Poesias escogidas de Mariano de Jesús Torres : precedidas de su biografia · Unidad 69 de 154

Unidad 69 · A ELLA AUSENTE.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

A ELLA AUSENTE.

Triste, muy triste, idolatrada mia,. estoy al yerme lejos de tu lado: no encuentro ni placeres, ni alegría,, está mi corazón despedazado por la cruel garra de la suerte impía.

En vano tiendo mis cansados ojos en todas direcciones por mirarte; y al sufrir del destino los enojos, delirante prostérnome de hinojos, á tus divinos pies para adorarte.

Me parece que miro tu figura; que escucho de tu voz el dulce acento-; aquel acento lleno de ternura, y en medio de mi grande arrobamiento admirando me quedo tu hermosura,

Y te hablo, y te palpo, y aun te toco, arrebatado de febril deseo: tu grato nombre, en mi entusiasmo, invoco;

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que en mis brazos te estrecho también crco? por que estoy loco con tu amor, muy loco.

Pero lo realidad destrozadora, do mi ilusión rompiendo el bello prisma, me tortura con mano matadora; mi pensamiento en mi dolor se abisma, y el corazón entonces sangre llora.

Llora al mirarse solo, abandonado, sin quien endulce un tanto su amargura: léjos de tí, mi bien idolatrado; de tí que en este mundo infortunado forma su única dicha y su ventura.

¡Ay de aquellos instantes deliciosos en que de dicha y de placer gozando cuando tus ojos tiernos y amorosos los fijabas ardiente y radiosos en quien verlos tan bellos se extasiaba!

¡Ay de aquellos momentos de otros dias cuando gratas caricias tú me diste; y cuando yo reía si reías, cuando lloraba si llorabas triste y eran comunes penas y alegrías!

¡Quién volviera, cual. antes, dulcemente á estrecharte en mi pecho apasionado, con mis labios besar tu hermosa frente; y en tus divinas gracias arrobado, contemplarte entusiasta eternamente!

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¡Quién pudiera en las noches silenciosas, al resplandor de la callada luna, en sentidas canciones armoniosas referirte mis penas tormentosas y el rigor de mi bárbara fortuna!

¡Quién pudiera en las márgenes del rio á tu lado mirar tranquilamente de la aurora el magnífico atavío, ó ver irse perdiendo en Occidente ese almo sol que rueda en el vacío!

¡Quién pudiera cortar gallardas flores, que son de amor el misterioso emblema, y formar de magníficos colores para tu frente, amor de mis amores, la más bella y purísima diadema!

¡Quién pudiera en el templo sacrosanto, como de la virtud la imagen pura, ver tu divino y tu gracioso encanto, y entre nubes de nítida blancura mirarte ¡oh virgen! á quien amo tanto.

Tanto, sí, tanto, cual jamas creía amar á una mujer sobre la tierra, como ha llegado á amarte el alma mía á ti, tan sólo á tí, en quien se encierra mi tesoro más rico y mí alegría.

Excelso Dios, que en la azulada esfera ni jes mi suerte con tu sabia mano,

¿porqué me hiciste un dia que la viera,

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que este amor me inspirara sobrehumano y después, desgraciado, la perdiera?

¿Porqué, si estaba escrit© en mi destina •que tanto asi sufriera yo por ella, no la quitaste ¡oh Dios! de mi camino?

.así esta vez hasta tu Ser divino sio elevaría triste mi querella.

No te dijera, cual te digo ahora: déjame que otra vez vuelva, Dios mió,

•á contemplar su faz encantadora:

■duélete de mi amante desvario, mira á mi triste corazón cuál llora.

T ú qim sabes, Señor, cuánto la amo; «cómo per ella, -sin cesar, deliro., y siempre fiel por su pasión me inflamo, tu compasión, llorando, yo reclamo, hoy que muy lejos de mi bien me miro.

Tú puedes estas horas de Amargura, que al corazón torturan poco á poco, trocarlas en instantes de ventura; hazlo, Señor,, con paternal ternura, con mi alma toda yo tu auxilio invoco,

O si acaso ya tienes decretado que á ver no vuelva, por mi infausta s:i3r aquel objeto, para mí adorado,

sea tu voluntad: ¡soy desgraciado!

mas al instante mándame ia muerte

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La muerte es preferible á este martirio pue ya no puede soportar mi pecho: á este tenaz, destrozador delirio -que tiene ya mi corazón deshecho, como el fuerte aquilón al débil lirio.

Sin aquella mujer que me es querida, sin aquel ángel de sin par belleza, es un desierto para mí la vichi, es carga muy pesada, aborrecida, que arrastro apenas con mortal tristeza.

Mas nó, Señor, que tú eres bondadoso; y si virgen tan cándida formaste é hiciste que la amara cariñoso; fué porque tú, benigno, decretaste que me hiciera en el mundo venturoso.

En este mundo donde sólo he hallado desengaños y crueles decepciones; en este mundo hipócrita y malvado, donde de ver perfidias y traiciones está mi triste corazón cansado.

Ya miro que tu mano omnipotente berra ele mi infortunio la sentencia, y que se alza magnífico y luciente con todo su esplendor y refulgencia de mi ventura el astro en el oriente.

Ya me parece que gentil la veo tan arrogante y bella y tan galana; y que, realizando mi deseo,

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con los floridos lazos de Himeneo se une mi mano con la suya, ufana.

Que de nuevo en el fuego de sus ojos vuelvo á gozarme, como en otros dias; en la sonrisa de sus labios rojos; y dejando la suerte sus enojos, mis penas trueca en dulces alegrías.

Entonces ¡ay! de gozo poseído, y del placer á la benigna influencia, aqueste corazón adolorido latirá de emoción, mi bien querido, cuando termine nuestra horrible ausencia.

Esta ausencia cruel que así la mata; esta ausencia fatal que así la oprime; que así sus ilusiones desbarata; que así sus esperanzas arrebata, y así la entrega á su dolor sublime.

Mas entre tanto gozo este consuelo, por tí ¡olí nina! que formas mi tesoro, sufriré siempre este angustioso duelo, y regaré con mi perenne lloro la estéril tierra de este triste suelo.

Me verás en silencio suspirando así como antes de placer reía: estaré siempre sólo en tí pensando, tu hermosura y favores recordando que gocé un tiempo, cuando Dios quería.

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No croas que traidor ni que perjuro adore otra mujer y á tí te olvide; por que este amor ardiente, intenso y puro sólo tuyo será, yo te lo juro por ese sol que los espacios mide.

No hay para mí otro sér sobre este mundo que inspire tanto amor como tú inspiras: un amor tan vehemente, tan profundo, pues cuando con tus lindos ojos miras, engendras un afecto sin segundo.

Un afecto de tanta prepotencia que llena el corazón, que arroba á el alma con su divina y misteriosa esencia: amor que hace perder la dulce calma y no lo mata el tiempo ni la ausencia.

Por eso cuando tuve de mirarte la dicha, y el placer de conocerte, supe con entusiasmo idolatrarte, y postrado á tus plantas fui á jurarte ser tuyo, sólo tuyo, hasta la muerte.