Poetas mexicanos · Unidad 4 de 21
Unidad de lectura 4
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Á los apuntes generales sobre varios poetas de México, fuerza es que agregue, de cuando en cuando, algunas consideraciones que pueden parecer extrañas al asunto literario en cuestión, como acaba de sucederme con Prieto : y de ello pido también excusa, porque no de otra manera lograré fijar ciertos rasgos característicos de tal ó cual hombre de letras, que necesita ser estudiado sin prescindencia del medio ambiente en que vive ó en el que ha desarrollado sus facultades.
Hecha esta aclaración, continuaré mi tarea evocando la memoria del Nigromante, Ignacio Ramírez, contemporáneo de Prieto y uno de los bardos que por distinto rumbo han contribuido más á la emancipación intelectual de México.
Sus versos, sobrios, rotundos, de una filosofía estoica, no se parecen á los de ningún poeta de América. Tienen algunos de ellos ese sabor amargo propio de los frutos de^
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árbol de la ciencia que cultivara el sabio Ramírez. Para gustarlos, hay que elevarse hasta la altura del hombre que les dio vida. Una alma frivola, difícilmente gozará con el superior desdén^ con la majestad casi augusta de las siguientes estrofas de su composición Por los desgraciados :
Indigno es de sufrir el navegante que tiembla cuando ruge la tormenta y se esconde del rayo resonante ;
Indigno es de la lid quien se amedrenta cuando en el campo se desata el fuego que de los más audaces se alimenta.
Mi madre es la desgracia ; pero niego mi parentesco con aquel cobarde que agota, si padece, lloro y ruego.
Debemos de dormir temprano ó tarde, y entre tanto, es placer, es una gloria de una alma desdeñosa hacer alarde.
Dichoso quien su loco devaneo alcanza á prolongar ! Con sus dolores luchar eternamente á muchos veo !
Para ellos siempre espinas, nunca flores produce el mundo. ¿Van tras la hermosura ? en sierpes se convierten sus amores !
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Con fatiga se acercan á una altura, do su ambición pavonearse espera, y oyen crugir la escala mal segura.
Un tesoro su rica sementera les promete; y desátanse los ríos, y la cosecha al mar corre ligera...
c Quién es estoico ante hados tan impíos? Yo no me atrevo á contemplar sus males por temor de llorar también los míos...
Hay parentesco, si bien lejano, entre Ramírez y Fray Luis de León, por la índole de estos versos. No es fingida como en tantos otros, la serenidad de espíritu que se refleja en los tercetos del Nigromante, y es por eso que el mexicano está á la altura del español celebérrimo.
Los apostrofes de Ramírez tienen sin embargo más energía, mayor vehemencia, hijas no de la pasión sublevada sino de su temperamento de antiguo luchador en reposo. Así, cuando dice :
Mi madre es la desgracia ; pero niego mi parentesco con aquel cobarde que agota si padece, lloro y ruego,
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recuerda las batallas en que estuvo empeñado, y fulmina un rayo contra los que tiemblan con el temor desconocido para él, varón fuerte en la extensión de la palabra y que no pasó la vida como Fray Luis, encerrado en un convento, sino en los abiertos campos de la enseñanza, de la magistratura, de la guerra y de la política.
¡ Qué gran figura es la • del mexicano Ramírez !
Don Hilarión Frías y Soto notable escritor, se expresa así en una biografía que hace del Nigromante, su compatriota :
k 'Vencido Miramón en Calpulálpam, el gobierno de la dictadura desapareció para jamás volver, y Juárez entró á la capital restableciendo el gobierno republicano.
"El primer ministerio que se organizó fué constituido con los elementos predominantes de la revolución reformista, y las personas que lo formaron representaban al partido exaltado en su más pura expresión.
"Zarco, Prieto, González Ortega, y Ramírez, fueron los encargados de desempeñar las cuatro secretarías de que se componía
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entonces el consejo del Ejecutivo : tocóle á Ramírez la de Justicia, que además de los ramos de Instrucción pública y Cultos, tenía anexo el de Fomento.
'•Ramírez pudo entonces plantear y desarrollar el sistema reformista, tal como él lo concebía y como lo había prometido ia Revolución.
" Ejecutó la ley de cinco de Febrero de 1861, exclaustrando á las monjas y disolviendo las comunidades de frailes, independizó la Iglesia del Estado y suprimió el culto público ; reformó la lev de hipotecas y juzgados: declaró libre el mutuo usurario, quitando al interés del capital el tipo canónico: prohibió que los sacerdotes de ios cultos religiosos usaran públicamente sus trajes : reformó y mejoró el plan general de estudios : decretó la formación de la Gran Biblioteca Nacional y acopió los materiales necesarios para ella, salvando una gran parte de las obras que existían secuestradas en las bibliotecas de los conventos: dotó espléndidamente los gabinetes del Colegio de Minería ; salvó los cuadros originales que había en los conventos, formando
una galería especial ; mejoró el personal de profesores de la Academia Nacional de San Carlos; activó los trabajos de los ferrocarriles de Veracruz y Chalco y arregló las diferencias que se suscitaron con los Estados que intentaron tomar para sí los bienes de manos muertas, ubicados en sus respectivas demarcaciones.
"Después de haber realizado aquellos gigantescos trabajos que requerían un hombre de bronce, Ramírez salió del ministerio con los que le habían ayudado á consumar la Reforma.
"Y bajó del poder, odiado por la mayoría fanática del país y censurado por los liberales tímidos, por los que creen con Lamartine, que es compatible la libertad con el catolicismo, y por los que se espantan con ese cataclismo social que producen las instituciones viejas al derrumbarse.
''Ramírez y sus compañeros de aquella obra magna, se retiraron pobres á su hogar, después de haber tenido en sus manos los veintiocho millones de pesos que desamortizó la Federación. . . "
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Menos importante como poeta que como hombre de ciencia y como político, alcanza aún, títulos suficientes para ser considerado entre los primeros que pulsaron la lira con honor de la patria literatura.
Sus poesías no son muy abundantes, pero tienen todas ellas gran mérito desde el punto de vista ideológico. Pocos habrán manejado el terceto con igual maestría en los temas que se ha propuesto, tan serios y tan profundos. La composición copiada ya, Por los desgraciados., con ser tan buena, no es superior á otra, Por los muertos, en que hace su profesión de fe Ramírez, ante el sepulcro, terminando de esta manera :
Cárcel es y no vida, la que encierra privaciones, lamentos y dolores. Ido el placer, la muerte, á quién aterra ?
Madre naturaleza, ya no hay flores por do mi paso vacilante avanza... Nací sin esperanza ni temores ; vuelvo á tí sin temores ni esperanza.
Sublime conformidad, digna de un sabio, incrédulo, panteista !
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Cualquier pobre diablo que vivió sin haber hecho bien positivo alguno sobre la tierra, muere encomendándose á Dios y á todos los santos de] cielo. Ramírez, el hombre puro, el abnegado maestro que vivió para la libertad y el bien de sus semejantes, se acuesta en la tumba con una sonrisa despreciativa en los labios.
La plegaria de otros, es en él fácil resignación á perderse en el laboratorio común de la Naturaleza. No aguarda al morir ni castigo ni premio, porque se burla de los buenos y de los malos en sus esperanzas y sus temores . . .
Él practicó virtudes sin violentarse. ¿ Qué mérito reconoce en ello el filósofo ? De haber cometido crímenes sería tan responsable, según sus propias teorías, como de haber nacido indio en un pueblo de Guanajuato ó de tener los ojos negros y la cutis amarillenta.
Ignacio Ramírez es padre intelectual de Manuel Acuña.
La influeneia del viejo ateo se siente en los versos del joven estudiante de medicina. Algo de su frío método de observación preside en
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las más famosas composiciones del hijo de Coahuila.
El gran Acuña, lo mismo que infinitos discípulos de Ramírez, conformaron sus obras en el molde panteista de su maestro.
La nueva generación mexicana debe al Nigromante, muchísimo de lo que constituye su nacional escuela. Esa juventud liberal, patriota, enteramente despreocupada que forma, sin exageración, las nueve décimas partes del elemento del porvenir, ama la ciencia, las bellas artes y en especial la literatura más adelantada del siglo, porque profesores de la talla de Ramírez, años atrás, difundieron desde la cátedra los principios de la civilización moderna y combatieron el error con todas sus fuerzas, hasta lograr un triunfo que por su duración y sus resultados no tiene igualen sección ninguna de América.
Inspirándome en estas mismas ideas decía yo en una correspondencia dirigida al Comercio de Lima desde la capital Azteca, allá por el mes de Agosto de 1892:
— La Reforma es en México algo como la resurrección de Lázaro. La intrusión de Ma-
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ximiliano de Austria y las calamidades que se siguieron á la expropiación de los bienes de la Iglesia y cumplimiento de las leyes liberales de aquella época, fueron ahogadas por la misma diestra de Juárez, en Querétaro, lugar de expiación para algunos ciegos dementes que acompañaron hasta allí al no menos demente vastago de la casa de Auspburgo. Desde esa fecha comienza la felicidad de este gran país, y el pueblo así lo reconoce, yendo todos los años á depositar coronas en la tumba de Juárez, su segundo libertador y primer caudillo en el orden délas ideas.
El florecimiento literario de México, no bien apreciado por sus propios hijos y de que son victoriosa muestra poetas de la talla de Salvador Díaz Mirón, Manuel Gutiérrez Nájera, Juan de Dios Peza, Manuel José Othón y otros jóvenes más, se debe entre muchas ventajas políticas y económicas, á las saludables leyes de la Reforma.
Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, colaboradores de Juárez y maestros de la actual juventud, nada habrían podido hacer
sin el triunfo político é ideológico de 1857. Perseguidos ó exterminados por la guadaña del fanatismo, no habrían tampoco esparcido con otros hombres ilustres, la simiente generadora que hoy da sus frutos en tantas nuevas y poderosas inteligencias.
Á no cumplirse las leyes de la Reforma, á enseñorearse del poder la teocracia batalladora, apenas brillarían hoy en México algunos talentos privilegiados, con muy mediano esplendor, entre los cirios consagrados á la 1 irgen de Guadalupe. Los ingenios rebeldes, amantes déla libertad, que son aquí los más numerosos, maldecirían en vez de entonar himnos, ó no hallarían, quizá, el lenguaje que hoy acostumbran, medio asfixiados por el humazo de las lámparas y el sahumerio.
Los pueblos que arden en la guerra civil ó que gimen bajo la opresión de un partido fanático, intransigente, no ofrecen el armonioso conjunto de bardos y pensadores que ofrece México.
Cuéntanse en la capital y estados federales, innúmeros escritores que. con más ó menos ventaja son conocidos, y que deben
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al diario trabajo su subsistencia. Todos, con rarísimas excepciones, son liberales rojos de escuela y mantenedores ardientes de los principios de la Reforma, en el periódico, en el libro y en la tribuna,..
La noche viene tibia ; se cuelga ya brillando la blanca luna, en medio de un cielo de zafir, y todo allá en los bosques se encoge y va callando, y todo en tus riberas empieza ya á dormir.
Entonces, en tu lecho de arena, aletargado, cubriéndote las palmas con lúgubre capuz, también te vas durmiendo, apenas alumbrado delastro déla noche por la argentada luz.
Y así resbalas, muelle ; ni turban tu reposo del remo de las barcas el tímido rumor, ni el repentino brinco del pez que huye medroso en busca de las peñas que esquiva el pescador.
Ni el silbo de los grillos que se alza en los esteros, ni el ronco que á los aires los caracoles dan, ni el huaco vigilante que en gritos lastimeros inquieta éntrelos juncos el sueño del caimán.
Es Ignacio Manuel Altamirano el autor de esta poesía.
Venga acá el viajero que se pica de artista, ó el que, sin serlo, al menos, goza con los cuadros vivos de la naturaleza, y diga si la composición anterior no es una reproducción exacta délo que ha visto á su paso entre las marañas del bosque y á la margen de un río en el crepúsculo vespertino.
Altamirano es allí tan verdadero pintor, que nadie, por ignorante que sea, le confundirá con un copista de segunda mano.
Los ramplones poetas cuyo furor descriptivo se desarrolla á expensas de la lectura de otros autores, no alcanzarán jamás la sencillez y verdad que respiran esos renglones, trazados por un hijo de la selva que describe el Atoyac, su río nativo, como pocos americanos saben describir con la pluma los objetos que ven y palpan.
I Dónde está el artificio de esta composición ? ¿Á qué poeta antiguo ó moderno ha imitado el autor?
Productos así, tan espontáneos del numen, aparte de su belleza, marcan un progreso
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sensible en el arte americano, tal como le desean los que no se resignan á imitaciones más ó menos felices de lo que se escribe allende el Atlántico.
Ni el repentino brinco del pez que huye medroso en busca de las peñas que esquiva el pescador...
Estos versos son de un mérito imponderable. Cuánta naturalidad y cuánta novedad al mismo tiempo, en la manera de presentarnos este vulgarísimo accidente sobre la superficie de un río !
¿ Y el silbo agudo de los grillos y el ronco de los caracoles, en los esteros, como el grito del vigilante huaco que,
Inquieta entre los juncos el sueño del caimán,
no impresionan hondamente al que conoce los lugares descritos, ú otros semejantes en los agrestes valles del trópico ?
Fué Altamirano, hasta su muerte, propagandista ardoroso de la independencia literaria de México, y apuntar es justo en sus obras, determinado estilo y tendencias hacia
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la emancipación que en grande escala han continuado ya sus discípulos.
Hasta aquí, con Carpió, Prieto y Ramírez, no he podido hacer respecto á originalidad propiamente dicha, sino un tanteo en la sombra. Mas, con Altamirano, empieza mi tarea á ser comprensible, porque algo proporciona en sus versos este poeta, que es franca evolución literaria, maduro fruto del estudio y del carácter nacional mexicano desarrollado en la contemplación de su naturaleza y el amorá las luchas por la libertad y los ideales filosóficos más avanzados en el décimo nono siglo.
Era muy joven Altamirano cuando escribió su famosa composición Las abejas. Hay en ella cierto amaneramiento escolástico, perdonable á un adolecente. En cambio, esos versos anuncian una inteligencia de primer orden, una inspiración fresca, pura como el agua del manantial que baja de la montaña y no ha podido enturbiarse corriendo sobre lecho de pórfido, lamiendo orillas tapizadas de musgo yfloreciilas silvestres.
El plan de Las abejas es de una moral sen-
— Sicilia, y copiaré aquí las estancias finales para que se juzgue al poeta en los primeros pasos de su juventud, cuando nada anunciaba que había de mezclarse él también, en la alborotada vida de los grandes centros sociales.
i Ves discurrir, zumbando entre las flores de este carmen umbroso y escondido, afanosas buscando las abejas el néctar delicioso apetecido ? Mira cual van dejando desdeñosas de su brillo apesar y su hermosura, las flores venenosas. Ellas buscan quizá, las más humildes, las que ocultas tal vez en la espesura, de las agrestes breñas, apenas se distinguen, ó en la obscura grieta se esconden de las rudas peñas. Ellas no creen que al ostentarse ufanas aquellas que parecen con mayor altivez y más colores, sean también las que ofrecen los nectarios mejores.
Tú, imita ese modelo, pobre insecto, es verdad, pero dotado por el próvido cielo de un instinto sagaz y delicado ; y en el jardín del mundo, si el néctar de la dicha libar quieres para endulzar las penas de la vida,
deja la flor pomposa, envanecida,
que á la virtud en su soberbia insulsa .
busca á la que se oculta
viviendo entre las sombras recogida.
Una infame y perjura cortesana tu corazón sedujo ; tú la amaste y alimentando esa pasión insana, tu puro corazón envenenaste. Olvídala, y que presto, ya despertando de tu error funesto, puedas hallar la miel de los amores de esta montaña en las sencillas flores.
Mirta, la dulce Mirta, la que alegra nuestras montañas y risueños prados, la que garbosa con diadema negra de cabellos rizados su tersa frente candorosa ciñe, que el alba pura con sus lampos tiñe ; la de los grandes y rasgados ojos, la de los frescos labios purpurinos que ríen, mostrando deslumbrantes perlas ; la de turgentes hombros y divinos que la Venus de Gnido envidiaría, mírala : i no enloquece tu alma, joven, como hace tiempo enloqueció la mía? ¿ La faz de tu perjura es comparable, y su pálida tez marchita y fría do la salud y la color simula comprado afeite, con la faz rosada de esta virgen del bosque, do la sangre purísima circula
con el calor y el aire de los campos,
y con la grata esencia
que en su redor esparce la inocencia ?
Dime iá apagar su fuego esa mirada con el ansioso labio no provoca? ¿ Quién al verla riendo, no querría libar la 'miel de su encendida boca? i Quién no deseara con delirio ciego estrecharla en sus brazos un instante ? i Dónde buscar de amor el sacro fuego sino en su blanco seno palpitante ? i Y dónde hallar la dicha que asegura su fe constante y pura ?
Estas humildes flores busca ansioso, abeja del amor, y no te euida de los torpes placeres que te ofrece la corte corrompida, si el néctar de la dicha libar quieres para endulzar las penas de la vida.
Escribir así á los veinte años, cuando no se tiene idea clara del arte, es un triunfo. La severa crítica de hoy encontraría en Las abejas, algunos ripios y voces que pertenecen al léxico diluviano romántico, y que emplean todavía no pocos rezagados poetas en la actualidad; pero, esa misma crítica que no perdona ya el alba pura, los rasgados ojos, los purpuri-
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nos labios, las -deslumbrantes perlas y otras vejeces que asoman en la anterior composición, tendría sí, que confesar al juzgarla imparcialmente, que en su conjunto es muy bella y que puede compararse con las valiosas joyas del arte griego.
Después de Las abejas, la fantasía de Altamirano tomó otro rumbo. No se acomodaba á su genio la escolástica antigua y revélase en ElAtoyac, como en otras muchas composiciones posteriores á 1860, libérrimo cantor de la naturaleza patria.
Su americanismo fué pasional y no tuvieron en el Norte, los americanos del Sur, propagandista más ardiente de su poesía que Altamirano.
La originalidad del arte en América tuvo en él un campeón infatigable como bien lo recuerdan hoy sus discípulos.
Multitud de composiciones entre las que se recomiendan Flor del Alba, La salida del sol y La calda de la. tarde, dan testimonio de la evolución provechosa de este poeta en el sendero que indico.
Los acentos patrióticos ele Altamirano no
recuerdan á Quintana, á Gallego, á López García. Juzgúesele por estos fragmentos: