Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 19 de 51
Unidad de lectura 19
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«Con esta novedad no esperada, lleno de pavor el señor regente visitador, convocó a junta de ministros y tribunales, y habiéndose presentado en ella el mismo don Francisco Ponce, informó a boca segunda vez de lo acaecido. Con cuya noticia y teniendo el mismo señor regente anticipada desde aquella tarde su salida, la verificó en aquella noche después de concluida la junta; abandonando su comisión, considerando ya destruidas por todas partes las rentas y botados los caudales del rey, y acordando en ella antes de su partida y con el común acuerdo de todos los vocales, el que con respecto a que en la capital sólo había 25 hombres, resto de los 50 que se perdieron en la expedición, y que los sublevados se hallaban tan inmediatos, les saliera al encuentro uno de los señores ministros con el alcalde ordinario más antiguo; y que respecto a que el ilustrísimo señor arzobispo se ofrecía, acordase el modo de impedir la entrada, por cuantos medios dictase la prudencia, a fin de embarazar los insultos y contener una numerosa plebe tumultuaria.
«Con esta resolución, que quedó acordada en la citada noche del día 12 de mayo, como a las doce de ella, a poco rato salió el señor regente visitador precipitadamente, con sólo dos criados, para la villa de Honda, garganta del río de la Magdalena, y pasaje proporcionado, en el que pudiese libertar la vida entregado a sus rápidas corrientes, a la menor novedad, y como después lo hizo, cuando se vio obligado.
«En la citada junta fue acordado que saliera el señor oidor don Joaquín Vasco y Vargas y el alcalde ordinario más antiguo, doctor don Eustaquio Gala-
viz, los que ^alieron de la capital de Santafé en la siguiente mañana del día 13, en compañía del ilustrísimo señor arzobispo don Antonio Caballero y Góngora, quienes llegaron en aquella noche a la parroquia de Zipaquirá, distante una jornada corta de la capital de Santafé, adonde los sublevados venían a reunir sus fuerzas para entrar en dicha capital; los cuales, como se tuviese noticia de hallarse más distantes de lo que se creía, y que venían divididos en trozos por distintos parajes, al siguiente día, 14 de mayo, resolvieron los dichos señores comisionados despachar varios chasquis con cartas misibles a los principales jefes o capitanes de los comunes, dándoles a entender su comisión, y que los oirían gratos luégo que les avisaran el paraje de la reunión.
«Mas como la principal fermentación estaba dentro de la capital, donde se cree que formaron los pasquines, y se comunicaban frecuentemente los avisos al cuerpo de los sublevados, sin que esto pudiera impedirse por las pocas fuerzas, para calmar en parte y aquietar los ánimos de los moradores de Santafé, en una junta de los tribunales, que se celebró en ella el dia 15 de mayo, después de la salida de los señores comisionados, y aun sin noticia de éstos, fue acordado por prudente medio, según se consideró, la rebaja de los ramos y efectos de la real hacienda, extinción de la Armada de Barlovento, guías y tornaguías establecidas por el señor regente visitador, que se publicó por bando inmediatamente en la capital de Santafé, expidiendo orden para que los señores comisionados lo hicieran también publicaren la parroquia de Zipaquirá y su jurisdicción, como lo hicieron practicar en cumplimiento de ella.
«Desde el día 16 hasta el 25 de mayo se mantuvieron los señores comisionados en Zipaquirá, dando otras disposiciones, aunque sin noticia del paradero de las tropas de los sublevados, hasta que el
25 se recibió carta de don Juan Francisco Berbeo, comandante en jefe de los comunes, en que daba noticia de la reunión de sus tropas en los campos de Nemocón, por donde salieron dichos señores comisionados al siguiente dia 26; y habiendo llegado como a las once del día, y hospedados en la casa del administrador de salinas, que tiene varias ventanas con vista a la plaza, contigua a la iglesia, se dejaron venir a ella como unos quinientos hombres armados, mandados por sus capitanes; y estando formados, el que hacía de jefe, habiéndose desmontado del caballo y hecho genuflexión a la iglesia, en voz alta y perceptible dijo: ¡Viva nuestra santa fe católica, viva nuestro católico monarca el señor don Carlos tercero, viva el ilustrísimo señor arzobispo, vivan todos los señores jueces y ministros de su majestad, y muera el mal gobierno! Y concluido, se fueron desfilando para el campo. En aquella tarde se le fueron reuniendo varias tropas de afuera, y en la misma entró don Juan Francisco Berbeo con un grueso trozo de las suyas; y habiendo trasladado su campamento al Mortiño, paraje más inmediato a Zipaquirá, los señores comisionados se regresaron a dicho pueblo, para embarazar que se fuera acercando, y observarle su movimiento.
«Desde el 26 hasta el 31 de mayo sostuvieron los señores comisionados, en consorcio del ilustrísimo señor arzobispo, el numeroso ejército de los sublevados, que se componía de más de 15.000 hombres armados, metidos en unos pantanos, por las continuas lluvias, y mala situación del paraje, sin dar lugar a que se adelantasen; conteniéndolos con sólo su prudencia y las repetidas sesiones que se tuvieron al efecto, y finalmente, en el citado día 31 pidieron los sublevados, el que para acomodar sus capitulaciones viniera a Zipaquirá el cabildo secular de Santafé con cuatro sujetos distinguidos, a quienes
nombraron e hicieron capitanes, por considerarse eiios (según se decia) que Íes convenía inciuír a ia capitai en ia subievación.
«Uitimamente liego el día 5 de junio, en el que remitió don Juan Berbeo, comandante en jefe que se decía ser de los comunes, sus capitulaciones extensivas a 35 capítulos, hablando todos con el real acuerdo». Tenían resabios de política y manifestaban la disposición de los ánimos, pues en ellas, que originales con la firma de Berbeo me comunicó el señor doctor E. Vergara, se lee:
“El capitán general comandante de las ciudades, villas, parroquias y pueblos que por comunidades componen la mayor parte de este reino, y en nombre de los demás restantes, por los cuales presto voz y caución, mediante la inteligencia en que me hallo de su concurrencia. . . .
“17.*— Que el común del Socorro pide que en aquellas villas haya un corregidor justicia mayor, al cual se le ponga el sueldo de $ 1.000 en cada año, y que en éste no haya de haber jurisdicción la capital de Tunja; con tal que quienes ejerzan este empleo deban ser criollos nacidos en este reino” ....
“22.“— Que en los empleos de primera, segunda y tercera plana hayan de ser antepuestos y privilegiados los nacionales de esta América a los europeos, por cuanto diariamente manifiestan la antipatía que contra la gente de acá conservan, sin que basten conciliarles correspondida voluntad; pues están creyendo ignoradamente que ellos son los amos, y los americanos todos sin distinción sus inferiores y criados. Y para que no se perpetúe este ciego discurso, sólo en caso de necesidad según su habilidad, buena fe, inclinación y adherencia a los americanos podrán ser igualmente ocupados, como todos los que estamos sujetos a un mismo rey y señor debemos vivir hermanablemente; y el que intentare señorear-
17Í
se y adelantarse a más de lo que corresponda a la igualdad, por el mismo hecho sea separado de nuestra sociabilidad,”
«Los señores comisionados recibieron las capitulaciones alas 10 de la noche; y no obstante que sobre ellas tenían hechas varias reflexiones en las muchas juntas y sesiones que mantuvieron con los capitanes, que les proponían de palabra y aun en un mal formado borrador que pocos días antes pasaron; conociendo que la idea de los sublevados era el que se remitieran a Santafé para que las aprobara el real acuerdo, con quien hablaban, y por no tener en aquella hora con quién contestar, resolvieron el dirigirlas con un chasqui, que practicó activamente la diligencia, el cual las conduj’o en el 6 y al siguiente día 7 las volvió a regresar con oficio, para que se aceptaran por los señores comisionados, haciendo antes sobre cada una las reflexiones. Los señores comisionados convocaron en la mañana del mismo 7 a todos los capitanes, que pasaban de 200, y a don Juan Berbeo, comandante en jefe, para tratar del asunto.
«Se vinieron los más y se juntaron en la habitación del ilustrísimo señor arzobispo y con la novedad se juntó la mayor parte del acampamento, y se vio en pocos minutos ocupada de gente armada la plaza de dicha Zipaquirá. El ilustrísimo señor arzobispo tenía su habitación en la casa del cura, que está en uno de los ángulos de la plaza, en salas bajas, y con ventanas a ella. Comenzóse la sesión como a las 11 del día porque no pudo ser antes; y habiendo los señores comisionados dado principio a las reflexiones que anteriormente tenían hechas, capitulación por capitulación, al llegar a las catorce viéndose los comunes convencidos, se suscitó entre ellos tal confusión y alboroto, que comunicada a los de fuéra, comenzaron todos a decir: “¡traición, traición.
a Santafé, a Santafé!” Con esta novedad se sorprendió el ilustrísimo señor arzobispo, y más viendo que ni aun los capitanes, ni el jefe eran bastantes a contener sus gentes, y pidió a los señores comisionados omitiesen ya más reflexiones y que respecto a que los comunes insistían en que las aprobase el real acuerdo, se remitiesen a él, para no aventurarlo todo, y que si se cedía era a la fuerza. Los señores comisionados vistieron la diligencia, y las aceptaron a nombre de dicho real acuerdo, como se les prevenía en el oficio que se les pásó de Santafé, adonde las devolvieron inmediatamente para su aprobación.
«Al siguiente día 8 las devolvió el real acuerdo y junta superior aprobadas; y habiéndose recibido eh Zipaquirá como a las ocho del día, celebró misa su ilustrísima, patente el Santísimo Sacramento, y concluida con las solemnidades acostumbradas, y Como se pedía en las mismas capitulaciones, ratificaron los señores comisionados el juramento. Concluido este solemne acto, se cantó el Tedéum, hubo repique de campanas, y los sublevados tendieron bandera blanca con las armas -reales, que fijaron en una de las ventanas de la habitación de su ilustrísima, con muchos vítores al rey.
«El ilustrísimo señor arzobispo y señores comisionados de la capital se mantuvieron el siguiente día
9 en Zipaquirá, haciendo retirar las gentes a sus respectivos pueblos, suministrándoles dinero para que
10 verificasen, como lo consiguieron; siendo bien de extrañar que, en sólo aquel día, se disipó todo el numeroso concurso de gente armada, a excepción de unos pocos que quedaron con don Juan Berbeo.
«El día siguiente se regresaron el ilustrísimo señor arzobispo y señores comisionados a la capital, la que les salió al encuentro de todas clases, en señal de reconocimiento, y aplaudiéndolos como verdaderos
libertadores de la patria y el reino. En estas demostraciones se señalaron las comunidades religiosas, especialmente los cuatro conventos de monjas, que con su virtud supieron más bien guardar el peligro en que se vieron inmediatas. El ilustrísimo señor arzobispo, a los ocho dias de haber llegado, volvió a emprender su marcha para el Socorro, distante doce jornadas de Santafé, en prosecución de su pastoral visita, donde se halla tranquilizando los ánimos de aquellas gentes, y de todos los pueblos del tránsito.
«Hasta aqui el derrotero que se hizo en la pacificación de los pueblos, más porque se pueda hacer concepto del origen de estos movimientos, del gran trastorno que amenazaba al reino y de las simuladas ideas con que se encaminaban algunas gentes, promoviendo pueblos enteros y alegando causa común para sacudir el peso de las citadas contribuciones, y la poca seguridad que con este pretexto se podía tener, aun de aquellos de quienes se esperaba; se expresarán sucintamente varios pasajes que acaecieron en el intermedio.
«El 12 de mayo, como a la media noche, como se ha dicho, salió el señor regente visitador precipitamente de la capital, y llegó a la villa de Honda, garganta del río de la Magdalena. El 16 del mismo encontró en ella unos 200 fusiles y 2 cañones de batir, que con anticipación había remitido el señor virrey; habilitó con ellos y con otras armas, hasta el número de unos 400 hombres, para su custodia, y dispuso él que los cañones se enviasen a la capital, adonde se persuadió podrían ser más útiles. Con esta noticia se destacaron de la capital 25 hombres de a caballo, armados de mediaslunas, puestas en un palo, al mando de un vecino honrado y algunos otros, en quienes se tenía alguna confianza. Los sublevados, que venían marchando para Nemocón, tuvieron esta misma noticia y adelantaron unos 16 hombres arma-
dos de lanzas y algunas pistolas, para el mismo paraje, aunque todos a pie: encontráronse los unos y los otros en la medianía del camino y a dos jornadas de la capital, y sin haberse causado el mayor daño de una a otra parte, desarmaroajps 16 hombres del Socorro a los 25 de Santafé, despojándolos de cuatro pares de pistolas, dos espadines, un sable, siete espadas de estoque, y de veintidós mediaslunas o desgarraderas, las que pusieron en depósito en el pueblo inmediato, manteniendo prisioneros a los principales; y al siguiente día dejaron a todos en libertad y sin ofenderles, dándoles pasaportes para Santafé, de donde se destinaron otros 50 hombres que fueron rechazados por los mismos, sin la menor desgracia. Estas dos funciones vergonzosas llegaron inmediatamente a oídos del señor regente visitador, que se hallaba a dos jornadas cortas del paraje donde acae- . cieron estos dos sucesos, con especialidad el primero, por su mayor cercanía a la villa de Honda, y lleno de valor escribió quejándose del poco espíritu de la capital, y que en cierto modo celebraría que los del Socorro se acercaran a la villa de Honda, sin acordarse de que pocos días antes salió huyendo precipitadamente a la capital.
«Los 16 hombres del Socorro se fueron lentamente acercando, y al paso sublevaron los tres pueblos inmediatos de Guaduas, Piedras y Villeta, y avisaron a Honda el día de la entrada: con este motivo y conociendo el señor regente que los 400 hombres que tenía armados para su defensa serían del partido de los sublevados, a excepción de unos pocos europeos vecinos del pueblo, les mandó recoger cautelosamente las armas, y con la mayor precipitación se echó río abajo en una barqueta de a doce, gobernada por tres o cuatro bogas, con sólo dos criados, navegando día y noche sin hacer mansión, de suerte que en menos de cinco días se puso en Cartagena. Siendo
lo más extraño que habiendo encontrado al paso parte del destacamento de 500 hombres que mandaba el señor virrey desde aquella plaza, compuesto en la mayor parte del regimiento fijo, no se consPderó seguro en el paraje donde le encontró; y así siguió rápidamente que aun los caimanes y peces del río se habían vuelto socorreños, con lo que acreditó su valor que sólo tuvo en apariencias mientras tuvo el mando a la sombra de tánta adulación que ha sido la causa de toda su desgracia.
«Los pocos vecinos honrados de la villa de Honda, compuesta en la mayor parte de europeos, que por todos no llegarán a 30 o 40, según las noticias que dieron a la capital, luégo que vieron la precipitada salida del señor regente, que la ejecutó el 11 de junio, procuraron poner en defensa su persona y bienes, temiéndose algún insulto de los sublevados que se hallaban cerca: éstos antes de entrar en ella resolvieron conmover la plebe y hacerla a su partido, como lo consiguieron, nombrando de ellos dos capitanes para su dirección. A los dos o tres días los sublevados encaminaron sus ideas a la ciudad de Mariquita, inmediata a Honda, por ser pueblo de minas y algunos caudales que intentaron' robar. Mientras tanto la plebe de Honda, impaciente de la retardación, acometieron la nocne del 15 a la casa del alcalde ordinario y de otros vecinos para que se les franquease las llaves de la aministración de aguardiente y tabaco para repartir entre ellos y disponer de los citados efectos a su arbitrio. Esto lo ejecutaron la noche del citado día como a las ocho de ella, en que los pocos europeos y algunos otros vecinos honrados, los recibieron con algunas descargas; de modo que con la confusión y oscuridad de la noche e inmediación al río, no pudo saberse a punto fijo el número de muertos, pues sólo se encontraron tres por la mañana y ocho heridos, retirán-
dose los demás prófugos a los montes; y sobre que recae la reflexión de que si en el Puente Real se hubiera hecho la más leve demostración de defensa, a las priméTas descargas de los 80 hombres con 20.000 cartuchos con bala, no hubiera quedado ni aun el más leve indicio de los sublevados, y como escarmentados en su temeridad, hubieran desistido de hacer la guerra con las mismas armas, pólvora y dinero de que se apoderaron.
«Mientras tanto acaecieron estas desgracias en la villa de Honda, de los 16 hombres del Socorro que se hallaban en Guaduas, pasaron unos 8 o 10 de ellos a la ciudad de Mariquita, gobernados por un cabo llamado Galán: éstos se dirigieron inmediatamente a la casa y mina de un vecino rico de la villa de Honda, que por hallarse con los demás conteniendo la plebe no pudo pasar a defender su hacienda ni caudales, de que le despojaron, llevándose el dinero y alhajas que tenía de mucho valor, como también los papeles de su correspondencia, que después le devolvieron los mismos sublevados, aunque no el todo de tos efectos que le habían robado.
«Encamináronse estos pocos a Ambalema y dispusieron igualmente de los tabacos del rey, continuando en dar otras disposiciones y arbitrando a su modo de los bienes de particulares, hasta que poco a poco se fueron disipando y separándose de la plebe que se les agregó, cargados de riquezas, de alhajas y dinero que tenían robado y siguiendo su camino para el Socorro, según las noticias que fueron llegando.
«Como la fermentación se había hecho general, y los pueblos se veían propensos, en Neiva mataron al gobernador, porque quiso impedirla; lo mismo ejecutaron en la provincia de Pasto con el teniente de Popayán, auditor de guerra que fue de la plaza de Cartagena, don José Ignacio Peredo, por haberse
opuesto uno y otro a la resolución de los sublevados, intentando sostener las provincias del regente visitador.
«En la parroquia que llaman el Pie de la Cuesta, encontraron los del Socorro alguna resistencia por los de Girón, que está contigua a ella, donde mataron dos de los tumultuados, y con cuya noticia despacharon del Socorro-y sus parroquias unos 500 hombres, que cuando llegaron a la ciudad de San Juan de Girón a vindicar el agravio que suponían les habían inferido, no tuvieron con quién contestar por hallarla desierta.