Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 46 de 51
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la ciudad de Saiazar de las Palmas, en la vega de un río cubierto de palmichales. Pusiéronla bajo el gobierno de un alcalde mayor, auxiliado por dos ordinarios y dos de la santa hermandad, los cuales, hallando malsano el primer asiento del poblado, lo mudaron más arriba y fabricaron una capilla de tapias y teja con dedicación a Nuestra Señora de Belén, pero ni ellos ni jos sucesores cuidaron de establecer escuelas y menos de abrir caminos, puesto que la ciudad se halla entre montes y tierras fragosas, de donde provino que adelantara muy poco en agricultura y población. Pasadós ciento setenta y siete años la visitó el cura Oviedo cuando escribia sus Noticias curiosas, y halló que tenía 400 vecinos pobres, cuya ocupación era sembrar caña dulce y cacao «y rezar sus devociones en una buena iglesia de cal y canto». En 1834 llegó a Saiazar, en calidad de párroco, el presbítero Romero, y con el ejemplo, las exhortaciones y penitencias impuestas en el confesionario, logró que los vecinos plantaran árboles de café, que allí prosperan admirablemente, viéndose de continuo las matas cargadas de flor, fruto verde y cereza madura, de modo que jamás termina la cosecha. Tánto hizo, ayudado por el señor Fraser, veterano de la independencia, que en 1851 contribuyó el cantón Saiazar a la exportación de frutos de Santander con 6.000 quintales de café, recogiendo cerca de 80.000 pesos en cambio de este precioso grano, los cuales se distribuyeron entre multitud de cosecheros pequeños, que hoy bendicen la memoria de su buen párroco, a quien realmente son deudores del progresivo bienestar que disfrutan. Si todos los curas entendieran sus deberes de beneficencia y civilización como el presbítero Salgar en Girón y el presbítero Romero en Saiazar, la suerte de nuestros pueblos rurales y la del clero mismo serían muy diversos de lo que son.
Situado Salazar en la ribera izquierda del río de su nombre, tributario del Zulia, que le demora tres leguas al oriente, goza de temperamento benigno y clima sano, pues el termómetro centígrado marca el mínimum de 20° y el máximum de 25°, y el asiento de la villa está respecto del nivel del mar a 852 metros de altura. El distrito cuenta 4.631 habitantes posesionados de una comarca fértil y alegre, muy favorable a la agricultura, que es variada, pero no tan rica en sus productos como lo permite el suelo. Los moradores son blancos y mestizos, gente sana, de índole inmejorable. Desde Salazar comenzámos a recibir en aquella provincia mil atenciones generosas y decidida protección a las tareas que llevábamos encomendadas. Nombrar todas las personas que así nos favorecieron, sería reproducir el censo de la población inteligente de cada lugar notable. Allí el forastero encuentra fácil hospitalidad y el hombre laborioso lucrativa ocupación. El comercio y el roce de gentes han generalizado la cultura, llevándola desde la casa del rico hasta la cabana del pobre, particularmente en los cantones San José y Rosario.
El de Salazar se compone del distrito de la cabecera y los de Arboleda, Santiago y San Cayetano, los cuales ocupan nominalmente 159 leguas cuadradas, y realmente 49, pues hay 110 despobladas, contándose en aquéllas 8.300 habitantes, o sean 170 en legua cuadrada. La parte alta del noroeste al sur es muy sana, y sin embargo permanece desierta, pues sólo cerca de los límites de Pamplona se encuentra el pueblo de Arboleda; esta parte fue objeto de nuestra primera excursión.
«Contemplando el territorio desde el punto occidental más elevado, se ve la extensión no interrumpida de páramos atravesados por una senda que mide 9 leguas desde Arboleda hasta las cumbres de Cachiri. La soledad es completa en aquellas frías re-
giones. Horrorosos precipicios formados por cúmulos de rocas amontonadas confusamente, raídas o agujereadas, envueltas en nubes que las bañan desatadas en aguaceros u ocultas entre una densa cortina de nieblas, llenan el paisaje; y si alguna vez las ráfagas de viento que allí soplan con furia descorren el telón de vapores y permiten caer sobre la escena los rayos del sol, queda manifiesto un conjunto de almenas, paredones y colosales masas de calizas que semejan grandes ruinas y restos de fortificaciones levantadas hasta donde la vegetación no ha podido subir. A sus pies se extienden llanuritas inclinadas siempre verdes; más abajo hay otras, y otras inferiores a éstas, dispuestas en escalones. Humedecen el suelo multitud de lagunas, que ora permanecen contenidas en recipientes de peña viva, ora en el centro de tremedales peligrosos para el ganado que los pise, las cuales vierten de unas en otras el sobrante de su caudal, o lo envían a los valles profundos por chorros que a veces saltan precipitados en un vacío de más de mil metros y se pierden divididos en menuda lluvia, y a veces ruedan de escalón en escalón por los estratos que constituyen las trastornadas faldas de los cerros.
«El mugir de los vientos, frecuentemente superior a todos los ruidos, el de las cascadas que se desvanece o aumenta según las posiciones que ocupa el espectador, lo yermo y agreste de aquella comarca desolada sin duda por terremotos cuya huella quedó estampada en tánto escombro, todo esto imprime al lugar un sello de grandeza melancólico que se graba en la memoria con el recuerdo de los peligros a que se ha visto expuesto el explorador de esas fragosas montañas. Consiste uno de ellos, y no el menor, cuando se camina por la orilla de los pretipicios, en la fuerza con que soplan los vientos a lo largo de los desfiladeros y gargantas. Producen este
fenómeno la configuración de la serranía, que arroja estribos casi paralelos hacia los valles de Cúcuta, al oriente y hacia la hoya del Lebrija al poniente, y la diferencia de temperatura que hay entre lo alto de la serranía (10° centígrados en Cachiri) y el final de los estribos sobre las tierras bajas (27 a 30° en los valles y en las riberas del Lebrija). Enrarecido el aire de las regiones inferiores por un sol ardoroso, se difunde y ocupa las gargantas de la serranía, determinando la rápida inmersión de las capas condensadas por el frío en la cima de los páramos; y la estrechez de las quiebras contribuye a dar el ímpetu del huracán a este aire desquiciado y comprimido al descender por los prolongados boquerones (*).
Dista Salazar de Arboleda tres leguas y seis décimos por un camino apenas trazado, pero atravesando comarcas bellísimas a lo largo de la margen izquierda del Zulia, copiosamente regadas y vestidas de hermoso bosque muy variado. El pueblo es antiguo, pero pequeño y pajizo, y merece el nombre que lleva, por estar edificado en medio de grupos de árboles frondosos. Pásale cerca su río, quebrándose con estrépito contra los peñascos sembrados en el cauce, y adórnalo un puente colgante de bejucos para facilitar la comunicación de este distrito y el de Cucutilla, bien que sólo sirve para el tránsito de peones, teniendo que arriesgar las bestias en la tumultuosa corriente, haladas con cables desde la ribera opuesta. Cuando lo atravesamos nos ayudaron a remolcar las muías y conducir las sillas por el puente ocho labriegos vigorosos, entre los cuales se hacía notar uno de gran cachaza y miembros recogidos, aindiado y rechoncho: era nada menos que el presidente del cabildo de Arboleda, y por ve'ntura los
(*) CODAZZI. Geografía física (inédita).
demás serían sus honorables colegas. Este rasgo de filosófico desdén por las pompas civiles, basta para comprender cuán llanas son las costumbres del lugar. Fuéra del cura y un escribiente, antorcha del pueblo, todos llevan en el entendimiento su competente dosis de tinieblas, incluso el alcalde, que no conocía el alfabeto. Afortunadamente el cura es hombre limpio de corazón y sin resabios de mandarín, que ae otra manera no tendría- obstáculos para alzarse con el gobierno y los bolsillos de sus cándidos feligreses, como lo hizo un su vecino, de quien algo diré cuando fuere oportuno. El pueblo queda en un llano a 912 metros de altura sobre el mar, y está edificado sin orden, ostentando en sus calles gruesas rocas salientes, y en sus casas un razonable desgreño y desaseo. No así la iglesia, que es bastante capaz, se hallaba bien barrida y adornada con sendas rosetas y láminas de brillante mica, de la que hay abundante provisión en las cercanías. Existen, según el último censo, 536 niños de ambos sexos en edad de ir a la escuela, y sólo 15 varones aprenden a gritar la cartilla y garabatear pizarras, lo que ño es muy lisonjero para el porvenir intelectual de aquellos ciudadanos en cierne. La salubridad del clima, cuya temperatura es 21° centígrados, se manifesta en el movimiento de población durante el año de 50. Nacieron 80 individuos, o sea 1 por cada 17, y fallecieron 52, que corresponden a 1 por cada 27.5, resultando el 2 por 100 de aumento para el total de 1.433 habitantes. En 1761, dice Oviedo que era «curato doctrinero de la religión de san Francisco, con iglesia de tapias y paja, pobre y sin ornato, diez o doce indios y setenta vecinos de poca utilidad, rentando al cura doscientos pesos en , géneros de la tierra, la cual es muy desdichada y fragosa de peñascos, y sus ríos con puentes de bejucos». Se ve, pues, que ha progresado en todo, salvo en los puentes; y el progreso continuará rápido, pues
se afianza para lo venidero en las plantaciones de café, cuya lozanía no tiene igual en otras partes.
Tres leguas y media al nordeste de Salazar está Santiago, a orillas del río Peralonso, y tres leguas más allá, sobre el Zulia, queda San Cayetano, pueblos de temperamento ardiente, diezmados por las fiebres y amenazados de ruina por los enormes peajes que el cabildo del segundo ha impuesto a cuantas cargas pasen por alli, prevalidos de que no habia otro camino para comunicar con San José. Piensan que de esa manera se crean rentas locales cuantiosas a costa de los forasteros, y no ven que hostilizando el tráfico lo ahuyentan, se privan de sus beneficios, y aislándose de los demás pueblos destruyen su propio bienestar, fundado en el fácil y frecuente cambio de sus productos, que cesan de ser buscados y pierden por consiguiente su valor relativo. La ignorancia y el egoísmo desplegados por el cabildo de San Cayetano le han rendido amargos frutos. Los productores de Salazar y Santiago resolvieron sacudir el yugo y no pasar por la codiciosa parroquia: trazaron un nuevo camino cerca del Zulia y echaron puente sobre el río para llevar las cargas libres de peaje a San José. San Cayetano, pueblo que no conoce lo que sea una escuela de primeras letras> sufre ya la pena de extrañamiento respecto de los demás, y no será mucho que termine su oscura existencia desapareciendo de entre los distritos.
Al salir de Salazar para la capital de la provincia encontrámos al gobernador que andaba visitando sus pueblos. Nombrarlo es designar el tipo de la honradez y del patriotismo ingenuo, infatigable. Hombre de edad provecta, el señor Isidro Villamizar cuenta sus días por los servicios que ha hecho a la República desde el origen de ésta, y sin duda los finalizará legando nuevos beneficios a sus conciudadanos, porque tal es su carácter leal, sencillo y bondadoso. To-
tnámos por el camino nuevo con el objeto de inspeccionar la obra del puente. En la penosa faena de pasar el río nos sobrecogió la noche, y hubimos de alojarnos en un rancho rodeado de monte y árboles de cacao descuidados, que entristecían el ánimo con el espectáculo de la ruina y desolación donde antes fue una floreciente hacienda: ahora pertenecía a las monjas de Pamplona, es decir, a manos muertas que marchitaron las labores del antiguo propietario.
Después de los riscos y barrancas del mal trazado camino, del peligroso paso del río y de la estrecha posada en el bosque, siguieron las llanuras y potreros sombreados por cujíes de ancha y aplanada copa que anunciaban la proximidad de los valles cucuteños. Por último, al subir el espinazo de una pequeña serranía, se vio al oriente el solar de San José cubierto de árboles, y en el fondo las casas blanqueando al abriga del multiplicado ramaje.
San José, capital de la provincia de Santander, tuvo su origen a principios del siglo pasado en unos ranchos anexos a la cercana parroquia de Cúcuta. Por los años de 1734 formó curato separado con el nombre de San José del Quasimal, y en 1792 se halló tan próspero que obtuvo el título de villa, dejando el apelativo Quasimal por el de Cúcuta, en memoria de su origen. Finalmente, la legislatura de 1850 creó esta provincia, y designó la villa de San José para centro de la gobernación. Encuéntrase a 294 metros de altura con respecto al nivel del mar, sobre la ribera izquierda del Pamplonita y en un llano arenoso, rodeado por colinas estériles. La temperatura oscila entre 21° centígrados, que es la de noviembre a febrero, y 32° .cuando la estación calurosa, de julio a octubre; fuertes vientos del sudeste, producidos por el enrarecí-
miento del aire en la gran cuenca del lago de Maracaibo, agitan la atmósfera durante los otros meses y hacea bajar a 25° la temperatura, que habiendo calma sube a 31°, mientras el índice del higrómetro de Sausure se mueve desde 0° hasta 10°. Por tanto, el clima es bien ardiente, y sería malsano sin dichos vientos que alejan los miasmas levantados en las márgenes montuosas de los ríos Táchira y Zulia, lugares mortíferos aun para las gentes aclimatadas.
Las de la villa han tenido el buen juicio de conservar en las plazuelas y patios frondosos cujíes y mamones gigantescos, cuyo benéfico ramaje resguarda las casas del ímpetu de los vientos, mitiga los ardores del sol e impide la reverberación del suelo, que sin aquella sombra estaría converfido en arenal insufrible, pues la formación de los valles se debe al acarreo fluvial, y las planicies setentrionales, cubiertas de selvas que hacen horizonte, mirándolas desde el cerro Tasajera, estuvieron dominadas por un mar dulce, ahora reducido al lago de Maracaibo; así es que la tierra vegetal reposa inmediatamente sobre lechos de arena y guijarros próximos a manifestarse desde que a la costra superior le falta el abrigo del bosque.
Es San José plaza de comercio y centro de un movimiento mercantil que en el año económico de l.° de septiembre de 1850 a 31 de agosto de 1851, alcanzó a 10.720.627 reales en exportaciones e importaciones registradas por la aduana. Sumó la exportación 5.404.667 reales, valor de artículos suministrados por trece ramos de agricultura y diez de manufacturas nacionales. Entre los primeros figuran 551.416 libras de cacao, 4.302,750 libras de café, 497.204 de panela, 48.675 de azúcar blanco, 281.580 de quinas y 318.300 de tabaco; entre los segundos 1.080.540 reales, valor manifestado de sombreros jipijapa, 32.482 reales en artículos de fique y 61.828 reales en lienzos y man-
tas del país. La importación ascendió a 4.515.969 reales en monedas de oro y plata, y 800.000 reales en marcancías europeas y sal venezolana, según confesión tímida de varios comerciantes, asistiéndome la persuasión de que llegó por lo menos a tres millones de reales (*) con el correspondiente aumento en artículos exportados sin conocerlo la aduana. El tráfico entre San José y puerto de Los Cachos formó un total de 39.500 cargas de a diez arrobas, que trasportadas a 10 reales carga dejaron 395.000 reales en manos de los arrieros. Agregando a esto las ganancias de los bogas y el movimiento de cargas y valores en el comercio interno recíproco de los cantones y con las provincias limítrofes, se puede calcular la suma de riquezas que circulan en Santander, cuya población no pasa de 21.282 habitantes, y se concibe cuán holgada será la vida en lugares tan felices por la situación mercantil y la incansable fecundidad de la mayor parte de las tierras.
(*) Sabiendo lo que son y serán las aduanas, a pesar de la severidad de los empleados y la vigilancia problemática de los guardas, recogí cuidadosamente en cada cantón, y auxiliado por los vecinos más
veraces y notables, los siguientes datos:
Hay en el cantón San José 4.009 proletarios y jornaleros, que unos con otros gastan $ 10 en ropas extranjeras; son reales 320.000
2.000 indios con medianas comodidades, que gastan a $ 40 640.000
700 ricos, que gastan a ^200 1.120.000
May en el cantón Rosario 2.000 jornaleros, que gastan a $8 128.000
450 individuos con medianas comodidades, que gastan a $ 25 90.000
150 ricos, que gastan a $ 100 120.000
Hay en el cantón Salazar 5.500 jornaleros, que gastan a $ 4 176.000
2.000 individuos con medianas comodidades, que gastan a $10 160.000
500 ricos, que gastan a $ 100 400.000
Suma el consumo anual de ropas extranjeras, reales. . 3.154.000
En cuyos cálculos se ha evitado toda exageración, como se conocerá comparando la masa de riquezas circulantes en la provincia con su población total. Risible cosa serían las aduanas si no fueran destructoras de la prosperidad pública, en cuanto se oponen a la extensión natural de los cambios, de la producción nacional y de los consumos baratos. Tengo la esperanza de verlas tan desacreditadas también como instrumentos fiscales, que al fin se persuadan nuestros- estadistas de la conveniencia de abolirías, sustituyendo algo más honroso para ellos y benéfico para el país.