Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 47 de 51

Unidad de lectura 47

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

La ciudad, favorecida con la concurrencia y vecindario de muchos extranjeros laboriosos, cuenta 5.000 moradores aposentados en buenas casas de teja situadas en el centro, y multitud de casitas que forman los arrabales, esparcidas sin demarcación de calles, en amplios espacios como plazuelas, y sombreadas por los protectores cujies. Vagos no hay, ni beatas, ni el desaseo en las personas y habitaciones que mancha y desagrada la generalidad de nuestros pueblos de la cordillera. En San José todos son negociantes, mercaderes o agricultores, y acaso pudiera enrostrárseles la excesiva consagración a los intereses materiales al ver la pobreza y pequenez de la única iglesia, y el descuido con que miran la educación de las niñas, para las cuales no hay escuela pública, pues sólo existe una para varones a la cual concurren 147, quedándose 914 niñas y 798 niños sin la preciosa luz de la instrucción primaria. La población se compone del 33 por 100 de blancos, en quienes residen la ilustración y cultura; el 27 por 100 de mestizos, que forman escaión intermediario; y el 40 por 100 de africanos, cuyo lote es el trabajo fisico y su patrimonio la inalterable salud en medio de las ciénagas y rios, sean cuales fueren las intemperies que sufran. El tipo masculino de los primeros es el joven voluble, vestido a la ligera con chupetín o chaqueta de lienzo y casaca los domingos, dedicado al comercio, atento, despejado, bailador y poco instruido, salvo en requiebros y galanteos; el femenino es la damita de proporciones delgadas, aspecto débil, modales pulcros, talle flexible y profusa cabellera, en el vestir muy aseada y elegante, siguiendo las modas francesas, en el trato llena de amabilidad e ingenio, sobremanera sociable y cariñosa, pero siempre recatada. La música y el baile son su vocación, y rara es la casa donde al caer la noche no suene un piano con las marcadas cadencias del valse, o una arpa maracaibera, o por

ventura dos voces de timbre juvenil unidas para cantar trovas de amor. En los mestizos se manifiesta el tipo local, completamente criollo desde el traje hasta el alma; los hombres de mediana estatura, sueltos y ágiles, vistiendo pantalón de dril y camisa blanca, sombrero de nacuma excesivamente pequeño y nada de ruana; zapateadores, tipleros y enamorados, un tanto afectos a la botella y al juego, pero trabajadores y de Índole buena, sin modales ni lenguaje descompuestos, como los del boga que tripula los bongos en el Zulia; las mujeres pequeñas, sabiendo que son bonitas y procurando lucir y ejercitar este dón de gentes, el cuerpo bien repartido, limpio y ondulante, alegres y listas para cualquier lance y respuesta. Entre ellas como entre los hombres hay bastantes de piel blanca en que a primera vista no se percibe la mezcla de sangre africana; constituyen la porción selecta de su tribu, y gastan lujo por vanidad y cortesanía por instinto.

Todos los sábados y domingos hay bailes populares, a campo raso, en la plazuela del Cují, o en el extenso patio de una venta de licores, afamada por estas reuniones danzantes, a las cuales concurre desde la oración la gente llana, y al són de los tiples y maracas pasan la mayor parte de la noche en franco solaz nunca perturbado por riñas ni groserías, muy distantes del carácter benévolo y suave de aquel pueblo contento con su libertad y su envidiable medianía. La fiesta de san Juan la celebraron con carreras de caballos, pasando por debajo de arcos adornados de ramazón y frutas, y en el centro un desventurado- pollo pendiente de una cuerda que recogían al pasar los jinetes, cuyo anhelo era pillarle la cabeza y llevárselo, con gran contentamiento de los muchachos, dispensadores de silbidos o aplausos, segúnJa suerte del que acometía la difícil empresa. Por la noche pusieron baile extraordinario en la plazue-

la ya nombrada, frente a un toldo bien surtido de licores y dulces, cobijado por ias tendidas ramas de los cujíes. Cuatro patos derechos con faroles de vejiga eran ios candelabros, y al mismo tiempo demarcaban el espacio destinado al baile. La orquesta se hallaba en un extremo, tiple y bandola sentados gravemente, y en pie a su rededor seis revolvedores de maracas, que son calabazos de diversos tamaños con mango atravesado y granos o piedrecitas dentro, los cuales agitan al compás de los tiples, ora golpeándolos contra la mano y los muslos, ora zarandeándolos en mil direcciones con admirable entusiasmo y deleite filarmónico. Agregando a esto el continuo rascar de una caña hueca y rayada, que llaman carraca, manejada entre las piernas macarrónicamente por otro músico de airado rostro bañado en sudor, queda completa la orquesta, que suena como aguacero fuerte, monótona y siempre en la misma cadencia. Reunida en torno la gente y situadas^ en primera línea las bailadoras de boato y renombre, viene al medio de la rueda un galán en mangas de camisa, cruzados a la espalda los brazos, y comienza a zapatear solo, exhibiendo su persona y habilidad, en tanto que las maestras del arte le miran y juzgan. Si lo hace bien, una de ellas se adelanta, lo saluda, y emprende giros circulares rápidos sin aparecer el movimiento de los pies, abierto con ambas manos el ancho fustán de zaraza para mostrar el ruedo bordado de las enaguas blancas. A poco rato sale otra y se dirige al hombre; la que bailaba da una vuelta desdeñosa y abandona el campo; la otra se esfuerza por deslucir a su predecesora, y el hombre las deja penar y sigue muy satisfecho sirviendo de centro de atracción hasta que lo relevan del oficio. Hé aquí la Maromera, la Payasa o la Relámpago que llenan el espacio con sus profusos fustanes y giran al rededor del galán, inmóviles al parecer, y como si el

suelo que pisan las trasportara velozmente. ¿Quién podrá competir con aquellas veteranas rebautizadas por sus admiradores? Una se presenta: es la bella en moda, la que suscita murmullos de envidia por su florida juventud, y más aún por la ostentación de sus galas. Trae camisa de tela fina con bordados y encajes, muy escotada en las espaldas y algo menos por delante, prensada y estirada por la jareta del fustán de organdí, ceñidísimo a la delgada cintura y cayendo en pliegues sobre las movientes curvas del cuerpo; calza pequeños zapatos de género, y adorna su cabeza un sombrerito de nacuma con cinta lujosa, dejando ver por detrás el abundante cabello recogido y sujeto por un grueso alfiler esmaltado; largos zarcillos de oro baten sonando su cuello descubierto, pues el pañuelo tricolor de seda, puesto con cuidadoso descuido en los hombros, no tapa los bordados de la transparente camisa. Entra a bailar casi tímida y mirando al soslayo a los circunstantes, quienes la palmetean y dicen flores de no dudoso perfume, que ella recibe con indiferencia; pero no así los obsequios más sustanciosos que después la ofrecen a porfía en el toldo de los comestibles, teatro de galanteos universales continuados por grupos que toman asiento bajo la discreta oscuridad de los cujíes.

No faltan por allí mesitas de juego de azar, alumbradas con velas de sebo dentro de cartuchos de papel, y presididas por el garitero impasible como la suerte. Al rededor se congrega y estrecha una triple fila de jugadores mirando ansiosos la mesa, en tanto que las luces del centro iluminan parcialmente las cabezas más adelantadas y dejan en la sombra de la noche el resto de las personas; contraste vigoroso de claroscuro que acrecienta la expresión de las pasiones pintadas sin rebozo en la tostada fisonomía del hombre inculto, y forma interesantes cuadros, en cuya contemplación pasé largos ratos. De vez en

cuando asomaba el rostro de alguna mujer ya inútil para el baile, desecho de otra edad más alegre y feliz, y con la boca comprimida adelantaba la rugosa mano sobre la casilla roja o negra, depositando una moneda que si hablara contaría escándalos: sordas imprecaciones seguían a la pérdida de su esperanza, y entonces un brazo torneado, el de la hija quizás, la tomaba por los vestidos y la sacaba de aquel lugar de tormento, donde nadie repara en las angustias del vecino, ni escarmienta por el ejemplo de su desgracia.

— «Véanlo atisbando la gente para después contar lo que hacemos», prorrumpió cerca de mí una voz de mujer entre burlona y seria, Volvíme y encontré dos majas de bracete, que paseaban haciendo precisamente mi oficio.

— «¿Quién te ha dicho, salero, que yo cuento lo que veo?»

— «¡Ei! no sólo cuenta, sino escribe; pero aquí se llevará chasco, porque ya nos tiene advertidas un señor que bebió cloruro, pensando que era brandy, en la montaña que usté sabe».

— «¡Ah maldito! exclamé acordándome del borrascoso individuo que en una excursión de mi compañero por las selvas del Zulia, donde el guía los extravió, apremiado por el hambre y la sed, la segunda noche cogió a tientas cierta botella y se encajó

un buen trago de cloruro, que lo hizo berrear

cuando creyó refosilarse con brandy. — «No creas tal cosa, niña; son historias de aquel hombre que desea vengarse por no haber tenido olfato, sin embargo de usar razonables narices».

—«¡Que si creo! pero a bien que nosotras no tenemos coto, y andamos como Dios manda», repuso quitándose y poniéndose el pañuelo de los hombros.

— «No me parece que Dios te haya mandado hacer esa evolución, hijita, sino venir conmigo a refrescar en el toldo».

—«¡Eso ya! para hacernos hablar, no? Míre, váyase a su casa, que el sereno les hace daño a los forasteros».

Dijo, y haciendo una pirueta fanfarrona se alejó hacia el baile; yo seguí su saludable consejo, bien decidido a referir estas escenas, aunque pesándome de no poder hacerlo de manera que retrataran las costumbres, el ingenio y la elegancia natural de un pueblo tan jovial como sociable y venturoso.

Al norte de San José y hasta el río de la Grita, cuya ribera derecha pertenece a Venezuela desde la confluencia de Guarumito, se extiende el territorio del cantón por espacio de 50 leguas cuadradas cubiertas de selvas peligrosas para la salud, densas y desiertas, pues sólo hay dos pueblos: Limoncito, a orillas del Zulla en el occidente, contando 368 habitantes su distrito, y San Faustino, cerca del Táchira en el oriente, con 544 moradores, desdichado resto de la ciudad que fundó el año de 1662 Antonio de los Ríos Jimeno, despoblada por las fiebres y arruinadas sus ricas plantaciones de cacao. Si el comercio de la provincia, escarmentado por las averías que sufre durante el invierno en el malísimo camino al puerto de Los Cachos, y los retardos de la penosa navegación del Zulla desde San Buenaventura para arriba, se resuelve a construir el nuevo camino propuesto de San José, derecho a la confluencia de los ríos Zulia y Táchirá, gran parte de los desiertos del norte se poblarán y la riqueza de todos aumentará mucho con esto y la mayor facilidad y rapidez del tráfico. Son incalculables los beneficios que se derivarían de aquella empresa, para la cual sobran allí recursos y no faltan hombres activos e inteligentes que le darían cima en poco tiempo. Al sur de la capital quedan los distritos Bochalema y Chinácota, últimos del cantón, en tierras magníficas y clima delicioso. Diferimos el visitarlos para cuando regresáramos del cantón Rosa-

Manad Andzar.

rio, que demora al oriente, lindando con Venezuela por medio del Táchira.

Nuestra mansión en San José, con ser muy detenida, nos pareció un momento. Auxilios prontos y oportunos en los trabajos de nuestra comisión, obsequios repetidos con hidalguía y franqueza, fino y cariñoso trato, cuanto unos amigos antiguos hubieran hecho, todo esto hacían por nosotros diariamente los principales vecinos y el señor Isidro Villamizar, empeñando para siempre nuestra gratitud y dejándonos en la memoria recuerdos que jamás se borrarán. ¡Feliz provincia, colmada de riquezas, habitada por gentes de innata cultura y puesta bajo el gobierno de un hombre virtuoso! Acuérdome que el día de san Juan pasaba el señor Villamizar por una cuadra a tiempo que desbarataban uno de los arcos erigidos para la fiesta y tiraban frutas, ramas y cohetes sobre la muchedumbre de curiosos, que iban de un lado para otro huyendo de la gresca: «¡Señores, gritó el anciano gobernador, tengan juicio y no me descalabren!» y al instante cesó la bulla y los más cercanos se quitaron respetuosamente los sombreros. «Dichoso el magistrado que recibe tales demostraciones de amor», le dije. «Muy dichoso, me contestó, cuando tiene la fortuna de gobernar un pueblo como éste!»

De los primeros indios motilones que los conquistadores pudieron someter, poco antes de fundar a San Faustino, se formó el pueblo de Cúcuta, cerca del río Pamplonita y ocho décimos de legua al oriente de San José. «Tiene muy buena iglesia, bien alhajada, dice Oviedo (*), y buena casa cural de teja.

(*) Pensamientos y noticias escogidas. 1761.

que fabricó el maestro Zap,ata, cura de allí muchos años. Su temperamento es rñuy cálido pero sano. Es tierra de mucho comercio por la grande abundancia de cacao que produce, y acuden de todas partes a comprarlo, embarcándolo también para Maracaibo por el Zulia. Tendrá el pueblo más de cien indios ricos en su esfera, porque son dueños de cacaguales; y aunque no tenga vecinos blancos este curato, te basta con los indios por ser competente y haber cofradías ricas que rentan más de 700 pesos. Hay muchas culebras, garrapatas y otras sabandijas». En el día cuenta la parroquia 860 moradores blancos y mestizos, habiendo desaparecido el tipo indígena, e igual suerte han corrido las producti^^s plantaciones de cacao mencionadas por Oviedo; la tierra, fatigada con una sola especie de cultivo, negó a los árboles el jugo necesario y la mancha destruyó constantemente las cosechas, tanto aquí como en San José y el Rosario; cesó el comercio; concluyeron las cofradías, y de la antigua riqueza del pueblo no ha quedado más señal que la grande y sólida iglesia, de la cual parecen huir los miserables ranchos de paja esparcidos por la estéril llanura.

Cerca de Cúcuta se hallan manantiales calientes de agua ferruginosa, cuya temperatura marcó el termómetro centígrado en 47», siendo la del aire libre 25°,5 y el peso del agua 12°, 5. Brota en el llano perforando la gruesa capa de sedimento lacustre que cubre el terreno secundario. Una legua casi al oriente de estos manantiales, al pie del cerro del Mono, hay pequeñas cavidades en forma de embudos que varían de lugar y arrojan borbollones de greda amarilla muy diluida, fría e inodora. Talvez corresponden con las fuentes de agua hirviendo que al otro lado del Táchira arrojan las faldas occidentales de los cerros venezolanos en los sitios llamados La Virgen y Botón, no obstante que resultaron saturadas de bisulfato de

sosa, con 61° de temperatura, siendo la del aire calentado por aquellas hornallas 32°, y el peso del agua 13°. Los cerros, compuestos de arenisca caliza, se manifiestan pedregosos y derruidos; las piedras impregnadas de azufre sublimado, y es fama que el temblor de 1849, que arruinó a Lot>atera y sacudió al Rosario y San José, mudó también el asiento de los manantiales, ahora situados a 471 metros de altura sobre el nivel del mar, y 140 metros superior a la llanura de Cúcuta.

Entre aquel pueblo y la cabecera del cantón, situada dos leguas no completas en dirección al sur, promedian vegas poco fértiles y una cadena de cerros que son apéndices del ramal llamado Tasajera. Rodeada por arboledas frondosas, a cuyo amparo crecen los perfumados cacaotales, tiende la villa del Rosario sus calles rectas, limpias y bien empedradas y levanta sus casas de teja y su espaciosa iglesia, bajo muchos respectos memorable. No es población ruidosa y agitada como San José, sino quieta y con algo de solemne que sienta bien a la cuna de Colombia. Las rentas públicas pagan la enseñanza primaria de 32 niños y 40 niñas concurrentes a dos escuelas, cuyos beneficios morales se completan en dos casas de educación secundaria, la de jóvenes dirigida por el estimable señor Pedro José Diéguez, a la cual asisten 26 alumnos, y la de niñas por la señora Manuela Mutis, matrona virtuosa que con su ejemplo y la enseñanza perfecciona el alma de 17 jóvenes, tan modestas como entendidas. Si la concurrencia del comercio ha dado a San José la supremacía de las riquezas, el esmero por la instrucción pública y privada afianzará la supremacía intelectual del Rosario, más noble y duradera que la otra.

El día 6 de mayo de 1821 se encaminaron a la iglesia del Rosario 57 diputados por Cundinamarca y Venezuela, presidiéndolos el general de división Ánto-

nio Nariño, y oída la misa del Espíritu Santo pasaron a la sacristía, convenientemente preparada. Él general ocupó un sillón debajo del solio puesto en mitad de la pared lateral extrema; «leyó un discurso propio del acto, y concluido, puesto en pie, preguntó: ¿Son de opinión los señores diputados que puede procederse a la instalación del congreso? y habiéndose votado unánimemente que sí, dijo el presidente: El congreso general de Colombia queda legítimamente instalado; en él reside la soberanía nacional» (*). «El 4 de junio, después de profundas e imparciales discusiones, los representantes de lo que antes se llamó capitanía general de Venezuela y virreinato de la Nueva Granada, sancionaron la unión de entrambos pueblos en un cuerpo de nación. Esta solemne declaración hace aparecer la República de Colombia sobre un territorio inmenso, enriquecido con los más preciosos dones de la benéfica providencia, santificado con el martirio de sus sabios y honrado con la sangre de sus héroes» (**). ¡Efímera grandeza que sólo nueve años duró! Todo entre nosotros pasa velozmente, y apenas quedan rastros de lo que fue creyéndolo eterno. Un perno de hierro, clavado en la pilastra donde se apoyaba el solio, es cuanto queda para recuerdo del constituyente de Colombia en la histórica sacristía. Muchos de los que allí concurrieron han bajado al sepulcro; los que aún viven se asombrarán a ratos meditando en lo que entonces imaginaron fundar y lo que ahora ven: lo que pensaron ellos y lo que han ejecutado sus hijos.

Pasando por la sacristía se llega al patio interior de la iglesia, en cuyo extremo inmediato al crucero

(*) Acta de instalación del primer congreso general de la República de Colombia.

(♦*) Alocución del congreso a los pueblos. Junio 6 de 1821,

de las naves |hay un pequeño monumento piramidal con su lápida de mármol, que dice: