Recuerdos Del Tiempo Viejo · Unidad 14 de 23
Inicio — parte 14
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
El mar es para mí el grande espejo en que se pinta la faz de Dios, y mil veces he deseado tener por tumba su inmenso y móvil panteon de líquido cristal. Dos veces he naufragado, y el mar me ha devuelto vivo á la tierra. ¡Qué mausoleo más magnífico que el mar! A quien naufraga y muere en alta mar, le da Dios la muerte más dulce y sin agonía; una impresion rapidísima de inmersion en un baño, un zumbido de oidos semejante á una lejana música, un resplandor fosfórico que deslumbra las pupilas... y el alma sale del cuerpo y entra en la eternidad. ¡Buenas noches! Aquel cuerpo y aquel alma se ahorran todo lo doloroso y lo ridículo de que la sociedad rodea al que se muere; el pesar verdadero de los que le aman, la hipócrita comedia del dolor de los que le heredan, los falsos consuelos de los que están deseando que espire pronto, ofendidos de su superioridad ó envidiosos de su gloria; el entierro oficial, si es un personaje ó una celebridad; el olvido inmediato tras de las ceremonias, y la profanacion, en fin, de su tumba por la posteridad, encomendada por Dios de castigar al orgulloso que olvida que le dijo al crearle: _Pulvis es et in pulverem reverteris_.
Yo adoro el mar, y cuando el frio, la soledad, la reflexion y la necesidad de continuar mi trabajo me arrancaban de aquel boquete de murallon roto, por donde yo miraba el de Cádiz en aquellas noches, me volvia á mi hospedaje del Correo, pasando por el callejon en que se alzaba sombría y casi aislada la casa de maese Ménico Maggiorotti. En su esquina del Mediodía veia siempre iluminado por dentro el postigo de una ventana. ¿Quién velaba allí? ¿Hacia allí las prosáicas cuentas de sus sacos de lana ó de cuartos maese Ménico, ó mecian allí á la luz de una lamparilla los sueños de la esperanza, el espíritu virginal de la hermosa nieta del misterioso italiano? Todas las noches volvia á mi alojamiento sin haberlo averiguado, y volvia á trabajar en mi _Cabeza de plata_, bailándome perpétuamente delante de los ojos la rubia de Stella; y el recuerdo de su poética imágen bajaba y subia perpétuamente por la escalera del portalon, empotrada en mi cerebro, miéntras con ella distraido avanzaba lentamente en mi trabajo y esperaba impaciente el dia 30.
El veinte y ocho recibí una carta de Cárlos Latorre, en la cual me decia: «Se levantó el telon sobre el primer acto de _Los dos vireyes_ con entrada llena. Mate llevó con aplomo sus escenas en verso, y el público las escuchó con agrado: oyó sin repugnancia las en prosa, gracias al cuidado que pusieron todos los actores, y concluyó Azcona caracterizando con mucha inteligencia su final, que se aplaudió: no me lo esperaba, y comencé á respirar.»
«Al empezar el acto segundo, el viento habia cambiado y el mar hacia oleaje. Durante el entreacto, un criado incógnito habia repartido al público, y no al buen tun, tun, sinó entre la gente de letras de las lunetas (hoy butacas), quince ó veinte ejemplares de la novela _El virey de Nápoles_, de Pietro Angelo Fiorentino; los cuales tenian una nota con lápiz que decia «los diálogos que Zorrilla ha copiado en su drama van marcados al márgen.» Los posesores de aquellos librillos se los mostraban y pasaban riendo á los curiosos que se los pedian: los palcos, las galerías y el pueblo pedian silencio: los actores no comprendian tal inquietud en las lunetas, pero no se desconcertaron. Concluyeron al fin las nueve escenas en prosa; quedó Mate sólo en escena, y el público respetó su respetable personalidad; é hiriendo sus oidos las octavillas italianas, comenzó á hacer silencio; y Mate le aprovechó para decírselas tan vigorosa é intencionadamente, que al concluirlas arrancó el primer aplauso de la noche. La cancion de Basili hizo un efecto inesperado; y Mate se llevó la sala con la redondilla:
con un cordel á la gola y un crucifijo en la mano, cantar haré á ese villano su postrera barcarola,
y con un segundo aplauso preparó mi salida. Excuso ponderar á V. lo que hicimos ambos en el resto del acto: cumplimos con los deberes de la amistad.»
«En el entreacto segundo nos enteramos de la villanía de _X_, que era quien indudablemente habia enviado al teatro los ejemplares de la novela; yo me apresuré á dar la clave del ataque traidor de que era V. objeto; y la empresa y los actores resolvimos defender el final del drama con todo el empeño de que hombres y mujeres fuéramos capaces; pero _los amigos_ de fuera trabajaban en contra con los librejos; la escena en prosa y los endecasílabos pasaron apenas difícilmente; y ya temia yo una catástrofe para el final, cuando nos salvó lo que temíamos que nos perdiera: el virey encerrado en el balconcillo despues de la escena VI, en la cual logré arrancar un aplauso y hacerme escuchar. Mate estuvo impagable en aquella desairada posicion; rebosando orgullo, rencor y sed de venganza, hizo aborrecible el personaje que representaba, y al volvérsele las tornas, las galerías y la ignominia ahogaron á las lunetas, y dimos el nombre del autor, y hoy damos tranquilamente la cuarta representacion. Duerma V. tranquilo, y permítame V. que le prevenga para el porvenir con aquellas palabras de Fabiani en «_La familia del boticario: Buenos amigos tienes, Benito;_» y cuente V. con este que le querrá siempre.»
No me sentó tan mal como me asombró la incomprensible partida mulata de _X_, porque me revelaba más estupidez que malas entrañas; puesto que, mero traductor de la novela de que me habia hecho _sacar_ el drama, quien tenia derecho en resúmen á aparear su nombre con el mio no era él, sinó Pietro Angelo Fiorentino--á quien yo habia robado por darle gusto.
Tal es la historia de mi miserable rapsodia _Los dos vireyes_, y tal la de su primera representacion; de la cual no he hablado jamás á _X_, ni él ha podido nunca apercibirse de que yo le estimaba en lo que valia: sobre mis hombros no pudo, empero, volver á poner los piés. Así vivimos en estos tiempos y en esta sociedad, en que las medianías se atreven á todo, y á todo tal vez alcanzan, ménos á engañar á la posteridad.
El 30 á las diez trepaba yo, que no subia por la empinada escalera del portalon de maese Ménico; pues no hallándole en él, quise ver si podia forzar el paso al, segun fama, impenetrable _sancta sanctorum_ de su misterioso hogar. Subí rápida y llamé ruidosamente á la puerta en que la insegura escalera finalizaba, y al tiempo que por el ventanillo acechador asomaba una curiosa cabeza de mujer, me franqueaba la entrada el mismo maese Ménico, por la barreada puerta, ante mí abierta de par en par.
El genovés, en chaleco, pantalon y babuchas, me recibió con algo encapotado ceño y melancólica sonrisa; en los cuales mi extraviada preocupacion y mi fantástico espíritu se empeñaban en ver algo misterioso y siniestro: quise yo motivar mi presencia, pero él atajó mis escusas diciendo:
--«Son las diez, y es la hora. ¿Trae V. el recibo?
--Sí, señor.
--Pues los seis mil están contados: y conduciéndome á través de una antesala y un comedor, tan limpia como modestamente amueblados, á una especie de despacho, me mostró sobre la parte alta y plana de su pupitre los trescientos duros en pilas de á veinte y cinco. Mostréle mi recibo firmado y comencé á hacer rollos de á cincuenta, en los ocho pedazos en que corté un periódico que me alargó.
Callaba yo haciendo, no muy diestramente, mis rollos, y callaba él esperando distraido á que yo concluyera de hacerlos; tal vez se reia en su interior de mí por la poca costumbre de manejar dineros que mi poca destreza le revelaba; pero mi indiscrecion de muchacho sin mundo y mi irresistible curiosidad me hicieron al fin prorumpir en la pregunta que hacia diez dias tenia en mis labios:--¿y _Stella_?
Sentí la mirada de Ménico sobre mi faz, y la busqué con la mia, resuelto á todo: entre las blancas pestañas de sus hundidos ojos percibí dos lágrimas, que no dejó rodar por sus curtidas mejillas, enjugándolas ántes con el reverso de su mano.
--¿Stella?--dijo, como si su voz fuera en su respuesta el eco de mi pregunta.--¿Quiere V. verla?
--Si V. me lo permite...
--¿Por qué no? Acabe V. de recoger su dinero; no he podido procurarle á V. oro, porque...
Interrumpióse sin acabar de darme su razon; concluí yo de liar mi sexto rollo, y miéntras ataba los seis en mi pañuelo, completé néciamente mi pensamiento, formulándole en esta menguada frase:
--Stella es una preciosa criatura, cuya vista regocija los ojos, cuya voz arrulla los oidos.
--¡Desventurada!--exclamó el viejo;--«¡é la più sventurata creatura del mondo! ¡Non può essere sposa, ne madre, ne padrona di sé stessa!»--Y abriendo ante mí una puerta, me mostró en un gabinete cariñosamente lleno de cuanto puede necesitar la coquetería mujeril, y en un lecho, que no exhalaba más que virginales emanaciones, ni excitaba más que castas ideas, la pálida Stella, cuya cabeza, doblada sobre las almohadas, tenia los ojos abiertos y fijos en espantosa inmovilidad.
Sin poderme contener, exclamé:--¡Muerta!--Y Ménico, poniéndome bruscamente la mano en la boca, me dijo al oido:--¡silencio: oye, está en catalepsia!--y cogiéndome por el brazo, sacóme del aposento.
Iba yo estupefacto á pronunciar un vulgar _mi scusi_; pero el infortunado maese Ménico me le atajó con otro, que en su boca y en su situacion resultó sublime de abnegacion y sentimiento, y siguió diciéndome:
--Es la última de tres hermanas; un infame, castigado por Dios con esa enfermedad, se casó con mi hija: sus dos mayores han muerto á los 21 años; ella de pesadumbre; él... á manos de la venganza; yo les he enterrado á todos; no me queda más que Stella: si me sobrevive... ¡qué vida tan horrible la espera! Si se me muere... ¡qué soledad!... _¡Misero me!_
Yo habia escrito ya muchas comedias, pero no tenia aún aplomo en el teatro del mundo. Mudo é inmóvil, no sabia ni consolarle ni despedirme. La vieja que se habia asomado al ventanillo, presentándose en la antesala, dirigió á maese Ménico algunas palabras, que no comprendí: éste me abrió la puerta de la escalera, y yo descendí por ella abrazado con mi dinero, y me salí de aquella casa, más ébrio con la emocion y el desencanto que la primera vez con el manzanilla.
Llegué al Hotel del Correo y hallé una carta que me habia traido de Madrid el del dia anterior; mi mujer se habia roto un brazo al salir á oscuras del teatro del Príncipe; Julian Romea habia cuidado de ella en los primeros instantes, la habia conducido á casa con el doctor Codorniú, y me suplicaban ambos que regresara inmediatamente á Madrid.
Hé aquí la historia de mis _Dos vireyes_ y de la primera salida del Quijote de los poetas, á hacer por el mundo real la vida fantástica de los pájaros y de los locos.
¿Qué logró en ella el hombre? Dos pesadumbres, dos desengaños y la vergüenza de una embriaguez; tres espinas en el corazon; pero quedó en la imaginacion del poeta legendario este tan delicioso como triste recuerdo del tiempo viejo: la imágen de Stella.
XVIII.
CUATRO PALABRAS SOBRE MI «DON JUAN TENORIO».
Corria la temporada cómica del 43 al 44: Cárlos Latorre habia trabajado en Barcelona, y Lombía solo sostenido el teatro de la Cruz con su compañía, para la cual habia yo escrito aquel año tres obras dramáticas: _El Molino de Guadalajara_, drama estrambótico y fatalista, en el cual Lombía hizo un tartamudo de mi cosecha: papel erizado de dificultades inútiles, que él superó con una paciencia y un estudio que no sabré yo nunca ponderar ni agradecer, y cuyo tercer acto hicieron él, la Juana Perez, Azcona y Lumbreras de una manera inimitable; que fué lo que hizo el éxito de aquella mi extravagante elucubracion, forjada con tan heterogéneos elementos.
La Juanita, disfrazada de sobrino del molinero, cantando la cancion de Iradier para dormir á Azcona, arrancó aplausos hasta de las bambalinas; pero repito que el éxito de esta obra se debió al esmero con que los actores la representaron, y al gasto con que la empresa la decoró; pagando además las palomas, los versos y las flores que sus amigos, y no el público, me arrojaron la primera noche. Lombía no se descuidaba, y era preciso que las obras que yo para él escribia no tuvieran éxito inferior á las de Latorre.
_La mejor razon la espada_, refundicion ó rapsodia de _Las travesuras de Pantoja_, fué otro de mis triunfos de aquel año; pero no hay para qué alabarme por él, puesto que lo que en aquella obra vale algo es de Moreto, y no mio.
En Febrero del 44 volvió Cárlos Latorre á Madrid, y necesitaba una obra nueva: correspondíame de derecho aprontársela, pero yo no tenia nada pensado y urgia el tiempo: el teatro debia cerrarse en Abril. No recuerdo quién me indicó el pensamiento de una refundicion del _Burlador de Sevilla_, ó si yo mismo, animado por el poco trabajo que me habia costado la de _Las travesuras de Pantoja_, dí en esta idea registrando la coleccion de las comedias de Moreto; el hecho es que, sin más datos ni más estudio que _El burlador de Sevilla_, de aquel ingenioso fraile y su mala refundicion de Solís, que era la que hasta entónces se habia representado bajo el título de _No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague_ ó _El convidado de piedra_, me obligué yo á escribir en veinte dias un _Don Juan_ de mi confeccion. Tan ignorante como atrevido, la emprendí yo con aquel magnífico argumento, sin conocer ni _Le festin de Pierre_, de Molière, ni el precioso libreto del abate Da Ponte, ni nada, en fin, de lo que en Alemania, Francia é Italia habia escrito sobre la inmensa idea del libertinaje sacrílego personificado en un hombre: Don Juan. Sin darme, pues, cuenta del arrojo á que me iba á lanzar ni de la empresa que iba á acometer; sin conocimiento alguno del mundo ni del corazon humano; sin estudios sociales ni literarios para tratar tan vasto como peregrino argumento; fiado sólo en mi intuicion de poeta y en mi facultad de versificar, empecé mi _Don Juan_ en una noche de insomnio, por la escena de los ovillejos del segundo acto entre D. Juan y la criada de doña Ana de Pantoja. Ya por aquí entraba yo en la senda de amaneramiento y mal gusto de que adolece mucha parte de mi obra; porque el ovillejo, ó séptima real, es la más forzada y falsa metrificacion que conozco: pero afortunadamente para mí, el público, incurriendo despues en mi mismo mal gusto y amaneramiento, se ha pagado de esta escena y de estos ovillejos, como yo cuando los hice á oscuras y de memoria en una hora de insomnio. Escribílos á la mañana siguiente para que no se me olvidaran y engarzarlos donde me cupieran; y preparando el cuaderno que iba á contener mi _Don Juan_, puse en su primera hoja la acotacion de la primera escena, poco más ó ménos como habia hecho en _El puñal del godo_, sin saber á punto fijo lo que iba á pasar ni entre quiénes iba á desarrollarse la exposicion. Mi plan en globo, era conservar la mujer burlada de Moreto, y hacer novicia á la hija del Comendador, á quien mi D. Juan debia sacar del convento, para que hubiese escalamiento, profanacion, sacrilegio y todas las demás puntadas de semejante zurcido. Mi primer cuidado fué el más inocente, el más vulgar, el más necesario á un autor novel: el de presentar á mi protagonista, á quien puse enmascarado y escribiendo, en una hostería y en una noche de Carnaval; es decir, en el lugar y el tiempo que creia peores un colegial que todavía no habia visto el mundo más que por un agujero; y para calificar á mi personaje, lo más pronto posible, como temiendo que se me escapara, se me ocurrió aquella hoy famosa redondilla:
«¡Cuál gritan esos malditos! pero mal rayo me parta si en acabando mi carta no pagan caros sus gritos.»
La verdad sea dicha en paz y en gracia de Dios; pero al escribir esta cuarteta, más era yo quien la decia que mi personaje D. Juan; porque yo todavía no sabia qué hacer con él, ni lo qué ni á quién escribia: así que comencé á hacer hablar á los otros dos personajes que habia colocado en escena, sólo porque lógicamente lo requeria la situacion: el dueño de la hostería, y el criado del que en ella habia yo metido á escribir.
La prueba más palpable de que hablaba yo en ella y no D. Juan, es que los personajes que en escena esperaban, más á mí que á él, eran Ciutti, el criado italiano que Jústiz, Allo y yo habíamos tenido en el café del Turco de Sevilla, y Girólamo Buttarelli, el hostelero que me habia hospedado el año 42 en la calle del Cármen, cuya casa iban á derribar, y cuya visita habia yo recibido el dia anterior. Ciutti era un pillete, muy listo, que todo se lo encontraba hecho, á quien nunca se encontraba en su sitio al primer llamamiento, y á quien otro camarero iba inmediatamente á buscar fuera del café á una de dos casas de la vecindad, en una de las cuales se vendia vino más ó ménos adulterado, y en otra carne más ó ménos fresca. Ciutti, á quien hizo célebre mi drama, logró fortuna, segun me han dicho, y se volvió á Italia.
Buttarelli era el más honrado hostelero de la villa del Oso: su padre Benedetto vino á España en los últimos años del reinado de Cárlos III, y se estableció en aquella hoy derribada casa de la calle del Cármen, cuya hostería llevaba el nombre de la Vírgen de esta advocacion, y en donde yo conocí ya viejo á su hijo Girólamo, el hostelero de mi _Don Juan_. Era célebre por unas chuletas esparrilladas, las más grandes, jugosas y baratas que en Madrid se han comido, y tenia vanidad Buttarelli en la inconcebible prontitud con que las servia. Tenian las tales chuletas no pocos aficionados; y con ellas y con unos _tortellini_ napolitanos se sostenia el establecimiento. Viví yo seis meses alojado en el piso segundo de su hostería, tratado á cuerpo de rey por un duro diario, y allí tuve por comensales á Nicomedes Pastor Diaz y á su hermano Felipe, á García Gutierrez, á Eugenio Moreno Lopez y á otros muchos á quienes gustaban los _tortellini_ y las chuletas de Buttarelli. Este buen viejo, desanidado de su vieja casa, murió tan pobre como honrado y desconocido, y de él no queda más que el recuerdo que yo me complazco en consagrarle en estos mios de aquel tiempo viejo.
Por lo dicho se comprende fácilmente que no podia salir buena una obra tan mal pensada; pero no quiero decir aquí lo que de ella pienso, porque tengo determinado decirlo en un libro que se titula _Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor_, publicado á fines de un mes de Octubre, para que el público tenga presente mi opinion al asistir en Noviembre á sus obligadas representaciones; en nuestro país nadie se acuerda en el mes de Octubre de lo dicho en el mes de Mayo.
Haré sin embargo brevísimas observaciones sobre mis más pasaderos descuidos, para probar tan sólo la ligereza imprevisora y la falta de reflexion con que mi obra está escrita.
Pero ántes de todo voy á responder á algunas objeciones á que da lugar la severidad de mis juicios. No hablo con la crítica racional, sinó con la malevolencia, la envidia y la necedad, que no dejarán de decir:
1.º Que insulto al público criticando y dando por mediana una obra que aplaude hace treinta y seis años.--No.
2.º Que soy ingrato y mal español, despreciando la reputacion fabulosa que por mi _Don Juan_ me ha acordado.--Tampoco.
3.º Que de lo que con mi crítica trato, es de perjudicar á mis editores y á las empresas, porque no me dan parte de los productos de mis obras.--Mucho ménos.