Poesía del mar · Unidad 4 de 38
Unidad 4 · MAR ADENTRO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MAR ADENTRO
A José Gártner
Solo estoy, en el morro del espigón del puerto, que sin mí, que lo cruzo, sintiérase desierto; porque la noche es fría, con una bruma intensa que, en torno al largo muelle, difunde pavorosa, sobre la mar, que en calma tristísima reposa, todo el misterio trágico de su negrura densa. Solo estoy. En las sombras, aún más solo me encuentro.
Solo voy por el muelle y hacia el mar, mar adentro. Solo voy en la noche, que me presta su manto de tinieblas densísimas, en que nada percibo; porque pueda con sombras recatar el espanto de mis locas alarmas, el espanto eñ que vivo. Este pavor de todo, este pavor constante, — que me aterra, — del Mundo, del Hombre, de la Suerte;
de la misma Fortuna, para mí tan distante;
de mi Muerte cercana... ¡Me horroriza mi Muerte!
Por el aire medroso, que de bruma se llena,
— cada vez más opaca, más fúnebre, — resuena,
de improviso, rasgando la terrible neblina,
la ronca voz de un buque, la voz de su sirena;
la voz de un buque ciego, que al puerto se encamina;
que en vano lo demanda, bajo sombras hundido;
que viene como á tientas, en la niebla marina,
y clama como un loco, sintiéndose perdido.
¡ Ah, qué voces de angustia, de zozobra, de pena!
Parecen que traducen otra angustia: la mía.
\ Ay, cielos, enloquece la voz de la sirena !
¡ Ay, qué triste, qué triste, qué espantosa resuena,
bajo la noche cruda, bajo la niebla fría!...
¡ Sosténme, oh Dios ! ¡ Sosténme ! La doliente negrura
de las tétricas sombras en mi pecho se infunde.
Cunde la bruma densa, dentro la noche obscura,
y en la neblina lóbrega nueva neblina cunde.
Bajo las sombras frías, nuevas sirenas claman.
Di j érase que ruegan, que imploran y que llaman.
¡ Pobres naves, que sienten la angustia del espanto !
¡ Pobres buques, perdidos en la noche, que imploran !
¡ Sálvalos, Dios clemente ! ¡ Protégeme, Dios Santo !
¡ Por sus voces que claman ! ¡ Por mis versos que lloran !
¿Fué prodigio, quizás? Magno prodigio debió de ser. De pronto, de repente, como en alas de un aire poderoso, pero blando á la vez, por halagüeño, me sentí transportado... Por el aire y á través de la bruma. Juraría que el viento me llevó sobre las rocas de un islote brevísimo ; que en ellas mis plantas se afirmaron, y que en torno me aprisionaba, sin cesar, la bruma. ¡ Oh, cuán tremenda, sigilosa cárcel ! De improviso también, nuevos clamores llegaron hasta mí. No ya lamentos prolongados, agudos, angustiosos, de las sirenas de los buques. Voces más angustiosas por humanas. Eran todas las voces del dolor humano : las de la angustia que consume, viva; las de la duda que devora, lenta; las del martirio corporal, que roe las del tormento de las almas... ¡Todas! ¡ En ráfagas intensas, en intensos lúgubres torbellinos, resonaban
sin cesar !, ¡ sin cesar ! ¡ Cuán espantosas ! Doblé la frente, con entrambas manos sosteniendo su grave pesadumbre; cerré los ojos, y aguardé...
¿Qué instinto, cuál anhelo, qué afanes, me infundían alientos de esperanza?
Lentamente, las ráfagas intensas, los clamores de angustia y de dolor, fueron cesando ; perdiéndose, quizás, en la distancia, y al fin tan sólo resonaron leves, cual vagas voces, cual distantes ecos. Alcé los ojos, y ¡ oh delicia ! Rota la espesa bruma, sobre el mar de Oriente un imprevisto resplandor lucía. \ La Aurora al fin ! Y • la anhelado Aurora fué cundiendo risueña, difundiendo por el aire dormido, sobre el agua su alegre claridad... Y por el aire, cual tropel de fantasmas perseguidos, los deshechos jirones de la bruma se escapaban huyendo... Vivos rayos, cual explosión de fuegos celestiales, coronaron después la gaya fiesta de la Aurora gentil ; — fiesta sublime, con tan sublime luz, — y al fin, rasgando