Recuerdos Del Tiempo Viejo · Unidad 11 de 23
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No quiero, sin embargo, que mis amigos renieguen de mí, tomando mi sinceridad por hipocresía; y voy á decirles de paso, y áun á peligro de que en vez de hipócrita me crean vanaglorioso, que tengo cierta conciencia de mí mismo, teniendo por bien hecho y por valioso algo de lo por mí hecho: mi _Cristo de la Vega_, mi _Capitan Montoya_ y mi _Margarita la tornera_, son tres leyendas muy imitadas, pero no corregidas áun por otro poeta mejor narrador, ó más legendario y tradicional; y Dios y el tiempo nuevo me perdonen mi pretension de creer que me dan derecho á tenerme por legendario buen narrador. Por poeta dramático no me tuve jamás, y sólo puedo presentar sin vergüenza los dos primeros actos de _Traidor, inconfeso y mártir_ y la segunda mitad del tercero y primera del cuarto de _El Zapatero y el Rey_; lo cual no es tánto que sirva para bravear, ni tan poco que me humille y me cierre las puertas del teatro; y en cuanto á mis poesías líricas... ¡ay de mí! no son más que hojarasca; y en ellas hay muchas hojillas verdes y algunas florecillas frescas, pero cuando el tiempo seque tal hojarasca, poca sombra dará á mi fama el follaje que deje su soplo en las pobres ramas del laurel de mi gloria.
Volvamos á la historia de mis Dos vireyes.
Habia en 1838 y 39 una tienda de gorras en la Puerta del Sol, cuya dueña, honradísima mujer, tenia un hermano menor que de ella dependia y que era taquígrafo de las Córtes. Alto, desgarbado, de pesados movimientos, modales vulgares y saltones ojos, era en su exterior el tipo de la honradez, y en sus características manifestaciones la expresion de la buena fé.
No recuerdo cómo, ni por quién, tropezó y comenzó á juntarse conmigo; pero ello es que paró en ser mi inseparable sombra, y que no pasaba dia que no pasara conmigo y en mi casa las horas que su ocupacion de taquígrafo le dejaba libres. Alababa todo lo que yo hacia, celebraba todas mis escentricidades de poeta y mis niñerías de muchacho; y como si en mi cronista se hubiese constituido, propalaba y encomiaba por donde quiera mis hechos y mis dichos, clasificándolos todos entre los más chistosos y originales del mundo; lo cual contribuia más que á mi buena fama á procurarle á él la de mi único amigo, confidente único de los secretos del muchacho que iba haciéndose popular.
Llevaba yo por entónces, como he llevado siempre, una vida aislada, que me ha obligado á llevar el trabajo necesario á mi subsistencia y mi poca simpatía por las banalidades que forman base de la vida social de Madrid. Las visitas inútiles, las relaciones superficiales y los convites sin cariño, han sido cosas que no he aceptado jamás en mis costumbres: y he preferido siempre para mis alegrías y expansiones el interior modesto de mi pobre hogar, al suntuoso salon y la opípara mesa del opulento y millonario anfitrion. Mi idea fija era hacer famoso el nombre de mi padre, para que éste, volviéndome á abrir sus brazos, me volviera á recibir para morir juntos en nuestra casa solariega de Castilla; única ambicion mia y único bien que Dios no ha querido concederme. Bajo esta idea huí siempre de la sociedad política y rechacé el favor y la proteccion de los gobiernos, á quienes no pudo ligarme nunca compromiso alguno personal; mi padre era realista, tuvo que irse con el infante D. Cárlos María Isidro á las Provincias Vascongadas y que emigrar á Francia un mes ántes del convenio de Vergara; y puse mi empeño en probarle, que la fama que yo habia dado á su apellido, la debia sólo al trabajo y al favor del pueblo, no á haber vendido mi pluma á un partido contrario á sus opiniones; y sin cuya revolucion no hubiera yo, sin embargo, tenido una prensa en que publicar los versos que me hicieron popular.
Pasábame, pues, la vida en mi casa dado á mi asíduo trabajo, del cual descansaba y me distraia en el tiro de pistola y en el circo de la plaza del Rey; mis dos únicos vicios, porque en vicio les constituia mi diaria presencia en el tiro y en el circo, donde constantemente me acompañaba _X_ el taquígrafo, tosco eslabon humano que con la humana sociedad me encadenaba. _X_ no tiraba; juzgaba de los tiros, convenia las apuestas, aplaudia los triunfos, y tomaba parte muy principal en los almuerzos en que las ganancias se invertian. Mr. Arnaud, el propietario del tiro, tenia para su establecimiento el reclamo de nuestra fama, y en el actor Monreal, en D. Juan Valleras y en mí, tres seguros mantenedores de las apuestas que él con extranjeros generalmente entablaba, y que el bueno de _X_ con él organizaba y llevaba á cabo; almorzando siempre, como árbitro y adlátere mio, con los vencidos y los vencedores.
No puedo resistir al deseo de consagrar aquí cuatro renglones al recuerdo de aquellos viejos compañeros de mis juveniles aficiones.
Monreal era un actor inimitable en lo que entónces se llamaba papeles de traidor: era un segundo sin primero y un tirador de pistola de primera fuerza; pero habia que fiarle en las apuestas los primeros tiros; porque era tan orgulloso, que el primero perdido le hacia perder la serenidad á impulsos del amor propio que le devoraba. Juanito Valleras era un gaditano de 24 años, fino y esbelto como un galgo inglés, caballeroso y leal hasta el recorte de las uñas, andaluz hasta la médula de los huesos, y tan incapaz de hacer una villanía como de soltar una gracia agresiva ni de mal tono. Era el primer tirador de entónces; tiraba por vanidad, y daba siempre la mitad del valor de cada tiro al francés Arnaud, porque no se convalachara con ningun tirador paisano suyo para desigualar la carga ó las ventajas de las apuestas. Con Valleras y conmigo llevaba Arnaud el 50 por 100 de cuanto en ellas se atravesaba; y el tiro de apuesta de Valleras eran nueve balas colgadas á nueve distintas alturas, que debian casarse con las de nueve tiros sin interrupcion; y rara vez le faltaba una por casar. De su hidalguía es prueba irrechazable el hecho siguiente:
El francés Arnaud andaba siempre á caza de ingleses con quienes empeñarnos en apuestas de tiro, y dió una vez con unos que nos invitaron al del encargado de negocios de Dinamarca, que le tenia precioso en su jardin de la casa de la calle del Barquillo, residencia de su embajada. Los ingleses lo eran de pura raza, y nos recibieron como gentes de la mejor sociedad, prévia la más irrecusable presentacion. Tiraban con unas magníficas pistolas belgas, tres pulgadas más largas que las nuestras: fiáronse á la suerte todas las condiciones, y tocó á cada cual el derecho de usar de sus propias armas. Durante los preliminares, Monreal y _X_ fijaron su atencion en un inglés viejo, que sentado á la cabeza del tiro tenia un groom de pié á su espalda y un gran saco á sus piés: era sin duda un maniaco apostador.--«¡Ojo al saco!» dijo por lo bajo _X_;--y una mirada furtiva de Mr. Arnaud nos probó á Valleras y á mí que el francés habia tramado aquella conjuracion contra el saco del inglés. Tocó á los de Albion tirar los primeros; pusieron por primer blanco un huevo á treinta pasos: tiró el primer inglés, é hizo blanco: tiró el segundo con igual acierto; y hecho lo mismo por el tercero, nos tocó nuestro turno á los españoles. Valleras permaneció impasible, apoyada la mano derecha en el pilar de la barandilla, para tener la muñeca libre de sangre y el pulso tranquilo; pero invitado por uno de los ingleses á hacer su tiro, dijo tranquilamente: «Mis compañeros y yo no hacemos ese tiro.»
Mr. Arnaud se mordió los labios, yo sentí palidecer mis mejillas, y los ingleses echaron sobre nosotros una mirada de compasion acompañada de una sonrisa, en la cual su esmerada educacion no llegó á marcar el desprecio. Valleras, sacando un puñado de monedas de á ochenta reales isabelinas y recientemente acuñadas, mandó al criado poner una en el blanco apoyada en el tapon de corcho tendido. Tomó su pistola, y pasándosela á Monreal para el primer tiro, dijo á los ingleses: «Nuestro tiro no pasa nunca de este tamaño.» El blanco se veia mal, porque no era blanco sinó amarillo, y á treinta pasos sólo lo veia un ojo de tirador; tiró Monreal y quitó la moneda; puso el criado otra, y Valleras me pasó la pistola con que él tiraba; puse yo mi alma en mi dedo índice, é hice blanco; Valleras dijo: «Yo no tiro eso: cuelgue V. mis nueve balas.» Valleras hizo su tiro; los ingleses saludaron respetuosamente, y el del saco se le entregó al groom, que desapareció con él. La apuesta paró en un refresco y en un puñado de monedas que Valleras y los ingleses dieron á Mr. Arnaud; y cuando á la mañana siguiente, al volvernos á reunir en el tiro de éste, argüia á Valleras por no haberse dejado ganar los primeros tiros para engrosar las puestas, Valleras contestó con su desenfado andaluz: «Mr. Arnaud, si V. habia pensado que nuestro blanco fuese el saco del inglés, hizo V. mal en pensar en nosotros para sostener tal apuesta.»
Valleras murió dos años despues, de una afeccion pulmonar; Monreal se metió una noche la bala de su último tiro en el cerebro... y yo abandoné el tiro, cuando mis compañeros abandonaron el mundo.
Al montar Ignacio Boix su librería en la calle de Carretas, dando á este ramo de comercio una forma y un impulso hasta entónces inusitado en España, _X_ se ingirió en su casa como administrador, ya con ciertas pretensiones literarias, como amigo y conjunto inseparable mio: Boix aceptó la literatura de _X_ bajo su palabra: dióse éste á escribir algunos artículos en _El Pensamiento_, semanario que Boix fundó: ganóse _X_ la confianza de éste como habia ganado la mia, y Boix le comisionó para ir á establecer en Cuba y Méjico dos sucursales de su casa de Madrid.
Hé aquí el talento y la historia de las medianías que saben no desperdiciar la sombra de la más pequeña hoja que puede dársela: _X_ empezó por adherirse á la pequeñísima sombra que mi pequeñísima persona comenzaba á proyectar: cobijóse despues á la sombra de mi casa: recogió como reliquias todos los borradores de mis manuscritos y todos los más íntimos pormenores de mi vida; y, al cabo de dos años, salió para Cuba, agente de la primera casa de librería, con mejor porvenir que yo, y con el manuscrito inédito de mi leyenda de _El capitan Montoya_, de la cual hizo cuatro ediciones en la Habana y Méjico, acompañándola de una biografía del autor _su grande amigo_, cuyo nombre iba con el suyo en la primera página, viva representacion de mi personalidad: segundo yo en aquellos países, que no pensaba yo entónces visitar despues de él, ni _X_ pensaba que yo en ellos habia de hallar más tarde la huella de sus pasos. Volvió á Madrid en 1842, trájome grandes noticias de mi gran fama por aquellos países y del éxito fabuloso de mi _Capitan Montoya_; pero ni á él le ocurrió darme, ni á mí pedírsela, cuenta de lo que sus cuatro ediciones habian producido. Entre amigos...
Entre tanto habia yo tenido un poco de fortuna en el teatro con mi _Cada cual con su razon_ y las dos partes de _El Zapatero y el Rey_, y _X_ me habia dado á leer aquella novelilla de Pietro Angelo Fiorentino, que habia traducido y publicado _allá_ en compañía de mi _Capitan Montoya_ y bajo las mismas bases de lucro para Pietro Angelo que para mí. Celebróme mi bienandanza teatral: y anudando naturalmente su antigua intimidad conmigo, siguió acompañándome á los ensayos en el escenario y á mi mujer en mi palco en las representaciones... y un dia me preguntó que qué me parecia _su_ novela de _El virey de Nápoles_... y otro dia que si se podria hacer de ella un drama... y una noche que si yo querria transformar en drama su novela, y por fin que si, escribiéndola en verso y prosa, querria yo aprovechar los diálogos de la novela, y poniéndolos á nombre suyo, ponerle á él al par del mio como autor dramático: _cosa_ que á él le daria una grande importancia con su principal Boix, etc., etc.
¿Por qué no habia yo de ayudar á hacerse hombre á un tan buen amigo? Me habia acompañado dos ó tres años cinco ó seis horas diarias, y dia y noche en las épocas de enfermedades y pesadumbres: habia empezado su carrera de escritor poniendo en las nubes mis versos y en boca de todos la prosa de mi vida... emprendí la transformacion de la novela _El Virey de Nápoles_ en el drama _Los dos vireyes_; pero por más empeño que puse en semejante trabajo, le concluí convencido de que habia salido como no podia ménos de salir una obra malamente confeccionada, muy desigualmente escrita y de éxito dudosísimo.
Llamé á _X_ y le dije que en mi cualidad de buen amigo y de hombre leal, mi conciencia me obligaba á advertirle que _Los dos vireyes_ era un tiro que iba á salir para él por la culata; y que al silbarme el público por primera vez, no faltaria á quien le ocurriera que escribiendo solo me habia hecho aplaudir, y que la asociacion con _X_ me habia atraido la primera silba; y en fin, que aquel seguro mal éxito, en vez de procurarle reputacion y de abrirle la escena, le iba á desacreditar y á cerrársela para siempre.
Pareció _X_ convencido de mis razones: y como la temporada cómica iba ya muy avanzada, la obra estaba prometida y yo obligado á dar la tercera del año, segun mi contrato, determinamos presentarla bajo mi solo nombre, y que corriera yo solo el riesgo de un desaire casi seguro del público y de una justa rechifla de la crítica por semejante rapsodia.
Entregué mi obra á Lombía: recomendésela á Cárlos, poniéndole en los pormenores de su historia: prometióme Cárlos, con el paternal cariño que me tenia, ponerla en escena con tánto más esmero cuanto ménos probabilidades de éxito presentaba: y pretestando yo no poder esquivar por más tiempo el compromiso de ir á pasar la Semana Santa con el duque de Rivas, partí á Sevilla, huyendo de la primera representacion de aquellos _Dos vireyes_, con cuyo azaroso porvenir dejé cargados á Mate y Cárlos Latorre, diciéndome al meterme en la diligencia: «ojos que no ven, corazon que no siente.»
¡Y qué recuerdo tan fresco, tan juvenil, tan poético, es el de aquel viaje y el de la estancia en la casa y con la familia de aquel tan gran poeta y tan grande amigo como fué mio, aquel á quien yo llamaba mi ángel, á quien la posteridad llama duque de Rivas, y cuya memoria vive aún por la amistad en mi corazon, y en España por el _Don Alvaro_, que está todavía en pié sobre la escena en que hace cuarenta años que apareció!
Desde que Juanito Donoso y Nicomedes Pastor Diaz primero y Villalta despues, me habian dado trabajo en sus periódicos, no habia yo dejado pasar una semana sin publicar una ó dos composiciones por lo ménos: en tres años habia de ellas coleccionado ocho tomos mi primer editor Delgado. Desde que García Gutierrez me habia abierto la escena, asociándome á él en el _Juan Dándolo_, habia yo presentado seis dramas, benévolamente acogidos por el público, que tuvo sin duda en cuenta al aplaudírmelos mi poca edad y mi constante trabajo: tenia yo mucha priesa de meter ruido que llegara á los oidos de mi padre, emigrado en Francia, y no me remuerde la conciencia de haber desperdiciado aquel tiempo viejo. Era la primera vez que cogia yo un mes y un puñado de onzas para mi solaz. Mi miedo al éxito de mis _Dos vireyes_, pedia á Dios alas para huir de Madrid: y el editor D. Manuel Delgado, que era el único que sabia lo que yo valia en dinero, que me gruñó siempre, pero no me negó jamás el que le pedí, me dió el susodicho puñado de onzas, para sustituir con un asiento en la diligencia las alas que Dios no ha concedido á ningun poeta al lado de los homóplatos. Dióme Lombía una docena más de aquellas graves y amarillas monedas que por atrasos de mi sueldo me era en deber, y otra docena Boix por adelanto y seguridad de mi primer tomo de leyendas: dejé las dos docenas á mi familia; y con el primer puñado en el bolsillo, me acomodé en la berlina, que despues hemos llamado _coupé_, de la diligencia que á las tres de una mañana de marzo arrancaba para Sevilla, de la calle de Alcalá.
Llevaba por compañeros á D. Juan Jústiz, noble mozo habanero, de tan mala salud como buena educacion, y tan sobrado de rentas como falto de humor para gastarlas; á quien acompañaba Lorenzo Allo, otro habanero de tan buen humor y tan buena salud como poco amigo de guardar su dinero, con quien habia trabado yo amistad en el tiro de Mr. Arnaud y en el gimnasio del conde de Villalobos.
Era este Lorenzo Allo el mejor amigo y el más agradable compañero del mundo: tan enjuto como récio, era nervioso hasta tener trémulas las manos, á pesar de lo cual tomaba café cuatro veces al dia; y usando en anteojos de oro unos cristales de muy bajo número, alternaba con los primeros tiradores; sin que me haya podido yo dar cuenta de cómo veia el blanco, ni de cómo sujetaba é inmovilizaba sus nervios para hacer finísimos tiros. Teníame una sincera amistad y sabia de memoria muchos versos mios: dábame tan buenos consejos como malos ejemplos; y tan diestro boxeador como mediano humanista, estaba siempre dispuesto á saltar un ojo de un puñetazo á quien no le concediera sin discusion que era yo el primer poeta de ambos mundos. Cuidaba de mí en el gimnasio como si fuera yo de cristal, y de mi honra como si fuera la suya, é hijo yo de su mismo padre.
Jústiz y yo le hicimos administrador de ambos durante el viaje y le entregamos nuestros dineros: aquel para no tener el trabajo de pensar en ellos, y yo para ahorrarme el de contarlos: negocio que era por entónces no poco peliagudo en España, con los ocho cuartos y medio de sus reales, los ciento setenta de sus duros, los trescientos veinte reales de sus onzas, las tres onzas y _dos duros_ de sus mil reales, etc.; de modo que la más mínima cuenta tenia siempre más picos que una custodia.
La noche estaba fria, lejano el amanecer, y los tres viajeros de la berlina que habíamos acudido con tiempo por no habernos acostado, estábamos en nuestros puestos desde que empezaron los mozos á cargar el carruaje, durmiendo tranquilamente bien embozados en nuestras capas. La empresa era nueva, y en competencia con la antigua: el conductor ocupó el pescante y al dar las tres en el Buen Suceso, dió una voz y tendió su fusta á los caballos, que nos arrebataron entre el ruido de sus herrados cascos y de sus agujereados cascabeles.