Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 17 de 51

Unidad de lectura 17

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Sobre este pueblo afortunado y tranquilo cayó de repente el azote de los tinterillos. Uno de ellos preparó el campo y regó la simiente de mil enredos, que su sucesor, más experto y audaz, ha hecho fructificar copiosamente; y ora tramando por su propia cuenta, ora empleando su infernal habilidad en fomentar las rencillas que no faltan entre vecinos, ha creado tal cúmulo de causas criminales, que la mitad de ellos se hallan comprometidos como reos de imaginarios delitos, y la otra mitad como testigos, a quienes de intento ha hecho perjurar para sumariarlos, si no le rinden obediencia. Por último, no teniendo a quién encausar, desde el cura para abajo, habla levantado sumarios a san Joaquín y a la Virgen, por contrabandistas de tabaco, valiéndose para

(*) La nacuma es una planta vivaz que crece espontáneamente en los climas templados, en forma de palmera sin tronco. Sus hojas abanicadas y'^compuestas se desarrollan y abren a los lados de un pecíolo-fuerte y fibroso,^ que verdaderamente es el tallo multiplicado de la planta. Para lo's sombreros eligen las hojas centrales o cogollo aún no abierto, sin otra preparación que rajarlas menudamente a lo largo y hervirlas en agua para que las pequeñitas cintas se enrollen sobre sí mismas y queden como esparto, según se ve en los sombreros.

ello de que en tierras de la iglesia descubrió algunas matas de aquella planta. Por manera que cuando estuvimos en Zapatoca se hallaban divididos los moradores en dos bandos enemigos: los secuaces del tinterillo y sus opositores o víctimas. El ha sabido insinuarse en los negocios cantonales y ha introducido una especie de policía chicanera, sin cuya intervención y licencia no puede darse un paso, nadie puede reunirse ni aun para la diversión más inocente. Confieso que el influjo y predominio de esta polilla sobre un vecindario entero me parecieron extraordinarios; pero cuando más adelante tuve ocasión de contemplar la ruina de dos pueblos que fueron prósperos, Mogotes y El Páramo, convertidos en campos de discordia y de desolación por otros malvados del mismo oficio, cesó mi admiración y comprendí hasta dónde puede llegar la candidez de nuestros pueblos agricultores y la maldad de algunos hombres, en cuyas manos las leyes destinadas a proteger la sociedad se transforman en armas venenosas que la hieren por todas partes y la matan.

No hace mucho que la fundación de Betulia, dos leguas tres quintos al norte de Zapatoca, interrumpió con su modesto caserío la continuación del desierto que por este lado, como a h banda oriental, se extendía indefinidamente. La existencia de aquel pueblo, cabeza de distrito que hoy cuenta 1.800 habitantes, se debe al presbítero Guarín, su actual cura y benefactor, sacerdote anciano y virtuoso, cuya útil vida forma contraste con la indolente y vulgar de otros párrocos, y es una elocuente censura de la mala conducta que la mayor parte de ellos observan en esta provincia. Betulia está situada en la meseta de un grupo de grandes cerros, a 1.849 metros de altura

sobre el mar, con 18° centígrados de temperatura, suelo enjuto y aires puros. La población es blanca, vigorosa, de costumbres patriarcales y enteramente consagrada a las tareas agrícolas, atenta con los forasteros, llena de respetuoso cariño hacia su buen cura, quien sostiene una escuela en donde diez niños aprenden las primeras letras con mejor éxito que en otras, más llenas de vano aparato que del verdadero espíritu de enseñanza. Para graduar la bondad moral de los betulianos, bastará saber que en los últimos doce meses (de mayo de 1849 a mayo de 1850) hubo 16 matrimonios y 63 nacimientos, de los cuales sólo 5 ilegítimos, es decir, el 7,3 por 100, cifra mínima que ningún otro pueblo del Socorro presenta. La población tuvo en dicho tiempo un aumento de 45 individuos, que es el 2,5 por 100 respecto del número total de habitantes, el cual siguiendo esta progresión, como la seguirá en aquella Comarca sobremanera sana y abundante, quedará duplicada dentro de veinticinco años, puesto que los fallecimientos de. párvulos y adultos son raros.

Nada de particular ofrece Betulia a los ojos del viajero, salvo un grugo de sepulturas antiguas, ctiyas señales se ven allí cerca, prueba de que en tiempos remotos existió algún pueblo de indios y pereció también ignorado en aquel apartado rincón del pais de tos guanes. Desde la eminencia de la meseta, postrera de las que por este lado preserrta la serranía, se descubren al norte los términos del cantón de Girón, y las revueltas colinas y solitarias montañas que promedian entre Betulia y la cortadura profunda por donde lleva el Sogamoso su atormentada corriente. Al oriente ?e hunde la tierra y oculta sus profundidades bajo las copas entretejidas de un continuo bosque, de cuyo seno, dos leguas más allá, surge a 2.530 metros de elevación la ponderosa mole de los cerros llamados Piedrablanca o Cruz de macana. Cuando

se llega a esta cumbre, mirando al poniente y al norte, no hay términos para la vista, que largo rato divaga por el ámbito de un horizonte sin límites. Enfrente se desarrollan los vastos países regados por los ríos Chucurí, Oponsito y Opón; más allá brillan como espejos las grandes ciénagas, y más allá todavía la plateada zona del Magdalena recostada contra las indecisas serranías de Antioquia, que se confunden y pierden en la niebla del espacio. Las selvas seculares, los silenciosos ríos, los cerros con sus elevados escarpes y sus coronas de rocas eternas, todo desde tan alto parece pequeño, deprimido, sin ruido ni agitación; y sin embargo, allí hierve un mundo entero de animales montaraces, de reptiles enormes, de aves que crecen y mueren sin ser vistas por el hombre; allí todo es colosal y exuberante, y nuevos seres se suceden y acumulan sobre las ruinas de árboles gigantescos que el curso de los siglos ha derribado ; un precipicio tremendo separa estas regiones del cerro de Piedrablanca; fugas de vúento pasan por encima del observador, doblando y haciendo crujir los árboles que le rodean, y de repente el rumor cesa; erViento se ha precipitado al abismo, donde apenas se ven remolinear las copas del bosque más cercano, y después nada, silencio, quietud y sombras. A — mano derecha, en la dirección norte, se dominan los ramales en que se divide la cordillera, rotos, irregulares y como luchando por no sumergirse en .los montuosos pantanos del oriente, pero al fin revolcados por e! Sogamoso que los encuentra de través y los corta con su irresistible curso despedazando el cerro de la Paz, última barrera desde donde sigue manso y majestuoso hasta perderse en et Magdalena. Casi al noreste, por una ancha depresión que sufren las serranías, se columbra Bucaramanga, distante siete leguas vía recta, y en seguida, semejante a una cinta rojiza, el camino que de aquella villa con-

duce a Pamplona. Detrás, y a la izquierda, cerros intransitables, montañas tupidas, innumerables cascadas, desiertos donde nadie ha encendido todavía el fuego de un hogar.

En mitad de estas soledades, seis leguas al noroeste de Zapatoca, se halla el pueblo de San Vicente, con 500 vecinos segregados de la vida civil, sin artes, sin comercio y subsistiendo de los dones inagotables y casi espontáneos de la tierra calentada por un sol abrumador. Preténdese que hay camino entre Zapatoca 'y San Vicente, y que puede continuarse desde este punto hasta el Magdalena por el Opón; mas tengo para mí que una senda trazada por encima de ásperas serranías y que en la bajada de la cuchilla dej Ramo desciende sin interrupción 1.500 metros por escaleras de piedra y barrizales pegajosos, no es camino, ni menos puede ser la vía mercantil que haya de relacionar la provincia del Socorro con el Magdalena; y esto sin contar con que la ruta del Opón no sirve en el invierno, porque todas las tierras bajas están anegadas, ni en verano sirve, porque ni hay agua para nav-egar el rio desde donde es menester. Juzgúese, pues, de lo acertado que habrá sido el gastar sumas gruesas, como se han gastado en abrir tal camino y en colonizar el Chucurí.

Los golpes de vista grandiosos, los paisajes enteramente nuevos, jamás representados sobre lienzo alguno, son frecuentes en nuestros Andes; pero los que se disfrutan desde los parajes en que colindan las dos regiones que llamaré superandina y subandina, cuando uno se halla en la cumbre de la cordillera, es decir, en tierra fría, teniendo a los pies repentinamente las selvas, ríos y llanuras de la tierra caliente, no son comparables con nada de lo que estamos acostumbrados a ver, ni hay acaso pincel que pueda representar este conjunto sublime y tumultuoso de dos naturalezas tan diversas, que &ólo en la pujanza y se-

riedad de las formas se asemejan. El observador se encuentra oprimido, y cuando puesto en pie sobre el borde de la insondable cima penetran las mirada en el espacio inferior, surcado calladamente por el tardo vuelo de los buitres, un estremecimiento involuntario se difunde por el cuerpo, y casi pudiera decirse que se siente allí la presencia de Dios.

Tiempo vendrá en que todo esto se halle utilizado y vivificado por la poderosa civilización de pueblos libres. Entonces las miradas del Creador, al haber puesto aquí en escalones todos los climas y todas las riquezas del mundo, serán cumplidas; y ja, América escribirá en su historia páginas que nada tendrán de común con los sufrimientos del viejo hemisferio, ni con las ruines crónicas de sus reyes.

Pero volvamos a Zapatoca, donde nos esperan la modesta posada del pueblo y un baile en el cual me prometía ver reunido lo selecto del vecindario.

Una casa baja, recién blanqueada por dentro y por fuéra, sin muestra ni número, es la posada. La puerta de la calle es también la de la sala, sencillez adoptada en casi todas ias casas de los pueblos socórranos; el zaguán está de más donde la hospitalidad se ofrece popularmente, y en consecuencia la sala se abre sobre la calle, como para invitar al transeúnte. Sirve aquélla de pasadizo para lo interior, de comedor también, y hasta de almacén para Tas cargas y monturas del viajero: en la pieza inmediata residen la tinaja del agua, las señoras de la casa y un can respetable, de los de pelo raído, carnes ausentes y orejas averiadas. El ajuar de la casa consiste en cuatro robustas sillas de roble, aforradas en cuero que fue pintado, una pesante rñesa situada sobre dos poyos en el ángulo menos visible desde la calle, y un escaño eclesiástico arrimado a la pared, en la cual suelen clavar estampas divinas y profanas dlondela suerte les depara lugar. De las dignas pa-

tronas, la una es dueño de un carácter gubernativo y perentorio, justificado por el reverendo coto que le mantiene la cabeza erguida y le proporciona el metal de voz grave y cavernoso, peculiar de las personas favorecidas con aquel apéndice nacional: la otra, pacifica, obediente y hacendosa, siempre de la misma opinión de su hermana: entrambas de edad provecta, cuidadosas del aseo y buen servicio de la casa y llenas de bondad para con los huéspedes que reciben. Largos ratos pasé admirando respetuosamente los tabacos de a palmo y medio que se fumaban, y obteniendo de ellas muchas noticias acerca de las cosas locales, pero sin poderles sacar una opinión decidida contra las fechorías del tinterillo del pueblo; tal es el miedo que infunde. Por lo demás, encuentra el viajero cuantas comodidades puede ofrecer el pais en medio de la frugalidad y sencillez de costumbres de sus moradores.

Era la noche de un domingo, y se anunciaba que habría baile, al cual me hicieron el favor de invitarme. A la hora competente la música tocó llamada de concurrencia desde la esquina de la plaza. No tuve necesidad de preguntar cuál era la casa del baile, pues el pelotón de curiosos agolpados a las ventanas y puerta lo indicaba suficientemente. Como quien rompe el monte por entre apretados matorrales, me abrp paso hasta ganar el descampado de la sala, y del examen topográfico que de ella hice resultó: que a un extremo estaba la orquesta, compuesta de tambor, redoblante, pandereta y dos violines, todo ello tocado con vigoroso entusiasmo; que encima tenía una araña de hoja de lata cargada con velas de sebo; y que al otro lado comenzaba el estrado. Tomé posición entre dos jóvenes forasteros, que con decir que eran gentes de estudios, quedan establecidas su amabilidad y cortesanía, y de luégo a luégo trabámos conversación,.

— «Reparo, les dije, que prescindiendo de las mamás que están fumando, hay señoritas con sombrero puesto.— ¿Por ventura bailan con ese adorno de nacuma?»

— ¿«No tal, me respondió el más_ experimentado: el sombrero puesto significa que la señorita no baila: lo mismo que la ruana conservada por aquellos galanes significa que ellos tampoco bailan».

— «Ahí tiene usted una excelente invención para evitar chascos y para mantenerse neutral.

— «Y tanto más necesaria, repuso el otro joven, cuanto sé por experiencia dolorosa que aquí no es bien recibido invitar a una dama después de haberse negado a bailar otra por hallarse sacada. Sucedióme una vez que rogué a una linda niña me concediese el honor de balsar con ella, pero ya tenía compañeros escriturados para cuantas piezas se bailaran; y como yo no deseaba estar quieto, me dirigí a la vecinita sin sombrero, solicitando aquel favor. « Caballero, me contestó con mucha gracia, yo no soy suplefaltas». Quedóme estático y sin el consuelo de enojarme, pues me advirtieron que había cometido una descortesía; yo no debí dirigirme tan cerca, sino a quien no hubiese oído la primer negativa».

—«Siendo así, le observé, están ustedes mal, pues creo que no llegan a cinco las señoritas presentes. ¿Será que no gustan del baile las de este pueblo?»

— «No serian granadinas, replicó mi interlocutor. Lo que ha sucedido, y que no quería participárselo, es que el dueño de la casa tuvo la inconcebible audacia de anunciar este baile y convidar señoras sin el previo permiso del tinterillo del pueblo, quien ha corrido la voz de que nos llevará a la cárcel, músicos y danzantes; y como ese malvado es capaz de todo y manda en jefe, las señoras atemorizadas se han abstenido de concurrir, y en realidad no habrá baile».

— «¡Licencia para bailar! ¡Licencia para que estas jóvenes, modelos de virtud y laboriosidad, se diviertan Ittn rato después de largas semanas de trabajo!»

— «Como usted lo oye; y no s^qué es lo que más me indigna, si e! ver que tales cosas se sufren en un cantón de la altiva Socorro, o la idea de que el tiranuelo introducido en Zapatoca es una fiel copia de Jaime Ferrán que pinta Eugenio Sue».

Trazas teniamos de no concluir la charla, cuando vinjeron a notificar a mis dos compañeros que se contaba con ellos para la inmediata contradanza. Dividimonos, y con alguna dificultad logré romper el gentío agolpado hasta la sala y verme en la calle. La tibia luz de la luna bañaba las casas y los desnudos cerros del alrededor, con la intensa claridad que despiden los astros sobre las regiones altas de nuestras cordilleras. Gradualmente me fui alejando -del ruido del baile; a cierta distancia sonaba como un eco débil, apenas suficiente para interrumpir el silencio que cobijaba el pueblo, en que el sol siguiente no debía encontrarme. Dije un adiós cordial a Zapatoca, y desde el fondo del alma hice votos por que no le cupiera la suerte que a Mogotes y El Páramo.

No tiene el cantón Zapatoca más distritos parroquiales que Betulia y San Vicente: de modo que en un territorio de 51 leguas cuadradas cuenta sólo 9.300 habitantes o sean 182 por cada una; bien que lo habitado se reduce a 25 leguas cuadradas, y en realidad, suponiendo la población igualmente diseminada sobre ellas, que no lo está, tocarían 327 habitantes a cada legua, mínimum que ningún otro cantón del Socorro presenta. Pueden calcularse 1.100 niños en edad de recibir la instrucción primaria, y de ellos 150 solamente participan de este beneficio; de manera que el 87 por 100 de la generación nueva y el 98 por 100 del total de habitantes yacen sumergidos en absoluta ig-

norancia literaria. Este mal es irremediable mientras la, población no alcance otra cifra más proporcionada a la extensión del territorio, y multiplicadas las escuelas se hallen cerca de las familias campesinas, cuyos individuos, "^esde el jefe hasta el más pequeño, tienen señalada ocupación en las estancias. Prodúcese anualmente en el cantón por valor de 194 000 pesos, estimando los artículos al precio corriente en el lugar. La agricultura suministra diez y s.eis ramos de producción, entre ellos 40.000 pesos en tabaco, 75.000 en maiz y 6.300 en azúcar y panela, contándose 22 trapiches con animales. Las manufacturas consisten en tejidos de algodón y lana suficiente para el consumo doméstico, alpargatas y obrajes de fique y sombreros de nacuma, cuya venta deja en manos de las mujeres 31.200 pesos anuales. Si pues rebajamos del total de habitantes 2.300 individuos inútiles por estar en los dos extremos de la vida, la masa de producción repartida entre los 7.000 restantes, da por cada persona 221 reales, cuota de su trabajo productivo, libre de los gastos de existencia, presentando el lisonjero espectáculo de un pueblo laboriosísimo, moral, en el que no se conocen los crímenes ni la miseria. Porque ha de tenerse en cuenta que en Zapatoca no está monopolizada la tierra en* pocas manos, sino distribuida entre todos, y todos concurren a la producción de la riqueza casi con igualdad de medios y de resultados. ¡Feliz el país del que pueda decirse otro tanto! Un lunar, uno solo, aurujue pequeño, mancha este bello cuadro: Zapatoca tiene 30 esclavos.

No menos risueño es el porvenir de esta importante villa. La casualidad la situó en el único punto desde donde puede abrirse un buen camino para bajar al Sogamoso y de ahi al Magdalena, evitando los escarpados estribos de la cordillera, que en cualquiera otra parte cortaría la línea del camino con