Plantas medicinales de Filipinas · Sección preliminar
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Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
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PLANTAS MEDICINALES DE FILIPINAS
PLANTAS
MEDICINALES
DE FILIPINAS
POR
T. H. PARDO DE TAVERA
Doctor en Medicina de la Facultad de París,
Comisionado científico de S. M. en las Islas Filipinas
y Delegado general en las mismas de la Société Académique
Indo-Chinoise de Francia, Miembro fundador correspondiente de la
Sociedad Española de Higiene, Alumno diplomado de la Escuela de Lenguas
Orientales de París , Miembro corresponsal de las Sociedades Económicas de Filipinas
y de Cádiz , de número de la de Ciencias, Letras y Artes de los Alpes
Marítimos, Laureado por la Real Academia de Medicina de
Madrid, Caballero de la Real Orden de Carlos III,
Comendador de la de Cristo de Portugal ,
Oficial de la Instrucción pública
de Francia, etc., etc., etc.
MADRID
BERNARDO RICO: TRAVESÍA DEL ARENAL, NÚM. I
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EXCMO. SR. D. EZEQUIEL DE ORDÓÑEZ
SUBSECRETARIO DE ESTADO
Diputado á Cortes, ex Secretario primero del Congreso de Diputados en diferentes legislaturas, ex Director general de Beneficencia y Sanidad, Consejero del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Madrid, etc., etc., Caballero Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica, de la de Cristo de Portugal, de la Orden Civil de Beneficencia, de la Nijan-Iflijar, de la de Cambuja, Comendador de la Legión de Honor de Francia, etc., etc.
£n testimonio de la más cordial amistad y afecto. '
J. Y^. f . DE J. París, 13 Abril 1892.-14, Avenue de Wagram.
PREFACIO.
Comisionado por el Gobierno de S. M. para estudiar las plantas medicinales de mi país natal, pasé en él dos afios dedicado á recoger datos sobre los usos que los filipinos hacían de sus vegetales en el tratamiento de sus enfermedades, reuniendo al propio tiempo una colección ó más bien provisión de ellos, que, cuidadosamente conservados, me proponía traer á Europa para emprender su estudio químico experimental, en los laboratorios de París, al lado de los maestros eminentes con quienes había hecho mis estudios médicos.
El trabajo que había hecho en Filipinas era el preliminar; una preparación que debía servirme luego de base y de programa para los estudios complementarios que quería hacer en París, á donde vine con mis notas y mi colección. Desdichadamente, al salir de Manila confié el cuidado de embalar mis plantas á una persona inexperta, que hizo la torpeza de poner en medio de ellas algunos tubérculos suculentos, que en el viaje entraron en descomposición, destrozando así, con la humedad que despidieron, las plantas secas que allí había. Al mismo tiempo recibía yo en París
una importante colección de drogas vegetales de Filipinas, que mi amigo el farmacéutico D. Rosendo García enviaba para la Exposición Universal de 1889. Al abrir la caja de madera y zinc en que venía dicha colección, lleno de alegría porque contaba con ella para poder proseguir mis estudios, al par que esperaba obtener en el concurso, para mi amigo García, el premio que su envío merecía, resultó, por una coincidencia desconsoladora para mí, que los vegetales del Sr. García venían en el mismo deplorable estado que los míos, por haber también encerrado con ellos tubérculos de Ubi^ Gabi, etc., y unos cocos que entraron en putrefacción.
Repetidas veces he rogado después á Manila á persona que podía servirme, para que mandara, como le era fácil hacerlo, idénticas plantas á las de aquella colección, ofreciendo en cambio lo que quisiera, si es que no prefería el pago con dinero, que jamás he escatimado para mis modestos estudios científicos; pero, después de esperar en vano, no he podido adquirir ni una sola hoja de las plantas que tanto ansiaba. Si más tarde tengo la suerte de obtener plantas filipinas, haré estudio de las que lleguen á mis manos, y publicaré los resultados que obtenga: hoy publico el resumen de mis indagaciones en Manila, y el resultado también de mis experiencias allá, en donde repetidas veces, y sobre todo en los pueblos de San Mateo y de San Miguel, tuve oportunidad de emplear los vegetales de que me ocupo, con muy feliz éxito. Debo añadir que con los pocos medios que contaba en Manila, y á pesar del poco tiempo que otras ocupaciones me dejaban libre, pude también hacer algunos estu-
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dios de laboratorio, gracias á los cuales el actual trabajo contiene varias observaciones personales, reforzadas con lo que la literatura médica especial nos dice sobre el particular.
La flora del Archipiélago está hoy día coirocida, gracias á los trabajos de los PP. Blanco, Llanos, Fernández del Villar y Naves, y de los ingenieros Jordana, los hermanos Vidal y Soler, y otros que tanto han honrado la ciencia española, preparando además el terreno para el estudio de las aplicaciones médicas € industriales de la maravillosa riqueza vegetal que nos han dado á conocer en nuestras islas. Sus obras nos sirven para reconocer los vegetales cuyas virtudes médicas detallamos, y sus descripciones son las que he dado en los artículos de esta obra.
El P. Blanco, al hablar de algunas plantas, menciona las aplicaciones medicinales que les dan los filipinos; pero sus indicaciones son pocas y sumamente deficientes, como era de esperar en una obra de la índole de su Flora. Un jesuíta de mucho nombre, el padre Claín, publicó en Manila, en 171 2, un libro titulado Remedios fáciles para diferentes enfermedades ^ en el que habla de las virtudes medicinales de algunas plantas indígenas, las mismas casi que aparecen en otra obrita del P. Santa María, llena de buena voluntad y de candidez. Un tratado especial no lo escribió más que el P. Mercado, y su manuscrito permaneció inédito hasta que los PP. Agustinos de Manila lo publicaron en la última edición de la Flora del padre Blanco; pero ni esta obra, ni las de Claín ó Santa María, pueden ser útiles á un médico, ni están escritas con la competencia que se requiere para esta especie
de trabajos. En los diarios de Manila han aparecido de vez en .cuando algunos ligeros apuntes sobre las virtudes de alguna planta, y á esto se reducen los estudios que han precedido á éste en la materia.
La aplicación de los vegetales que en la terapéutica hacen los curanderos filipinos, es mirada con desprecio por ciertos médicos, por ser completamente empírica. Este desprecio es injustificado: en todos los medicamentos más racionales, más científicos que hoy empleamos, el primer paso, la primera etapa del proceso seguido hasta su final desarrollo, se debe al empirismo, que se funda en la experiencia diaria, en la observación de resultados obtenidos en determinado caso, que de padres á hijos han conservado generaciones enteras. Falta la explicación científica; pero esas primeras nociones, debidas frecuentemente á la casualidad ó tal vez á la superstición, han tenido á menudo por base fundamental la observación de hechos que, no por ser fortuitos, dejarán de ser positivos.
Muchas de las plantas mencionadas en este trabajo están inscritas en la farmacopea de la India, y no vemos por qué razón su uso estaría proscrito en Filipinas. Los médicos filipinos no sólo pueden, sino que deben emplear en su terapéutica muchas plantas indígenas: en muchos casos sacarán más utilidad que usando las exóticas, no siempre frescas, por lo común desvirtuadas por una larga permanencia en los depósitos, ó averiadas por cualquiera circunstancia del viaje ó del clima. El precio es otro argumento favorable al empleo de drogas del país. Cuando los farmacéuticos preparen extractos y tengan en reserva las partes usadas de los vegetales más en boga, el pú-
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blico hallará una gran ventaja, y los droguistas verán su trabajo bien remunerado.
No dudo que médicos y farmacéuticos comprenderán las ventajas que he señalado, y puesto que la mayoría de las veces los pacientes desean ser tratados con nuestras plantas, espero que su uso se extenderá prontamente en Filipinas,
Emplear en la terapéutica las drogas que apunto en esta obra, no es hacer experiencias in anima vtlisy como algunos podrían decir. Hacer experiencias sería ensayar medicamentos que no conocemos, cuyas virtudes y propiedades nos son desconocidas. Aquí la cosa varía: en este libro yo no invento para qué sirve tal ó cual producto, sino que doy á conocer contra qué mal lo emplean los filipinos y los naturales de otros países. Cualquier médico tiene el perfecto derecho de recetar los vegetales que se mencionan en esta obra, del mismo modo que lo hacen los fiUpinos sin prescripción facultativa alguna, como lo hacen también los curanderos, con la diferencia de que el médico podrá observar su acción y guiarse para su conducta en las modificaciones que sobrevengan en cualquiera de las grandes funciones del organismo. La iniciación que tiene en los problemas fisiológicos y anatomo-patológicos del cuerpo humano, hará que el médico saque las consecuencias científicas que están vedadas al vulgar curandero.
Como ni en Manila ni en las provincias se hallan en las farmacias las plantas medicinales aquí mencionadas, con excepción de algunas inscritas en las farmacopeas europeas y americanas, resulta que el médico que las quiera emplear tendrá que preocuparse
de buscar y conservar aquellas que necesite, para tenerlas á mano cuando se presente oportunidad para usarlas. Para secar las plantas, condición precisa para su conservación, bastará exponerlas algunos días en lugar seco, al aire libre, en los corredores de las casas, por ejemplo, pero jamás exponerlas á los rayos del sol, á no ser las carnosas y cargadas de jugo, que de no desecarse rápidamente, se pudren ó fermentan.
Para su adquisición, un medio fácil es recurrir á la plaza de Binondo, donde desde tiempo inmemorial hay un mercado de ellas. Regularmente las venden los jardineros de los pueblos vecinos de Manila, en particular los de Pasay y Singalon, que también se encargan de proveer al que les encarga cualquier vegetal que por el momento no tengan. Hay que advertir que, como los nombres vulgares se prestan á la mayor confusión y equivocaciones, es indispensable consultar la descripción de la planta, y no darla por tal ó cual mientras sus caracteres no estén completamente conformes con los de la descripción. Para esto es bueno buscarlas en flor, lo que será imposible obtener en época que no sea la de su florescencia, que he cuidado de señalar en cada planta.
Haciendo excursiones á los pueblos de San Mateo y Angono, me he proporcionado abundantemente todo lo que he querido, y he sabido, al mismo tiempo, por boca de los montañeses y los curanderos, las aplicaciones que daban á sus vegetales. Los curanderos referidos conocen muchas de estas aplicaciones, pero se encierran en un mutismo casi absoluto al momento en que se les cuestiona sobre el particular. Temor de que se burlen de loque dicen, egoísmo,
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miedo de cualquiera cosa, lo cierto es que no es empresa fácil sacar de ellos algo de provecho. Sin embargo, con habilidad, usando de buenas formas, con la dulzura, se llega á saber de ellos mucho más de lo que á primera impresión se esperaba obtener.
Las hojas se acopian cuando están perfectamente desarrolladas, desechando las viejas, secas ó carcomidas.
El mejor momento para acopiar la corteza es un mes antes de la florescencia, porque entonces está cargada de savia. En cuanto á las flores, no deben cogerse cuando estén completamente abiertas, sino cuando precisamente acaban de adquirir su expansión. El fruto, unas veces precisa cogerlo verde, otras por completo maduro, según se quieran usar los principios tan diversos que contiene en un estado ú otro. Las semillas se deben buscar siempre en su completa madurez.
No todas las partes del vegetal están igualmente provistas de sustancia activa, que unas veces se localiza en la raíz, otras en la flor, hallándose frecuentemente una sustancia en una parte , y otra distinta localizada en distinto lugar también. Por este motivo, no es indiferente el uso de tal ó cual parte, sino precisamente aquella que se señala.
En la raíz, la sustancia activa se halla por lo común en la corteza; en algunos casos reside en el parénquima que envuelve la parte leñosa, y rara vez, como ocurre con el ruibarbo y la Par eirá brava ^ en esta misma parte leñosa.
La corteza del tallo es también en donde con más fuecuencia se localiza el principio activo, y en ella
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misma, la parte exterior es la que contiene la más grande cantidad: tal es al menos el resultado que dan las preciosas experiencias de Howard.
Algunos vegetales presentan su importancia terapéutica en el leño, otros en las hojas ó en la flor: sobre estas partes nada tenemos que señalar de particular, relativamente á la localización del principio activo. No así del fruto: el pericarpio puede encerrar materias mucilaginosas, amiláceas, azucaradas, gomosas, etc., etc., mientras que las semillas contienen materias grasas, aceites fijos ó esenciales, y alcaloides, como sucede con el café y el cacao. Teniendo, pues, presentes tales hechos, repetimos que es indispensable usar en cada planta aquella de sus partes que he señalado como útil para determinado caso.
Hago votos porque los médicos y farmacéuticos que ejercen en Filipinas se dediquen á investigaciones y experiencias sobre las propiedades terapéuticas de los vegetales de mi país, y séame permitido abrigar la pretensión de que este mi trabajo sirva de estímulo y de llamada para emprender científica y lealmente esos estudios que tanto interés despiertan en estos momentos, no sólo en Europa y América, sino en la India y el Japón.
Yo agradeceré mucho si algún aficionado me envía notas, plantas ó estudios referentes á esta materia, así como me haré un placer y un deber en prestar mis fuerzas, por pequeñas que sean, para ayudar á cualquiera que me haga el honor de reclamar mi concurso.