Pájinas de mi diario durante tres años de viajes : 1853.--1854.--1855 · Sección preliminar
Preliminares
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
VIAJES
benjamín vicuña mackenna.
PAJINAS DE MI DIARIO
DURANTE
TRES AÑOS DE VIAJES
1853.— 1854.— 1855.
POR
benjamín vicuña mackenna.
CALIFORNIA— MÉJICO.— ESTADOS-UNÍDOS.—CANAD^.
ISLASBRITANICAS.— FRANCIA.— ITALIA— ALEMANIA.— PAISES-BAJOS.
COSTAS DEL BRASIL —PROVINCIAS DEL PUTA.
SANTIAGO.
IMPRENTA DEL FERROCARRIL, Calle de la Moneda, DÚm. 35.
1856.
^ Harvara College Llbrary
Gift of
Archfbald Cary Coolldge
and
Glarenoe Leonard Hay
April 7p 1G09.
El autor se reserva el derecho de reimpresión i traducción de esta obra con arreglo a la lei.
4e4¡afioá /lat'dej Ae /ladao» en du cafnAanta,
^a^íJ<aao, ^^na^a -/ .^ e/e "/^Sff,
PREFACIO.
En ningún país tal vez es mas difícil la publicación de una obra como la presente que en Chile. Todos nos conocemos, todos podemos «er nuestros jueces inmediatos. Las revelaciones se hacen entonces peligrosas, la personalidad aparece como un inevitable escollo, a veces eomo un blanco; i la verdad, dicha como es, pulí, acrisolada, inexorable, constituye un peligro de otro jen ero para el escritor. La responflibilidad es grande, la abnegación no menor, pero yo he creido aceptar ambas en estas pájiaas en toda su plenitud.
Yo me he puesto como el emisario último lleudo en medio dé la gran familia de los que aman el bien i la verdad, i les he contado con d alma sana i mi memoria serena lo que he tiito entre los hombres i las cosas de otros faebloe. Yo he viajado no por placer, ni por kaMÍOy ni por el pueril entretenimiento de'^ro- 4ar tierras." £1 destino me ha impuesto un fragmina mas severo, i al cumplirlo no he he- «ko ai DO pedir de corazón a todo lo bueno, lo i lo grande que he encontrado en mi canil destello al menos que grabado en mi y pudiera reflejarse mas tarde, modesta paro puro de verdad sobre el suelo de mi
* li la leonion de esaa impresiones i pensaJialM dtbidos ya al acaso de ios riígesi ya a
un aprendizaje mas serio, lo que constituye e fondo de esta obra, que cuan pobre sea, tiene un mérito tal vez no común en estos dias i en estos libros: el mérito de la verdad. Reconozco que habria podido publicar una obra interesante sobre los paises que he recorrido ; pero yo que ma hago responsable de mi última palabra, no he escrito sino lo que absolutamente he visto con mis ojos i oído con mis oidos, como han visto i oido las personas chilenas en cuya compañía un feliz acaso ha querido viaje constantemente.
La verdad práctica, la rara verdad de los viajes, vista por mí, i si falible i débil, sincera i leal al menos, es pues el espíritu i la moral de este libro; i su objeto único de importanc'a directa, el que esa verdad que la distancia i nuestra posición, la tradición i los hábitos del pais han hecho tan tardía como necesaria, brille pura una vez, i que a su luz algunos errrores puedan desaparecer de la gran suma de absurdo i atraso que a la par de tan jenerosas virtudes, hemos recibido en herencia de nuestra raza i de nuestra historia.
Mi plan ha sido tan vasto como mi tema, como mi camino, como las pajinas de mi dia-^ rio, título el mas exacto de esta obra para cuya inmediata redacción no he tenido sobre mi mesa sino algunas docenas de caademos ev
que. (lia por día, durante tres años, habia marcado con una mano precipitada, pero ñel mi itinerario de peregrino i mi memorándum de estudio. No he podido pues tener un sistema fijo al escribirla. Unas veces he transcrito mis notas tal cual el lápiz las babia bosquejado en mi cartera i otras veces me he detenido, reflexionado i deducido alguna conclusión. Pero en un escrito bebido todo en mis propios pensamientos, debe prevalecer sin duda la impresión orijiual del momento, las circunstancias, las ideas, las palabras mismas burjidas en cada ocasión, como el carácrer predominante en el espíritu, en el estilo i en las tendencias de este libro*
Esta lejítima or^inalidad es el único ijralardon literario que yo reclamaría si mi aspiración se dirijiera al brillo de las letras: pero mi ambición es mas alta i de otro jénero esta vez; 1 si una preocupación desarraigada, una exageración esclarecida, un error de menos, una idea nueva desarrollada aparecen al espíritu de el que lea estos ensayos o arranquen al jóvBn corazón de las jeneraciones a que yo pertenezco, i a I as que están mas particularmente consagrados, un impulso santo de la justicia, del honor i del bien^ &u verdadero objeto quedará reaüKack)»
CiPITULO I.
Partida de 'Valparaíso, — Vida en alta mar, ^^ Vegada a Califernia. — San Francisco. — BatTÍos \iajcionales. — ^Casasde juego^ — Teatros, — Una representación francesa. — Teatro celestiaL — Los Chinos en California, — Espectáculos caraóterítticos. — Cementerio de San Francisco. — Recuerdos.— San Francisco como plaza de comercio. — Los Yankees en California. — Visitas a Sacramcrto, — Porvenir agrícola de California. — Su rivalidad con Chile.
El 26 de noviembre de 1852, me hice ala • Tela de la rada de Valparaíso en el bergantín ebileno Francisco Ramón Vicuña. Era eu aquellos días de alarma i sufrimiento, ea los que parecía como un descanso dejar el suelo natal, coDteuipIando mas alU del océano los distantes países en que se entreveía un nuevo campo de actividad i de porvenir que el destino había vedado en la patria. Las vel.is henchidas por la brisa alejaban nuestra embarcación rápidamente, i luego el vasto caserío de Valparaíso no parecía sino una masa de rocas blanquiscas al pié de las colinas. Contemplados aquellos sitios a la luz de esc crepúsculo de las costas de Chile, que jamas hemos visto en parte alguna, tan lleno de colorido i de tristeza, jKireciau responder a ese adiós que solo el alma fie los que parten por la primera vez puede comprender. £n e^ios momentos la luna llenu, aparecía como un astro de consuelo por entre ias ruinas de un castillo feudal, diseñado en las opacas nubes de la noche, i el viajero reclinado sobre el borde de la popa, viendo dcslizmr su nave por las ondas, su mente, su alma, mu sentidos ocupados todos por un espectáculo tan nuevo, se convencía al fín que estaba en «1 camino del océano ....
Cuando amaneció la mañana siguiente, estáis a la vista de la encumbrada punta del ~0>>éUiaia tierra que yo debía divisar i tlatit»iiabiaeo]io€ido. £s uno de los mas
singulares caracteres de la formación en declive del terreno de Chile, el que desde sus costas se puede contemplar toda su faz como en un anfiteatro, hasta los picos de los Andes, al travez de sus valles i montañas secundarias; así el visyero chileno desde la altura del mar, puede creerse todavía en los sitios que le son queridos i familiares. Cuando la tierra hubo desaparecido del todo, una faja de lijeras nubccillas marcaba todavía la dirección de las costas, hasta que las brisas del medio día, ese otro don precioso de nuestra naturaleza i de nuestra topografía, las hizo desaparecer arrastrándolas al interior.
Nuestro rumbo hacia San Francisco de California nos obligaba a tomar la altura del océano hacia el occidente, donde debíamos encontrar los vientos reinantes del sud. Nuestra marcha era por consiguiente al O. con una lij era inclinación del compás hacia el N. Sin embargo, a los cinco días de viaje el cielo comenzaba a perder su azul i su brillo, las noches eran menos estrelladas, en la tarde el horizonte se teñía de vapores amarillos i la brisa había pc^rdido su frescura i su humedad. Era aquella la señal que ya habíamos salvado la latitud que separa a Chile del desierto] do Átacama. Esa misma noche, a la lus de la lunu vimos en la distancia, como dos osmbras, las desiertas islas de San Feliz; debíamos ver tan fpoca tiena en nuestra ruta que la torobra de
aquellas rocas, nos causaba un verdadero placer.
Desde aquel momento comenzó para nosotros la vida del marino en toda su plenitud, íío debíamos vivir sino de las impresiones del océano, que en verdad, eceftto en los días de tormenta debíamos encontrar bien parco: Amanecían a veces dias de una hermosura singular i nueva para mí, pero aquella bellezn me parecía estraña, como algo que no me pertenecía a mí, ni tampoco al maravilloso cielo bajo el que habia nacido. Un sol envuelto en tenues i descoloridos vaporos, el espacio sin luz ni brisas, las noches ardientes i sin estrellas, habían sucedido a los horizontes de la zona que dejábamos, i aunque esta tenia una hermosura peculiar, a mi me costaba reconocérsela. A falta de distracciones en la naturaleza, yo las buscaba al derredor mió; ptro nada podia ofrecerme un pequeño buque de vela tripulado fíor 12 hombres, ocupados noche i dia de su maniobra. El capitán Cavassa era un exelente jenovés, como todos sus marineros. Contaba algunas veces sus correrías por el Mediterráneo i otras pulsaba una vieja vihuela, poniendo a su fantasía los aires favoritos del Cerro alegre, entre los que la zamacueca era su predilecta. La tripulación era poco sociable, i yo el único pasajero, porque el buque iba a mis órdenes. No sé que habitud de silencio i de meditación se adquiere en alta mar, como si fuese un reflejo de aquel mudo e inmenso espacio en quo vogamos; asi era talvez mi único placer el reclinarme sobre la borda o asido de alguna verga del palo de proa, ver la quilla del buque surcar las (olas levantamlo como una guirnalda de blanca espuma que íbase renovando sin cesar. Desear incidentes a bordo, era no encontrarlos, buscarlos era peligroso; nos contentábamos, pues, con la mezquina ración de emociones que el puente de nuestro bergantín ofrecía: los marineros en la maniobra, dos perros que nos acompañaban i estaban en un perpetuo retozo, í pareciendo los únicos seres felices a nuestro derredor; algu.» raro pescado que se Ajaba al anzuelo que traíamos atado a popa, las golondrinas de mar quej revoloteaban sin cesar a una distancia respetuosa del buque, como si temieran el alcance de los mohosos fusiles que llevábamos en la cámara, eran todos los colores que variaban la monotonía de ese lienzo azul de cielo i agua que cruzábamos. Una tarde vimos también detenerse sobre los mástiles dos gandes aves manchadas de rojo i blanco. Eran tal vez como nosotros algunos Tii^eros errantes que buscaban otro clima i otro nido/ Dos o tres dias nos repitieron su yi-
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sita, porque parecían llevar nuestro mismc rumbo i al fin desaparecieron. Esta monotonía de la mar, acumulada ya por algunos dias, confundía todas mis ideas del tiempo; todas lai horas eran iguales i todos los dias eran come ías horas. Me parecía el tiempo un pedazo informe e inmenso como el océano, i que podia cortarse en trozos, según la imajinacion i el deseo; pero solo encontraba que estos trozos eran siempre demasiados grandes! Este fastidio no llega, sin embargo, a hacerse jamas profundo, al menos cuando sopla el viente favorable, el que para nosotros fué un constante amigo, aunque el capitán esclamase con frecuencia que no era Dios sino el Diablo fil que tenia el dominio del aire.
jSoIo una vez en cerca de 50 dias de navegación, esperimen tamos algo que podia llamarse una sensación, i otra vez creímos todos que estábamos verdaderamente aburridos. Fué aquella una ocasión entonces seria i hoi ridicula, en que un ratón hizo un taladro en la quilla del buque, bajo la escala, precisamente en la línea que calaba el buque; pero como este, cargado por el viento de costado navegaba felizmente con alguna inclinación hacia es* tribor, el agua no penetró sino en poca cantidad, lo suficiente para averiar '¿5 sacos de harina. De otro modo el capitán aseguraba que en una noche habrían entrado tantas toneladas de agua cuantas necesitábamos para haber ídonos a pique. Desde aquel momento se le declaró una guerra implacable al terrible ratón i los marineros le daban caza en la bodega como a un pirata impiadoso. El contramaestre que era responsable del accidente, habia jurado sacrificarlo i decía se le comería en cazuela con tal de hallarlo porque "con otro capitán no se habia salvado, (añadía en su estilo de marino i jenovés) de los mas sacratísimos palos ni en la punta del palo mayor." Al fin el gato descubrió al culpable, i fué arrojado al agua con toda la bullanga de los marineros, de los perros i del gato. Nosotros escapamos echando al mar 25 sacos i algunos treinta cajones de fideos pertenecientes al capitán, i que aunque fabricados en Valparaíso traían la marca de Jénova. Fué singular este dia el contento del capitán; nunca la vieja vihuela despidió voces mas acordes i animadas. Estos hombres de la mar que nada tienen, para que quieren nada si viven siempre a caballo en un madero?
El dia clásico i único del aburrimiento fué el de una ca^ma chicha. El buque aprisionado en un mar sin olas ni pliegues, balanceándose en una masa muerta! con sus velas a la hoUnay aleteando en todas direcciones como en busca de brisa.
parecía un cisne colosal o quien alguna bala hubiese herido i le impidiera desplegar sus alas. Pero mientras el capitán i sus segundos blasfemaban, como es entre ellos de ordenanza, yo gozaba también de aquel panorama desconocido. Una noche habiomos tenido un temporal descebo, yo quería ver el Océano sosegado, como en un contraste. Eran las 13 del rlia cuando la calmase hizo completa, la mar quedó paralizada i el cielo limpio hasta de las mns leves sombras. Apenas un lijero claro-azul permitía distinguir donde comenzaban i donde se estinguian los horizontes de uno i otro, el océano i el firmamento. Sin el sol que cruzaba el espacio, sin d reflejo de luz que el agua enviava a la vista CMia vez que un soplo fugaz de brisa venia a litar graciosamente su tersa superficie, no habríamos podido decir doiide habitábamos en aquel momento si las blancas telas que se saendian sobre nuestras cabezas eran las paredes 4e algún globo aero-^tático suspendido en el fació o el velamen de una embarcación dulcemente apnsionada por este reposo de la natulaleza en que el Océano como un jigante dormidose deja acariciar por alguna lánguida ráfajn, lúéntrasel sol se refleja majestuoso sobre cada aaa de sus gotas inmóviles, mientras el viento 4e las tormentas encadenado en los polos o Ittantado sobre los centros celestes arrastra l^del cielo i de la tierra toda nube, todo va|ior, toda sombra que pudiera empuñar la ftide la naturaleza en un dia de gala.
Al fin el 19 de diciembre a los 22 dias de
littlra salida de Valparaíso cruzamos la línea
> loDJitud a no menos de mil leguas de la
El calor era intenso; pero yo conseguí
itarme del bautismo de Neptuno que me
han los marineros, no por mis derechos
patroDy porque las leyes de la mar son ine-
lesy sino por algún dinero que les distri-
el capitán i la promesa de una doble ra-
devino para la Pascua, que ellos pasaron
grande alegría. £1 calor duró apenas dos
i a los 10 dias de haber cruzado el
[tor ya rae vi obligado a cambiar mis za-
por botas gruesas.
Báia de aña nuevo pasamos casualmente
CBÍrente de la punta de este nombre en las
de Méjico, el 8 avistamos el primer bu-
e en 40 dias nos era dado saludar. Era
pHitin MfathiusSaar que iba de San Fran-
m Um islas de Sandwich a cargar naranjas
'Sabíamos por medio de pizarras en
LOS nuestras preguntas i respues-
k cronómetros estaban exactos,
gi espitan i ;álculosi4diasmastarde
• te Tift ue tierra en la emboca-
dura del Sacramento. Nuestra navegación habla durado 47 dias.
Un pailebot del pilotaje del puerta se nos acercó i describiendo una graciosa curba por nuestra proa nos dejó un práctico a bordo. Yo deseaba desembarcar aquella misma tarde, i en el mismo bote del práctico me dirijí al pailebot. Su capitán estaba sobre el puente i me recibió con la mas perfecta indiferencia, como si sus remeros hubieran tirado sobre la cubierta un fardo de quimones. Era este el primer estranjero que veia en tierra estraña! Yo me propuse imitarlo i guardé como él un indiferente silencio hasta que observé que el pailebot en vez de dirijirse a la embocadura del puerto hacia su rumbo mar afuera. Pregunté entonces al capitán si entraba aquella misma noche. Me contestó que no sabia, pero me invitó a bajara la cámara i en un jarro de lata me ofreció un poco de té sin azúcar. — Resignado sin embargo a lo que sobreviniera me eché en un camarote i me dormí.
Serian como las tres de la mañana de aquella noche cuando me sentí empuñado por un robusto brazo que me remecía para recordarme. Medio dormido aun i a la luz de la lamparita de la cámara, vi a un fuerte mozeton vestido con un paletot amarillo, que tenia una cartera en la mano. Incontinenti me preguntó de donde venia, que carga trai, etc., a lo que yo le respondí, él apuntó i reiiróse. Bien conocí yo que estábamos ya anclados en San Francisco i que el Rio Sacramento no era el Sena ni sus habitantes parisienses, por este brusco recibimiento. Mi interrogador no era un empleado de Aduana sino simplemente uu repórter ^ un dependiente de uno de los diarios de San Francisco que instruido por el telégrafo de mi llegada venia a comprar las albricias con una trasnochada para venderlas después en el mercado.
Amanecía i luego subí sobre cubierta. — La ciudad esparcida en las colinas estaba silenciosa, £1 gaz del faro ardia todavía, pero luego eclipsó su llama el sol, i la ciudad i la bahía se pusieron en movimiento; los vapores prendían ses calderas i los carros comenzaban a llegar a los muelles. Yo reflexionaba sobre este curioso i nuevo mundo a cuyas puertas me encontraba. Hacia 4 años aquella dilatada bahía era un jago solitario que solo surcaba la quilla de algún barquichuele pescador. Hoi veia un faro iluminado por gaz, la cuerda del telégrafo estaba delante de mi, i oia el agudo silvido del vapor» Todos los grandes descubrimientos de la época estaban ya ahí sirviendo. — Veia la bahía tranquila interceptada de muelles rebosando de buques, la ciudad, hoi la mas bella población
úél Pacífico se leyantaba • en las coKoas donde ayer estaban clavadas unas cuantas calpas i donde el dia antes .algunos pescadores tenían su nmovtfda. Volvía, entonces rui i vista. a pueblos que tenían 800 años deexiatencia, < los comparaba a este .niño de-' ayer í ios encontraba viejos-BÍn haber sido nunca jóvenes!
A ias^eis el capitán fué a tierra en su bote i yo bajé con él. Llegados aun muelle trepó el la escalera í ni medijo'adios ni me miró siquiera, pero quise agradecerle .su servicio, i él como sorprendido deque yo creyera que me habia heclio un aervieio se «onrió dándome la mano. Yo debía pagar 80 pesos al práctico del buque: esto era todo el.que yo hubiera venido en su buque oen el mió era del todo indiferente al capitán no solo como materia de paga sino de etiqueta. No pensaba sin duda lo mismo un remero a quien silgo mas tarde preguntándole cuanto me costaría ir a mi buque .que venia entrando a media milla de distancia rae dijo (levantando el remo como un caballeroantiguo habia puesto la mano en la espada) Ten doilars!
Atracada al muelle en que desembarqué est4)ba la fragata il/af/cZZa» que hnbia salido de Valparaíso tííi la minna tarde que nosotros, no -con harina ni frazndas sino con JiOO republicanos franceses deportados por Luis Napoleón. Estaban recien llegados i cada uno sacaba su liviano eqiiipaj'3 de ; proscripto. A muchos de estos desgraciados reconocí después limpiando zapatos en las calles de la ciudad, a 2 reules el
par Tristes saltos de lu fortuna!
Yo no conocía a nadie en San Francisco, pero esperando reconocer alp:una fisonomía chilena en las calles, me eché a andar por ellas con el barro hasta el tobillo. San Francisco ine pareció la ciudad mas curiosa i estraordinaria cu la faz del mundo hab¡ta«io. Como Véncela es única en Europa, San Francisco me pareció único en el globo. Es una Veuecia de íiiadcra, de pino en lugar de mármol. Ciudad buque, ciudad muelle, ciudad marea, vi que grandes buques barados a gran di¿tancia de la playa servían de habitaciones, almacenes i cafés; vi que la marea pasaba i)or debajo de las í-allee, formaba lagos en el interior de las casas i toda estii mitad de la ciudad se mecía visiblemente sobre sus postes enterrados en el lodo como la cubierta de un navio. Los hombres me parecía, pasaban todos a carrera i que se hablaban un idioma de monosílabos como pronunciando por economía solo la mitad de las palabras; vi que por todas partes habia ruido i movimiento,— los carros tirados por caballos frí- •oae» rodaban sobre los muelles e^tremecién-
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dolos en sa carrera, los btiques, los mM^nmde' buques que jamas he vi«to, deaeargabeii' vs mercaderías de todo -el orbe, las «edas "de-da China, las maderas de Noruega, la . haviaaHde Talcahoano, losartíoaios de Pairia. lApenaa an bulto caía sobre el maelLe, un jornolevo ilo echaba sobre.un carro i el conductor : partía -«1 golope. Donde no vaia hombres a earrera irea* batios al trote, veía máquinas-de vapor remplazando al hombre i al caballo. La .deveaiga de ios buques se hacia por una jnaqaioita '>áe la forma i tamaño de una estufii, que levastilM en el aire un cajón tie oonsitlerable tiimafio#^ En otra parte se enterraban poetes^ pinos-eKle» ros del Oregon, por un martillo a vapor; en *I medio de la ciudad un molino para deacortenr el arroz de la C^ina, aturdía con los chHHdit de su máquina. En otro lugar vi un npanitQta vapor que funcionaba con la misma predsfon que el brazo de un hombre en un terreno que se estaba nivelando. Era una gran tarasca armada de dientes de fierro i con un gran sachen forma de buche. La tarasen abrta sus quijadas, enterraba una, dos o tres veces sus dientM en el flanco de las colinas- que se trataba de oradar, i cuando el saco estaba lleno, jiraba ta pescuezo i vaciaba el saco en un carro, al que un hombre daba un empellón e iba una milla distante por un ferro-carril inclinado a volcar- ' se por sí mismo en la bahia. De este modo el - empresario de esta industria rescataba a la vei dos terrenos. En ninguna parte he visto despne* el vapor aplicado a tantos usos i con tanta actividad como en San Fr; ncisco, porque en ningún otro país está acumulada una msiyor suma de poder i de jénio industrial i porqaa aquí el trabajo de mano es el mas caro.
Después de un mes de residencia, contemplé a San Francisco bajo otros aspectos i me pareció mas singular todavía. Recorrí el barrio de h'S chinos, el de ios mejicanos, el ChilecUOf fcomo llaman donde habitan la parto femenina de Valparaíso) i todo tenia un carácter estrnfio i único; era una aglomeración de ciudades, una Babilonia de todos los pueblos; en las calles se oían todas las lenguas modernas, de la China a San Petersburgo, de Noruega a las islas de S:indwlch. Se voi;in los trojes do todas las naciones i habían sastres para cada gusto- los chinos con su pantalón de paño negro ceñido, su blusa azul, i su trenza hasta la rodilla; el mejicano con su sarape o frazndik, el chileno con su poncho; el puridiense con sn blusa, el irlandés con su frac roto i su sombrero de felpa abollado; el yankee, supremo en tóilo, con su camisola de flanela colorada, bota fuer* te i el pantalón atado ai la ciAtnra.
Estos son- los migmoB hombres que en cuatro baa improvisado uaa nación, estos lo» okicros qve han reedificado tres veces a Snn. Aanctsoo desde sus cimientos, ésto» sou los dwladanos sui jeneria et suijuris por excelencia ^9m constituidos en comité secreto de viji- 1—fin restablecieron la mas singular InquiMciOQ para salvarse entre las Humas de un eterii#iacendio, i los mismos que pistola en mano peaetraron en la cárcel pública i ahorcaron por MB propios brazos dos incendiarios confesos, esyocasti^, la complicidad del gobernador ^■eria evadir. Es este uno de los hechos mas iÍB|;nlBrea en la época fenomenal en que viviMSé. Todo el pueblo se hace justicia por su pDpÍB sentencia, la ejecuta por su propia mano ipBiaque el verdugo no fuera una deshonra, los piiBwros comerciaotesdel pais, padres respetalitios familia, toman la soga i empujan - al ns. Cu¿o diferentes espectáculos se presen* tas en otros paises, donde una mitad de infantarfa ejecuta a bala do fusil una sentencia que pMSroomo on gran dolor sobre todo un pueblo! hn los iucendiaTíos de San Francifico e^an temibles i estaban organizados en sosecretas. Por lo demás, la Lynch Loas ff H tttpremo código de California. £n esto^ dktt oe holandés faltó al respeto al cadáver de •M belleza en Sacramento. UnjicrM de carlimpia botas, todos los primeros trani un clérigo que también pasaba, se ea meeting i condenan al culp»ble, B^ a. la horca i 12 a 200 palos; i los 200 psiss loa recibió uno por uno sobre el lomo! Uo4»tro dia un italiano amanece asesinado en GUaveras. ''Si italiano es la vrctima, italiano M» ser el asesino/' es el veredicto i se decreta qss todos los italianos sean espulsados en 24
Tono vi en San Fronciseo ningpuna Iglesia, ceepto tal vez una capilla protestante, techada JMabias i que como avergonzada yacia en un lanfo aparte, pero en el centro de la pobla* claOTisité esos salones m(igicos,]a BellcL Union f é Dmrmdoy la Polka, donde habrían podido caMMse quinientos individuos a la vez, con ifeapurto sobre la misma carta, o en el rais- ■o Améiico i delirante juego» embriagados la»ssiittdos por la música, el licor, (que se pro- 4|ntecasi de valdé por cuenta de la empresa), pirláioe^eeion de mujeres casi desnudas que 1 pegan en cada mesa, ipor las pinturas is que cuelgairde^ias paredes^ por todo lijwodormece los sentidos, mientras el almaliiossioiiu por la fiebre de It^ codicia. Las iMüiíJoofo» péblloas dte. i noolM» son los^ doflaMr.ftemelaoo«.eomo eliOio
es^el 6nico:DiosadoradOk. Aun, me dicen que se llamaba a sus distribuciones coil campana, lo que parece escusado hoi por la devoción •pun-* tuulde los. fieles. Los mejicanos, machos délos que he visto en mangas de camisa i con pilas de onzas que apenas podrían abarcar con su brazo, componían la gran mayoría de Us tahurea principalmente en el Dorado la mas uutigua igle^ «taculiforniense. Me aseguraron que en los salones privados de la jBeZZa Union, se habían hecho apuntes a una ca»-ta hasta de 80,000 pesos. Pero el juego mas jeneral es la roulette. Es casi increíble que la ceguedad de una pasioa. abstracta como el juego, llegue hasta confiar en la legalidad de los mecanismos empleados por estos bandoleros autorizados con patente oficial. Aunque los empresarios pagan los talladores, tienen una bodega provista i barata para los coucurreittes i les ofrecen sus mag^ nifícas salas de valde, es constante que go^ ñau todos los años centenares de ' miles depe^ sos, i esta es, por supuesto, la contribucioii d« los crédulos i de los viciosos.
De los detalles de San Francisco yo tendría que decir muí poco, porque en un mes de residencia no puede comprenderse una cindadi tan singular, i yo estuve ocupado en ua asun-- toesclusivo. Visité los teati-os que entonce»- eran 9, poro todos mui pequeños. Por oiv un» aria de la Bibcaccianti, me hicieron pogar ¿ peso4. Otra noche el mismo precio por oír a Catalina HayeS) lo que !»in embargo, fué, me dicen Tnénus caro que en Santiago. Todo parece costar aquí ¿ pesos, hasta el andar unu» cuadra en los magníficos coches de San' Fran*- cisco o entrar ni Café francos a ver bailar una' media hora. Habiu también un teatro francés i« un teatro chino, ¿ste fuera de la poMacion¿- Asistí a aquel un domingo en la noche i< por un tríz no tuvimos barricadas; hubo si JVItr* sellesa en abundancia. Era el caso de una mademoiselie Nelson; la Ruchel de San Franci9<^ co, favorita del público, pero no así de la em»- presa que qnerin despedirla. £1 público estaba irritado i pedia con furor la reaparick)» de^ mademoiselle Nelson; la empresa se negaba^ iba ya a comentar un Trafalgar do siiletatos ea honor de mudemoiselle Nelson, cuando una voz inspirada esclamó do la cazuela : la Mav" acMaiae, citoyens! La orquesta entonó el himno i los dos bandos se reeoneiliaron como, verdadoros o^fanta do la patrie.
Para ir nk teatro chino tuve que hacer unik Inrgacamiftatadetras^de una colina de lacin» dad« £1 teatro er&.un galpón d« madera bastáoste aseado pero obscuro. Habrían 60 espectadores pero con&4.eo.e). proscenio mas. de
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ejecutores. Aquí la escena se había revertido con la del teatro francés i la guerra i la ajitacion habían pasado del patio a las tablas. Todo el drama, que durante tres horas representaron, fué la mas cruda, sangrienta i chillo^ na guerra. Cuando estaba un personaje solo en el escenario, a falta de contendente en quien satinfacer su furor bélico, se arañaba la cara a sí propio i se tiraba sus largas barbas postizas; apenas aparecían dos personajes, después de unos cuantos ahullidos (porque a nada puede compararse la declamación celestial sino a un diabólico ahullido de gatos,) se daban entre sí los mas tremendos moquetes. Después <le algunos porrazos parecía llegar un tercero do paz i se constituía en juez, pero a poco trecho entraba en la camorra i ésta se abultaba por segundos, hasta que en una escena se llenó el proscenio de guerreros, el rei i la reina entre ellos, trabándose un descomunal combate en el que todos, sin mas escepcion que el rei i su consorte, fueron muertos por un guerrero que manejaba una lanza en su brazo desnudo. Pero sus majestades celestiales no escaparon sin su castigo terrenal, porque el vencedor los hizo tenderse de barriga i les regaló el lomo con los mas sendos palos que yo había visto pegar de por ver, pues éstos parecían muí deveras. Esta fué la única escena graciosa en la representación. No hubo eu toda ella una sola escena de sentimiento, ni un solo coloquio amoroso; todo fué agarrones de mechas i moquetes. Es curioso que este pueblo afeminado i tímido gusre solo de farsas guerras i sean tan feroz en los combates como lo pintan los sucesos recientes. O ira curiosidad de este teatro era la orquesta compuesta de seis músicos, uno de los que tocaba materialmente eu una paila rota i otro tamboreaba con unos palillos delgados sobre una mesa. Por supuesto no habia la menor harmonía, pero lo mas particular era que dejaban sus instrumentos a la hora que les daba la gana i se ponían a fumar .
Otra vez tuve ocasión de ver a los chinos i fué en su barrio en una casa de fuego suya, que consistía en un cuarto con tres grandes mesas de madera bruta. Algunos chinos rodeaban las mesas, i uno en el centro que dirijia el juego, arrojaba sobre la carpeta algunos puñados de monedas de cobre con un agujerito en el centro i después las retiraba con un largo puntero, contando de a dos en dos; yo comprendí que aquello era una espacie de pares o nortea i después del acostumbrado saludo de chin chin (como va?) i de bu respuesta chau — chau (para servir — U.) puse una peseta sobre la ] m para ensayar lus manipulaciones por su-
puesto picarezcas de estos hijos del cielo; pero en la primera i segunda mesa los chinos rehusaron aceptarme i solo en la tercera tuve cabida ganando de golpe la parada; me retiié guardando cuidadosamente aquella moneda debida a la magnificencia de los hijos del celestial Imperio. Por lo demás los chinos oran muí lacionales i atentos en sus almacenes, hablaban jeneralmente bien ingles i algunos son bastante ricos teniendo, dicen un talento especial parn banqueros i cambistas Yo rio sé porque al ver esta raza con su tez morena, sos mejillas pronunciadas, sus ojos negros i hundidos, se me presentaba como un hecho positi» vo la deribacion idéntica de las razas aboríjenes de América que tienen al parecer esta misma organización moditícada solo por el clima. Cuando hube visto mas tarde los abor(jenes de la América del Norte no pude menos que robustecer mi opinión; pero arcanos son éstos insondables todavía i eternamente.
Un otro espectáculo peculiar en San Franoísco era el que ofrecía una de esas compañías de cantores i músicos que tan populares son en Estados ^Unidos. Se presentan disfrazados de negros, i en la imitación de éstos está el primor de su arte; pero parodian también las óperas mas conocidas, i si no son mui espirituales, la orijinalidad de sus exabruptos hace reír. Yo vi por ejemplo la parodia de Julieta i Romeo. La heroína era un hombre disfrazarlo de negro i Romeo un otro Fascico; cantaban ton todo acorde el dúo Al fin son tuo i en la parte mas patética del éxtasis amoroso, Julieta daba un feroz punta-pié a Romeo i éste respondía con un rebuzno. Estas oríjinalidades son mui del gusto de los Americanos, cuyo placer mas grande parece el acto material de reírse, i asi en cada ciudad de la unión hai varias comptiñias i aun otras ambulantes recorren las caiief..
Una tarde me dirijí a pió al pueblecito de las Misiones a una legua de distancia de San Francisíco. El camino es una calzada de madera i sirve de paseo a los habitantes de la ciudad. A ambos lados del camino vi varias casas campestres delicadas con sentimentales inscripciones Al feliz reposo! icón un apéndice como el de Ponche en leche i en agual u otro análogo para producir un feliz reposo! Los ricos ' comerciantes de San Francisco recorrían las calzadas en sus veloces Americanas a un paso que no bajaría de 6 leguas por hora, i otros se paseaban a pié. Yo me aparté hacia un lado i en unas colínas arenosas que dominaban toda la hermosa bahía, b^jo un bosquecillo de arbustos encontró algunos centenares de lápida et-
Imrddas ^n d^¿i^et) i la mayor parte con cubiertas de madera. Aquel sitio i los epitaños de «ada loza eran una lección terrible para los que ahi llegaban. El sepulturero había escrito ahí la historia de California. Asesinatos, naufmjios, muertes de hambre i de' pesar, juramentos de venganza escritos por al^n hermano sobre los manes inmolados de un hermano, tal era el resumen de los epitafios. La mayoría de los sepultados eran jóvenes entre 20 i SO años. Ahí debían yacer también los restos del contra-almirante chileno don Carlos Wooster, el rival i sucesor de lord Cochrane, muerto en Sacramento en 1849. £n su testamento habia rogado que su nK)rtnja fuera hecha de la bandera «mericana i chilena reunidas, i que una loza marcara para sas amigos el sitio de su descan- •io; pero en San Francisco el que moría no teoia amigos, i el único recuerdo que de él que • daba eran sus medallas de la toma de la Isabel i de-Chiloé, empeñadas en una tienda de alh^as «n donde por una noble delicadeza nacional las teseató el señor Cónsul chileno D. Felipe Fietro. — Una otra existencia ligada mas a Chile por el corazón que por la memoria ocupaba mis neuerdos en aquel triste sitio. Existencia moántai sin nombre, pero tipo de lo mas noble que •nderra el carácter de los chilenos, él pereció tqaí en les primeros días de un porvenir labra- ■ -ata fuerza deenerjia. Tal vez fué la primera lictíma chilena inmolada en este país tan inckmente a nuestro nombre; murió ahogado en kbahia; otros murieron del cólera i de peste; «toos por la bala del rifle de los galgos, cuantos per el puñal aleve, cuantos con el puñal en malo defendiendo sus tesoros i sus vidas! £1 nomIn de aquel ami^o que ninguno de los que le «oaoeieron habrá jamas olvidado era llafael •Htftinez! •Yo habia venido a San Francisco como aerciante con un cargamento de dos mil \ de harina chilena, que mi consignatarto «BBdió a las pocas horas de mi llegada por 29 i » ps. cuando en Valparaíso solo costaba 8, { arfando asi esta especulación una ganancia líI de3í mil pesos. Pero yo que creía saber í de lo que era San Francisco, me encon- [ M eon que no sabia nada. Desde luego el prác- [ te» me perdió dos anclas en la embocadura del I i me hizo pagarle 80 pesos, o 10 pesos por ria pié que calase el buque. — En seguida el yorde remolque pasó una cuenta de 50 pesos j"f IibIw i conducido el buque dos o tres millas. I atracó a un muelle, de los centenares púli privados de la bahía; i su dueño, un carr lo ofreció sin mas condición que de que I le eompruse la carne para la tripulación.
7 —
Descafrgado el buque, i después de una demora de cerca de un mes, el carnicero pasó con la cuenta de la carne consumida, una planilla de 249 pesos, o sea 5 centavos diarios por cada tonelada del buque, que tenia 250. Luego que estuvimos atracados, la aduana nos puso un inspector a bordo a qui^n debíamos dar de comer i pagar 6 pesos diarios. Vendido el cargamento vinieron los pro&adorej a marcar los sacos, caliñcando la harina de ñna, mala ó muí mala, seguñ el grado de averia que tenia cada saco. Una onza de harina, averiada constituía un saco malo, pero q\ probador que era un hombre de la última esfera, calificó una parte considerable déla carga como mui mala, i de ésta a la fina habia una diferencia dejkpesos en el precio del saco. Era evidente el soborno del comprador en este caso i en mjichos otros como el del Castor, que habiendo llegado en la época en que la harina estaba a 40 pesos, no tuvo un solo saco bueno. La marca hizo una diferencia de 6 mil pesos en el precio de mi cargamento. Yo quise hacer mis observaciones, i los probadores no me respondieron ; alzé la voz i mis protestas, i ellos se mantenían impasibles. ¿Quehacer? esto era casi caballeroso de su parte, porque entre las especulaciones de California era una mui en voga la de provocar una bofetada que estaba tasada por diez mil pesos; i estos eran documentos tan ejecutorios que se embargaba al instante un buque i se hacia toda violencia con el culpable, ecepto la de ir a la cárcel, porque en este ca¿o habia que costear su mantención, que costaba un duro diario. El negocio en todas partes encontraba escollos; la harina bajó en 8 días de IV) a 9 ps., i el comprador rehusó pagar sino la mitad del cargamento. Era necesario tener paciencia, cómo entablar un pleito contra un comerciante americano? de qué abogado valerse? Yo recordaba que un día habia estado con mi . consignatario el señor Larco, a hacer una consulta a un abogado por unos sitios que debía reclamar en la población de Venecia. Encontramos al señor Dr. con su sombrero puesto i un libro bajo del brazo descendiendo la escala. Se detuvo dos minutos i yo le expuse mi caso; cuaüdo iba a proseguir coii nuevas esplícaciones ; el señor Larco me tocó el brazo i nos despedimos. "No vé U., me dijo, que si lo demora 3 minutos mas le va a pasar a U. una cuenta de 50 pesos por una consulta hecha en la escala"? El resultado fué que se perdieron 20 mil pesos de la orijínal ganancia, i comparativamente fué éste un maravillosa resultado.
£1 mismo comprador primitivo Mr. Osborne compró el resto de la carga por 9 pesos saco, cuando los primeros Iqs habia pagado a 29 i