Pequeñeces · Unidad 23 de 46
Libro III — parte 2
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Y mirando a Jacobo a lo lejos, aumentóse su curiosidad al ver que aparecía Butrón por detrás de la cortina del palco del Veloz, hacíale una seña y llevábaselo consigo, siguiéndoles a los dos, sin que ninguno le llamase, el cínico Diógenes... Al terminar el acto, Butrón, triunfante y satisfecho, entraba otra vez con Jacobo en el palco de Currita, y empujándole hacia la dama con aire de papá bonachón que satisface un capricho de la niña, cogió con una de las suyas las dos manos que ella y él se estrechaban al saludarse, murmurando, con sentenciosa indulgencia, aquellas palabras de Shakespeare:
--_Old, old history_!...
Hecho esto, el espejo de caballeros, según Pedro López, el integérrimo diplomático, el sesudo político, el anciano venerable y fervoroso que tenía ya un pie en el sepulcro, miró al reloj, enarcó las cejas y despidióse apresuradamente. Eran ya las once, y estaba citado a las once y cuarto con el cardenal arzobispo de Toledo: tratábase de un atentado de la canalla gubernamental republicana contra la Iglesia y deseaba él representar en aquel conflicto el papel de Constantino.
Ensanchósele el corazón al tío Frasquito, creyendo llegada la hora de averiguar algo, y aguzó las orejas y aprestó la lengua para sondear con habilidad a Jacobo y a Currita. Mas, de repente, una mano aleve cogió el mediato lazo de su corbata blanca, y dándole una rápida vuelta, vino a ponérselo sobre la nuca. Volvióse indignado y sorprendido, y vio inclinada sobre la suya la gran cabezota de Diógenes, que, sonriendo y babeando, le decía amorosamente:
--¡Francesca mía!... ¡Si soy yo, Paolo!...
Verde de ira y amarillo de miedo púsose Francesca, cual si viese asomar por detrás de Paolo la sombra siniestra de Gianciotto, y gruñó entre dientes:
--¡Qué cosas tienes!... De verras que erres pesado...
Y despidiéndose atropelladamente por temor de alguna más grave demasía, fuese a componer la corbata en el espejo del antepalco, dejando vacío su asiento, que era lo que buscaba Diógenes. Ocupólo este entonces con la mayor frescura y dando una gran palmada en el muslo a Villamelón, díjole tal atrocidad, relativa a su entripado, que Jacobo y Leopoldina se miraron espontáneamente, como quien dice: «¡Animal!». Currita, muy enfadada, dijo:--¡Jesús, hombre, qué cosas tienes!... ¡Eres shoking, shoking, de veras!--Y Fernandito, con resignada sonrisa, contestó:
--El _vol-au-vent_ de codornices... Siempre se me indigesta. ¿Sabes?
--¡Pues ya lo creo que lo sé, polaina!... Por eso tomo yo siempre _vol-au-vent_ de sopa de ajo--replicó Diógenes.
Y cediendo a su instinto natural de desvergonzada capigorronería, añadió:
--Oye... ¿Y quién me lleva a mí luego en su coche, tú o Jacobo?
--Lo que es yo no te llevo--replicó vivamente este--. Me voy ahora mismo.
--Ni yo tampoco--añadió al punto Currita--Fernandito no se siente bien, y no hemos de andar por ahí dando vueltas.
--Pero, mujer, si te coge al paso... Me dejas en la calle de Alcalá, en la chocolatería de doña Mariquita... Por nada del mundo pierdo yo mi gran jícara con su par de _mojicones_...
--Son sabrosos--opinó Villamelón.
--¡Qué delicia!--dijo Currita--. Si te los dieran todas las noches en los dientes no tendrías la lengua tan larga.
--¡Polaina!... Si te los dieran a ti donde yo me sé, no darías motivos para que te alcanzasen las lenguas.
Currita se mordió los labios comprendiendo que era imposible la lucha con aquel cafre, que parecía complacerse en poner de relieve, con sus crudezas, las vergonzosas condescendencias del mundo, y Jacobo se despidió afectuosamente al comenzar el acto con un ambiguo _hasta luego_, que dejó a Currita muy complacida. A la mitad del acto cuando Dinorah recobra la razón y quiere recordar la bellísima plegaria _¡Sancta María!_ entre sublimes vacilaciones de la orquesta, que parecen revelar los esfuerzos mentales de la pobre loca, envolvióse Currita en su soberbio abrigo de terciopelo granate, forrado de pieles blancas, y aceptando en señal de reconciliación el brazo de Diógenes, salió del palco escoltada por Villamelón y Leopoldina, gozoso él por irse a dormir su indigestión, furiosa ella por marcharse sin oír el coro final de la romería.
El _foyer_ estaba aún desierto, y los lacayos, zambullendo las encarnadas narices en sus inmensos cuellos de pieles, comenzaban a asomar ya, para avisar a los señores la llegada de los coches. Antojósele entonces a Currita sentarse en un diván, para esperar la salida de la gente. Angustióse Villamelón.
--¡Pero, hija mía, por Dios!... ¡Si esto está helado, Curra!...
Y se liaba a toda prisa al pescuezo un _gran foulard_ finísimo, y levantábase el cuello del gabán a la altura de las orejas...
--Te digo que vale más volver al palco, si...
Un estornudo formidable le cortó la palabra y le acrecentó la angustia.
--¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Ya pillé un constipado... Fortuna tengo hoy... ¿Sabes?... ¡Ya tengo para una semana!...
La gente comenzó a desfilar por delante de Leopoldina y la Albornoz, que, dejando estornudar a Fernandito y sin perder de vista su negocio, saludaban a diestro y siniestro a los innumerables conocidos que iban pasando. De pronto, Leopoldina tiró suavemente del vestido a Currita, diciéndole muy bajo:
--Mírala... ¡Esa es!...
No vio nada: dos fantasmas blancos pasaban por delante, arrastrando por debajo de los amplios albornoces las largas colas de terciopelo negro, dejando asomar la vieja por el abrigado capuchón una corva nariz caída y afilada, luciendo tan sólo la joven unos ojazos azules, que creyó Currita se fijaban en ella con provocativa insolencia. El blanco albornoz de la incógnita pasó rozando el terciopelo granate del abrigo de Currita, y una frase alemana, que esta pudo oír y no pudo entender: «Ahí la tienes», pareció caer entonces de la nariz corva y afilada, y ambos fantasmas desaparecieron entre el gentío precedidos de un _groom_ monísimo que apenas contaría doce años.
--Pero, hija, ¿arrancaremos al fin?--decía Villamelón mientras tanto--. Diógenes, dale tú el brazo... ¡Buen constipado he pillado!... ¿Qué haces tú cuando te constipas, Diógenes?
--¿Yo?... Estornudar...
--II--
El respetable Butrón daba puñetazos en los muebles y cruzaba a grandes zancadas el aposento, llamando a su mujer, según su costumbre, unas veces _Geno_, otras _Veva_, nunca por completo Genoveva y prodigándola con todas sus letras los dicterios de imbécil, estúpida, vieja del diablo, beata de Barrabás, que no sabiendo sino rezar el Pater noster, quería darle lecciones a él, Pirro en el ingenio, Ulises en la prudencia, Anteo en el ánimo, Alejandro en la magnanimidad y Escipión en lo afortunado.
Curiosas escenas íntimas del hogar doméstico, que parecerán inverosímiles a los que sólo conocen la _parte oficial_ de los grandes personajes, y que debieran esculpirse cual bajos relieves en los pedestales que levantan el vulgo y la opinión a muchos de los prototipos sociales que brillan en las academias y congresos, estrados y salones.
La marquesa, la anciana señora de virtud intachable, de educación exquisita, escuchaba aquel torrente de denuestos muda e inmóvil, con la cabeza baja y las lágrimas en los ojos, semejante a la estatua de la paciencia, contemplando sus propios sufrimientos. Por dos veces quiso interrumpir a su marido, mostrándole una carta que en las manos tenía; mas los gritos y denuestos del sesudo diplomático la atemorizaron y aturdieron, y volvió a guardar silencio. Las escenas de Lauzun, amenazando con el bastón a la duquesa de Montpensier, su esposa, y gritándole: «¡Luisa de Borbón, quítame las botas!», no eran, sin duda, desconocidas a la infeliz señora.
Hallábanse ambos esposos en el despacho particular del diplomático, vasta pieza decorada en otro tiempo con severa magnificencia, pero sobre la cual habían pasado los años sembrando manchas y desconchones, sombras y deterioros que la larga cesantía del magnate no había permitido hasta entonces restaurar. Veíase en un extremo, tras un gran biombo de nueve hojas de laca de Coromandel, descascarado por todas partes, una enorme mesa cargada de papeles y rodeada de artísticos armarios, todos al alcance de la mano, _sancta sanctorum_, donde sólo penetraban los iniciados en los asuntos y manejos del diplomático. Al otro extremo, frente a una alta vidriera que daba al jardín, y al lado de una chimenea de mármol negro, había una gran mesa del siglo XVII, de nogal, cuadrada, con ancha talla y hierros escarolados, y cómodas butacas y mullidas poltronas, algún tanto desteñidas y un mucho destrozadas, dispuestas en torno: allí recibía Butrón a los profanos a que les era lícito traspasar el dintel de su despacho privado. Veíanse por todas partes, sobre las mesas, en las dos chimeneas, por los armarios y colgados de las paredes, retratos de reyes, príncipes y personajes ilustres, de fotografía unos, magníficamente grabados en acero otros, con pomposas dedicatorias al integérrimo diplomático, que pregonaban sus grandes relaciones y sus altas influencias. Sobre un sofá de rica badana japonesa, hundido todo y despellejado, había en lugar preferente, una gran fotografía del príncipe Alfonso, con el uniforme de escolar del colegio de María Teresa, y esta dedicatoria, escrita de puño y letra del futuro monarca: «Al leal marqués de Butrón, modelo de caballeros. Recuerdo del 2 de diciembre de 1870. Alfonso». Aquella fecha solemne era la del día en que Butrón se avistó por primera vez, después de la Revolución, con los augustos desterrados y juró a los pies del regio niño restaurarlo en el trono de España o morir en la demanda.
Más lejos, a uno y otro lado de una gran panoplia llena de orín y descabalada, había dos hermosos grabados de Luis Felipe y la reina Amalia, con sendas dedicatorias, y entre otra porción de notabilidades regias, políticas y literarias, diseminadas por todas partes, un retrato en litografía de Martínez de la Rosa, en los tiempos en que le llamaban _Rosita la pastelera_, con este campechano letrero: A _Pepillo Butrón, su dómine Paco_.
Mas entre todos aquellos monumentos de altas estimaciones, era el más curioso una hermosa fotografía de la reina de Inglaterra, colocada con afectada naturalidad sobre la chimenea en un pequeño caballete de plata oxidada, cuyas molduras tapaban, en parte, la honrosa dedicatoria. Habíasela dado la majestad británica en Roma, con motivo de cierto oportuno servicio, y deseando demostrarle la más exquisita deferencia, puso en castellano el autógrafo. Mas su graciosa majestad no manejaba sin duda con gran arte el habla de Cervantes, y siendo su intento escribir según la construcción inglesa: Al _marqués de Butrón, recuerdo_, olvidóse de poner la u, y resultó: Al _marqués de Butrón, receurdo_, firmado y rubricado de puño y letra de su graciosa majestad la soberana de los tres reinos unidos, emperatriz también de las Indias.
El pasmo de Butrón fue grande al verse colocado reduplicativamente por aquella importuna síncopa en la rama más desacreditada de la extensa familia de los paquidermos, y apresuróse a colocar habilidosamente la regia dádiva en una moldura que, sin ocultar por completo el honroso letrero, encubriese el sangriento _lapsus calami_ de su majestad británica.
Ocurrían graves sucesos, y la pelotera que Butrón sostenía con su mujer reconocía en ellos su origen. Pavía había dado el golpe de 3 de enero, derrumbándose la república parvulita al eco de tres o cuatro tiros disparados al aire en los pasillos del Congreso. El poder cayó de nuevo en las garras de Serrano, y el desquiciamiento general, la indisciplina del ejército, que peleaba sin fe ni esperanza en aquellas dos grandes esclusas de Cartagena y el Norte, que se tragaban torrentes de sangre y arroyos de dinero, indicaban a los pacientes alfonsinos, cruzados de brazos, que se acercaba la hora de extender la mano para coger la breva, madura ya por completo. La escena de Aristófanes, en su comedia _La Paz_, cuando el pacífico Trigeo sube al Olimpo montado en un escarabajo, se representaba entonces en España: el Olimpo estaba desierto y sólo quedaban allí la Guerra y el Estrago, machacando en un mortero una nación entera y sirviéndoles de mano un general ambicioso.
Otro general de valor, de prudencia y de prestigio, encargóse entonces de inclinar hacia los alfonsinos la rama de que pendía la fruta apetecida y disputada. Fue este el general Concha, que aceptando el mando del ejército del Norte, partió para Bilbao, dispuesto a restablecer la disciplina, aniquilar a los carlistas y proclamar rey de España al joven príncipe Alfonso. Era necesario, sin embargo, allegar recursos para preparar el ejército, y las bolsas exprimidas, las codicias alarmadas y los egoísmos latentes dificultaban mucho la ejecución del proyecto. El ingenio del marqués de Butrón encargóse entonces de hallar remedio, y al frente de su brigada femenina acometió la empresa: imaginó, por de pronto, crear una asociación de señoras para socorrer a los heridos del Norte, que, difundida por toda España, había de allegar recursos de todos géneros para ser distribuidos abundantemente en el ejército a nombre de las señoras alfonsinas, preparando así los ánimos para secundar el movimiento[15].
[Nota 15: Varias fueron las asociaciones de señoras que se fundaron en aquel tiempo con el fin de socorrer a los heridos del Norte, siendo la que más benéficos resultados produjo la presidida por la ilustre y virtuosa señora marquesa de Miraflores, cuyo nombre ha aparecido siempre unido a todas las obras buenas y caritativas. Excusado nos parece advertir al lector que la asociación que nosotros suponemos no tiene nada que ver con ninguna de estas, y que, aunque tomada del natural parte de su fisonomía, es, en su conjunto, pura invención nuestra.]
El plan fue aprobado con entusiasmo por los prohombres del partido, y el gran Robinsón sólo pensó entonces, con la enérgica actividad que le caracterizaba, en organizar la Junta central de señoras en la corte. Ocupóse, lo primero, en buscar la presidenta, piedra fundamental de todo el edificio, y un nombre ilustre que había de llevarse tras de sí cuanto grande, bueno y respetable encerraba la corte; acudió primero a su mente la marquesa de Villasis... Mas las teorías conciliadoras del peludo diplomático juzgaban necesario allegar otros elementos, y pensó entonces en la condesa de Albornoz para el cargo de vicepresidenta. Esta atraería al Madrid de rompe y rasga, que brilla y que bulle, pequeña, pero venenosa levadura que corrompe la sociedad entera y la hace aparecer, al imponerle sus leyes a sus vicios, escandalosa hasta un punto que no lo es ciertamente; la otra atraería al Madrid honrado, sensato y devoto, no tan escaso como muchos creen, y en torno de uno y otro bando se agruparía al punto el Madrid verdaderamente inmenso, la gran falange cortesana de gente más bien frívola que corrompida, más bien insustancial que viciosa, que vive de reflejos y escandaliza o edifica, según es escandaloso o edificante el astro que le comunica sus resplandores.
El plan era bellísimo. Mas ¿quién le ponía el cascabel al gato? ¿Quién aliaba a la tiesa y austera Villasis con la amable y despreocupada Currita, aunque se tratase de ir a conquistar juntas la Tierra Santa? ¿Quién doblegaba la vanidad inmensa de la Albornoz, hasta el punto de hacerla aceptar cualquiera empresa que fuese un puesto secundario?... El astuto Butrón resolvió tentar el vado, aproximando a las dos señoras, y citólas en terreno neutral, su propia casa, sin advertir a ninguna la presencia de la otra, con el pretexto de tratar reservadamente, en junta de notables, un asunto de la mayor importancia para el partido. Encargóse él de avisar a Currita la noche antes en el teatro, y, por orden expresa suya, escribió su mujer a la Villasis, con quien la unía una amistad antigua, cariñosa y sincera. La futura presidenta olióse desde luego la partida, y un oportuno constipado atroz y empedernido vino a impedirle salir fuera de casa; así se lo notificaba con grande sentimiento y cariñosas frases a su buena amiga Genoveva en una elegante esquelita cuadrada, en cuya esquina se leía, bajo la corona ducal propia de los Grandes de España, su nombre de María.
Esperábase la Butrón la llegada del constipado, díjole así a su marido al mostrarle la carta, y entonces fue cuando el respetable diplomático descargó su berrinche sobre la pobre dama, prodigándole los dicterios que al comenzar este capítulo apuntamos.
De repente, recobró su cortesana sonrisa, su continente señoril y aparatoso: entraba la duquesa de Bara, otra de las citadas, antigua amiga suya, aunque no de tan añeja fecha, de quien la maledicencia se había ocupado muchos años atrás y se solía ocupar aún de cuando en cuando. Era la duquesa mujer muy discreta, nada escrupulosa, conocía a Madrid palmo a palmo y escuchábala Butrón como a un oráculo en todo lo referente a guerra femenil de intriguillas y abanicazos. Al poco llegó el general Pastor, próximo a partir también al Norte para secundar el movimiento de Concha, y vino luego un don José Pulido, hombre listo y travieso, pies y manos de Butrón y también su ninfa Egeria, que había sido condiscípulo suyo en la Universidad y desempeñado muy buenos puestos a la sombra del diplomático. Eran ya las tres, y a las cuatro debían de llegar Jacobo Sabadell y la Albornoz y hubiera llegado también la Villasis si su providencial constipado no se lo estorbase. El prudente Butrón habíalos citado con una hora de intervalo, para poder preparar en aquella antejunta de íntimos lo que en presencia de los otros había de tratarse más tarde.
Sentáronse todos al lado de la chimenea, en torno de la mesa cuadrada, y el respetable Butrón expuso el caso. La duquesa de Bara no le dejó acabar: juzgaba ella imposible hacer tragar a la Villasis la vicepresidencia de Currita, como no fuera cogiéndola de sorpresa, presentando de improviso la candidatura aprobada ya por unanimidad en la junta magna de señoras que había de celebrarse; y aun así y todo, desconfiaba mucho del éxito, porque era María Villasis una quijota impertinente y ridícula, capaz de desairar a Madrid entero si se le ponía entre ceja y ceja el hacerlo.
--No se me olvidará nunca--dijo--lo que hizo con la pobre Rosa Peñarrón, cuando aquel concierto famoso que organizó a beneficio de los inundados de Valencia. Le envió Rosa tres billetes, y tuvo la desfachatez de devolvérselos con el precio justo, unas quince o veinte pesetas, y enviar luego a Valencia, por mano del arzobispo, una limosna de tres mil duros...
Butrón enarcó las formidables cejas, el general Pastor se atusó el largo bigote y don José Pulido, más práctico y menos puntilloso, ensanchó la barbilampiña cara, diciendo suavemente:
--Con tal de que nos envíe a nosotros otro tanto, aunque sea por mano del moro Muza...
Ofendióse la duquesa, que acababa de vender su hijo y su ducado al señor López Moreno, y con mucha dignidad contestó severamente:
--¡Oh, no, no, Pulido!... Ni el decoro se vende, ni tiene precio, ni necesitamos acá que venga la Villasis a damos lecciones...