Recuerdos Del Tiempo Viejo · Unidad 13 de 23
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La casa del signor Ménico Maggiorotti tenia su parte habitable en el piso principal, que, sostenido sobre dos postes, gravitaba entero sobre ellos y las paredes maestras de un gran portalon, todo lleno en derredor de bien apilados sacos de lana, en la cual comerciaba su propietario. Enclavada en la pared de la izquierda, pendiente, estrecha y de un solo tramo, una escalera de madera con su pasamano remataba en una puerta de maciza encina, único paso al piso superior; y en vez de postigo en ella abierto, se abria en la pared derecha un ventanillo, que dominaba el portalon, y desde cuyo ventanillo, un hombre armado de una escopeta de dos tiros ó de un par de pistolas, podia defender la subida y la entrada de una docena de asaltantes, que caerian infaliblemente uno tras otro ántes de que ninguno lograse forzar la puerta. Mil suposiciones, á cual más absurdas, forjó mi imaginacion de poeta y mi juvenil inesperiencia sobre las riquezas, la avaricia y el misterio de la vida del signor Ménico á la vista de aquellos sacos de lana, que representaban un buen par de sacos de duros, y de aquella colocacion de postigo y escalera, que delataban muy calculadas precauciones.
Y todos estos supuestos me los hice yo como autor acostumbrado á preparar la escena de mis dramas, y como maniático tirador que no veia por donde quiera más que escenarios ó tiros de pistola; miéntras el corpulento signor Ménico venia á presentarme su mano de Titán, abandonando un saco de lana sobre el cual dormitaba ó echaba cuentas á mi llegada. Saludámonos, y atajando tiempo y cumplidos, el viejo italiano, con su vigoroso acento, pero en un tono cariñoso y dulcísimo, aunque imperativo, pronunció, llamándola, el más bello nombre de mujer que habia yo oido nunca.
--_¡Stella!_--dijo, y á su voz asomó al ventanillo una cabeza rubia, que respondió con una voz de indefinible dulzura: «Eccomi, nonno.»--«Troverai un sacco con un pò di danaro sulla tavola: portalo colla vesta:»--repuso Maggiorotti, y, unos momentos despues abrióse la puerta y descendió, con el saco y la chaqueta por él pedidos, la más deliciosa y poética criatura. Era una muchacha diez y ochena, blanca como una perla, rubia como un querubin y ligera como una corza. Traia el cabello recogido en dos trenzas sobre los hombros, con dos ligeros rizos flotantes sobre las sienes, un corpiño de terciopelo negro abrochado hasta el cuello con botones de plata, y un delantal blanco encima de una falda gris; por bajo cuyos ribetes se la veia bajar sobre dos piececitos inconcebibles, metidos dentro de dos escarpines de charol con hebillitas de plata. _Stella_ la habia llamado su abuelo, y á mí me pareció, en efecto, la estrella de la mañana.
Notó el viejo la impresion que en mí hacia la presencia de aquella criatura, y diciéndola: «son qui alla bottega col signore,» la despidió. Saludónos ella, y, al desaparecer en lo alto de la escalera, me sacó maese Ménico de su portalon, diciéndome: «es mi nieta;» seguíle yo, sospechando si podia ser un ángel á quien aquel viejo demonio debia de haber arrancado las alas, y nos metimos uno tras otro en el patio de la tienda de los montañeses.
Va á ser más fácil de comprender para mis lectores que para mí de relatar, la escena de mis cuentas con el signor Ménico Maggiorotti; porque la forma y consecuencias de tal escena son tan comunes y vulgares, como extraño y fantástico su fondo. El hecho en resúmen, por más empacho que confesarlo me cueste, fué que el signor Ménico, bebedor consuetudinario, enterró en el fondo de un jarro de manzanilla la razon de un muchacho, para quien era exceso lo que para aquel costumbre; la manera visible con que se efectuó este entierro, fué la de ingerir una á una en el estómago las aceitunas de un plato, y otra á otra las cañas en que Ménico vaciaba el contenido del jarro; cuya vulgar operacion vieron sin curiosidad ni extrañeza los propietarios del local que detrás del mostrador estaban; pero su fondo, es decir, la intencion del signor Ménico y el pensamiento mio, es lo de todos áun ignorado, y lo que voy en breves palabras á revelar; si acierto con las frases á propósito para escribir tan vulgar como fantástica situacion. Comenzó el corpulento administrador por enterarme, entre las dos primeras aceitunas y las dos primeras y aún inofensivas cañas, de las partidas de cargo y data de su cuenta, y de la que á favor de mi poderdante resultaba; vació en seguida el saquillo que le habia entregado su nieta, y apiló con la destreza y rapidez del más ducho banquero de cabecera, primero las monedas de oro, despues los pesos, y en fin, las pesetas, que componian la suma que me correspondia: cuatro mil reales en onzas y cuatro mil en plata; hizo rollos primero del oro, despues de los duros y de las pesetas; hízome guardar los primeros en los bolsillos del pecho de mi levita y en los del chaleco; metióme los de las pesetas en los del pantalon, y haciendo un lio de los de los duros en mi pañuelo, lo colocó dentro de la comba que mi brazo izquierdo trazaba sobre la mesa, é introduciéndome la cuenta en el bolsillo del relój y guardando él mi recibo en su cartera y ésta en el inmenso bolsillo de su chaqueton de pana, dijo: «ahora emprendámosla con el manzanilla.»
Pero todo esto que él hizo y que yo le dejé hacer, lo hizo él con la calma, el aplomo y la prevision de quien sabia lo que iba á suceder, no queriendo que sucediera nada que fuera en perjuicio de su honradez de buen administrador y de pagador exacto.
Bebíamos y hablábamos del estado de la huerta, de lo que yo hacia en Madrid, y de lo que pensaba hacer en adelante; de lo que él habia hecho en Génova y en algunas otras partes del mundo por tierra y mar. De mi manera de vivir debió comprender él muy poco, por ser para él los versos despreciable capital y mezquino género de comercio; y de lo que él habia hecho no comprendia yo tampoco mucho; porque además de que me lo contaba por terceras partes, en dialecto genovés, en italiano y en español, formulaba su narracion con tales circunloquios y digresiones, que tan pronto llevaba mi atencion por el mar, en un buque que iba y volvia á no recuerdo qué puntos de América; como por entre los fardos, las cuentas y las disputas de una casa de tráfico en un puerto del Mediterráneo; ya me hablaba de los granaderos de Nápoles y de una campaña de Italia, ya de un barco pirata y de encuentros con los contrabandistas de la montaña; ya de una casa tranquila y pintoresca de la campiña de Livorno, cuyo interior tenian hecho un cielo una hija y tres nietas como pintadas por Rafael: ya de una especie de génio siniestro de su familia que habia enterrado vivas á todas aquellas mujeres... y yo le escuchaba mirándole, á través del manzanilla sin duda, ya soldado, ya pirata, contrabandista, comerciante, padre, marido y abuelo de aquellos séres, que, tan hermosos como desventurados, pasaban todos por delante de mí, y saludándome bajo la forma de aquella _Stella_, que acababa de aparecer y desaparecérseme en el portalon de la extraña casa de maese Ménico Maggiorotti.
Esta era mi idea fija, y la única clara que en el turbio cristal de mi mente se dibujaba; en cuanto el más mínimo intervalo de aspiracion ó reposo del viejo Ménico me lo permitia, intercalaba yo mi eterna pregunta--«_¿y Stella?_»--á la cual oponia él tenazmente su eterna respuesta--«mi nieta: mi última nieta»--y continuaba bebiendo y hablando, y yo contemplando su enorme boca, ya jurando en genovés, ya dilatándose en homéricas carcajadas; y sentíame fascinado por aquellos dos ojos que brillaban inquietos y chispeantes bajo el toldo blanco de sus nunca recortadas cejas. A veces enjugaba una lágrima con un pañuelo de algodon, que sacaba y metia rápida y facilísimamente de un bolsillo, en el cual cabria con comodidad una pieza entera de doce pañuelos; y á veces dando un formidable puñetazo sobre la desvencijada mesa, hacia saltar en ella el jarro, las cañas y mis rollos de duros envueltos y anudados en mi pañuelo de batista, sobre el cual ponia él su mano como único objeto de que habia que cuidar, diciendo «mi scusi... ma...» y miraba al cielo cerrando el puño. Yo, asegurando tambien por instinto mi dinero, aprovechaba aquel respiro para dirigirle mi eterna pregunta--«_¿y Stella?_»--y él exclamó al fin levantándose y apabullándose de través su sombrero hasta las orejas:--«¡Dio santo! ¡Stella... Stella!--¡Sventurata! ¡Condamnata á morte comme tutte le altre!»
Habia yo llegado á aquel período en que el mundo baila y gira en torno del mal bebedor, y al levantarse el signor Ménico, quise tambien ponerme derecho; pero al levantarme comprendí que mis piés no podian cómodamente con mi cabeza. Dióme el brazo maese Ménico; metióme el pañuelo de duros en el bolsillo izquierdo de atrás de mi levita; y arrollando este bolsillo en el faldon correspondiente, me lo colocó bajo el brazo izquierdo, y diciéndome en su galimatías:--«Niente, niente: en diez minutos se pasa todo: tenga firme el brazo, ed avanti sempre: questo vino non é che fummo.»
Me sacó á la calle, me acompañó no sé hasta dónde; y yo, sintiendo reirse y danzar al rededor mio la gente, la muralla, los árboles, las fuentes y las casas, llegué á la mia, y dí conmigo y con mi dinero en brazos de Jústiz, que casi lloraba, y de Allo que reia como si él fuera el borracho. Yo, con una lengua que me pesaba seis arrobas, acerté á decir--«ahí traigo ocho mil reales... acuéstenme... y déjenme dormir»--me dejé desnudar, y ni ví cuándo me dejaban solo, ni sentí cómo me cerraban puertas y ventanas; y en la lobreguez de aquel vergonzoso y forzado sueño de mi primera embriaguez, no surgió luminosa, ni siquiera por un instante, la pura y poética imágen de aquella Stella fotografiada en mis pupilas y en mi cerebro, desde que apareció en el último peldaño de la empinada escalera del portalon de maese Ménico.--¡Tánto rebaja y embrutece tan innoble vicio al hombre inspirado por la más espiritual y fantástica poesía!
No recuerdo si desperté ó me despertaron: pero anochecia cuando abrí los ojos, y me hallé entre el melancólico Jústiz y el siempre alegre Allo: interrogábanme ellos y respondíales yo: pero, ni me atrevia, ni podia explicarles lo que todavía no se acusaba bien definido en mi confusa memoria; excepto la de Stella, que, como la de los Magos, fué lo primero que brotó claro del caos espirituoso que aún envolvia mis enmarañados recuerdos.
Allo, hombre de sentido práctico, concluyó por declarar que lo que sacaba en limpio de mi inconexo relato era, que el viejo italiano, fiel á las costumbres del país, habia hecho beber más de lo que podia al que no la tenia de beber en ayunas; pero que no habia motivo alguno de queja, ni acusacion en él de torcido intento, puesto que los ocho mil reales estaban completos y su cuenta exacta y sin tacha. Que aceitunas y manzanilla era una nutricion andaluza insuficiente, aunque excesiva para un castellano viejo; y que lo más acertado y perentorio era sentarnos á la mesa, y que yo echara un buen lastre en mi estómago, deslabazado por un vino chacharero y poco arropado, como la gente ligera de ropa de la caliente Andalucía.
Sentámonos, pues, á la ya preparada mesa, que alegró Allo con su conversacion un poco verde, que escuchó Jústiz con su atildada compostura, y las _dos hijas de la casa_, sin darse por entendidas de lo hablado, en atencion á una noble botella de Sillery que destaponó y las sirvió Allo en són de próxima despedida; pues segun anunció, debíamos embarcarnos para Málaga á la siguiente noche.
Y no sé por qué á tal anuncio se me oprimió el corazon.
Comí poco, bebieron Allo y las muchachas, y á instancias del impaciente Jústiz, que no queria perder la salida de Salvatori en _Los Puritanos_, ocupamos nuestras lunetas (hoy butacas) en el teatro. Una de las mayores desventuras con que castiga Dios á un hombre es la de crearle poeta; es peor que si le creara bizco: todo lo ve de través, y en cambio de los imaginarios goces con que embelesa su espíritu, le estravía en el mundo real y le condena á vivir fuera de su época y extraño generalmente á sus contemporáneos. _Los Puritanos_ son para mí la más deliciosa partitura de la escuela italiana; no tienen una nota de desperdicio, y yo he sabido de memoria música y letra, á pesar de que el libreto del conde Peppoli es indigno de aquella sentida inspiracion de Vincenzo Bellini. Pues bien; yo escuché aquella noche _Los Puritanos_ como quien oye llover: no me dí cuenta de nada de lo que en escena pasaba; y desde que el primer coro cantó:
La luna, il sol, _le stelle_ le tenebre, il folgor dan laude al Creator in lor' favelle,
yo no pensé ni me fijé en más que en el recuerdo de la pálida nieta de Ménico Maggiorotti, como si fuera la tiple que por la escena se movia: al llamarla el bajo _l'angelica sua Elvira_ creí que se equivocaba, y al oir al tenor juzgarla _tremante ed spirante_, los ojos se me arrasaron en lágrimas. ¡Qué desventura la de nacer poeta! ¿Qué tenia yo con la nieta de maese Ménico? ¿Sentia por ella desgraciadamente una de esas pasiones que nacen, crecen, se desarrollan y hacen feliz ó infeliz á un hombre en cinco minutos? Nada ménos que eso: era una impresion poética, un misterioso castillo en el aire, forjado sobre la vulgarísima historia de un tratante en lanas italiano que tenia una nieta que se llamaba Stella; era que acababa yo de compaginar el asunto italiano de mis _Dos vireyes_, cuyo éxito me tenia inquieto, y aquella inquietud, unida al recuerdo de lo que en aquel drama pasa á la enamorada Anunciata, me hacia esperar de Stella una heroina de un cuento, fin de la historia de la representacion de mi drama; era, en fin, la curiosidad, el sueño, el delirio de un poeta, que no ha visto nunca la vida tal como es, ni las personas vivas sinó como personajes: era una muchacha rubia, vista á través de una copa de manzanilla, vino chacharero y poco arropado, como decia Lorenzo Allo.
Antes de acostarnos, acordaron éste y Jústiz nuestra partida para Málaga: declaréles yo mi resolucion de quedarme: tenia que cobrar el 30 los 6,000 reales de mi crédito con maese Ménico. Allo se echó á reir: Jústiz me miró tristemente. Allo me dijo: el italiano es hombre formal; lo mismo te pagará el 30 que el 10, que estaremos de vuelta.
--No, repuse; quiero concluir mi _Cabeza de plata_.
--Otra cabeza rubia es la que ha barajado el seso de la tuya.
--Idos: me quedo.
--Pues nos iremos: quédate; pero volveremos por tí, y _velis nolis_, aunque haya que romper alguna cabeza, tú volverás á Madrid conmigo--dijo Allo--y nos acostamos.
Allo y Jústiz partieron á Málaga á la noche siguiente: en la mañana del otro dia cambié yo de alojamiento: me ofendia la sonrisa perpétua de aquellas dos muchachas morenas y alegres que me habian visto volver de través, abrazado con el pañuelo de duros de Ménico: me disgustaban los ojos negros, los rizos negros y las formas redondas de aquellas dos andaluzas: yo soñaba rubio, veia rubio, adoraba lo blanco, lo esbelto y lo ligero; lo robusto, lo redondo, me parecia materia bruta: lo blanco, flexible y delicado, espíritu y corazon; lo andaluz, carne y prosa; lo italiano arte y poesía.
Me instalé en el hotel del Correo, donde no habia más huésped que un inglés, y cuyo camarero era italiano. Púseme á concluir mi _Cabeza de plata_, para podérsela leer completa á la duquesa de Rivas, que habia quedado curiosa da saber su conclusion, que ignoraba yo todavía á mi paso por Sevilla.
Pedí al camarero noticias de Maggiorotti una noche.
--E un ogro, me respondió; non riceve nessun italiano in casa sua.
--¿Conocette Stella?--le pregunté.
--¡Chi! ¿Stella? ¿Una vecchia brutta?
--¡Va via, grand' imbecile!--le dije despidiéndole furioso.--¡Una vecchia brutta Stella!... il Sole.
Marchóse el pobre hombre sin comprenderme... y quedéme yo tan asombrado como él de lo dicho.
¿Quién era Stella? ¿Qué tenia para mí? Que Dios me habia hecho nacer poeta y que habia dicho de ella maese Ménico: ¡Sventurata! ¡condamnata á morte comme tutte!
Y todos nacemos condenados á muerte; sinó que los poetas vivimos como sonámbulos, y corriendo siempre tras de fantasmas.
El inglés, único huésped del Hotel del Correo cuando yo tomé en él aposento, era el compañero más á propósito para mí en aquella ocasion. Taciturno gastrónomo, recorria todos los países del mundo para estudiar la cocina nacional de cada uno. Comia, callaba, digeria y dormia: escribia yo, pues, sin ruido, visitas ni estorbos, y descansaba sólo algunas horas de la noche. La luna en creciente tendia sobre la antigua Gades el rico manto de su luz de plata, y vagaba yo por sus limpias calles y sus ya arboladas plazas, á la luz melancólica del astro poético de la noche, como lo que he sido siempre, como una sombra de otro mundo y un habitante de otra region perdido sobre la tierra.
Vagabundo nocturno de profesion, conozco todos los ruidos, las sombras y las luces nocturnas: sé cuántas formas toma la sombra de los árboles y de las casas, segun la luna las traza, las prolonga ó las recoge, desde que sale hasta que se pone. Sé los infinitos ángulos y triángulos que trazan los hierros de los faroles, los brazos de las cruces y las siluetas de las chimeneas; conozco todos los cuadros de luz que estampan sobre el oscuro y húmedo empedrado los balcones alumbrados de las casas en que se vela ó se baila, de las puertas que se abren para despedir á los contertulios á la luz de bujía, farol ó linterna; todos los huecos de sombra de los postigos abiertos y cerrados con precaucion y á oscuras para recibir ó despedir á los amantes; todos los rumores de las pisadas que se acercan ó se alejan con resolucion ó con miedo, de las del adúltero escurridizo ante la hora de la vuelta del marido; del jugador ganancioso y del hijo de familia retrasado; del ratero y de la buscona, del centinela y del médico; mis leyendas están llenas de esas noches, y yo tengo ciertas pretensiones de ser un poeta nocturno, rico de nocturna y pormenorizada observacion; todas mis comedias y dramas comienzan de noche y de noche se han concluido; y en aquellas de Cádiz concluian mis nocturnos paseos en una plazuela sobre la muralla derruida, por encima de cuyas desencajadas piedras metia el mar los hirvientes y desgarrados pedazos de encaje de la espuma de sus encrespadas olas; á través de cuyo rumor temeroso y del salino vapor en que el aire convertia la ola que en los peñascos se estrellaba, adoraba yo á Dios y aspiraba la poesía que ha extendido sobre los mares para el poeta creyente.