Oasis en la vida · Unidad 5 de 6

INTRODUCCION. — parte 4

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

¿Cuánto tiempo permaneció así, fija la mirada en aquel retrato, absorto en su contemplacion?

Gritos de alarma demandando auxilio alzáronse de repente del interior de la casa, llenando de terror á sus tímidas habitantes, que medio desnudas, asomaban á las puertas, haciendo coro al angustioso clamor.

Vuelto de su abstraccion, Mauricio tomó un revólver y se lanzó al través de los patios, guiado por la voz, ya medio ahogada, de una mujer que llamaba en su ayuda.

El lugar de donde partían los gritos, era una habitacion cuya puerta estaba cerrada.

Mauricio no quiso llamar: saltó por una ventana y se encontró en un dormitorio, encarado con tres hombres, dos de los cuales pugnaban por amordazar á una mujer, en tanto que el tercero desbalijaba los cajones de una cómoda de donde había extraido un paquete de billetes de banco y un cofre de ébano con incrustaciones de plata.

Los primeros, creyendo sobre ellos la policía, dejaron á la mujer, y abriendo la puerta, huyeron á tiempo que Mauricio les enviaba dos balas de su revólver.

El otro, sin soltar su presa, quiso huir; pero Mauricio, tomándolo por el cuello, lo arrinconó en un ángulo del cuarto.

El bandido logró echar al seno el paquete; y sin desprenderse del cofre, con la mano libre, sacó rápidamente un cuchillo y lo hundió en el pecho de Mauricio.

Cuando guiada por Renata llegó la policía, la mano del herido, á impulsos de una convulsion, estrechaba todavía el cuello de aquel caco tan empecinado en el latrocinio, que aferrándose al cofre y paquete de billetes, costó trabajo arrancarlos de sus manos.

XX

Cuando Mauricio volvió en sí, despues de largos dias de estar entre la vida y la muerte, encontróse en su cuarto, acostado en su cama, el pecho cubierto de vendas, bajo las que sentía, sin darse cuenta de ello, la punzada de un dolor sordo y persistente.

A la semiclaridad que penetraba al través de espesas cortinas en puerta y ventana, Mauricio divisó dos personas sentadas al lado de la cama.

Aquella que estaba enfrente á él, era una anciana.

¿Conocíala?

No podía recordarla, pero creía haberla visto otra vez....

De pronto, se sobresaltó, y en su corazon hízose un gran tumulto....

Sobre una falda negra, lo único que descubría de la persona sentada á su cabecera, habíase extendido una mano blanca, fina, satinada, con uñas rosadas y transparentes.

¡Oh! esa mano sí, la conocía él. La distinguiría entre mil otras manos bellas, porque la tenía presente, siempre, desde que la vió enjugando lágrimas en la rada de Pouillac.

Mauricio quiso volverse para mirar al dueño de aquella mano; pero al primer movimiento sintió un dolor agudo que le obligó á quejarse.

Sus dos enfermeras se inclinaron hácia él.

--¡Cuidado, mi hijo!--díjole la una--¡Quietud y tranquilidad! Así lo prescribe el médico.--

La otra guardó silencio; pero fijó en Mauricio una mirada de dulce conmiseracion que llenó de delicias su alma.

A la luz de aquella mirada, los recuerdos acudieron en tropel á su mente.

Los retratos del album; su amorosa contemplacion; el grito de alarma; el despertar de su arrobamiento; su entrada en aquel interior desconocido; los semblantes aterrados de sus vecinas; su lucha con los ladrones, su herida... Despues, allá, como entre nieblas, un largo anonadamiento.

Sus dos enfermeras habían vuelto á sus puestos.

Mauricio cerró los ojos y se quedó inmóvil, entregado á un dulce desvarío.

XXI

Llegó el médico, y tras él las vecinas, que venían á escuchar el diagnóstico del facultativo.

--¿Cómo vá nuestro enfermo?--preguntó éste, acercándose á la cama.

--¡Ay! doctor Ramos--respondió la anciana--un momento creimos que volvía en sí y abría los ojos; pero solo fué aquel un movimiento automático; y hélo ahí más inmóvil y postrado.--

El médico entre tanto consultaba el pulso del herido y examinaba su semblante.

--Pues yo digo á Vds., señoras, que la fiebre ha bajado hasta el punto de desaparecer. Esa inmovilidad es sueño natural, que es necesario ayudar, dejándolo en completa quietud.

Cuando despierte, renovadle el apósito. Esta noche haré yo esa operacion que ahora dejo en manos de la señorita Julia; pues, en esta ocasion, ha dado pruebas de hábil practicante.

--Efectos de mi buena voluntad, doctor.--

Mauricio escuchaba radioso.

Habría querido llevar la mano á su herida, para tocar el sitio donde se había posado aquella mano adorable.

Y el doctor, haciendo un ojito de malicia:

--¡Qué mozo feliz!--concluyó--¡rodeado de enfermeras tan bellas!

--¡Ah! doctor--dijo la anciana, que no era otra que la señora de Sanabria--es lo menos que debemos á nuestro salvador. Sin él nos habrían degollado aquellos desalmados.

--Y Vd. perdido sus joyas.

--Y mis billetes de banco: cinco mil nacionales, doctor.

--¡Demonios! ¿Creo que los tres están en poder de la justicia?

--¡Ay! ¡si! ¡Pobres!

--Doctor, el enfermo tiene mucha sed. ¿Qué bebida le daremos?

--Orchata con hielo, á discrecion.

XXII

Ido el médico, formóse en torno á la mesita central el corro femenil. Julia estaba en él. Mauricio, entreabriendo los ojos, veia su silueta destacándose en el claro oscuro del cuarto, blanca, ligeramente pálida en su vestido de luto.

Tenía en la mano un trozo de tela de lino que deshilaba con sus rosadas uñas, colocando cuidadosamente las hebras extraidas en un papel de seda, abierto sobre la mesa.

--Se dá Vd. un trabajo inútil--díjole la señora de Sanabria.--Yo he traido un paquete de hilas de la botica.

--Quién sabe qué manos las hicieron y de qué tela.

--Julia tiene razon. Ejemplo: Fernando B... padeció dos años de un cortesito en la mano, convertido en una grande llaga, por el uso de ciertas hilas que, averiguado su orígen, resultaron ser despojo de la sábana de un enfermo de viruelas.

--¡Qué horror!

--¿Y ha escrito Fernando B...?

--De todos los lugares donde se ha detenido: de Barcelona, de Valencia, de Sevilla. Encantados él y Carmencita.

--¡El, desde luego! Es su patria.

--Pues, hé ahí, que, en la ciudad natal, Madrid, aguardábale un gran pesar; uno de esos pesares que es necesario haberlos sentido para poderlos comprender.

El dia mismo de su llegada á la Corte, hijo amante, fué á visitar los sepulcros de sus padres, que, diez años antes, había dejado con un adios de lágrimas y plegarias.

Pero al llegar al sitio que antes ocupaba el cementerio, no pudo reconocerlo. Reemplazaban al fúnebre recinto, calles y edificios....

--¡Ay! ¡padre querido!--murmuró Julia, juntas las manos--¡quién me dice á mí, que cuando algun dia me sea dado ir á buscar tus amados restos, no encuentre desaparecido el sepulcro que los guarda!--

Mauricio envió una execracion al destino, que le negaba la dicha de realizar para Julia esos anhelos, que constituian la felicidad de su alma.

Execró, sobre todo, la vanidad de esa utopía que tanto tiempo había mecido sus ensueños. Querer es poder...

--El relato de Vd. misia Laurencia, ha entristecido á Julia.

--Pésame de ello. En verdad, que estas pláticas en que se mezcla el dolor, despiertan siempre écos de reminiscencia en algun corazon. Hablemos de otra cosa.

--¡Qué bien duerme nuestro enfermo! Si parece que no respira.--

Era que Mauricio comprimía el aliento para mejor escuchar el cuchicheo de aquellas nimiedades que, inmensamente, sin embargo le interesaban, porque Julia tomaba parte en ellas.

--Es hora de renovar el apósito; pero el doctor ha recomendado que se le guarde el sueño.--

A la idea del contacto de esa mano que iba á posarse en su pecho, Mauricio sintió un estremecimiento delicioso que le recordó la leyenda del condenado que, camino del infierno, se despeñó en una sima y.... cayó en el cielo.

--Al cabo llega Vd., Renata.

--¡Ah! señorita Julia, en este momento acabo el arreglo de los cuartos. ¿Cómo vá el caballero? ¿Debe tomar alguna bebida?

--Orchata con hielo. Vaya V. á traerla de la Confitería «La Gema.» No de otra parte, porque allí la hacen deliciosa. Al volver, compre Vd. de paso el hielo en cantidad bastante á cubrir la garrafa. Porque el hielo dentro del líquido, es malsano.

--Yo creía que la mejor orchata es la que se hace al minuto: pisando la almendra en el momento de confeccionarla.

--Yo tambien creía eso; pero un dia tomé una orchata en «La Gema» y declaro que es esquisita.

--Qué magníficos aguinaldos han llegado á esa confitería; qué lujo y variedad de bombones; qué delicadas masas, y los dueños, los hermanos Baez, tan afables y corteses.

XXIII

El Director del diario en que Mauricio escribía, vino á visitar á su empleado.

Fué entónces preciso que el que fingía dormir, se despertara.

El distinguido hombre de mundo saludó al grupo femenino con galante cortesía.

--Perdon, señoras mias,--dijo inclinándose respetuoso.--La oscuridad y el silencio me hicieron creer que el enfermo estaba solo. Grande ha sido mi sorpresa encontrándolo rodeado de tan amable asamblea.

--Confiese Vd., señor, que su verdadera sorpresa fué nuestro silencio--repuso misia Laurencia.--Pero Vd. se engañaba: charlábamos; bien que con el secreto que es el fuerte de las mujeres--concluyó la viejecita, guiñando un ojo con espiritual picardía.

El Director rió del chiste.

Luego, acercándose á Mauricio, informóse del estado de su salud; habló con él de los asuntos del diario; de la importancia de algunos de sus trabajos editoriales.

Despues, abordando la broma.

--¡Ah! señor folletinista--le dijo, volviéndose hácia las señoras para generalizar la conversacion;--Vd. ya no se contenta solo con escribir dramas y romances: los pone en accion.

Y dando una furtiva mirada á la esbelta figura de Julia:

--Veo venir el idilio--prosiguió.--A éste seguirá un epílogo..... y..... un dulcísimo punto final.

A estas palabras, por un impulso unísono de misteriosa intuicion, Julia y Mauricio, volviéronse el uno hácia el otro, y sus miradas se encontraron.

Desde esa hora, ambos supieron que se amaban.

Nada de ello tampoco escapó á la perspicacia del Director. Sonrió con la benevolencia que las altas inteligencias acuerdan á estos juveniles poemas de la vida: y se despidió, recomendando á las señoras, no engreir á su enfermo, y devolverlo cuanto antes á las luchas del periodismo, la más fortificante de las convalecencias--añadió riendo.

XXIV

--Ya lo ha oído V., amiguito,--dijo la señora de Sanabria, alzando el dedo con cómica autoridad;--diz que no debemos engreirlo.

--¡Ah! señora--exclamó Mauricio--jamás podrían Vds. curarme de este delicioso engreimiento.

--¿Qué no? ¡Vamos á ver!... Señoras, comencemos por dejarlo solo y vamos á cosechar las primeras rosas del jardin, para... adornarle el cuarto.--

Y riendo, salieron todas en tropel.

Julia iba á seguirlas, cuando sobrevino el médico.

--¡Hola!; ¡buena señal! Cuando hay alegría, todo vá bien. ¿No es verdad, señorita Julia? ¿Cómo vá, mi jóven amigo? Pero ¡bah! deje Vd. que lo averigüe yo mismo... ¡Qué! si este pulso está de plácemes... Magnífico... Veamos la herida... ¡Casi cicatrizada! Parece increible, sobre todo, cuando se ha visto el cuchillo que la hizo. ¡Poder de la juventud!... Cuando se ha hecho buen uso de ella,--añadió el doctor, estrechando cordialmente la mano á Mauricio.

--Adios, señorita. Mañana levantaremos al enfermo, que ya no es tal, sino convaleciente.

--¿Lo cree Vd. así, doctor?

--¡Vaya si lo creo! Sí, señorita.

XXV

--Sin embargo--dijo Julia, cuando el médico se hubo ido--por más que el doctor encuentre el pulso excelente, yo veo el ánimo de Vd. decaido... ¿Qué siente Vd.?

--¡Qué siento! Deploro ver llegar la salud, que vá á robarme la presencia de Vd. y volverme otra vez para Vd. un extraño.

--¡Ah!--respondió Julia, en tanto que el rubor encendía sus mejillas--yo creía que el dolor había hecho nacer en nosotros un sentimiento de fraternidad por ambos comprendido y tácitamente aceptado.

--¡Fraternidad! ¡oh! no se llama así el sentimiento profundo, inmenso, que llena mi alma. ¿A ese lo acepta V.?--

Julia, bajos los ojos, callaba.

--¡Ah! ¡deje V. que interprete en mi favor ese silencio; indíquemelo una palabra sola, una mirada!--

Las miradas de los dos jóvenes se encontraron.

Y la mano blanca, fina, satinada, de uñas trasparentes y rosadas, se posó en las manos de Mauricio, que la llevó á sus lábios.

--¿Para siempre?--demandó el uno.

--¡Para siempre!--respondió el otro.

Y quedaron así, juntas las manos, silenciosos, la mente llena de radiosas visiones.

--Esposa mia,--dijo Mauricio, saboreando con delicia esta palabra,--permíteme sellar nuestra eterna union, colocando en tu mano esta prenda misteriosa que llevé siempre conmigo desde niño, sin saber quien me la diera ni de donde me venía: persuadido solamente de que perteneció á mi madre porque lleva sus iniciales y la fecha de su matrimonio.--

Hablando así, Mauricio quitó del dedo meñique de su mano un anillo de oro y lo pasó al anular de la de Julia.

La jóven besó aquella reliquia con religiosa uncion.

Su bello semblante habíase tornado grave; su voz suavísima tomó un acento solemne.

--Si yo dudase--dijo--si yo dudase de la intervencion sobrenatural en nuestro terrestre destino, desde esta hora habría comenzado á creer en ella.--

Y abriendo el secreto de un medallon de esmalte negro que llevaba al cuello, tomó otro anillo de oro que presentó á Mauricio.

--He aquí--le dijo--la alianza nupcial de mi padre, que yo recogí de su mano, helada ya por la muerte.

Los que moran en el cielo, envían á sus hijos en estos signos visibles, su bendicion.--

En ese momento las paseantes del jardin invadieron el cuarto, llenos pañuelos y sobrefaldas de hermosas rosas primaverales, que esparcieron sobre la cama de Mauricio; en los muebles y hasta en el pavimento.

--Así se quitan los engreimientos--decía riendo, la señora Sanabria.--Seguid, señoritas, echadle flores; _date lilia_, como dice Ovidio.

--¡Ah, señoras mias--dijo Mauricio, profundamente conmovido--¡cuánta bondad! ¿Cómo podré yo, jamás, hacerme digno de ella? ¡Razon tenía el doctor, que me llamaba feliz!

--¡Ah pícaro! ¡hacía el muerto y nos escuchaba! ¡Niñas, esto merece juicio y castigo! ¿á qué pena le condenarán Vds.? Eso sí, ¡por Dios! no ser tan rigorosas como la otra vez.--

Tras breve cuchicheo, alzóse una voz que exclamó:

--Condenado á la concesion antes negada: á ser nuestro comensal.

--¡Bravo!

--¡Bravísimo!

--Honorable tribunal: No sé donde existe la costumbre de que el reo, despues de oir su sentencia, bese la mano á sus jueces. Yo pido esa pena más, en mi cruel condenacion.--

Las jóvenes tendieron al sentenciado sus blancas manecitas.

Las viejas, todas muy discretas, lo eximieron de esa verdadera penitencia.

XXVI

Como se acercara la hora de la comida, á la que segun lo había declarado el doctor y sentenciado el tribunal, Mauricio debía asistir, las señoras se retiraron para dejarlo vestirse y hacer ellas su propia _toilette_.

Las jóvenes que iban riendo entre ellas--¡Adios! decían, magestuosos peplums.

--¡Adios! ¡encantadoras túnicas griegas de perdidas mangas y dorados flecos!

--¡Adios! redecillas de perlas.

--Bandas caballerescas, ¡adios!

--Ahora, asimilarse lo más posible al último figurin de «La Estacion», y así perifolladas, sentarse á la mesa con nuestro bello comensal.

--¡Ay! mi hija, ¿sabes que me quedé helada el primer dia que entramos á su cuarto, despues del accidente? Esa puerta cegada que sirve de ropero, es la que está detrás del piano en tu saloncito, Julieta.

--Yo lo sabía,--dijo Julia,--pero sabía tambien, y Vds. como yo, que mi vecino estaba ausente.

--Y yo, no obstante eso, temiendo que nos hubiera escuchado, comencé á hacer mi exámen de conciencia, pensando en los disparates que pudimos haber dicho.--

La campana del comedor anunció prevencion.

Las jóvenes se dispersaron.

Mauricio se apresuró á vestirse.

Con qué sentimiento de gozo vióse, otra vez, en pié, actuando en la vida, y un rayo de felicidad iluminando su alma.........

Renata vino á interrumpir este arrobamiento.

Armada de plumero y escoba y en las manos una gran jarra con agua, la curiosa camarera se precipitó, más bien que entró en el cuarto.

--¡Gracias á Dios!--exclamó--He aquí otra vez al señor, sano y listo como antes....... y mejor que antes, ¡bah!....... ¡amado por aquel ángel del cielo!......

--¿Qué dice Vd. Renata? No comprendo...

--¿No comprende el señor? Yo sí. ¡Ah! si hubiera visto el señor las lágrimas que yo he sorprendido, cuando él estaba tendido, cerrados los ojos, y que el doctor auguraba tan mal.

Pero ya, ya todo pasó; y yo que creía que no podían ser ya más bellos aquellos ojos que inundaba el dolor, veo que son divinos inundados por la felicidad.

--Renata, Vd. es el órgano de los enigmas.

--¡Qué semejante el anillo que la señorita Julia tiene en el dedo al que Vd. llevaba antes en el meñique!...... Pero lo más particular es que ese que lo ha reemplazado, es idéntico á otro: una reliquia que ella guarda en su medallon y aplica á sus lábios cuando reza.

--Nada tan natural, somos novios y hemos cambiado alianzas--dijo Mauricio, en la inminente necesidad de poner en buen camino el ánsia curiosa de la camarera.

Oyóse de nuevo la campana y madame Bazan vino muy contenta, en busca de Mauricio, para llevarlo al comedor.

XXVII

No hay médico tan hábil para las rápidas curaciones como la felicidad.

A su dulce influencia, Mauricio recobró luego la salud y volvió al trabajo con un ardor, perseverancia y afan que asombraron, inquietándolo, á Emilio, uno de sus compañeros de labor.

Era que tenía prisa de llenar las condiciones que él mismo había impuesto á la realizacion de su dicha: adquirir, si no una fortuna, un holgado bienestar, al menos, que ofrecer á la criatura idolatrada que iba á ser su esposa.

Pero ¡ah! el lucro en el trabajo, si bien seguro, es lento, y tarda en llegar.

Solo con audaces golpes de mano, y no en esa esfera de luz, sino en las regiones tenebrosas de la política, se improvisan las fortunas que con asombro vemos surjir, no obstante conocer su orígen.

Este pensamiento nublaba á veces su frente.

Una mirada de Julia le restituía la felicidad.

--¡Ah!--solía decirle ella entónces,--¿por qué no hemos de unir nuestro destino en el trabajo, como se han unido nuestros corazones en el amor? ¿Qué goces de la opulencia igualarán á la dulzura de caminar juntos, á través del destino, y apoyado el uno en el otro, buscar el pan de la vida?

--No, amada mia--respondió Mauricio, con acento de autoridad--nunca permitiría á mi esposa encadenarse á esa ley de labor, mision del hombre.

¡Ah! cuando seas mia, ¿había de dejarte salir de mis brazos para ir á desafiar las humillaciones, á que el trabajo expone á la mujer en el áspero contacto de la vida? ¡Jamás!

--Esperemos--repuso ella--pero, no impacientes, sino con plácida resignacion. ¡Ah! en cuanto á mí, encuéntrome tan feliz, que quisiera vivir eternamente en este trocito de cielo.--

Mauricio pensaba tambien así, en esos dulces momentos; pero en otros, las tristezas volvían á su alma.

XXVIII

--Tienes una carta en el correo--dijo Emilio á Mauricio, cuando éste entraba en la redaccion.

--¿Sí? Pues voy ahora mismo por ella. Quizá es de Francia. ¡Cuánto tiempo que nada sé de aquella querida gente!

Y salió á prisa.....

--La 3.3_S_4 para Mauricio Ridel--dijo éste al empleado del Correo en las cartas de posta restante.

Entre varias personas allí presentes, hallábase un caballero que al oir aquel nombre, volvióse y miró al que lo pronunciara.

El empleado con una carta en la mano, dirijió á Mauricio el sacramental--¿Puede Vd. dar comprobante de su persona?

--¿Si el señor quisiera aceptarme por fiador?--dijo á Mauricio con una voz benévola y tranquila, el caballero que en él se fijara.

--¡Ah! señor--respondió éste--no sé si debo......

--¿Por qué no, señor?--interrumpió el empleado--con tal fianza, no solamente esto: un tesoro.--

Y dió á Mauricio su carta.