Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 18 de 51
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eminencias y precipicios sucesivos, como acontece en las actuales sendas de Simacota y Chucuri. Con efecto, poco mas acá de Betulia se encuentra la cuchilla de Ramos, como un puente echado por la naturaleza para unir ia esplanada de Zapatoca con la distante serranía de la Paz. Por la falda occidental de esta cuchilla es fácil llegar con el 8 por 100 de descenso hasta cerca de la desembocadura del rio Chucuri al Sogamoso, dirigirse después hacia una depresión que felizmente abate los cerros de la Paz y permite atravesarlos bajando siempre el camino con el 7 por 100, y finalmente, continuar flanqueando por el oriente dichos cerros hasta llegar, con la inclinación de 5 por 100, a las 9guas del Sogamoso, profundas y mansas en aquel punto. Trazado este camino con las curvas multiplicadas que le impondrían los cerros, mediría 13 leguas granadinas; distancia que andarían las recuas en dos días por uji plano suavemente inclinado, sin pasar atascaderos ni pantanos insalubres. El descubrimiento de esta ruta se debe al señor Codazzi, quien trazará y nivelará en breve la línea del nuevo camino en cuya ejecución está vivamente interesada la provincia. Asegurada de esta manera una salida cómoda y barata, el Socorro aumentará la producción de tántos y tan variados artículos exportables con que cuenta, sus moradores hallarán multiplicados modos de emplear con provecho el activo espíritu de empresa que hoy les impele a emigrar, por hallarse estrechos dentro de los reducidos límites del tráfico interior, y aquella provincia, singular por la índole y valor de sus habitantes, subirá con rapidez a un grado de prosperidad que ellos mismos no pueden calcular hoy. Tundama y Tunja, enclavadas en mitad de nuestros Andes, fértiles, pobladas de pacientes agricultores, y en la necesidad de comerciar o sucumbir, pueden enlazarse al Socorro con buenos caminos y aprovechar-
se del de Zapatoca para toda especie de importación y exportación. Por tanto, Zapatoca será puerto de depósito, lugar de escala de un vasto comercio, y mercado sin rival, donde se abastecerán las tres provincias más pobladas del norte; sus vecinos en masa deberían concurrir a la apertura del camino cuyas llaves tendrán en sus manos por la posición que ocupan.
Vélez, Socorro, Soto, Tundama y Tunja desean y necesitan hacer por sí mismas su comercio exterior; pueden hacerlo aprovechando los accidentes de terreno para establecer excelentes caminos que las relacionen con el Magdalena. Así pues, no está distante el día en que Bogotá cese de mandar al norte géneros extranjeros, y de recibir de allí dinero y cargamentos: el antiguo comercio del sur se le ha escapado, en términos que hoy bastaría un solo negociante para esas contrataciones. ¿Qué le resta a Bogotá? Sus propios recursos, grandes sin duda, pero que nadie los hace valer. Si esta provincia no toma empeño decidido en la construcción de un camino carretero hacia al Magdalena y otro inmejorable de herradura hacia el Meta, caerá de su estado, sin que estériles declamaciones ni esfuerzos tardíos puedan atajar la ruina. Hubo un tiempo en que nuestras ciudades vivían apoyadas en el monopolio del comercio, al amparo de los conventos y nutridas con los sueldos que percibían los empleados coloniales. Vivían, mas no progresaban, como lo prueba Santafé, capital del virreinato, que a los doscientos sesenta y cinco años de fundada no tenía más de 17.825 habitantes de todas clases. Establecida la República, cesaron las condiciones de aquella existencia artificial de algunas localidades a expensas y con perjuicio de las demás, y el país se sintió conmovido por la libertad de industria y de comercio que debía transformarlo y hacerlo marchar conforme a las miras de
la Providencia. Insensible, pero positivamente, adelanta en su nuevo modo de ser: la industria y el comercio se emancipan de los antiguos centros de monopolio: las provincias miran por sí mismas: las ciudades mal situadas se extenúan y perecerán. Desgraciada la ciudad o provincia que permanezca soñolienta y perezosa, cuando todo en derredor se agita, rotas las viejas ligaduras, y que teniendo medios para salir a salvo de esta crisis no los ponga en uso desde luego!
De Zapatoca retrocedimos al sur, dirigiéndonos segunda vez al Socorro por la margen izquierda del Sarabita. A las cinco leguas de camino se encuentra La Robada, pueblo de 1.300 vecinos, situado al pie de un peñón que se alza setecientos metros, tajado como el muro de una fortaleza, e interrumpe con su desn^^^ los recuestos de la serranía de que es parte. l5ei alta cumbre coronada de arbolillos se desprenden dos chorros de agua, cayendo sin tropezar por espacio de doscientos metros, al cabo de los cuales se rompen contra las rocas salientes, saltan convertidos en penachos de espuma, y forman abajo un torrente tributario del próximo río. Siete manantiales más salen del peñón, perforándolo a diversas alturas, y van a engrosar el torrente, y en ocasiones a obstruirlo con derrubios que lo transforman en una masa moviente de lodo y piedras. De esta manera, minada la serranía por abundantes filtraciones, ha perdido su revestimiento, y sus despojos, ora hundidos, ora acarreados, han formado el plano inferior, irregular e inclinado en que, rodeado de verdes arbustos y alegres sementeras, se halla el pueblo, contrastando su quietud con el ruido de las cascadas y el rumor del ramaje sacudido por las perennes brisas qne se arremolinan en la cuenca murada del peñón. Enfrente queda la cortadura desmedida por cuyo fondo va el Sarabita; después los pelados estratos
de la quebrantada meseta que finaliza en las crestas lejanas de la otra serranía; y en el promedio descansa la vista sobre tos campos labrados de Guane y La Cabrera, recostados contra un alto barranco, luciendo en el extremo izquierdo de su encumbrada cornisa las torres y paredes blancas de Barichara.
Dos y media leguas al sur del mencionado pueblo está el del Palmar, con quinientos vecinos, todos agricultores, buena escuela, concurrida por cuarenta y ocho niños, y caserío pobre pero espacioso. Bájase una legua para llegar al río, que se pasa por cabuya, y en seguida empieza la cuesta de legua y media en cuyo término se halla de repente el viajero con las primeras casas de la ciudad capital, amuebladas de telares compuestos de maderos toscos y cañas amarradas, y habitadas por ujfatigables tejedores de ambos sexos, que a fuerza'Tl««ii|^ustria y perseverancia fabrican telas y ruanas de recia y vistosa contextura.
Entre las noticias y particularidades relativas al Socorro, que con patriótica solicitud me comunicó el señor Francisco Vega, se hallaba ma sentencia pronunciada en 1782' por la Real Audiencia de Santafé, condenando a José Antonio Galán, Pedro Molina, Lorenzo Alcantús y Manuel Ortiz a diversas penas atroces, por traidores al Rey, malhechores famosos y reos de crímenes tan exagerados, que claramente se columbran cosas políticas debajo de aquel fárrago de acusaciones forenses. La tradición popular no da explicaciones satisfactorias de este suceso; recuérdase que el alzamiento, capitaneado en parte por Galán, era encaminado a obtener px>r fuerza de armas la supresión de un impuesto recientemente echado, con el nombre de Armada de Bar-
lovenío, y que en la plaza del Socorro se juntaron más de diez mil hombres amotinados; pero de ahí en adelante se pierde el rastro de los acontecimientos hasta encontrar con el sangriento desenlace que les da la sentencia ya mencionada. Parecióme que habría en esto un precioso antecedente histórico, pues bien pudiera suceder que la sublevación de Galán demostrara una disposición de ánimos favorable a la independencia, en cuyo caso no se diría que la revolución de 1810 fue hija de los sucesos de España en esta época, y en cierta manera improvisada. Con este pensamiento no cesé de hacer diligencias, hasta que mi buena suerte me deparó un manuscrito fechado en 1781, que precisamente trata de los alborotos del Socorro, pintando, sin quererlo, el estado de la tierra, con tal ingenuidad, que no he podido resistir la tentación de transcribir lo sustancial del relato. Espero que se me perdonará este episodio, en gracia del interés que bajo muchos respectos ofrece.
«A principios de abril del presente año de 1781, amanecieron fijados en distintos parajes de esta capital varios pasquines, los más en verso, en que reprobaban y se oponían a las providencias dadas por el señor regente visitador general, y como dictadas por don Francisco Antonio Moreno, fiscal de la Audiencia de Santafé, y provisto a la de Lima; sobre los cuales, y aunque para indagar su autor se hizo la más exacta indagación, practicándose las más vivas diligencias, no surtieron el efecto que se apetecía.
«En el entretanto fueron llegando avisos de varios pueblos, especialmente de las villas de San Gil y Socorro, ciudad de Tunja y Sogamoso, pueblos y parroquias de sus demarcaciones, comunicados por los cabildos, justicias y regimientos, administradores y recaudadores de rentas reales, en que daban parte de la novedad ocurrida sucesivamente, de que unos pocos hombres que se creían ser de las citadas v¡-
lias y sus parroquias, se iban apoderando de los tabacos y aguardientes que eran de su majestad, quemando los primeros y derramando los segundos ; lanzando los administradores y guardas, removiéndolos de su custodia y manejo; y publicando bandos contra el mal gobierno, providencias y reglamentos de visita, sin que en estos movimientos hubiesen inferido el más leve daño a persona alguna, respecto a no haber encontrado oposición.
«Estos desórdenes se fueron progresivamente extendiendo; de suerte que los más días se recibían chasquis con noticias de los quebrantos que sufría la real hacienda en sus ramos; lo que obligó al señor regente visitador a dar parte al real acuerdo para acordar con los señores ministros las diligencias que debería practicar para sostener su comisión.
«Nombró el señor regente visitador al señor oidor don José Osorio, a quien se auxilió con 50 soldados de la compañía de alabarderos, de los 75 de que se componía, dejando para custodia de la capital los 25 restantes, y a que después se agregó la compañía de Corazas, que recibió con este motivo, compuesta de unos 40 vecinos, como también la de Milicias, en que se incluyen de todas clases y estados, creando nuevos empleos para la dirección y manejo, incluyendo en su formación mercaderes, relatores, abogados y empleados en los demás tribunales, y para soldados toda clase de artesanos, ya fuesen españoles o naturales, aunque el número completo de todas las compañías, con las de los voluntarios, no excedía de 200 y entre todos se hallaban muy pocas armas de que poder usar en el caso de defensa.
«Salió el señor oidor Osorio de la capital de Santafé para las villas de San Gil y Socorro el día 16 de abril, llevando los 50 soldados que iban al mando del capitán que fue de la guardia del virrey, don Joaquín de la Barrera, y por ayudante a don Eran-
cisco Ponce, teniente y ayudante que había sido de compañia, y que estaba separado, al cual se convidó para ir a dicha expedición, y el señor regente visitador admitió gustoso, porque confiaba de su valor el buen éxito de la empresa; para auxiliar esta expedición iba también don Antonio Arjona, administrador de tabacos de la capital, con 22“guardas, empleados los más en los pueblos de afuera, de donde los removieron los mismos rebelados, y a que se agregaron unos cuatro voluntarios, que por todos componian unos 80 hombres; se les anticiparon sus pagas y se les entregaron hasta unos 20.000 cartuchos con bala, según se decia;, llevando a prevención algunos quintales de pólvora y balas y un fuerte acopio de bastimentos y equipaje, con sus tiendas de campaña y 80.000 pesos en plata para lo que pudiera ocurrir, con más, 100 fusiles para los que quisieran alistarse.
«La expedición llegó el 22, y el 26 de abril al Puente Real de Vélez, distancia cuatro jornadas de Santafé, donde se mantuvo por las continuas lluvias, y habiendo ocupado los soldados con el señor oidor y sus criados y algunos de los voluntarios, una casa grande de tapia y teja que está a la caída del pueblo, contigua a la iglesia, inmediata a ésta por un costado, ocupó otra el administrador Arjona con sus guardas para custodiar los caudales y pólvora, y obrar de común acuerdo.
«En este estado, y para emplear los 100 fusiles que iban a prevención, mandó el señor oidor que saliera el ayudante Ponce con unos ocho soldados para Vélez con el fin de alistar gente; comisionando otros varios que se dirigieron a Tunja y otros pueblos, con el mismo objeto. El ayudante Ponce volvió aceleradamente con muy poca gente, toda de desecho, y los otros encontraron iguales dificultades, de modo que se vinieron a quedar los mismos que salieron de San-
tafé, pues ni aun del Puente Real se le quisieron unir.
«Con este motivo, y desconfianza ya de todos los pueblos, resolvieron no pasar de alli por tener noticia que los sublevados venían a buscarlos; y así acordaron atrincherarse, como lo hicieton, poniendo parapetos y estacadas, y colocando la tropa en sus respectivos lugares.
«En esta situación se mantenían el día 6 de mayo por la mañana, en que se comenzaron a descubrir algunos pelotones de gente por los cerros, de los cuales se desprendían en cuadrillas para el pueblo con el fin de insultarles y ver si por este medio se les obligaba a salir del paraje donde estaban atrincherados, que era la dicha casa de teja que tenía comunicación con la iglesia, la que miraban con respeto, y por lo tanto no querían que en ella hubiese efusión de sangre.
«A! siguiente día, 7 de mayo, en aquella tarde se acercó uno, en calidad de embajador de los sublevados, los cuales, según se dijo, no pasaban de 200 hombres, sin otras armas que las de tres o cuatro escopetas, algunas lanzas, palos y hondas, el cual manifestó al señor oidor que el objeto de los pueblos y la venida de aquellas gentes se dirigía a que se les aliviase de los pechos y contribuciones impuestos por el señor regente visitador, respecto a no poder soportarlos, según la miseria del común, que eran los más recargados y que si su señoría se hallaba con facultades, pasase al campo con él y oiría sus gentes sin riesgo de mayor insulto.
«El señor oidor pasó aquella tarde asociado del citado embajador, del cura y otro eclesiástico; y habiendo oído los clamores de aquellas gentes, que decían más bien querer morir que ver perecer de hambre a sus mujeres e hijos, les significó que para acceder a sus ruegos y acomodar las providencias era for-
zoso acordarlo con el señor regente visitador, porque para ello se hallaba sin las precisas facultades.
«Con este razonamiento se despidió al señor oidor y se volvió al pueblo confiado en el esfuerzo de su tropa auxiliativa, que se mantenía atrincherada y llena de sobresaltos por los insultos que sufrían de los sublevados.
«Amaneció el día 8, y como a las siete de la mañana les despacharon los sublevados otro embajador, como de unos setenta y cuatro o setenta y ocho años, andrajoso y de pobre traje, para que le dijera al señor oidor y al comandante Barrera que si no entregaban las armas, en breve reducirían la casa a cenizas; y por tener su mediación a la iglesia, previnieron al cura consumiese las especies sacramentales, removiera las alhajas y reliquias, y de no, de cualquier falta de veneración se hiciese responsable.
«Este embajador repitió por dos o tres veces su embajada, y en la última, sin que se hubiese hecho la menor demostración de defensa, se le rindieron las armas con tánta precipitación y terror, que por el balcón de la casa se le arrojaban atropelladamente los fusiles cargados; y a este mismo tiempo el administrador Arjona con sus guardias y los voluntarios abandonaron el puesto, olvidándose de los trabucos y pistolas, y poniéndose en fuga se fueron acogiendo en las casas de los vecinos, especialmente de eclesiásticos, que conociendo su timidez y de caridad quisieron alojarlos; el capitán Barrera se mantuvo en el cuarto del señor oidor, viendo entregar ignominiosamente las armas, y con este motivo pusieron guardia de los mismos sublevados al citado señor oidor, a fin de que no se le insultase. El ayudante Ponce saltó las tapias de la iglesia, donde se introdujo hasta la habitación del cura, llorando como un niño, quien le tapó (según se dijo) con unas mantas o frazadas, y así se mantuvo toda la noche hasta el siguiente día
que se ocultó en el camarín de la Virgen por más seguridad.
«En este estado, como los sublevados se hubiesen apoderado de todas las armas, pólvora, dinero y equipaje, al abrir uno de los cajones, pareciéndoles era pólvora, reconocieron ser plata de los 80.000 pesos que conducían para gastos extraordinarios, y aunque algunos de la plebe baja solicitaron tomar algo, y de hecho lo tomaron, lo volvieron diciendo que ellos no habían venido a robar ni a ofender a nadie; sí sólo a destruir los estancos, por considerar ser providencias gravosas y establecidas por el regente visitador.
«Finalmente, apoderados los sublevados de las armas, que se componían de los 50 fusiles de los soldados, 22 trabucos de los guardas y los 100 fusiles que llevaban de más para habilitar otros en auxilio de la expedición, recogiendo también los 20.000 cartuchos con bala, las dos cargas de pólvora, balas sueltas, pistolas, sables, espadines, dinero y equipaje, y entregando únicamente el dinero al señor oidor Osorio para que lo custodiase dejándole guardia de ellos, fueron dando licencia a los soldados para que regresasen a la capital de Santafé o a donde quisieran; y mientras estas disposiciones, el ayudante Ponce, que estaba oculto, pudo escapar con el silencio de la noche auxiliado de un vecino, y se regresó a Santafé en el traje de fraile franciscano a dar las primeras noticias de lo actuado.
«Entró en esta ciudad el 12 de mayo a las dos de la tarde, atravesando las calles en el mismo traje hasta llegar a su casa, donde fue desconocido aun de su propia mujer, quien inmediatamente le pasó noticia al señor regente visitador que le envió a llamar, y habiéndose mudado de traje le informó a boca todo lo hasta aquí relacionado y mucho más que se omite, dándole a entender que los sublevados por él y por su director don Francisco Moreno, y que el
número de tropas que se les iba aumentando por instantes se hallaría ya cerca de esta capital con el objeto de saquearla y de pasar a otras ideas y a mayores insultos.