Recuerdos Del Tiempo Viejo · Unidad 3 de 23
Inicio — parte 3
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
En aquel colegio comencé yo á tomar la mala costumbre de descuidar lo principal por cuidarme de lo accesorio: y negligente en los estudios sérios de la filosofía y las ciencias exactas, me apliqué al dibujo, á la esgrima y á las bellas letras, leyendo á escondidas á Walter Scott, á Fenimore Cooper y á Chateaubriand, y cometiendo en fin á los doce años mi primer delito de escribir versos. Celebráronmelos los jesuitas y fomentaron mi inclinacion; díme yo á recitarlos, imitando á los actores á quienes veia en el teatro, cuando alguna vez iba al del Príncipe, que presidian entónces los alcaldes de casa y corte, cuya toga vestia mi padre; híceme célebre en los exámenes y actos públicos del Seminario, y llegué á ser galan en el teatro en que se celebraban estos, y se ejecutaban unas comedias del teatro antiguo, refundidas por los jesuitas; en las cuales, atendiendo á la moral, los amantes se transformaban en hermanos, y con cuyo sistema resultaba un galimatías de moralidad que hacia sonreir al malicioso Fernando VII y fruncir el entrecejo á su hermano el infante D. Cárlos, que asistian alguna vez á nuestras funciones de Navidad. Don Cárlos enviaba á sus hijos á nuestras aulas y á cumplir con la iglesia en nuestra capilla; á la cual habia enviado Su Santidad Gregorio XVI su bendicion y los cuerpos de cera de dos santos jóvenes mártires, degollados en Roma en tiempos de no recuerdo qué mónstruo imperial, cuyas figuras degolladas me daban á mí tal miedo, que no pasé jamás de noche por delante de la capilla en cuyos altares laterales yacian.
Salió mi padre desterrado de Madrid y Sitios Reales el 1832, y yo del Seminario el 33. Murió á poco el Rey Don Fernando VII. Sopló la revolucion; encendióse la guerra civil, envióme mi padre desde su destierro de Lerma á estudiar leyes á la Universidad de Toledo, donde siguiendo mi mismo sistema del Seminario, en vez de asistir asíduamente á la Universidad, me dí á dibujar los peñascos de la Vírgen del Valle, el castillo de San Servando y los puentes del Tajo; y vagando dia y noche como encantado por aquellas calles moriscas, aquellas sinagogas y aquellas mezquitas convertidas en templos, en vez de llenarme la cabeza de definiciones de Heinecio y de Vinnio, incrusté en mi imaginacion los góticos rosetones y las preciosas cresterías de la Catedral y de San Juan de los Reyes, entre las leyendas de la torre de D. Rodrigo, de los palacios de Galiana y del Cristo de la Vega, á quien debo hoy mi reputacion de poeta legendario.
Mi tio, el prebendado á cuya casa me habia enviado mi padre, que habia creido recibir en ella á un pajecillo que le ayudara á misa y le acompañara al coro llevándole el paraguas y el breviario, se escandalizó de que yo leyera á Víctor Hugo; á quien él confundia, sin que lograra yo sacárselo de la cabeza, con Hugo de San Víctor, expositor de Sagrada teología, de quien él suponia que los franceses habrian encontrado algunos versos inéditos; tomó muy á mal mi amistad con algunos estudiantes de la alta sociedad de Madrid, que como Pedro Madrazo eran condiscípulos mios de colegio, y concluyó por escribir á mi padre que yo no era más que un botarate, que más _iba para pinta-monas_ que para abogado, segun los papelotes que llenaba de piedras, de torres y de inscripciones ya en posesion de los buhos y cubiertas de telarañas.
No pluguieron mucho á mi padre los informes del prebendado toledano; y al año siguiente me envió á continuar mis estudios á Valladolid, bajo la inspeccion de un procurador de aquella Chancillería, y la proteccion del Rector de la Universidad, el ilustrado D. Manuel Tarancon, Obispo despues de Córdoba y muerto Arzobispo de Sevilla. Hícelo yo allí mucho peor que en Toledo; y evocando mis recuerdos de niño en la ciudad donde habia nacido, y encontrándome otra vez á Pedro Madrazo en aquella Universidad, continué dándome á estudiar piedras, ruinas y tradiciones, ayudado por los periódicos y publicaciones literarias que recibia de Madrid Pedro Madrazo; cuya casa era entónces emporio del arte, donde brillaban ya los cuadros de su hermano Federico, y donde Ochoa tenia la redaccion de _El Artista_, el primer periódico literario é ilustrado de España.
Atraquéme, pues, de Casimire de la Vigne, de Víctor Hugo, de Espronceda y de Alejandro Dumas, de Chateaubriand y de Juan de Mena, y del Romancero y de Jorge Manrique, y no pude digerir cuatro páginas del Heinecio, ni de las Pandectas: en vista de lo cual, el procurador á quien por él estaba encargado, escribió á mi padre punto más de lo escrito por el prebendado: esto es, que yo no era más que un holgazan vagabundo, que me andaba por los cementerios á media noche como un vampiro, que me dejaba crecer el pelo como un cosaco, y que era, en fin, amigo de los hijos de los que no lo habian sido nunca de mi padre, como Miguel de los Santos Alvarez. Parece que su padre y el mio, ambos abogados relatores en otro tiempo de la Chancillería, realista mi padre y liberal el de Alvarez, no se habian mirado nunca de buen ojo. Los hijos, inconscientes y ajenos de las divisiones de los padres, nos amamos de mozos, y aún somos amigos en la vejez: cuestion de los tiempos y de los caractéres.
Enojóse mi padre, y con razon, con las noticias del bilioso procurador; gané yo curso por favor del Sr. Tarancon, y díjome mi padre, al enviarme por tercera vez á la Universidad de Valladolid: «tú tienes traza de ser un tonto toda tu vida, y si no te gradúas este año de bachiller á cláustro pleno, te pongo unas polainas y te envio á cavar tus viñas de Torquemada.» Era mi padre muy hombre para hacer tal con su hijo; pero ya era yo hombre perdido para los estudios sérios: odiaba á Justiniano y se me daba una higa de todos los doctores _in utroque_ de todas las Universidades de España: adoraba en sueños á García Gutierrez, á Hartzenbusch y á Espronceda; y ver una obra mia impresa, y apretar la mano de amigo á estos ilustres poetas, me parecia destino de más prez que el de llegar á ser un Floridablanca; _el demonio_ de la poesía estaba ya posesionado de todo mi sér; y con disgusto de Tarancon y estupefaccion del procurador, anuncié redondamente que así me graduaria yo á cláustro pleno aquel año, como que volaran bueyes. Metiéronme, pues, en una galera, que iba para Lerma, á cargo del mayoral: pensé yo en el camino que mi vida en mi casa no iba á serme muy agradable; y sin pensar ¡insensato! en la amargura y desesperacion en que iba á sumir á mi desterrada familia, en un descuido del conductor, eché á lomos de una yegua, que no era mia y que por aquellos campos pastaba, y me volví á Valladolid por el valle de Esgueba, que era otro camino del que la galera habia traido.
Sirvióme mucho la equitacion que en el colegio me enseñaron, porque la yegua era reacia y antojadiza; mas no me convenia en modo alguno dejarla volverse á la querencia de su establo, y entré sobre ella en Valladolid al anochecer, donde la vendí: y acomodándome en otra galera que para Madrid al amanecer salia, me desembanasté á los tres dias en la calle de Alcalá, y me perdí á la ventura por las de esta coronada villa, huyendo de mis santos deberes y en pos de mis locas esperanzas, ahogando la voz de mi conciencia, y escuchando y siguiendo la de mi desatinada locura.
Mi familia, no creyéndome capaz de la resolucion de abandonar para siempre mi casa paterna, me buscó por las de mis parientes de las provincias de Búrgos y de Palencia, donde suponia que me habria guarecido; y habiendo yo hecho mi fuga dándome por hijo de un artista italiano, gracias á mis principios de dibujo y á la lengua italiana que me era familiar, tardó mucho en dar con mi rastro. Presentéme yo á mis amigos y condiscípulos de Madrid; pero pronto tuve que esquivarme de los duques de Villahermosa y de los Madrazo, que recibieron cartas de mi padre, y que en vista de mi tenaz resistencia á volver á mi hogar, no creyeron prudente insistir con quien tan obstinadamente rechazaba sus amistosas amonestaciones.
Entónces.... ¡ay de mí! busqué y contraje otras amistades; unas de las que no quiero volver á acordarme, otras de las que jamás me olvidaré; como la de Manuel Assas, con quien gané algunos pocos reales enviando mis dibujos de la torre de Fuensaldaña y otros, con artículos arqueológicos escritos por Assas en francés, al _Museo de las familias_ de París, y la de Jacinto Salas y Quiroga: poeta ya casi olvidado, que contó con mi pluma en donde quiera que llegó á meter los puntos de la suya. Entónces prediqué en las mesas del café Nuevo una política de locos, que hizo reir sin hacer afortunadamente prosélitos; y entónces escribí en un periódico que solo duró dos meses, al cabo de los cuales dió la policía tras de sus redactores, con el objeto de encargarles de hacer un viaje á Filipinas por cuenta del ministerio de la Gobernacion. Ví yo la justicia, por el balcon, entrar por la puerta principal que bajo él estaba; y montando en la baranda de otro que se abria sobre un patio de una vecina casa, por la parte posterior de la de la redaccion, caí diestra y silenciosamente á cuatro piés sobre sus enyerbadas losas; emboqué un callejon oscuro que ante mí se abria, y justificando mi apellido, me escurrí por él hasta la calle opuesta de la manzana; enfilé tranquilamente la de Peregrinos, subí la de Postas, mirando atentamente las tiendas como si tuviera letras que cobrar en alguna de ellas; y de recodo en recodo, y de callejon en pasadizo, dí conmigo en la de la Esgrima, y en ella de manos á boca con un gitano á quien habia salvado de ser fusilado dos años hacia en la tierra de Aranda. Víle y conocióme; preguntóme y respondíle; comprendióme á media palabra, y llevándome á un cuarto del núm. 30 y... tantos, trenzóme la melena, coloróme el semblante, y endosándome unas calzoneras y una chaqueta de pana, con un sombrero con más falda que una dolorosa de procesion, y una faja más ancha que la del Zodíaco, me sacó entre los de su cuadrilla por la puerta y puente de Toledo; sirviéndome de infalible seña gitanesca mi trenzada melena, que, riza y suelta, servia de seña personal á los que me buscaban, de parte de mi familia, para volverme á mi casa, y de órden del gobernador de las tres ppp, D. Pio Pita Pizarro, á los que pretendian enviarme á saber lo que en Filipinas ocurria. Pasó una revolucion á los pocos dias con la desastrosa muerte del general Quesada en Hortaleza; pasó... lo que pasa en las revoluciones, un juicio final en cuarenta y ocho horas; y al cabo de diez dias torné yo á pasar destrenzado y desteñido por la Puerta de Toledo, y volví á vivir á salto de mata, y á dormir en casa de un cestero, que de portero habíamos tenido en la redaccion de marras... y así me cogió en Madrid el dia 12 de febrero de 1837, anterior con tres al del entierro de Larra, cuyos pormenores quedarán para una siguiente carta, á la cual sirve de preliminar esta de su afectísimo y agradecido amigo.
IV.
Comienzo á apercibirme, mi buen amigo Sr. Velarde, de que es más difícil de lo que creí la tarea que me he impuesto ahora, y de que hemos andado poco acertados en dar publicidad á estas mis cartas. Agloméranse en mi memoria, segun las voy escribiendo, tántos pormenores, imposibles de suprimir si he de hacerme comprender; pasábanme tántas y táles cosas, y pasaba yo por tales y tan estrechos pasos y pasadizos en los dias de la muerte y del entierro de Larra, que me temo que ni la benevolencia del director y de la redaccion de _El Imparcial_ para conmigo, ni la paciencia de sus lectores quieran pasarme el importuno relato de tan íntimos y personales recuerdos. Mas como quiera que ya es tarde para volverme atrás, voy á pasar á la carrera por sobre todos estos tan resbaladizos pasos; é imponiéndome esta tarea como una penitencia pública, seré claro y sincero en mi narracion, para que mi claridad y sinceridad prueben á lo ménos lealtad y modestia: probando que en la altura á que me ha elevado el favor público, no he perdido nunca de vista ni la nada en que yo nací, ni el polvo de que aquel me levantó.
Sigo, pues, adelante con mis recuerdos.
Habíase venido á Madrid, siguiendo mi mal ejemplo, mi grande amigo Miguel de los Santos Alvarez, en cuya casa pasé la noche que en Valladolid me detuve en mi fuga de la mia paterna, y único confidente de los secretos de mi corazon. Llevaba yo en éste dos afanes y dos esperanzas, que en un solo afan y en una esperanza sola se confundian: mi primer amor á una mujer, y la esperanza de conseguirla, y el amor á mi padre y la esperanza de sepultar su enojo bajo una montaña de laureles. Soñaba yo con una fama y una gloria táles, que obligaran á aquella mujer y á mi padre á tenderme sus brazos á un tiempo, asombrados y deslumbrados por el resplandor de mi nombradía. ¿Quién no delira á los diez y nueve años?
Alvarez estaba en Madrid con consentimiento de su familia hacia muy pocos dias, y yo pasaba las noches en la bohardilla de mi pobre cestero, las mañanas en el hospedaje de Alvarez, el centro de los dias en la Biblioteca Nacional, y las tardes y primeras horas de la noche vagando con Alvarez por las calles de la corte, como golondrinas nuevas que buscan por vez primera sitio en que colgar su nido en una tierra desconocida.
Y aconteció que entre las personas con quienes un dia tropezamos en la Biblioteca, acertó á ser una la de un italiano al servicio del infante D. Sebastian, llamado Joaquin Massard, quien con un su hermano Federico andaba bien admitido por las tertulias y reuniones, que con su canto y alegre carácter amenizaban: el Joaquin y el Federico poseian dos deliciosas voces, de tenor el uno y de barítono el otro. Abordónos Joaquin Massard, que por Pedro Madrazo nos conocia, y nos dió de repente la noticia de que Larra se habia suicidado al anochecer del dia anterior. Dejónos estupefactos semejante noticia, y asombróle á él que ignorásemos lo que todo Madrid sabia, é invitónos á ir con él á ver el cadáver de Larra depositado en la bóveda de Santiago. Aceptamos y fuimos. Massard conocia á todo el mundo y tenia entrada en todas partes. Bajamos á la bóveda, contemplamos al muerto, á quien yo veia por primera vez, á todo nuestro despacio, admirándonos la casi imperceptible huella que habia dejado junto á su oreja derecha la bala que le dió muerte; cortóle Alvarez un mechon de cabellos y volvímonos á la Biblioteca, bajo la impresion indefinible que dejaban en nosotros la vista de tal cadáver y el relato de tal suceso.
Aquí tengo que advertir á V., mi querido Velarde, que no volvíamos á la Biblioteca por nuestro afan de estudiar, sinó porque siendo el hospedaje de Alvarez y la bohardilla de mi cestero estancias muy poco agradables para pasar el dia, y estando la Biblioteca muy bien esterada y caldeada, pasábamos en ella todas las horas que estaba abierta, como hidalgos poco acomodados, en el abrigado alcázar de un opulento amigo que generosamente á los suyos lo franqueara.
A nuestra vuelta halléme allí con un condiscípulo del colegio, quien enterado de mi posicion, me dió una carta para su hermano D. Antonio María Segovia, propietario y director de _El Mundo_; uno de los periódicos mejor escritos que en Madrid se han publicado, rebosando de ingenio y de oportunísima vis cómica. En aquella carta pedia para mí á su hermano, mi condiscípulo, la plaza de un empleado que acababa de despedirse, diciéndole quién yo era, la educacion que habia recibido, y lo útil que yo podia ser, atendida la módica retribucion del empleo que para mí solicitaba. Mi ambicion era llegar á ser periodista, llegar á firmar el folletin de un periódico que llegase á manos de mi padre: tomé, pues, la carta de mi condiscípulo, y metiéndola en la cartera del capitan Antonio Madera (otro condiscípulo nuestro), la cual no sé ya por qué llevaba yo en el bolsillo, creí meter en ella mi fortuna.
Joaquin Massard, que en todo pensaba y de todo sacaba partido, me dijo al salir:
--Sé por Pedro Madrazo que V. hace versos.
--Sí, señor, le respondí.
--¿Querria V. hacer unos á Larra? repuso entablando su cuestion sin rodeos; y viéndome vacilar, añadió: «yo los haria insertar en un periódico, y tal vez pudieran valer algo.» Ocurrióme á mí lo poco que me valdrian con mi padre, desterrado y realista, unos versos hechos á un hombre tan de progreso y de tal manera muerto; y dije á Massard que yo haria los versos, pero que él los firmaria. Avínose él, y convíneme yo; prometíselos para la mañana siguiente á las doce en la Biblioteca; y despidiéndonos á sus puertas, echó Massard hácia la plazuela del Cordon donde moraba, y Alvarez y yo por la cuesta de Santo Domingo á vagar como de costumbre. Pensé yo al anochecer en los prometidos versos y fuíme temprano al zaquizamí, donde mi cestero me albergaba con su mujer y dos chicos, que eran tres harpías de tres distintas edades. No me acuerdo si cenamos: pero despues de acostados, metíme yo en mi mechinal, con una vela que á propósito habia comprado.
En aquella casa no se sabia lo que era papel, pluma ni tinta; pero habia mimbres puestos en tinte azul, y tenia yo en mi bolsillo la cartera del capitan con su libro de memorias. Hice un kalam de un mimbre como lo hacen los árabes de un carrizo y tomando por tinta el tinte azul en que los mimbres se teñian.....
Hé aquí, Sr. Velarde, cómo se hicieron aquellos versos, cuya copia trasladé á un papel en casa de Miguel Alvarez á la mañana siguiente, y partí á entregar mi carta al director de _El Mundo_.
Salió á recibirme á una antecámara: presentéle la carta, y miéntras la leia, penetraron mis ojos indiscretos en el aposento inmediato, cuya puerta habia dejado él abierta. Parecióme á mí la de un paraiso: una mujer pequeña y fina, esbelta y ondulosa como una garza, con una cabellera como los arcángeles de Guido Reni y con dos ojos límpidos y serenos como los de las gacelas, esperaba reclinada en un mueble á que su marido concluyera con el importuno que habia venido á separarle de ella. Cuando aquel me dijo, con los más atentos modales, que sentia no necesitarme porque acababa de dar á otro la plaza que su hermano le pedia, me marché cabizbajo y cariacontecido, pero convencido perfectamente de que un hombre que tenia aquella mujer no debia necesitar de mí ni de nadie, y dí conmigo en la Biblioteca. No estaba ya en ella Joaquin Massard, pero me habia dejado una tarjeta, en la que me decia: «¿Puede V. traerme los versos á casa, á las tres? Comerá V. con nosotros.»
A los tres cuartos para las tres eché hácia la plaza del Cordon; los Massard habian comido á las dos: la hora del entierro, que era la de las cinco, se habia adelantado á la de las cuatro. Los Massard me dieron café; Joaquin recogió mis versos y salimos para Santiago. La iglesia estaba llena de gente; hallábanse en ella todos los escritores de Madrid, ménos Espronceda que estaba enfermo. Massard me presentó á García Gutierrez, que me dió la mano y me recibió como se recibe en tales casos á los desconocidos. Yo me quedé con su mano entre las mias, embelesado ante el autor de _El Trovador_, y creo que iba á arrodillarme para adorarle, miéntras él miraba con asombro mi larga melena y el más largo leviton, en que llevaba yo enfundada mi pálida y exígua personalidad.
El repentino y general movimiento de la gente nos separó, avanzó el féretro hácia la puerta; ordenóse la comitiva; ingirióme Joaquin Massard en la fila derecha, y en dos larguísimas de innumerables enlutados nos dirigimos por la calle Mayor y la de la Montera al cementerio de la Puerta de Fuencarral.