Poemas · Unidad 21 de 50

Unidad 21 · 66 CULTURA

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66 CULTURA

Llegaste a las supremas ironías, como cediendo a impulsos espontáneos: profanabas la tumba en tus orgías, bebiendo el vino del placer en cráneos.

Tus lúgubres acentos repitieron el grito aterrador, el grito mismo que los bajeles de Tiberio oyeron bajo una tempestad, sobre el abismo.

Sombra y desolación eran la suerte: vino tu genio, codiciaba palmas, y fué el corcel en que montó la Muerte en ese apocalipsis de las almas.

Trágico, taciturno, sobrehumano, entre tanta ceniza y tanto escombro, pasaste con tu cítara en la mano, como un verdugo con su hierro al hombro!

Cual de una nube de borrasca y guerra, y en medio de una convulsión catete: pisaste ortigas al tocar la tierra, y la cruzaste claudicando y triste.

Afán de emigración, jamás extinto, te arrojó sin cesar sobre las naves: errar de clima en clima es un instinto en ciertos genios como en ciertas aves.

Las olas te atraían; y mostrabas vivo placer a las riberas solas,

SALVADOR DÍAZ MIRÓN 67

cuando— soberbio nadador — rasgabas desnudo y ágil y tenaz las olas.

Igual al mar por tu doblez extraña, reflejabas el cielo a que tendías; y audaz y atronador y hecho montaña, te alzabas hasta él y lo escupías.

No envidiabas al piélago sus dones: tú tenías también ímpetus, brumas, trombas, brillos, honduras, explosiones, monstruos, perlas, vorágines y espumas!

¿Fuiste un loco?— Tal vez; pero esplendente! El sentido común, razón menguada, nunca ha sido ni artista, ni vidente, ni paladín, ni redentor. . . .ni nada!

¡Cuan grandes fueron tus postreros días! ¡Cuan excelsos tus últimos anhelos! Eras Manfredo en el Jung-Frau: querías caer; pero caer desde los cielos!

¿Por qué llevarte a la natal ribera? ¿Por qué robarte a Missolonghi? ¿Acaso fué nunca tierra para tí extranjera la tierra del Olimpo y del Parnaso?

La británica orilla en vano oprime tu ilustre polvo con su arena recia: Grecia guardó tu aparición sublime; tu verdadero monumento es Grecia.

68 CULTIRA

Duerme. Tu gloria crecerá entretanto mientras palpite el corazón de un hombre. Descansa en paz. Las ondas de Lepanto eternamente cantarán tu nombre!

Y cuando la razón fría y adusta dispare un dardo a tu azarosa vida, la heroica sombra de tu muerte augusta interpondrá su redentora egida.