Poetas mexicanos · Unidad 3 de 21
Unidad de lectura 3
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Soplaba, sin embargo, un vientecillo Norte que á poco trajo una lluvia torrencial sobre la campiña : lluvia que nos acompañó hasta la casa del Romancero. En el trayecto, mis dos amigos, á los que se unió Don Enrique Santibáñez, otro redactor de El Nacional, me refirieron los detalles de la coronación de Prieto en 1890, á la que habían asistido el\os como casi todos los hombres de pluma en México, llevados por la veneración patriarcal que inspira aquel histórico soldado de las
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letras, sobreviviente de cien catástrofes.
Precedió á esta coronación un concurso abierto por no sé qué diario, respecto á quién era el poeta más popular de México. La mayoría de seis mil votos en la República favoreció á don Guillermo Prieto, que tuvo como accesitarios á Díaz Mirón y Juan de Dios Peza. El sentimiento público señaló entonces la coronación del bardo como' consecuencia del voto de la mayoría, y una fiesta sin precedente en la historia de ese país, se realizó al poco tiempo. La prensa, los colegios, los círculos literarios, las sociedades patrióticas y del ejército con otras muchas corporaciones, contribuyeron al esplendor de esta fiesta ; y para que nada faltase, el pueblo, después de la ceremonia oficial y á los gritos de viva Fidel ! arrebató al anciano del grupo de hombres distinguidos entre quienes marchaba, para llevarlo en hombros hasta la Plaza de Armas, donde recibió la ovación más completa de que guarda memoria poeta alguno sobre la tierra.
Mi amigo y acompañante, don Antonio de la Peña y Reyes, fué precisamente el desig-
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nado para poner en las sienes de Prieto la valiosa corona de oro y plata que le ofrendó la prensa en esa ocasión. Obtuvo este encargo Peñita — como siguen llamándole sus colegas, — á título de ser el más joven representante del periodismo.
Hermoso contraste el que ofrecieron sin duda, estos dos seres en el acto de la coronación! La ancianidad gloriosa, doblada al peso de la emoción y de los recuerdos, y la juventud pensadora, erguida por la emulación y por la esperanza...
Al atravesar el carro en que nos dirigíamos á Tacubaya, los linderos de Chapultepec, se presentó á mi vista el hermoso castillo de ese nombre, dominando el valle de México desde la cumbre en que se cimenta, como una de esas grandes mansiones señoriales de la Edad Media, que no conocemos los americanos sino en pintura. Esta posición es magnífica. Circunda al castillo un bosque de colosales ahiiehuetes , contemporáneos algunos del emperador azteca Chimalpopoca. La descripción de un lugar tan bello pertenece á la fábula, y nada conozco en mis viajes en
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territorios americanos, que sea más digno de admiración, por su salvaje hermosura y el sorprendente contraste que ofrece con las manifestaciones de progreso que le rodean. Días antes, había acudido yo á una fiesta que en ese bosque, semejante á un santuario druídico, se efectúa todos los años, en conmemoración de la batalla que sostuvieron contra el ejército yankee, los alumnos de la Escuela Militar de Chapultepec. Por primera vez escuché allí á Guillermo Prieto, á cierta distancia y entre la multitud que invadía el bosque, atraída desde lejos por redobladas salvas de artillería. El veterano poeta saludaba en esa ocasión á sus hijos, — como llama á los actuales cadetes que habitan el castillo, — recitando algunas estrofas conmovedoras. Recuerdo que alentaba álos nuevos alumnos de la Escuela Militar de Chapultepec con el ejemplo de aquellos otros muchachos que sucumbieron como héroes bajo la metralla del General Scott en 1847, y que al concluir, los actuales cadetes abrazaron al anciano con muestras del más vivo enternecimiento. Después de esta escena, resolví no dilatar la
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visita que desde mi llegada á México quise hacer al Romancero ; y he allí explicada la satisfacción que experimentaba al dirigirme á Tacubaya en esos momentos, buscando al mismo orador casi á través de los mismos árboles.
Dejamos á pocos minutos el tranvía, y mal defendidos de la lluvia con los paraguas, encharcándonos los pies por callejuelas angostas, dimos al fin con un edificio de muy modesta apariencia en que se leía sobre una plancha: casa del Romancero. Abriósenos la puerta, y como quisiera reparar en algo el desorden de mis vestidos, se empeñó este ligero diálogo con uno de mis acompañantes :
— Xo tema Vd. llegar mojado, pues quien menos observará nuestras fachas es don Guillermo.
— Pero u las manchas del lodo.-...
— ¿ Qué le importa eso á él ? Á propósito de su despreocupación, deje Vd. que le refiera la siguiente ocurrencia : Subía á perorar al pueblo, don Guillermo, en no sé qué función, y como alguien que estaba á su
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lado le sacudiese la levita llena de polvo, interrumpióle con estas significativas palabras: No hay que acicalarme mucho, porque entonces mis amigos no me conocen!
Un lindo jardín da entrada á las habitaciones de Prieto, que vive allí seis meses del año, patriarcálmente. En el salón de recibo, bastante espacioso, divisé no menos de mil volúmenes en desorden sobre las mesas y los estantes que corren á lo largo de las paredes. Salió á recibirnos el dueño de casa, que en un momento, con la vivacidad de su carácter, tras de apretarnos la mano, empezó á hablarnos de la revolución en que estaban sus libros, debida á una reciente campaña en contra de la polilla, de su última enfermedad, de la pérdida de un hijo á quien adoraba, y de los cuidados que como á un niño le prodigaba su esposa, modelo de ternura y abnegación.
Del salón grande, pasamos á su escritorio. Sentado junto á una gran ventana, desde la que se divisaba el campo, estudiaba yo con verdadero placer la inteligente fisonomía de Prieto, que no ha perdido con los años su
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animación. De ancha frente, menudas facciones, ojos grises y penetrantes bajo las lunas de sus antiparras de miope, la cara del poeta ofrece un conjunto simpático, no excento de malicia por la expresión habitual de unos labios bastante finos.
Alargándome un cigarrillo me dijo en tono afectuoso :
— ¿Qué impresión le ha causado México? ¿Encuentra Vd. algo en él que le recuerde á su patria?
Le respondí que México, por lo mismo que se halla tan separado de la agrupación sudamericana, nos inspiraba á los allí nacidos gran interés; que la realidad había superado á la idea que tuve de la cultura y adelanto de la antigua capital Azteca;- y que el tipo de los pobladores de México era muy semejante al de los peruanos, así como la afabilidad de su trato, aunque para los mexicanos cabía en justicia, la nota de más enérgicos.
Como leyeseen la fisonomía dePrieto cierta extrañeza por una confesión que podía mortificar á mis compatriotas, añadí : que los peruanos eran valientes y que no les faltaba
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energía para arrostrar la muerte, sino para imponerse con el trabajo en la lucha diaria de la existencia.
Se enredó después la conversación entre los tertulios, sóbrelas virtudes y vicios de los países americanos en general, saliendo allí á relucir mil chistosas observaciones de Prieto y no pocas verdades asentadas por su experiencia.
Como en una de las tantas vueltas del diálogo, me expresara de Hernán Cortés con admiración, tuve que batirme en retirada, porque Prieto, Santibáñez y Peña, se me vinieron encima.
Respetando sus fervores patrióticos, no hallé discreto insistir ante mis amigos, en los méritos del conquistador español. Declaré no obstante, que el heroísmo de los aztecas en nada perjudicaba al de los soldados de Carlos V, y que las crueldades ejercidas por éstos, siempre fueron menores que las de aquellos.
Aquí pude medir el grado de exaltación á que ha llegado en muchos cerebros americanos la idea anti-española, como fruto de la sangrienta lucha que nos valiera la indepen-
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dencia. Mis amigos protestaron de que fuesen los aztecas más feroces que los conquistadores europeos. Apunté los bárbaros sacrificios humanos en el altar de Huitzilopochtli, y obtuve por respuesta la matanza de Cholula y no sé qué otras más, en las que, realmente, los españoles no tuvieron con sus enemigos misericordia.
Traté en vano de recordar los versos que José Peón y Contreras, uno de los más inspirados bardos de México, dedicó á Hernán Cortés en 1876. La inspiración del mexicano ilustre cabe en estas cuartillas :
¡ Oh patria, que ensalzó mi idolatría! no tengas por agravio,
que al vencedor de Anáhuac cante el labio que tus victorias pregonar solía. Los héroes no tuvieron nunca patria ni hogar, nunca el profundo rencor herirles puede, nunca el dolo : ¡ La patria de los héroes es el mundo ! ¡ La gloria de Cortés no es gloria sólo de la noble Castilla ! El cielo quiera que al resonar mi canto, y su vuelo al tender sobre las olas que abrieron paso al pabellón íbero, desde las verdes playas españolas su nombre extienda al universo entero !
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La inmensa mayoría de los americanos no piensa así por desgracia. Se hace todavía propaganda tenaz en honor de los indios y en contra de sus dominadores. Ese odio irreflexivo que se alimenta contra los hombres que trajeron al Nuevo Mundo la civilización de que disfrutaban, y que aún siendo poca era inmensa con respecto á la americana, no puede llevarnos sino á renegar de nuestra cultura y de nuestra sangre.
Los americanos, producto mixto de las razas conquistada y conquistadora, cometen una inconsecuencia enorme, pronunciándose en favor de la primera y renegando en todos los tonos de la segunda.
Que en los días de la emancipación, para justificarla, echásemos en cara á los españoles cuanta violencia ejercieron contra los primitivos habitantes de América, se comprende: pero, que pasado ese trance y en posesión de la libertad, sigamos maldiciendo á los varones de quien heredamos junto con muchos vicios las muy pocas virtudes que nos distinguen, esto, digo, es una degeneración enfermiza de que, como americano, sinceramente me duelo.
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Sigan clamando en buena hora los indios puros contra los brutales españoles de la conquista; mas, nosotros sus vastagos, los blancos, mestizos ó cuarterones redimidos de la barbarie en gracia de la civilización española ¿con qué derecho?
Republicano de corazón, enemigo de cualquier especie de tiranía, no puedo sin embargo, sentir odio y mucho menos desprecio por mis progenitores hispánicos.
Es singular el apego á la civilización indígena americana, en hombres que han recibido una educación enteramente distinta de la de Atahualpa, Lautaro y Xicotencal. Por mucha sangre india que tengamos entre las venas, dudo, no obstante, que haya un americano deseoso de presentarse en Madrid envuelto en una jerga de colorines, horriblemente tatuado y con plumas en la cabeza.
I Por qué nos indigna el saber que en Europa se suele considerarnos en pleno siglo xix como salvajes?
Renegando de España, para ser lógicos, debíamos renunciar á todo lo que nos trajeron los españoles: desde la lengua hasta el
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vestido, desde la nominación hasta las creencias.
No se me oculta que nuestros abuelos hispanos fueron en gran parte fanáticos y viciosos, pero, r nuestras madres indias tenían alguna virtud sublime que las hiciese dignas de otros señores? Siendo no bondadosos sino justos con los conquistadores de América, preciso es convenir, sin embargo, en que la flecha y la espada, el arcabuz y la honda, se distancian todavía un poco más que el vino tinto y la chicha, que la pereza importada de Andalucía y la clásica suciedad de los indios, que las infamias de la Inquisición y las brutalidades del gentílico sacerdocio.
No puedo perdonar á los americanos, y en especíala los mexicanos, tan esforzados, tan inteligentes y generosos, esa debilidad que consiste en superponer ciegamente lo indíjena y lo criollo á todo lo que nos ha venido de España, como si en ello consistiese el patriotismo y la consagración legal de nuestras repúblicas.
La racionalidad humana debe ahogar ciertos gritos mezquinos que nos arranca el exa-
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gerado amor al terruño. Para ser digno miembro de una sociedad, basta cumplir con lo preceptuado en sus estatutos: para ser hombre, con la dignidad de tal, en el mundo, es necesario despreciar el peligro, las preocupaciones, hasta la muerte, y hablar con entera independencia á todos los hombres.
Placer inmenso sentía yo en departir con el venerable Guillermo Prieto.
Su mexicanismo exaltado, su misma intransigencia con lo que honradamente cree funesto para su patria en remotos tiempos, encantábame á mí, que lo rebatía en el punto que he tocado antes, sin olvidar los respetos que se merece una alma tan noble.
Muy natural hallaba el amor de Prieto á una nación que se glorifica al contarle como hijo suyo, y repetidas veces dije al poeta, cuánta era la simpatía que experimentaba yo por México, nación que no tiene á juicio mío competidora en Hispano-América, por la grandeza de sus corazones y sus talentos.
Quise oir de los labios del Romancero, el episodio aquel de su campaña con Juárez, en que salvó á éste la vida en Guadalajara.
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Principiaba á ciarme gusto en tono tranquilo, á tiempo de que sentimos una detonación ensordecedora, retemblaron los vidrios é iluminóse la habitación en que estábamos casi ya en la penumbra, con un resplandor vivísimo. Pocas veces la nube tempestuosa había descargado con tanta furia sobre las casas de Tacubaya. Los ojos del anciano comenzaron á despedir entonces la electricidad de que estaba impregnada la atmósfera. Animóse en su relación, y con un lenguaje verdaderamente inspirado, pintó aquella escena de la guerra de la Reforma, escena que tenía un no sé qué de fantástico brotando al cabo de tantos años y de los labios del actor principal, á la lumbre siniestra de los relámpagos.
— "Descansaba yo, — dijo Prieto, — en el único lecho de nuestra momentánea prisión. Los revolucionarios seguían batiéndose con las pocas tropas fieles que querían nuestra libertad, y Juárez, impasible, departía en el centro del cuarto con varios de los compañeros, oyendo las descargas de cañón y fusil que se sucedían cada vez con menor intermitencia
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en la calle. De pronto, una veintena de soldados se precipita en nuestra prisión; coiócanse en fila y escúchase la voz de un oficial que grita dominando el estruendo: preparen!... apunten!... :*Quién había dado esta orden de fusilarnos.- Un movimiento de sorpresa y de angustia horrible se sucedió entre los prisioneros, que de manera instintiva, cubrieron con sus cuerpos al Presidente de la República. Juárez, sereno, impertubable siempre, abrióse paso entre todos y se colocó de frente á los soldados que ya apuntaban al grupo. Digna, sublime, era su apostura en esos momentos. Ni una palabra dijo y se cruzó de brazos esperando la muerte resignado aunque altivo, con la cabeza más levantada que nunca... Salté yo del lecho sin darme cuenta de lo que hacía y abocándome á los soldados, empecé á hablar y á hablar no sé qué cosas extrañas que me sugería el peligro, pero que eran frases ardientes, llenas de persuación y de patriotismo que caían como un chubasco sobre aquellos pobres hombres, que, subiendo el diapasón de mi voz, iban al par bajando los rifles hasta que, olvidados ente-
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ramente de su consigna, dieron una vuelta en redondo y se salieron al patio. Un segundo más de vacilación en mi lengua y Juárez es allí sacrificado con todo su ministerio. La orden inconsulta de fusilarnos, no tardó en rectificarse por Landa, el jefe revolucionario que la impartiera. Poco después, el mismo Landa, penetró con varios jefes sublevados á la prisión para darnos desde ese instante seguridad sobre nuestra vida1'...
El episodio anterior, fué escuchado con recogimiento por todos los circunstantes, y declaro que sentí hervir mi sangre recordando esa epopeya grandiosa de México que comienza con la abdicación del honrado pero débil general Comonfort y acaba muchos años después, con el fusilamiento de Maximiliano de Apsburgo.
Americanos celosos de la dignidad del Continente en que habéis nacido: leed una y cien veces la historia de México y la Reforma. Extasíaos en el carácter de Juárez; rendid un tributo de admiración á sus compañeros. La gloria de esos hombres refleja en todos vosotros, como hijos de una sola y grande familia.
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Nunca los derechos de un pueblo libre fueron más vilmente hollados por las mercenarias legiones del Viejo Mundo: nunca fueron, tampoco, mejor reconquistados esos derechos por la valiente raza de América.
Cincuenta mil soldados de Napoleón III, vencedores en Rusia y África, otros tantos austríacos, belgas y mexicanos fanáticos, cedieron al peso de la indignación de los liberales obedientes á Juárez; desde el heroico sitio de Puebla hasta el ejemplar castigo de los imperialistas en el cerro famoso de Las Campanas. Y si esfuerzos tan inauditos que no borra la acción del tiempo, encuentran eco profundo en el corazón de todos los americanos, estad seguros de que jamás un enemigo de nuestra raza, por grande y civilizado que sea, logrará limitar el desarrollo penoso y lento, pero al mismo tiempo formidable de nuestra vida.
Debo ya cerrar este capítulo, y no lo haré sin reproducir en honor de Guillermo Prieto, la composición que le dedica Antonio Rivera G, discípulo suyo, y uno de los mozos de más levantado espíritu que hallé en México.
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Musa ven ! Pon en mi canto la fuerza y el sentimiento: conmueve mi ser; agita, hasta quemarme, ese fuego que á veces relampaguea sobre las alas del verso : Hazme digno de que ensalce el nombre de nuestro Homero ; y en tanto mi lira suena con sus mejores acentos, derrama ásus pies las flores más ricas de nuestro suelo !
¡ Paso al triunfador sublime ! ¡ Paso al prodigioso Anteo ! ¡ La majestad representa de los que Patria nos dieron ! ¡ Es el cantor de sus glorias ; tiene el prestigio del genio ; salvó la existencia á Juárez, el semi-dios de los buenos !
c No escucháis vagos rumores ? i No percibís dulces ecos ? i Son las voces de la Patria y los cantares del pueblo ! Hablan de amor, de infortunios, de victorias y de anhelos; y en bronce y mármol grabados, no morirán : ¡ son eternos ! En el alma del artista puso Dios celeste fuego ;
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brotó la luz... y nos quedan los Cantos del Romancero !
Y avanza... adorable anciano, si vacilante, sereno ! i A donde va ? Dios le llama ! ¡ Se pierde ya en el misterio..,! ¡ Mirad cuan hermoso brilla el sol que se está poniendo !
Buscando simplemente la genialidad de los poetas de México, y no proponiéndome un estudio metódico sobre todos los hijos de ese país que derecho tienen á la admiración por los versos que han producido, iré citando tan sólo, á los que me han impresionado de una manera particular, ó á los que aparte de mi amistoso recuerdo, se merecen como Don Guillermo Prieto una noticia algo detallada sobre su vida y sus producciones.
Defectuoso y muy incompleto será mi trabajo; pero, ya lo repito: él no tiende sino á desarrollar el interés que se ha despertado entre los sud-americanos por los poetas del Norte. Culpa será de mi pobreza intelectual
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no acertar en este libro con la forma expositiva más adecuada. Excúsenme, sin embargo, la utilidad y buena fe del propósito.