Poesías · Unidad 2 de 23

Unidad 2 · CRISALIDAS

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CRISALIDAS

UANDO enferma la niña todavía

salió cierta mañana y recorrió, con inseguro paso, la vecina ^ontaña,

trajo, entre un raimo de silvestres flores, oculta una crisálida

que en un aospento colocó, muy cerca de la cunita blanca...

Unos días después, en el momento en que ella expiraba, y, todos la veían, con los ojos nublados por las lágrimas, en el instante en que (murió, sentimos leve rumor de alas y vimos escapar, tender ©1 vuelo por la antigua ventana que da sobre el jardín, mía pequeña mariposa dorada.

La prisión, ya vacía, del insecto, busqué con vista rápida ;

al ímirar vi de la difunta niña

la frente ímustia y, pálida,

y ipensé ¿si al dejar su, cárcel triste

la mariposa alada,

la luz encuentra y, el espacio inmenso, y, las campestres auras, al dejar la prisión que las encierra qué encontrarán las almas?...

CREPÚSCULO

JUNTO de la cuna aun no está encendida la lámpara tibia que alegra y reposa, y se filtra opaca, por entre cortinas, de la tarde triste la luz azulosa.

Los niños cansados suspenden sus juegos, i de la calle vienen extraños ruidos,

en estos momentos, en todos los cuartos, se van despertando los duendes dormidos.

La sombra que sube por los cortinajes, para los hermosos oyentes pueriles, se pueblal y se llena con los personajes de los tenebrosos cuentos infantiles.

Flota en ella el pobre Rín Rín Renacuajo, corre y huye el triste Ratoncito Pérez, y la entenebrece Ja íforma ¡del trágico Barba Azul, que mata sus siete mujeres.

En unas distancias enormes é ignotas, que por los rincones oscuros suscita, andan por los prados el Gato con Botas, y el lobo que marcha con Caperucita.

Y, ágil caballero, cruzando Ja selhra, do vibra el ladrido fúnebre de un gozque,

á escape tendido va el Príncipe Rubio á ver á La Hermosa Durmiente del Bosque.

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Del infantil grupo se levanta leve ^ argentada y pura una vocecilla que comienza: «Entonces se fueron al baile y dejaron sola á Cenicentilla ;

se quedó la pobre triste en la cocina, de llanto, de pena nublados los ojos, mirando los juegos extraños que hacían en las sombras negras los carbones rojos.

Pero vino el hada, que era su madrina, le trajo un vestido de encaje y crespones, le hizo un coche de oro de una calabaza, convirtió en caballos unos seis ^ratones,

le dió un ramo enorme de magnolias húmedas, unos zapatitos de vidrio, brillantes, y de im solo golpe de la vara mágica las cenizas grises convirtió en diamantes. » ) } > } f

Con atento oído las niñas la escuchan, las muñecas duermen en la blanca ^alfombra, medio abandonadas, y en el aposento la luz disminuye, se aumenta la pombra.

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I Fantásticos cuentos de duendes y hadas, llenos de paisajes y de sugestiones, que abrís á lo lejos amplias perspectivas á. las infantiles imaginaciones 1