Pequeñeces · Unidad 24 de 46
Libro III — parte 3
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Y además, desconfiaba ella mucho de la actitud de esta e ignoraba hasta qué punto podría contarse con ella para los trabajos de la Restauración... Cierto que su amistad con la reina destronada había sido siempre íntima, leal y consecuente, pero le constaba a ella de buena tinta que Bravo Murillo tuvo la impertinencia de comunicar a la marquesa la respuesta dada por el arzobispo de Valladolid a la consulta de si la Restauración había de conservar o no la unidad católica, y esta no podía ser más terminante: «No era lícito a ningún partido político prescindir de ella». Que era esto una tontería, una chochez del arzobispo, corriente. Pero era lo bastante para alarmar la conciencia de una mojigata como la Villasis, y encontrar en ello un pretexto para tirar de los cordones de la bolsa.
La marquesa de Butrón bajó los ojos como distraída al oír hablar de la unidad católica, y acentuóse aún más la sombra de tristeza que nublaba siempre su rostro. El integérrimo diplomático y el señor Pulido cruzaron entre sí una rápida mirada; indudable era que los dos compadres habían hablado más de una vez del asunto en junta de íntimos, del lado de allá del biombo. Butrón tomó la palabra, extendiendo la peluda mano:
--Respondo de María Villasis--dijo enérgicamente--. Lo que tú dices es cierto, Beatriz; pero la pifia de Bravo Murillo la enmendé yo mismo... María acudió entonces a mí muy alarmada, pidiendo explicaciones categóricas, y yo la prometí solemnemente que la Restauración conservaría a todo trance la unidad católica como la joya más preciada de las glorias de España.
La duquesa se encogió de hombros, con muestras de grande impaciencia.
--Pues no dice eso el manifiesto que se negó a firmar Bravo Murillo--dijo.
--Tampoco dice lo contrario.
--Entonces...
--Entonces queda en pie lo que yo he prometido... El porvenir no puede, sin embargo, asegurarse, y quizá pudiera suceder que, contra nuestra voluntad y nuestros deseos, nos viéramos forzados a respetar un hecho consumado o a ceder ante una votación contraria hecha en Cortes...
El señor Pulido hizo una profunda señal de asentimiento, bajando con previsoria resignación los ojos, y la duquesa, haciendo alarde de la perspicacia de su ingenio, exclamó ligeramente:
--¡Entendido, entendido...; basta!... Queda, sin embargo, el otro extremo por conciliar. ¿Crees tú que _la mona Jenny_ se contente con la vicepresidencia?
Asombróse Butrón de aquella extraña candidata cuadrumano que trataba de ingerir la duquesa en la ilustre junta de damas, y exclamó muy sorprendido:
--¿_La mona Jenny_?...
--Pues, hombre, Curra... La Villamelona. ¿No sabes?... Diógenes le ha puesto ese nombre desde que le dio por fumar en pipa, en un narghilé precioso que le regaló el embajador de Marruecos... Es una mona famosa que hay en el jardín zoológico de Londres--yo la he visto--y fuma en pipa con una gracia y unos mohínes que recuerdan a Curra por completo.
--¡Vamos, vamos!--exclamó con bondad olímpica el diplomático--. No he visto nada como Madrid para motes y chismecillos... Todos queriéndose mucho, todos juntos noche y día, y todos arrancándose a tiras el pellejo y poniéndose en ridículo en cuanto vuelven la espalda...
--¡Miren el puritano, el caritativo!... _Ami de la vertu, plutôt que vertueux_! Pues ya tenías tiempo de haberte ido acostumbrando.
--Empezaré a acostumbrarme por la mona Jenny... La mona Jenny aceptará la vicepresidencia.
--¿Crees tú?...
--Lo espero... Le tengo reservado otro papel de grande importancia que le hará olvidar lo secundario de este.
Entonces explanó Butrón su plan con todos sus pormenores... No se trataba de una asociación de señoras exclusivamente alfonsinas, mil veces lo había dicho y no se cansaría jamás de repetirlo. Era necesario _barrer para adentro_, conciliar todas las voluntades, ahuyentar todos los escrúpulos, ahondar en cualquier rincón en que pudiera encontrarse un ochavo, escarbar en todo muladar en que pudiera hallarse un pelotón de hilas sucias, agotar todos los recursos de fiestas, bailes, toros, beneficios, francachelas y festivales, con que la caridad moderna ha encontrado el secreto de enjugar las lágrimas, al mismo tiempo que ensancha los corazones, refocila los estómagos y estira las piernas... ¡Socorrer a los heridos del Norte!... ¡Qué anzuelo tan a propósito para pescar desde las carlistas más recalcitrantes hasta las liberales más radicales!... Por eso había pensado él, para dar aquel barrido general y definitivo, en un gran baile, una fiesta sonada y famosísima, de _ancha base_, que debía dar _la mona Jenny_, Curra, convidando a todo el Madrid explotable, desde la presidenta consorte del comité carlista, hasta la ministra cesante, esposa dignísima del excelentísimo señor don Juan Antonio Martínez... Y allí, al calorcillo del champagne, que ablanda los corazones compasivos, bajo la influencia de las vanidades estimuladas que excitan el deseo de figurar, tender la red de la caridad, echar el anzuelo de los infelices heridos del Norte y pescar de una sola redada entre las mallas de la asociación de señoras a todo el Madrid femenino capaz de soltar la mosca... Celebraríase luego una junta general preparatoria en casa de Butrón mismo, presidida por Genoveva, y en ella había de presentarse y aprobarse por sorpresa la candidatura de una junta directiva, preparada ya antes, en que entrasen todos los elementos tan hábilmente combinados; que el partido restaurador tuviese mayoría y pudiera Butrón, entre bastidores, manejar a la Junta y a la Asociación entera con la misma facilidad con que se maneja el manubrio de un organillo. La junta directiva era, pues, la clave del arco, el clou del proyecto, y el respetable Butrón terminó su perorata suplicando a los presentes se dignasen estudiarlo maduramente, presentando sus candidaturas con arreglo a este croquis que tenía él apuntado en un papelito:
Una presidenta, beata de gran nombre. (Nadie como la Villasis.)
Una vicepresidenta elegante, de rompe y rasga. (Ninguna como la Albornoz.)
Seis vocales: una carlista, bastante tonta; otra, radicala, de pocos alcances; y cuatro alfonsinas, de la Grandeza, del cogollito, honradas, por supuesto, listas y de arranque.
Una secretaria literata.
Una tesorera de alta banca.
El general Pastor aplaudió entusiasmado la hábil estrategia del diplomático; el señor Pulido bajó modestamente los ojos, como si le tocara grande parte en la paternidad de la idea, y la duquesa, encantada, comenzó a vomitar nombres propios, juicios críticos, filiaciones y datos biográficos que probaban bien a las claras su consumada pericia en el arte de averiguar vidas ajenas. Tontas encontraba ella a porrillo; listas tampoco faltaban; lo que le parecía difícil de hallar eran las honradas, y no porque no las hubiese a montones, sino porque la duquesa no sabía encontrarlas, por aquello de que nadie hay más exigente ni que se complazca tanto en verlo todo manchado como quien vive zambullido en medio del fango.
El respetable Butrón acogía aquellos homenajes con majestuosa sonrisa, y temiendo ver entrar de un momento a otro a Currita, recomendó de nuevo a los íntimos la mayor discreción, con respecto a esta; era necesario ocultarle el plan de la junta y entusiasmarla con la idea del baile, haciéndole creer que con ello ponía el partido en sus manos el éxito del proyecto. Una vez entretenida con esto, fácil era hacerle tragar por sorpresa, a su debido tiempo, lo secundario de la vicepresidencia.
Llegó al fin Currita, _la mona Jenny_, con Jacobo Sabadell, el joven Telémaco; había tardado un poquillo, pero tenía la culpa el tío Frasquito... ¡Qué risa con el pobre posma! ¡Habíase olido, sin duda, que algo se fraguaba, y presentándose a almorzar con una cara de pregunta, con un aire de sospecha!... ¡Ella le había estado _tomando el pelo_ todo el almuerzo, hasta que al fin, para quitárselo de encima, tuvo que armarle una emboscada, un _guet-apens_ chistosísimo!... Díjole si quería acompañarla a dar una vuelta por el Retiro con Miss Buteffull y con los niños y le envió con estos al coche mientras ella se ponía el sombrero. ¡Pobre viejo!... En cuanto volvió la espalda, escapóse ella con Jacobo por la escalera de la servidumbre, y en el coche de este habíanse venido los dos solos, juntitos, como si fuesen un matrimonio. ¡Qué delicia!...
Y besó con piedad filial a la marquesa, con amor fraterno a la de Bara, estrechó la mano de Butrón con infantil afecto, y tuvo una cariñosa sonrisa para el general Pastor y un saludito protector y monísimo para el señor Pulido.
Hízola sentar Butrón junto a sí, al lado de la marquesa; y ella, con los claros ojos fijos en el gran duque Alejo, que, sombreado por una telaraña, tenía delante, comenzó a lamentarse, con frases muy pulcras, del entripado de Fernandito... Casi, casi había estado a punto de no venir, por miedo de dejarlo solo; pero las noticias que le había dado Butrón eran tan graves, tan lisonjeras, que acabó al fin por decidirse.
--Si tú no hubieras venido, hubiéramos ido todos a tu casa--exclamó Butrón con gran vehemencia--Como que sin ti no puede hacerse nada y en tus manos está, en rigor de verdad, la suerte del partido.
La vanidad hizo en el rostro de la Albornoz lo que jamás había conseguido la vergüenza: sonrojarlo.
--¡Jesús, Butrón, pobre de mí!--exclamó con su dulce vocecita--Pues si está en mi mano, no tenga usted miedo de que la suelte.
Butrón comenzó a exponer el proyecto, como si fuese desconocido de todos los presentes, haciendo caso omiso de la junta y presentando con grande habilidad la fiesta deseada, como el eje sobre que había de girar la ejecución del proyecto, la restauración del trono, la felicidad de España y la paz del mundo y el equilibrio europeo. Currita parecía titubear, porque había mirado a Jacobo como si le consultase, y este fruncía las cejas; la pícara era ducha y no era del todo fácil hacerle tragar el anzuelo. El diplomático reforzó sus argumentos, y el general Pastor, con militar franqueza, dijo resueltamente:
--Condesa, más puede usted hacer en ese baile con su abanico que yo en el Norte con mi espada.
Y el señor Pulido, dando vueltas a sus pulgares, añadió con suavísima sonrisa:
--¡Oh, señora condesa!... Si usted quiere, con razón se llamará ese baile _la dulce alianza_...
La dama extendió ambas manitas con gesto de cómico espanto.
--¡Ay, no, no, Pulido, por Dios!... ¡Si así se llama la confitería de la Carrera de San Jerónimo!
La duquesa salió entonces a la palestra, y con habilidad mujeril disparó el más certero saetazo, sirviéndole de ballesta una mentira muy gorda.
--Después de todo--dijo--, no hay que apurar mucho a Curra, porque si ella no puede dar el baile, Isabel Mazacán se compromete a darlo...
El tiro dio en el blanco, y Currita soltó al pronto la prenda.
--¿Y por qué no he de poder yo?--dijo--. La cosa no puede ser más fácil... Dentro de quince días es Carnaval. ¿Les parece a ustedes bien un gran baile de trajes?...
--¡Te cuesta un sentido!--murmuró Jacobo con tan mal humor como si hubiera él de pagarlo.
Mas la duquesa, que pescó al vuelo la frase y comprendió la económica idea de monsieur Alphonse, impidió que llegase a oídos de Currita, rompiendo a reír a carcajadas; todos la miraron con extrañeza...
--¿De qué te ríes?...
--Pues nada, mujer.. Estaba pensando en el traje que escogerá la señora de Martínez para ir al baile... Como no sea el de Teresa Panza, la mujer de Sancho...
--III--
El trato continuo con Bonnat había despertado en París las aficiones artísticas de Currita, y no contenta con el papel de Mecenas, quiso cultivar ella misma el arte del divino Apeles. Visitó a Meissonnier, convidó a comer a Carlos Durand, y pudiendo conseguir que Raimundo Madrazo la diese algunas lecciones por pura galantería de cumplido caballero, volvióse a Madrid, dejando a Rosa Bonheur tamañita y royéndose los codos de envidia.
Una vez en la corte, necesitó tener a su lado un genio complaciente, un numen auxiliar que comunicase con sus pinceles vida y expresión a los muertos y aplanados monigotes que brotaban de su paleta de artista. Hallólo, al fin, en Celestino Reguera, famoso acuarelista de la Escuela sevillana, de esos que prefieren lo correcto a lo grandioso y tienen en más un paisaje de Watteau que una sibila de Miguel Ángel. El pincel de Celestino entraba y salía por los lienzos de Currita con tanta frecuencia y libertad, que al terminar esta sus cuadros podía repetir, con harta razón, lo que dijo el monaguillo de marras: «Yo y el cura le dimos los Sacramentos».
Pero aun más que de su gloria artística, ocupóse Currita, a fuer de mujer elegante, del marco que había de encerrarla, instalando en su casa un estudio lujosísimo, digno de Fortuny o de Pradilla, Delaroche o Makart. Era una vasta pieza con estudiadas luces de oriente y cenital, atestada de preciosidades artísticas y arqueológicas, que sobre tapices de Beauvais y los Gobelinos cubrían todas las paredes, atestaban todas las mesas y apenas dejaban un sitio en que poner la planta sin encontrar algo que admirar o algo en que tropezar. Bronces antiguos, raras porcelanas, macetas de Pompeya con plantas tropicales, lámparas árabes, persas y romanas, igual una de estas a la célebre di capo danno del Museo Vaticano; bustos, cuadros, estatuas, yelmos, espadas, partesanas y armaduras completas de varias épocas rodeaban cual páginas sueltas de la historia de todos los tiempos el caballete de Currita, que, colocado en luz conveniente, parecía recibir un reflejo de la luz del cielo, que el grandísimo tuno de Celestino Reguera aseguraba ser el mismo, mismísimo que derramaba en otro tiempo el grupo de las nueve musas sobre las frentes de Rafael, Velázquez y el Ticiano.
Daban la guarda a uno y otro lado de la puerta dos maniquíes vestidos de reyes de armas del siglo XVI, con gigantescas adargas y dalmáticas auténticas de terciopelo morado, bordadas de castillos y leones, y frente por frente, en el otro extremo de la pieza, y en una especie de ancha, alta y profunda hornacina, a que se subía por tres gradas de mármol blanco, había un diván turco, cubierto el pavimento por legítima alfombra de Persia y mullidos almohadones de raso y terciopelo, y decorados el techo y las paredes con mosaicos romanos y de Pompeya, bajos relieves egipcios y brillantes azulejos moriscos. Allí estaba el narghilé, regalo de Sidi-Mohammed-Vargas, el embajador de Marruecos, y sobre primorosas mesitas de Fez, que no levantaban dos palmos del suelo, otras varias pipas en que Jacobo enseñaba a Currita a saborear el sueño voluptuoso del _hatchis_, y había inspirado a Diógenes, para designar a la hurí de aquel paraíso el gráfico nombre de la mona Jenny.
Refugiado en un rincón, oculto como quien está allí de limosna, entre una reducción de la estatua de Byron, presentada en Turín por Pozzi, y una arca tallada del siglo VI, que decían haber pertenecido a Isabel la Católica, había otro caballete pequeño; allí pintaba Paquito Luján, callado siempre, taciturno, tímido y receloso, bajo la dirección también de Celestino Reguera, que hallaba realmente en el niño las disposiciones artísticas que faltaban a la madre.
Gran discusión sosteníase en aquel templo de las artes, tres días después de la junta de íntimos celebrada en casa del diplomático. Currita, sentada ante una preciosa mesa redonda, cuya tapa era un ónix mexicano, examinaba una gran porción de láminas y dibujos que le presentaba Celestino Reguera, y pasábalos a su vez a Jacobo y a Tonito Cepeda, vago elegantísimo, entendido en caballos como el hijo de Teseo, amateur de todo lo que era arte, y digno por su exquisito gusto de que la patria agradecida le votase una pensión en Cortes, como representante en España del buen tono parisiense. Tonito Cepeda era más que chic, más que _pschutt_: era _v'lan, tschock_. Mas el pobrecito joven, incapacitado de poner precio a las innumerables consultas que de todas partes le dirigían, andaba lleno de trampas y no tenía dónde caerse muerto.
Grave era la cuestión que Currita había sometido el día antes a sus despabiladas luces, y digna de sujetarse al arbitraje de un areópago de elegantes, como Domiciano sujetó en otro tiempo a las discusiones del Senado la salsa en que había de guisarse un rodaballo. Una vez decidida la dama a dar el baile de trajes, la gran fiesta de _ancha base_ en que habían de bailar _pêle-mêle_ tirios y troyanos, rancios personajes que figuraban en la _Guía_ y plebeyos burgueses empinados por la Revolución, era necesario encontrar algo nuevo, algo sorprendente que fuera el clou de la fiesta y dejase con la boca abierta a los pobrecillos profanos, a los Martínez y comparsa, convidados espurios que hubiera dicho el tío Frasquito, que cuidaría muy bien ella de barrer de sus salones en cuanto la caritativa empresa de socorrer a los heridos del Norte hubiera dado un buen tanteo a sus repletas bolsas.
Las cuadrillas del minué y la pavana, las figuras de la zarabanda y la chacona, estaban ya muy vistas y habían servido mil veces en aristocráticos salones como protesta de acendrado españolismo contra el intruso don Amadeo. Celestino Reguera propuso la idea de representar una alegoría de España, en que parejas de damas y caballeros habían de lucir los trajes característicos de las diversas provincias. El proyecto fue desechado por Currita.
--¡Jesús, Reguera!--dijo--¡Parecería eso un concurso de Geografía!...
Tonito Cepeda miró desdeñosamente al pintorcillo y propuso uno de esos espectáculos que constituyen jalones de la época en que se verifican: imitar la peregrina idea de la Princesa de Segan, que había resucitado en París las fábulas de Esopo dando un gran baile de trajes, en que recibía ella vestida de pava real y acudieron todos los invitados representando cada cual un animalito. Él, Tonito Cepeda, había llamado mucho la atención con su traje elegantísimo de sapo verde. La idea no era nueva, pero estuvo a pique de seducir a Currita; hubiérale gustado mucho vestirse de gata blanca con botas color de rosa.
Mas Jacobo, con la prudencia con que moderaba todos los gastos de Currita desde que metía él la mano hasta el codo en sus arcas, desechó terminantemente el proyecto, imponiendo más bien que presentando otro más económico y también más nuevo... Dos cuadrillas imitando las piezas de un juego de ajedrez, blancas y negras, y una partida jugada por ellas mismas en forma de contradanza; Luis Fonseca, su compañero de embajada, habíalas visto jugar así en Conchinchina cuando las fiestas en honor de Phara-Norodon, rey de Cambodge. El proyecto fue aceptado con desdeñosa condescendencia por parte de Tonito, con sumisión entera por la de Currita, y Celestino Reguera quedó encargado de traer al día siguiente dibujos para el traje de la dama que había de representar la reina blanca, y un soberbio juego de ajedrez, trabajado admirablemente en el Japón, cuyas grandes piezas de marfil podrían ser copiadas en los demás trajes de la cuadrilla.