Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 28 de 51

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fre, ni se conoce si no es por las relaciones que se nos hacen de las miserias del proletario europeo. En las inmediaciones de Paipa comenzaron los movimientos y escaramuzas de las tropas republicanas que en 1819 vinieron desde Casanare a buscar al ejército español acampado allí muy de antemano; las primeras venían diezmadas por el rigor de la marcha al través del páramo de Pisba, desprovistas y casi desorganizadas; el segundo constaba de la flor de los soldados expedicionarios que se decían vencedores de Napoleón, vestían con lujo, tenían soberbio armamento y recibían su crecida paga en oro de Bogotá y Popayán; dos hombres extraordinarios eran jefes de los pocos centenares de patriotas que traían la pretensión de redimir la Nueva Granada; el uno, audaz, impetuoso, inspirado y creyendo en su buena estrella; el otro, reposado, meditador y creyendo en las combinaciones y golpes de mano calculados; Bolívar, que buscaba en el suelo granadino la centella de la libertad para tornar a encender su apagado fuego en Venezuela; Santander, que deseaba saludar al país nativo, emanciparlo definitivamente o sucumbir de una vez, porque ya no había otra esperanza para los buenos americanos; el ejército realista obedecía al brigadier Barreiro, militar de la escuela galante y presentuosa de Riego y Quiroga, severo en la paz de las guarniciones, vacilante en campaña; unos y otros aborreciéndose de toda voluntad: los americanos a los españoles, porque veían en ellos los crueles verdugos de- sus deudos y compatriotas más ilustres, los violadores de promesas y tratados, los concusionarios escandalosos y ladrones públicos; los realistas a los republicanos, porque los reputaban como siervos rebeldes que venían a perturbarlos en el goce de su lucrativa y omnímoda dominación; pero el americano llevaba en sus banderas una palabra del Evangelio y defendía la causa del progreso de un

mundo entero; era fuerte por la fe y. la misión, no por el número ni la calidad de las armas.

Bonza, Paipa, el Salitre vieron renovados los rieptos de otro tiempo, los combates de uno a uno, de cinco a cinco, de diez a diez, en que el jinete llanero salía siempre victorioso y provisto de dinero, vestidos y armamento con los despojos de su adversario. El 7 de agosto, día providencial, se acercaba: Boyacá estaba allí esperando los gritos del victorioso y las maldiciones del vencido. En el Pantano de Vargas fue el preludio de la gran batalla, cabiendo al leal Rondón la gloria de esta jornada. Siguióse la de Boyacá; ... «Si el Libertador hubiera sucumbido en Boyacá, la independencia de la Nueva Granada se habría hecho imposible por entonces, la de Venezuela no se habría verificado, ni hubiera visto el Perú arrojados sus dominadores por las huestes colombianas: esa batalla, pues, fue la que dio vida a cinco Repúblicas y consistencia a las de Chile, Buenosaires y Centroamérica, porque el triunfo de Boyacá preparó el de Carabobo, éste los de Pichincha y Ayacucho y todos ellos vigorizaron la causa republicana en Suramérica».

Tántos recuerdos agrupados producían en mi cabeza un cúmulo de reflexiones siempre renovadas y me hacían pisar con cierta veneración el teatro de sucesos en que no se dispuso del interés de reyes o de ciudades, sino directamente del porvenir de la mitad del mundo, e indirectamente de la suerte futura de ambos hemisferios, puesto que se trataba del triunfo de la democracia, única doctrina universal y faro de salud que para todos los pueblos debía encender en América.

Rehechos los republicanos con los auxilios generosos de Belén y Cerinza y con los voluntarios que de todas partes les acudían, idearon aprovecharse de las indecisiones de Barreiro y marcharon acele-

radamente sobre Tunja. Al efecto pasaron el río Paipa frente a Bonza, e internándose en el recodo que forma la planicie donde llaman Pantano de Vargas, determinaron salvar los cerros del oriente y caer sobre Tuta, ocultos por otros cerros mayores que les demorában a mano derecha, dividiéndolos del Salitre y Paipa ocupados por los realistas; pero éstos, que no se descuidaban, columbraron en las alturas una descubierta del pequeño ejército patriota, y comprendiendo lo que sucedía, se movieron con velocidad y lograron cubrir a Tuta. Era el Pantano de Vargas una ensenada del antiguo lago de Duitama, que en 1819 se conservaba todavía cenagosa, recostándose las aguas dormidas contra los cerros que amurallan a lo largo la ensenada por el norte y no dejando en seco sino las faldas de otros cerros fronterizos que forman la barrera del sur; de manera que el espacio transitable quedaba estrecho, ceñido en lo bajo por varias colinas y una cerca de piedras que marcaba el límite de la tierra firme y dominado por lomas que se levantan en escalones derechos, pedregosos y sin monte. Marchaban los republicanos líacia el oriente faldeando las lomas y al abrigo de las últimas colinas por lo más llano del camino, cuando sobrevinieron los españoles en dirección opuesta, coronando la infantería, como un torrente, la cresta de las lomas y echando la caballería por la orilla del pantano, con cuyos movimientos se prometía Barreiro envolver a sus enemigos y aniquilarlos en la estrechura del ingrato campo; y asi aconteció, pues la infantería patriota se vio cogida en un callejón, recibiendo de arriba sobre su flanco izquierdo una lluvia mortífera de balas y oyendo por el flanco derecho los clarines de la caballería española que tocaban a la carga. Desde una eminencia que nos mostró el señor La Rota, guía nuestro y testigo del supremo conflicto, presenciaba el

Libertador Bolívar aquel desastre y la ruina de la santa causa, y volviéndose a los jefes que le rodeaban: «Somos perdidos, les dijo; pensemos en la retirada: nuestra caballería está intacta y nos protegerá».—«Mí General, exclamó con el acento llanero Rondón, jefe de la caballería: yo no he peleado todavía, y para retirarnos hay tiempo». Y sin más oír, movió desesperadamente sus llaneros, que al resolver una colina se encontraron de manos a boca con el escuadrón español orillando en columna el pantano. Cayeron sobre él con la rabia de hombres que buscaban la muerte, arrollaron la primera fila y la segunda y la otra, precipitándolas dentro del profundo pantano, y a la postre obligaron al resto a volver caras aterrados y huir con toda la presteza de sus caballos. La infantería española, que desde las alturas vio aquello, imaginó que iba a ser cortada por la espalda, y hubo un momento en que, alterada, suspendió sus fuegos. En este momento crítico los tambores patriotas tocaron carga a la bayoneta, los soldados prorrumpieron en vivas victoriosos, y los españoles sob»ecogidos huyeron detrás de su caballería, dejándose matar sin resistencia: dos mii hombres que formaban la reserva de Barreiro, no se atrevieron a moverse sino replegándose al extremo occidental del pantano: tos patriotas tampoco se atrevieron a perseguirlos, y retrocedieron hacia el oriente, ocupando unas casas, que aún subsisten, donde acamparon aquella noche. A la mañana siguiente, trepando los cerros, marcharon rápidos sobre Tunja, y lograron por fin situarse entre Barreiro y la capital del Virreinato, apoderándose oportunamente de ios almacenes de víveres y pertrechos que en abundancia lujosa tenían los enemigos en Tunja. Lleno de inquietud Barreiro al saber este atrevido movimiento, corrió con los suyos a cubrir la capital por el sur de aquella ciudad, dirigiéndose a Boyacá, don-

de la justicia de Dios esperaba a los sostenedores de la tiranía para quitarles con un soplo de sobre la haz de esta tierra.

Tal fue la función de armas del Pantano de Vargas, en la cual lo« patriotas adquirieron tanta superioridad moral cuanto fue grande la impresión de terror que en el ánimo de los realistas dejaron las lanzas casanareñas y la serena intrepidez del heroico Rondón.

Dos tercios de legua al sur de Paipa queda la hacienda del Salitre, fundada por un español rumboso que en la fábrica de la casa imitó los claustros y arquerías de los conventos, completando esta semejanza con una capilla espaciosa edificada frente a la casa de habitación, y encerrándolo todo dentro de altas tapias. Yace aquello abandonado y solitario: la yerba crece libremente en los patios y corredores: el viento suena en los claustros como un murmullo de voces comprimidas, y la hoja de una ventana que batía contra el marco y hacía retumbar las cerradas salas, completaba la impresión de desamparo producida por aquella casa, centro quizás de festines ruidosos, recién levantada, hospital luégo de heridos, ocupado por las tropas de Barreiro, y finalmente mansión del silencio y de las alimañas que huyen del hombre. El Salitre se nombra este lugar por el hirviente laboratorio natural de sulfato de soda (sal de Qlauber) que por espacio de más de una legua se extiende a orillas de un riachuelo tributario del Paipa, y parece esconderse debajo de los cerros arcillosos y calizos de las inmediaciones. Brotan a flor de tierra innumerables manantiales de agua cuya temperatura llega a 70° centígrados, exhalando un fuerte olor de azufre entre remolinos de vapor de agua, que condensados prontamente por el frío del aire (16°)dejan dondequiera eflorescencias copiosas, al paso que las aguas depositan la sal en montones

de polvo y en agujas concrecionadas con una profusión inagotable. El suelo ardoroso y como calcinado está cubierto de arena blanca y fina que proviene de las fuentes, las cuales varían frecuentemente de lugar, cual si la costra de te tierra fuese la tapa de una caldera inmensa con respiraderos por todas partes, hasta en el lecho de! riachuelo y debajo de sus aguas corrientes.

Presenciámos la desaparición de unas fuentes que cesaban de manar, y la aparición de otras, anunciándose por sublevar el suelo en un punto, humedecerlo, arrojar el casquete de tierra, brotar arena blanca muy fina y cada vez más empapada, y por último salir los borbollones de agua muy caliente en la primera emisión, que se levanta y corre por encima de las verdolagas sin marchitarlas. En los cerros inmediatos no se ven eyecciones volcánicas de ninguna especie, aunque los hervideros parezcan apéndice de la cadena de colinas peladas que se desarrolla de norte a sur y se enlaza con el macizo de la serranía que corre levantándose al sureste hasta formar los helados páramos de Tibaná y Las Cruces, enfrente de los cuales, al este y cerca de Iza, encontrámos lechos de piedra pómez al rededor de fuentes sulfurosas y ferruginosas calientes. La sal de Glauber es uno de los artículos del comercio activo de Paipa, vendiéndola por cargas y a ínfimo precio dentro y fuéra de la provincia; por'supuesto que el desperdicio de ella es cuantioso y el modo de recogerla no puede ser peor. La riqueza de esta mina, como de las adyacentes de carbón, azufre y hierro nativo, espera todavía el aprecio y aprovechamiento de la industria calculadora y científica que nos traerán las edades venideras con la mayor población y crecidas necesidades. •

Del Salitre tomámos para el sureste por encima de los cerros, a salir sobre el alto de Tibasosa, desde

el cual vimos a nuestros pies la hermosa planicie de Sogamoso, cargada de prados y mieses, desarrollada y tendida cómo una rica alfombra cuyos diversos matices se desvanecian en los recodos de la extremidad orienta!. Era la mañana, y el so! resplandeciente bañaba con su luz la campiña, extendiendo al pie de los sauces su moviente sombra, e iluminando las torres y casas de Tibasosa y Nobsa, puestas a uno y otro lado de la planicie, como si defendieran las avenidas del antiguo santuario de Iraca. A lo largo del verde llano corre manso y tortuoso el río de Paipa, marcado en varios repliegues por el vivo reflejo del sol hasta lo último del paisaje, donde se le mira torcer y ocultarse al noroeste para Tópaga, con el nombre de Sogamoso. Numerosos grupos de reses mayores y menores animan los prados, y de vez en cuando se levantan las capas de casupo, las sementeras y las arboledas frutales, ora en lo llano, ora recostadas a las redondas colinas del circuito, dando a todo aquello el aire tranquilizador de una comarca poblada, abundante y hospitalaria'. Dos leguas anduvimos por esta llanura, bella sobre cualquier encarecimiento, y al rodear un montecilio aislado entrámos en las avenid'as de sauces que conducen a la villa de Sogamoso.

La ciudad sagrada de Iraca, patrimonio del uzaque Sugamuxi, que era también sumo sacerdote de los chibchas, encargado del 'famoso templo allí fundado por el legislador Nenqueteba, se hallaba un poco más al sureste de la villa actual de Sogamoso, en un pequeño valle ceñido de cerros y sembrado por arboledas simétricas.

Después del saqueo de Hunsahúa se dirigió Quesada con veinte caballos y los mejores infantes de Iraca. Saliéronle al encuentro las tropas de Sugamuxi, esperándolo en el descampado de la llanura grande, donde acometidos por los caballos fueron deshechos

tres veces los escuadrones de indios, que asombrados y llenos de terror huyeron a los montes vecinos, abandonando la ciudad y el templo. De la primera sacaron los españoles gran suma de oro, llegando a cuarenta mil castellanos el valor de las planchas arrancadas de sólo la fachada de la casa que habitaba Sugamuxi. Bien velan los codiciosos invasores el brillo de los platos y lunas de oro con que resplandecía lo exterior del templo, edificio gigantesco sustentado por pilares de madera corpulentos; pero el día se les acabó afanados en robar la ciudad, y acordaron diferir para el sol siguiente el saqueo de lo demás, acampando cerca del templo. En el silencio de la noche sonaban las lunas de oro, dando golpes, agitadas por el viento, y aquel ruido desveló a Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra, peones vulgares y rudos, y más que todo esto avarientos, quienes no pudiendo refrenar su impaciencia se fueron furtivamente al templo, rompieron las puertas y con un haz de paja encendido comenzaron a reparar en gran copia de riquezas y primores dispuestos por las paredes y techo, y dos filas de momias lujosamente ataviadas; de que deslumbrados pusieron el hachón en el esterado suelo y empezaron a derribar joyas con tal ansia, que no echaron de ver que ardían las esteras hasta que, prendiendo en las paredes cubiertas de telas finas, se levantó un torbellino de llamas tan furioso, que hubieron de salir apresuradas y con las manos casi vacías.

«Ningún volcán se mostró más ardiente en el arrebatado curso de sus llamas que este edificio avivado de los soplos del viento, siendo lastimoso espectáculo de aquellos tiempos, considerada la majestad de su fábrica, la grandeza de sus tesoros y la curiosidad de sus arreos; y si a los ojos de los bárbaros fue objeto de lágrimas por el violento destrozo de lo más sagrado que veneraban, no fue menos lastimoso

a los españoles por las esperanzas que entre las ruinas del fracaso dejaron sepultadas» (*). La serie de sumos sacerdotes, desde el sucesor de Bóchica, conservada en las momias, los anales de la nación chibcha, las crónicas de su civilización, lo más bien labrado de sús manufacturas en muebles, telas y metales preciosos, todo pereció reducido apavezas;el breve espacio de una noche y la estólida brutalidad de los soldados fueron suficientes para aniquilar la obra de muchas generaciones v sumergir en la oscuridad la historia primitiva de un pueblo interesante bajo muchos respectos. Cinco años y medio después Hernán Pérez de Quesada daba muerte violenta y alevosa al último zaque de Hunsahúa (Tunja) y a todos los uzaques y capitanes viejos congregados en Tunja con motivo del matrimonio de su desventurado señor, matando en ellos de una vez los recuerdos y tradiciones que habrían podido suplir en parte la pérdida de los archivos de Iraca; tanto así eran bárbaros y feroces los que se decían enviados poi- un cristiano para civilizar estas regiui.es ¡

Aun quedan indios puros en Sogamoso; pero es inútil preguntarles nada relativo a la conquista; la esclavitud los degradó hasta el punto de perder la memoria de sí mismos. Nadie supo indicarme con seguridad el lugar que ocupó el templo afamado. Por conjeturas creen algunos que sea un solar grande, notable por dos eminencias que hace la tierra en los extremos, del cual han solido sacar joyuelas y figuritas de oro. El solar es propiedad de una familia de indios a título de resguardo, y cuando lo visité se hallaba sembrado de cebada, cuyas espigas ofuscaban el miserable rancho en que se albergan los últimos iracas envilecidos, ignorando que reposan quizás sobre las cenizas de sus sacerdotes, de sus legisladores y de sus antiguos dioses.

(*) PlEDRAHiTA, Conquista de la Nueva Granada.

La villa de Sogainoso es el centro de un cantón que en 124 leguas cuadradas de territorio sustenta 53,400 habitantes agricultores y manufactureros, para lo cual tienen singular disposición. La tierra les produce diez calidades de frutos propios para los cambios de la feria semanal, además de la muchedumbre de artículos menores adecuados al consumo inmediato, y que por razón de su naturaleza poco durable no se introducen al comercio; las manufacturas surten los mercados con loza vidriada, jabón, pieles curtidas, lienzos, bayetas, ruanas, sobrecamas, toballas, pellones de cerda, sombreros de ramo y lana, zapatos, alpargatas, zamarros y algunos productos de herrería; finalmente, la ganadería se encarga de engordar las reses importadas de Casanare, y ofrece a los tejedores el abundante vellón de las ovejas, parte de las cuales- son merinas. Este solo cantón sostiene con ou !ii>juot. ia intciíór urí Comercio activo con las provincias de Casanare, Vélez, Socorro, Tunja, Soto, Pamplona, Santander, Bogotá y las del Magdalena, no obstante que lo fragoso de los caminos duplica as distancias y acrecienta las dificultades y gastos de Itransporte; así como lo imperfecto de las máquinas, si máquinas pueden llamarse unos aparatos sumamente toscos, les hace consumir en la fabricación de los artefactos diez veces más tiempo del que emplearían si una mano patriótica y protectora les diese instrumentos que les facilitaran la preparación de las primeras materias siquiera, ramo del trabajo en que estos pueblos permanécen tan atrasados como no es fácil creerlo, sin merecer una sola mirada de las cámaras provinciales ni de autoijdad alguna, ya que la muy escasa ilustración de los moradores los pone todavía bajo la tutela de los gobernantes locales. La