Oasis en la vida · Unidad 4 de 6
INTRODUCCION. — parte 3
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--Bueno ó malo, déjelas Vd. en él. Y, que pues halla injusticia en su proceder conmigo, ruego á Vd. piense que mi ideal, á esta hora, despues de haber trabajado desde las seis, debe ser....... ¿Qué le parece á Vd. que sea?
--¿Descansar?
--¡Bah! ¡Almorzar, Renata, almorzar!
--¡Ah! es verdad, señor. ¿En qué pensaba yo? Con gran secreto voy á decirle á _madame_, que me mandará servir á Vd.
--Deje Vd. tranquila á madame, y avise en el _restaurant_ de enfrente, donde tomo mis comidas.
--Yo misma iré á buscar el almuerzo del señor y se lo serviré con tanto más gusto, cuanto que estaría el dia entero oyendo hablar al señor. Si me parece que estoy en Paris. Aquí unos hablan el francés como normandos; otros como gascones. Como parisienses muy pocos; y de esos los más, hablan el francés de las _Barrieres_. El señor habla como Mr. Ribeaumont. ¿Conoce el señor á Mr. Ribeaumont?
--Sí: el espiritual colaborador de «Le Courrier de la Plata».
--¡Cómo me gustan los folletines de «Le Courrier de la Plata»! Yo no sé leer el castellano; pero lo oigo leer á las señoras de la casa, todas suscritas á los principales diarios. A mí me encantan los libros. Mi madre era portera en el colegio de señoritas que dirije madame Arnaud, calle de Valois. Yo les guardaba las novelas que ellas traian ocultas para leerlas en el jardin. En Paris todos gustamos de leer: los pobres como los ricos. «Le Petit Journal» es nuestra delicia, y la más mísera cocinera, ahorra sus cuatro céntimos para comprarlo.
Y en tanto que extendía los cobertores y arreglaba las almohadas, la charlatana camarera, espetaba á Mauricio aquella palabrería, sin cuidarse de que éste, ocupado en el trabajo que lo absorbía, no la escuchaba.
El sonido de un timbre y rumor de voces y de faldas en la habitacion vecina, interrumpió la cháchara de Renata, que llevó un dedo á sus lábios, y salió cerrando tras de sí la puerta.
XIV
--¡Oh! qué pesados son estos vestidos de abrigo--decía cerca de Mauricio, con acento quejumbroso, una voz dulcísima. Y se oia el caer de pesadas ropas sobre los muebles.
--¡Por Dios! ¡hay algo tan brutal como imponer al delicado cuerpo de la mujer este abrumador astrakan y el no menos insoportable bombasí!
Era necesario, era preciso, como dice Cienfuegos, que esos confeccionadores de la moda: Wort, Bowctlaw y sus semejantes, estuvieran locos, ó que se hubieran confabulado contra nosotros.--
Y con un suspiro de alivio:
--¡Ah!--decía--paréceme haber echado de mí dos toneladas.
--Poco te queda que sufrir--contestaba otra voz, tambien dulce y jóven.
--Ya rie la primavera con su florido aspecto.
--Bendita sea ella; y bendito el verano con sus lijeras gasas y sencillas galas.
Renata déme Vd. mi baton de cachemira. Gracias... ¡Ah! ¡qué liviano es esto! y al mismo tiempo qué abrigado.
--¡Y qué lindo!--añado yo.--¿Quién te lo hizo?
--¿Quién ha de ser? Julia Lopez, tu servidora.--
Mauricio sorprendió á su corazon estremeciéndose al escuchar este nombre.
Y cuando la emocion se lo permitió--¡Qué bien te está!--oyó decir.
--Lo hice por los últimos modelos de «La Estacion»; así, en cuanto la severidad del luto lo prescribe.
--Feliz tú, que puedes emanciparte de la odiosa tutela de las modistas.
--He ahí la única ventaja del pobre sobre el rico; servirse á sí mismo.
--Sin embargo, he aquí, Renata, que está sirviéndote en este momento.
--Como una amiga, ¿no es verdad, Renata?
--¡Oh! sí, señorita Julia; y con mucho gusto mio. ¡Es Vd. tan buena!
--¡Ja! ¡ja! ¡ja! Quitándome lo malo: ya se vé.......
¡La campana del comedor!
--Es prevencion.
--¡Dios mio! ¿Qué hora es?.... ¡Las diez y media! ¡Cómo pasa el tiempo! Una clase en el colegio, á dos pasos de aquí; una leccion de piano; ¡y ya las diez y media!
Alicia, quédate á almorzar con nosotras.
--Imposible: me esperan en casa.
--Que no te apure eso, mi hijita.
Renata haga Vd. el favor de avisar por el teléfono que la señorita Alicia nos acompaña á almorzar.
--Entónces voy á dejar el abrigo y el sombrero.
--En la alcoba, sobre la cama; porque luego vendrán las muchachas, que, entre clase y clase, todo lo manipulean.
--¿Y tú no cambias vestido?
--No. Ajusto mi baton con esta cintura de largos lazos; al cuello esta corbatita abullonada como el extremo de las mangas. Así, ¿vés?
--¡Oh! perfectamente...... ¡con una gracia!.....
--Algo teatral, ¿eh? Sabe que por el régimen interior de ésta casa, las jóvenes gozamos de una entera libertad en el vestir; y gracias á la excelente idea de excluir á los hombres de nuestro domicilio, podemos añadir á las galas del _déshabillé_, lo picante del capricho.
Así, nada tan pintoresco y gracioso como nuestra _toilette_ en la mesa, en los paseos al jardin, y en las visitas de vivienda.
_Toilette_ sencilla, pero con el realce de caprichosas fantasias. La túnica griega, el peplum romano, la castellana escarcela.....
A propósito ¿dónde está la mia?..... ¡Ah! hela aquí. Ayer la llevé en la comida. Por más señas, á los postres, llenéla de confites..... ¿Vés? deja que te ponga uno en la boca.
--Esquisito. Simula una almendra y tiene todo su sabor.
--Sí, porque es el jugo de esta, condensado. Producto de la Confitería del Lampo: esto lo dice todo.
--Cierto. Qué manos mágicas confeccionan cuanto sale de ese maravilloso emporio de lo rico, suculento y bello.
--Dicen que sus propietarios van á realizar grandes mejoras en ese establecimiento, ya tan acreditado. Entre ellas, hablan de salones magníficos, sobre todo el destinado á las señoras, decorado con esplendor y rigurosamente reservado para ellas.
--Sin duda, los Partiano se han inspirado en el espíritu de esta casa.
--¡Excelente inspiracion! amable galantería que debemos agradecer, aunque solo fuera porque nos librara á la hora de los helados, del insoportable olor del tabaco, esa pestilente atmósfera de todos los sitios frecuentados por los hombres...
La campana del comedor sonó otra vez.
--¿Vamos?
--Vamos.
--Dame el brazo y permíteme ser tu caballero.--
XV
Cuando el silencio, así en torno suyo como en el vecino cuarto, despertó á Mauricio de su profunda absorcion, encontróse con la pluma en la mano, de pié é inclinada la cabeza ante la cortina de damasco azul... ¡escuchando!
Detrás de él, en una esquina de la mesa, primorosamente servido, entre un dorado pan y una botella de vino, yacía un apetitoso almuerzo enteramente frio.
Aquellos exquisitos manjares parecían resentidos: el bife hacía una mueca, y la tortilla tenía todo el aire de una coqueta ofendida.
Solo las primaverales fresas, agrupadas en su fruterito de porcelana, sonreían á Mauricio y le decían con su incitante perfume--gústanos. Nosotras somos buenas y perdonamos tu desvío.
Avergonzado de su indiscrecion, apenas tocó el almuerzo. Tomó un bocado de pan, dos fresas y un dedo de vino. Y como sintiese los pasos de Renata, volvió de nuevo á su trabajo, agachado sobre el papel, para evitar la mirada fisgona de la camarera.
Pero en vano: la parlanchina francesa habíase propuesto tirarle la lengua, y mientras quitaba el cubierto:
¡Lástima de solomito!--decía;--¡lástima de dorada fritura! Ni con el lábio las ha tocado.--
¡Nada! Mauricio, pegado á la cuartilla, no se daba por entendido; y escribía, escribía.
Y la pícara, en su empeño, continuaba:
--Pero si no ha comido ni el peso de un adarme. Un cachito de pan y medio trago de vino. ¡Jesús! no lo haría peor un cartujo.--
¡Nada! Más pegado todavía á la cuartilla, Mauricio, callando como un muerto, escribía, escribía.
La astuta camarera, dando otro giro al ataque:
--¡Poder de la curiosidad!--exclamó.--Dos jóvenes charlan en la vecindad. ¿Qué dicen? Fruslerías, fruslerías, que, sin embargo, el señor, de pié, quietecito y el oído en acecho, escucha, al parecer, tan absorto, que no me siente llegar, ni el ruido que hago al servirlo.--
Con gran contento de la pillastrona, aquella bomba produjo el efecto deseado.
Mauricio se enderezó; y volviéndose vivamente hácia ella:
--Mi buena Renata--díjole estrechando sus manos--espero que esas señoras no quieran hacerme un calvario por el inocente placer de haber escuchado, no sus palabras, sino el éco dulcísimo de su voz.
--¡Vaya! no le harían á Vd. un calvario y sí hasta dos, si lo supieran. Pero, ¿quién ha de decírselo? No seré yo, por cierto; yo, que cuando estaba allí con ellas, ya imaginaba que usted estaba ocupado en escucharlas. Porque, señor, para juzgar de los otros con acierto, no hay como poner la mano sobre el propio corazon.
Así, cuando encontré á Vd. extático, no lo tomé á novedad.
--¿Entónces, Vd. me absuelve y no cree que he procedido mal?
--No, por cierto. ¿Qué daño hácia Vd. á esas señoritas en escucharlas?
--Es Vd. una excelente jóven; una verdadera francesa por su bondad y honrada indulgencia.
--El señor me favorece. Pero en verdad, nada tan natural. Un jóven se encuentra solo, encerrado como en una prision; oye de repente, cerca de sí, voces frescas que ríen y hablan; y aunque digan nimiedades que él no entiende, interésanle esos misterios femeninos y escucha. A fé mia, yo hubiera hecho otro tanto.
--Querida amiga, me alivia Vd. de una penosa preocupacion. Yo estaba confuso, avergonzado.
--¡Oh! ¡bah! pues yo pienso hacer más: quiero presentar á Vd. las señoras de esta casa; quiero que vengan á que Vd. haga con ellas íntimo conocimiento.
--¡Qué dice Vd. presentarme á ellas!
--Usted á ellas, no; ellas á Vd.
--¿Cómo puede ser eso? Vd. se burla.
--Ya verá Vd.--dijo ella con misteriosa sonrisa.
Y salió, cerrando tras sí la puerta.
Mauricio se quedó dando vueltas en torno al enigma que había dejado ante él la traviesa sirvienta; en la mente, la imágen ideal de Julia Lopez; en el corazon, el éco dulcísimo de su voz.
XVI
Una ruidosa invasion en la vivienda inmediata interrumpió aquellas cavilaciones.
Risas, remocion de muebles, apertura del piano.
Una mano inteligente, pero ¡ay! no la mano de aquella noche, recorrió el teclado con una avalancha de melodías.
--Por Dios, Rosita, acaricia ese obsequio de la señora D..., no lo aporrées--decía la voz que Mauricio sentía vibrar en su alma.
--¡Ah!--replicaba otra--esa intemperancia de manoteos es lo único que me desagrada en la escuela francesa.
--Y lo que yo nunca pude sufrir en Gottschallk--añadió la voz temblona de una vieja;--cerraba los ojos para no verlo en el piano; porque me parecía un caballo picado de tábanos. (Perdóneme el arte esta blasfemia).
Rosita, moderando su ruidosa manera, ejecutó una preciosa composicion.
--¿Qué es eso?
--«La Emancipacion de la Mujer».
--¿Quién es su autor?
--Ortíz Zeballos, un artista limeño.
--¡Un hombre, partidario de esa causa!
--¡Un fénix!
--¡En verdad! ¡con qué ardor atacan los hombres esa idea!
--¡Y con qué argumentos! El otro dia lei en un artículo firmado por una notabilidad literaria:
--.... El mismo Cristo, en las bodas de Caná, estableció su dependencia del hombre.--Mujer, dijo á su madre, que le pedía un milagro, ¿qué hay de comun entre tú y yo?
Alicia, ruégote que tomes de sobre aquella mesa los Santos Evangelios y leas en San Juan las palabras de Jesús á su Madre, en aquella ocasion.
Oyóse hojear el libro y la voz de Alicia leyó:
--..... Y como faltara el vino, dijo á Jesús su Madre:--«No tienen vino»--y Jesús respondió--«Mujer, ¿qué tenemos que hacer en esto, tú y yo? Mi hora aún no ha llegado».
--Jesús se refería á la edad en que un profeta debía comenzar su obra: los treinta años, que él no había alcanzado todavía.
Pero la madre que tenía la seguridad de ser obedecida, dijo á los criados:--«Haced lo que él os dijere.»
Y Jesús obedeció: y por obedecerla hizo su primer milagro: convirtió el agua en vino esquisito que hizo exclamar á los convidados:--«¿Por qué nos dan ahora este vino que debimos gustar al principio?»
--Pues que de citas equivocadas se habla, ninguna como la de aquel señor diputado que en plena Cámara llamó precepto evangélico al--«Creced y multiplicaos»--del Génesis.
--Y diputado por Córdoba: la ciudad teóloga por excelencia.
--¡Ah! ¡y que con todas estas deficiencias se atrevan los hombres á disputarle á la mujer su emancipacion!
--Emancipada ó no, la mujer será siempre reina del mundo. Nada en él se hace sin su influencia: todo por obedecerla, para agradarla, por merecerla.
Recorramos la Historia, desde los remotos dias de la creacion, hasta la hora presente.
¿Qué encontramos?
Siempre y en todas partes el culto de la mujer.
A ella, por ella, para ella. He ahí el móvil humano en toda la extension del planeta, como diría Emilio Castelar.
--Puedo afirmarlo yo--intervino la voz de la anciana--yo, que he vivido y visto mucho; yo, que, durante los últimos catorce años, he tenido ante mí, el espectáculo repugnante del despotismo de una esposa y la sumision de un marido.
Era aquello tan odioso, que más de una vez me sorprendí anhelando para ella la esclavitud; y en él, con un garrote en la mano, una hora de tiranía.--
Risas.
--¿Quiénes son ellos?
--Por Dios, misia Laurencia, delátelos V.
--¡Ah! demasiado alto ha delatado una doble catástrofe, esa culpable inversion de la debilidad y la fuerza.--
Siguió un largo silencio.
Luego, aquí y allí--Ya sé--Ya sé--dijeron varias voces.
--¡Ay!--Ya sé--podía decir tambien, aquel que detrás de la puerta escuchaba.
Y en el corro femenil:
Usted habitaba en su vecindad, ¿no es cierto?--dijeron.
--En frente mismo de su casa, con nuestros balcones, por decirlo así, cara á cara, mediando solo, entre unos y otros, la angosta calle de Esmeralda: en la mayor proximidad. Sin embargo, y por esto mismo, nunca nos tratamos. Yo no podía sufrir, ni de vista, á aquella mujer autoritaria, que hacía de su marido un esclavo y lo ponía en ridículo con las extravagancias de su capricho. Hace daño el espectáculo de tales desequilibrios en un hogar.
Así, cuando dejé aquella casa al propietario que quería habitarla, aunque hacía años que moraba en ella, me plació alejarme de la proximidad de aquel infierno.....
¿Sonrien Vds.? ¡Ah! otra cosa era oirlo. Aquel eterno contrariar cuanto pensaba ó deseaba el esposo.
¡Y este!... El desventurado, por más que ante ella sonreia siempre, á vueltas de esa sonrisa su semblante estaba triste.
Una vez sola, vilo con aire gozoso. Fué pocos dias antes de su muerte.
Salía yo de aquí, á tiempo que él pasaba en compañía de un amigo, á quien decía alegre frotándose las manos:
--Dice V., que tiene curiosidad de saber ¿por qué estoy tan contento?
--De seguro, un buen negocio--replicaba el otro.
--Sí; pues anda V. léjos--breve: es un obsequio que he hecho á mi mujer en el porvenir; y lo mejor aún, sin que ella lo sospeche, siquiera; y todavía, contra la poderosa voluntad de aquella querida criatura.
El desgraciado hablaba así, de aquella que lo arrastró á la ruina y á la muerte.
--¡Pobre mujer! demasiado cruelmente ha expiado sus faltas. ¡Paz á su memoria!--oyóse decir á Julia Lopez, con piadoso acento.
--Yo he hablado así, hija, y hecho esas referencias, para impugnar, ya sea explícita, ya implícita, la emancipacion de la mujer.
¿Qué piensa Vd. de ello, Julia?
--Yo pienso que la mujer es la mitad del hombre; que ambos son las dos partes integrantes de un ser; y que, por tanto, están destinados á juntarse y unirse eternamente por el amor, para formar el Todo humano: la idea del Creador...--
Mauricio sintió una ola de deliciosa embriaguez inundar su alma.
El, tambien, creyó que le faltaba la mitad de sí mismo, parecíale que venía á él, que se acercaba; que la voz que hablaba era la suya y lo llamaba.
Cuando el nimbo radioso que lo envolvía se hubo disipado, y Mauricio pudo darse cuenta de lo que en él pasaba, encontróse profundamente apasionado.
Otro habría reido del idealismo de ese amor, encarnado en el sonido de una voz, en la sombra de un velo.
Mauricio le abrió el corazon y se entregó á su misterioso encanto.
XVII
El reloj de la casa, dando las cuatro, despertó á Mauricio de aquel enagenamiento.
Parecióle descender de elevadas esferas y miró con asombro en torno suyo.
Su trabajo concluido, enrollado y sobre el sombrero, aguardaba desde las dos de la tarde que debió ser puesto en caja.
Avergonzado de aquella inexactitud, apresuróse á correr á la imprenta, no sin las precauciones del proscrito: escurriéndose sin ruido y cuidando de no ser visto al salir de su cuarto.
Felizmente, el diario había debido preferir la publicacion de documentos más urgentes.
XVIII
Aquella noche, Mauricio encontró sobre la mesita central de su cuarto y bajo el globo de gas, un album en cuero de Rusia con sus broches de plata cuidadosamente cerrados y un aire de coqueto misterioso.
--Hé aquí el enigma insoluble de Renata--pensó Mauricio.
Nada tan claro y sencillo.
Sin embargo, al abrir aquel album, al contacto de sus páginas, sentía algo del pavor que inspira el santuario.
Iba á descorrerse el velo que ocultaba al objeto de su amor.
El album aquel era un libro _sui géneris_; una galería de retratos seguida de filiaciones biográficas que le daban interés y novedad.
Contenía en órden cronológico las fotografías de todas las señoras que habitaban la casa.
Comenzaba la série, el retrato de una dama de sesenta años, con ojos vivos y alegrísimo semblante.
Su filiacion decía que la señora de Sanabria era viuda de un rico estanciero y poseía campos y haciendas innumerables.
El biógrafo terminaba cada filiacion con un chiste referente al carácter de su heroina.
Así, de la señora de Sanabria, decía que, de una manera desordenada, tenía la manía de la caridad. Para poner á sus anchas la confianza de sus pobres, declaraba sus riquezas inagotables, conjurándolos á pedir y pedir.
A esta seguía la señora Zárate, antigua directora de un colegio de niñas fundado por la Sociedad de Señoras de la Misericordia y servido por Hermanas del Huerto.
El carácter de la Zárate, concluye el biógrafo, es tan recto y justiciero, que, un dia, asistiendo á la clase de religion, oyó á la profesora explicar la escena de Jesús, niño, en el templo, con su Madre y los doctores de la Ley.
--Pues yo, hijas mias--dijo ella dirigiéndose á las chiquitinas--yo, en lugar de mi Señora, en el templo y delante de los doctores de la Ley, le habría dado á mi Señor Jesucristo una _limpia_ de azotes por cimarron.
Al siguiente dia, delatada por la hermana profesora de religion, perdía su puesto en la escuela.
Pero Aquel que lee en los corazones, indemnizó aquella pérdida, mandándole el beneficio de una herencia con la que vivía tranquila.
Seguía así una docena de viejas que apesar de su insignificancia, Mauricio las contemplaba con profunda gratitud.
Ellas habíanle abierto las puertas de aquella casa, donde le aguardaba el dulcísimo sentimiento que llenaba su alma.
Grupos de jovencitas, lindas todas--pues que la juventud es belleza--llenaban el resto del album.
Sobre ellas el biógrafo había arrojado una lluvia de flores, de esas flores que convienen á todas las jóvenes, sean grandes ó chicas, rosadas ó pálidas, morenas ó rubias.
Mauricio sintió temblarle la mano y el corazon, al volver la última página.
Un cerco de viñetas representando coronas y ramilletes, ofrendas de cariño, rodeaban el retrato de una jóven morena, esbelta, de rostro oval, frente elevada y abundosos cabellos.
Vestida de negro, con esa sencillez elegante y severa que es y será la moda en todos los tiempos, cruzados los brazos sobre el pecho, apoyábase en la reja de un balcon.
Sus grandes ojos negros miraban á lo léjos, y una ténue sonrisa suavizaba la seriedad de su boca.
En aquel semblante, á la vez, juvenil y reflexivo, había un encanto indefinible, que atraia y hacía meditar.
Mauricio, cerrando los ojos, cotejó aquella imágen con la que había en su corazon....
Era la misma, era el ideal que soñara bajo el velo de crespon negro en la rada de Pouillac y en la bahía de Rio Janeiro....
XIX