Recuerdos Del Tiempo Viejo · Unidad 12 de 23

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La nueva empresa habia montado á la francesa sus tiros, sustituyendo al antiguo rosario de mulas, enfrenadas sólo las dos del tronco y las seis restantes encomendadas á un muchacho ginete en el mingo delantero, un tiro de seis buenos caballos todos embridados; dos en la lanza y cuatro en balancin. Aquellas nuevas diligencias, carruajes de sólo berlina y rotonda, eran unas especies de sillas de posta; y eran á las antiguas galeras y diligencias lo que hoy son á aquellas sillas de posta las locomotoras y trenes de los ferro-carriles; pero aquel ruido de los cascabeles, aquel perpétuo vocerío con que á sus caballos animaban los mayorales, aquellos zagales dicharacheros que enganchaban y recogian los tiros en las remudas, aquellos venteros y maestros de postas, aquellas hosterías en donde se hacian los altos y las comidas, conservaban el carácter jaranero y alegre de nuestra patria y la tierra por donde viajábamos los españoles; y se veia el país, y se bromeaba con las paisanas; y sea dicho en paz, no tenia tantas ventajas para los intereses materiales, pero tenia más poesía que el actual nuestro modo de viajar del tiempo viejo. Los caballos daban cierto decoro de caballeros á los viajantes; y no todo el mundo podia permitirse el lujo de viajar en berlina de una silla-correo, que corria por el centro de la calzada, pasando al vulgo de los viandantes; la máquina lo arrastra todo, y los caballos arrastraban la flor de lo arrastrado, y bien lo decia el refran: «de las vidas arrastradas... la del coche.»

El en cuyo _coupé_ íbamos Allo, Jústiz y yo paró en Ocaña para almorzar. Sin que Allo y yo hubiéramos bajado los cristiles, ni hablado con los viajeros del segundo compartimento en las postas pasadas, por respeto al descanso de Jústiz, que iba convaleciente de larga enfermedad, con fuentes abiertas en los brazos y encomendado á nuestra amistad por su cariñosa familia. Pero al apearme en Ocaña, unos brazos poderosos me arrebataron del estribo, y al depositarme en tierra me decia la voz vigorosa del individuo á quien aquellos fornidos brazos correspondian:--«¿Aquí tú, Pepe?»--Era Paco Elipe, diputado bullicioso, poeta un poco excéntrico, pero no despreciable, hacendado manchego y amigo leal, de quien ya apenas hace nadie memoria; pero de la de quien voy á traer algunos recuerdos á estos mios de aquel viejo tiempo.--¿Quién es tan descortés ni tan ingrato que no se pare á dar un apreton de manos al viejo amigo, á quien encuentra por acaso en el viaje de la vida? ¿Y qué son estos recuerdos más que un viaje de vuelta por el casi borrado rastro del florido camino de mi juventud?

Paco Elipe fué sócio del Liceo y escribió de todo, en verso y en prosa; y empezando por un drama en compañía de Romero Larrañaga, titulado _La Vieja del Candilejo_, cuyo plan está no más preparado y versificado limpia y galanamente: escribió otros más, y tuvo sus éxitos y sus aplausos y su reputacion no inmerecidos y fué uno de los que, con quienes empezábamos á hombrear, arrimó el hombro para empujar el carro del progreso de aquella época. Recto y tenaz, y de vigorosísimo carácter, hacia y decia las cosas de muy original y personalísima manera. Un dia cerraba con lacre una carta, y echándose por descuido una gota de él encendida en un dedo, en lugar de sacudírsela dijo, conservando el dedo inmóvil: «¡Bruto Paco; para que no seas torpe otra vez!» Y dejó apagarse el lacre en la carne. Una noche sorteamos en el Liceo varios argumentos para una improvisacion, entre varios poetas, y tocóle á Elipe el de la _Noche-Buena_.

El tiempo dado para el trabajo de la improvisacion era el de una hora, al fin de la cual comenzaba la lectura de las composiciones en la tribuna; llegó su turno á Elipe, y en medio de muchas redondillas facilísimas, en que describia todo el tumulto que traen consigo los panderos, zambombas y el jaleo de aquella noche de la Misa de Gallo, soltó con la mayor formalidad la semiblasfemia de esta cuarteta:

Y aunque la ilacion se quiebre, lo que no apruebo y resisto es el mal gusto de Cristo de nacer en un pesebre.

Y continuó su descripcion de la _Noche-Buena_ con tanta imperturbabilidad suya como estupefaccion del auditorio.

Fué el amigo más consecuente de José Fernandez de la Vega, el fundador del Liceo, mal recompensado por todos los á quienes hizo hombres con el establecimiento de tan única y brillante sociedad. El Gobierno no supo dar á Vega más que el Gobierno de una provincia de tercer órden; y Paco Elipe fué el más fiel amigo de aquel á quien tantos faltaron.

Pero de Paco Elipe haré más larga y justa mencion más adelante, porque espero en Dios que me dará tiempo de hacerle una visita en su palacio solariego de Manzanares: y ocasion de hallar en él materia para más curioso relato.

Con este mi tercer compañero de viaje almorcé en Ocaña, en un parador nuevo, en una mesa muy limpia y enflorada, servida por dos buenas mozas de diez y ocho y veinte años, de trigueña tez, boca sensual y risueña, grandes, negros y retozones ojos, moño de picaporte con zorongo de largos cabos, y robustez muy mal disimulada en sus ceñidos corpiños, y sus estrechos y cortos guarda-pieses.

El conductor nos presentó á los postres un libro en blanco, en cuyas hojas rogaba la empresa á los viajeros que anotasen las faltas de servicio para corregirlas. Elipe y yo acusamos en ellas, y en unas quintillas, al posadero de hacer servir su mesa por aquellas dos muchachas, que embelesaban á los viandantes para que no comiesen más que ojeadas y sonrisas, productoras para ellas de dobles propinas y de vanas esperanzas para los comensales; y pedíamos á la empresa que, ó suprimiese aquellas dos muchachas, ó que cambiando las horas de salida de sus carruajes, dispusiera que los viajeros no almorzaran, sinó que cenaran y pernoctaran en aquel parador de Ocaña.

* * * * *

El 1.º de Abril á las siete de la mañana nos apeamos de la diligencia en Sevilla, café del Turco, calle de la Sierpe. Salia yo á ver la tierra por primera vez; y como el pájaro que deja por primera vez el nido apenas emplumado, y goza de la luz, la vida y la libertad, desempolvando sus plumas entre el fresco césped y las primeras margaritas, y se baña en el brillante ajófar y las líquidas perlas de las gotas de agua que desparrama el Guadalquivir en sus siempre verdes orillas, me salí por la Puerta del Arenal á ver el puente, y el rio, y la Torre del Oro, y á respirar aquel ambiente perfumado de azahar, y á bañarme en aquella luz, reflejo dorado de la del Paraiso; á pasar, en fin, una mañana de muchacho que hace novillos.

Y fué aquel uno de los pocos dias que en mi vida cuento como felices, y cuya dicha tuvo fin y colmo en mi nocturna presentacion en casa del egregio poeta, del cariñoso amigo, del entretenidísimo conversador, y del nunca olvidado autor del _Moro expósito_ y del _Don Alvaro_.

El recuerdo de la amistad, de la casa y de la familia del duque de Rivas es una isla de arribada en el revuelto mar de mi existencia, un oasis frondoso en el arenal desierto de mis estériles aspiraciones, una tienda de reposo en el pedregal por donde ha hecho peregrinar mi inutilidad viviente, mi improductiva é improvisora poesía. La casa del duque en Sevilla es en mis recuerdos un nido de ruiseñores, donde fué á albergarse una noche de primavera una golondrina desanidada.

XVII.

¡Gran tierra es Andalucía! La gente allí alegre toma la vida efímera á broma, y hace bien, por vida mia.

Quien á Sevilla no vió no vió nunca maravilla; ni quiso irse de Sevilla nadie que en Sevilla entró.

«¡Ver Nápoles y morir!» dicen los napolitanos. Y dicen los sevillanos: «¡Ver Sevilla, y á vivir!»

Esto digo yo de Sevilla en _La leyenda de los Tenorios_, y esto hice cuando fuí á aquella ciudad sin más objeto que á ver á Sevilla y á vivir. No existian aún en España las academias y los profesores de _bombo_, ni _La Correspondencia_ anunciaba la salida de Madrid de don Fulanito y doña Menganita, ni nos habian hecho cardenales, tratándonos de _Eminencias_, á los que por algo comenzábamos á distinguirnos los que aún no se distinguian por su profesion de _bombistas_; ni habíanse aún establecido las sociedades y comisiones de aplausos mútuos que anuncien, calificándolo de acontecimiento, la partida, la llegada ó el resfriado de cualquier medianía ó nulidad, á quien cuatro amigos, si no ella misma, dan importancia miéntras se lee el número en que se da ó se la da bombo: así que pude yo pasearme por Sevilla con Allo y Jústiz sin riesgo de hacerme enemigos todos los liceos, ateneos y teatros caseros, cuyas invitaciones rehusara, y cuya sancion necesita hoy todo hombre notable para pasar por donde pasa, como moneda resellada, en cada provincia. Algunos curiosos iban á ver cómo era el autor de _El Zapatero y el Rey_ cuando entraba ó salia en el café del Turco, donde se hospedaba; y el tal autor salia ó entraba en su alojamiento, y gozaba de aquel sol y aspiraba aquel aroma de azahar que llena los paseos y las alamedas, y visitaba aquellos viejos y moriscos edificios, por y entre los cuales anduvo el rey, tan popular como mal juzgado todavía, de su drama _El Zapatero y el Rey_. Hacia, en fin, la vida que en Sevilla se hacia: la del pájaro, como dije en mi número anterior; picotear los capullos de las rosas y de los azahares, cantar y esponjarse á la sombra y entre las hojas de los naranjos y las magnolias, y vagar de barrio en barrio, como los pájaros de rama en rama, hasta la hora de acogerse al nido de los ruiseñores, que era la casa del duque de Rivas.

En ella duraban algunas caseras costumbres de nuestras nobles familias de los siglos del Renacimiento. La del duque se reunia en las primeras horas de la noche en torno de una gran mesa; donde, presididas por la duquesa, trabajaban sus hijas en alguna labor, y leian ó dibujaban sus hijos, ó escuchaban todos al duque, que les leia ó recitaba algunos de sus característicos romances, ó algunas de las consejas por él recientemente desenterradas de bajo alguna piedra mal segura del rincon de una callejuela de Sevilla. El duque leia sus versos con un entusiasmo, un tono y una gesticulacion esencialmente suyos y completamente originales; y acompañaban su voz el murmullo del aire en las hojas y del agua en las fuentes del jardin, sobre el cual se abrian los dos balcones de aquella estancia. El cariñoso respeto y la cordial é infantil admiracion de su numerosa familia para con el padre y el poeta, era la cualidad característica, el fondo típico de aquel cuadro de interior, en cuya atmósfera se respiraba la más sincera alegría y la más tranquila felicidad. Aquellas cabezas juveniles de las muchachas, en cuyos ojuelos retozones chispeaba la curiosidad reprimida y en cuyos labios retozaba la maliciosa sonrisa; las inteligentes fisonomías de los muchachos, Enrique reflexivo y Alvaro bullicioso; aquellos álbums, grabados y caballetes abiertos siempre, ó siempre cargados de algun trabajo no concluido; aquellos retratos de los hijos, pintados por el padre; aquel piano siempre abierto, y aquellos tres salones seguidos, en donde siempre habia murmullo de música ó de poesía, y cuyo silencio era el són del agua y los árboles del jardin, daban á aquella casa un carácter especial, único y típico, que me hizo calificarla de nido de ruiseñores, y cuya paz fuí yo á interrumpir con el desordenado turbion de versos de mi leyenda de _La cabeza de plata_, de la cual iba escribiendo el último capítulo durante aquel viaje. Habia en aquella leyenda (que el fin se publicó bajo el título del _Talisman_, y de la cual ya nadie probablemente se acuerda), un enamoradísimo Genaro, á quien vuelve loco la cabeza de una hermosa Valentina, cortada por un bárbaro y celoso tutor, cuya historia no sabia yo á punto fijo cómo concluir, pero que entusiasmó á la duquesa, complació al duque por lo que me queria, y encantó á las muchachas por lo romántica y apasionada.

Pasemos pronto por tan gratos como personales recuerdos: la muerte nos quitó de delante aquel ídolo á quien adorábamos, gloria de España, cuyos versos hemos aplaudido no ha muchos meses en el teatro en su _Don Alvaro_; y no quiero que su recuerdo parezca en estos mios como motivo de alabanza propia, ni como afan de propio engrandecimiento á la sombra suya, ni como halagüeña adulacion á los hijos vivos del amigo muerto; de cuya viva estimacion vivo seguro, por los puros recuerdos de aquellos dichosos dias y de aquellas deliciosas noches.

Obligábame á pasar á Cádiz un asunto de familia; y librándome á fuerza de voluntad del encanto con que en Sevilla me retenia la sociedad del duque, me embarqué con mis compañeros en un vapor que descendia el Guadalquivir. No habia yo visto el mar; y para no verle prosáicamente desde una playa, me eché á lomos de aquella serpiente de plata, que deshace las móviles escamas de sus dulces ondas en las amargas profundidades del que rodea y arrulla aquel canastillo de plata, que se llama Cádiz. Ni de esta ciudad ni de la de Sevilla diré una palabra más; porque ni hay ya nada que de ambas en prosa y verso no se haya dicho, ni estos recuerdos son memorias históricas, ni relacion de impresiones de viaje, que obligan á seguir lógica y consiguientemente una narracion; sinó la consignacion de mis ideas en un papel, segun en mi imaginacion desordenadamente se van presentando. Está ya convenido que el autor del _Zapatero y el Rey_ y de _Margarita la Tornera_ es un poeta... bueno ó malo, grande ó pequeño: pero ¿cómo fué poeta? ¿Cuáles fueron los gérmenes de su inspiracion? ¿Qué influencia han tenido en sus escritos las vicisitudes de su vida? ¿Qué hay en la suya íntima, puesto que no la tiene pública no habiendo sido nunca más que poeta? Esto es lo que él solo puede decir, y esto es lo que exponen estos sus Recuerdos del tiempo viejo, tan desprovistos de interés como de órden, por ser personales y desligados de toda adherencia con la política, el progreso, la vida, y en una palabra, de la generacion en que ha vivido, como una planta parásita sin raices que á su tierra la sujetaran.

Poseia en Cádiz una persona de mi familia una de las pocas huertas, que reverdecen en el escaso terreno de su puerta de tierra.

Ni la dueña de aquella posesion conocia su finca, ni jamás habia estado muy clara la historia de ella; habíasela cedido un pariente suyo en cambio de unos terrenos en Ultramar; y tasada sin duda en más de lo que valia, no redituaba lo que de su capitalizacion podia esperarse. Habia habido en ella en otro tiempo un establecimiento industrial, cuyo abandonado edificio é inútiles utensilios habian ido vendiéndose cuando la ocasion se habia presentado. Teníala entónces en arriendo un signor Doménico Maggiorotti, genovés ó livornés, de una honradez sin tacha, el cual daba cuentas cuando se le pedian, descontando siempre algo por gastos hechos en recomposiciones absolutamente necesarias, como reconstruccion de tapias y renovacion de puertas. De vez en cuando habia hablado de calderas viejas y de útiles ya inútiles de hierro, que allí arrinconados existian, cuya venta le habian propuesto y para cuya enajenacion pedia permiso; diósele siempre la propietaria, y el livornés tuvo siempre á su disposicion el precio de lo vendido. Las cuentas del año anterior estaban con él todavía pendientes, y por el mes de Febrero del que corria habia pedido permiso para vender la piedra de una especie de estanques ó secaderos de cera; que cerería aseguraba que habia sido el arruinado establecimiento industrial de la finca. De la aclaracion de estos hechos y del cobro de la renta del último año iba yo encargado, con legal poder y ámplias facultades de su propietaria.

Fuíme una tarde con Allo á la huerta del Maggiorotti, quien, segun costumbre de su país, se llamaba abreviadamente Ménico, y á quien entre las gentes vulgares con quienes trataba, llamaban unos el señor Ménico y otros el tio Mónico; no alcanzando la abreviatura del nombre italiano. Dimos en la huerta, y topamos en ella con el signor Ménico Maggiorotti; que era efectivamente mayor en años y en estatura que Allo y yo juntos, y uno de los mayores hombres con quienes yo he tropezado en mi vida. Tenia, segun nos dijo, setenta y dos años, y segun vimos cerca de seis piés de alto, con una cabellera y unas patillas como la nieve, unas cejas crecidísimas, bajo las cuales relampagueaban dos ojazos de un azul pardo y de una admirable limpidez; una tez curtida como si hubiese pasado mucho tiempo expuesto á los aires del mar; una boca grande de perpétua sonrisa y guarnecida aún de su completa dentadura, y unos hombros, unos brazos y unas manos fornidos, musculares y encallecidas, como de quien debia de haber pasado largos años en rudo y continuado ejercicio.--Saludéle yo afablemente; díjele quién era, y exhibíle mis credenciales; tendióme él su diestra llevando la zurda al sombrero, y miéntras por poco no me desmonta las catorce coyunturas de mi mano entre las de la suya, me dijo con una voz como de contramaestre hecho á mandar la maniobra entre la tempestad:--«Mañana á las diez le llevaré á usted á su casa ocho mil reales, y los seis mil trescientos restantes, el dia 30, á la misma hora: porque no habiéndome usted avisado de su venida, no le tengo juntos los catorce mil trescientos del total de su cuenta.»

Ocurrióseme decirle que á mí, como el más jóven, correspondia ir á su casa; y contestóme, frunciendo más el entrecejo, y mirándome como quien necesita seis como yo para almorzar:--«Si tiene V. empeño de ir á mi casa, vaya; pero yo no hago ningun trato en mi casa, sinó en los _Montañeses_ que tengo en frente de ella, y ante un jarro de manzanilla, como tal vez no es costumbre entre los señoritos de Madrid, y yo pago siempre.»

Acepté, tomé en mi cartera las señas de la casa y despedímonos hasta las diez de la mañana siguiente. Allo y yo convinimos en que aquel viejo tenia trazas de haber sido tallado sobre el modelo del Laoconte, y de ser un hombre tan formal como poco hecho á sufrir cosquillas.

--Parece que no tiene muchas ganas de recibirte en su casa--me dijo Allo.

--Y no sé por qué las tengo yo de meter en ella las narices,--le dije yo; y nos fuimos á buscar á Jústiz, para ir á la ópera.

Al dia siguiente, exacto como un suizo, me presenté á las diez en casa del signor Ménico, que la tenia en una calleja cerca de la muralla y en frente de una tienda de montañeses; á la cual se entraba por un patinillo cercado de un emparrado, bajo cuyos vástagos se veian cinco ó seis mesillas, con sus correspondientes bancos, éstos y aquellas clavados, que no asentados en el suelo.