Poesías · Unidad 19 de 23

Unidad 19 · PRÓLOGO

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PRÓLOGO

A Clímaco Soto Borda

rara nobleza aumentada por el prestigio de los movimientos lentos y, Ihieráticos... Lo Jie visto en el tendido de la plaza de toros, vestido con una sotana raída y polvorienta, la fisonomía vulgarizada por el entusiasmo de la corrida, la cara congestionada por el calor del mediodía, sacudiéndosb como un energúmeno, limpiándose las gotas del sudor que le perleaba en la frente con un pañuelo enorme de seda amarilla, que estrujaba con las manos, ridiculamente pequeñas...

Sin embargo, cuando pasen muchos años y, haya muerto él y lo oiga nombrar y al oir su nombre vuelva yo los ojos hacia los días de ¡hoy, perdidos para siempre en el fondo del tiempo, no lo recordaré ni hermoseado ni ennoblecidoi por las lujosas vestiduras sacerdotales ni vulgarizado por el ambiente caliginoso del icirco...

El Padre León... El paraguas del Padre León... Las. misas del Padre León... Las imágenes que entonces, al vibrar en imis oídos, suscitarán esas sílabas, no serán las evocadas antes, ¡sino otra, tan precisa, tan neta y al mismo tiempo tan sugestiva que íno resisto al deseo de convertirla en unas líneas para esta primera página del álbum que has tenido la peregrina idea de dedicarle...

La esquina de una calle central ; el cielo y los lejos negros como boca de lobo, rayados por los hilos de plata de una llovizna fina ; el piso húmedo y 'brillante por la lluvia ; allá larriba, entre lo oscuro de la noche, la irradiación fantasmagórica, la claridad deslumbrante é incolora de un foco de luz eléctrica, que hace más intensa la sombra alrededor ; abajo, en la calle, diez pasos adelante de la lámpara incandescente, esta silueta inverosímil : abajo un paraguas enorme, un paraguas rojo de colosales dimensiones, un duende negro, de im imetro de alto, con vestido talar y sombrero plano de ^anchísimas alas, que lleva en la mano una linterna de vidrios verdes... Sobre el empedrado brillante por la lluvia, la sombra del duende ; la cabeza enorme, el

JOSÉ A. SILTA

cuerpo pequeñísimo, los reflejos rojizos del paraguas, los reflejos verde esmeralda de la linterna, se proyectaban fantásticos.

El primer instante de verlo así fué delicioso para los ojos que desean icolor, mucho color, fatigadoiS por lo gris del lluvioso crepúsculo... Aquello daba la impresión de una cosa no cierta, irreal...

¿De dónde venía, adónde iba el Padre León, protegido por el enorme paraguas rojo, alumbrado por la diminuta linterna verde?... De fijo había tomado el chocolate en casa de unas buenas amigas suyas, dos viejecitas que viven en la calle de los Béjares, en una sala que olía á papayas, sentado en un viejo sillón de cuero labrado, de vaqueta cordobesa, teniendo al frente un cuadrito desteñido de Gregorio Vázquez... y conversando de las profecías del (doctor Margallo y del próximo fin del mundo. Después del chocolate le habían dado dulce de uchuvas ó de cabellos (de ángel, después un tabaco que olía á vainilla... Aquello era el Santafé dormilón, inocente y plácido de 1700, un pedazo de la vieja ciudad de la muía herrada, del espanto de la calle del Arco y de la luz de San, Victorino...

En ese instante un coupé negro y brillante, tirado por un soberbio tronco de alazanes, un coupé que parecía una joya de ónix, manejado por un cochero inglés, correcto y rígido bajo su casacón de paño blanco, cruzó bajo el foco de luz eléctrica... Era el coche salido de los talleres de Million Ouet, del Ministro X, que vendió por seis Imil libras esterlinas sus influencias para lograr tal contrato escandaloso... Alcancé á ver por la portezuela abierta el perfil borbónico del magnate y la cabecita rubia, constelada de diamantes, de su mujer, aquella fin de siécle neurasténica que lee á Bourg/et y á Marcel Prevost, y que se ha hecho famosa por haber comprado todas las joyas que, en su postrer viaje á Europa, trajo el último de los Mon-

te verdes... ¿Adonde iba la lelegante pareja?... A oir el segundo acto de Aida en el Teatro Nuevo, el lujo de la Bogotá de hoy, de la ciudad de las emisiones clandestinas, del Petit Panaimld y de los veintiséis millones de papel moneda...

EL siglo diez y ocho encarnado en el Padre León ; el siglo veinte encarnado en el fominipotente X, vistos ambos, en menos tiempo del que había gastado en convertirse en humo aromático el tabaco dorado del cigarrillo turcoi que tenía en los labios, vistos ambos á la luz de la lámpara Thomson-Houston, que irradiaba allá arriba entre lo negro profundo su luz descolorida |y fantasmagórica...

¿No vienen siendo las ,dos figuras como una viva imagen de la época de transición que atravesamos, como los dos polos de la ciudad que guarda en los antiguos rincones restos de la placidez deliciosa de Santafé y cuyos fiuevos salones aristocráticos y cosmopolitas, y cuya corrupción honda hacen pensar en un diminuto París?...