Nuevas lecturas · Unidad 71 de 74

Unidad 71 · 1QO NUEVAS LECTURAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

1QO NUEVAS LECTURAS

alamares de seda... Imagen espantosa del deleite del pecado, que se desvanece en un segundo y se escapa de entre los dedos, dejando, quizá para siempre, herido el cuerpo, perdida el alma y abrumada la conciencia con el peso del remordimiento!...

Al alarido de Manolito abalanzáronse al balcón varias mujerzuelas y una vieja con hábito de San Antonio y dos parches negros en las sienes... Ni por arriba ni por abajo aparecía ya en toda la cuesta rastro de gallardas mujeres ni hediondos esqueletos... Veíase tan solo en el centro un hombre tendido en el suelo, al parecer muerto, sobre una capa de grana, que en la media oscuridad de la noche que ya se aproximaba, antojósele á aquellas infelices enorme mancha de sangre.

— ¡Favor!... ¡Socorro!... ¡A la justicia!... ¡Un hombre muerto! — gritaron todas á un tiempo.

Y se oprimían y agitaban en el balcón, aterradas, manoteando; y las alcarrazas venían á tierra con estrépito, y las macetas estrujadas dejaban caer al suelo sus claveles rojos, como si fuesen lágrimas de sangre.

Sosegáronse al cabo, y apareció á poco en la calle la vieja con un velón de cuatro piqueras, seguida de seis ó siete de las mujercillas... Salían todas medrosicas y curiosas, sin osar

LA CUESTA DEL COCHINO 191

acercarse unas, adelantándose hasta tocar al hombre otras más atrevidas. La vieja, serena ya del todo, proyectó la luz del velón sobre el rostro del caído. Dos voces espantadas clamaron al mismo tiempo:

— ¡Si es Manolito Espejo!...

Levantóse entonces un concierto de alaridos, y una de ellas, que por saber leer llamaban la Mona Sabia, arrojóse al suelo mesándose el cabello y gritando con monótona cadencia:

— ¡Ay mi Manolito Espejo!... ¡Ay mi Manolito Espejo!...

Colocó la vieja sobre sus rodillas la cabeza del banderillero, y comenzó á desabrocharle la camisa y la ropilla y á friccionarle las sienes con vinagre que trajeron en un cuerno. Todas le rodeaban ansiosas, contemplando á la luz del velón aquel rostro lívido que parecía de un muerto. La Mona Sabia, tendida en el suelo, continuaba gimiendo:

— ¡Ay mi Manolito Espejo!...

Rebullóse éste al cabo un poco, abrió los descoloridos labios, y de entre sus dientes apretados salió claro y angustioso el santo grito de la fe que despierta; el humilde clamor de la esperanza que implora misericordia:

— ¡Confesión!... ¡Confesión!...

Miráronse todas las mujerzuelas en silencio,