Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 13 de 51

Unidad de lectura 13

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Después de una fatigosa marcha de diez horas llegámos a Cunacua, tarde y con largo ayuno. Nadie nos indicaba dónde podríamos alojarnos; preguntábamos, y los vecinos papamoscas se quedaban callados mirándonos de hito en hito. Por fin averiguámos que aunque no había alcalde en el pueblo andaba por allí el juez, en cuya solicitud proseguirnos hasta que en la plaza y cerca de la cárcel encontrámos un hombre rústico y mal perjeñado con una vara negra en las manos: era el juez. Dijímosle quiénes éramos y qué motivo nos había llevado hasta aquel rincón de la patria. El digno funcionario se balanceaba sobre una pata y sobre otra, nos miraba y se reía como un oso: imposible meterle en la maciza cabeza una idea: imposible que leyera nada pues ignoraba el alfabeto. Por último, interpelado con la energía del hambre y del cansancio que llevábamos, suspendió la risa, rompió el silencio y nos ofreció socarronamente por alojamiento la cárcel.

— «¿Cómo se llama este fenómeno? pregunté a un curioso que me quedaba cerca.

— «Don Gregorio Neira, me contestó, y es la autoridad».

— «Señor autoridad», dije al amable don Gregorio, ¿tendrá usted a bien llevarnos donde aquel ve-

ciño que desde una tienda, buena para alojarnos, nos está mirando? Parece persona decente y él acaso nos comprenderá.

—«Oh sí! Es don Cayetano, muy personaje y muy notable del lugar».

Y llegados a la casa, don Gregorio saludó a don Cayetano y reasumió su risita de marras sin añadir palabra. Signifiqué al nuevo interlocutor nuestra necesidad, el objeto del viaje, lo que nos sucedía y la voluntad en,,que estábamos de pagar cuanto pidiese por alojarnos durante la noche y proporcionarnos cualquier alimento.

Silencio sepulcral de parte de don Cayetano, insensible como una roca a mis plegarias y ofertas. Ninguna mediación de parte del juez.

En este punto, perdida toda esperanza, dime por vencido ante la inhospitalaria inercia de aquellas,gentes, y declaré a mi compañero rotas las negociaciones.-

— «Voy a convencerlos», dijo, y desmontándose y desensillando, en un pestañear se abrió paso por entre la autoridad y el notable, entró en el cuarto y se proclamó instalado y alojado por derecho de conquista. Apoyólo, haciendo irrupción con asistentes, instrumentos y petacas, y me senté a examinar una mesa de pino que nada tenía qué examinar. El juez desapareció, don Cayetano gruñó y evacuó la plaza, la famila se alborotó y comenzó a cerrar de firme todas las puertas de comunicación, poniéndonos en riguroso bloqueo, con negativa no sólo de alimento sino hasta del agua y del fuego, a usanza de los antiguos romanos cuando querian descartarse de algún ciudadano estorboso. En resolución habríamos carecido de todo, absolutamente de todo, a no ser por el cura, presbítero Félix Meléndez, que nos amparó y favoreció, en términos de poder seguir marcha al día siguiente.

Cunacua, por lo visto, es pueblo al cual no puede ir ningún viajero sin llevar tienda de campaña para alojarse, bastimentos para él y para sus bestias. Segregado el tráfico activo con los otros pueblos, sin mercado, sin roce de gentes, cierrra Sus puertas al forastero en quien mira un intruso, y desconoce las ventajas que se derivan de ser hospitalarios y sociables. La rusticidad no tiene alli contrapeso, y la cultura moral corre parejas con la del suelo, pobre y sin lozanía por la ingratitud del terreno. En cuanto al juez Neira, no se crea que es un tipQ excepcional; iguales a él, poco más o menos, en inteligencia y respetabilidad, son casi todos los jueces y alcaldes de distrito. Los vecinos de instrucción y comodidades aborrecen este empleo y se valen de su influjo para que no recaiga sobre ellos el nombramiento, echándolo sobre algún labriego ignorante que arrancan de su estancia y del seno de su rústica familia para trasplantarlo, mal de su grado, al pueblo, y dejarlo allí perdido en el laberinto de un oficio que es incapaz de entender, o lo mueven cual un instrumento, ya para hacerse superiores a la justicia, ya para vestir con el aparato de ésta sus venganzas personales. El triste alcalde, que, por una parte contempla su estancia y labranzas abandonadas, y por otra sufre las reprimendas y aun multas de los superiores a causa de los disparates que comete o le hacen cometer, pone todos sus conatos en soltar la carga cuanto antes, y se establece un torbellino de renuncias y nuevos nombramientos que de hecho equivalen a la vacante permanente del empleo. Ahora, sí se considera la importancia política y administrativa del alcalde, a cuyas manos van a parar todas las leyes y disposiciones gubernativas para su ejecución, que forzosamente ha de comenzar en el distrito, se vendrá en conocimiento del profundo desorden que en esta situación se introduce

en todo nuestro sistema legal y político. La República existe en la constitución escrita, en las teorías del Congreso y en la intención de los altos funcionarios, la proclaman y defienden los periodistas, la sostienen moralmente los hombres ilustrados; pero en la realidad, en la base del edificio, que es el distrito parroquial, no existe sino una monstruosa mezcla de las habitudes del régimen colonial, disfrazadas con las fórmulas republicanas sin vigor, sin la savia de las ideas que sólo la cumplida ejecución de las leyes podrá infundirles.

Mientras la administración de la parroquia no recaiga en hombres inteligentes que permanezcan largo tiempo en su empleo, no cesarán los males indicados; males verdaderamente serios, pues de ellos nace el descontento de las poblaciones agrícolas y un malestar íntimo que a la menor ocasión se exaspera y predispone los ánimos a resistencias y revueltas en que esperan hallar el remedio. Talvez sea el origen de la facilidad con que en nuestro país se traman y estallan las revoluciones por descabelladas que parezcan. Los descontentos de la parroquia se dejan alucinar con promesas de mejorar su estado si ayudan a poner un nuevo jefe en el gobierno supremo: ellos, que desconocen la índole y práctica del sistema republicano, creen que el presidente es el dispensador de los bienes y la causa de los males, como lo era en otro tiempo el virrey, confunden todavía el gobierno con el individuo y juzgan que mudando las personas todo cambiará. Las revoluciones son contra natura, porque el hombre ama la paz y la seguridad; de donde se infiere que la frecuencia de las que han destrozado nuestro país revela un padecimiento moral que en mi concepto tiene su asiento en el desgobierno del distrito. Afortunadamente el remedio es fácil, y la observación inmediata de las cosas me autoriza para añadir que sería eficaz poner sueldo a los

alcaldes. Hay en las capitales de provincia y en muchas cabeceras cantonales jóvenes de instrucción que por laudable ambición politica desean darse a conocer; mas son pobres, y la pobreza los encadena en un lugar fijo, en que vegetan oscuros y anulados. Un pequeño sueldo que les afianzara la subsistencia les baria buscar las alcaldías, primer escalón de la vida pública, y la necesidad de recomendarse bastaría como estímulo para el buen desempeño del empleo. A poco andar tendríamos establecido el régimen constitucional en los distritos, y los beneficios de la República se insinuarían en el ánimo de los campesinos iliteratos, que aprenderían por la fuerza de los hechos a sostener y amar el orden legal, y a distinguir el imperio abstracto de la ley amparadora, de la autoridad meramente ejecutora del funcionario.

Oiba demora 3 leguas al norte de Cunacua. El camino es bueno y espacioso, y atraviesa el rio de Oiba por un puente cubierto, sólido y bien conservado, obras en que sobresale la provincia del Socorro y la hacen una de las más transitables de la República. La villa, cabecera del cantón, cuenta 2.500 vecinos, alojados en buenas y espaciosas casas de teja. Tiene el distrito 8.000 habitantes, dando por movimiento-anual de la población 207 nacimientos, 170 decesos y 30 niatriraonios. El aumento de 37 individuos es insignificante respecto del total de la población, y sorprende su pequeñez cuando se contempla el aspecto robusto de los habitantes, su activa laboriosidad y la fertilidad del terreno que cultivan cuidadosamente, de manera que la subsistencia es barata, segura' y abundante. Luégo veremos que en la cercana capital de la provincia exceden las defunciones a los nacimientos, según resulta de los libros parroquiales; hecho singular que indica la intervención, de alguna causa no común y digna de investigarse. Oiba (talvez la Poima de los aborígenes) figura co-

mo parroquia en la estadística del Virreinato desde 1727. Situada en medio de laderas abiertas y alegres a 1.395 metros de altura y con una temperatura de 22“ centígrados, es el nudo de siete caminos principales que al través de algunas poblaciones prósperas la relacionan con los cantones Vélez, Moniquirá, Tunja, Leiva, Charalá y Socorro, sus colindantes. Debiera, por tanto, prosperar con' rapidez; mas le falta para ello una base mercantil al sur y al este, en que la población es poca e indiferente al aumento de comodidades que obtendría por el comercio con el norte de la provincia.

A este rumbo queda la capital respecto de Oiba, de donde parten para ella tres caminos: el que se dirige al este pasa cerca de Confines (antiguo Culatas) y mide 5 '/z leguas; el del norte, de 5 '/i leguas, siguiendo el filo de una larga colina, y el que toma al occidente, en demanda de Guapotá y Chima, corta el río Suárez o Sarabita, por cuya margen izquierda continúa hasta Simacota, y de aquí hacia el este vuelve a cortar el Sarabita y termina en el Socorro, medidas 8 leguas granadinas; es el más fatigoso y quebrado de los tres y el que mayor tiempo consume, tanto por su longitud, los recuestos y pedregales, como por las dificultades y dilaciones en los pasos del rio, caudaloso y sin puentes en aquellos parajes. Emprendimos marcha por el del medio, deseosos de examinar unas lajas que decían marcadas con huellas de animales, particularmente la llamada Piedra de la pezuña, objeto de una tradición disparatada. Cuentan que cierto cazador de venados, más atento a su oficio aventurero que a cumplir con las obligaciones del culto religioso, llevó su impiedad hasta entregarse a la cacería un viernes santo. El diablo, que entonces no dormía, le esperaba, transformado en ciervo dentro de un bosquecillo, donde los diligen-- tes perros condujeron al cazador, comenzando des-

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de allí una serie de carreras desesperadas al través de montes y vallados que el pseudoanimal salvaba con diabólica presteza, dirigiéndose a la mitad de un cerro, peinado en barranco vertical sobre el río Suárez. Alegre el cazador al ver aquella falsa evolución que le aseguraba la presa, se apresuró a cortarle la retirada animando los perros con gritos e interjecciones que hacían ruborizar al ciervo mismo, el cual cuando hubo llegado a la orilla del precipicio afirmó las patas en una laja grande y dio un salto de seis leguas por encima del río Suárez y . vegas adyacentes, yendo a perderse entre los barzales de la serranía del oeste y dejando detrás de sí al absorto cazador, envuelto en un tqi'bellino de humo de azufre, según la costumbre inmemorial y característica de los diablos. Despejada la atmósfera, viose la laja marcada con la impresión profunda de las patas del exciervo, como todavía puede verlo quienquiera en la famosa Piedra de la pezuña; la cual, hablando en prosa, no es sino una ancha piedra caliza én cuya, superficie ha labrado la intemperie pequeñas depresiones que la imaginación supersticiosa convirtió en huellas sobrenaturales. Cerca de allí corre un arroyado sobre un lecho de lajas análogas a la anterior, marcadas profundamente con depresiones semejantes, sin orden ni alteración alguna, de modo que ni representan pasos de animales, ni tienen la menor importancia para el geólogo.

Dos y media leguas antes de llegar al Socorro, hicimos alto en una venta que llaman Aguabuena, por la de un límpido y fresco manantial cercano, de donde se surte la casa, edificio modesto y aseado, con su portal hacia el camino, a la izquierda una puerta que dejaba ver el grueso mostrador de adobes, coronado de totumas, nuncios de estar cerca la hirviente chicha, y ostentando por exceso de lujo dos frascos de aguardiente, detrás de un enrejado de madera, y

a la derecha otra puerta para lo que llamaré sala de recibimiento, en defecto de nombre más apropiado. Por supuesto que no faltaban parroquianos en la chichería, cuáles apurando la totuma desde encima del enjalmado buey, que mientras tanto rumiaba y dormitaba, cuáles formando corro en el portal y dentro de la tienda, hablando a un tiempo y en voz alta de las negociaciones y precios del mercado, y dejándose obsequiar por las atléticas hijas de Eva que les acompañaban; todos ellos gente agricultora, ágiles, vigorosamente conformados, de mirar inteligente y aire resuelto, vestidos a la ligera con telas nacionales, ruanas diminutas y amplio sombrero de trenza, la nerviosa pierna desnuda desde la rodilla y el pie resguardado con alpargates gruesos, ya gastados y empolvados^en largo servicio. Acomodadas las cabalgaduras fuéra del portal, entrámos a la sala, donde nos recibió la ventera con mil excusas por los tercios de yuca que nos embarazaban el camino, accidentalmente depositados allj, según tuvo cuidado de informarnos, como temerosa de incurrir en mala nota. Muebles no habia, salvo una mesa pesadamente labrada y arraigada en un ángulo de la sala, cerca de dos poyos cubiertos de estera; pero en compensación brillaban las paredes con pinturas en que el ingenioso autor había hecho heroicos esfuerzos para combinar de infinitas maneras el ocre y bermellón, únicas tintas de su rústica paleta.

Las figuras más notables eran dos matronas sentadas en el aire, de rostros borrachos y mofletudos, con los ojos a la raíz del cabello y por tanto sin frente. La primera gemía bajo el peso de una corona gigantesca, sin esperanza de alivio, puesto que la mano izquierda la tenia ocupada con una tiara, y la derecha con un barretón, a guisa de cetro. Debajo escribió este nuevo Leonardo de Vinci:

La guaría parte del mundo Evropa zoi nombrada,

Tengola tiara, y las llabes Yo zoi lamas ilvstrada.

Frente a frente, mirando a su colega con ojos tiesos y espantados, estaba la segunda figura, coronada de plumas, al parecer, con arco y flechas en una mano, y una granada muy razonable en la otra. Volaba por lo alto Un letrero que decía AMERICA, y debajo:

Quizo mi Dios piadoso Darme su caridad.

Soi ¡a america libre Viba la libertad.

Promediaba entre las dos matronas un militar colorado, cabalgando en un cuadrúpedo amarillo, detrás del cual iba una mujer amarilla en un caballo colorado. El militar se abría paso con la espada, más grande que él mismo, y le rodeaba tal profusión de versos belicosos, qué no me atreví a copiarlos. El Asia y el Africa se quedaron en bosquejo, probablemente por haberse agotado el ocre y bermellón en borrajear sobre la testera de la sala dos Vírgenes rojas con sus correspondientes Jesuses, sacando ánimas del purgatorio, mientras san José se estaba a un lado mirándolas y por ventura devanándose los sesos para explicarse &q\xeWd, dualidad inusitada, que celebraban dos angelotes tocando violín y guitarra, y rodeados de una aureola de guacamayas enormes, en cuyos cuerpos acabó el pintor de limpiar sus brochas.

Pedir de comer habría sido anticiparse a la época presente, por cuanto no está en uso todavía guisar en nuestras ventas-posadas, excepto lo que llaman ajiaco, especie de potaje de papas, del cual regalan

una escudilla a los transeúntes de alpargata, con tal de que beban y paguen un cuartillo de chicha. Inventámos un sencillo almuerzo, que nos sirvieron sin más aditamento que el salero, dentro del cual pusieron dos palitos de sauce con su corteza, para suplir la falta de cubiertos, que en realidad no la hacen cuando se aprende a manejar aquellos instrumentos, cuya principal recomendación es el aseo, puesto que para cada servicio los fabrican nuevos. Con esto y dos vasos de agua, que en lo cristalina y ligera pudiera brillar al lado de la deliciosa de Torca, proseguimos nuestro camino en demanda del Socorro.

A principios de 1540 entraron los españoles por primera vez en el territorio de los guanes, hoy provincia del Socorro, capitaneados por el fundador de Vélez, Martín Galiano. Llenáronse de admiración, y de algún temor fambién, al encontrar la tierra densamente poblada de indios agricultores, activos y con vestiduras de telas finas de algodón, a usanza de los chibchas. Así fue que, cautelosos y con palabras de paz, penetraron por la demarcación del cacique Corbaraque, cuyas casas demoraban al sureste de Oiba, y tomando por el valle de. Poima, se dirigieron a Chalalá (hoy Charalá), donde los recibieron con armas, cerrándoles el paso; costumbre que no han perdido aquellos moradores, como lo demostraron en 1819, pretendiendo, pocos y mal armados, rechazar al feroz realista González, que conducía por allí un cuerpo de tropa veterana, resto del ejército de Barreiro, derrotado en Boyacá. Entrambas ocasiones les salió mala la cuenta, pues hubieron de sucumbir a la mayor pericia la primera, y la segunda, al mayor número de los invasores. Continuó Galiano su ex-

ploración al norte, encontrando en todas partes numerosas poblaciones, y después de un rodeo hasta cerca del actual San Gil, donde tuvo que combatr de recio al valiente Macaregua, marchó al noroeste por Barichara, y de allí retrocedió por tierras del cacique Chianchón, que también le dio guerra, y también fue vencido y prisionero en las lomas fronterizas del Socorro. De esta manera quedó preparada la sujeción de una comarca tan populosa como la planicie chibcha, e igualmente civilizada. Eran los guanes de aventajada estatura, pacíficos e industriosos: las mujeres, según escribió fray Pedro Simón, «de muy buen parecer, blancas y bien dispuestas, y más amorosas de lo que fuera menester»: la tierra limpia, labrada y abierta, con cementerios y caceríos por todas partes. Sin embargo-, los conquistadores la menospreciaron, porque no haliaron los montes de oro que su codicia buscaba. Ni describieron las costumbres, ni hablaron del gobierno y legislación de los guanes, ciñéndose a calcular la población para repartírsela en encomiendas iuégo que regresaron a Vélez.