Oasis en la vida · Unidad 3 de 6
INTRODUCCION. — parte 2
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«Canceladas las deudas con el valor de los bienes que durante diez y siete años he administrado, el síndico del concurso me devolvió dos mil pesos moneda nacional, importe de la letra adjunta.
«El noble sacrificio que Vd. ha hecho á la memoria de su padre, es solo el cumplimiento de un deber: lo sé; pero, como tales virtudes son cada dia más raras, permítame felicitarlo.
«Si la experiencia de un anciano mereciera ser escuchada, yo aconsejaría á Vd. el regreso. El regreso es tambien un deber para Vd. El hombre se debe á su país, que reclama su presencia y todos los actos de su vida. Además, en Buenos Aires que se agita á impulsos de un inmenso progreso, podrá Vd. con el trabajo rehacer su fortuna».
Así tambien pensaba Mauricio.
Solo en el mundo, sin familia, sin fortuna, ningun vínculo ligaba su vida, sino era el sentimiento nacional, que mal grado el tiempo y la ausencia, vivió siempre, puro y ardiente en su alma.
Y cuando las puertas de la patria se abrieron para él, aunque por la mano severa de un desastre, el pobre desterrado apresuróse á volver á ella.
Sin embargo, Mauricio amaba tambien la Francia.
Allí su niñez desamparada, había encontrado el calor de una benevolencia tutelar; allí comenzaron á formarse sus ideas y sus sentimientos; allí se abrió su alma á la vida intelectual.
Sangraba su corazon al dejar aquel país riente y hospitalario; al decir adios á sus amigos, á sus compañeros en las tareas del espíritu; á sus antiguos profesores; al sábio Blain y hasta á la buena Colombe: á ella sobre todo, tan buena y maternal para él, en la orfandad de su infancia.
Al separarse de ellos, al alejarse de Paris, llorando, Mauricio recordó el dia que, llorando tambien, allí llegara: un dia helado de Diciembre.
El pobre niño seguía penosamente, con sus pequeños pasos, el tranco largo del capitan inglés que lo había traido á su bordo, con el mismo despego que ahora lo guiaba á pié, al través de largas calles. Tenía frio, tenía cansancio, tenía miedo. Lloraba, sintiéndose solo en esa ciudad inmensa, entre una multitud que hablaba un idioma desconocido; bajo un cielo gris, de donde llovían copos de nieve que caían sobre sus mejillas y coagulaban sus lágrimas.....
Manos piadosas lo recibieron de aquel hombre, que lo entregó con indiferencia, y se alejó sin dirigirle una mirada.
Acojido con amor, tratado con los tiernos cuidados que la piedad consagra á la infancia, su alma, hasta entónces reconcentrada, entumecida, abrióse á los afectos de la amistad, de la gratitud; y echó dulces raíces en esa plácida etapa del bienestar y de bonanza que era ahora necesario abandonar.
Así es la vida: ¡perpétua nostalgia!
VI
Mauricio llegó á Burdeos cuando el vapor «Senegal» aguardaba á sus pasajeros en la rada de Pouillac.
Quedábale una hora, que empleó en la visita de adios á un amable anciano, un digno funcionario argentino, que, más de una vez, habíalo halagado con su aprobacion y felicitaciones, cuando en la prensa francesa, Mauricio había alzado la voz para defender los intereses del Plata.
¿Quién no conoce por su patriotismo y su caballerosa hospitalidad al Sr. Santa Coloma, Vice-Cónsul Argentino en Burdeos?
El distinguido porteño acojió al jóven compatriota con cariñosa conmiseracion.
Por los diarios de Buenos Aires y su propia correspondencia, éranle conocidas sus desgracias y su noble abnegacion.
Deploró los desastres con que la Providencia había querido--díjole--probar su fortaleza. Y mezclando á sus frases de condolencia, palabras de aliento, exhortólo á la entereza, á la serenidad, á oponer á la desventura, el valor y la resignacion.
Conociendo su fuerza en el periodismo, aconsejóle seguir en él, y preferir para ofrecerle sus trabajos un órgano neutral, en que pudiera alejarse de la política de partido, que tanto amengua al hombre, y militar en la de ecleptisismo, que lo eleva y dignifica.
--Ahora--terminó, consultando su reloj--venga un abrazo.... fuerte.... así, bien fuerte.
Me privo del gusto de presentar á Vd. mi gente, porque están tristísimas con la despedida de una amiga que se marcha, precisamente, por el mismo vapor que Vd..... ¡Ah! hé ahí, por ejemplo, un modelo de valor y de resignacion: esta jóven hija de Buenos Aires, vino hace tres años para perfeccionarse en sus estudios musicales. Su padre, ingeniero en comision, regresó á Buenos Aires dejándola en casa de una parienta lejana.
En estos tres años, hizo Julia progresos que maravillaron á pianistas de fama europea.
Pronta estaba ya para el regreso; pero su padre, que vino á buscarla, á su paso por Rio Janeiro contrajo una fiebre, y murió apenas llegado aquí.
La pobre niña ha quedado sola en el mundo, hundida en el dolor; pero no se ha desalentado. Rendidos al padre los últimos deberes, vuelve á Buenos Aires, donde vá á buscar en el trabajo la subsistencia......
Pero, ¡qué charlar de viejo! dirá Vd.
--¡Oh! no señor, que me interesa profundamente esa jóven.
--Y si puede Vd. serle útil, durante la travesía, nos obligará mucho, á mí y á mi familia. Además, la señorita Julia Lopez, merece por sí sola toda suerte de atenciones.... Pero, hijo mio, pronto, pronto, márchese Vd., que apenas tiene tiempo de tomar el trasporte y llegar á Pouillac.
--Adios, hijo mio. Escríbame V.; y déme siempre ocasiones de serle agradable. Por su parte: «contra mala fortuna, fuerte corazon», y no olvide Vd. que el trabajo, impuesto por Dios al hombre como un castigo, es la mayor de sus bendiciones....--
Mauricio se apartó profundamente enternecido de aquel noble anciano, tan servicial y benéfico, no solo para sus compatriotas, sino para todos los americanos que aportan á Burdeos.
Al llegar á bordo del vapor, pronto ya á partir de Pouillac, Mauricio encontróse en medio de una escena de adioses entre los viajeros que se iban, y los que venidos á despedirlos, regresaban.
Lejos del tumulto, sola, sentada en un banco de popa, estaba una jóven vestida de luto.
Al verla, el nombre de Julia Lopez vino á la mente de Mauricio.
Anochecía; y la sombra de la hora y un largo crespon negro velaban el rostro de la viajera. Pero Mauricio adivinaba dos grandes ojos negros que lloraban, fijos en el lejano paisaje que él, tambien con dolor, contemplaba.
Un mismo duelo apenaba aquellos dos corazones: el uno dejaba un sepulcro; el otro, la tierra de caluroso afecto que reemplazara la patria y la familia.
Catorce años antes, á esa misma tristísima hora, el anochecer, un niño, angustiado el semblante, asomábase á la borda de un buque inglés que echaba el ancla en el puerto.
Sus ojos contemplaban con terror el país desconocido que tenía delante; y volvíanse llorosos hácia las azules lontananzas que en pos dejaba.....
¡La vida es una perpétua nostalgia!
VII
El vapor dejó las aguas de Pouillac y siguió su derrotero entre las brumas de la noche.
Cuando la luz del faro de Pouillac desapareció en el horizonte, un sollozo exhalóse bajo el velo de la viajera, que se alejó con lentos pasos.
La campana del comedor llamó á los pasajeros, que bajaron en bullicioso tumulto y ocuparon la mesa, alegres y despabilados, cual si poco antes no dieran dolorosos adioses: en el rostro la placidez de la comedia; ocultos en el corazon los dolores del drama.
Como ellos, Mauricio rió tambien, entregóse á las ruidosas é insignificantes pláticas de á bordo, guardando para la hora solitaria del camarote, las tristezas de su incierto porvenir.
El recuerdo de la jóven enlutada vino algunas veces á la mente de Mauricio; pero en vano la buscaron sus ojos entre los pasajeros, á la hora de las comidas y en los paseos nocturnos de toldilla.
Muy luego supo que no se había equivocado al verla: que era Julia Lopez, la jóven artista de quien hablase el Vice-Cónsul Argentino en Burdeos.
Supo tambien que á causa de su duelo, no salía de la cámara de señoras.
En efecto, por más que la acechara, dirijiendo miradas indiscretas al sagrado recinto, Mauricio no logró verla.
Y solo en la noche que el «Senegal» paró en la rada de Rio Janeiro, cuando los pasajeros hubieron ido á tierra y el buque se quedó solitario, Mauricio la divisó de léjos, cubierta con su largo velo de crespon negro, sentada en el mismo banco en que se sentara la vez primera.
¡Ah! ¿no era aquella ocasion para dar al diablo las prescripciones de la etiqueta, que le prohibían presentarse á sí propio á la interesante jóven, invocar el nombre del anciano Vice-Cónsul, y ofrecerla sus servicios?
Mauricio se sorprendió anhelando una tempestad, la inminencia de un peligro, que le diera el derecho de salvarla en sus brazos.
Pero ¡ah! una implacable bonanza acompañó al «Senegal» en esos temibles mares, el resto de su viaje; y una mañana nublada, pero ya con asomos de primavera, amaneció surto en Balizas Exteriores........
VIII
Mauricio aspiró con ánsia el aire natal. Nada más había para él en aquella soledad, que la ausencia y la muerte habían hecho en torno suyo.
Ni parientes ni amigos: extraño en su patria.
Al entrar en la Avenida Montes de Oca previno al cochero que debía alojarse en un hotel.
--¿A qué hotel quiere ir el señor?--preguntó el automedon.
--Al que á Vd. mejor le parezca, amigo.
--¿El señor es forastero?
--¡Forastero!--repitió Mauricio, con amargura.--Sí, forastero.
--Entónces vamos al Gran Hotel, que tiene muy buenas condiciones para los extranjeros.
--Pues, al Gran Hotel, mi amigo. Lleve Vd. allí mi equipaje y entréguelo con ésta tarjeta.
--¡Cómo! ¿el señor no viene tambien?
--Yo iré á pié para mejor ver la ciudad. ¿Dónde está el Gran Hotel?
--Cangallo entre Reconquista y.........
--Bien, bien: ya lo hallaré.--
Y Mauricio echó á andar á lo largo de la Avenida Montes de Oca y desde allí siguió entre quintas, _chalets_, jardines y vergeles.
Los tristes pensamientos que al llegar lo asaltaron, desvanecíanse ante el grandioso espectáculo que contemplaba.
De la Buenos Aires de sus recuerdos, solo reconocía el nombre: tan grande y bella, la gloriosa metrópoli habíase tornado. Sus calles niveladas, llenas de luz, surcadas por vias férreas, con anchas veredas y rico pavimento; sus casas renovadas, ó transformadas en palacios; sus plazas en jardines adornados de estátuas; con avenidas de palmeras, que recuerdan las grandiosidades fabulosas de la India; sus escuelas que remedan suntuosos alcázares; sus teatros visitados por las primeras celebridades del mundo, con un público de gusto esquisito, que juzga con rigor y paga con régia generosidad.
Como un talisman de preservacion tutelar, en las puertas de esos millares de edificios aglomerados en aquel vasto conjunto, brillaba la placa de la Compañía de Seguros «La Buenos Aires», poderosa asociacion que cuenta en su seno á los más fuertes capitalistas nacionales y extranjeros.
IX
El desterrado vagaba entre esas grandezas, solo, pobre, desconocido, como un alma en pena; pero el orgullo nacional sobreponíase á estas mezquindades, y llenaba de gozo su alma.
Antes de entrar en la morada de los vivos, Mauricio quiso hacer una visita á los muertos y dirijió sus pasos al cementerio.
En los alrededores de éste, habíanse tambien efectuado suntuosas trasformaciones. Grutas, lagos, jardines, estátuas, habríanle hecho creer que se había extraviado, si más allá no se alzara ante él, la lúgubre fachada.
Mauricio penetró en el triste recinto.
Un sepulturero lo llevó al mausoleo de su familia.
Mauricio despidió al cicerone y quedóse solo.
Delante de él, colocado en un lecho de hierro, estaba el ataud que guardaba los restos de su padre; y ¡oh! ¡amarga ironía de la casualidad ó de la providencia! el despojo de aquella que lo dominara en vida, encerrado ahora en una caja de ébano, pesaba, todavía, como una obsesion sobre sus heladas cenizas.
En el extremo opuesto, Mauricio divisó aislado y solitario, el sepulcro de su madre--muerta á la edad de veinte años--decía el epitafio.
A ella dirijió su plegaria y la efusion filial de su alma.....
Dió una severa mirada á las otras dos tumbas, y se alejó murmurando un _requiescant in pace_ de perdon.
X
El dia siguiente á su llegada, Mauricio dejó el hotel, caro para la exigüidad de sus recursos, y tomó alojamiento en una casa de huéspedes, indicada por el que fué su tutor.
Una vez instalado, buscó trabajo en uno de los diarios más acreditados de Buenos Aires.
Su director, que es un distinguido literato y, además, un hombre de corazon, hizo al jóven una acojida tan amable como alentadora. Ofrecióle su amistad, y desde ese dia, dióle trabajos importantes en la seccion editorial del diario....
No había pasado una semana de la instalacion de Mauricio en la casa de huéspedes, cuando por una de esas evoluciones de barrio, tan frecuentes en esta época de transformacion material, aquel edificio fué expropiado é intimada órden de desalojo.
Los huéspedes se dispersaron; y Mauricio, habiendo de buscar nuevo domicilio, recordó que en la guia había visto la existencia de un pensionado que una señora francesa, madame Bazan, tenía en la calle mas cercana á las oficinas de su diario.
Contento de esta circunstancia y anhelando volver á vivir en un interior francés, fué á pedir hospedaje en aquella casa.
Madame Bazan, una amable vieja, entre cincuenta y sesenta, recibió con agrado á Mauricio.
--Con gran pesar mio--le dijo--me es imposible recibir á usted. Mi pensionado es rigurosamente femenino y de familias en las que no hay varones.
Capricho ó razon, por acuerdo general, los hombres están excluidos de este gineceo, verdadera sucursal del antiguo Port Royal de célebre memoria.
--¡Ah! lo deploro... Pero--insistió Mauricio--mi querida madame, paréceme que siendo yo por mi contínua ausencia de la casa, un huésped invisible, bien pudiera relajarse en mi favor, algo de ese terrible rigorismo.
--Es verdad. Yo lo desearía, por lo menos. Pero ¿qué hacer? Así lo quieren estas señoras. Son veinte, entre ancianas y jóvenes; ocupan toda la casa: tienen, por lo tanto, derecho á vivir segun su gusto.
No obstante.... quizá pueda yo arreglarlo de algun modo.
Desde luego, y con sentimiento le digo que no puede ser V. mi pensionista.
--Me contentaré con que usted me admita como inquilino invisible.
--Contando, desde ahora, con fuertes resistencias, voy sin embargo, á proponerlo á mis huéspedas; por supuesto, alegando en gracia del solicitante, las razones por él expuestas.
Venga usted á verme mañana.--
XI
Desde que lo vió llegar, madame Bazan tendió á Mauricio las manos.
--¡Triunfamos!--exclamó, con la espontánea alegría francesa.
--Reunido anoche mi areópago á la hora del té, expuse el caso con todas sus atenuantes modificaciones.
¡Quién lo creyera! La seccion jóven fué á V. adversa.
¡Y dicen que la juventud es indulgente! ¡Qué error!
Apenas, las viejas, en mayoría, lograron triunfar, no sin el rigoroso aditamento de--forzosa ausencia de la casa, _desde primera hora hasta la hora del sueño_.
Venga usted á ver el cuarto que le destino. Es el único que un hombre puede habitar en esta casa, verdadero monasterio, dónde solo faltan la toca y el sayal.
Y empujando una puerta que abría en el zaguan, hizo entrar á Mauricio en una pieza pequeña, pero aseada; cubiertas sus paredes con papel de ramajes azules en fondo blanco.
Frente á la ventana, que recibía luz de la calle, una puerta empapelada como las paredes, clavada una percha en lo alto del marco y oculta bajo una cortina de damasco azul, hacía veces de ropero, cegando la comunicacion con la vivienda vecina.
Cubría el piso un tapiz de hule; y el mobiliario componíanlo una cama de nogal con dos colchones, dos almohadas y mosquitero de gasa blanca; un velador, un lavabo con juego de porcelana, una cómoda, dos sillas y una mesita central.
--¡Magnífico! Hé aquí cuanto necesito--dijo Mauricio, estrechando gozoso la mano á madame Bazan.
XII
Aquel mismo dia mandó allí su modesto equipaje, que la camarera instaló, arreglando el pequeño cuarto, á pesar de su deficiente mueblaje, con el realce de un buen gusto enteramente parisiense.
Cuando Mauricio vino aquella noche, _á la hora del sueño_, quedó encantado de su nueva morada.
Todo estaba en su lugar: el gas encendido dentro de una bombita de cristal, sobre la mesa del centro; la bugía en el velador, al lado de la garrafa de agua y el vaso de cristal de roca; la cama abierta, mullidos colchones y almohadas; sábanas y cobertores sahumados con alhucema; en el lavabo preparado el baño.
La puerta-ropero guardaba los vestidos de Mauricio, bajo la cortina de damasco azul; la cómoda sus corbatas y ropa blanca.
Sentíase allí la mano de la mujer y su benéfica influencia en todo: hasta en un lindo ramilletito de violetas que desde el fondo del baño de porcelana, enviaba su perfume al pobre huésped proscrito.
Mauricio, apoyado el codo en la mesa y la frente en la mano, leía, ó más bien, distraido, divertíase en hojear un libro, señalando con los dedos, á la ventura y á largas distancias en la página, frases que, reunidas, formaban absurdos ó sentencias, que lo hacían sonreir ó meditar.
En una de esas casuales agrupaciones, leyó:
--En toda existencia humana hay un minuto esperado ó fortuito, solemne ó trivial, que decide del destino entero.
Mauricio sonrió.--¡Perogrulladas!--iba á decir, á tiempo que una ráfaga de melodía, que parecía venir detrás de la puerta-ropero, invadió el silencioso cuarto.
De seguro pertenecía á un Steinway, el teclado que una mano ligera, experta, suavísima, recorrió con un arpegio ténue como el rumor de la brisa, seguido de las primeras notas del valse de Julieta.
Mauricio, inmóvil, comprimiendo el aliento, escuchaba aquellas notas que como una misteriosa corriente, llevaban su pensamiento léjos en el tiempo y en el espacio, allá, á bordo del «Senegal,» al caer el crepúsculo, en la rada de Pouillac; y en la bahía de Rio Janeiro, en una noche primaveral.
Pero como si la artista hubiera adivinado su presencia, el piano calló.
--Es una de las enemigas que rechazaron mi admision--pensó Mauricio.
Aquella noche, fantásticas visiones visitaron su sueño. Ora bajo la aérea forma de una vírgen, sonreíale el valse de Julieta; ora, en letras de fuego llameaba la misteriosa leyenda....
Desde entónces, en vano Mauricio aguzaba el oído; el cuarto vecino permanecía silencioso.
--Quizá para alejarse de mí, su habitante lo habrá abandonado--pensaba Mauricio, no sin consagrar un tierno recuerdo al encantado arpegio, y al bello valse de Julieta.
XIII
Cierto dia, encargado de redactar una memoria en que le era necesario compulsar leyes y decretos, Mauricio, huyendo de la cháchara de sus compañeros, resolvió hacer aquel trabajo en su habitacion.
Encerrado y sin dar al exterior señal de vida, escribía en la holgura del silencio y la soledad.
A las nueve, probablemente la hora del arreglo, en el órden establecido en la casa, la puerta del cuarto se abrió de repente; y la camarera que entraba tarareando una cancion, al encontrarse con Mauricio, dió un grito y dejó caer escoba y plumero.
--Tranquilícese Vd., amiguita,--díjole éste, en voz baja--soy su huésped, y, por ahora, en la necesidad de sigilo y asistencia.
--Mande el señor--respondió ella, tambien bajando la voz--soy la camarera y estoy á sus órdenes.......
¿El señor es de Paris? Habla el francès como en el _boulevard_.
--No; pero amo á la bella ciudad; y por amor suyo pido á..... ¿El nombre de Vd., amiguita?
--Renata.
--Pido á Vd. buena Renata, que me deje encerrado; y que de ello guarde rigoroso secreto. ¿Sabe Vd. que soy un vecino proscrito?
--¡Ah! sí...... ¡Esas señoras! ¿Háse visto un capricho tan tonto? Aquella noche dábame ganas de entrar en el debate y decirles: ¡Insensatas! ¿qué os proponeis? En los monasterios hay un esposo: Jesucristo. Pero vosotras, ¿á qué ideal obedeceis?