Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 10 de 51

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vía del Carare, pues la del Opón, transitada desde la invasión del conquistador Quesada, era sumamente quebrada, , difícil y áspera, en términos que hoy no se concibe cómo pasaron por tales riscos y desiertos cubiertos de espeso bosque los descubridores del país de los chibchas. Tiene Vélez 11.500 vecinos aposentados en casas de construcción pesada y antigua, en las cuales pocas mejoras ha introducido el transcurso del tiempo. Las calles son irregulares a causa de las quiebras del terreno, y están empedradas de grandes guijarros negros y lustrosos, en los que abundan las impresiones fósiles, especialmente de ammonitas de monstruoso grandor, muy comunes en los alrededores de la ciudad, particularmente en la serranía de Tuyamuca, cubierta por lechos de piedras rodadas, fuertemente impregnadas de óxido de hierro. Hay dos plazas, y en cada cual una pila de piedra común mal labrada. En materia de ornato público, Vélez no ha dado un paso aunque sí en materia de aseo de las calles y de lo exterior de las casas. El hospital, el colegio y la escuela normal, únicos establecimientos públicos, yacen tristemente abandonados, y en breve el local de los dos primeros será un montón de ruinas. La iglesia . . . ¿para qué reproducir cuadros cuyo trazado causa pena? Así pues, Vélez, capital de una provincia riquísima en minas, en agricultura, en maderas, bálsamos y resinas de toda especie, poblada de gentes industriosas, honradas y pacíficas, tiene el aspecto de una ciudad decadente y aletargada,, extraña e indiferente al progreso general de la República. La causa principal de esta parálisis es la falta de un buen camino que ponga en comunicación el centro de la provincia con el Magdalena. Reducida a producir lo que ella misma consume, proporciona medios de existencia a los innumerables propietarios del suelo y a los que se ocupan en el

comercio interior; mas no puede suministrar a la capital el calor y el movimieqto de una industria próspera, creciente y activa, cual lo sería el comercio exterior, alimentado por el laboreo de las minas y el cultivo de frutos exportables valiosos, como los produciría Vélez si contara con salidas. No lo ignoran sus vecinos; pero talvez no se hallan suficientemente persuadidos de que sin ese camino mercantil, jamás saldrán del abatimiento económico en que se encuentran, siendo, por tanto, obra en la que todos deberían tomar parte, por el bién de sus hijos y por honor de su provincia.

No obstante la riqueza natural del suelo, y por una consecuencia del aislamiento en que la capital se encuentra, «la clase pobre, dice un documento oficial, es mucho más numerosa que la acomodada: por cada uno de los individuos de ésta, puede haber doscientos de aquélla». Así se echa de ver en el desaseo personal y vestidos miserabilísimos de gran número de proletarios: así lo demuestra también la incalificable cifra de 147 nacimientos ilegítimos en 316, total de ellos en el trascurso del último año: la miseria y la corrupción van siempre a un nivel. Entre las personas afortunadas y las que la suma miseria degrada, hay, permítaseme la frase, una clase media, compuesta de mujeres laboriosas ocupadas en el comercio y fabricación de artículos de inmediato consumo, las cuales son un ejemplo palmario de que en esta tierra el trabajo y la economía traen consigo infaliblemente el bienestar. Distínguense por el limpio vestido compuesto de camisa profusamente bordada de colores, enaguas de bayeta fina, alpargata nueva y sornbrero de jipijapa con ancha cinta negra, el cual siijeta la mantellina de paño que llevan flotante para lucir la camisa y el rosario de oro. Mandan sobre los proletarios, no con imperio, sino tratándolos con dulzura como a iguales, y frecuentemente se las ve dar de comer de bal-

de a los muy infelices: en el corazón de estas excelentes hijas del pueblo, no tiene cabida el orgullo ni la dureza que en otros menguados produce la posesión de la riqueza. Tal es el fondo del carácter en los habitantes de la cordillera granadina: bondadosos, desprendidos, hospitalarios, dispuestos al bién por instinto: tanto más vituperable es el abandono en que suelen dejar a este pueblo sus conductores civiles y sus institutores religiosos. Nada se hace para mejorar su situación material: nada para contener las licencias de las costumbres.

Los martes y sábados hay mercado en Vélez: el primero es pequeño y como preparatorio del otro, que es muy concurrido y abundante. Desde el alba empiezan a llegar los campesinos, unos arreando sus bueyes enjalmados y cargados de comestibles, y otros cargados ellos mismos con fardos que traen a espaldas. Las dos cuestas donde desembocan los caminos que van a los distritos y labranzas del opuesto lado de ambas serranías, se cubren de hombres, mujeres, muchachos y bueyes conductores de los variados frutos con que la fecunda tierra premia sus tareas, o de jaulas y sartas de aves domésticas, o de marranas acompañadas de su numerosa prole, cada animal con su cabestro, yendo a parar los cabos juntos a la mano izquierda del propietario, quien blandiendo en la derecha una rama, obliga a marchar por delante y en buen orden las futuras víctimas, exactamente como pintan a Apolo rigiendo los caballos del Sol ; salvo que los gruñidores cerdos no siempre se muestran dóciles al cabestro, y que el representante de Apolo nada tiene de bello y sí mucho de indígena, pobremente ataviado y descalzo de pie y pierna: ni faltan indiecitas que vienen de lejos ensayando sus fuerzas con un pequeño haz de leña, encorvado el cuerpo y oprimida la frente por la faja de donde pende la carga, la cual valdrá un

cuartillo a lo sumo: un cuartillo basta para satisfacer todas las necesidades de una de estas criaturas durante el día; menos de un cuartillo, si tienen la desgracia de no vender la leña. ¡Pobres aprendices en la escuela del sufrimiento, tan larga y tan severa! Desde que empieza el mercado hasta las tres de la tarde, están los vendedores fijos en sus puestos, clasificados por grupos, según el género que venden, y atentos a despacharlo, si es al peso en balanzas formadas de dos canastillos pendientes de un madero que hace el oficio de brazos, fabricadas por los vendedores y de cuya fidelidad no duda el comprador, como tampoco de la exactitud de las pesas, que son trocitos de madera o piedras de diversos tamaños; y si es por medida, en canastillos de cuya capacidad tampoco se duda: sistema que hace recordar la sencillez de costumbres del tiempo de Homero, cuando las princesas lavaban la ropa de la familia en los arroyos, y los banquetes regios se componían de un buey asado. Desde las tres en adelante comienza el movimiento de retirada de los expendedores y el arreglo de sus cuentas por préstamos recíprocos que se han hecho, el cual arreglo suele parar en desarreglo de palabras y obras, según la complicación de las cuentas o la cantidad de chicha que los contabilistas llevan dentro. Al caer de la tarde vuelve a quedar la ciudad sumergida en la inercia: las tiendas se cierran, las calles se desocupan de gente, y algún tiple tocado por la ya trémula mano de un galán que obsequia a su dama en la desprovista chichería, a la luz de dos o tres cabos de velas de sebo, pegados de las tablas, es lo único que aún interrumpe el silencio donde poco antes reinaban el bullicio y la animación de innumerables personas, todas hablando en voz alta y cada cual de su peculiar negocio; de manera que el que recoja al acaso las palabras según suenen, no podrá me-

nos de reírse de los disparates y quid pro quós muy originales que de ello resultan. Con la noche mueren los últimos ruidos, y las tinieblas se encargan de cobijar al labriego que no pudo atinar con el camino de su casa. Ninguna pendencia formal, ningún desorden serio tiene lugar entre tánta gente congregada. La vista de una vara de alcalde, o del bastón borlado del jefe político basta para poner término a las disputas, sometiéndolas a la decisión de la autoridad, de la cual nadie se queja ni apela, no por timidez servil, sino por sincero respeto a las autoridades populares, que por lo regular corresponden con decisiones equitativas.

Los indígenas habitadores de las serranías que demoran al norte de Vélez comunicaban con los de las tierras bajas hacia el Magdalena por una senda escabrosa, cuyo término eran las aguas del rio Carare, tributario de aquél, navegable y caudaloso; ruta sin duda preferible a la del Opón, trazada por los primeros conquistadores, puesto que en 1542 determinaron éstos aprovecharse de la mencionada senda para sus comunicaciones y comercio posterior con Cartagena y Santamaría, sirviéndose de los indios como' de bestias de carga. Consérvase hoy día ensanchada y mejorada la misma ruta, que principia al oriente de la' ciudad, sube a la cumbre de Peña de Vélez y de allí continúa en la dirección sur-norte, midiendo 19 leguas hasta el actual puerto de Carare, y del puerto al Magdalena 14 leguas granadinas. Como la prosperidad y bienestar de la provincia dependen para lo futuro enteramente de su fácil comunicación con el Magdalena, resolvimos -examinar este camino, a fin de juzgar con conocimiento de las cosas si él satisface la necesidad urgentisiraa que de una vía mercantil tiene Vélez.

Asciéndese, como llevo dicho, hasta la cima de la Peña de Vélez por rápidos cortes practicados en una cuchilla angosta que en este lado despide la serranía, siguiéndose luégo una meseta de terreno compacto, después de la cual se baja a la planicie irregular y estrecha donde tiene sus cabeceras el río de Guache; breve espacio cerrado al norte por las cumbres del Roble y de Las Brujas y poblado de multitud de casitas rodeadas de labranzas. Traspuesto el Alto del Roble, comienza una extensa serie de cerros formados por gruesas estratas calcáreas, estribos de los altos ramales del este y occidente por medio de ios cuales corre el Orta. Coronan estos cerros árboles frondosos que hacen un bello contraste con las descarnados rocas, veladas en partes por arbustos y enredaderas siempre verdes, mediante el riego de ocultos manantiales alimentados por las copiosas lluvias, cuya filtración lenta y permanente ha excavado en las peñas cavernas prolongadas que perforan los cerros y laderas, como se echa de ver por las aberturas que de trecho en trecho se perciben y por lo sonoro del piso del camino. A esta particularidad debe su nombre el vecindario de Las Cuevas, situado sobre los estribos de la serranía del oriente, cuatro leguas al norte de Vélez y compuesto de crecido número de casas con labranzas desparramadas por las alturas vecinas y los profundos vallecitos que separan cada estribo, cada colina. Salvo la cumbre de las serranías principales, todo aquel espacio ha sido modificado por hundimientos repentinos, ora formando planos inclinados sembrados de gruesos fragmentos de rocas, ora hoyos espaciosos en figura de embudos, que son otros tantos sumideros por donde las aguas van a perderse en corrientes subterráneas. Por más de una legua de extensión sorprenden la vista innumerables peñascos desnudos, labrados por la intemperie en mil formas caprichosas:

murallas colosales, torres almenadas, ruinas de edificios; no hay objeto de arquitectura que la imaginación no' se represente en estas masas inmóviles y blanquecinas, que interrumpen con sus moles el fondo de verdura sobre que se alzan y a cuyo lado aparecen humildemente arrimadas las mezquinas habitaciones del hombre; no hay ruido que no sea devuelto por ecos multiplicados; no hay recodo del camino que no guarde una sorpresa al entretenido viajero entre los súbitos repliegues del terreno.

En esta comarca moraban numerosas tribus de indios laboriosos que Martin Galiano, fundador de Vélez, halló regidos por los Usaques, Agatá y Cocomé. Hízoles guerra de exterminio, cruel y traidora, como la acostumbran los conquistadores, sin necesidad ni provocación, movido únicamente por el deseo de cautivarlos y venderlos a los nuevos encomenderos. Los indios se defendieron hasta que la experiencia les demostró la ineficacia de sus armas comparadas con los arcabuces y perros de presa de los españoles, y entonces, desesperados mas no abatidos, se retiraron a lo profundo de las cavernas, y cambiando las entradas se dieron la muerte: pocos prefirieron la esclavitud. Recientemente comenzaron a descubrirse las entradas de estas cavernas, ricas en nitro, y al destaparlas para buscar el valioso mineral, se hallaron montones de esqueletos envasados unos sobre otros en astas de madera endurecidas, fijas en el suelo: la horrible historia del suicidio de dos naciones apareció allí manifiesta y espantable con su infinita variedad de suplicios voluntarios; pero los descendientes de los conquistadores, lejos de respetar la última morada de la. raza oprimida, se han apresurado a quebrantar y revolver los huesos de las víctimas para quitarles las joyuelas de oro y excavar las nitrerías naturales sobre que reposaban. ¡Triste destino de esta raza desventurada! pensé al contem-

piar la devastación de aquellos osarios: nuestros antepasados la saqueaban y atormentaban en vida; nosotros la perseguimos en los sepulcros para saquearla después de muerta!

Dos leguas más adelante se encuentra el pueblo de Flores, centro del distrito, a la altura de 1.039 metros sobre el nivel del mar,, rodeado de bosques ricos en diversas maderas de construcción y en quinas rojas y naranjada, de que los vecinos de Las Cuevas exportan muchas cargas anualmente, y abundantes en heléchos arborescentes de 8 a 9 varas de elevación, coronados por un copioso penacho de hojas grandes y lozanas, a guisa de palmeras. Entre los infinitos tesoros vegetales contenidos en estos bosques, que tánto admiraron y entretuvieron a nuestro botánico Céspedes, se distinguen el acuápar y el manzanillo, árboles de traidora frondosidad, pues al que se ponga bajo su sombra le hinchan monstruosamente todo el cuerpo; el albataque, muy eficaz para toda hinchazón; el bejuco de cruz, cuyas hojas machacadas restañan la sangre de las heridas; y finalmente, el arisá, hermoso árbol recto, cargado de manojos de flores encarnadas y de tánta virtud para contener la hemorragia por las narices, que aplicado sobre la frente un pedazo de árbol despojado de la corteza, termina en el acto la salida de la sangre, por copiosa que fuere; precioso especifico desconocido de la generalidad y perdido con otros muchos no menos preciosos que permanecen intactos en aquellas selvas perfumadas y solitarias. El clima de Flores, fresco y agradable (20 grados del centígrado), es muy sano y el mejor remedio para el coto, pues con sólo permanecer poco tiempo en el lugar, desaparece completamente. El distrito cuenta 1.000 vecinos; pero ya se concibe que van en aumento, excepto en la parte montuosa y ardiente desde el paso del Orta hacia el Magdalena. Asi, Flores y Las Cuevas, con 700 vecinos, dan un

movimiento de población de 57 nacimientos, 26 decesos y 14 matrimonios, en el espacio de doce meses, siendo comunes los ejemplares de longevidad notable.

Goza este distrito el beneficio de poseer un cura, modelo del sacerdote cristiano, desinteresado, humano, lleno de bondad, que se desvela por mejorar la suerte de sus feligreses, así en lo moral como en lo .material, severo consigo mismo, tolerante para con 'os demás, enteramente consagrado al desempeño de su alto ministerio; joven sin ambición mundana, que ha sabido restaurar y adornar la humilde iglesia del pueblo, convirtiendo un rancho de paja en templo, cuyo interior resplandece de blancura, y cuyos adornos sencillos inspiran más respeto y son más apropiados al culto verdadero que las ostentosas ridiculeces de muchas iglesias de las ciudades. Llámase este ilustrado y modesto sacerdote Wenceslao Díaz; y al escribir su nombre de una manera particular, en mi gratitud como granadino y como cristiano, quisiera distinguirlo del común de los párrocos, que tántos motivos dan de pena y desabrimiento al granadino y al cristiano, por su incapacidad como hombres de civilización, y por su indignidad como ministros de caridad y de buenas costumbres. Ellos desconocen por ignorancia, o abaten a sabiendas la noble misión de que están encargados, especialmente en este país nuevo que ensaya la libertad y donde la democracia podría convertirse en objeto de amor para el pueblo, arropándola con una religión que tiene por bases la caridad y la igualdad, y que en cierta manera santifica la república.

Es Flores el limite de lo habitado hacia esta parte del cantón de Vélez; pasado el pueblo empieza la soledad: pasado el Orta, los bosques altivos, en donde, según expresión del profeta, «los animales montaraces reposan con seguridad, porque no hay quien los

espante». El camino cesa de ser una vía transitable, y comienzan en continua sucesión las subidas y bajadas por cerros abruptos, gredosos y constantemente empapados en lo alto por las lluvias, y en lo bajo por manantiales que aflojan el terreno, formando pantanos pegajosos en donde las bestias se hunden y fatigan, y pierden hasta el instinto de elegir lo menos peligroso. Ninguno de nosotros se escapó de caer rodando con la cabalgadura por las resbalosas cuestas, o en hoyos en que era menester auxilio de tercero para salir de entre el espeso lodo; hasta los peones, con ir a pie, pagaron allí su tributo de porrazos. «Consiste, nos decía el práctico, que también se cayó varias veces, consiste en que sus mercedes no son baquianos de los hoyos». Esta frase lo dice todo: en aquel camino es necesario aprender cuáles son los hoyos menos peligrosos, pues la elección nunca tiene por objeto lo bueno y lo malo, sino lo peor y lo pésimo: elección entre hoyos y hoyos, cuya profundidad no es posible adivinar al través del amarillo fango de que están llenos. Cuatro leguas se caminan de esta manera, y en seguida comienzan los pasos del rio Guayabiío, que en su tortuoso curso corta cuarenta y nueve veces la línea de tránsito hasta llegar al caserío llamado La Cimitarra; desde aquí al puerto del Carare es llano el terreno, y el camino parece bueno al que ha pasado lo de atrás. Por tanto, es un delirio creer qüe ésta pueda ser la vía mercantil en que Vélez funda sus esperanzas; es ocioso pensar en mejorarla sin variar de ruta. La rara perseverancia, la actividad y el empeño del señor M. M-. Zaldúa, encargado de la composición de este camino, nada podrán jamás contra obstáculos invencibles para quien no tiene a la mano sendos miles de pesos, porque sin una gran suma de industria y de recursos, los cerros gredosos y los minadores manantiales se burlarán de cuantos esfuerzos se haga para dominarlos permanentemente.