Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 27 de 51

Unidad de lectura 27

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jón, al lado de pequeños sembrados de maíz y en medio de grupos de arbustos desmedrados; ejemplo notable de las modificaciones que la configuración d«l suelo y predominio de ciertos'vientos causan en la temperatura de lugares contiguos e igualmente altos, diversificando de todo punto la fisonomía del país y las producciones locales espontáneas.

La Paz, situado en una meseta fértil, a 2.721 metros sobre el nivel del mar, disfruta de aires puros y ligaros y de una temperatura cuyo máximo de calor no pasa de 19° centígrados. Son los moradores bien dispuestos de c^uerpo, casi todos de raza europea, o tan cruzada que no se echa de ver lo indio; las mujeres, bonitas y sin pretensiones; los niños, verdaderamente lindos, con cabellos rubios y mejillas de carmín, alegres y, sociables. Este pueblo fue fundado en 1835, con vecinos bien acomodados, quienes desde luego le dieron la importancia de cabeza de un distrito, que hoy cuenta cerca de 3.000 habitantes. La iglesia es nueva, capaz, semiaseada, con lebrillos en lugar de pilas bautismal y lustral, pero sin figurones de bulto. Mejor pudiera estar, a tener quien la cuidara; mas la crónica local asegura que los párrocos han sido allí pastores a medias, es decir, que han esquilmado el rebaño, sin cuidarse de apacentarlo ni mejorarlo; cosa fácil de creer para el que haya visto de cerca la degradación moral de la mayoría del clero en Tundama y Tunja. Los trajes de lana, las inflexiones de la voz en el hablar, las costumbres sencillas. Jos arroyuelos corriendo a lo largo de las calles, las tiendas surtidas de espumosa chicha y asistidas con asiduidad por los campesinos concurrentes al mercado, indican bien claro que se han pisado los umbrales del antiguo pais de los chibchas; y asi es la verdad, puesto que no muy lejos, al occidente, moraba el valiente cuanto desdichado Tundama, uzaque poderoso y poco menos

que independiente del zaque de Hunsahúa, soberano titular, en 1538, de toda la comarca que se extiende desde los cerros de üuantiva hasta Chocontá.

De la Paz a Belén de Cerinza mide 5 leguas de camino, las dos primeras dé serranías muy interesantes, por ser la muestra más hermosa que de la íormación kéuprica se halla en las provincias del norte. Coronan los cerros capas de arenisca verde y a veces rojiza, que reposando sobre grandes masas de margas irisadas (kéuper) abiertas en barrancas derechas, cuyo término es la cortadura estrecha por donde corre el Suapaga, dan al paisaje un aspecto raro. La vista descansa con placer en aquellos promontorios deleznables, de tierras listadas con los colores del iris, que suavizan la luz del día; o alzando los ojos, encuentra en las cumbres los árboles y arbustos de follaje de esmeralda, nunca mafchitado por los ardores dél sol ni empañado por el polvo, que allí no lo consiente la tierra; y como si los autores del camino hubieran tenido la intención de abrir una vía pintoresca, más bien que mercantil, lo echaron por encima de los cerros, dejando el río a los pies del viajero y a su mano derecha la mole margosa de flancos sin vegetación, que casi estaría de más donde sirve de adorno suficiente al caprichoso colorido del suelo mismo. Después de esto comiénzase a ver la planicie de Cerinza, que corre 4 leguas de oriente a occidente, circundada de colinas redondas, cuyos peinados recuestos mueren suavemente sobre la verde llanura de aluvión; de allí a poco se sigue una bajada tortuosa y escarpada, hasta tocar el río, y al camino de montaña se sustituye el de llano, faldeandb los cerros y llevando a la izquierda potreros y estancias de labor, divididas por tapias bajas, a usanza del Reino. Andadas tres leguas se llega a un cortinaje de sauces, detrás del cual está Belén de Cerinza, bonito pueblo, edificar

do al desembocar los caminos que vienen del páramo de Guantivá y del cantón Charalá, por encima de los picachos piramidales de Ture, circunstancias que lo han hecho prosperar mucho más que su predecesor Cerinza, fundado media legua adelante y erigida en parroquia desde 1777. Termina este valle lacustre al sudoeste, cabe una rambla tendida, depresión de la cadena de lomas que por alli corre de poniente a naciente, por la cual se sube, llevando a la izquierda y derecha limpias sementeras de cebada, trigo, habas, avena, papas, maíz, arvejas y fríjoles, dispuestas en pequeños cuadros hasta la cumbre, repitiéndose al opuesto lado el mismo fenómeno de vegetación que en el alto de la Paz, es decir, grupos de frailejón alternando con los cereales cultivados, en cuya conformidad concluye la cuesta y sigue un fresco valle, asiento de la capital de la provincia que lleva el nombre deTundama, su antiguo soberano y defensor empecinado.

LsT^^ciudad de Santa Rosa de Viterbo, que bien pudiera trocar esta letanía de palabras por la simple y sonora de Tundama, cuenta hoy 2.000 habitantes y se compone de dos entidades o naturalezas en pugna manifiesta: la de viejo poblachón, que fue parroquia desde 1690, y se quedó estacionario con sus ranchos de paja, y la de ciudad capital improvisada, que pretende merecer su título, mejorando de aspecto; entrambas entidades representadas por las casuchas indígenas y por las nuevas casas con balconadura de hierro colado levantadas junto a sus humildes predecesoras, que parecen escandalizadas de aquella novedad, y dispuestas a no desamparar el suelo a que están adheridas, como el liquen al peñasco nativo. La plaza es despejada y alegre, con vista a las colinas verdes que por un lado circuyen la ciudad, y con una fuente o pila (estilo español) en e! centro, rodeada de árboles. En este holgado

espacio se congrega los lunes muchedumbre de gentes que traen al mercado copiosa variedad de frutos y fas manufacturas nacionales de algodón, lana y fique, con las cuales se abrigan y engalanan nuestros campesinos sin necesitar de las extranjeras, y aun desdeñándolas por su poca duración. El cuadro que se presenta difiere poco de los análogos en las otras provincias andinas: los mismos indios de formas rechonchas, color cobrizo y fisonomía socarrona de suyo y humilde cuando saben que los miran, los mestizos atléticos y los blancos de tez despejada y facciones tan españolas que parecen recién trasplantados dé Andalucía o Castilla; tipos de población que, con leves desinencias, se hallan repetidos en Vélez, Tunja y Tundama, y hasta cierto punto en Pamplona. Las únicas peculiaridades que en Santa Rosa encontré fueron los sombreros colosales de lana (fieltro endurecido) con que los campesinos oprimen sus cabezas, llevando en la copa un almacén de tabacos, pañuelos y otras zarandajas de uso personal; y los burros en servicio activo cargando víveres al mercado y viajando en recuas, de lo cual están exentos en las otras provincias, donde los bueyes sufren el peso de los quehaceres como bestias de enjalma y carga, y los asnos se están quietos refocilándose en los potreros. Así es que habituado el que ha dado la vuelta por Vélez y el Socorro a no ver en los caminos ni lugares públicos los pacientes y siempre apaleados burros, los saluda risueño cuando los encuentra de repente en Santa Rosa y Sogamoso, llevando su carga cabizbajos y tomándose de propia autoridad lo mejor del camino y las aceras de las calles, conforme lo han por costumbre y malicia en todas partes.

Hay en esta ciudad un colegio particular, fundado y dirigido por el doctor Juan N. Solano y su hermano, jóvenes de ilustración y modestia, que han

consagrado sus días a la enseñanza, con más patriotismo que lucro pecuniario. Cuenta ei establecimiento corto número de alumnos internos, base de su existencia, los cuales reciben educación cristiana e instrucción en varios ramos de filosofía y literatura, en idiomas vivos y matemáticas, procurándoseles al mismo tiempo la salud y buen desarrollo del cuerpo, mediante algunos ejercicios gimnásticos; ramo enteramente descuidado entre nosotros, de donde resulta que salen de los colegios jóvenes aptos para los quehaceres sedentarios, pero incapaces de soportar las fatigas físicas, o minados desde temprano por el germen de las enfermedades que abrevian los días a los hombres de bufete. Desatender la educación del cuerpo en países como éstos de vivir inquieto, es un error tan imperdonable como el de enseñar latín y metafísica en los colegios de provincias mineras y manufactureras, según desgraciadamente acontece para perpetuación de nuestra ignorancia y atraso industriales.

La aerólita de que Boussingault y Rivero hacen mención en una de sus memorias ralativas a Colombia, se conserva todavía en Santa Rosa, puesta, en un rincón del patio de la casa ocupada por la familia del señor Solano, donde la vimos. Halláronla el año de 1810 sobre la colina de Tocavita, en las cercanías de la ciudad: es enteramente metálica, compuesta de hierro y níquel, pesando 700 kilogramos (15 quintales granadinos), y fue comprada para el museo nacional; pero las dificultades del transporte la tienen relegada y menospreciada, habiendo servido mucho tiempo de yunque en una herrería. Bien hubiéramos querido haber enviado al museo esa hermosa joya que le pertenece por muchos títulos; mas el tiempo, el dinero y el apoyo necésarios nos faltaban, como faltó asimismo herrero para cortar un pedazo, que pudiéramos llevar de muestra, ya que el original

ha de perderse en el olvido, o en la fundición de algún codicioso que se ría de las ciencias y de ios museos. Hay razones, que luégo se verán, para creer que la colina de Tocavita estuvo sumergida en el gran lago de Sogamoso, hasta cien años antes de la conquista, próximamente. Compónese de arcillas y arenas revestidas de cantos rodados y pequeños fragmentos de cuarzo empañado, formando un suelo resistente y firme, sobre el cual, y en parte descubierta, estaba la aerólita, cuya situación autoriza para inferir que la caída de esta masa metálica debió verificarse durante el siglo XV, o en el primer tercio del siguiente; porque si hubiera sido antes, se habría encontrado sumergida en el sedimento lacustre que constituye todos aquellos terrenos, y si hubiera sido después, los cronistas de la conquista no habrían pasado en silencio un acontecimiento tan ruidoso como el velocísimo descenso de un cuerpo que necesariamente vendría tronando, encendido y resplandeciente.

Escasas dos leguas al poniente de Santa Rosa queda Dúitama, teatro de importantes sucesos que dentro de las calles del pueblo y en los alrededores tuvieron lugar cuando la conquista y cuando la independencia de estos países.

Corría el mes de agosto de 1537, y el capitán Juan de Sanmartín, que con 30 hombres, por orden, de Quesada, había marchado de Somondoco a reconocer unos llanos extendidos que vieron al sudeste, se encontraba en Iza reparándose de los quebrantos de esta desastrosa expedición, cuando se le presentó un indio anciano, de buena presencia, ensangrentada la camiseta a causa de llevar cortada la mano izquierda y las orejas, que se manifestaban pendientes del cabello. Puesto delante del capitán, con voz trémula por el dolor, la debilidad y el enojo, le significó hallarse en aquel estado por la crueldad de Tundama, uzaque soberano de Duitama, quien sabien-

do la entrada y proezas tie los extranjeros en la tierra de los chibchas, reunió sus curacas o notables para convenir en lo que debieran hacer, y siendo este anciano el único que le aconsejó la paz obtenida por regalos o tributos, airado lo mutiló con sus propias manos, y «vé, le dijo, vé a los ochíes de parte mía, y dilés que de esta calidad son los tributos que yo pago a extranjeros, y que lo mismo que hago en ti por cobarde, prevengo hacer en ellos cuando lleguen a mis tierras, y que me pesará lo dilaten, y para que no lo hagan, tú les servirás de guía» (*). Al mismo tiempo que Sanmartín recibía esta primer noticia del país de los duitamas, recibía Quesada en Baganique (Viracachá), cerca de Ciénaga, la de la existencia del populoso reino de Hunsahúa, hoy Tunja, dada por otro indio resentido. A Sanmartín lo engañaron los guías, y después de muchos rodeos lo llevaron a Toca, Siachoque y Ciénaga, temerosos de que los ochíes pusieran los pies en el valle sagrado de Iraca, y profanaran el santuario de Sugamuxi: Quesada, con mejor fortuna, penetró hasta la corte del zaque Quimuinchatecha el 19 de agosto, y el 20 lo aprisionó y saqueó (**).

Reunido Sanmartín a Quesada,. le habló de Tundama y su mensaje, noticia confirmada por el traidor que vendió al zaque, añadiendo la que ningún indio se había atrevido a dar todavía, y era la de la existencia de Sugamuxi, uzaque de Iraca, pontífice de los chibchas y guardador de los archivos y caudales del

(*) PiEDRAHiTA. Conquista de la Nueva Granada.

(**) Doscientos ochenta y dos años después, día por día, Bolívar y Santander derrotaban a los españoles el 19 de agosto, tres leguas al sur de Tunja, y el 20, aprisionado el jefe castellano y saqueado su campo, se dirigían las huestes libertadora^ á Tunja, ciudad de hidalgos descendientes de encomenderos, llevando en el pensamiento la manumisión de los esclavos y la emancipación de los restos degradados de la nación chibcha, que no comprendía ni aún comprende su redención.

templo máximo, de lo que resultó la marcha de todos y entrada en el territorio de Tundama, quien les mandó un corto presente, rogándoles que se detuvieran en tanto que él en persona Ies reunía y llevaba ocho cargas de oro. Hiciéronlo así los españoles, y mientras tanto el astuto indio sacó y escondió las joyas e ídolos de los adoratorios, apareciendo en seguida con gente bien armada, y convidando aJos ochíes a que fueran a recibir el oro sobre sus cabezas, porque a menos costa no podrían ganarlo. Corridos de la burla, lo atacaron hasta entrarse en Duitama, pero salieron de la ciudad sin fruto alguno, y maltratados de las piedras y flechas, enderezando para Iraca. Al regreso de aquella expedición pasaron por Paipa, y el Tundama les mandó un mensajero, advirtiéndoles que allá iba a’buscarlos, como en efecto se apareció con numerosa gente de guerra, muy engalanada de petos y coronas de oro, distinguiéndose por medio de banderas los tercios de Onzaga, Cerinza, Sátiva, Susa, Soatá, Chitagoto y otros curacas súbditos del uzaque altanero. El encuentro tuvo lugar en la llanura de Bonza, y la victoria quedó por los españoles, retirándose Tundama con su ejército, más amedrentado por los caballos y arcabuces, que realmente derrotado. Quesada estuvo a punto de perder allí la vida, derribado del caballo a macanazos, con lo cual determinaron no detenerse en esta conquista por entonces, y siguieron en demanda de Neiva, después de haber asentado paces con Tundama por intercesión del uzaque de Paipa.

Finalmente, repartidos después en diversos feudos los indios de Iraca y Duitama, tocaron éstos con su generoso jefe al capitán Baltasar Maldonado, en calidad de siervos tributarios. Marchó Maldonado en 1540 a sujetarlos, y como por ensayo hecho, al pasar arrasó y saqueó las poblaciones de Iraca (Sogamoso), dirigiéndose luégo a Bonza, donde lo espera-

ba Tundama fortificado en una isla rodeada de pantanos. A traición lo vencieron, y en otros combates fuéra de los pantanos, acabaron de postrarlo de tal modo que hubo de pedir la paz. Otorgósela Maídonado y le impuso tributo arbitrario, que la codicia del ruin encomendero aumentaba sin tasa, dificultando más y más el pago. Reconviniendo una vez a Tundama, respondió con desabrimiento, y menos sufrido Maldonado de lo que debiera, le dio en la cabeza con el martillo con que estaba machacando las joyas de OJO tributadas, y lo mató vil y alevosamente, pues el noble indio no esperaba semejante agresión estando en la casa del español bajo el seguro de la paz, y el golpe lo tomó desprevenido. «A su sobrino y sucesor, que posteriormgnte recibió el bautismo de mano del obispo don fray Juan de los Barrios, le cupo un fin no menos trágico. Apremiado con tormentos por el cruel y homicida oidor Mesa, a fin de que le contribuyera con crecidas cantidades de oro, y hallándole incontrastable, lo hizo pasear desnudo y maniatado Como un malhechor por las calles de Duitama. No sobrevivió el sensible cacique a esta afrenta; vuelto a la prisión se suicidió, ahorcándose de una de las vigas de la cárcel» (*).

Duitama decayó mucho de su primitiva grandeza, oprimida y despoblada por el bárbaro régimen de las encomiendas. De diez años a esta parte ha comenzado a mejorar en casas de teja, orden material y aseo, resultados de la mayor civilidad de las gentes, y la riqueza y población también mayores. Bonza, lugar de recuerdos históricos, queda menos de una legua al sur, no ya en tierra cubierta por las aguas ni pantaños como en tiempo del Tundama, sino enjuta y de labor, excepto en la depresión central de la

(*) Joaquín Acosta, Compendio histórico.

llanura, que aún conserva los juncos y plantas acuáticas y hace laguna durante las grandes lluvias. Por la planicie, al occidente, se llega a Palpa, orillando el río de su nombre con dos y media leguas de excelente camino que atraviesa campiñas amenas, huertas en que se producen exquisitas manzanas, ciruelas, duraznos, membrillos y otras frutas muy regaladas, y pasando por entre rebaños lucidos de ovejas cargadas de la fina lana que tributan a los telares nacionales. Al llegar a Paipa tuvimos la fortuna de ser alojados en casa de los señores Prieto, caballeros de distinguida cortesanía que, penetrados de lo importante del servicio público que llevábamos a nuestro cargo, se apresuraron a suministrarnos datos, proporcionarnos cabalgaduras y as9mpañarnos en las excursiones por los alrededores con la bondad y el generoso empeño de patriotas ilustrados, liijaje bien escaso en la provincia que recorríamos.

Paipa es el postrer pueblo del cantón Santa Rosa por la banda del occidente, situado en el punto de unión de las planicies lacustres de Tunja y Tundama, orillas del río que representa el canal de desagüe de estos lagos antiguos y toma tantos nombres cuantos lugares riega, quedándose al fin con los de Chicamocha y Sogamoso. Asentado en campiñas abiertas, país de 15° centígrados de temperatura media, por hallarse a 2.460 metros de altura sobre el nivel del mar, goza de las delicias de una primavera continua, como todos los pueblos de aquellas planicies andinas, y en la disposición y buenos colores de los habitantes demuestra la salubridad del clima, conforme se infiere de lo numeroso de la población, la baratura de las subsistencias; beneficio vinculado en este suelo americano, donde el hambre jamás se su-