Nuevas lecturas · Unidad 52 de 74

Unidad 52 · 144 NUEVAS LECTURAS

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144 NUEVAS LECTURAS

Podía lo primero ayudarme para lo último, y comencé pues con ardor muy justificado, á registrar archivos, descifrar pergaminos, interpretar rancias escrituras y cansarme los ojos siguiendo y combinando antiguos árboles genealógicos. El primer resultado de mis investigaciones fué convencerme de que no era yo el primero que había seguido aquella pista: habíame precedido más de treinta años antes el Marqués del Amparo, que escribió entonces sobre la leyenda auténtica un bonito cuento publicado en La Época del 21 de Setiembre de 1863. A la amabilidad del actual Marqués del Amparo debí todos los datos de que se valió su ilustre ascendiente, y ellos me sirvieron á veces de punto de partida para buscar otros más amplios y más exactos. Proseguí, pues, sobre aquella base este cansado trabajo de desmoche en aquel inmenso fárrago de nombres y de fechas, de mentiras y verdades, y poco á poco fué apareciendo la verdad histórica, limpia, escueta, desnuda, comprobada, á la manera que la poda y limpia en un bosque fragoso deja ver al cabo los troncos seculares de cada árbol, limpios de toda hojarasca inútil, y el lugar en que asienta y echa cada cual sus respectivas raíces.

La primera rama desmochada por mi analítico trabajo, fué la historia del rabo del judío y el

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hurto de las alhajas, cuyo origen y fundamento apareció tal cual el Padre L** lo sospechaba... Había llegado en efecto áZ** en 1586 un fingido peregrino de Tierra Santa, que no era ciertamente judío, ni tenía rabo: era genovés de nación y llamábase Bartolomé Casano. Pidió hospitalidad en el palacio, según la antigua costumbre, y diósela caritativamente el señor, que lo era el noble caballero D. Miguel de Zarauz. Mas una noche entróse clandestinamente en la iglesia el fingido peregrino y robó todas las muchas y ricas alhajas que allí había, y que desde mucho tiempo antes tenía él ojeadas. Metiólas en un saco y escondiólas en un rincón del aposento que ocupaba en el palacio, creyendo con fundamento que nadie iría á buscarlas en casa tan noble y tan cristiana. Descubrióse, sin embargo, el hurto, prendieron al ladrón, y defendióle D. Miguel en el primer pronto, como su huésped que era, hasta verle convicto y confeso del horrendo sacrilegio.

Ahorcaron á Casano por sacrilego, en una explanada que había entonces entre la iglesia, el palacio y los astilleros de Sancturu, que se extendían por uno de los flancos de éste. Sucedió todo esto catorce años después de la muerte del caballero hugonote, y todo este tiempo llevaban ya de sentirse en el salón azul los ruidos