Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 11 de 51

Unidad de lectura 11

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Las selvas del Carare no ceden en riquezas de todo género a las de la hoya del Minero, y las sobrepujan en majestad. Desde que se entra en el laberinto de colinas que ciñen los tortuosos pliegues del rio Guayabito, se viaja por en medio del alto bosque que a derecha e izquierda limita la fangosa linea del camino, siempre bajo la sombra, siempre húmedo y denso el ambiente, en términos que disparado un tiro de escopeta, permanece quieto el humo de la pólvora largo rato sin ascender ni disiparse. El caucho, el almendrón y el ceibo, colosos de vegetación, yerguen sus copas por encima de los demás árboles, cobijándolos con sus gigantescas ramas, mientras el tronco, redondo y recto, cuya circunferencia ocupa un grande espacio, sostiene y alimenta profusión de árboles menores, enredaderas semejantes a gruesos cables, y tribus enteras de parásitas sembradas en todas las axilas de las ramas. Cuando uno de estos colosos cae desarraigado por el huracán o minado por la vejez, abre en el bosque una ancha calle, tronchando y sepultando bajo sus ruinas cuanto alcanza, y entonces el oscuro tronco forma una eminencia prolongada que se cubre de arbustos e interrumpe la llanura con la apariencia de una larga colina; tal es la grandeza de estas -ruinas vegetales, imponentes aunque postradas.

Enumerar las mirladas de animales que pueblan la selva, sería imposible. Encima es un interminable ruido de aves, que ora sacuden las ramas al volar pesadamente, como las pavas y paujíes, ora alegran el oído y la vista como los jilgueros, las diminutas quinchas (colibrí) o el sol y luna, pájaro de silencioso vuelo, brillante cual mariposa, llevando en las alas la figura del sol y de la luna creciente, de donde le viene su nombre. Alrededor remueven el ramaje multitud de cuadrúpedos, y los inquietos zambos corren saltando de árbol en árbol a atisvar con curiosidad al transeúnte, las hembras con los hijuelos cargados a la es-

palda, y todos juntos en familia chillando y arrojando ramas secas; mientras más a lo lejos los araguatos, sentados gravemente en torno del más viejo, entonan una especie de letanía, en que el jefe gruñe primero y los demás le contestan en coro. Bajo los pies y por entre la hierba y hojarascas se deslizan culebras de mil matices, haciéndose notar la cazadora por su corpulencia y timidez, y la lomo de machete, de Índole fiera, cuerpo vigoroso, coronada de cresta y armada de una sierra que eriza sobre el lomo al avistar al hombre, lo que afortunadamente sucede raras veces; en ocasiones saltan lagartos enormes, parecidos a las iguanas, y huyen revolviendo la basura del suelo; en otras nada se ve, pero se oye un sordo roznar en la espesura, y el ruido de un andar lento a través de la maleza; de continuo y por todas partes la animación de la naturaleza en el esplendor de su abandono; y a raros intervalos, a orillas del camino y escondida, se encuentra la choza miserable de algún vecino de Guayabito, pálido y enfermizo, o cubierto el cutis con las manchas del carate: el hombre está demás en medio de aquellas selvas y sucumbe sin energía, como abrumado por el mundo físico.

Regresámos a Vélez pasando por Bolívar, centro de la nueva parroquia de este nombre, la cual cuenta 3.600 habitantes consagrados activamente ala agricultura, que es allí floreciente. Queda el pueblo a tres leguas al suroeste de Vélez, situado en la falda oriental de una elevada serranía; que es continuación de la de Cuevas, y en consecuencia presenta los mismos accidentes de formación, con la desventaja de escasear las aguas vivas, pues todos los manantiales se pierden y desaparecen por las cavernas que perforan las serranías y estribos. Abunda el terreno en minas de cobre, hierro, plomo, cuarzo, azufre y carbón y cerca del pueblo, en una quiebra de la serranía, se hallan

copiosas muestras de mina de amatista. Son frecuentes las igniciones de piritas de hierro, que calcinando las rocas producen derrumbes considerables en las tierras faltas de apoyo. Actualmente arde uno de estos volcanes inofensivos en el sitio llamado Real de Ture, exhalando torbellinos de humo en tiempo de lluvias. La combustión tiene lugar en lo inferior de un cerro abundante en pizarra pulverizada y marmajas, y formado por capas de calcáreo consumido ya en mucha parte. De los pequeños cráteres se levanta un vapor fuertemente azufrado, y el termómetro, introducido a media vara de profundidad, marcó una temperatura superior al término máximo de la escala. Fuéra del radio de la ignición, el terreno mantiene su frescor y aspecto naturales, y la vegetación se conserva inalterada.

Para ser Bolívar un pueblo que no cuenta diez años de fundado, es bastante grande y no carece de buenas casas, entre ellas la de la escuela,* con veinte niños, muy ordenada y bien surtida de útiles para la enseñanza. La iglesia es grande, I mpia y un modeló de sencillez y buen gusto en sus adornos. Levantóla el actual cura, doctor Castañeda, costeándolo todo de su peculio. Bien merece este digno sacerdote el dictado de benefactor del pueblo por su ejemplar desprendimiento de las riquezas, por la dispensación generosa de los sacramentos y por su infatigable empeño en difundir sanas ideas de cultura y civilidad entre sus feligreses, apoyándolas en un fondo de creencias cristianas purificadas del bastardo fanatismo con que otros suelen afearlas. La ilustración, la bondad y la tolerancia evangélica de las flaquezas ajenas, sin dejar por eso de corregirlas, concurren a formar el carácter del presbítero Castañeda, sacerdote por vocación, excelente párroco por lo mismo que es buen ciudadano.

Al señor José Landázuri, honrado vecino de Las

Cuevas y hombre de una laboriosidad nada común, fuimos deudores de muchos datos interesantes respecto del Carare, sus bosques y montañas. En parte de nuestra excursión nos acompañó, allanándonos las dificultades y auxiliándonos con sus conocimientos prácticos no menos variados que sólidos. Hablábamos siempre del país con el fervor de un ingenuo patriota, mostrando decidido interés por el bién público, suficientemente comprobado con hechos en las diversas y muy penosas exploraciones que ha verificado al través de selvas y riscos casi impenetrables, deseoso de encontrar la mejor línea de comunicación de Vélez con el Magdalena. -Vecinos como el señor Landázuri merecen el amor y respeto del pueblo en cuyo beneficio trabajan desinteresadamente; tan desinteresadamente, que ni aun con la gratitud de los contemporáneos pueden contar. Eso tienen de más meritorios que otros los servicios del ciudadano en la modesta vida civil: no los presta con ruido ni los proclama: los ejecuta sin ser percibidos ni glorificado por aquellos a quienes favorece y sin alcanzar otro premio que la satisfacción de haber hecho el bién.

Las demás parroquias del cantón de Vélez no contienen particularidades notables. Habitadas por gentes laboriosas, hospitalarias y de índole inmejorable, forman la base de una población tanto más feliz cuanto se compone de pequeños propietarios exentos del influjo frecuentemente opresor de los grandes capitalistas. Esta circunstancia feliz, común a la provincia, y la ocupación de todos en la noble tarea de la agricultura, escuela práctica de virtudes civiles, los predisponen a ser con el tiempo iguales ante la sociedad, como ya lo son ante la fortuna; es decir, republicanos tan distantes de la altanería del poderoso para con el destituido, como de la propensión al desorden y libertinaje que engendra la ociosa miseria.

Bajo este respecto puede decirse que en Vélez ha echado sus cimientos la verdadera democracia, mediante la igual reparación del suelo que los hace a todos propietarios, a todos defensores de la propiedad de cuyos beneficios participan y por consiguiente de las autoridades y leye# que les afianzan el pacifico goce de sus haberes.

Tiene el cantón 63.300 habitantes, presentando un aumento de 8.622 sobre el censo levantado en 1846 y hoy exceden los nacidos a los muertos, durante un ano, en 1.200 individuos, de los cuales la mitad no reconocen padre. La instrucción pública se halla en un estado lamentable; puesto que sólo 400 niños concurren a las escuelas; en lo cual influye ciertamente lo desparramado de la población sobre un territorio dos veces más extenso que el del cantón Chiquinquirá. Durante el año administrativo de 1849, fueron juzgados y sentenciados por los jueces letrados 90 individuos, de ellos 5 homicidas y 24 ladrones; número que comparado con la población total del cantón hace el mejor elogio de aquellos pueblos. No HAY UN SOLO ESCLAVO EN VÉLEZ; frase consoladora que bien quisiera poder escribir cuando hable de las provincias restantes. (*)

La riqueza mineral del territorio es incomparable en todo linaje de metales y fósiles de aplicación industrial. Los fenómenos geológicos abundan, ofreciendo al viajero estudioso un campo de observación siempre variado, siempre nuevo. Uno de los más raros es el llamado Hoyo del Aire, cuatro leguas al norte-noreste de la capital y media al sureste de La Paz. Consiste en el hundimiento completo de un pedazo del suelo en la falda de la serranía, ha-

(*) Esto se escribía antes de la emancipación de los esclavos, que fue decretada el 21 de mayo de 1851.— f'M de los E. E.)

hiendo quedado un gran pozo de figura elíptica que mide 300 metros de circunferencia^, 118 de profundidad hacia la parte superior del plano inclinado de la falda y 75 hacíala inferior; el diámetro mayor, 112 metros y el menor, 87.» Las paredes del hoyo, verticales y formadas de estratas de calcáreo como el cerro en que está, se hallan cubiertas de vegetación y habitadas sus grietas por gran número de guacamayas, cuyos brillantes colores lucen en lo profundo al cortar en su vuelo espiral los oblicuos rayos del sol. Raro fenómeno, por cierto, el de este hundimiento parcial y perfecto por todos lados; pero no único, pues además de otros análogos que observámos en Las Cuevas, hay en las cercanías de La Paz varios de estos hoyos, producidos por la descomposición del calcáreo, con la diferencia de que no descubren paredes verticales como el del Aire, o las descubren por un lado, quedando a la parte opuesta una rambla que se confunde con el resto del terreno en lo bajo de la ladera y con la ventaja, para lo pintoresco, de hallarse cultivado y a veces habitado el fondo.

Rara persona de las que bajan al Carare se liberta de fiebres intermitentes. No oastan precauciones ; necesítase una constitución privilegiada para salir sano de entre aquellos bosques y lodazales eternos, hirviendo en putrefacción vegetal bajo una temperatura de 27° a 32° del centígrado, en medio de una atmósfera cargada de olores penetrantes y casi nunca renovada en sus capas inferiores por corrientes de aire libre. Pagámos nosotros el tributo de salud al Carare; pero, gracias a la bondad del señor José Gooding, que puso a nuestra disposición su casa en Vélez, y a las delicadas atenciones de los señores Díaz

y Silva, los sufrimientos se hicieron llevaderos, y al cabo de veinte dias pudimos emprender marcha para Moniquirá, cabecera de cantón, situada cinco leguas al sur-sureste de Vélez.

El camino es bueno en toda estación y atraviesa una comarca sembrada de casas y labranzas de caña y de toda especie de frutos menores, lo cual, visto desde las alturas repentinas del terreno, presenta paisajes alegres y variados que expanden el ánimo y lo ensanchan por la contemplación de un pueblo exento de miseria, feliz en su abundante medianía. Poco antes de llegar al río Suárez (Sarabita), desde la cumbre de la serranía que lo encajona de esta banda, se descubre el pueblo de Site, fundado en mitad de la falda oriental de este pequeño ramal de la cordillera y ostentando su blanca iglesia y su caserío de teja en medio de la perpetua verdura de los campos. Caminaba yo distraído y despacio contemplando aquel inmenso jardín, ceñido en lo bajo por la plateada cinta del Sarabita, que después de multiplicados giros se esconde entre los cerros del norte, cuando me alcanzó un individuo viejo y fornido, cargadas las espaldas con una voluminosa maleta de comestibles. Saludóme con la cortesía genial de nuestros campesinos, quitándose el grueso sombrero raspón y descubriendo su cabeza prominente hacia los lados, poblada de cabello reluciente y negro, a pesar de los años que peinaba su dueño.

—«Ya que sumercé mira tánto a Site, dijo, a que no adivina qué cosa tiene de más, o qué cosa tiene de menos».

Detuve el paso al oírle, y detúvose él también fijándome la vista, apoyadas tas callosas manos en el bordón, dilatada la boca con una sonrisa de triunfo, a tiempo que los ojillos joviales, vivarachos y saltadores, daban a su ancho y cobrizo rostro una rara expresión de bondadosa malicia. Hé aquí un hom-

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bre que, sin saberlo, está haciendo la segunda edición del cuento de Edipo y la Esfinge, pensé, riéndome contagiado por la fisonomía burlona de mi conciudadano chibcha.

— «Es ve.rdad, le respondí, que no acierto con lo que tenga de más Site, si no es algún escribano, ni con lo que tenga de menos, si no es un~buen cura».

— «Sumercé apuntó, pero no atinó. Tiene de más el ser parroquia, y tiene de menos el no tener jueces».

—¿Cómo, Site no tiene alcalde ni juez?»

— «No, mi amo. El año pasado se juntaron los dotores en Vélez (la cámara de provincia) y nos quitaron los jueces, dejándonos el cura y los oficios auxiliarios (servicio subsidiario) y agora tenemos que ir hasta Vélez por cualquier pleitecito de dinero del mercado, gastando más en el viaje que lo que vale el pleito».

— «¿Y por qué razones hicieron eso con una parroquia tan bonita y poblada?»

—«Ahí ha de ver sumercé. Cosas de los dotores, que como no viven donde uno vive, gobiernan con perjuicios».

— «Tiene razón, amigo. No viven donde uno vive: con esto ha dicho más que otros con largos discursos, y no son ustedes sólos los perjudicados por igual motivo; pero ya enmendarán el daño cuando vuelvan a juntarse».

Porrumpió el buen viejo en una interjección de incredulidad, y seguimos departiendo como antiguos conocidos, hasta separarnos cerca del puente. En este campesino vi personificado el pequeño agricultor granadino de las tierras altas. Su traje consiste en calzón de manta gruesa, camisa de lienzo fuerte y tupido, ruaniila parda de lana, sombrero raspón, impermeable y de amplias dimensiones, y alpargate doble, sujeto al pie por un simple cordón de fique. So-

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brio cual ningún otro, pues se sustenta de vegetales y de chicha, gastando en ello medio real diario cuando más; obediente, laborioso y honrado, está seguro de satisfacer sus pocas necesidades con los productos ciertos de la industria doméstica, y ni codicia lo ajeno, porque no lo ha menester, ni envidia los goces del rico, porque estando exento del hambre y la desnudez, no mira con enojo la abundancia de bienes en otras manos; comerciante por instinto, viaja de mercado en mercado una parte del año, llevando. a las espaldas los frutos que cambia en sus multiplicadas contrataciones, hasta que la estación de las siembras lo llama de nuevo a la estancia, propiedad suya, donde le esperan la mujer y las hijas constantemente ocupadas en hilar y tejer. Allí se recoge en un pequeño rancho de paja, adornado con imágenes y estampas, formando altar en la parte más visible de una de las paredes y con los muy contados rústicos muebles indispensables para las horas de descanso. Labra su campo y cuida las nuevas sementeras sin apartarse de ellas sino el día del mercado semanal en el vecino pueblo, al cual concurre con toda la familia, dejando la casa cerrada con un cuero en vez de puerta y un nudo en vez de llave, bien cierto de que no habrá quien viole estas frágiles guardas de su pobre hogar, vigilado por algún perro tan bu licioso como inofensivo. Ahorra pacientemente un real sobre otro para adquirir un buey de carga, o para invertir el dinero sin empacho en cumplir promesas religiosas, o en hacerle una fiestecilla al santo favorito, que regularmente es la Virgen bajo alguna de las innumerables advocaciones que en estas comarcas la dan. Tales son la índole, costumbres y situación de la población fundamental de las provincias granadinas, que por un favor especial del cielo, no por la intención de nuestros antepasados, han creado y sostenido la industria rural, sin apelar al

funesto cuanto criminal recurso de la esclavitud; población predispuesta al fácil ejercicio de todas las virtudes sociales si es bien dirigida, pero también expuesta a no progresar cual pudiera, si manos inhábiles o avarientas toman las riendas y encaminan las cosas al provecho personal de los pocos, o las descaminan y trastornan, como por desgracia suele acontecer.

Moniquirá, erigida en parroquia en 1778, es una bonita villa con 90 casas de teja espaciosas y 57 de paja, conteniendo cerca de 2.000 vecinos y situada en un estrecho valle, centro de cinco caminos que enlazan este cantón con los de Vélez, Oiba y Leiva. No há mucho que el desaseo de las calles era insoportable y la mansión en esta villa una verdadera penitencia, para el forastero no acostumbrado a respirar el aire de los muladares permanentes. Hoy no es así: los lugares de uso público se mantienen limpios, las casas blanqueadas por defuera, y algo se vigila sobre las malas habitudes de la gente inculta. Si esto es debido al temor, aún subsistente, de la aparición del cólera morbo, o al propósito de enmendar el imperdonable descuido pasado, no lo sé a punto fijo; pero lo cierto es que bastarían un poco de celo y de amor propio en las autoridades locales para borrar la fea nota con que los viajeros suelen acompañar el nombre de Moniquirá. Tiene su mercado los miércoles, muy concurrido y abundantemente provisto de frutos nacionales y extranjeros y hace un vasto comercio de mieles, producto de los bien cultivados campos y de ochenta trapiches movidos por muías. Casi todos los habitantes del cantón son propietarios, estando distribuida la riqueza inmueble en términos que ninguno es capitalista fuerte, pero nadie se halla tampoco destituido de medios de existencia. Reúnense los vecinos con frecuencia en bailes y en una sociedad patriótica, en que tratan de

negocios públicos y de común utilidad, con la ventaja de no hallarse divididos por rencillas ni odios políticos. Su carácter es sociable y hospitalario, los modales cultos, y en las damas se nota cierta elegancia natural y buen gusto en la sencillez del traje, aun para los bailes a que concurren vestidas de blanco y sin más tocado que sus abundantes cabellos, adornados con algún ramito de flores menudas.