor santo».
Y una vez sentado esto, Excma. Sra., pasemos á la historia de mis dos Juanes, que si V. E. la aprende bien, y digiere su meollo y se asimila
su sustancia, cierto estoy de que la sobrarán alientos y fuerzas para llegar á
Santaza de cuerpo entero, Y no como otras santiías Que no se ven en el suelo.
Y fué el caso, que uno de estos Juanes salió de Gibraltar á mediados de Agosto de 1537, y comenzó á trepar por lo más áspero de la serranía de Ronda, con dirección á no sé qué lugarejo. Era hombre muy recio, alto de cuerpo, barbinegro, muy curtido por el sol y la intemperie, y más cerca de los cuarenta que de los cincuenta años. Vestía sayo de jerga ceñido, zaragüelles de frisa, alpargatas de cáñamo, caperuza de paño burdo y una cayada en la mano. Era el calor sofocante, la hora la del mediodía, y caminaba el viajero agobiado por el peso de un gran fardo de libros y estampicas de papel, que á las espaldas llevaba.
Hay allí un carrascal agreste y espesísimo, que arranca de las vertientes de la sierra de la Luna, y era entonces y es todavía asilo de animales salvajes y aun feroces.
Pues sucedió, que al entrarse por allí el caminante, buscando senda de atajo, vio salir á deshora y cuando menos lo pensaba de lo más
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áspero del monte un Niño preciosísimo, de muy pobre atalaje, que con los piececillos descalzos, caminaba por la misma senda adelante.
No pudo sufrir aquel buen Juan que desgarrasen los abrojos del camino aquellos tiernas piececitos más que el marfil blancos, y dio voces al Niño, ofreciéndole, con más caridad que criterio, sus enormes alpargatas de cáñamo.
Agradecióselas el Niño sin tomarlas, pues de la punta al talón podía muy bien sentarse dentro, y enternecido Juan díjole entonces:
— Niño precioso y hermano, si no sirven mis alpargatas, servios de mis hombros, que más justo será que lleve en ellos lo que á Dios tanto costó, que libros que tan poco valien.
Y como no fuesen sus palabras vano ofrecimiento, bajó la cerviz, mientras hablaba, para que el Niño subiese, y así lo hizo el rapazuelo, prosiguiendo ambos su camino, descansando el Niño, ufano Juan porque tal descanso le proporcionaba.
Mas sintió á poco el de los libros, que como á San Cristóbal en otro tiempo, se le hacía aquella ligera carga harto pesada, y comenzó á alentar y á desfallecer y á buscar apoyo en la cayada, hasta que al cabo, topándose en el camino con una fuente que de un risco brotaba, dijo:
— Niño precioso y hermano, dadme licencia
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para beber un poco de agua, que rae habéis hecho sudar.
Bajó el Niño incontinenti: púsole Juan al abrigo de un árbol, y fuese al manantial con ímpetus de sediento. .Mas al volverse, ya satisfecho, vio de improviso que el Niño le enseñaba á lo lejos una granada abierta y en ella una cruz, y que á grandes voces le decía:
— Juan... Granada será tu cruz.
Y diciendo esto, desapareció como una nubécula de nácar.
Y cate ahí, Excma. Sra., el fin de la primera jornada; pues como verá V. E., tenemos ya al mismísimo Niño Jesús, que no era otro el rapazuelo, dando recaditos y llamando á grandes cosas á un pobre Juan trajinante, con alpargatas de cáñamo y caperuza de paño pardo.
Y tan á pechos tomó Juan el llamamiento, que torció al puntó el rumbo hacia Granada, dispuesto á esperar allí nueva luz que le guiase.
Arrendó junto á la puerta de Elvira una vivienda miserable, y en ella armó su tiendecilla de estampicas y librejos, para ganarse el honrado sustento.
Llegó á poco el 20 de Enero, fiesta de San
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Sebastián, é hízola muy grande la Ciudad en la ermita del Santo que está fuera de los muros, en lo alto de un cerro frontero de la Alhambra.
Predicaba á la sazón en Granada un clérigo famoso, insigne en virtud y letras, que también era Juan de nombre, y fué por eso el segundo de los dos que juegan en mi historia. Pues quiso Dios poner en tratos al Juan clérigo con el Juan librero, por medio del sermón que predicó aquel y oyó éste en la ermita de San Sebastián el día del Santo.
Ponderó el clérigo en su plática las saetas que hirieron al mártir, y pasó de ellas, como experto misionero, á las que disparan al Corazón de Cristo la malicia y la dureza de los pecadores.
Y tan vivas fueron las palabras y tan eficaces las razones del Juan clérigo, y tan blandas las entrañas y tan inmensa la contrición del Juan librero, que salióse éste fuera de sí por las puertas de la iglesia, llenando el aire de voces y de lágrimas los ojos, clamando á Dios misericordia y confesando á gritos sus pecados.
Arrojábase á veces por el suelo, como si el peso de su dolor le derribase; dábase otras con la cabeza por las paredes, mesábase la barba y las cejas, y saltando y corriendo y gritando bajó el cerro y cruzó la puente del Genil y en-
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tróse en la ciudad, y llegó á su casa seguido de gran turba de muchachos y picaros del Albaicín que con tremendo vocerío le gritaban: — ¡Al loco!... al loco!...
Arrastró fuera de la puerta el menguado tingladillo en que armaba su tienda, y dióse prisa á repartir entre los pobres dineros, estampas y librejos.
Y como si tomase al pie de la letra aquello de seguir desnudo á Cristo desnudo, despojóse también de su pobre traje, sin conservar más que calzones y camisa, y de esta suerte, descalzo y sin caperuza, voló otra vez por las calles de Granada dando voces y lamentos y golpeándose los pechos con una puntiaguda piedra.
Acosábale de cerca con gritos y pedradas la turba de chiquillos y granujas, y así llegó á la iglesia Mayor, hasta el altar del Santísimo Sacramento, donde cayó cara contra el suelo, sin cesar de llorar ni repetir con lamentables voces:
— ¡Dios mío, misericordia! ¡Señor, misericordia de este gran pecador que tanto os ha ofendido!...
Y llegó la noche, Excma. Sra., y allí se estuvo aquel pobre Juan llorando sus pecados, y estimando muy justo, no porque los lloraba, sino
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porque los había cometido, aquel injurioso vocear de las turbas: — ¡Al loco!... al loco!
Y sucedió al día siguiente que, condolidos del pobre Juan dos viejos honrados, le levantaron del suelo, y con palabras blandas y amorosas lleváronle á la posada, donde el clérigo Juan tenía su albergue.
Hallábase aquél en su estancia con grande acompañamiento de caballeros y gente granada, que á todas horas acudían en demanda de consejos y oraciones. Mas á todos despidió el buen clérigo no bien se presentó aquel nuevo visitante, sucio, roto y maltratado, y todos despejaron la pieza con aquella curiosidad que V. E. comprenderá mejor que nadie en su doble cualidad de mujer y de devota. • Larga fué la plática entre los dos Juanes, y mayor la expectación en los que de puertas afuera aguardaban. Salió al cabo el librero muy tranquilo y consolado, y despidióle el clérigo en el umbral mismo de la puerta con estas amorosas razones:
— Id enhorabuena con la bendición de Dios y con la mía, que yo confío en el Señor que no
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os será negada su misericordia. Yo os recibo por hijo, y os ofrezco mis oraciones y amor.
Con lo cual quedaron sorprendidos unos, edificados otros, envidiosillos no pocos, mientras sin parar mientes en ninguno, partióse Juan muy diligente á cumplir, sin duda, las instrucciones que su nuevo Padre espiritual le había trazado.
Y lo primero que hizo, Excma. Sra., fué dar un par de zapatetas en el aire, no bien se hubo en la calle, y correr después á la plaza de Bibarrambla, lugar entonces el más público de Granada, y arrojarse de cabeza en mitad del fango.
Levantóse en la plaza tremendo griterío de burlas y clamores, y cayó sobre el pobre Juan copiosa lluvia de piedras. Mas él revolvíase en el cieno con mayor furia y violencia, y daba temerosas voces diciendo:
— Tiren más, tiren más, hermanos y señores, que hacerme heis misericordia... Traidor y ruin que tantas y tan grandes culpas ha cometido contra su Dios, bien merece ser perseguido y afrentado, maltratado y herido de todos.
Crecían con esto las risas y algazara, y Juan, tendido como muerto en el asqueroso fango, proseguía diciendo:
— Quien tan de asiento se dejó estar en el asqueroso cieno de sus pecados, no ha de tener
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mejor lugar que el cieno... Sírvale este de casa, vivo, y de sepulcro, muerto.
Y como viese de repente entre el concurso aquellos dos viejos honrados que le tenían por santo y á casa del clérigo le llevaron, rompió por el gentío cual si viese al demonio (que demonio era para él cualquier asomo de estima y alabanza) y apretó á correr dando brincos y saltos por las calles y voces temerosas de perdón y misericordia; y así las recorrió por muchos ^días con una cruz de palo en la mano, acosado •siempre de la chusma, sirviendo de risa al pue- ■blo, de terror á los necios y de entretenimiento á los muchachos.
Hasta que al cabo, desfallecido y macilento,
cazáronle como á una fiera al revolver de una
esquina, y con grande fiesta y algazara dieron
-con él en el Hospital Real, donde, convencidos
«de su locura, le encerraron en una jaula.
Y aquí viene bien, Excma. Sra., recordar á V. E. cierto libro viejo que llaman El ente
.dilucidado, donde se trata, al modo de los escolásticos, esta cuestión para mí siempre dudosa: ^De si los locos son ellos ó somos nosotros. Porque, en este caso de mi pobre Juan, señora mía, el loco no resultó él, sino resultaron los -otros; y aunque V. E. se turbe y alborote y «quede medrosica y hasta hurte el hombro á
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esas grandes obras para que el Señor la guarda. fuerza es decirla que aquella demencia no era demencia real, sino fingida con muy altos fines y muy grande cordura por ende.
Era, señora mía, el camino de humillación propia y desprecio del mundo, que había de llevarle á las grandes empresas para que el Señor le llamaba.
Era la preparación, Excma. Sra., la preparación que juzgaba necesaria para aquellas santas empresas aquel clérigo Juan, maestro de espíritu, que ya podía hombrearse con el Capellán que V. E. ha traído de la corte, y aun con el mismo Sr. Provisor, que con sus doctos consejos la asesora.
Y á la verdad, Excma. Sra., que las preparaciones de aquel buen clérigo Juan resultaban algún tantico pesadas. Pues pasaron días y semanas, y meses y meses, y allí se estaba aquel otro pobre Juan encerrado en su jaula, sujeto día y noche á la temible terapéutica de El loco por la pena es cuerdo, única que á la sazón se aplicaba en los hospitales para entrar en caja los sesos.
Y así fué, señora mía, que zurribanda va, zurribanda viene, llegaron á cinco mil azotes los