Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 45 de 51
Unidad de lectura 45
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Navegadas 12 leguas hacia el norte se encuentra la boca de un caño cenagoso que los bogas saludan risueños, diciendo al pasajero con cierto aire de satisfacción; «¡Tamalameque!»
La primera vez que aparece este nombre en nuestra historia es el año de 1530, al referir la invasión que desde Coro hizo el sanguinario alemán Ambrosio de Alfinger, el cual, combatiendo contra un campamento de indios en la ciénaga Zapatosa, tomó prisionero al jefe llamado Tamalameque, personaje muy respetado en aquellas comarcas, y a quien decían señor de un pueblo grande, situado algunas leguas río arriba; pueblo que en efecto halló y saqueó brutalmente Alfinger. Seis años después descansaba en el mismo lugar Gonzalo Jiménez de Quesada, con la mente llena de ideas de conquista, y la firme resolución de llevarlas a cabo, subiendo el Magdalena, sin saber dónde lo llevaría la fortuna o la adversidad. Hay parajes predestinados a sufrii* la devastación de la guerra, como si por una fatal atracción llamaran sobre sí la furia de las contiendas; tal fue Tamalameque, entrado a saco y bañado repetidas veces en la sangre de sus naturales hasta quedar asombrado3 y dispersos. Pero aquel nombre no debia perecer, y los conquistadores lo perpetuaron, fundando lo que entonces llamaban ciudad, que ni aun por eso pudo estarse quieta en el asiento que te daban. «Ocupó tres sitios diferentes: el primero a orillas del Rio Grande, frontero
Manuel Anchar.
de la villa de Mompós, elegido en 1545 por el capitán Lorenzo Martín; el segundo, un poco más arriba en las sabanas que hoy se llaman de Tamalameque viejo, adonde el año de 90 la trasladó Fernando Alvarez de Acebedo; y el tercero en las sabanas de Chingalé, tomadas para ello en 1680. La razón de aquellas mutaciones la daban los vecinos antiguos; y fue que tenían por cura al licenciado Bartolomé Balcera, de natural intrépido, y cuando se enojaba con los regidores porque no le daban gusto, hacía cargar las imágenes de la parroquia y las campanas, levantaba altar portátil para celebrar, colgaba las campanas de algún árbol y mandaba repicar la vjspera de fiestas, y los vecinos se veían obligados a trasladar sus viviendas para cumplir con el precepto. Como los paramentos de la iglesia eran cortos, ésta y las casas de los vecinos, de paja, se perdía poco en la intrepidez del cura y en la cortedad de los vecinos, que con facilidad se movían por no contender con su párroco ni desagradarlo» (*).
Penétrase por el cano arriba mencionado, y al subir dos millas aparecen los ondulantes penachos del cbcal que anuncia el pueblo, situado sobre la llanura bastante alta, seca y arenosa. Una calle de humildes cásitas y varios ranchos regados en contorno componen lo que antes se llamó ciudad, hoy mansión de negros que viven perezosamente mientras sus mujeres tejen las pintadas esteras llamadas de Chingalé por el nombre de la sabana donde se crían las palmas con cuyos cogollos las fabrican. Nótanse junto al pueblo algunos vestigios de mayor caserío, restos de lo que fue después que el intrépido Balcera lo dejó tranquilo. El distrito de Tamalameque tiene 726 habitantes, entre ellos muy pocos blancos, y su población
('•‘) Nicolás de la Rosa. Floresta de Santamarta.
aumenta con lentitud, pues en el trascurso del último año apenas excedieron en ocho los nacidos a los muertos. Sostiene tres escuelas con 24 niños de ambos sexos, que aprenden a leer, escribir y rezar, mas no aprenderán a vestirse, porque el ejemplo de sus padres lo impedirá siempre. La llanura es bella, y la riegan varias quebradas que vienen de los cerros del oriente, pero no es fértil, hallándose además obstruida con innumerables torreoncillos de dos a cuatro metros de altura, labrados en forma de pan de azúcar por el comején de tierra, y distribuidos a manera de campamento hasta perderse de vista. En las depresiones por donde corren las quebradas hay bellos bosques, muy abundantes en la palma que suministra el material para las esteras, principal y acaso única industria de los naturales, gentes poco ambiciosas y contentas con pasar los días a la sombra de los cocos, o bailando al són de tamboriles, libres de pesares y exentos del hambre.
Iguales costumbres y la misma condición mantienen los pueblos San Bernardo y Simaña, situados el primero a 7 leguas y el segundo a 8 3/4 al sur de Tamalameque y cerca del Magdalena, comunicando por tierra con las poblaciones agricultoras de la serranía. La suerte futura de aquellos pueblos depende de la actividad que el comercio y la navegación adquieran en el río, pues carecen de elementos propios para salir de la semibarbarie que los paraliza; vegetan pero no viven; nada los mejora ni los estimula, y las nuevas generaciones son una fiel copia de las pasadas, en hábitos, imprevisión y negligencia.
La provincia de Ocaña reúne muchas circunstancias favorables, y parece destinada a florecer por la agricultura y el comercio, pues el Magdalena en el occidente y el.Catatumbo en el centro le presentan sus cauce^ navegables para comunicar con nuestro mar istmeño y con el lago y golfo de Maracaibo. «Com-
Manuel Andzar.
prende todos los climas y las correspondientes diferencias de salubridad. Así, en las serranías elevadas, que a veces alcanzan la altura de los páramos, el temperamento es frío y sanó, como sucede en el ramal que corre paralelo al Magdalena, ofreciendo lugares fértiles y excelentes para colonizaciones europeas. En las llanuras extendidas al pie de este ramal y limitadas por el gran río, el temperamento es cálido, y los miasmas que se levantan de las ciénagas y pantanos producen fiebres intermitentes, peligrosas para el extranjero, quien además tendría que sufrir el tormento de los zancudos y jejenes que pueblan el aire en las tierras periódicamente sumergidas; con el trascurso del tiempo y la mayor población, abatido el bosque y desaguados los pantanos, desaparecerán estos inconvenientes, y las mencionadas llanuras serán el criadero de numerosos rebaños, que alternarán con haciendas de café y caña fundadas en las faldas de la serranía. Las riberas del Carate y el Catatumbo, oscurecidas con selvas donde los despojos vegetales fermentan bajo un sol abrasador, son malsanas y húmedas en extremo, por no circular libremente el aire al través del espeso y entretejido follaje que sobrecarga el suelo; ellas suministrarán a la industria preciosas maderá's de construcción y adorno, resinas y bálsamos fragantes, cuyas virtudes apenas comienzan a ser conocidas» (*).
Los moradores son dóciles, nada fanáticos, benévolos y honrados, y todos con alguna ocupación que les da para vivir desahogadamente. Comprueban aquellas dotes las listas de delitos cometidos en el año de 1850, suministradas por los archivos de los tribunales: un asesinato, nueve riñas, cuatro hurtos, siete faltas menores y seis casos de abusos de autoridad.
(*) CODAZZI. Geografía física (inédita).
nada significan para una población de 23.500 individuos, regidos más bien por su buena Índole que por los preceptos legales, cuyo imperio no llega hasta los vecindarios situados en las extremidades del vasto territorio. El más frecuente delito era «fraude a la renta del tabaco», es decir, la colisión del trabajo impecable y del odioso monopolio que lo perseguía como acto ilegítimo. Treinta desgraciados, entre ellos siete mujeres, fueron penados en el último año que rigieron las tiránicas leyes del estanco, abolidas ya por fortuna para la moral y la industria de la clase jornalera. La instrucción popular se generaliza con empeño, bien que todavía no es tan extensa como conviniera. En este ramo se lleva la honra el primer lugar de la capital y su distrito, donde, contándose 1.788 niños de ambos sexos, se educan 290 varones y 200 niñas, o sea la cuarta parte de la generación nueva. En toda la provincia se cuentan, según el último censo, 10.384 párvulos y menores de quince años; de éstos asisten 887, que es la duodécima parte, a 37 escuelas, permaneciendo en la ignorancia 9.497, número sobrado grande, a cuya formación contribuyen los hijos de jornaleros con casi todas las cifras. Nacieron en la provincia durante el año penúltimo 1.065 individuos, y fallecieron 385, quedando un residuo de 680 para aumento de población; de manera que los nacimientos están en la relación de 1 por cada 22 habitantes, y los decesos en la de 1 por cada 61, acumulándose anualmente el 2,9 por 100, que requiere un largo período para duplicar la suma de los habitantes.
«Los productos más copiosos, base de la subsistencia del pueblo, son maíz, yuca, fríjoles, plátanos, papas, arracachas y ahuyamas, que se venden a ínfimo precio; a éstos siguen como artículos de consumo y cambios con el extranjero y las provincias limítrofes: café, cacao, tabaco, marfil vegetal, algodón.
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azúcar, panela, trigo, anís y varias legumbres de buena calidad. En el interior de las familias pobres se manufacturan lienzos de algodón, ruanas de lana e hilo, mantas, manteles, toallas, encajes finos, sombreros de nacuma y palma y obras de talabartería. Hay una fábrica de tabacos labra'dos a estilo de los habanos, con las mismas calidades de aroma y suavidad, debidas a la excelencia de esta hoja, que en las plantaciones de Aguachica nada tiene que envidiar a la de Ambalema. La suma de estos productos es bien pequeña, comparándola con las riquezas latentes de la provincia; elios son debidos a los esfuerzos no ilustrados del genio de los habitantes, más bien que a un trabajo fabril convenientemente organizado y protegido» (*).
El comercio no carece de actividad, y determina el movimiento anual de más de medio millón, en el cual figuró últimamente el marfil vegetal por $ 15.000, valor de 6.000 cargas embarcadas en Puerto nacional para las Antillas y Europa. La importación de mercancías extranjeras alcanzó a $ 175.000, a pesar de las trabas y vejámenes con que las aduanas se esmeran en atar las manos del comerciante, y a pesar del no menos gravoso y ciego sistema de peajes que atormenta la producción interior.
Recorrida la provincia de Ocaña debíamos trasladarnos a la de Santander por el afamado camino de Los Callejones, que mide 22 leguas desde aquella ciudad hasta Salazar, cabecera del cantón de su nombre en la segunda de las mencionadas provincias, y lleva la dirección general del noroeste al sudeste. Hasta lie-
(*) CODAZZi. Obra citada.
gar a Las Cruces nada embaraza la marcha; de aquella parroquia en adelante comienzan las dificultades cada vez mayores, conforme se atraviesan cuatro ramales de la cordillera, cuyos relieves determinan subidas y bajadas inmediatas, que en algunas partes llegan a tener 1.600 metros de diferencia de nivel, formando cuestas bien rápidas por las cuales pasan en línea recta los angustiosos callejones. De Las Cruces a Tarra, casita situada en la ribera izquierda del rio así llamado, el camino pierde su anchura y se reduce a las proporciones de senda, que ora faldea cerros escarpados, ora trepa sus cumbres por lo más agrio de ellas, según el uso heredado de los indios. En Tarra vive la excelente y hospitalaria familia del señor Nieves Alcina, de quien recibe el viajero consejos oportunos respecto de las jornadas siguientes, y auxilio de peones barretoneros para facilitar el paso de los callejones, frecuentemente cerrados por derrumbes. Muy de mañana comenzámos la subida del Alto de San Francisco, desfilando uno tras otro por la pendiente vereda, y a poco andar entrámos en los primeros callejones, que son verdaderas grietas abiertas en el recuesto con seis u ocho varas de profundidad y dos o tres de ancho, donde apenas cabe el jinete, y la muía no encuentra espacio para las patas, desesperándose por salir de aquellos fosos, llenos de escalones y ángulos salientes para completar lo fatigador del tránsito. Llegados a la cumbre (2.650 metros sobre el nivel del mar) dominábamos al oriente la hoya del Sardinata que se dirige al nor- ,te, y por su abertura descubrimos, en un momento en que se desgarraron los celajes inferiores, el brillo de las ciénagas Orupe y Motilones, formadas por el Zulla sobre tierra de Venezuela, y distantes 23 leguas, rumbo directo al nordeste del punto donde nos hallábamos; golpe de vista magnifico y extenso que jamás podrá representar el pincel, como sucede en
la mayor parte de los paisajes que ofrecen nuestros Andes cuando se aproximan a las llanuras subyacentes.
Nos habían asegurado que en la continuación de este Alto para el sur y en mitad del páramo de Potrerogrande, se hallaban masas de rocas prismáticas, sonoras, al rededor de cavidades profundas que parecían cráteres antiguos. Desde luego sospechamos que fueran restos de un volcán apagado, pues la descripción de las rocas coincidía con la naturaleza de las fonolitas, y su disposición en torno de sumideros corroboraba esta hipótesis, que si resultaba verdadera nos daría la clave del levantamiento de aquellas serranías, particulares por su formación cuarzosa y discordante. Era menester examinarlo, y en consecuencia despachámos las cargas y peones hacia San Pedro por los callejones de piedra viva que constituyen el camino, y en compañía del señor Luis Schlim, hábil naturalista belga y cumplido caballero, de cuya inolvidable sociedad disfrutámos por algunos días, nos internámos en el páramo. Por de contado que no había camino; las muías se encargaban de hacernos bajar en un solo resbalón a las cañadas y subirnos luégo a las cumbres por entre la ramazón de los árboles que ellas menospreciaban, pero que ponían en peligro nuestros ojos y pescuezos y nos obligaban a maniobrar como telégrafos para separarlos, pues detener las cabalgaduras en los atascaderos y las ramblas gredosas, no era prudente ni posible. Al cabo salimos a la explanada superior. Ningún signo de terreno volcánico; ni una sola roca de cristalización. Las pretendidas fonolitas eran grupos de agujas calizas talladas por la intemperie en el filo de los estratos, que habían tomado una posición vertical a virtud de parciales hundimientos del suelo perforado por inmensas cavernas; los cráteres quedaron reducidos a la condición prosaica de respiraderos o em-
budos labrados por las aguas al caer a las cavernas. Sin embargo, el paisaje majestuoso, erizado de blancas pirámides agrupadas como los cañones de órganos desmesurados, quieto en la supeficie y resonante bajo la tierra con ruidos de ocultos raudales, indemniza las fatigas del viaje. Entre los nichos y anchas quiebras de las rocas se hallan esqueletos antiguos, restos de los indios motilones. Los cráneos de hombre presentan la frente comprimida y plana, predominando las prominencias correspondientes a los órganos de la industria, el orgullo y las pasiones fisicas; era manifiesto que había sido achatada por medios mecánicos, pues las suturas laterales se veian trastornadas en parte. La costumbre de achatarse así la cabeza, caracterizaba peculiarmente a los indios caribes, moradores del Orinoco en las cercanías del mar. ¿La recibirían de ellos por raza o por tradición los motilones, tribu pusilánime avecindada en lo interior de los Andes granadinos? Un ídolo de barro cocido, hallado en estos sepulcros, representa el tipo de la belleza ideal motilona: frente plana, erecta y menguada; ojos saltones, gran nariz reposando en la boca de pródigas dimensiones e intachable gravedad; y el cuerpo en actitud de inmovilidad sentado sobre los talones, como lo hacen todavía los indios de la cordillera; nada de vestiduras, salvo una mitra cuadrada de la cual descienden hasta los hombros dos gruesas borlas, símbolo de autoridad y nobleza que llevaban también los caciques de primera categoría.
S^uimos aquel mismo día para San Pedro por un camino diabólico, pero rodeado de magníficos robles, lindos arbustos y grandes masas de altivas canasbravas al borde y en el fondo de los precipicios, por entre las cuales sacaban a trechos sus rizadas palmas los heléchos arbóreos; todo esto revestido con un lujo admirable de flores tan brillantes como
raras y olorosas, cuya contemplación no daba tiempo para notar los riesgos de la ruta. Ya de noche alcanzámos la posada, donde reunidos al resto de la expedición nos dispusimos a seguir viaje soterrados en los callejones, enviando por delante una cuadrilla de peones barretoneros para destapar las cuevas en que hablamos de entrar, las cuales de un momento a otro se obstruyen con la caída de las paredes, que por ser de arena cuarzosa y estar inclinadas sobre la excavación no permanecen mucho tiempo sin abatirse. Callejones hay que miden diez metros de profundidad, cerrados arriba por la unión de las paredes apoyadas en raíces y troncos atravesados, tan lóbregos que dentro revolotean murciélagos, y tan pendientes que las muías no caminan sino ruedan sentadas sobre el colchón de arena extendido al propósito en el fondo por los barretoneros. La marcha es muy lenta cuando se llevan cargas, pues frecuentemente se atora la muía contra las paredes, y hay que raerlas para que salga de la estrechura; baste saber que en pasar un callejón de media legua de largo entre Laurel y Sepulturas, gastámos dos horas, embutida en aquella manga la prolongada fila de jinetes y cargas. De cuando en cuando se atravesaban troncos a la altura de los hombros, ramas espinosas y bejucos traidores; los escalones alternaban con los rodaderos, y los raspones en las piernas con los golpes en la planta de los pies al saltar las bestias. Podrá ser que los nativos sufran menos en el paso de estos fosos; pero ello significaría que allí, cómo en los atolladeros del Carare, es preciso ser baquiano para no matarse, lo cual no es un elogio respecto del camino. Por fin a los siete días llegámos a Salazar bajando una escalera de 893 metros de largo, que acabó de molernos los huesos.
Alonso Esteban Ranjel fundó en 1383, por orden del gobernador de Pamplona Francisco de Cáceres,