Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 34 de 51

Unidad de lectura 34

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Sentado en uno de los trozos de piedra y con esta descripción en las manos contemplaba aquellos restos mudos de los trabajos sociales de un pueblo ya extinguido; mudos por la bárbara destrucción que de los archivos chibchas hicieron los conquistadores. El terreno había sido arado, y algunas cañas de trigo agitadas por el viento golpeaban con la espiga las mutiladas columnas, como indicándolas al viajero. Si las relaciones históricas nos faltan, me decía yo, ¿por qué no se habrán buscado indicios claros excavando estas ruinas? La tierra debe guardarlos, puesto que el dueño de la estancia me aseguraba que se habían encontrado argollitas de oro y chucherías de barro cocido. ¿Sería un cementerio de los indios principales, como el que se descubre en una isla de la laguna de Fúquene?

Procuré estimular la curiosidad del estanciero, explicándole lo que se conjeturaba de las ruinas y animándole a practicar una excavación.

— «Quién sabe, señor, lo que será; yo no tengo barra, y eso está muy duro», contestó señalando el suelo. Era inútil insistir, y hube de partirme de allí sin adelantar nada. Los venideros resolverán el problema; y al expresar este aplazamiento no puedo menos de recordar lo que me observaba una vez cierto amigo yanqui: «Su bello país tiene muchas cosas qué investigar, pero sobre cada una de ellas hay siempre un maldito letrero que dice: ¡Mañana!, y en boca de casi todos los naturales, está una frase todavía más maldita: ¡Quién sabe!

Tomámos el camino hacia El Desierto, pasando por Sutamarchán, Tinjacá y Ráquira, pueblos pequeños, tranquilos como una casa de campo, y habitados por agricultores y trabajadores de loza ordinaria de barro. «Pueblos de los olleros los llamaron los conquis-

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tadores, porque, dice Piedrahita, en todas las villas y lugares del contorno de Tinjacá había primorosos artífices de vasos y figuras de barro, tan atentos al oficio, que ni la entrada de los españoles pudo distraerlos de sus ocupaciones». El mismo historiador añade que Tinjacá era «una gran población fundada a orillas de la laguna de Singuasinza»; y en tiempo de Oviedo (1750) llevaba todavía la fama de producir mucho y muy buen trigo. En el día no quedan rastros de laguna, salvo la constitución sedimentosa de todo el valle; los numerosos indios han desaparecido, y con ellos el esmerado cultivo de los campos y el aprovechamiento de la cochinilla, que ha degenerado en producción silvestre de ínfima calidad. Legua y media al oriente de Ráquira demora El Desierto, lugar apacible, fresco y poblado de casitas al amparo de un orgulloso convento que levanta sus tejados y lo domina todo, como en la vieja Europa los castillos del feudalismo. El origen de aquella denominación postiza lo hallamos en Oviedo (*), quien hablando del curato de Ráquira dice: «No sé a cuál circunstancia se atribuirá el tener dentro de su feligresía un convento de religiosos ermitaños descalzos del señor san Agustín, en un ameno sitio entre unas peñas, que llaman La Candelaria, y a los religiosos en este reino candelarios, porque allí fue su primera fundación. Su origen procedió de que en el primitivo tiempo se retiraron allí a hacer vida eremítica dos virtuosos varones, y el uno era religioso agustiniano, antiguamente llamados gugliemistas, hasta que el señor Inocencio IV, cuando se le apareció el gran padre san Agustín con una gran cabeza y un cuerpo muy lánguido, dándole a entender con esto que aquella su religión necesitaba de muy buena reforma, los refor-

(*) Pensamientos y noticias escogidas para utilidad de curas del Nuevo Reino de Granada. 1761, (Inédita).

mó y llamó ermitaños. De lo dicho provino el sacar licencia y fundar dicho convento de agustinos ermitaños descalzos, separándose de los otros. Tiene una muy hermosa imagen de nuestra Señora, que llaman de la Candelaria, y es muy visitada de los fieles, porque experimentan miucho favor en sus milagros».

En estos ingratos tiempos que alcanzamos, los susodichos milagros se han puesto en receso; pero en cambio El Desierto se ha vuelto un poblado muy ameno en donde los padres pasan la vida con razonable regalo, según colegí de haberlos hallado entregados a la sabrosa siesta, cerradas las puertas, y sin otra señal dé perturbación en las afueras del amplio edificio que algunos sirvientes tertuliando, y una ai parecer ermitañita de tiernos años, que al ruido de nuestra llegada manifestó el curioso rostro por una ventana. Pasaban las horas del medio día; el ayuno nos apremiaba, puesto que nuestra vocación era enteramente contraria por entonces ala de no comer; 11amámos a las puertas, deletreámos nuestros nombres, invocámos a la ermitañita que se había eclipsado; pero en vano pugnamos contra la siesta de los padres y la adversidad de la suerte; hubimos de seguir adelante y ayunámos por aquellos cerros en demanda de Samacá, distante todavía cuatro largas leguas!

Las tres primeras se andan por lo» estribos y recuestos de la prolongación del páramo de Gachaneque, masas compactas de arcilla, cuya retracción durante el verano la divide constantemente en pentágonos, dando al suelo la apariencia de un enladrillado marcado en algunos lugares por filetes de pizarra oscura. Después de esto se avista la planicie limpia e igual en que 'tienen su asiento Samacá, Cucaita y Sora, pueblos pertenecientes al cantón de Tunja, rodeados de ricas sementeras de trigo, cebada y maíz alternando con bellos grupos de sauces que dan al paisaje la apariencia de un jardín, confirmada por la

fragancia de los rosales puestos a orillas del camino. Como de costumbre en los pueblos de la cordillera, su aspecto y disposición material de ninguna manera corresponden a la rara hermosura de los campos inmediatos; el genio indígena, tal como lo abatió y amilanó la tiranía de las encomiendas, no procura ni concibe la comodidad en las habitaciones, ciñéndose a edificar ranchos o casas desabrigadas y mal compartidas, que apenas sirven para guarecer de la intemperie a sus moradores; tienen sobrantes el espacio y la luz, y uno y otra faltan siempre de puertas adentro, dividiendo el estrecho recinto con los animales domésticos que todo lo invaden, asientos, mesa y cama, si merecen tales nombres los toscos muebles y los cañizos que constituyen el ruin menaje; pero en compensación de este desaliño halla el viajero hospitalidad franca y bondadosa en los habitantes, honradez a toda prueba y servicios desinteresados, que prestan sencillamente, pidiendo perdón por no haberlos podido proporcionar mejores. Tan poblada de indios era originariamente esta pequeña planicie circuida de altos cerros, que todavía se conservan vestigios y memoria de tres pueblos florecientes que allí estaban: el de Sachiquisa, del cual sólo quedan los sepulcros; el de Chausa, situado en la cabecera del llano de Patagüí, donde se ven restos de una larga calzada, que probablemente conducía de la casa del uzaque al templo, según el uso constante de los chibchas, descrito y explicado con vivos colores por el cronista Castellanos; y por último el de Juacá, muy cerca de Samacá, sobre el camino de Cucaita; eran asiento y propiedad de la tribu chibataes, que ha desaparecido como los demás de la populosa confederación de Hunsahúa.

Tres y media leguas al sudeste de Samacá, por el camino que costea la serranía en que derrama sus hielos el páramo de Peñanegra, queda el memorable

campo de Boyacá. Los vientos y lluvias del mes de agosto batían el desapacible tránsito; el suelo gredoso y unido casi, no permitía el andar a las bestias, según resbalaban y se arrodillaban a cada paso; una densa niebla velaba el triste paisaje de los solitarios cerros, y los arbustos enanos y rígidos sonaban como petrificados por un frío de 5° centígrados. En los páramos la tempestad no es majestuosa, tronadora y rápida como en los valles ardientes de nuestros grandes ríos: es callada y persistente cual la muerte, y como ella, también yerta y lóbrega, sin las magnificencias del rayo, sin la terrible animación del huracán que transporta veloz y arroja sobre la tierra océanos de agua; morir en medio de estos grandes ruidos y conmociones de la naturaleza debe ser para el viajero un accidente súbito, casi no sentido; en los páramos se muere silenciosamente, miembro por miembro, oyendo cómo se extinguen por grados las pulsaciones del corazón; por eso es terrible, y terrible sin belleza, una tempestad en la cima de los Andes: el ánimo se abate y la energía queda reducida a los términos pasivos de la resignación.

Cuando avisté la casa de teja de Boyacá, me pareció que renacía para el mundo; detrás de mí dejaba los torbellinos de niebla y el desamparo del páramo; un golpe de sol iluminaba el teatro del acontecimiento que abrió a la Nueva Granada el porvenir de nación libre, y las verdes praderas en donde 3.000 veteranos españoles doblaron la rodilla ante los pendones colombianos, brillaban matizadas de menudas flores. La casa en donde treinta y un años antes habían resonado las presurosas voces de Bolívar, de Santander, de Anzoátegui, de Soublette, el estruendo de la batalla y las aclamaciones de los republicanos victoriosos, ahora silenciosa y envejecida, ofrece al viajero descanso y posada ciertamente modesta, más de lo que conviniera, pero llena de recuerdos interesan-

Manuel Ancízan

tes y, por decirlo así, santificada desde el 7 de agosto de 1819. Ningún monumento, ni una piedra siquiera, conmemora esta grande y benéfica función de armas; el antiguo puente, centro del conflicto, ha desaparecido; y el nuevo, en cuyas pilastras se tenía la idea de inscribir los nombres de los libertadores, permanece raso y sin concluir; tai es el torbellino de acontecimientos que llenan los días de nuestra República, que no dan tiempo para levajitar en ella ni aun los trofeos de aquellas,- victorias, únicas dignas de perpetua recordación.

Del campo al pueblo de Boyacá no hay dos leguas completas. Consta el pueblo de algunas treinta casas de paja y desparramadas, sobresaliendo, como la protectora de aquella humilde familia, una buena iglesia de cal y canto. No hay posada pública; pero el transeúnte no echa de ver esta falta por la proverbial y franca hospitalidad del cura, doctor Francisco Gutiérrez, á quien fuimos deudores de mil atenciones ofrecidas con la naturalidad y llaneza que realzan su amable trato. Bien que la raza indígena se haya modificado aquí por su cruzamiento con la europea, todavía subsisten restos de las costumbres chibchas entre los que más se acercan al tipo de este nación casi extinguida; así, en las itnujeres suele verse el chircate, especie de manta de lana puesta al rededor de la cintura a guisa de enaguas y atada con una faja encarnada que llaman maure, cuyo atavío completaban las indias con otra manta pendiente a la espalda y sujeta, por un grueso alfiler que les adornaba el pecho; líqiiira decían a la primera y topo al segundo. Ambas cosas han, caído en desuso, sustituyéndolas la desairada mantellina de bayeta y el tosco sombrero de trenza, que frecuentemente ocultan y desfiguran las formas vigorosas y bien proporcionadas, tan comunes en las campesinas de nuestras cordilleras.

Como noticia final de Boyacá no estará de más copiar lo que dice Oviedo (*) de este pueblo, refiriéndose al año 1736, y su juicio critico acerca de Bochica, legislador y maestro de los chibchas:

«Tiene Boyacá de 70 a 80 indios, y cosa dé veinte vecinos blancos. Produce trigo, maíz, muchas arvejas y otros frutos, y con abundancia manzanas, de cuyos árboles está lleno el pueblo. Hay muy buena casa de cura, y en ella una cuadra de árboles de manzanas y duraznos. El principal trato de los indios de este pueblo es muchísima cal que fabrican, con que proveen no sólo aTunja, mas también la conducen a la ciudad de Santafé.

«Por no ser ingrato a este pueblo de que fui cura en 1830, referiré una memoria honorífica que hay de él y la traen los historiadores de este reino, y es; que aun entre las sombras de su gentilidad creían que hay un Dios, autor soberano de la naturaleza, y que era trino en personas y uno en esencia, como se lo había enseñado a sus mayores el bochica (otros decían el zuhé) que fue su maestro. Y éste se cree que fue uno de los santos apóstoles; unos sienten que fue mi padre san Bartolomé, otros que fue santo Tomás, y aun otros que san Simón. En lo que no hay disputa es que en el pueblo de Boyacá de que hablamos, adoraban los indios un ídolo de un cuerpo humano con tres cabezas o tres rostros en una misma cabeza, que lo halló allí el padre fray Juan de Sotomayor, primero que les predicó la ley evangélica; dado que también el padre fray Pedro Simón afirma que los indios pijaos, y otros de la jurisdicción de Tunja, tenían en sus adoratorios ídolos en figura de hombres con tres cabezas o tres rostros en una cabeza, y que decían ser tres personas con un solo corazón y una voluntad».

(*) Obra citada.

A mediados de 1537 regresaba el Capitán San Martin de su infructuosa expedición a los Llanos, que habia visto desde las alturas de Somondoco, no podiendo penetrarlos, y después de vagar a diestro y siniestro dio en el poblado y rico valle de Baganique sobre el caserío de Ciénaga. «Alborotados los indios de ver la nueva gente (*), se opusieron armados al encuentro, con vana presunción de que podrían cogerlos a manos para ser de ellos víctimas horrorosas a sus ídolos; y a causa de ser el día proceloso de lluvias y vientos, y los caminos deleznables y angostos, desfilaban tan separados e inadvertidos los españoles, que llevaban sin sillas los caballos, guiando cada cual el suyo, y las sillas en hombros de cargueros; con que embestidos los primeros que llegaron abajo, se vieron apretados de los bárbaros, hasta que el alférez Martín Galiano, puesto a caballo en un reventón que hacia la tierra y blandiendo la lanza, detuvo el ímpetu de aquella nación cobarde; aunque para sosegar el acometimiento, menos obró con el esfuerzo que con el espanto que concibieron los indios de ver aquel monstruo formado, en su idea, de hombre, caballo y lanza. Mas ésta acción duró poco, porque luégo que resonó ia guazabara en los oídos de los compañeros, lo socorrieron tan presto, que tuvieron los indios por más seguro dejarles el lugar expuesto al saco con la fuga, que perder las vidas miserablemente con la resistencia». Hicieron los vencedores copioso botín de bastimento, ropa y oro en el pueblo, y dieron cuenta del suceso al general Quesada, que a la sazón se en-

(*) PiEDRAHiTA. Historia general de la conquista del Nuevo Reino de Granada.

contraba en Ubeitá (¿Umbita?), y con las noticias marchó a Ciénaga. Allí recibieron informes, por un indio fugitivo y agraviado, del territorio y riquezas del uzaque Tundama; poco después, habiendo salido Fernán Venegas en demanda de alguna población abastecida y capaz de que en ella se mudase el campo, llegó al asiento de Baganique, y entre las casas abandonadas encontró un templo del cual sacó seis mil castellanos de oro fino y otras preseas de estima, y encontró asimismo el primer traidor que mancilló por intereses el nombre chibcha.

Gobernaba en Baganique, hoy Ramiriquí (*), por delegación del zaque, un indio noble, quien, arrebatado de despecho al verse robar su hacienda, salió al encuentro de Venegas y le dio razón del territorio y riquezas de Tunja, ofreciendo conducirlo hasta la morada de su soberano. Alegres los españoles, porque «la traición contenta aunque el traidor enfade», festejaron al indio, que luégo murió arrastradamente, impusieron el nombre de Venegas al valle, en memoria del suceso, y marcharon a la destrucción de Quimuinchatecha y Sugamuxi. Tales son los recuerdos históricos que han dejado Ramiriquí y los . demás pueblos que hoy componen el cantón Turmequé, al cual nos dirigimos desde Boyacá, dando un gran rodeo por Tunja.

Numéranse en el mencionado cantón 38.300 habitantes, que ocupan una área de 20 leguas cuadradas, siendo 5 de páramos casi desiertos; de forma que en las 15 restantes resultan 2.553 habitantes por legua cuadrada, población específica de que la Europa misma, excepto Bélgica y Holanda, pré^enta muy pocos ejemplos, y que desde luego sugiere la idea

" (*LOviedo. Pensamientos y noticias. «Ramiriquí era adonde tenían los zaques de Tunja sus baños y adoratorios gentílicos, y donde era la opulencia de Baganique». Página 95. M. S.

de un territorio fértil y fraccionado en pequeñas heredades. Así es en realidad; y nada complace tanto como la vista de aquellos campos cuajados de variadas sementeras, divididos en pequeñas estancias y tan aprovechado el suelo, que los bueyes y vacas no tienen más espacio para pastar amarrados que ias orillas de las cercas y los lugares recién desocupados por las cosechas. Allí no hay ociosos: los que no están labrando la tierra se atarean en transportar sus frutos a los mercados de los pueblos, y aun los pequeñuelos, todavía en la infancia, desempeñan los oficios de pastores de ovejas y guardadores vigilantes del ganado mayor. Recuerdo que a cada paso encontrábamos niños balbucientes, de dos en dos, armados de palos y sentados sobre el césped, cuidando afanosos que el pequeño rebaño no traspasara los límites reducidos del erial: pobremente vestidos de bayeta, rosadas las mejillas y despabilados los semblantes, se levantaban al acercarnos, corrían a su ganado gritando: «¡usa, usa!» para que no se desbandara, y asegurados de ello volvían a mirarnos, y juntando las manecitas prorrumpían en la frase trunca «Sacramento l’altaar!» entonada en agudas notas como salutación respetuosa. Así pasan la infancia, y crecen, y se hacen grandes para mayores faenas estos hijos del pueblo laborioso, ignorando felizmente qué cosa es el mundo, e ignorando al mismo tiempo que hay una vida intelectual a cuyos beneficios no son llamados, porque nadie entre nosotros se acuerda que ellos también tienen inteligencia que pide doctrina, puesto que «el hombre fue creado para Cimentarse no solamente de pan, sino de verdad».

Hasta el año de 50, en que la cabecera del cantón se trasladó a Turmequé, lo era Ramiriquí, villa situada en una hermosa meseta en que se cruzan los caminos de Boyacá, Soracá, Siachoque, Viracachá, Cié-