Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 23 de 51

Unidad de lectura 23

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pal auxiliador del valeroso Tundama, lo cual le trajo la muerte y la devastación de sus estados, en términos que hasta 1757 no pudo adquirir la importancia de parroquia. Hoy es cabecera del cantón de su nombre, y cabeza de un distrito que cuenta 9.000 habitantes, rico en ganados y en agricultura, favorecido con un clima sano y generalmente templado y con la producción espontánea de exquisitos dátiles que los soataes tienen el tino de echar a perder, creyendo que los adoban para el comercio. Hállanse minas abundantes de hulla, hierro, cobre, plomo, galena, alumbre, yeso y sal común, como que en las quiebras colosales del terreno están manifiestas las formaciones de transición y secundaria, y las cuencas contienen grandes depósitos de acarreo. Téjense muy buenos lienzos y mantas de algodón, ruanas y bayetas de lana, cuyos artículos con el trigo, añil, anis, panela, miel de caña y otros frutos alimenticios suministrados largamente por la agricultura, son materia de un comercio activo con San Gil, Socorro, Santa Rosa, Sogamoso y Cocuy, y en parte con las provincias de Soto y Santander; elementos más que suficientes para asegurar la prosperidad y la civilización de la villa, cuyo atraso es por lo mismo imperdonable y sólo imputable al carácter trabajoso de sus moradores.

Los del distrito son fornidos y de aventajada estatura, blancos en la mayor parte, mestizos e indios de índole dócil, costumbres sencillas, ajenos de crímenes y tanto más bondadosos cuanto más se alejan de la pretenciosa riqueza y semiilustración de los gamonales del pueblo. Visten el traje reinoso, en que predominan la bayeta y las pesadas ruanas, cubriéndose los campesinos con grandes sombreros de trenza, muy indígenas por cierto. Viven felices labrando un suelo que les remunera sus fatigas con prodigalidad; excepto en las laderas hacia el río, que son compuestas de margas sustentadas por un lecho de

lajas inclinadas, sobre las cuales suele resbalar la capa de tierra cuando las aguas la empapan, rodando a trechos hacia abajo y sepultando las casas y labranzas que halla por delante, fenómeno a que dan el expresivo nombre de caminar la tierra, y que sin embargo de repetirse con frecuencia, no escarmienta a los que todavía persisten en cultivar y poblar aquellos recuestos movedizos.

Cuando llegámos a Soatá se preparaban a celebrar la Octava de Corpus, comenzando por tres días de penitencia para entrar iuégo a las fiestas con el saco de la conciencia vacío, puesto que habrían de presentarse numerosas ocasiones de henchirlo nuevamente hasta más no poder. Aguardé a que concluyeran de blanquear y adornar la iglesia para visitarla, y cuando dieron punto a la magna obra me encaminé para aliá. En lo exterior habían conservado esmeradamente lo descascarado y sucio de la fachada; pero dos palos revestidos de arrayán y amarillo, que hacían en la puerta el oficio de pilastras, indicaban que los ornatos estaban dentro. Y en efecto, todo aquello era arcos de cañas cubiertas de género blanco y salpicados de espejitos y láminas de grisetas parisienses, cuya proverbial modestia las haría ruborizarse al verse adoradas tan en público con los trajes suficientemente profanos que las puso el valiente litógrafo su autor.— ¿Qué harán aquí estas ciudadanas? iba a preguntarme, pero me cerraron la boca dos altares fronterizos, donde por entre un bosque de retazos colorados y blancos sacaban la cabeza, como quien pide socorro, unos santos de bulto escuálidos y vestidos a usanza de ninguna nación del mundo; rodeábanlos varios espejos, y más abajo unos cuadros representando escenas de Atala y Chactas, y la exhumación y funerales de los restos de Napoleón. Ante la valentía de esta innovación no quedaba otro recurso que enmudecer, en lo cual imité a dos retra-

tos de Pío IX y del ciudadano arzobispo, que estaban en otro altar viendo a las grisetas y a Napoleón sin conmoverse, o acaso distraídos por la ramazón que llenaba el resto de la iglesia, más semejante a un adoratorio de indios que a un templo cristiano. Si así estaba la iglesia, fácilmente se colige cómo estaría la procesión. Máscaras monstruosas, cuadrillas de matachines, rey David bailando y diablos alegres delante del Santísimo, depuesto el antagonismo necesario; un cercado de cañas representando el Paraíso con cotudos y fabricantes de ollas; exploradores hebreos de la tierra de promisión haciendo parte de la procesión, sin dárseles un bledo del anacronismo que estaban cometiendo; todo esto, rodeado de un concurso que presenciaba la fiesta como un espectáculo teatral y no como la más solemne y severa de las del culto católico. ¿Qué fin de enseñanza moral, ni qué recuerdos del dogma puede tener tal y tan grotesca pantomima? La perversión de las ideas cristianas, sembrando en su lugar otras idolátricas y disparatadas ; este es el único fruto; he dicho mal, es uno de los frutos a cual peores, que producen aquellas incalificables funciones, que tienden a perpetuar en las costumbres los extravíos del paganismo.

Animado por el carácter franco del cura, me permití hacerle algunas observaciones sobre los adornos borrascosos de la iglesia.

— «Convenimos en todo, contestó: eso no es muy católico, pero es lo que apetece el pueblo, que si no ve ramazones desde la pila del agua bendita, dice que la fiesta no vale nada».

— «Autos en mi favor, doctor; quiere decir que las ideas del verdadero culto externo se hallan pervertidas y por tanto es urgente corregirlas, so pena de que desaparezca hasta el dogma, como ya lo manifiesta esa penitencia antes de las fiestas para luégo pecar libremente».

— «Obra de romanos, señor mío, es la tal corrección. Yo no he podido introducirla, ni aun en las cosas de la serhana santa. Sépase que hay la costumbre de presentarse en la iglesia unds que llaman penitentes, qqe son hombres vestidos de enaguas blancas, las cuales forzosamente deben ser alquiladas, y una vez adentro, comienzan a zurrarse el pellejo, compitiendo a quién se da más azotes hasta sacarse sangre: pues no he hallado medio de desterrar esta barbaridad, y a veces por no verla me he ido a otro pueblo».

— «Mejor debería llamarse profanación del templo y agravio de Cristo, que jamás ha pedido ofrendas de sangre, como los ídolos del Ganges o del antiguo Méjico, a los cuales sentaba bien un culto de crueldad y dolores físicos».

—«Pues ahí no es todo: vienen después lostracificados, gañanes que se echan a cuestas una cruz grande y se ponen a representar los pasos y caidas del Salvador, con la particularidad de que en vez de Cirineo les acompaña una moza con un calabazo de chicha, de la cual dan un trago al penitente en cada caída para fortalecerlo y animarlo; y sucede que las caídas menudean y los tragos también, hasta que a la postre andan los pseudocristos tan borrachos que no dejan nada que desear y acaban por familiarizarse demasiado con los cirineos. He combatido este abuso por todos los medios qne están a mi alcance, y espero que dentro de poco desaparecerá».

— «Quiéralo Dios, para decoro de la religión y honra de nuestro pais, que a este paso no sé cuáles creencias le quedarán luégo que la mayor ilustración proscriba semejantes farsas».

Que en las poblaciones de indios retiradas y pequeñas subsistan estas prácticas de los hombres bárbaros, fuentes de lucro para los malos sacerdotes, se concibe aunque se lamente; pero que se vean todavía

en Soatá, es lo que no tiene perdón. La moral popular no se funda ni conserva con fraudes y supersticiones de aparato puramente material.

Cuenta el cantón 34.000 habitantes sobre un territorio de 38 leguas cuadradas, distribuidos en ocho distritos parroquiales, que, determinada su situación respecto de Soatá, son los siguientes: Covarachia, cinco y media leguas al norte, pueblo pequeño y desprovisto, edificado dando vista al Chicamocha sobre el ramal occidental de la cordillera, no habiendo por esta banda otra población, salvo algunos vecindarios de estancieros; al este, pasado el Chicamocha, Boavita y Uvita, distantes tres leguas por camino de serranía; Jericó, ocho y media leguas, al sureste, encaramado en la serranía donde la rompen por tres lados los ríos Canoas, Chitano y Chicamocha, y por consiguiente expuesto a recibir los fuertes vientos que se arremolinan contra el alto de Mausa; Susacón, tres leguas al sur; y finalmente las dos Sátivas, seis y siete leguas al mismo rumbo. No podíamos, pues, hacer una correría metódica por todos los distritos, sino visitarlos en las salidas desde la cabecera del cantón hacia los de Santa Rosa y Cocuy.

En las cercanías de Soatá fue donde primero encontrámos fósiles de mastodonte, soterrados bajo un lecho calizo de terreno de acarreo, del cual se encuentran abundantes depósitos en las cuencas formadas por los innumerables estribos y colinas que dan un relieve sumamente desigual al territorio. Estos huesos llevan señales de haber sido rodados y rotos por corrientes y remolinos de aguas poderosas, en términos que apenas las grandes muelas se hallan enteras, gracias a la resistencia metálica de su esmalte. Restos de la misma especie suelen descubrirse al pie de Covarachia, depositados tranquilamente entre la greda y arena de los antiguos estuarios del Chicamocha. Cómo hayan remanecido por allí, si arrastra-

dos desde los altos páramos por aguas diluvianas, o sorprendidos y sepultados por ellas en su mansión habitual, no podremos determinarlo sino después de examinar los fósiles análogos que se dice hay en las riberas del Magdalena; pero se ignora si manifiestan señales de haber sido rodados o no, haciendo en seguida la comparación necesaria con la edad de las elevadas cumbres del Cocuy, donde también los haliámos, tan colosales, que un colmillo midió nueve palmos de largo; a menos que los fósiles del Magdalena sean de Megaterio, puesto que, según Bukland, se han encontrado abundantemente en el Paraguay, dejando rastros continuados hasta los Estados Unidos, y concurren bastantes razones para creer que habitaron en gran número en la América meridional.

Lleva el río Chicamocha en sus márgenes hundidas y revolcadas el testimonio de haber acarreado en época remota una terrible inundación proveniente de las planicies de Tunja y Tundama. Las aguas violentas rompieron los estribos de la cordillera que se opusieron a su curso, socavaron el antiguo suelo y causaron hundimientos laterales en que al pie de los estratos desnudos y quebrantados de la serranía se acumularon confusamente las tierras por espacio de media legua de lado y lado, permaneciendo sin la consistencia necesaria para no ser minadas y arrastradas por las lluvias y en un estado de aridez que hace completo contraste con la fertilidad de las mesetas superiores. El río, turbulento como un torrente, corre por entre rocas trasportadas de otros lugares. Atraviésase por cabuya, y una cuadrilla de nadadores se encarga de hacer pasarlas bestias, guiándolas y animándolas con gritos, ejercicio en que están todo el día, y en el cual adquieren notable fuerza y desarrollo de musculatura: sirven lealmente al pasajero y agradecen cualquiera demostración de cariño, con cierta franqueza varonil que parece comu-

nicada por el oficio; pues ya se ha observado que las profesiones activas y rodeadas de riesgos de la vida, ennoblecen el alma del hombre, implantando en ella sentimientos generosos que no siempre acompañan a los de ocupaciones sedentarias. Del otro lado del río se encuentra por largo trecho del camino que llaman viejo, grandes barrancas de esquistos carburados, minados por filtraciones salitrosas y en varias partes atravesadas por vetas de hulla que inútilmente ofrecen su riqueza. Más adelante comienzan a'levantarse los cerros con mesetas bien cultivadas y cumbres montañosas, franqueados de estratos calizos tan discordantes, que a veces se repliegan sobre sí mismos, formando grandes óvalos, resultado de hundimientos parciales verdaderamente raros. En mitad de los cerros, que siguen levantándose por explanadas cortas y sucesivas hasta el páramo del Escobal, se halla Boavita con su caserío pajizo y reducido, y media legua adelante Uvita, entrambos cabeza de distrito, fundados como en competencia y según se nos dijo, por cercenar a un cura codicioso la mitad de la extensa parroquia de que disfrutaba, quiendenía puesta la mira preferentemente en los bienes terrenales. Acertámos a llegar a Uvita en dia de mercado. La plaza estaba casi llena de bueyes enjalmados y cargados y muchedumbre de campesinos, ofreciendo en pintoresca confusión variedad de frutos y artefactos en venta. Por excepción se notaba el rostro cobrizo de algún indio entre la multitud de gentes blancas que formaban casi el total de los vecinos, haciéndose notables las mujeres por el carmín de sus mejillas y la pequeñez del pie, calzado con la alpargata sujetada por una trenza de colores. Para el que se trasporta con el pensamiento al porvenir de este país «lastrado de oro», como dice Oviedo, es un espectáculo interesante el que presentan las reuniones numerosas de

los mercados, donde se ve la población compuesta de agricultores blancos y robustos, ostentando los firmes colores de la salud y la alegría bulliciosa del bienestar, todos bien vestidos y abrigados, todos teniendo de qué vivir con independencia, y algunos manifestando en el aseo del traje y gravedad de la persona que son hombres de caudal, ennoblecidos por el trabajo y la economía. La fecunda tierra, cuyos límites se extienden más allá de lo que puede ambicionar un pueblo naciente, les afianza los medios de holgada existencia, y les aleja del alma la pasión de la envidia, hija de la miseria sin esperanza: las familias se multiplican sin temor de que les falte el pan cotidiano: los motivos para delinquir contra las personas y la propiedad no se conocen, si no es en las ruidosas querellas que nacen del amor y los celos, compañeros inevitables del corazón humano. Un pueblo que así comienza y que habrá de crecer bajo el amparo de la vivificante democracia, sin trabas para la industria, sin opresión para el espíritu, camina necesariamente a la grandeza.

Los recuestos y explanadas ascendentes de Boavita y Uvita concluyen al norte y noreste con el territorio de Soatá, por las elevadas cumbres de una serranía estratiforme y anchurosa, que es un ramal de la Cordillera Oriental de los Andes granadinos. Media entre Uvita y la villa del Cocuy la distancia de seis leguas, ora se tome el camino que atravesando el alto de Belén pasa por la La Capilla, ora su paralelo que a mano derecha salva el alto del Cocuy por junto al tempestuoso páramo del Escóbal, donde la serranía se manifiesta destrozada y cubierta de sus propias ruinas colosales. Como en el ramal fronterizo que divide los cantones de San Gil y Soa-

tá encontrámos por primera vez fragmentos visibles de rocas graníticas, las cuales generalmente están ocultas bajo estratos poderosos de transición y secundarios en nuestros Andes del norte, resolvimos tomar el segundo de los indicados caminos, esperanzados de hallar patente la formación granítica en las grandes roturas y derrumbes del páramo, puesto que guarda con el ramal de Onzaga notables analogías de constitución y dirección. Con todo eso, y a pesar de haber subido 4.218 metros, que es la altura del Escobal, sólo encontrámos rocas de sedimento en estratos violentamente sublevados, o en trozos que algún terremoto esparció por las faldas y precipicios, con los caracteres del terreno péneo de la formación secundaria. El sistema de levantamiento es allí por líneas' rectas de sur a norte, sin descubrirse el eje mineralógico de la serranía, sino estratos poderosos de calizas magnesíferas y areniscas rojizas, remate - de los esquistos y terrenos carboníferos que habíamos dejado en la región inferior cortada por el Chicamocha.

Conforme íbamos acercándonos al alto de Cocuy (3.866 metros: temperatura, 9° centígrados a las ocho y medía), la vegetación vigorosa desaparecía, quedando en su lugar los arbustos enanos resinosos, las gramíneas y los musgos, hasta que por fin, coronada la altura, entrámos en la región exclusiva del frailejón, que en aquellos lugares mece su triste paraguas de hojas amarillentas sobre un tronco de cinco a ocho metros, chorreado y ennegrecido por la abundante trementina q-ue destila esta planta tan fea para la viste como útil para excitar el calor de la piel, pareciendo que la Providencia la colocó en nuestros páramos con el fin de animar al hombre a transitarlos. Caminábamos por una senda pedregosa, llevando a la derecha los desnudos picachos del Escobal, y a la izquierda los gigantescos paredones de una cortadura

irregular por cuyo fondo se oía correr a saltos un riachuelo. Fugas de viento helado se precipitaban silbando por el ancho callejón, trayéndonos remolinos de espesa niebla en que largo rato permanecíamos envueltos. La soledad y profundo silencio del lugar; las enormes rocas desnudas que se alzan por todas partes en medio de las ruinas de cerros postrados unos sobre otros, mezclando sus restos ponderosos lanzados a gran distancia; el opaco y triste cielo por cuyo espacio giraban buitres corpulentos y algún cóndor, con la majestad del señor de las aves carniceras; todo esto formaba una escena sublime de aridez y devastación que nos mantenía involuntariamente calládos, co'mo si' nos oprimiera la idea del desamparo en que allí se encuentra el viajero. Una voz monótona y triste que devolvían los ecos de las peñas vino a sacarnos de nuestra distracción, y buscando con la vista quién cantaba de esa manera en aquel desierto, columbrámos a lo lejos y acurrucada junto a las rocas, una mujer vestida de bayeta, oculto el rostro bajo el ancho sombrero de trenza que llevaba encasquetado, y rodeada de algunas ovejas que pastaban la escasa yerba. Informónos el guía que esta mujer vivía sola con su hija en lo más agreste del páramo, sustentándose con los productos de su rebaño. Cantaba para espantar los buitres, que en no oyendo la voz se arrojan sobre los corderinos y ios llevan arrebatados hasta los picachos inaccesibles, donde hacen su habitación. Había no sé qué de raro y misterioso en esa manera de existir, fuéra de todo comercio humano, sin más amparo que Dios en lo alto y la indiferencia de los hombres en la tierra. Compadecidos llamamos a la vieja cantora para dejarle un recuerdo nuestro: a los primeros gritos que resonaron en el espacio, cesó ella de cantar, nos examinó un breve rato, y luégo sin hacer caso de nuestras señas, tornó a bajar la cabeza y entonar sus

melancólicas endechas. ¿Qué pesar o qué escarmiento terrible encerraría en el alma esta desventurada? Lo preguntámos, y se reían de nuestra pregunta, como si ía sensibilidad y el pensamiento na existieran tam.bién bajo los harapos de la miseria. Nadie sabía la historia de esta mujer, ni los motivos de su confinamiento en lugares inhabitados: era infeliz y oscura, y para las gentes acomodadas tales seres no tienen historia: apenas tienen alma racional.