Recuerdos Del Tiempo Viejo · Unidad 4 de 23

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Mohino y desalentado caminaba yo, poniendo entre los dias nefastos aquel aciago en que me habian negado una plaza en _El Mundo_, habia llegado tarde á la mesa, y en que iba, por fin, ayuno, á enterrar á un hombre, cuyo talento reconocia, pero que no entraba en la trinidad que yo adoraba, y que componian Espronceda, García Gutierrez y Hartzembusch. Parecíame que con aquel muerto iba á enterrarse mi esperanza, y que nunca iba yo á tener un papel en que enviar impresos mis delirios á la mujer á quien habia pedido un año de plazo para pasar de crisálida á mariposa, ni mis versos laureados al padre á quien con ellos habia esperado glorificar. Así, el más triste de los que íbamos en aquel entierro, marchaba yo en él, envuelto en un _sur tout_ de Jacinto Salas, llevando bajo él un pantalon de Fernando de la Vera, un chaleco de abrigo de su primo Pepe Mateos, una gran corbata de un fachendoso primo mio, y un sombrero y unas botas de no recuerdo quiénes; llevando únicamente propios conmigo mis negros pensamientos, mis negras pesadumbres y mi negra y larguísima cabellera.

Llevaba yo, y venianme, sin embargo, todas aquellas ajenas prendas como si para mí hubieran sido hechas; y traidas, pero no maltratadas, no revelaban que su portador salia con ellas bien cepilladas del alto zaquizamí de mi hospitalario cestero.

Llegamos al cementerio: pusieron en tierra el féretro y á la vista el cadáver; y como se trataba del primer suicida, á quien la revolucion abria las puertas del campo santo, tratábase de dar á la ceremonia fúnebre la mayor pompa mundana que fuera capaz de prestarla el elemento láico, como primera protesta contra las viejas preocupaciones que venia á desenrocar la revolucion. D. Mariano Roca de Togores, que aún no era el marqués de Molins, y que ya figuraba entre la juventud ilustrada, levantó el primero la voz en pró del narrador ameno del Doncel de D. Enrique, del dramático creador del enamorado Macías, del hablista correcto, del inexorable crítico y del desventurado amador. El concurso inmenso que llenaba el cementerio quedó profundamente conmovido con las palabras del Sr. Roca de Togores, y dejó aquel funeral escenario ante un público preparado para la escena imprevista que iba en él á representarse. Tengo una idea confusa de que hablaron, leyeron y dijeron versos algunos otros: confundo en este recuerdo al conde de las Navas, á Pepe Diaz..... no sé..... pero era cuestion de prolongar y dar importancia al acto, que no fué breve. Ibase ya, por fin, á cerrar la caja, para dar tierra al cadáver, cuando Joaquin Massard, que siempre estaba en todo y no era hombre de perder jamás una ocasion, no atreviéndose, sin embargo, á leer mis escritos con su acento italiano, metióse entre los que presidian la ceremonia, advirtióles de que aún habia otros versos que leer, y como me habia llevado por delante, hízome audazmente llegar hasta la primera fila, púsome entre las manos la desde entónces famosa cartera del capitan, y halléme yo repentina á inconscientemente á la vera del muerto, y cara á cara con los vivos.

El silencio era absoluto: el público, el más á propósito y el mejor preparado; la escena solemne y la ocasion sin par. Tenia yo entónces una voz juvenil, fresca y argentinamente timbrada, y una manera nunca oida de recitar, y rompí á leer..... pero segun iba leyendo aquellos mis tan mal hilvanados versos, iba leyendo en los semblantes de los que absortos me rodeaban, el asombro que mi aparicion y mi voz les causaba. Imaginéme que Dios me deparaba aquel extraño escenario, aquel auditorio tan unísono con mi palabra, y aquella ocasion tan propicia y excepcional, para que ántes del año realizase yo mis dos irrealizables delirios: creí ya imposible que mi padre y mi amada no oyesen la voz de mi fama, cuyas alas veia yo levantarse desde aquel cementerio, y ví el porvenir luminoso y el cielo abierto..... y se me embargó la voz y se arrasaron mis ojos en lágrimas..... y Roca de Togores, junto á quien me hallaba, concluyó de leer mis versos; y miéntras él leia..... ¡ay de mí! perdónenme el muerto y los vivos que de aquel auditorio queden, yo ya no los veia; miéntras mi pañuelo cubria mis ojos, mi espíritu habia ido á llamar á las puertas de una casa de Lerma, donde ya no estaban mis perseguidos padres, y á los cristales de la ventana de una blanca alquería escondida entre verdes olmos, en donde ya no estaba tampoco la que ya me habia vendido.

¡Feliz aquel cuyo primer amor se malogra! ¡Desventurado aquel cuyo primer delito es una rebelion contra la autoridad paterna! Al primero le abre Dios el paraiso terrenal: del segundo no deja que repose la conciencia.

Cuando volviendo de aquel éxtasis, aparté el pañuelo de mis ojos, el polvo de Larra habia ya entrado en el seno de la madre tierra: y la multitud de amigos y conocidos que me abrazaban no tuvieron gran dificultad en explicar quién era el hijo de un magistrado tan conocido en Madrid como mi padre.

Pero, ¿sabe V., mi buen Velarde, quién era entónces, lo que valia y cómo y por quién llegó á ser famoso su agradecido amigo?

V.

La importuna pregunta con que concluí mi artículo-carta del lunes 20 de Octubre, me obliga á dirigirle á usted esta, mi estimado Sr. Velarde.

Tal vez enoja á V. ya, mi querido poeta, el verse tomado en pluma, que no puede aquí, á mi ver, decirse en boca, por un viejo impertinente que se empeña en contarle sus necedades de muchacho; pero disimule usted tal impertinencia, porque tiene sólo por móvil mi gratitud á V. por su artículo del lunes 29 de Setiembre, con el cual motivó V. la publicacion de estas mis cartas. Usted pertenece al porvenir, y mira naturalmente hácia adelante; al mirar yo hácia atrás, porque pertenezco al tiempo viejo, al relatar á V. lo que en él fuí, tenga V. presente que no pretendo servirle á V. de ejemplo, sino de escarmiento; puesto que viviendo yo hoy persuadido de que el porvenir le guarda á V. un muy elevado lugar en la república de las letras, quisiera yo por la mucha estima en que le tengo, que las suyas le dieran tanta fama como á mí las mias, pero que le fueran de más utilidad y provecho. Por eso no más voy á decir á V. lo más sucintamente posible quién era, lo que valia y cómo y por quién llegué yo á ser tan famoso en aquel viejo tiempo, cuyos recuerdos me complazco ahora en evocar, no quiera Dios que con hastío ó impaciencia de V. y de los suscritores de _El Imparcial_.

No teman estos, y sea esto advertido de paso, que llene yo sus columnas con los insignificantes y poco trascendentales sucesos de mi vida. A mí, que no he ocupado jamás ningun cargo público, que no he sido ni embajador, ni ministro, ni siquiera individuo de corporacion ni academia alguna, jamás me ha sucedido nada que sea digno de ser sabido, ni ménos contado: ni me acosa tampoco vanidad tal ni tal comezon de bombo, que intente no dejar pasar un lunes sin hablar de mí mismo, para que no me olviden mis contemporáneos, ni se den los venideros de calabazadas por mis estupendas fechorías. Para que mis contemporáneos no me olviden, basta ese bravucon inocente y desvergonzado perdonavidas llamado _D. Juan Tenorio_, que está encargado contra mi voluntad y por la del pueblo español, de no dejarme olvidar en España; y con decir de este drama mio y del _Zapatero y el Rey_ cómo y por qué fueron escritos y cómo y por quién fueron y son hoy representados, pienso dar fin á estos mis recuerdos del tiempo viejo; y siquiera sea con pesadumbre de algunos, y desengaño de muchos, será tambien con honrado cumplimiento del deber mio y descargo de mi conciencia.

Continúo, pues, mi relato, tomándolo en el mismo cementerio de Fuencarral, donde lo dejé.

Rompiendo por entre los amigos que me abrazaban, los entusiastas que me felicitaban y los curiosos que absortos me contemplaban, enfundado en mi gran _surtout_ de Jacinto Salas y circundado por mi flotante melena, un mancebo pálido y aguileño, de resueltos modales y de atrevida y casi insolente mirada, me asió cariñosamente de las manos, diciéndome: «Tenga V. la bondad de venirse conmigo, para presentarle á dos personas que desean conocerle.» Seguíle, y sacándome de aquella confusion, me hizo subir á una cómoda y elegante carretela, cuyos dos asientos, uno del fondo y otro de adelante, estaban ocupados por dos individuos del sexo feo, cuya fisonomía no podia yo ver ya bien, porque ya era casi de noche. Saludáronme y correspondiles; colocáronme en el asiento de honor; colocóse mi presentador en frente de mí; cerró el lacayo la portezuela, y á la voz del de mi izquierda, que dijo: «Calle de la Reina,» salieron á un resueltísimo trote las dos poderosas yeguas que nos arrastraban: y, como dicen los mejicanos, «de las vidas arrastradas, la mejor es la del coche,» y aquella carretela inglesa estaba maestramente montada sobre sus muelles. Hablábanme dos, de los tres con quienes en ella iba, y contestábales yo, sin recordar ya de lo que hablamos, y sin saber entónces con quiénes, en la semi-oscuridad crepuscular.

La direccion dada á la calle de la Reina era á la fonda de Genyes, que era entónces lo que hoy Fornos y Lhardy; de donde yo deduje que mis nuevos amigos moraban ó comian en ella habitualmente, puesto que el nombre de la calle habia bastado al cochero para sentar en firme sus yeguas á la puerta de la fonda. En un gabinete estaba preparada una mesa con tres cubiertos; añadieron el cuarto para mí; desembarazáronse ellos de sus abrigos exteriores, quedándome yo con el mio por razones que no son del caso; sentámonos á la mesa y presentóme mi presentador á mis comensales. El de mi derecha era Buchental, llegado á Madrid hacia pocos meses; nuestro anfitrion era un rubio como de cuarenta años, de amenísima conversacion, con la cual demostraba que habia viajado mucho, de cuyo nombre no me he podido volver á acordar, á quien no he vuelto á ver más, y por quien no tuve despues ocasion de preguntar á mi resuelto y aguileño presentador: que era ni más ni ménos que Luis Gonzalez Brabo, ántes de ser diputado, embajador y ministro. Desde aquella tarde fué para mí Luis, como yo para él fuí Pepe; la suya fué la primera mano en que me apoyé para poner mi pié derecho en el primer escalon del efímero alcázar de mi fama: y desde entónces no he tenido un más bravo amigo que Gonzalez Brabo. No era por entónces más que _tijera_ en no recuerdo qué periódico; pero segun fué ascendiendo por la escala de la fortuna, se volvió á mí desde cada peldaño que subia, á tenderme aquella misma mano con que me sacó del cementerio; pero mi objetivo, como hoy se dice, no era la política, y con tanta pena suya como desden mio, le dejé subir solo. Ignoro lo que fué Luis Brabo social ó políticamente considerado, porque he vivido veinte años fuera de España y once en América, sin correspondencia con Europa; cuando volví á Madrid en 1866 era presidente del Consejo de ministros y decian que tenia la nacion en sus manos; pero para mí fué el mismo Luis Brabo, que me la tendió como en 1837; el primer amigo del poeta Zorrilla.

Aquí dirá V., mi querido poeta Velarde: ¿cómo el primero? ¿Pues y los Villa-Hermosa y los Madrazo, y Assas y Miguel Alvarez y Fernando de la Vera, sus condiscípulos de Universidad y del Seminario? ¿Y Joaquin Massard y Roca de Togores cuyas manos tomaron de las de V. los versos que le abrieron las puertas de la sociedad y le dieron la nombradía?--Los Villa-Hermosa, los Madrazo, Alvarez y de la Vera, eran los amigos de mi niñez: los del estudiante y del condiscípulo; los amigos cariñosos, casi los hermanos, del mancebo que iba á ser hombre; la casualidad llevó á Massard á la biblioteca y me puso al lado de Roca de Togores en el cementerio: pero Luis Brabo buscó el primero al poeta y no abandonó jamás al amigo. La primera obligacion del narrador es ser verídico: la del hombre bien nacido la de ser justo: la del hombre noble ser agradecido. Desde la fonda me llevó Luis Brabo, orgulloso de llevarme, al café del Príncipe, donde hallé á Breton, á Ventura, á Gil y Zárate, á García Gutierrez, que me reconoció y con quien trabé pronto amistad; al buen Hartzenbusch, á quien quise desde aquella noche como á un hermano mayor, y que fué parte y testigo de sucesos íntimos y posteriores de mi vida, y en fin, á la mayor parte de los que por entónces figuraban en las letras y en las artes.

No sé quién me llevó á las diez á casa de Donoso Cortés, que aún no era el marqués de Valdegamas: allí encontré á Nicomedes Pastor Diaz y á D. Joaquin Francisco Pacheco, quienes con el conocido jurisconsulto Perez Hernandez, estaban tratando de publicar su periódico _El Porvenir_.--Preguntáronme mil cosas: examináronme, sin que de ello me apercibiera, de lo que habia aprendido en el colegio; indagaron lo que habia leido, lo que me habia propuesto. Yo era un chico, no cumplí veinte años hasta cuatro dias despues del de la muerte de Larra: estaba animado por el éxito de aquella tarde y por los plácemes y aplausos que acababa de recibir en el café del Príncipe; recitéles mi destartalada composicion «A Venecia», el romancillo de unos Gomeles que corrian por la vega de Granada, y unas redondillas á una dueña de negra toca y mongil morado, que sea dicho de paso y con perdon de mis admiradores, pero en Dios y en mi ánima creo que no sabia yo entónces lo que era mongil, segun el color morado episcopal de que le teñí. Donoso y sus amigos debieron apercibirse de mi poco saber; pero se fascinaron con las circunstancias fantásticas de mi aparicion, y con la excentricidad de mi nuevo género de poesía y de mi nueva manera de leer, y me ofrecieron el folletin de _El Porvenir_ con 600 reales mensuales; único sueldo que en este periódico se debia de pagar, porque iban á escribirle sin interés de lucro, en pró de su política comunion.--Diéronme á traducir para el periódico uno de los infantiles cuentos de Hoffmann, y á las doce me llevó Pastor Diaz consigo á su casa.--Pastor Diaz, cuya alma de niño simpatizó con la ignara candidez de la mia, me entretuvo hasta muy avanzada hora, desde la cual hasta la de su muerte, me tuvo el más fraternal cariño.

No era ya aquella la de volver á recogerme á la bohardilla del cestero, y... á pesar del frio, vagué por las calles hasta el nuevo dia, abrigado interiormente con el champagne y el café de mi generoso y desconocido anfitrion, y exteriormente sostenido con la esperanza y las ilusiones de mis aún no cumplidos veinte años.

No recuerdo ya donde me amaneció; pero á las ocho estaba ya á la cabecera de la cama de Alvarez, contándole mis venturas del dia anterior; de las cuales nada sabia, no habiéndole yo podido buscar desde que hacia veinte horas me habia separado de él, para ir á llevar mi carta á _El Mundo_ y mis versos á Massard.--Asombróle primero lo sucedido; alegróle despues; lloramos, reimos, ayudéle á vestir, y saltamos y cantamos al rededor del chocolate como los indios de Fenimore Cooper al rededor del postre de la guerra; la patrona creyó que nos habia caido la lotería.

Como si tal nos hubiera acontecido, nos echamos á la calle y comenzamos á dar fin á los pocos duros que le quedaban á Alvarez; declarámonos los dos modernos Pílades y Orestes; presentéle yo á cuantos me presentaron; presentóme él á la que despues fué mi mujer, y cuando llegaron á nuestras manos mis primeros treinta duros de «El Porvenir», de Donoso, nos creimos dueños del Universo.

VI.

Como el relato de las muchachadas de ambos no entra por nada en la explicacion de mis preguntas finales en el artículo del lunes último, voy adelante con mis desatinos personales. Escribí muchos en _El Porvenir_: á Cervantes y á Calderon, cuantos pudieron ocurrírseme, y á la luna de enero, donde dije que el cielo era ojo de la eternidad y la luna su pupila; escribí, en fin, los suficientes para impacientar á cuantos tenian sentido comun y estudios, y gusto en las bellas letras; pero Nicomedes y Donoso seguian sosteniéndome y animándome, y yo seguí asombrando al público con la multitud de mis poéticos engendros.

Una noche me encontré al volver á mi casa de pupilaje, una carta de D. José García Villalta que decia: «Muy señor mio: he tomado la direccion de _El Español_, periódico cuyas columnas surtía Larra con sus artículos: pues la muerte se llevó al crítico dejándonos al poeta, entiendo que éste debe de suceder á aquel en la redaccion de _El Español_. Sírvase V., pues, pasar por esta su casa, calle de la Reina, esquina á la de las Torres, para acordar las bases de un contrato. Suyo, afectísimo, _J. G. de Villalta_.»

Era este el autor de _El golpe en vago_, la novela mejor escrita de las de la coleccion primera del editor Delgado. Teníale yo en mucho desde que la habia leido, y las relaciones entabladas con el hombre acrecentaron mi respeto y mi estimacion hácia el escritor. Villalta era un hombre de mucho mundo y de un profundo conocimiento del corazon humano: de una constitucion vigorosa, con una cabeza perfectamente colocada sobre sus hombros; de una fisonomía atractiva y simpática, con una boca fresca, cuya sonrisa dejaba ver la dentadura más igual y limpia del mundo. Su cabellera escasa era rubia y rizada, y no he podido nunca esplicarme el por qué su busto abultado de contornos me recordaba el olímpico busto de Neron, pero del Neron poeta y gladiador en su viaje á Grecia: el Neron que ponia fuego á dos viejos barrios de Roma para obligar al municipio republicano á construir otro nuevo, tan suntuoso como la mansion palatina que él junto á lo incendiado habitaba. Yo tengo á Neron por un emperador muy calumniado; y desde que he vivido en Roma, estoy convencido de que hizo bien en quemar lo que quemó, para que se construyera lo que se construyó; y á este Neron que yo me figuro, es el Neron á quien me figuraba yo que se parecia Villalta.

El hecho es que Villalta era todo un hombre: sóbrio y diligente, pero gracioso y amabilísimo; como andaluz de la buena raza, su trato era fascinador; y en cinco minutos hizo de mí lo que le convino en nuestra primera entrevista; el cuarto en que esta pasó influyó sin duda en mi aceptacion. Era una sala grande cuadrada, en cuyas blancas paredes no tenia Villalta más adornos que dos espadas de combate, dos sables de academia de armas y un magnífico par de pistolas. Una grandísima mesa de despacho cargada de papeles estaba entre él y yo, y por una puerta entreabierta se veia en el inmediato aposento el baño del que acababa de salir.

Vió Villalta que no era yo hombre de abandonar á Donoso y á Pastor Diaz, sin una grave razon, y me dió una carta para ellos, en la que les decia las proposiciones que me habia hecho y las razones que yo le daba. _El Porvenir_ tenia apenas suscricion, y _El Español_ la tenia numerosa. Si me querian bien, debian dejarle dar á mis versos la más lata publicidad, etc.

Ofrecíame un sueldo con que no habia yo contado nunca, y que entónces creo que no sabia contar en moneda efectiva: pagarme aparte las poesías del número de los domingos, que era una revista de mayor tamaño; la colaboracion en el folletin con Espronceda convaleciente ya de una larga enfermedad, y mi presentacion inmediata en su casa por él en persona. Espronceda era el ídolo de mis creencias literarias. Donoso y Pastor Diaz me autorizaron abrazándome para abandonarles, y me pasé al campo de Villalta sin traicion ni villanía.