Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 22 de 51

Unidad de lectura 22

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

linaje de frutos, ora solitarios y agrestes, pero siempre verdes, llenos de frescura y amenidad. Pasados ios ríos Tubuga, Cuchicuira y Mogotico, en el punto en que se juntan para formar el Monas, se entra de repente en una llanura perfectamente plana, que en la dirección noreste-sureste se prolonga casi tres leguas, midiendo en lo más anclio una legua. Ciñenla, como el óvalo de un medallón, dos ramales desprendidos de la serranía principal, compuestos de cerros lavados y desgastados.hacia el llano, mostrando en lo alto las crestas desiguales y aristas afiladas del núcleo descubierto, -no ya formado de estratos más o menos concordantes, como el grueso de la serranía, sino de masas esquistosas en que abundan escamas brillantes de talco; al paso que en lo bajo constan de una aglomeración confusa de margas abigarradas que ruedan hasta las márgenes del río Mogotico, canal labrado por las aguas primitivas aposentadas allí como en una gran taza, de la cual se deslizaron cayendo sobre el mismo río Monas y dejando en seco la bella planicie en cuyo centro se halla el pueblo de Mogotes. Consta éste de un caserío extenso, interrumpido a trechos por ruinas recientes de habitaciones, donde antes moraban familias acomodadas, industriosas y pacíficas, que en número de 700 individuos hubieron de abandonar sus hogares y emigrar perseguidas y arruinadas por los malvados tinterillos, que cual buitres cayeron sobre el pueblo, sembraron la discordia y el aborrecimiento, y mataron en flor la prosperidad de un lugar, que sin ellos y sin los malos curas, sus cómplices en la obra de la destrucción, sería la joya más preciada del cantón San Gil. El cura recientemente nombrado, muy superior a sus antecesores por sus virtudes evangélicas, ha hecho esfuerzos laudables con el fin de sosegar los ánimos y restablecer la concordia entre sus feligreses; pero desgraciadamente serán infructuosas

sus prédicas, porque tropieza con las pasiones envenenadas de los vecinos y el influjo y malevolencia de los tinterillos, contra los cuales, y en el estado a que han llegado las cosas, no habrá otro remedio que una buena paliza diaria decretada por los sensatos del lugar, constituidos en jurado, hasta hacerlos salir del pueblo, como se persiguen y expulsan los animales dañinos. La mansedumbre y necedad de los moradores se oponen a este acto eficaz de Justicia de Lynch, único practicable con aquellos salteadores atrincherados detrás de las tortuosas fórmulas de nuestra embrollada legislación. Crece la pena que causa el espectáculo de tanta ruina cuando se contempla la buena índole de las gentes de Mogotes, honradas por temperamento y prefiriendo abandonar sus deudos y heredades a cometer los hechos de desesperada venganza que provoean sus intolerables perseguidores. En vano se pretenderá ocurrir al remedio de esta calamidad, efectiva en las poblaciones rurales, dictando disposiciones contra los tinterillos; tanto valdría esto como poner medicamentos externos para curar una lesión en la armazón interior dél cuerpo. Mientras subsista el sistema de enjuiciamiento que nos legaron nuestros abuelos, de todo punto incompatible con el régimen civil nacido en la República, los picapleitos brotarán entre los tenebrosos laberintos de la vieja legislación, como brotan los hongos en la oscuridad de las selvas, alimentados por las basuras corrompidas. Es urgente perderle el miedo a la democracia y encargar al pueblo la administración de la justicia por jurados, conforme se le ha encargado la confección de las leyes por delegados especiales; en una palabra, es indispensable desarrollar las instituciones republicanas, aplicándolas a todos los actos de la vida social, y olvidar aquella frase sacramental: «El pueblo no está dispuesto para eso», con la que pretendemos disimular nuestra falta de

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valor en materias políticas. Derríbese la enmarañada selva; déjense penetrar hasta él suelo abierto los claros rayos del sol, y entonces, y no de otra manera, los hongos desaparecerán.

Superfluo sería detenerse á probar que la guerrá de pluma no deja tiempo a los mogotes para ocuparse en las cosas de interés público. Baste decir que un distrito con 7.000 habitantes sólo 51 niños y 11 niñas concurren a las dos incalificables escuelas que se toleran en el pueblo. Vívese allí de prisa y con susto; y no pude menos de reírme tristemente al notar que aun los santos de la descuidada iglesia parecen participar del terror común, pues encontré dos imágenes metidas en un nicho, cual si fueran transeúntes sin hogar propio ni seguridad para estar solos, reunidos por el temor y no por el amor, puesto que miraban en dirección opuesta, como enfadados de hallarse juntos en su precario aposento. Lo demás de la iglesia estaba en armonía con este grupo, todo en desagradable desorden y desaseo, añadiendo motivos de desaliento al nuevo párroco.

El pais comarcano es bellísimo, fértil y abundante en frutos. El grandor de muchas casas del pueblo, y un sólido puente de mamposteria echado sobre el Monas para comunicarse con el distrito de El Valle, manifiestan que en mejores tiempos Mogotes era la mansión de vecinos ricos y cuidadosos del bién público. Casi una legua al oeste-noroeste del pueblo está el Hoyo de los pájaros, hundimiento circular de 184 metros de profundidad y 14 de diámetro, teniendo a los 32 metros un escalón, desde el cual la cavidad del pozo sigue reducida hasta el fondo. Tanto la boca como las paredes, mientras reciben la luz del día, se hallan revestidas de arbolillos y plantas menores, formando un verde cortinaje, a cuyo amparo viven en lo profundo numerosos pájaros nocturnos de la especie particular que vemos en el puente de

Icononzo, y se encuentran también en el oriente de Venezuela dentro de la espléndida Cueva de los Guácharos, nombre que dan allí a este raro y melancólico pájaro. Por la disposición y naturaleza del terreno y por las señales evidentes de que la planicie de Mogotes, nivelada y sedimentosa, es la cuenca de un antiguo lago, creo que el Hoyo de los pájaros proviene de la acción de un remolino que hacían las aguas en aquel punto, y que después del pozo vertical existe alguna galería o cueva por donde se verificaba un desagüe parcial. Ello es que merece visitarse como curiosidad natural, a la que sólo el Hoyo del aire de Vélez puede comparársele. Según dije antes, él talco predomina en la formación de las rocas vecinas, de tal manera que en un sitio llamado Vegas, cerca del pueblo, se presenta en láminas grandes que podrían ser objeto apreciable de comercio. El suelo es rico en minas de hierro, particularmente del lado de Onzaga, y los bosques encierran copiosa cantidad de quinas, tintes vegetales, resinas y gomas útiles para la medicina y las artes, pero no recogidas ni aun apreciadas en el grado que se merecen.

Al poniente de Mogotes queda Petaquero, distante tres y media leguas de buen camino que atraviesa por tierras feraces, limpias y bien regadas, con las cuales hacen un triste contraste las casitas abandonadas y los restos de cercados en que antes de la discordia introducida por los tinterillos se aposentaban familias enteras de agricultores, cuyas mujeres e hijas tejían las afamadas mantas de Mogotes. Hoy la emigración ha dejado desiertas las estancias y cabañas; y se conoce la pesadumbre con que sus dueños las abandonaron y la esperanza de volver al hogar querido, por el cuidado con que amontonaron ramas de espino en el hueco de la puerta para impedir el daño de los animales; inútil precaución, pues los matorrales invadían y desquiciaban las humildes pare-

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des, y los fuertes vientos arrancaban pedazos de techo desamparado. La impresión que causa la vista de estas ruinas, imagen de la resignación del desvalido, es indecible; mayormente si se comparan con la infame riqueza y las cómodas habitaciones del tinterillo que se ha dejado tranquilo y satisfecho reposando en las mejores casas del pueblo. Pasado el Alto de Petaquero, se avista el lugar de este nombre, que ocupa un estrecho valle al pie de la cuesta, rodeado de cerros granitoides, revestidos de profusa vegetación, y regado por seis quebradas abundantes, que reunidas al fin, llevan su caudal cristalino al rio de Onzaga, tributario del Chicamocha. Para el que viaja por nuestras provincias es un hábito y una necesidad buscar con los ojos el campanario del pueblo donde ha de rendir la trabajosa jornada: a la blanca pirámide en que por lo regular termina, la saludamos como a un amigo que nos espera e invita al descanso. Tánta es la fuerza de esta costumbre, que senti una especie de pesar cuando me convencí de que Petaquero no tiene campanario, cual si leyera la intimación de no haber hospitalidad para el viandante, por necesitado que llegase al reducido caserío. «Las iglesias comunican a nuestras aldeas un carácter singularmente moral. Las miradas del viajero se detienen y fijan sobre la cruz del campanario, cuyo aspecto suscita multitud de afectos y de recuerdos. Aquel campanario es el túmulo en torno del cual duermen los abuelos y deudos de los moradores; y es al mismo tiempo un monumento de alegría que con sus bulliciosas campanas anuncia la existencia de los fieles. Allí se unen los esposos con religioso vínculo; allí se prosterna el cristiano ante los altares sagrados; el débil para invocar al Dios fuerte, el culpable para invocar al Dios misericordioso, el inocente para cantar al Dios de bondad. Por pequeño y solitario que sea un lugar, se llena de vida y de misterios desde

Manuel Anchar.

que en él se levanta un campanario rústico; las plácidas ideas de pastor y rebaño, de asilo para el peregrinante, de limosna para el menesteroso, de hospitalidad y fraternidad cristianas, brotan consoladoras a la sombra del campanario, emblema de los tiempos de gracia y de caridad». (*)

¡Cuán noble y reverenciado seria el oficio de los párrocos, si comprendieran la santidad de su carácter y la grandeza moral de sus funciones, que no son de lucro ruin ni de intrigas opresoras, sino de protección y civilización, de amor y beneficencia!

Dejando a Petaquero, sus casas pajizas y sus lindas mujeres, prosigue al sur el camino para Onzaga, al través de serranías y estribos menores trastornados por algún terremoto que puso al descubierto su esqueleto granitoide, cobijado en parte por terreno de formación intermediaria, y en parte por el secundario inferior. Las quiebras y llanuritas contienen gruesos lechos de acarreo, excelentes para cualquier género de cultivo, los cuales cesan a las tres leguas de camino, por la interposición de un ramal de la cordillera, que dividida en dos, ciñe la hoya de Onzaga. Una cuesta rápida nos condujo al Alto del Manco, 2.406 metros sobre el nivel del mar, dejando atrás 21° de temperatura, para llegar al de 17° del centígrado. En la cumbre se hallan dos ranchos miserables, ocupados por una familia tan pobre como numerosa. Los vestidos de bayeta y el hablar con los dientes apretados, sonando mucho la s, indican ser gente reinosa, nombre que los habitantes de las tierras bajas dan a los de las cordilleras: eran los primeros que yo, hijo también de los Andes, encontraba después de largas correrías por las tierras calientes; así como en llanuritas que coronaban la altura se me presentaron de nuevo las flores de achí-

(*) Chateubriand. Mélanges.

Coria, peculiares de la región andina, recordándome las praderías verde esmeralda, tachonadas de estrellas amarillas, que en guisa de aifombras tendidas a los pies de Bogotá, cubren y alegran sus alrededores. Mis pensamientos volaron lejos, y con los ojos clavados en las humildes florecillas permanecí abstraído de cuanto me rodeaba— ¿ Será una debilidad, será una virtud este amor profundo, indeliberado, que los naturales de la cordillera profesan al lugar nativo, haciendo palpitar el corazón lo mismo bajo la ruana del indio agricultor que bajo la casaca del hombre blanco de las ciudades? Sacóme de mi distracción la voz clara y tímida de una muchachita, que con acento perfectamente reinoso contestaba: «Mi mamá está allá abajo motilando una oveja». Volvíme y encontré a siete criaturas, que apiñadas unas con otras rodeaban a mi compañero, mirando con ojos dilatados a los barómetros que armaba delante del rancho. La mayor, autora de la respuesta citada, no tendría nueve años; y era de ver la solicitud y gravedad con que procuraba mantener en orden a sus hermanitos e impedirles que se aproximaran demasiado a los instrumentos, acerca de los cuales daba en voz baja explicaciones peregrinas a sus curiosos subordinados. Una moneda tirada en medio del grupo lo hizo retirar alborotado y presuroso, y las risas, disputas y proyectos de compras de aquellos pobres relegados a la solitaria montaña, sin otro guardador que la Providencia de Dios, resonaban todavía cuando empezámos a bajar la cuesta del lado de Onzaga.

Este pueblo se halla situado a la margen derecha del rio de su nombre, entre las quiebras de los cerros que lo estrechan por todas partes. Es de regular extensión y los viernes lo animan los tratantes de Soatá que traen al mercado los abundosos frutos de aquella comarca fértilísima. A 2.000 metros de altura sobre el mar, Onzaga pertenece a la re-

gión andina por su temperatura (20° centígrados), sus producciones y los colores firmes y trajes de bayeta de los habitantes. No faltan buenos cotos, ni tampoco el desaseo general, de que es monumento elocuente la iglesia, desenladrillada en parte, agujereado el techo, y los altares mutilados, pacíficamente poseídos por los murciélagos.

«El templo armoniza con lo de afuera», me decía a mí mismo,y no tardé en convencerme de lo completo de esta armonía, pues reparé en el altar mayor una santa con su competente coto, homenaje oportunísimo a los usos del país.

— «Hé aquí una delicada galantería del cura», dije a mi compañero, indicándole la escuálida y mal ataviada santa».

—«Sí, por cierto, pero no comprendo qué alusión contendrá este otro grupo interesante», me contestó mostrándome muy serio un altar en que se hallaba san Antonio con la vista al techo, y a su izquierda un judío de esos feotes y amenazadores que sacan en las procesiones de semana santa: tal parecía que el ciudadano de la Judea insultaba iracundo al taumaturgo vecino, el cual lo desdeñaba soberanamente, o imploraba el auxilio de lo Alto para que lo libertaran del terrible invasor de su altar. Véase qué dignidad, qué decoro traen al culto cristiano las estatuas ridiculas, especialmente cuando la casualidad o las procesiones las juntan en grupos por el estilo de éste!

Encierra el cantón San Gil ocho distritos parroquiales, numerándose 43.700 habitantes esparcidos en 60 leguas cuadradas de territorio, de las cuales 15 permanecen yermas y despobladas. Nacieron en el último año 1.335 niños, excediendo los varones en 65. Para la instrucción de estas oleadas de nuevas generaciones no hay sino 7 escuelas públicas concurridas por 284 niños, y 3 privadas, a las que asisten 37

niñas. Pinchóte, pueblo considerable, cuyo cura blasona de patriota, tiene una escuela con cinco niños 1 El Valle, cabecera de un distrito con 4.300 habitantes, no tiene ni rastro de escuela; de manera que el 6 por loo de los niños en edad de educarse aprenden a leer y a escribir lenta y malamente; abandono tanto más deplorable, cuanto los nativos de este cantón manifiestan viveza de inteligencia y son de tan buena Índole, que en el trascurso de doce meses no hubo más de 22 delincuentes juzgados por heridas y hurtos miserables, número insignificante comparado con el número total de la población.

Al este de Onzaga se encuentra el camino que conduce a Soatá, distante cinco leguas y tres cuartos. Comienza llano, atravesando tierras fértiles, regadas por un arroyo claro y bullicioso, donde a poco andar se toma la cuesta de una serranía cubierta de alegre bosque. Más de dos leguas mide del pie a la cumbre, y conforme se va subiendo disminuyen los ruidos de las aguas, vientos y aves, hasta entrar en un silencio total cuando se pisa el terreno de los arbustos resinosos, de los musgos y gramíneas. El aire leve y perfumado se respira fácilmente, la circulación de la sangre se anima, y se siente el indefinible bienestar físico que experimenta el viajero al entrar en las regiones andinas y le hace volver los ojos complacido hacia los países calientes que abandona. Llégase a la cumbre extrecha y breve, y de repente se descubre la grande abra de cerros que tumultuosamente se hunden hasta lo profundo de la cortadura por donde corre el Chicamocha encajonado entre poderosos estratos calizos, más allá de los cuales tornan a levantarse los cerros unos tras otros, recostándose finalmente contra las cimas nevadas del Cocuy, que brillan a diez leguas de distancia directa. En vez de las gramíneas, los heléchos y arbustos aromáticos que cubren la mitad superiór de la falda oc-

cidental de esta serranía, sombrean el opuesto lado innumerables robles de abundante follaje, a cuyos pies ninguna planta crece, hallándose entapizado el suelo por una alfombra de hojas secas que deja libre á la vista lo interior del bosque, formando paisajes notablemente bellos en disposición y colorido. Así se camina durante legua y media, y se llega a los llanitos y laderas inferiores que desde arriba se veían en miniatura, revestidos de labranzas y fertilizados por aguas vivas que en todas direcciones corren buscando el Chicamocha. Síguese una serie de colinas en donde los sauces, las sementeras y las casitas de campo presentan cuadros de imponderable amenidad y frescura; son los alrededores de Soatá. La imaginación se complace en representarse esta villa digna de los paisajes que la circundan; y rara vez la realidad destruye tan completamente lo imaginado. Casas de teja y pajizas interpoladas, mal construidas y anunciando en lo exterior un desaseo sin rival en lo interior: gentes enruanadas y embayetadas, cuyos cuerpos han entablado divorcio perpetuo con los baños ; hombres que se afeitan por trimestres; ninguna policia y menos hospitalidad; tal es Soatá para el forastero, que viéndose allí, vuelve involuntariamente los ojos a los verdes bosques y a los campos risueños que ha dejado, para entrar en un poblado en que la moderna cultura no ha hecho mella, y en que si no fuera por el doctor Calderón, hombre superior a los que le rodean, sería uno tratado como invasor enemigo y no hallaria un techo que lo abrigase ni un fogón que para él se encendiera.

Situada Soatá al extremo del último recuesto de la serranía que demora al occidente y no lejos del rio Chicamocha, goza de una temperatura de 20 grados centígrados, hallándose a 2.045 metros sobre el nivel del mar. Ya en 1538 era el asiento de un usaque distinguido en la guerra de la conquista, como princi-