Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 44 de 51
Unidad de lectura 44
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dales de luz al través de la atmósfera clara y purificada por las recién pasadas lluvias. Las diez de la mañana serian cuando avistámos la llanura desde lo alto de un recuesto en que todavía se respiraba el aura fresca de la cordillera. Cerros esquistosos se hunden a izquierda y derecha, presentando desnudas las aristas de sus desquiciados estratos; abajo concluyen en colinas que van a esconderse entre las copas de los primeros árboles del llano, entonces iluminado por el sol que nos quedaba a la espalda. Zonas de bosques interrumpidas por sabanetas se extienden hacia el horizonte cada vez más pálidas e indecisas, brillando en lontananza las anchas ciénagas terminadas por la plateada faja del Magdalena, visible a trechos, según las amplias sinuosidades de su curso; después nubes suspendidas y quietas como copos de algodón proyectando su oblicua sombra; después las brumas del horizonte, y por último la linea de moles opacas de la cordillera antioqueña que parecían suspensas encima de un mar de humo; ni un leve ruido, ni un movimiento ligero percibíamos en la extensión de aquel espacio, que la distancia nos presentaba como un lienzo inmóvil; y sin embargo, alli reside el ardoroso clima de los trópicos, y alli es la vida animal tan superabundante como la vida vegetal, que en aquellos bosques desplega un lujo casi desenfrenado.
A las dos leguas de bajada pisábamos el lindero superior del llano y nos abrumaba un calor de 32° centígrados a la sombra de árboles corpulentos. La vegetación enredada y espinosa, las yerbas de aroma enfadoso, el chirrido continuo de las chicharras y las carreras de los gruesos lagartos verdes que erguian la cabeza y parándose a mirarnos desplegaban en el pescuezo una membrana escarlata como señal de guerra, que son incapaces de sostener; todo hacía contraste completo con las regiones que dejába-
mos detrás de la serranía; todo mostraba el carácter con que los viajeros nos representan las ardientes regiones del Africa.
Dejámos a mano derecha el camino del Puerto nacional y tomámos a la izquierda el que se dirige a Los Angeles, pueblo que lleva también el estrafalario nombre de Crecenoche, distante casi tres leguas y media del punto en que se apartan los caminos. No pudimos alcanzarlo en aquel día e hicimos alto en el sitio llamado Simancas, mansión de una familia de ganaderos, o agricultores, o cazadares, o todo junto, pues allí sólo hay rudimentos de profesiones, como conviene al estado indeciso entre la civilización y el salvajismo. Un cancho de paja con paredes de palos derechos en forma de jaula era la habitación principal, adornada con pilones de madera y racimos de plátanos colgados del techo. Enfrente quedaba otro rancho escueto iluminado por el fogón u hoguera en cuyo rededor se solazaban dos muchachos desnudos y una mujer acartonada, que por lo visto debían tener naturaleza de salamandras, pues buscaban el calor del fuego cuando el aire del campo tenía de por sí la temperatura de horno encendido. En el intermedio yacían acostados marranos, por entre los cuales pasaban y repasaban las vacas y terneros huyendo de las praderas perseguidos por los enormes tábanos que pueblan el aire al caer el sol y causan un dolor terrible al taladrar con su aguijón el cuerpo de los hombres y de los animales. Pues en este limpio y oloroso estrado hicimos la tertulia y comida sentados sobre trozos de madera, bañados por ráfagas de aire caluroso que a ratos nos enviaba el inmediato bosque y fatigados por los mosquitos, jejenes y luciérnagas que se nos entraban junto con el desabrido alimento. El sol se había ocultado en el ocaso; innumerables estrellas resplandecían en lo alto cobijando el silencio de la solitaria comarca, y al oriente
se veían las negras moles de la serranía que habíamos bajado, dejando en sus cumbres los risueños paisajes y el fresco ambiente, que ahora recordaba yo como el calenturiento que se imagina reclinado ala sombra de verdes árboles sobre la margen de una clara y bulliciosa fuente. En vano buscábamos refrigerio tendiéndonos en el suelo a riesgo de oprimir alguna enroscada culebra o de interrumpir la tarda marcha del venenoso escorpión; la tierra despedia un vapor caliente insufrible, y fue menester ocurrir al refugio de las hamacas, de -donde antes de aclarar el día nos trasladámos a las cabalgaduras y continuámos la penosa marcha, con la esperanza de hallar más calor y más plagas en Crecenoche.
La llanura se compone de sabanas y cejas de bosque alternativamente; aquéllas cubiertas de esparto y algunos arbolitos de áspero follaje alzando su menguado tronco sobre un suelo blanquecino y cascajoso, lecho de antiguas ciénagas; el bosque formado por ceibas y otros árboles de rápido crecimiento arraigados en las depresiones por donde corren lentamente caños de agua tibia y a veces corrompida. Bajo la sombra del entretejido ramaje lleno de plantas trepadoras y parásitas que semejan grandes matas de pina, crecen la preciosa palma llamada tagua, cuyo fruto, parecido a la guanábana, contiene los durísimos cuescos de marfil vegetal solicitados por el comercio extranjero, y el recto cedrón con su corona de pequeñas ramas entre tas cuales arroja la almendra tan amarga y tan eficaz para cortar las fiebres intermitentes y aun para 5urar la hidrofobia y las mordeduras de culebras, según parecen comprobarlo algunos experimentos modernos. Atravesábamos una de estas cejas de bosque, cuando se nos reunió el alcalde de Los Angeles, que en compañía de un peón iba para su pueblo. Era de mediana estatura, delgado y fibroso, tostado por el sol y endurecido
en la vida siempre activa. Vestía pantalón de dril ordinario, camisa de lino, sombrero raspón con zonas rojas y negras y alpargatas rayadas, descansando en estribos de aro de hierro, pues venia caballero en una yegua enjuta y cabizbaja pero andadora, ensillada a la ligera, con holgada jáquima de cerda y sobre la silla la hamaca a guisa de pellón. Llevaba su escopeta debajo de la pierna izquierda, y pendiente de un tahalí colorado, el corvo machete, adornado con penachos y trenzas de cuero pintado; hombre de fisonomía resuelta, mirada fija y ademanes multiplicados, hablaba pronto y en alto sonsonete, azotando la yegua con una rama, por cuanto no usaba espuelas ni cosa que le embarazara el correr a pie, como conviene en pais de tigres y marranos silvestres; tipo entre indio y árabe, amoldado al clima y sellado con la indeleble marca de la intemperie que despreciaba, porque no hacía mella en su nervuda persona.
Llevónos a la mejor casa del pueblo, que contaba siete al rededor de un pantano, y un rancho mayor que los demás, glorificado con ef nombre de iglesia, en la cual suele decirse misa cuando por casualidad se aparece el cura; y tiene razón para no aparecer, pues difícilmente habrá otro lugar tan desapacible, desierto y enfermizo. Nadie cumple allí cincuenta años; pocos hay que no estén jaspeados de carate o agujereados por males corrosivos, y sólo 161 habitantes han podido prevalecer en el llamado distrito parroquial, viviendo diseminados por la sabanas y a las orillas de los caños. Siete y media y leguas al noroeste, sobre una isla que forma el Lebrija al desembocar en el Magdalena, queda el pueblo de Corredor entre pantanos, ciénagas y playones, sin tener nada que envidiar a Crecenoche en lo de temperamento y nulidad social; mueren tantos, como nacen, y en Los Angeles nadie nace de matrimonio. En el uno y el otro distrito no se lleva cuenta de los deli-
tos, por cuyo sencillo arbitrio aparecen inmaculados en la estadística judiciaria de la provincia; bien que esta falta de un dato real la compensan con expresar otro imaginario en los cuadros de educación, en que asientan con laudable candidez que en ambos pueblos se educa precisamente el mismo número de niños, cinco varones y tres hembras, para marchar de acuerdo y que no. haya celos lugareños. Zambos y negros son casi todos los moradores; aquéllos atléticos y altivos; éstos pintados de azul por el carate, todos vestidos con su pellejo, permitiéndose alguna vez el lujo de un poco de lienzo de la cintura para abajo. No es menester describir las habitaciones impregnadas de un fuerte olor a pescado, y de otros indefinibles que marean al que no ha nacido expresamente para sufrirlos.
Retrocedimos por fin. La casa de Simancas me pareció un paraíso de aseo y comodidades, y los plátanos que asámos un banquete de sibaritas. Bien puede ser bello el paisaje en aquella región inundada por el Lebrija; pero los tábanos que nos perseguían y alanceaban, y el fuego enviado con prodigalidad desde el cielo por el Padre de la luz, no me dejaron ver nada, salvo el camino por donde trotaba mi hambrienta muía, tan deseosa como yo de salir a mejores tierras, pues peores no habían de ser las que demoraban al norte.
El tránsito de Simancas al Totumal, camino del puerto de Ocaña sobre el Magdalena, mide cinco leguas no completas, y se hace al principio por entre los remates de la serranía, ruinas de cerros que en un tiempo fueron destruidas por el ímpetu de las aguas desencadenadas sobre lo que ahora son llanuras ribereñas de aquel río. Siguen alternativamente sabanas limpias, pedregosas y manchones de bosques por cuyo centro deprimido corren arroyos silenciosos poblados de sardinas pequeñitas. Los árboles se alzan
apiñados y corpulentos en forma de gruesas columnas revestidas de llanas y bejucos, que suben a enredarse en la alta copa, y tornan a caer envolviendo cuanto se halla en rededor. A veces crecen aquellos colosos venciendo los obstáculos, y taladrando la espesura, sustentados en ralees voluminosas que la tierra no puede cubrir; a veces no teniendo espacio para levantarse libremente desde el suelo escombrado con árboles derribados por el huracán, pero vivos y retoñando en todas direcciones, arrancan en forma de arquerías confusas por encima de los estorbos, y a dos metros de altura comienza el tronco desde la cúpula y sigue robusto y altivo hasta superar el ramaje de sus rivales; allí son dos árboles que se han encontrado al crecer y se enroscan y sostienen como luchadores de iguales fuerzas; aquí una palma se ve rodeada y apretada por los mil brazos del matapalo, que la dobla y abruma desplegando triunfante su copa entre el penacho perturbado de la víctima; por todas partes la tagua de tallo subterráneo lanza el torbellino de sus grandes hojas en figura de plumas, y brota en círculo al pie las «cabezas de negro», caya pulpa devoran los zahinos dejando limpios los durísimos cuescos del marfil vegetal, que recoge sin trabajo el indolente sitiero, y realiza en breves horas un jornal superior a sus ne-. cesidades; tigres, serpientes, cerdos montaraces, venados inquietos, de piel amarillenta, y muchedumbre de aves, tienen allí su habitación inexpugnable, lóbrega en las horas de la tarde y la madrugada, umbrosa y fresca durante el mediodía, majestuosa cuando las tempestades tropicales descargan su furia y sus rayos sobre estas masas de vegetación nunca domada.
El Totumal, vecindario dependiente de Aguachica, extiende su caserío pajizo asentado con el desorden peculiar a nuestros pueblos sin policía, en una saba-
neta estéril, a 154 metros de altura respecto del mar. A la sombra señala el termómetro centígrado 31° desde las diez hasta las tres de la .tarde, y al sol 48°, que equivalen a 120° de Fahrenheit, término superior al calor de la fiebre. La raza blanca no puede soportar esta temperatura, y vegeta en ella sin salud ni energía; cruzada con la africana produce una casta de atletas que reciben con gusto sobre sus cuerpos semidesnudos los quemantes rayos del sol y los aguaceros repentinos, y duermen a cielo abierto, a pesar de la oscilación de 10 a 12° que en el curso de la noche tiene la temperatura atmosférica; esta casta será perpetuamente señora de la extensa hoya del Magdalena, cuya fertilidad, que debemos llamar excesiva, mantendrá siempre en la infancia las artes de la civilización. Así, por virtud del clima predomina la sangre africana en los pueblos que ahora recorremos, y prospera con sus costumbres libres, sus habitudes indolentes y su indiferencia por los goces morales e intelectuales, cuya consecución afana tánto y ennoblece a los hijos del Cáucaso. Nada de habitaciones cómodas y adornadas; un techo levantado sobre horcones, entre los cuales se ponen algunas varas derechas que dejen paso al aire exterior; la muelle hamaca suspensa de las vigas; el maíz, el plátano y el pescado metidos de continuo en el fogón, y allí cerca un calabazo con la bebida fermentada, producto de la caña dulce o de la palma de vino (coroza). Fácil vida qu? ahorra las penas del trabí.jo y aleja las inquietudes de la previsión, pero que también prolonga indefinidamente la barbarie. Las instituciones políticas, las leyes llegan allá como un ruido de palabras; el alcalde manda según su voluntad, cuando encuentra quien le obedzca; el cura, semejante a las palmas ahogadas por el matapalo, cede a lo que le rodea, se barbariza, se hace comerciante o logrero, y acaba por olvidar sus votos y gazmoña educación
de seminario: como cierto párroco de Casanare, que en 1847 salió a catequizar los indios guahibos, y ellos lo catequizaron haciéndole abandonar el vestido, tatuarse el cuerpo y proclamarse cordialmente salvaje (*). Lo fuerte absorbe sin remedio a lo débil.
Aguachica se halla corto trecho adelante en un llano despejado, a 165 metros sobre el mar y, por una excepción rara, está libre de zancudos y jejenes, al paso que en el puerto abundan más de lo regular. Es pueblo no del todo malo, con iglesia decente aunque descuidada. Hay familias blancas de buen porte y costumbres sociables, y el resto de los moradores mestizos de agradable presencia, y algunos negros que permanecen dentro de sus casitas usando el uniforme del paraíso y entretenidos en no hacer nada. Cuando se acuerdan que algo les falta salen al monte a recoger marfil vegetal por cuenta del propietario, y ganan seis recales por entregar una carga, con lo cual quedan remediados para varios días. De aquí proviene que en Aguachica nadie se sujeta al servicio doméstico, y cada cual se ve forzado a desempeñar los menesteres de la casa, incluso el de cargar agua, reviviendo los sencillos tiempos de Homero, en que las princesas iban al arroyo a lavar ropa sin dárseles un ardite por ello. El clima de este lugar es sano y tolerable; la población se aumenta y la educación de los niños se atiende mejor que en otras partes. Debimos al señor Silva, socorrano inteligente y activo, muy fina y franca hospitalidad y noticias razonadas sobre el cultivo del tabaco, que allí se produce tan bueno quizás como en la isla de Cuba, siendo un ramo de riqueza todavía desdeñado, no obstante sus conocidas ventajas por la calidad del fruto y por la facilidad de exportarlo, puesto que el Magdalena se halla tres leguas distante.
(*) Histórico. Existe la relación de esto en el archivo de una de las secretarías de Estado.
Saliendo de Aguachica se toma para el occidente en busca de Puerto nacional, que demora poco más de dos leguas y baña la extremidad de sus calles en los derrames del Magdalena cuando crece, por ser muy bajas las tierras marginales. Así es que caminando hacia el río no se le ve, pero se presiente su inmediación por un olor parecido al de las cercanías del mar y por el resplandor del horizonte que índica la reflexión viva de la luz sobre la ancha superficie de las aguas; a los grandes árboles se suceden los matorrales tortuosos, y el piso cruje como los arenales bajo el casco de las cabalgaduras. De repente aparecen las primeras casas del pueblo, dispuestas en dos calles que van a terminar en la plazuela indicada por el modesto campanario de la iglesia. Los varios matices de que es susceptible la piel humana, tienen allí sus representantes, desde el blanco pálido hasta el ébano reluciente; iban y venían bogas, arrieros, comerciantes, empleados, todos sudando, los unos en mangas de camisa, los otros con chaquetillas o ruanitas blancas; mujeres arrastrando chinelas, moviéndose con dejadez, suelto el leve pañuelo sobre los hombros y pendiente de la cintura el traje del camisón, lo cual es una demostración de confianza y vecindario que afectan las ciudadanas de sangre africana o cruzada, sea por manera de reclamo, sea por el calor excesivo que no consiente ropas ceñidas. Las casas pajizas, blanqueadas y abiertas, las tiendas de licores y comestibles, los almacenes llenos de fardos y cajones con letreros que manifestaban su procedencia ultramarina, bongos varados en la ribera, canoas pasando a lo lejos impulsadas por la palanca del robusto y desnudo boga; todo esto formaba un cuadro especial y demostraba la vida y costumbres
de una población traficante, alegre y confiada en los pródigos dones de la tierra y del inmediato río.
La Concepción de Puerto Real nació de por sí, a virtud del pequeño comercio que hacía Ocaña con los pueblos del Magdalena, y para 1790 estaba inscrito en la lista de los curatos de tercer orden. La emancipación del virreinato y la casi libertad mercantil que produjo, cambiaron el nombre de la parroquia por el que hoy lleva y mejoraron su condición, en términos de haber alcanzado la importancia de puebio considerable con 420 moradores y escuela rutinera en que se aburren 20 niños. El Clima es sano, como lo prueba el movimiento de población en 1851, contándose en él 67 nacimientos y sólo 6 defunciones. Hay 143 párvulos y jóvenes menores de quince años y 132 mujeres, de las cuales 26 casadas, lo que denota una rara fecundidad, gracias al abundante consumo de pescado.
No queda el pueblo inmediatamente sobre el Magdalena, sino a 1.600 varas de lo que llaman Brazo de Ocaña, pues en aquel punto divide el río la grande isla de Morales. Hállase inmediata la ciénaga de Muñí, que en las crecientes desborda vertiendo el exceso de su prestado caudal por un caño cuyo incierto cauce proporciona el ingreso de las embarcaciones pequeñas hasta el poblado, no sin explayarse en los alrededores y hacer pantanos, de donde proceden las fiebres periódicas que dan fama de insalubre al puerto. Por entre el laberinto de árboles medio sumergidos empezámos a navegar en una barqueta, que ora obedecía sin tropiezo al empuje de la palanca, ora rozaba con lentitud las grandes yerbas plegándolas y haciendo brotar mil burbujas de aire al remover el cieno del fondo. Las ramas de uno y otro lado se inclinaban en arco hasta mojar su extremo en el canal, y era menester pasar agachados debajo de ellas y muy cerca de los colgantes avisperos, cuyo alboroto es
una verdadera catástrofe para el transeúnte, colocado entonces entre el aguijón venenoso de las avispas y la trompa voraz del sauriano que asecha su presa bajo la canoa. Salimos por fin al río, pleno, majestuoso, amarillento, llevando en calma sus dormidas ondas que baten como en tiempo de la conquista el alto y solitario bosque de las riberas, o rielan cuando las corta a lo lejos el vigilante caimán derigiéndose a la playa.