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Unidad 67 · LA CUESTA DEL COCHINO 151

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LA CUESTA DEL COCHINO 151

fué inmenso, y nuestra curiosidad suma, cuando acostado ya y tranquilo en el primer lecho que se encontró á mano, y abiertos los ojos y desencajados los dientes, comenzó á decir, cual si delirase, con muestras del mayor espanto:

— ¡Cochino!... ¡Cochino!... allí!... en la cuesta... vino la muerte!... allí!... allí!... ¡Misericordia!... misericordia!...

Y un nuevo ataque le retorció en el lecho como á un gusanillo, heciéndole echar espumarajos sanguinolentos. La Superiora se llevó una mano á la frente, como si repentina idea la asaltase... ¡Aquella palabra debía ser sin duda una de las que producían en el pobre viejecito terribles paroxismos, como si hiriesen en su corazón fibras muy delicadas!

La hipótesis nos pareció probable... ¡Pero la palabra era tan vulgar, tan grosera, tan poco apta para despertar sentimientos delicados en nadie!... «¡Cochino!»

Y tan grande fué el interés, mezcla de compasión y curiosidad, que despertó en Joaquín aquel pobrecito viejo Zamama, que no bien tuvo ocasión de ello, hizo registrar y registró él mismo los archivos del hospital, hasta dar con la

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filiación y los antecedentes del inofensivo anciano. El hallazgo fué tan completo, tan sorprendente y aun maravilloso, que Joaquín Sampayo mismo sacó por su propia mano las exactas y comprobadas notas que nos han servido para escribir, hasta en sus menores detalles, esta tan extraña como ejemplar historia.

Y reza en ella lo primero, que el 23 de Agosto de 1797 se promulgó en nombre del Rey Nuestro Señor, desde los balcones del Ayuntamiento y á son de clarines, como era costumbre entonces, el cartel de la gran corrida de toros que había de efectuarse el 25 de Agosto, días de S. M. la Reina D.a María Luisa, si el tiempo no lo impidía, en la Muy Noble y Muy Leal ciudad de X**.

Eran los toros de la ganadería de los Padres de Santo Domingo de Jerez de la Frontera, con divisa blanca y negra, y era el diestro que había de lidiarlos el famoso Joaquín Rodríguez Costillares, figura colosal del toreo en aquella época, con lucida cuadrilla de picadores, banderilleros y peones. Enumerábalos el cartel uno á uno, con todos sus nombres, apodos y circunstancias, y concluía con la cristiana fórmula de entonces: El todo Poderoso les liberte de todo vial. Amén.

Figuraba en primera línea entre los banderi-