Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 12 de 51

Unidad de lectura 12

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No es de extrañarse tánta cultura, cuando se sabe que sostienen una escuela de niñas con 56 alumnas, y otra de niños con 120, ambas en muy buen estado y formando contraste con el abandono vituperable en que la instrucción pública se halla en tVélez. Cuenta el distrito 7.000 habitantes, habiendo excedido el año último los nacimientos a los decesos en 142 individuos y verificádose 48 matrimonios. Con todo esto, los nacimientos ilegitimos forman la tercera parte del tota!, lo que debe imputarse en parte a la ninguna intervención del cura en los negocios temporales y al descuido de los espirituales, como lo demuestra la decadente y maltratada iglesia. Un párroco activo, joven en ideas y de genio reformador, haría grandes beneficios a Moniquirá, principalmente mejorando las costumbres de los jornaleros, gentes dóciles y dispuestas a recibir la impulsión del consejo y del ejemplo.

Encierra este cantón los distritos de Moniquirá, Togüi. Pare, Chitaraque y Santana, todos a cortas distancias y comunicados por buenos caminos, conteniendo juntos 18.800 habitantes que aumentan rápidamente, merced a la salubridad del clima y a la profusión de medios de existencia, de donde proceden la robustez y longevidad de que disfrutan los moradores. Sólo en el distrito de Moniquirá es lisonjero el estado de la instrucción primaria: en los demás no alcanzan a 60 los educandos; por manera que la ignorancia cuenta con una mayoría de 98 individuos

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sobre cada 100; y aun hay que añadir muchos de los que han concurrido a las escuelas, por cuanto salen muy mal enseñados y en breve olvidan la indigesta instrucción que recibieron sin método y sin hacerles conocer cómo habrían de aplicarla a los negocios. Generalmente, por lo que he visto en la provincia, la tal enseñanza se reduce a fatigar la memoria de los niños con preguntas y respuestas que sobre religión, gramática y aritmética aprenden al pie de la letra, y a la lectura y escritura, en cuyo aprendizaje gastan tres o cuatro años. He presenciado los exámenes de varias escuelas, y en todas he notado que a los niños se les pregunta por una especie de catecismo rutinero que denominan programa, fuéra del cual no-se puede preguntar nada, pues no aciertan a responder; prueba de que la instrucción propiamente dicha, que consiste en el ejercicio del entendimiento, no existe, reduciéndose a un estéril recargo de la memoria con palabras que para el alumno carecen de significación bien entendida. De aqui procede que en saliendo de la escuela olvidan el necio catecismo y con él toda la ciencia postiza que sacaron; y el padre de familia que se ha privado de los servicios de su hijo durante cuatro años, manteniéndolo en aprendizaje, se encuentra con un mocetón que no acierta a sacarle una cuenta en el mercado ni a leerle una carta, visto lo cual forma el propósito de no mandar los otros muchachos a la llamada escuela, origen de gastos inútiles y de habitudes de haraganeria. Tal es la situación de la pretendida enseñanza primaria, con muy raras excepciones: tal la base de esperanzas con que contamos para realizar el sistema de elecciones por medio del sufragio universal directo, único verdadero, siempre que se apoye, no en la renta, sino en la instrucción, siquiera primaria de los sufragantes. Y lo peor es que las escuelas normales no han dado hasta ahora

los frutos que de ellas se aguardaban: la rutina y el empirismo antiguos se perpetúan de unos en otros: la ciencia de enseñar no ha penetrado todavía en nuestro país, y al paso que vamos no penetrará en mucho tiempo.

La provincia de Vélez cuenta 109.000 habitantes en 300 leguas cuadradas de territorio, próximamente, de las cuales la mitad permanecen inocupadas y cubiertas de bosques vírgenes. En el transcurso de 1849 hubo 695 matrimonios, nacieron 3.888, y murieron 1.600, quedando un balance de 3.288 individuos en favor de la población, lo cual, combinado con la duración media de la vida, que es de cincuenta años, la superabundancia de los alimentos y la extrema salubridad del clima, indica que, no habiendo peste o mortandad extraordinaria, la' población puede duplicarse cada veinticinco años. Si comparamos esta cifra con las que establecen la última estadística de los Estados Unidos angloamericanos y los esmerados cálculos de Demonferrand, d’Angeville y León Lalanne respecto de Francia, parecerá excesivamente corta de pronto; pero deteniéndonos a valuar mil circunstancias especiales que en nuestro país concurren a ponerlo fuéra de las reglas comunes del movimiento y propagación de la raza humana, como respecto de Vélez se ha manifestado en el curso de estos apuntamientos, cesa todo motivo de incredulidad, y aun me atrevo a asegurar que cuando puedan compararse períodos estadísticos de diez años arriba, la cifra de veinticinco años, que he fijado por una inducción muy meditada, quedará reducida a menos. Reservo la comprobación de este aserto para cuando haya reunido copiosas observaciones respecto de toda la República y pueda comparar la suma total de su población entonces, con la que tenía el Virreinato a fines del siglo pasado. Finalmente, en Vélez se hallan los varones y las hembras en la relación de 27 a 28,

y los nacimientos en la proporción de 54 ilegítimos por cada 100.

Los moradores de la provincia son todos blancos, de raza española pura, cruzada con la indígena, e indígena pura: la primera y la última forman el menor número; y cuando la absorción de la raza indígena por la europea se haya completado, lo que no dilatará mucho, quedará una población homogénea, vigorosa y bien conformada, cuyo carácter será medianero entre lo impetuoso del español y lo calmoso y paciente del indio chibcha; población felizmente adaptable a las'tareas de la agricultura y minería, fuentes de gran riqueza para Vélez, y la fabricación de tejidos y sombreros para el consumo propio, en la cual se emplean hoy mismo, con gusto, aunque sin gran provecho, las mujeres.

La religión tiene poderoso influjo en el ánimo de estos moradores, como en todos los de las cordilleras principales de nuestro pais; pero esta dichosa disposición no ha sido cultivada conforme a los esplritualismos de los dogmas cristianos, sino inclinándola a las’ prácticas materiales del culto romano de la edad media, a que son muy dados los indígenas por las analogías que establecen entre aquellas prácticas y las del politrusmo de sus mayores. Semejante sistema de educación religiosa pudo ser bueno en los primeros tiempos de la conquista y civilización de estas comarcas, cuando la gran mayoría de los habitadores era de raza india pura, cuyas creencias idolátricas convenía convertir insensiblemente hacia las del cristianismo para realizar la unión de los conquistadores y conquistados mediante el vínculo de la comunidad religiosa, siquiera en las formas externas del culto romano, aceptadas de buen grado por el paganismo chibcha; mas hoy que a la raza indígena se sustituye la granadina, diversa de la primera en índole, en inteligencia y necesidades morales, y ade-

más galvanizada por las instituciones democráticas y modificada en su manera de existir por la libertad de industria y movimiento; hoy el sistema antiguo carece de razón y de objeto, no es social ni civilizador, y la persistencia en él puede comprometer gravemente la causa de la religión, por cuanto llegará el día en que las meras ceremonias, las procesiones y símbolos materiales no satisfagan los entendimientos, que pedirán doctrinas elevadas y sustanciosas, más dogma y menos representación. Ya lo he dicho y no me cansaré de repetirlo; si nuestro clero no comprende la crítica situación actual de las cosas y de los hombres e insiste en quedarse detrás del movimiento social en vez de encabezarlo, provoca una tormenta desastrosa en que por lo pronto sucumbirá el sentimiento religioso del pueblo. Renacerá, sin duda, porque la religión es un elemento de vida indispensable para las naciones; pero renacerá después de mil catástrofes y extravíos bárbaros, los cuales pueden evitarse, y sería un crimen no prevenirlos. Veo caminar mi patria a esta crisis suprema, resultado del tránsito del orden social antiguo al nuevo: el clero tiene en sus manos la salud pública ¡y el clero permanece inerte y dormido!

Las habitudes y trajes de los veleños varían de cantón a cantón como la temperatura atmosférica. Así en la parte alta de Chiquinquirá (temperatura 15° centígrados) permanecen los vestidos de bayeta y el embozo de la mantellina en las mujeres, y las ruanas de lana y ropa gruesa en los hombres. Las casas son bajas de techo, con ventanas reducidas, abiertas a un metro de altura sobre el piso de las habitaciones, las cuales se hallan dispuestas de manera que no las bañe corriente alguna de aire: el pavimento esterado, los grandes canapés henchidos de lana y ostentando en sus forros todas las zarazas imaginables, las mamparas de tela traslúcida o de vidrieras en las puertas

Manad Andzar.

de los balcones anuncian en el interior de las casas las precauciones contra el frío y el vivir retraído de las gentes. En la ciudad de Vélez (temperatura 24° centígrados) se reproducen los mismos usos, más por conservación rutinera de los que los primeros pobladores llevaron allí sacados de Bogotá, que por requerirlo el clima; de donde nace el aspecto desaseado de los que subsisten del trabajo cotidiano, los cuales viven en cuartos bajos que en reducido espacio contienen la familia, las mucuras de chicha, el tren del amasijo, los perros y gatos, y muchedumbre de trastos más o menos inamovibles que impiden el aseo; género de habitaciones cuyo influjo en la salud de los que las ocupan y en la salubridad del poblado es pernicioso en sumo grado. Moniquirá, con temperatura igual a la de Vélez, tiene usos diferentes, algo parecidos ya a los de tierra caliente: los vestidos son muy ligeros, las casas más ventiladas, los modales más sueltos y comunicativos. Esta gradación de costumbres, trajes, alimentos y modales, desde el recogimiento silencioso de los que moran en la región alta de los Andes hasta la abierta franqueza' y carácter accesible de los habitadores de las calurosas llanuras de Cúcuta, es tan insensible a primera vista, como es paulatino el ascenso del termómetro: con dificultad se determina cuándo empieza el tránsito del uno al otro extremo; bien así como al recorrer las provincias se encuentran la vegetación y producciones de los climas frío, templado y caliente, en el espacio de pocas leguas sin poderse dar cuenta del punto en que comenzó este admirable cambio de decoraciones, fuente de las infinitas bellezas del paisaje, regadas por el Creador con profusa mano sobre este suelo, asiento de constante verdura de flores y frutos perpetuamente reproducidos.

Predomina en los veleños el apego a sus hogares, en términos de repugnar los viajes fuéra de su pro-

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vincia y ansiar el regreso cuando de ella se ausentan. Un ‘arriero, un peón cualquiera, al salir de su pueblo vuelve a mirarlo desde la última cumbre, de donde se descubre, y exhala una exclamación de ruego al santo preferido, no para que le ampare en el viaje sino para que le haga tornar pronto; a diferencia de su vecino el socorrano, que en proponiéndole un viaje cualquiera se levanta presuroso, tercia la ruana, toma el bordón, y sin cuidarse de hacer provisiones ni maleta, marcha resueltamente hasta el cabo de la República o al exterior si se le ofrecen garantías tentadoras. Los de Vélez se contentan con el tráfico interno, recorriendo los mercados semanales para cambiar de unos en otros diversos frutos que cada cual conduce. Estas pequeñas ferias no sólo contribuyen a satisfacer las necesidades materiales reuniendo en un mercado las producciones de distintos lugares y climas, sino además propenden a establecer útiles relaciones dé conocimiento y amistad entre los moradores de la provincia, labrándose' vínculos cuyas consecuencias morales son inestimables para un país cortado en todos sentidos por altas serranías que dividen y separan los pueblos como pudieran las grandes distancias. La faz social de nuestros mercados semanales y su influjo en la unidad y nacionalidad granadinas son temas que ciertamente merecen la estudiosa atención del patriota; y en mi concepto esa costumbre es una de las que debieran fomentarse cuidadosamente, como que ella producirá, anclando el tiempo, la extinción de las necias rivalidades y antipatías que aún prevalecen entre varios pueblos pequeños, con notable menoscabo de los intereses de la comunidad.

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Tomando el camino que de Moniquirá conduce a Togüí y Chitaraque nos dirigimos a Gámbita, primer distrito del cantón Oiba al sur de esta villa. Andadas siete leguas por tierras bastante quebradas, cubiertas de sementeras y bañadas por multitud de arroyos claros y bulliciosos, llegamos al río Porqueras, línea divisoria de entrambos cantones y desde el cual en adelante comienza poj este lado la provincia del Socorro. Legua y media después de pasado el río se encuentra el pueblo de Gámbita, pequeño y en su mayor parte pajizo, asentado en un vallecito angosto en que terminan las pendientes laderas de dos pequeñas serranías paralelas compuestas de estratos calizos y esquisto arcilloso, formación predominante desde las cercanías de Chitaraque, constituyendo un terreno casi unitario y por consiguiente ingrato. Los ríos Gámbita y Porqueras, que unidos al Huerta van a formar el Linguarucho, tributario del Sarabita, riegan parte del distrito y contribuyen a la descomposición lenta de las rocas y esquistos, de donde proceden algunos vallecitos de aluvión, fértiles y cubiertos de jugosos pastos que a trechos interrumpen la esterilidad general del suelo, contra la cual luchan sin descanso los laboriosos agricultores del lugar, estableciendo sementeras de caña y menestras dondequiera que hallan un rincón de tierra capaz de soportarlas.

En Gámbita no encontrám’os alcalde, juez, ni funcionario alguno a quien dirigirnos, excepto el cura doctor Manuel Ceróri, joven amable y fino que nos hospedó y proporcionó todos los auxilios y noticias que necesitábamos y no habriarrros podido conseguir sin la intervención de este bondadoso y patriota eclesiástico. Poco tiempo tenía de estar encargado del

curato, y sin embargo había comenzado a refaccionar la casi destruida iglesia, y solo, sin recursos, sin más ayudante que un niño de nueve años, tenía fundada una pequeña escuela primaria que él mismo cuidaba y dirigía; prueba evidente de lo que alcanza la firme voluntad dé hacer el bién. Numéranse 3.000 vecinos en la parroquia, todos ellos blancos, de constitución vigorosa y costumbres sencillas amparadas por la habitud del trabajo constante y acaso también por la mansión de las familias en estancias de labor diseminadas en los campos. Averiguado el movimiento de la población en el último año, según los libros parroquiales, halláronse 104 nacimientos, de los cuales 40 ilegítimos, 60 defunciones y 20 matrimonios; cifras que no guardan proporción con el total de habitantes y que acusarían por sí solas la incuria del párroco antecesor del actual, si no hubiera estado manifiesta en el abandono y desgreño en que dejó las cosas de su ministerio, patentes a los ojos de cualquiera, por más que el caritativo doctor Cerón se empeñaba en disimularlos.

No obstante la pobreza del suelo para la agricultura, los alrededores de Gámbita no carecen de bellezas por la agradable variedad que comunican al paisaje los cerros circunvecinos, a veces redondeados y con laderas tendidas cuidadosamente labradas, a veces áridos y escarpados, de cuyas cimas trastornadas se precipitan con ruido varios arroyos formando cascadas, entre las cuales se hacen notar la de Santafé, grueso chorro de agua reluciente que desprendiéndose de los estratos superiores de la serranía, visible a la izquierda desde el camino de Chitaraque, salta por encima de los árboles y arbustos un espacio de 40 varas, perdiéndose después en la espesura; y la de Palmar, camino de Paipa, oculta en parte por una vegetación lozana, pero que examinada de cerca presenta una columna de más de

100 varas de caída limpia. Hay otra quebrada caprichosa que desdeñando el correr por las sinuosidades de! terreno, ha ido a perforar una colina cerca y al suroeste del pueblo; abriendo la cueva que llaman del Chocó, de cuatro cuadras de largo y enriquecida en lo profundo con estalactitas numerosas que han disminuido la altura primitiva del socavón, grande y desembarazada, si se ha de juzgar por la elevada puerta que da entrada al arroyo: curioso fenómeno por cierto, y ejemplar notable de lo que puede la acción de las aguas sobre las rocas de formación caliza, como también lo demuestr-an los hundimientos cónicos de Las Cuevas y el afamado Hoyo del Aire en el cantón Vélez.

Seis leguas al norte-noreste de Gámbita queda Cunacua, cortando el camino los ríos Huerta y Tolotá, el primero con buen puente, el segundo con malísimo vado y entrambos llevando precipitadamente al Linguarucho sus aguas teñidas por la zarzaparrilla, que én abundante disolución contienen. El terreno en todo este espacio permanece calizo y gredoso con algunos manchones de pizarra, poco apropiado para la agricultura, que allí es pobre, consistiendo principalmente en yuca, maíz y plátano, bases de la subsistencia de los moradores. Los cerros altos, descarnados y de contornos abruptos envían a lo bajo las aguas llovedizas con una rapidez perjudicial para las sementeras y para el terreno que llevan y desgarran. Así es que muchos labradores han emigrado dirigiéndose a lás fértiles vegas del Suaita, donde encuentran tierras, protección y auxilio para establecerse; y de aquí procede la diferencia entre la población que hoy cuenta el distrito de Cunacua (2,000 habitantes) y la que le dio el censo de 1846 (2.176), disminuida en vez de aumentada, como lo estaría si la salubridad del clima fuese acompañada de la fertilidad del suelo. La situación de la' cabeza del dis-

trito es mala, quedando el pueblo al pie de una serranía montuosa con desiertos al este hasta el cantón Charalá y a! oriente separada de los productivos valles de Guadalupe y Suaita por altos cerros intransitables; siendo así que un poco más adelante hay hermosas llanuras bien regadas en que el pueblo habría quedado ventajosamente ubicado. Caprichos de un antiguo cura deteimmaron la fundación en el lugar que ocupa, desde el cual, hacia el norte, se alcanzan a ver las techumbres entejadas del extenso caserío de Oiba y la bonita y blanca iglesia que lo domina.