Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 35 de 51
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naga, Zetaquirá, Garagoa y Jenesano, a 2.271 metros de altura sabré el mar, y 15“ centígrados de temperatura media; lugar ventilado y tan sano, que en medio de un extraordinario desaseo, comparable sólo al de Soatá, disfrutan de envidiable salud y larga vida los moradores, blancos todos y de estaturas aventajadas. Lo del desaseo no es ponderación ; y en prueba de ello diré que habiéndonos alojado nada menos que en una casa de balcón, nos ^.rvieron al cabo de largo tiempo una comida tal, qué al apremio del hambre hubimos de añadir la oscuridad, cerrando las ventanas para consumirla sin reparar en las sustancias intrusas, que abundaban sobre los ex-platos y dentro de los inimitables guisos: bien es verdad que esto quedó compensado con haber amanecido al día siguiente nuestros cuerpos llenos de ronchas, causadas por animales que se me permitirá dejar anónimos. Sin embargo, hay esperanzas de que aquello mejore, pues no faltan sujetos de representación cuyas casas tienen aire racional por dentro, limpias y abrigadas, en armonía con la cultura de sus dueños, entre los cuales debo mencionar especialmente al bondadoso señor Tomás Márquez, sin cuya intervención lo habríamos pasado peor en el desempeño de nuestra comisión que en el refrigerio de nuestras personas, pues la primera autoridad de la villa no sabía leer siquiera.
El pueblo menos a propósito para cabecera del cantón es Turmequé, situado en un extremo y sobre las vertientes del cantón Tunja, fuéra de las vías de comercio y comunicación de que es centro Ramiriquí, superior bajo todos respectos a los demás lugares. Cuando los conquistadores arribaron a Turmequé (en 1637) hallaron un pueblo de cuatro mil vecinos, que se rindieron sin resistencia y zahumaron con incienso a los invasores por miedo a los caballos y terror que les causó el sonido de cuatro trom-
petas que hizo fabricar Quesada de unas pailas viejas, de donde vino el nombre de Trompetas, impuesto al pueblo por los aventureros castellanos. Ciento treinta años después describe Oviedo esta villa, diciendo que era cabeza de corregimiento, con seiscientos indios, dos caciques y mil vecinos pobres, sustentándolos la agricultura. De la despoblación sufrida no habla, sino de haberse edificado «una muy buena iglesia y bien ornamentada, y una capilla de Nuestra Señora de Chiquinquirá, que puede ser iglesia en cualquier lugar»; rasgos que pintan al vivo la índole de nuestros abuelos peninsulares, y el modo como entendían el adelanto de los pueblos conquistados. Hoy se numeran 6.150 habitantes en el poblado y radio del distrito; lo que demuestra, como en todas las provincias del norte, que, a pesar de la guerra magna y de las contiendas civiles, el país ha progresado con bastante rapidez, por cuanto es sabido que la población no puede aumentar hasta triplicarse en noventa años, como en Turmequé, sin haber crecido proporcionalmente las subsistencias y la riqueza social.
Entre Ramiriquí y Garagoa media el espacio de once leguas, caminando al sur y llevando constantemente a mano derecha un río cada vez mayor: es el que nace humilde en el páramo de Gachaneque, cantón Tunja, con el nombre de Tiatino, corre al este durante seis leguas llamándose Boyacá, y de repente deja su rumbo y nombres primeros para dirigirse al sur, apellidándose a trechos Jenesano, Tibaná, Batá y Garagoa, con cuya denominación termina su larga carrera engrosando el Upía, tributario del lejano y caudaloso Meta: marca en sus cabeceras, situadas a 3.127 metros sobre el mar, y en las de sus afluentes superiores, el eje de dos grandes planos que de un modo raro dividen las aguas vertientes, distribuyéndolas por mil complicados canales hacia
el sudoeste, sur-norte y nordeste sobre Bogotá, San Martín, Vélez y el Sogamoso; fenómeno hidráulico por el cual puede imaginarse cuán benéfico es el sistema de relieves y ondulaciones que un examen detenido hace encontrar en las moles, al parecer caprichosas, de nuestras cordilleras septentrionales. Sin ellas aquel territorio, admirablemente regado por aguas fecundantes, sería un desierto árido, intransitable, inútil para mansión del hombre; por manera que los que se lamentan de los Andes granadinos, mirándolos como un obstáculo a la civilización del país, hablan preocupados y precisamente al revés de la realidad de las cosas. En las cordilleras y montañas no se manifiesta un hecho casual y sin designio: leyes cuyo descubrimiento nos falta, presiden a la formación y distribución de estos relieves sobre la superficie de la tierra, a los cuales debemos la variedad de productos vegetales y de climas agrupados en espacios pequeños, la útil repartición de las aguas y vientos en que se fundan la posibilidad y riqueza de la agricultura, y finalmente, la accesión fácil a los productos minerales, alzados en masas y bancos desde lo profundo de nuestro planeta, donde sin estos levantamiennos habrían permanecido ignorados y sin concurrir como auxiliares poderosos al progreso de la cultura y comodidad de las naciones.
Comienza el camino arriba indicado costeando un valle singularmente bello, cultivado palmo a palmo, lleno de casitas de campo, cuyas techumbres pajizas se descubren al ondular de los sauces puestos por todas partes para marcar los linderos o contener las avenides del explayado río. Frontero al camino, y en el final del recuesto que hace una verde serranía, se ve el pueblo de jenesano, rodeando la blanca iglesia de fábrica sólida y espaciosa, conforme lo son todas las de esta comarca. Poco después, y al avistarse a Tibaná, también a la mano derecha.
cesa el valle y comienzan los cerros, que desde el Alto de Chigua en adelante se desarrollan en masas de estratos calizos cargados de vegetación siempre verde y florida. Gana el camino en lo pintoresco por la variedad- de risueños paisajes que van descubriéndose a cada vuelta, pero pierde en comodidad, pues los resbaladeros y barrizales se multiplican y fatigan sobremanera en la estación de las lluvias, poniendo a veces en riesgo inminente las cargas y personas.
A las nueve leguas se encuentra el pueblo de Chinavita, primero del cantón Qaragoa por este lado. Llegámos quebrantados de consancio, y nos pusimos a buscar posada con la diligencia que es de suponerse; pero en vano, porque en todas las tiendas nos la negaron, excusándose de varias maneras, e indicándonos siempre la casa del cura. Allá fuimos, precisados por la necesidad, y encontrámos en el corredor a un anciano de formas atléticas, que en voz alta conversaba con otro eclesiástico transeúnte, a quien acompañaban en su viaje dos damas, asimismo manifiestas en el corredor de la casa, todos en pie, más o menos embarrados, cual lo estábamos nosotros, y en traje de caminantes recién llegados. El cura vestía zamarros no cumplidos de cuero de perro, ruana rayada y chaquetón de manta, llevando en la cabeza, como por tolerancia, un desdichado sombrero con funda de hule, que de tánto moverlo no habla podido tomar forma definitiva. Invitónos a desmontarnos y así lo hicimos, aunque desalentados por el aspecto decadente y anárquico de la casa, y referimos al robusto párroco nuestra larga jornada, nuestras cuitas por falta de alojamiento, y a manera de incidente rriencionámos la dieta de nueve horas que nos espoleaba. Una significativa guiñada de ojos de la dama de mayor edad me dio a entender que nuestros esfuerzos oratorios eran perdidos; y en efecto, el buen señor siguió su ruidosa conversación, sin
darse por notificado de nuestras solicitudes directas e indirectas, salpicando la plátida con interjecciones tan bien acentuadas y edificantes, que sin poderlo remediar nos echámos a reír de buena gana por la novedad de aquel estilo nada teológico. Entretanto veníase la noche y se iban nuestras esperanzas de refectorio y descanso. Resolvíme explorar el terreno, y suponiendo que una de las señoras deseaba reposar en la sala, pedí permiso, la di el brazo, y abriendo la mampara de la puerta me hallé dentro de la estancia menos blanqueada y más desconsoladora que había visto en mi vida. Arrimada a! ángulo de la derecha estaba una larga mesa junto a un canapé de cuero, y contra la pared fronteriza otro mueble del mismo linaje, pero de diversa hechura, convenientemente adornadas las patas con telarañas antiguas, lo mismo que varios cuadros al óleo que colgaban bien torcidos y a diferentes alturas; en el resto de la sala campeaban dos o tres sillas de brazos, anchas y fornidas, que por luengos años habían desafiado las injurias del tiempo. Cayóseme la última ilusión, e informado mi compañero salimos a registrar todo el pueblo, y al fin dimos con los cuerpos y el hambre en una venta llena de fardos y enjalmas, donde juntando los rezagos de nuestras provisiones de páramo les hicimos amplia justicia sobre un cuero algo más oloroso de lo que convenía para su oficio de entonces.
Cuando hubimos acabado la improvisada comida, y también cena, nos acordámos de las desventuradas viajeras que habíamos dejado en casa del tronante cura, y determiiiámos obsequiarlas con una lata de sardinas. Fuimos: ya tenían luz en la sala, y estaban sentados al rededor de la mesa. . . . pero vacia y sin muestras de haber tenido ni haber, de tener encima cosa de provecho ;'exhibímos nuestra lata, de la cual se resolvió a tomar algo la más joven de las peregrinantes.
—«Qué es eso, canario!» gritó el jovial dueño de las susodichas telarañas; bien entendido que no era ésta su interjección favorita.
— «Sardinas, dijo mi compañero, que solemos llevar para remediarnos en los desiertos, o en los lugares donde no hallamos quien nos ofrezca un vaso de agua, como verbigracia».
— «¿Sardinas? A ver ¡canario! que debe ser cosa particular en estos'parajes».
Y funcionó heroicamente sobre la lata, sin curarse de los demás. Al cabo de un rato:
—«Sagrario!» exclamó, llamando a una chica de quince años, que asomaba la cabeza por entre un biombo del inmediato aposento y que se ocultó en vez de salir: «vén, Sagrario, pruéba esto ¡canario! que está bueno. A mí me hace daño el cenar, pero tomaré poco y lo demás lo guardaré para mañana. Cóma usted, niña, que debe tener apetito y viaja en galápago francés, con los inconvenientes y riesgos de esas monturas, ¡canario! que son grandes: más seguro es viajar en sillón, como Nuestra Señora, y es más decente»; observación a la cual no contestó la interpelada sino tosiendo por bien parecer y cubriéndose la cara con el pañuelo.
Conforme lo había dicho, después de satisfacer el primer ímpetu del apetito, guardó las sardinas remanentes y siguió la conversación, bien condimentada de anécdotas que nos dejaban lelos, y estupefactas a las damas aquellas. El genio pronto, el vivir secuestrado del trato civil, y más que todo, la grande ancianidad, siempre divorciada con los usos actuales, habían convertido a este sacerdote en una especie de original que con dificultad tendrá semejante.
De las damas, la una era alta, pálida, de nariz dominante y boca pertinaz cerrada por unos labios de treinta años y delgados, pero no siempre callada; la
otra contaría unos veinte aniversarios a lo sumo, usaba grandes ojos negros y parecía sufrir con más timidez que resignación la dictadura de su compañera. El cura viajero que las llevaba, o era llevado por ellas, llamaba hermana a la primera, siendo él trigueño, pequeñito y de tipo totalmente diverso en lo físico y en lo moral, pues tenia dentro del cuerpo, ya envejecido, un espíritu manso y gobernable sin oposición; a la segunda nombraba comadrita, palabra elástica, tornasolada y de valor convencional en la feria de los afectos. Tengo para mi que la mujer es radicalmente contagiable, por cuanto he observado que se impregna, por decirlo asi, de las ideas y habitudes de aquellos con quienes vive en intimidad, en términos que para adivinarlo basta dejarla hablar, que ella sin echarlo de ver descubre la categoría social y doméstica a que pertenece. Las damas de que trato hablaban constantemeiíte de clérigos y curas, describían vestiduras de santos y accidentes ocurridos en fiestas de iglesia; de lo profano y lo eclesiástico hacían canastillo de costura, según lo revolvían, pero sin mezclar un átomo de cosas ni personas seculares, que no les merecían sino los pensamientos sobrantes y de menos valor. Con todo esto, no eran una excepción, sino las genuinas representantes de un género, o si se quiere tipo, harto esparcido en nuestro país, fácil de conocer y que bien merece monógrafo e historiador especial.
Por curioso de observar que fuera este grupo de caracteres que la casualidad me presentaba reunidos y manifestándose tal cual los habían formado la naturaleza y la educación; como se adelantasen las horas de la noche, quedándome pocas de descanso, hube de retirarme a la posada de las enjalmas, de donde al aclarar el dia siguiente partimos para Garagoa.
A corta distancia voltea el camino a la Izquierda para tomar una bajada larga y pendie.ite hacia las
márgenes del Tibaná, que raudo y espumoso se desliza por el pie de las serranías laterales. El golpe de vista es magnífico, abrazando el óvalo espacioso formado por la separación de las serranías. La de la izquierda mostraba sus retiradas cumbres coronadas de nubes que resplandecían iluminadas por el sol de la mañana, y desde ellas hasta el río una serie de extendidos planos permanecía err la sombra, cargados de sementeras y animados por la presencia de muchas casas repartidas dentro de los cercados de plantas vivas; en lo alto ondulaban las rñieses de tierra fría resguardadas del páramo por una zona de árboles apenas perceptibles; en lo bajo brillaban las hojas largas y lucientes de los cañaverales, y humeaban las hornillas de los trapiches; abajo era tierra caliente, arriba fría, y entre estos dos extremos se hallaban las temperaturas medianeras representadas por las plantas y frutos que en ellas se producen. Los cerros de la derecha, menos suaves que los de enfrente, dejaban ver el pueblo de Pachavita encaramado en una meseta y rodeado de pequeños campos de cereales, a cuyo respaldo queda la extensa y desocupada mole de páramos que prolongan sus vertientes occidentales hasta la planicie de Chocontá. Descendimos, y azotados por la lluvia y hundiéndonos en el barro del detestable camino, alcanzámos por fin la cuesta, en seguida de la cual se halla la cabecera del cantón.
Garagoa existía desde antes de’la conquista, pues lo mencionan las crónicas como «lugar de casas grandes y bien proveídas de bastimentos», en el cual hizo alto Quesada cuando marchaban al descubrimiento de Tensa y exploración de las minas de esmeraldas de Somondoco. La dominación española despobló este lugar, reduciéndolo a dependencia del corregimiento
de Tensa, con cien indios y doscientós vecinos «de los que se llaman blancos», dice maliciosamente Oviedo; y llegó a tal punto la decadencia del pueblo, que estuvo decretada su extinción y apenas pudo sostenerse como parroquia ínfima en 1778. Emancipado el país y abolido el sistema de opresión y desdén que pesaba sobre los indios y labriegos blancos, Garagoa renació de entre sus ruinas y ha llegado a la importancia de villa cabecera de cantón, contándase en ella y su distrito 7.300 habitantes, quienes disfrutan de clima suave y templado y de los productos tan variados como seguros en su suelo fértil por extremo. En el solar del rancho pajizo que antiguamente servía de iglesia se levanta hoy un sólido tempio, cuya elevada torre descubre desde lejos el viajero, coronada por la cruz, signo de esperanza y civilización, que parece invitarlos a descansar entre sus hermanos. Varias casas de teja demuestran el aumento de riqueza y comodidades no fundadas en la opresión del proletario sino en la libertad y bienestar de todos, mediante la bien fraccionada repartición de la tierra y los beneficios de un comercio doméstico que diariamente adquiere proporciones mayores. La casa del señor Camilo Gutiérrez nos abrió sus puertas en el acto que llegámos, y fuimos recibidos y tratados por su amable familia con el carino que tánto realza la hospitalidad en nuestro país, dondequiera que al tímido encogimiento de las costumbres coloniales se van sustituyendo los modales abiertos y francos que el trato de gentes y el sentimiento de la igualdad producen.
Tensa es ahora dependiente de Garagoa como distrito parroquial situado en una planicie bellísima, impropiamente llamada valle, a la derecha del río Tibaná, tan rica y abundante, que en muy reducido espacio contiene cerca de 7,000 habitantes, casi todos agricultores y propietarios. Los conquistadores llama-
ron a Tensa ciudad de San Juan, por haber llegado el dia de este santo y por la muchedumbre de indios que la poblaban. Está, como Garagoa, a los 1.500 metros de altura sobre el mar; su temperatura 21° centígrados, y sus producciones agrícolas en armonía con la benignidad del clima, tan sano, que los fallecimientos en el año de 1850 sólo alcanzaron a 110, es decir, a 1 individuo por cada 63,70, resultando el aumento de 1 por cada 55,15 habitantes, cifras que, con la de 70 matrimonios anuales, comprueban lo merecido de la buena fama que desde tiempo remoto tiene adquirida este distrito. Unido al de la cabecera y los de Capilla, Pachavita, Chinavita y Macanal, forman el cantón Garagoa con 26.700 moradores en una área de 36 leguas cuadradas, de las cuales, 18 comprendidas en el extremo sur del territorio permanecen todavía solitarias y agrestes, haciéndose notar entre ellas una grande explanada sobre las montañas de Moreno llamada Mundonuevo, aparente por su clima, riqueza de bosques y abundancia de aguas vivas para una colonia extensa.
Al oriente queda el nuevo cantón de Miraflores, vasto desierto de 74 leguas cuadradas, regado por ríos caudalosos y cubierto de selvas vírgenes que llegan hasta las llanuras de Sanmartín y Casanare. Nada es comparable a lo fragoso y desamparado de los caminos de este cantón, los cuales se convierten durante el invierno en cauce de torrentes impetuosos que arrastran piedras sueltas e impiden la marcha de las muías más vigorosas. Miraflores, Campohermoso, Zetaquirá, Fragua y Chámeza, son rudimentos de pueblos en que el hombre aparece abrumado y como vencido por la pujante naturaleza física, por los innumerables animales posesionados del espacio en el aire, en los vegetales, en la tierra y en las aguas, por el calor abrasador de los valles y por el rápido crecimiento de las plantas silvestres, que apenas cor-