Relaciones · Capítulo real 11 de 11

CAPITULO Il

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 9 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO Il.

LA FIESTA DE LA CRUZ.—ESCENA DE INTERIOR.—PORQUE LOS BUENOS ANCIANOS CONSERVAN LA VISTA.—EL LENGUAJE DE LOS PAJAROS.—ORI—= GEN, MARTIROLOGIO Y MUERTE DE UNA MUÑECA DE PAN.

¡Oh! ne vous hátez pas de múrir vos pensées! Jouissez du matin, jouissez du printemps! Vos heures sont des fleurs, Pune á Pautre enlacées; Ne les effeuillez pas plus vite que le temps.

Victor Huco.—AÁ dos niños.

No os apresureis á madurar vuestros pensamientos; gozad de la mañana, gozad de la primavera. Son vuestras horas flores enlazadas una á otra; no las deshojeis aun ántes que el

_tiempo! :

Et sans comprendre encore ce que vant l'innocence, Dis: Mon Dieu, gardez-moi comme une blanche fleur.

Y sin comprender aun lo que vale la inocencia, pide á Dios te la conserve como una flor blanca.

Aquel triste y solitario pueblecito, tenia tambien sus felices y contentos moradores, que estaban apegados á él, como lo están los niños á sus amas, aunque sean feas y displicentes. En cualquiera parte se acomoda el contento de los bumildes y de los sanos de corazon.

DS: —

Al lado opuesto á aquel en que se hallaba la venta, se veia una casa muy limpia, muy blanca; como que hacia poco que habia estrenado un vestido de cal. Su tejado estaba cubierto de yerbecitas y florecillas, como si se hubiese tocado un pañolon enramado: por su abierta puerta se veia el pátio, que, —por pasar lo que referimos en los primeros dias de mayo—estaba hecho un canasto de flores. Podia compararse la bella vista que formaba la casa, á una persona sincera que abriese y mostrase á las claras un corazon lleno de inocencia y alegría. Veíanse allí rosas de su color, blancas, rojas y amarillas, como hermanas en diferentes trages.

La lila—esa flor alemana que tan temprano florece, —se inclinaba indolente y triste en su modesto vestido.

Las delicadas violetas se cubrian con sus hojas redondas como con parasoles. En las rendijas de . las paredes hacia el resedá á toda prisa sus ramilletitos, mientras lo miraba con sus grandes é ino centes ojos su buena amiga la salamanquesa. Al rededor del pátio, en tejas sujetas á la pared como púlpitos, se inclinaban hácia fuera doctos claveles, predicando á las demas flores un sermon sobre la brevedad de la vida. Un pálido. y delicado jazmin que esto oia, caia desmayado en brazos de una espuela de galan, que denodada y con su vestido de oro habia subido hasta el jazmin escalando una

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reja. Ocupaban el centro del pátio un naranjo y un

granado, que mezclaban sus flores rojas y blancas

con una armonía y con un silencio, que deberían

- avergonzar profundamente á la Asamblea legislati-

va francesa.

Una gran cantidad de pájaros, mariposas y

- abejas, hacian corteses visitas de flor en flor, sin

darse el caso de que ninguna de estas amables hijas de Flora, se negase á recibirlas, ni aun con la

. excusa de estar de trapillo. Una suave brisa de

mar, pura como un cristal de roca, llevaba de unas á otras sus perfumes.

En este patio todo florecia, embalsamaba, volaba Ó cantaba.

En la habitacion principal de la casa, 4 la derecha de la puerta del zaguan, se veia una escena de interior, tan suave, pacífica y perfumada” ¿omo la del patio.

Junto á la ventana, en una silla baja, estaba sentada una mujer may anciana, que tenia abierta sobre sus faldas la Guirnalda Mistica, en la cual leia en alta voz el capítulo correspondiente al dia. Apoyábase en sus rodillas una niña como de ocho años, que pendía de los lábios de su abuela, como si las palabras que pronunciaba, hubiesen tenido una forma visible. A su lado estaba una mujer de

mediana edad, cosiendo una camisa de hombre;

4 sus pies—sentada en el suelo, con las piernas es-

-— liradas y los pies levantados y descansando sobre

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los talones, como dos perritos bien enseñados—estaba una niña de cinco años, meciendo en sus brazos con la mayor gravedad materna, una muñeca de pan recientemente salida del borno, ¡lesa como Sidrach, Misach y Abdenago salieron del que les mandó preparar Nabucodonosor; pero, en cambio, amenazaba á la pobre la suerte de los hijos de Saturno.

Al otro lado de la ventana, frente á la anciana, veíase al abuelo sentado en un gran sillon de cuero, como los que se ven en los pueblos en las barberías: inclinábase adelante, formando con su mano una especie de embudo para su oido, á fin de no perder una palabra de lo que leia su muger. Delante de él dos hermosos muchachos jugaban con Cubilon, el perrazo del anciano, anciano como su amo. Habíanle obligado, á fuerza de molerle, á dejarse poner una especie de albarda; ahora sus manecillas se esforzaban en abrirle la boca y ponerle un freno. El perro volvia su gran cabeza, ya á la derecha, ya á la izquierda; pero sus tiranillos seguian ágilmente á cada uno de sus movimientos. El fondo de este cuadro lo formaba un altar, que se habia colocado contra la pared de la ventana, sobre el que se levantaba una Cruz hecha de flores, porque aquel dia era el 3 de mayo, DIA DE LA CRUZ. A cada lado una muchacha estaba sujetando las flores en los extremos de los brazos del Santo Arbol, y un jóven subido en una escalera de mano, |

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- colgaba del techo una araña formada de dos pedazos de caña, juntados y suspendidos al techo por cuatro tomizas; pero todo tan revestido de flo-

res, que quedaba oculta la sencilla y tosca armazon. La abuela leia.

«dl. Hay muchas personas que no buscan la Cruz, ántes la huyen; pero á ellas la Cruz las busca y las halla. Estos son los pecadores, que van siempre en busca de sus gustos; pero éstos huyen de ellos, porque el hombre que no busca á Dios, jamás está contento.

«II. Otras personas buscan las cruces, y en efecto, las hallan. Esto sucede 4 los que empiezan á servir á Dios; que aun no tienen bastante valor y amor á Dios, para que las aflicciones les sean dulces.

«III. Las almas santas buscan las cruces con mucho ahinco, pero no las hallan. San Francisco Javier deseaba más y más cada dia, y Santa Teresa pedia Ó padecer ó morir, y entrambos se halla— ban colmados de gozo en medio de sus aflicciones (1).

| Cuando la anciana hubo concluido su lectura, dijo la madre de la muñeca, cuyos dientes habian hecho sobre las narices de su hija el efecto de un cáncer:

—Mae Juana, vamos á rezarle un credito al SkÑOR alao?

(1) El Padre Bosch Centellas, Guirnalda Mistica.

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<No se dice así, observó su hermana mayor, que se dice el SEÑOR DE LA HUMILDAD; zonzona. Y si así no lo dices, te castigará Pae Dios.

—¡Que no!—repuso muy sobre sí la chica: — que no sale de su cuadro. |

—Todo lo ha leido hoy Mae Juana sin espejuelos, observó la niña mayor.

—¿Sabéis, repuso la anciana, porqué conservo tan buena la vista? Es, niños mios, porque jamás ni nunca le negué una limosna á un ciego; y como me bendecian siempre con este voto, «Dios 08 CONSERVE LA VIsTa,» el Señor los ha oido; porque ya saben vds. que muchos dmenes llegan al cielo.

En este momento, y como si los recuerdos de la anciana le hubiesen atraido, se oyó una cam= panillita. |

—;¡El pobre ciego! el pobre ciego! gritaron los niños en coro. Y habiendo pedido y obtenido un ochavo y un pedazo de pan para el pobre, se ar= rojaron todos al zaguan.

Allí estaba el ciego con su fiel guia, su perrito, que llevaba en su cuello, pelado por el roce, la correa en que estaba sujeta la cuerda que guiaba á su amo, y de la cual pendia la campanillita que le anunciaba. Parado estaba el inteligente animal delante de su amo, expresando con sus elocuentes ojos la triste súplica, que su amo no tenia ya sino en la voz. Su amo le daba el pan; ¡él daba á su amo su mirada! Aguardaba el pobrecillo con aire

— 237 — humilde, baja la cola hasta tocar el suelo, como el saludo del necesitado, fijando en los niños sus ojos tristes é inquietos.

Tráenos esto que vamos describiendo, á la memoria un pasaje de Chateaubriand en el Génio del Cristianismo, en que dice: «Sin religion no hay «sensibilidad. Buffon admira por su estilo; rara «vez enternece. Leed su admirable artículo sobre «el perro: todas las clases de perros están inclui- «das en él; uno solo falta, que es el perro del «ciego; y este seria el primero que un autor reli- «gioso hubiera tenido presente.» Y tened vosotros presentes, incrédulos españoles, hijos, discípulos é imitadores de la incredulidad francesa, que vuestra madre, maestra y modelo, ha respetado la gran reputacion de su gran escritor Chateaubriand con el buen sentido y delicado gusto con que un soldado de la república saluda al sepulcro de un vandeano. |

—Chiquito, Chiquito, ¡pobre Chiquito! decian los niños al perrillo, que se deshacia en fiestas apénas hubieron dado su limosna al ciego;—¿tienes calor? ¿tienes sed? ¿estás cansado? —El animalito saltaba, les lamia los pies, dando unos gemidos al mismo tiempo tristes y alegres, como es triste y alegre el enternecimiento.

Pero en aquel instante se oyó un fuerte y sordo gruñido. Chiquito dió agudos chillidos, pues Cubilon, que era poco hospitalario y rigidísimo guar-

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dian de la inviolabilidad del hogar doméstico, se habia echado sobre el intruso, le habia derribado y le aplastaba con sus enormes patas.—¡Cubilon! ¡Cubilon! bárbaro, pícaro, ¡desalmado! gritaban los niños; y para hacerle soltar su presa, uno le tiraba de una oreja, el otro le descargaba puñetazos sobre el hocico, la niña mayor le tiraba á todo tirar de la cola, y la mas chica, con el denuedo y esfuerzo que solo pueden dar unidos el corage y la generosidad, traia una escoba, alcanzando justa— mente sus fuerzas á dejarla caer sobre el lomo del delincuente. Un perro, que tiene la fuerza y ferocidad de un leon, tiene para aquellos niños que ha visto nacer, y á quienes quiere, la dulzura y sufrimiento de una oveja; y aguanta humildemente tanto castigo é ignominia, sin moverse ni chistar, cuando solo con sacudirse puede lanzar á sus implacables verdugos á diez pasos de distancia. Suelta Cubilon su presa, y se vacon las orejas y la cola gachas al lado de su amo; da unas cuantas vueltas al rededor, suspira como un fuelle, y se deja caer con todo su peso, dando tal costalazo quese cimbrea todo el cuarto.

Los niños se entraron en el patio despues de haber seguido con la vista al ciego y á su perrito, que de cuando en cuando volvia la cabeza, como para darles de nuevo las gracias por su limosna y” su intervencion generosa.

¡Al ver el gallo acercarse aquel torbellino, ir=

J ”

— 239 — guió la cabeza, levantó una pata, y miró fijamente al nublado, como el marino al de la tempestad que se acerca.

—Apuesto,—dijo el mayor de los niños 4 la ma— dre de la muñeca, feroz canibal que habia devorado los brazos de su hija y habia dado sus piernas á Chiquito, —apuesto á que no sabes lo que dicen los gallos cuando cantan.

—Dicen quiquiriqui, respondió la niña.

—¡Qué tupios tienes los sentidos, Mariquilla, simplona!

—¿Y tú lo sabes, chacho?

—Sí que lo sé. Desde que nací lo sé, míra tú!

—Pues imelo.

—No me ú gana.

—Anda, chacho, imelo, y te doy la moña de mi muñeca.

El chacho alargó la mano y Mariquilla con el desenfado de otra Dálila, arrancó. la castaña á su muñeca, y se la dió á su hermano, el que en cumplimiento de lo ofrecido, abrió su hoca y empezó á un tiempo á hacer un picadillo de la castaña, y la siguiente relacion: |

—Mas de mil años há, vinieron al reino de España unos enemigos—mas. malos que Árrancao, mas feos que Geta, y mas desalmados que Judas, — que se llamaban franceses. Se llevaron al Rey de España por traicion, sin que lo supiese la gente, que no le queria dejar ir; le hicieron prisionero

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esos indinos, y metieron á su Sagrada Real Magestá en un cepo, sin darle mas que pan y agua.

—¡Jesus! exclamó Mariquilla; ¿y porqué no los mató Pae Dios?

—Calla, mujer, repuso su hermano: Dios no mata á los malos; pero se van al infierno; que es peor. Saqueaban esos ferósticos los pueblos, hacian quemas de los trigos, mataban á todos los que se les ponian por delante, pero en particular á los niDOS... :

—¡María Santísima! exclamó Mariquilla.

—¡Y á los gallos! dijo en voz honda concluyendo su peroracion el muchacho. Así era, continuó, que los niños y los gallos les tenian mas miedo que al Bú.

—¡Pues no se lo habian de tener á esos Herodes! opinó Mariquilla.

El narrador prosiguió: a _—Cuando un gallo veia con sus ojos amarillos como dos estrellas, que alcanzan á ver de dia y de noche diez leguas á la redonda, asomar por algun lado á los franceses con un Rey tuerto y borracho, que tralan por delante, se ponia á cacarear para avisar á sus hermanos, que al instante le contestaban. El niño se puso á remedar con perfeccion el canto de los gallos en el siguiente diálogo:

¡Franceses vienen! — ¿Cuántos son, dí? —Son mas de mil! —¡Triste de mí!!!

- A A

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—¿Y por eso cantan de noche? preguntó muy convencida Mariquilla.

—Sí, se.les quedó la maña: desde entónces no duermen mas que una hora.

—(Cómo lo sabes, chacho? ¿Te lo han dicho ellos?

—No; pero me lo dijo el monacillo; mira, duermen: y

Una hora el gallo, Dos el caballo, Tres el santo, Cuatro el que no lo es tanto, Cinco el peregrino, Seis el teatino, Siete el caminante, Ocho el estudiante, Nueve el caballero, Diez el majadero, Once el muchacho, Doce el borracho.

No habia vuelto Mariquilla de su sorpresa, cuando su otro hermano, tirándole vigorosamente del brazo, la hizo voltear y darse de narices con él.

—¿Tampoco sabes, le dijo, loque dicen las go— londrinas, muger?

—No, respondió Mariquilla atónita.

—¡Vaya, que estás en Babia, tonta! Y el sábio versado en lenguas orientales, imitando admirablemente á las golondrinas en su gorgéo precipitado, —+tsa alegre algarabía que concluye en un prolon-

gado pitío tan suave, tan monamenterecalcado, coEL EX-YOTO. 46

a DY — mo el beso de una madre al hijo á quien cria, — con suma ligereza se puso á decir:

Fuí á la mar, vine dela mar, Y labré mi casa sin piedra ni cal, Sin azada ni azadon, Y sin ayuda de varon. Chicurrí, chicurrí, Ñ Comadre Beatriliif(1z!

La niña abrió la boca y los ojos, y levantó la cabeza para atender á las golondrinas, que se ocupaban en hacer sus nidos debajo de las tejas. Allí acudian tan honestas con sus túnicas blancas y sus mantos negros, buscando casas felices y pacíficas por simpatía; pues es fama que traen consigo á ellas la paz y la felicidad. Así, ¿quién es el que no quiere á las golondrinas, esas precursoras de las flores, esas personificaciones de la buena fé y de la confianza, que dicenal hombre, aljornalero como al Rey: ¿Tu techo es muestro techo?

—Verdad es, verdad es! murmuraba la niña: Pero cuando bajó la "vista, un grito de espanto y dolor brotó de sus labios. Era el caso que un ga-

tito negro, apuvechando los momentos de profun-= -

da abstracción de Mariquilla, se habia apoderado de la muñeca de pan; muñeca que, á semejanza de las buenas estátuas antiguas, aun atrozmente mutiladas, sin piernas, brazos ni narices, conser van gran mérito y son tan apetecidas.

Por mas que aquella desconsolada Céres corrió

LEA AIM

o — 243 — tras de su Proserpina, no alcanzó al negro Pluton, , que con su presa estaba ya fuera del alcance de la desolada Madre, no debajo de la tierra como el otro, sino sobre el tejado.

Este fué el fin de la muñeca de pan, que vivió aun ménos de lo que viven las rosas, tipos de la brevedad de la existencia.

—Juan de la Cruz,—dijo la buena anciana á su nieto cuando bajó de la escalera despues de colgarla araña; —¿has tenido cuidado de ponerle la guirnalda de flores á la CRUZ DEL PINAR?

—S1 señora, Mae Juana, contestó su nieto.

—No sete olvide llevarle mañana otra fresca, hijo, prosiguió la anciana. Mi Madre era ama del Cura, y le oia yo decir á su merced una relacion de la Cruz, de que era muy devoto: siempre tengo en la memoria esto que decia:

¡Oh Gruz alma! oh suave Camino al cielo! ponte intercediendo

Esos ramos extiende, Y en su divina sombra nos defiende! (4) Sed devotos de la Cruz, que en todo, CoN ESE SIGNO VENCERÉIS. No se te olvide la guirnalda, hijo.

——Descanse Vd., Mae Juana, respondió su nieto,

(4) Lope de Vega.

— 244 — que antes le faltarian al sol sus rayos, que á la Cruz del Pinar su guirnalda.

Entretanto habia entrado el Padre de los niños: la Madre habia puesto la mesa, y colocado sobre ella una gran cazuela de arroz con almejas, y otra de habas y lechugas, cuyo sabroso olor sobrepujó en breve al suave perfume de las tlores, como sobrepuja siempre lo útil á lo agradable.

¡Magna sentencia que salmodian como chicharras los discípulos del nuevo culto de San Positivismo!

CAPITULO III.

LAS FABRICAS DE LOZA DE TRIANA PUESTAS EN EL LUGAR QUE LES COR= RESPONDE.—JUAN PALOMO Y PEDRO PALOMO ¡QUE BUEN PAR DE PICHONES!-——EL SILENCIO, AL REVES DE MUCHAS COSAS QUE VEMOS Y QUE NO TIENEN NOMBRE, ES UN NOMBRE SIN COSA.

¡Hijo prudente del temor callado

Y la tiniebla muda!

Hermano del sosiego y del reposo!

A tí buscando voy por monte y prado.

ODA AL SILENCIO, DE SOTO DE ROJAS.

En la noche de aquel mismo dia, dos hombres de mala traza habian tomado posesion de la única mesa y de los dos únicos bancos existentes en la venta de que hemos hablado.

Colgaba en la pared un candil de hierro súcio, que con unas borras de mal aceite y una espesa mecha—que echaba un tufo negro como una chimenea de vapor,—esparcia una luz amortiguada, vaci= lante, rojiza, como si hubiese sido el resplandor de

— 246 — un hachon arrimado á la pared; sobre la mesa habia un jarro de vino de loza de Triana. Vamos á describirlo, pues lo merece. En la parte delantera de aquel jarro, una mano maestra, una Mme. Jacotot de Triana (1) habia pintado con un azul impuro, sobre un fondo blanco súcio un animal apócrifo, como lo son las quimeras, arpías, el pelícano, el dragon con aliento de fuego, el hipogrifo, el fénix, la salamandra, el basilisco, el unicornio, y otros muchos que componen la graciosa casa de fieras de la Imaginación, rápida Atalanta que vence en su veloz carrera á la realidad. Esta moderna creacion fantástica no era bella ni elegante; y si acaso tiene esta especie algun orígen autorizado ó algun sentido simbólico, no hemos podido ni comprenderlo ni averiguarlo. Pertenecia su cabeza á no dudarlo,—en vista de las astas fieras que la ponian en un respetable estado de defensa,—al ganado vacuno: el arca del cuerpo era en figura y dimensiones de ballena; las piernas ó .patas, de cigarron y la bien poblada cola, de caballo.—Creemos que en Triana, su patria, se dá á este bicho sobrenatural el nombre de toro.—Si estos jarros fues2n exportados, como deberian serlo, no hay duda que aumentarian la fama que ya gozan en el estranjero, Montes, Cúchares y Redondo, si consi-

(1). Mme. Jacotot es la famosísima miniaturista, cuyo hábil incel dá un mérito inestimable á los objetos de China de la

ábrica de Sévres, que sirven para los regalos régios.

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deraban que estos hombres matan en un dos por tres á semejantes mónstruos. ¡Un toro del tamaño de una ballena, y que saltase como un cigarron! ¿Dónde ibamos á parar?

Antes de proseguir, y despues de la de los productos, es preciso tambien hacer una mencion honorífica de las fábricas, respetables decanas de todas las fábricas europeas. Cien años cuentan las de Sévres: ahora verémos lo que es esa antiguedad, y cuan frescos son esos pergaminos en comparacion de la antigiiedad y no interrumpida fillacion de las fábricas de Triana. No pondrémos como prueba de esta remota antigúedad, los mencionados animales, calificándolos de antidiluvianos, como podríamos hacerlo sin que nadie tuviese el derecho de impedirnoslo: pero como tendrian el de dudarlo, traerémos pruebas mas irrefragables, pues el asunto es mas sério de lo que parece.

Murillo pintó un cuadro de las Santas Justa y RuriNa, Patronas de Sevilla, que eran, como es sabido, lozeras.—Este cuadro ha pasado de Capuchinos al Museo de Sevilla, y asi, todo el que quiera cerciorarse de la inmutabilidad de estas fábricas, podrá hacerlo comparando los productos de ellas, que ha pintado el gran génio de Sevilla al pie de las Santas, con los que hoy se fabrican, y verá como son idénticos.

De esto hay doscientos años. Y si Murillo tuvo la advertencia—como es de creer que la tuviese al

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pintar estos accesorios— de asegurarse de que fueron los que en el año 287 vendian las Santas, se deducirá claramente, que esas respetables fábricas cuentan 1600 años; por lo cual tienen todo el interés de una momia viva, y de un statu quo en perpétuo movimiento. ¡Y nadie observa, nadie admira esto! Escandaliza tanta indiferencia por tal fenómeno de duracion y de inmutabilidad , en un siglo en que todo varía, todo es nuevo.... hasta, —y sobre todo,—el modo de andar!

Triana ha visto levantarse erguidas las elegantes fábricas de Sévres, de Sajonia, de San Petersburgo, de La Granja y otras, dando á luz diversas generaciones de productos brillantes, ya á lo indio, ya á lo japonés, á lo etrusco, á lo griego, á lo chino y á lo rococó, sin envidia y sin la mas mínima emulacion. Solo una taza frailera le dijo á una bacía: Chi va piano, va sano: chi va sano, va lontano. Asi estas nobles matronas, sin cuidarse de la Pompadour, ni de sus amorcillos cachetudos y alados, ni de sus flores subidas de color, —como las Duquesas de aquella época lo estaban con su colorete,—han seguido fomentando la buena casta de sus animales estrambóticos y pájaros extravagantes, con una constancia única en su clase.

Deben hacer los anticuarios una liga defensiva y protectoral para preservar las fábricas de Triana de toda agresion por parte del progreso, que seria una profanacion. El progreso, cuando pasa por es-

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tas fábricas, con todo su ejército, debe imitar el ejemplo de otro innovador, el Mariscal Soult, el queá su entrada en Sevilla, al pasar por ante las pilas de productos extremadamente domésticos de las fábricas de Triana, se quitó el sombrero y gritó á sus legiones: —¡Soldados franceses! ¡diez y seis siglos os están mirando! (1).

Volvamos á nuestros huéspedes de la venta; de los cuales decia.el ventero á su mujer, mirándolos de soslayo:

—Juan Palomo y Pedro Palomo, ¡qué buen par de pichones!!! En seguida daba una vuelta por el aposento en que estaban los huéspedes, cantando su motete, primero á sotto voce las dos primeras sentencias, —vamos entrando, vamos bebiendo; —y sacando luego un vocejon de sochantre para acabar la segunda parte—vamos pagando, vamos sa= tiendo!

Pero eran en vano los paséos y los esfuerzos que hacian los pulmones del ventero, pues el par de pichones ni pagaba ni salia.

—¡Mal haya, decia el uno dando un puñetazo sobre la mesa, ese condenado á muerte, que nos “tiene aqui aguardándole mas de dos horas!

-—Compadre Pimienta, dijo el otro que parecia

(4) Recuerdo feliz de la célebre alocucion de Bonaparte á sus soldados, al pasar por delante de las Pirámides de Egipto: Soldados franceses! ¡desde lo alto de esas Pirámides, cuarenta «siglos os están contemplando! :

— 230 — mas cachazudo; los Reyes son Reyes y aguardan...!

—Pues yo no soy Rey, y no quiero aguardar, sino á la muerte. Me voy...

—¿A dónde? preguntó al entrar un hombre alto y de feroz aspecto, acercándose á la mesa con aire de amo.

El que así era interrogado, que se habia ya puesto en pie, se volvió á sentar, «y dijo entono mas templado:

—¿Tienes grillos en los pies, que dos horas há nos tienes aquí de planton?

—No he venido antes, contestó el recien entrado, porque no he querido venir. Vamos á ver, ¿qué hay que decir?

Su interlocutor no respondió, puesto que el que le dirigia la palabra habia sido soldado de marina y baratero, y no habia valenton ni rufian que le levantase el gallo. Los otros dos, de quienes decia el ventero,—gran conocedor de la especie, —que eran un buen par de pichones, tenian entre los dos tela para ahorcar á cuatro. Era el uno un desertor, que tenia sobre su conciencia una muerte; el otro, un presidiario fugado.

El recien llegado tendió la vista alrededor, y no hallando en qué sentarse, fué á la cocina á pe= dirle un asiento á la ventera.

—No hay, contestó la mujer—4 la que, aquella tórtola que venia á unirse á los pichones, no hacia ninguna gracia;—no hay sino dos, que están en el

II AAA

— 251 — aposento; si no le acomodan, siéntese en las astas de un toro, ó plántese en la del Rey.

El maton no hizo caso ninguno de lo que decia la mujer; cogió y levantó por alto la primera silla que tuvo á mano, y se fué á sentar á la mesa con los otros dos.

Mucho hablaron, bebieron y gesticularon; la conferencia se habia ido acalorando y elevándose gradualmeute á disputa, con los vapores del vino. Trataban á la sazon, de cual de los tres seria capaz de hacer la mayor proeza.

El desertor y el presidiario ponderaban sus hazañas pasadas, y anunciaban aun mayores para lo SUCCesIvo.

— ¡Puro jarabe de pico! dijo en voz bronca el baratero á sus compañeros; —pongo cuanto hay á que ninguno de los dos es capaz de hacer lo que yo:

—Jactancia andaluza, repuso el presidiario. Yo hago lo que bagas tú, ú otro hombre, sea el que fuere; ¿estás?

Oyóse en este instante una voz fuerte, pero poco melodiosa, que cantaba: Vamos pagando, vamos - saliendóóoóó.

—Calle ese buho que canta de noche, si no quie— re que le toque yo un són para que baile una gaita gallega, que le dé calentura, gritó el baratero. Y á vosotros digo, prosiguió dirigiéndose á los otros, que no haceis lo que yo.

-—¿El qué? preguntó el presidiario.

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—Matar en saliendo de aquí al primero que se me ponga por delante, mas que sea el lucero del alba; pero no á traicion; sino como leal y valiente, cara á cara, dejándole que se defienda como pueda y quiera.

—¿A qué alborotar el mundo sin sacar provecho? opinó el desertor. |

—Es que este, añadió el presidiario señalando al baratero, tampoco lo haria. ¡Jactancia; parola, mucho ruido y pocas nueces, como dice el refran; fanfarronadas!

—¡Por el alma de mi Madre! gritó el baratero furioso y levantando el brazo; ya veréis si es jactancia! Mire Vd. quien habla de fanfarronada andaluza, ¡un valenciano!!! ¡por vía del Dios Baco!

Como estaba en mangas de camisa, se remangó ésta cuando levantó la mano, descubriendo el musculoso y velludo antebrazo, sobre el cual se veia una cruz azul impresa allí con pólvora, como las que suelen dibujarse los marineros.

—¡Vaya que eres buen cristiano! dijo al verla con mofa el presidiario.

—No soy buen cristiano; que soy mal cristiano, respondió el baratero. Pero no soy impío como tú: ¿estás? Ni he ido á renegar á los presidios de los moros, ¿estás? Ni soy hereje, ni soy judío, ¿estás? Acato la cruz; que eso lo mamé con la leche de mi Madre, — ¡Dios tenga su alma!—y el demonio la mia, si no hago callar, por y mas tiempo de

— 253 — lo que quisiera, al que á esto tenga que decir: ¿estás?

¡Qué contraste formaba aquel aposento súcio, con su moribunda, roja y vacilante luz, su cargada atmósfera, aquellos hombres fieros, sin hogar, sin asilo, sin amores ni lazos en esta vida, sus destempladas voces, roncas y avinadas, sus carcajadas y blasfemias; con la fresca, pura y tranquila noche de mayo bajo la engalanada bóveda del cielo! La mar, que con la ausencia del viento estaba en calma, como una fiera no acosada, reposaba en silencio mirando al cielo, como para aprender de él á no agitarse; lo que hace sobreponiéndose á las nubes y neblinas que exhala la tierra. Formaba la mar, asi tranquila y contemplativa, tan mágico espejo á la luna, que le daba el brillo que en el cielo no tenia. Suaves olitas venian, comoá escondidas, á tenderse sobre la tersa arena de la playa, y se iban calladas, como para no despertar á las olas grandes que se las tragan. La suave luz de la luna se habia apoderado de la trabajada naturaleza, como el sueño benéfico y tranquilo, de un agitado enfermo.

-Oíanse mil susurros indistintos y leves, que son quizás cantos de las flores; ecos que suenan en las concavidades de los alóes ó pitas; el suspiro de la mariposa, á la que pesan sus alas, y que no obstante no quiere desprenderse de ellas, porque recuerda que sin ellas era oruga; las respiraciones

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de la noche que duerme;—rumores todos demasiado ténues para que puedan discernirlos nues tros toscos vidos! —¿0 será que resuena en el aire el ruido del dia desde el otro hemisferio? Puede que asi como ha inventado el hombre el microscopio, que aumenta para la vista un millon de veces el tamaño de los objetos, andando el tiempo se invente un instrumento para el oido, que aumente un millon de veces la fuerza de los sonidos, y entonces nos descubra, como lo ha hecho el microscopio, muchos secretos.

¡Dios mio! ¿Qué soberbio y nécio materialista

inventó la palabra imposible? ¡Imposible! ¿Hay acaso algo que lo sea para el Autor de tanta maravilla? ¡Imposible decís, topos de la tierra, cuando solo la combinacion de algunos vidrios, que aumentan vuestra facultad corporal de ver, os lanza un mentís á la cara! —Nada imposible hay para el poder de Dios; ni otro diluvio; ni hacer caer el fuego del cielo sobre la tierra, como en Sodoma y Gomorra. Asi como tampoco hay nada imposible para su misericordia; ni aun el convertiros! Y creed que el dia en que volvais á la casa paterna, todos los fieles 03 recibirémos, no como los Fariséos, que no

querian rozarse con los impuros, sino como su Pa- :

dre al hijo pródigo; y 0s darémos un lugar de preferencia, pues más habréis hecho en volver, que nosotros en no salir.

Mas volviendo á la escena que pintábamos

— 255 — solo se oia distintamente el chirrido del grillo que partia el silencio de la noche, como una sierra.

¿Porqué cantan en lugar de dormir esos desvelados? ¿porqué es tan incansable su furor filar— mónico?—¿Es solo en ellos una expresion de amor, ó están dotados del sentido musical? ¿son amantes, ó son dilettanti? ¿O son acaso, como los muchachos, enemigos declarados del silencio? Bien podrá ser

- esta última suposición la cierta, porque el silencio

y la inocencia, —que son las dos cosas mas bellas que en el mundo se pueden hallar, —son tambien las dos que tienen mas enemigos y perseguidores.

¿No habeis notado, como nosotros, el inexplicable encanto del silencio, que es un goce moral y físico; y no habeis observado tambien cuán difícil y casi imposible es llegar á disfrutarlo? Podeis creernos, pues sobre esto hemos hecho un estudio muy especial y profundo: el silencio absoluto en la naturaleza, y la calma inalterable en el corazon, son goces rarísimos. Del primero solo disfrutan los sordos; de la segunda solo gozan los justos,

Andan los poetas tras del primero; los filósofos tras la segunda; los alquimistas tras el oro artificial: todos con poquísimo éxito. De las ciudades, — hormigueros de toda clase de hormigas y hormigones, —huye el silencio por verse poco apreciado: en el campo, algo se detiene, á pesar de que le

— 256 —

acosan de mancomun los pájaros, que cada uno de por sí se cree un ruiseñor, el insecto que prefie— re el monótono recitado al variado canto, el vien= to que suspira, las hojas que le hacen coro, y aun el agua que sale de los cangilones de las norias, como el niño del vientre de su madre, ensayando su voz. j

Hémosle buscado en alta mar en dias de calma chicha; ¡nada! Si no lo creeis, vosotros que teneis la dicha de no haber entregado vuestra alma al diablo, ni vuestra persona á la mar—lo cual es otra diablura—preguntádselo á un marino, á uno de esos hijos del Océano, que no saben sino llegar y partir, como los pájaros; y confiando en sus alas no temen las distancias, y confiando en su estrella, no temen los peligros. Ellos os dirán que en tales dias, —á pesar de que parece la inmensidad del mar y la del cielo un gran reloj parado, al que Dios se olvidó de dar cuerda,—á lo mejor se le antoja á un grave pez echarla de saltimbanquis, y despues de hacer brillar sus escamas al sol, ¡cae pesadamente dando un ruidoso zarpazo.—El barco, cansado de su forzoso far niente, se inclina 'y espereza, crugiendo sus coyunturas como las del Rey Don Pedro, y el mar hace gorgoritos alrededor del timon, como para probarle que su flexible voz canta de tiple así como de bajo.

Hemos buscado con mucho afan y con preferencia el silencio en las iglesias; pero tambien allí

E AN

— 21 —

una legion de resfriados se ha pronunciado unánimemente contra él.—Me objetaréis que se hallará de noche, puesto que siempre los poetas pintaron como gemelos á la Noche y el Silencio; ¡cosas de poetas, que sueñan'despiertos, y hacen rimar las palabras, sin cuidarse de que rimen las idéas! Y si no, ¿acaso no oís un coro poco angelical de mosquitos, que se esmeran en anunciar á son de trompa su poco amena presencia, las cornetas bélicas con que amenazan con su sangriento ataque, el afan con que buscan un postigo mal defendido ó una brecha al mosquitero de gasa, ese murallon, esa trinchera inexpugnable?

Esto en verano. ¡Pues y en invierno! ¡Dios nos asista! El viento nos da unas serenatas á toda orquesta, capaces de helar la sangre en las venas á las Pirámides; los serenos sacan unas voces de sus gargantas, ó de debajo de tierra, que son sonidos incalificables é inusitados de dia.—Los gatos ultra-románticos, desdeñando la clásica melancolia, acuden á la moderna desesperacion para interesar

- 4 las pulcras gatas, que no consideran decente un

paseo por el tejado á deshora.—Las gotas de lluvia de los aguaceros, parecen un ejército de soldaditos de cristal respondiendo á la lista.

Es, pues, preciso desengañarse: EL SILENCIO ES UN NOMBRE SIN Cosa; una dulce ilusion irrealizable, una utopía, soñada por un Platon que se metió algodon en los oidos; una delicia que inventó Maho-

EL EX-VOTO. 47

ma para su paraiso imaginario; y por eso dice en su Coran que LA PALABRA Es PLATA, Y EL SILENCIO ES -0RO0.—Es el silencio un sueño, un mito, una supersticion: ha huido de la tierra con hastío, y rei-

na en las nubes, adorable sultan en su puro y delicioso serrallo.

E ASA

CAPITULO IV.

LA MISA DE ALBA.—EL ROMANCE.—EL PINAR.—EL BRAZO DE LA CRUZ.— EL EX-VOTO, 4 '

Laissons les cloches rassembler les fidéles; car la voix de Fhomme n'est pas assez pure convoquer au pied des autels linnocence, le repentir et le malheur.

CHATEAUBRIAND.

Dejemos á las campanas reunir á los fieles, pues que la voz del hombre no es bastante pura para convocar al pié del altar al arrepentimiento, á la inocencia y al imíortunio.

Si les cloches eussent été atachées á tout autre monument qu'á des fajicas, elicicnasat pueda Da sympatbie morale ayec nos cours,

Ibex. Silas ca se hubiesen ada tado á ¡er otro oáliio

, hubieran perdido la simtía moral que tienen con nuesCorazones.

Si existe un sonido que vaya en derechura al - Corazon, que llene el alma de santa alegría, y bañe 05 ojos de suaves lágrimas de gratitud, es el so-

— 260 — nido de la campana, cuando al alba,—ágil y clara ella sola en el duerme-vela de la naturaleza,—hace, como dice el gran poeta católico Chateaubriand, mensageros del culto ú las nubes y á los vientos.

Grandioso es el son de bronce delas campanas, cuando en coro repican á una solemnidad religio— sa, ó anuncian un fausto evento al pais; grave y solemne cuando, segun la espresiva frase popular, llaman al muerto ú la tierra; pero es á la vez sencillo y grave, solemne y alegre, cuando tocan á la misa de alba, anticipando á toda faena humana el divino Sacrificio!

No parece sinó que no quiere irse la noche sin haber oido aquellos santos y suaves sonidos, y que el dia no se atreve á llegar sin que ellos le llamen. Así es que se está el alba muda, inmóvil y pálida como una lámpara de alabastro, alumbrando á la naturaleza con su débil luz sin despertarla, como una madre alumbra con la lamparilla 4 su dormido hijo, mientras la noche, apoyada en el Occidente, extiende sus velos que caen pesados de rocío, y anima á sus sombras que desmayan y caen por tierra.

Pero cuando se despierta el corazon del mundo,—esto es el hombre, que piensa y siente, —son sus primeros latidos los toques de aquella campana que anuncian el Santo Sacrificio, como son los primeros sonidos que articula el niño, la voz de Padre. Entónces la noche, recogiendo sus estrellas como el avaro su tesoro, huye y se desvanece co-

«AE

— 261 —

mo un mal pensamiento ante la luz de Dios, tan clara y tan pura en la naturaleza, cuando ningun nublado le hace sombra, como en el entendimiento del hombre, cuando ninguna duda fria y amarga la oscurece. Santos y puros los sonidos que esparce por el aire la campana, esa voz del templo, y que bajan sobre la tierra como notas Ó acordes sueltos del Hosanna, que entonan los ángeles del cielo á su Dios, ¡qué melodiosos son, qué pacíficos, y qué dulces y alegres!—Y lo son, porque todu eso promete la Religion al que la ame y la practique: ¡paz, dulzura, alegría y melodías santas en el corazon!

Con estas salía Juan de la Cruz aquella madrugada, de la iglesia, —en la que habia oido la misa de alba,—y al dirigirse hácia la Cruz del Pinar, llevando en una cesta la fresca guirnalda de flores que iba á colgar de los brazos de aquel Santo Signo de nuestra redencion,-—iba cantando con pura y clara voz este romance:

Hoy que celebra la Iglesia El misterio sacrosanto, Cuando hallara Santa Elena Aquel Signo consagrado, Que es el terror del infierno Y consuelo del cristiano; Salid á coger las flores Que nacen en nuestros prados, Tejed con ellas guirnaldas Y vestid la Cruz de ramos.

— 262 —

Cantad con el avecilla

Que hace su nido en el árbol,

Load al que nos crió,

Y que murió por salvarnos.

Coged, cristianos, las flores

Y vestid la Cruz de ramos,

Pues os las brinda la aurora

De esta mañana de Mayo. Aquel divino trofeo,

Como pronóstico santo,

El invicto Constantino

Miró en el cielo estampado,

Y Santa Elena llegó

A los lugares sagrados

A descubrir el tesoro

Que salvó al género humano,

Y halló el lugar escondido

A donde estaba encerrado

Aquel diamante del cielo

Perdido por tiempo tanto! Cantad loóres á la Cruz,

Salid por vegas y campos;

Coged las flores mas bellas

Y vestid la Cruz de ramos,

Pues os las brinda la aurora

De esta mañana de Mayo.

Seguia Juan la vereda derecha y blanca, abierta por entre la espesa maleza, como una raya en una crespa cabellera, y que guiaba á la Cruz del Pinar. Ya la distinguía sobre su sencilla base redonda, blanqueada para la apacible fiesta de la Cruz, ya veia á ésta con sus brazos abiertos—como para implorar á Dios, ó como para abrazar á los hom-

— 263 —

bres; —ya miraba la guirnalda que anteriormente habia colgado en sus brazos con sus mustias flores, como si las hubiesen ajado las lágrimas y marchitado el dolor; ya oia el murmullo de las hojas de los pinos, tan suave que siempre parece lejano, como una dulce y remota esperanza; tan melancólico como un recuerdo de lo que dejó de existir; indeciso, vago, indistinto como el primer si, que arranca el amor autorizado á la vírgen tímida, criada en el rádio de la mirada de su Madre y á la sombra de las alas del ángel de su guarda, —cuando de repente vió salir del pinar á un hombre. Aquel hombre, de insolente y duro aspecto, se le vino acercando á pasos precipitados, y cuando estuvo al alcance de la voz:

—;¡Atrás! le dijo con toda la insolencia de la osadía y el despotismo de la violencia.

Si Juan de la Cruz hubiese tenido tiempo 'para reflexionar, al verse ante tan temible antagonista, y no teniendo ningun interés en exponer su vida para resistir á un foragido, hubiese prudentemente abandonado el campo, y cortado así un lance, en que habia mucho que perder y nada que ganar. Pero no dando lo repentino del suceso tiempo á la reflexion, Juan de la Cruz, cediendo á un primitivo instinto de sencilla independencia y á un espontáneo brote de valor, fijó en su agresor la serena mirada de sus grandes ojos pardos, y prosiguió pausadamente su camino.

— BÉ —

—¿No me has oido? dijo ásperamente el provocador agarrando al inofensivo y desarmado jóven por un brazo.

-— Vamos, repuso Juan de la Cruz, desprendiéndose del brutal apreton del desconocido, ¿4 qué me provocais? ¿Acaso os estorbo? ¿No hay lugar en el campo de Dios para ambos?

— ¡Atrás! volvió á decir el forastero.

—¡Id con Dios, y dejadme en paz! repuso Juan de la Cruz, dando un paso adelante.

—¡Atrás! gritó por tercera vez el provocador, y si no, defiéndete, —añadió apuntándole con su escopeta,—puesto que ó te vuelves atrás , ó te dejo en el sitio!

Juan de la Cruz, ligero y ágil, se echó sobre su adversario, le cogió la escopeta con la rapidez del rayo, y el tiro se disparó al aire.

Todo esto fué hecho antes que pensado. El baratero, —pues era él, —se quedó un momento suspenso y atónito de sorpresa y de rabia.

—¿Esas tenemos? murmuró sacando su navaja; ¡Chiquillo, prepárate! defiéndete, y encomienda tu alma á Dios.

Diciendo esto, se precipitó sobre Juan de la Cruz: éste se defendió con prudencia y denuedo, tratando de parar los golpes de aquel furioso: pero siempre retrocediendo y perdiendo terreno, salió del camino, y enredándose sus pies en los matorrales de la dehesa, el infeliz perdió el equilibrio y

— 265 —

cayó de espaldas, arrastrando en su caida consigo á su implacable antagonista. Este, sujetando con una mano á su indefensa víctima, que no podia ya hacer resistencia, y levantando con la otra el arma homicida, iba á descargar el golpe, cuando paró el ímpetu de su brazo y detuvo su accion, un objeto de mas fuerza y consistencia que las carras— cas y palmitos, y que no habia cual estos, cedido al peso de los cuerpos de los combatientes, y que así se vino á interponer entre el brazo del asesino y el pecho de su caida víctima. Fijó el primero sus feroces y sangrientas miradas lleno de rabia en este objeto... y... ¡no pudo apartarlas de él! Los músculos contraidos de su rostro se dilataron; sus miradas parecieron retroceder hácia dentro, como un áspid en la tierra; sus brazos cayeron inertes sobre sus costados. Aquel objeto que habia extendido un brazo protector sobre el pecho del inocente, era... ¡una Cruz!

—Bien puedes dar gracias á Dios, dijo el asesino levantándose, por el escudo que ha puesto sobre tu pecho.

Diciendo esto, se alejó precipitadamente, y desapareció en el pinar.

La Cruz que salvó á su devoto, habia sido erigida, segun la piadosa costumbre de nuestro pais, en aquel lugar, porque allí habia sido muerto por un toro un pobre ganadero.

Las carrascas y matorrales que habian crecido

— 266 — despues, habian ocultado la humilde Cruz de madera.

Algunos momentos despues colgaba Juan con mano aun trémula y agitada, la fresca guirnalda, que regaba con lágrimas de gratitud, en los brazos de la Cruz del Pinar, y hacia voto de perpetuar la memoria desu milagrosa salvacion por ella, conser vándola expuesta en un cuadrito, que como testimonio de su fé y gratitud suspendería en el altar de la Cruz para edificacion de las almas piadosas.

¡Y este era el Ex-voro que tanto habia escandalizado el decorum protestante! De esta piadosa ofrenda de la fé y de la gratitud era de la que decian los que nos quieren convertir,

—Es una gran irreverencia, dijo Mister Hill. —Un desacato, querido; respondió el otro. —Una ridiculez, amigo. —Unaimpropiedad, Sir.

—Una profanacion, dear.

Y ahora, —despues de comparar el hecho católico con la interpretacion protestante, —¿habrá entendimiento de buena fé, ni corazon sano, que no repita con nosotros las palabras de San Pablo: «¿PORQUÉ ELLOS ENFERMAN, Y YO NO ENFERMO? ¿PorQUÉ ELLOS SE QUEMAN, Y YO NO ME QUEMO?

NOTA.

Por una singular coincidencia, mientras se ¡mprimia esta narracion, han traido los diarios de Madrid copiada del Diario de Tolosa, la relacion de un atentado cometido en la frontera de Cataluña, en la que se halla el siguiente párrafo:

Hace unos dias que anunciamos la extradicion de Francia del llamado Juan Dastrada, acusado de asesinato.

Hé aqui segun el Diario de Tolosa, la manera con que se cometió aquel crímen.

Hace algunos meses que el acusado era propietario de una posada situada en la extrema frontera de Cataluña en un sitio aislado. En aquel paraje apénas se detenia alguno que otro pasajero. Juan, que era jóven y tenia una fisonomía agradable, se habia enamorado apasionadamente de la hija de un labrador, que habitaba en las cercanías; ella por su parte le amaba tambien; pero los Padres no consentian en la boda, pretestando la pobreza del novio.

Desde que recibió esta negativa, el posadero tornóse triste, porque no tenia esperanzas de reu— nir el dinero necesario para llenarlos deseos de los Padres de la que amaba.

— 268 —

En esto pensaba una noche tempestuosa, cuando oyó que llamaban violentamente á la puerta de su posada solitaria.

Era un hombre á caballo, que perdido en aque— llas breñas, y acobardado con el temporal, pedia hospitalidad por aquella noche. Juan le recibió, encendió luz y fuego, y se puso á preparar la cena á toda prisa.

Mientras se ocupaba en esto, noló que el extranjero, cuyo trage indicaba ser un opulento per— sonaje, tenia oro en abundancia. Una idea súbita cruzó por la mente del posadero: pensó que obteniendo por medio de aquel oro la mano de su amada, aseguraba la felicidad de su vida.

La posada estaba en lugar desierto, la noche tempestuosa, el camino solitario,

Armado de una larga navaja catalana, aproximóse Juan á paso de lobo al viajero que cenaba con mucho apetito, y agarrándole por detrás, le dió una navajada en el pecho. El infeliz cayó bañado en sangre.

Juan quiso rematarlo; pero el arma tropezó con un Crucifijo que el extranjero llevaba en el pecho debajo de la camisa. Al ver este símbolo de nuestra redención, tan venerado en España hasta por los hombres mas criminales, el posadero sintió que le faltaba el valor, ¡y no osó consumar el asesinato!

FIN DEL Ex-VOTO,

ADVERTENCIA DEL EDITOR.

Al concluir esta RELACION creemos que nuestros lectores nos agradecerán les demos á conocer el juicio que de ella formó el eminente MARQUES DE VALDEGAMAS. He aquí una esquela suya escrita á un amigo que le remitió el Ex-voro para que lo leyese.

Amigo mio: Devuelvo á V. la linda novelita el Ex-—votO, que he leido con un placer infinito. Es un compuesto de toques, pero dados por una mano ejercitada y maestra. Los principios religiosos del autor no deberian ser elogiudos en otros tiempos, como quiera que á nadie le es permitido tener otros si ha reci bido el bautismo; pero hoy dia el cumplimiento del deber es una accion heróica, merecedora de prolongados aplausos. Que siga FERNAN CABALLERO por ese camino, y habrá merecido bien de la Religion, de la lite ratura y de su patria.

De V. afectisimo amigo,

Doxoso.

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LOS DOS. AMIGOS.

Lanzaba el sol sus ardientes rayos sobre una llanura de Andalucía, árida y estéril. No corrian por ella rios ni arroyos: secas yacian las flores y tier— nas plantas de la primavera; solo yerdegueaban allí algunos espinos lentiscos, y alóes, cuya dureza resiste al rigor de las estaciones. Un furioso levante formaba nubes de polvo, ardiente como lava de volcan.—El cielo puro, y el dia claro, parecian sonreirse al dar tormentos á la tierra.—Solo los ganados del pais, con su endurecida piel, y el animoso é impasible español, que desprecia todo padecimiento físico, podian tolerar aquella encendida atmósfera; ellos, durmiendo; y él, cantando!

Veíanse sobre esta llanura el 20 de agosto de 1782.las muestras de un reciente combate: caballos muertos, armas rotas, plantas pisadas y teñi-

LOS DOS AMIGOS. 18

— 214 —

das de sangre.—A lo léjos desfilaba en buen órden un destacamento inglés.—A otro lado el Comandante de un escuadron español; ocupábase en formar sus impacientes soldados y sus caballos fogosos, para perseguir á losingleses, que inferióres en número, se retiraban con la calma de vencedores.

En el que habia sido campo de batalla, un jóven sentado en una piedra al pie de un acebuche apoyaba en el tronco su pálido rostro; miéntras que otro jóven, en cuya fisonomía se manifestaba la mas violenta desesperacion, arrodillado á sus pies, procuraba detener con un pañuelo la sangre que le corria del pecho por una ancha herida.

—;¡ Ah, Félix, Félix! —exclamaba con la mayor angustia—, ¡vas á morir, y por mi causa! Has recibido en tu fiel pecho el golpe que me estaba destinado. ¿Porqué, generoso amigo, me libraste de una gloriosa muerte, para entregarme á una vida de desesperacion y de dolor?

—No te desesperes, Ramiro, le decia su amigo con apagada voz. Estoy debilitado porque he per— dido mucha sangre; pero mi herida no es mortal. Entretanto, Ramiro, ¿tú no reparas que tu mano, que supo vengarme, está herida tambien?

—Socorros (decia Ramiro sin escucharle), prontos socorros podrian solo salvarte! Pero aislados, abandonados como estamos, ¿cómo te los podré procurar? No me encuentro capaz de separarme de tí; pero Félix, morirémos juntos!!!

— 215 —

En este momento oyeron el galope de un caba= llo. Ramiro, lleno de ansiedad, dirigió su vista al lado por donde el ruido se sentia, y descubrió á su fiel criado, que habiéndolos perdido en el combate, los buscaba llenos de inquietud.

Félix del Arahal y Ramiro de Lérida, pertene= cian á dos familias unidas mucho tiempo habia por la amistad mas sincera. Educados juntos, servian en un mismo Regimiento, á donde muy jóvenes pasaron de Capitanes, habiendo sido pajes del Rey.

Félix, de alguna mas edad que Ramiro, con un carácter mas firme, con un temperamento mas tranquilo, y con razon mas madura, tenía sobre su amigo un ascendiente, que en vez de disminuir la ternura de su amistad, añadia á este sentimiento, en el uno, la consideracion y reconocimiento que inspira la proteccion que se recibe; en el otro, el interés y apego que engendra la proteccion que se concede. Despues de tan evidente prueba de afec- - to como la que Félix acababa de dar á Ramiro, exponiéndose á morir por salvar la vida de este, ar-

riesgada con imprudencia, el vehemente cariño de - Ramiro para con sú amigo, ya no tuvo límites. Le miraba como á su ángel tutelar; y extremoso como era, habria destruido sus fuerzas y su salud, asistiendo á su amigo en la larga enfermedad ocasio-

A€Ák

— 27% —

nada por su herida, si el mismo Félix no lo hubiese impedido, valiéndose de la autoridad que le prestaban su amistad y su estado doliente. |

Por las calles de San Roque, donde estaba destacado para el sitio de Gibraltar, desfilaba el Regimiento de la Princesa, precedido de su música militar, irreflexiva y animada como una Bacante. Lin- - das mujeres se asomaban á los balcones para verá los Oficiales, que las saludaban con su música alegre y con sus miradas lisonjeras.

—Mira áallí, y verás, ¡por vida mia! una hermosa mujer, dijo Ramiro á Félix, que marchaba á su lado.

Alzó Félix la cabeza, pálida aun, y vió enel - balcon de una de las mejores casas de la ciudad, á una jóven de maravillosa belleza, medio oculta detrás de las macetas de flores qne cubrian su balcon, como una hora de felicidad precedida por las de la esperanza.

—Eres buen huron para descubrir muchachas lindas, respondió Félix sonriéndose,

Pasaron. Pero Ramiro volvia de cuando en cuando la cabeza á ver de nuevo á aquella que habia llamado tanto su atencion; mientras que ella: seguia tambien con sus miradas los dos oficiales; el uno alto, pálido, de porte interesante y noble; el otro mas pequeño, pao ágil, bien formado, arrogante y vivo.

— ASA

— UN —

—Harias muy bien en retirarte, Laura; —dijo el Corregidor, tirando del brazo á su mujer, y quitándola del balcon.—Esos pisaverdes te miran, como 31 tuvieses una danza de monos en la cara.

—Al ménos, si no muy brillante, podemos decir que estuvo bien alegre el baile de anoche, decia Ramiro á un grupo de Oficiales reunidos en la plaza de la ciudad.

—Debió parecerte así, contestó un teniente de cazadores, cazador tan infatigable en el baile como en el campo de batalla. Porque, á fé mia, que te divertistes en él muy bien. Yo, solo me entretuve observando al Corregidor, que queria tragarte con los ojos.

—¿Tragarme? ¿y porqué? preguntó Ramiro.

—¡Me gusta la pregunta! ¿Quieres que un marido celoso vea con buenos ojos al que los pone en su mujer?

—Y mas si el tal es buen mozo, añadió un Oficial de granaderos, apartando de su frente las mechas de pelo de oso de su gorra.

—Y elocuente como un San Agustin, dijo otro Oficial.

—Y emprendedor como Colon, continuó otro.

—Y que sabe insinuarse como la serpiente de Eva, dijo un tercero.

—Si asi fuese, contestó Ramiro con aire sério,

— 218 — el Corregidor se inquietaria por cosa muy corte, y deberia gastar más flema.

—Eso estaria más de acuerdo con su gran barriga, replicó el de cazadores; pero amigo; es que él guarda un tesoro que no merece poseer.—Lérida, prosiguió el mismo, más gloria y placer hay en esta conquista, que en la de la plaza de Gibraltar.

—Basta ya de chanzas, señores, repuso Ramiro. Desgraciadamente el sitiode la plaza, que mar— cha con tanta lentitud, nos tiene ociosos, y hé aquí lo que ocasiona estas vaciedades y habladurías.

—Ya te veo en cuerpo y alma metido en una intriga, dijo Félix á su amigo al separarse de los demás, pues te has formalizado. No olvides, Ramiro, la copla:

Yendo y viniendo fuime enamorando; empecé riendo,

¡y acabé llorando!

— ¡Reflexiones! ¡Raciocinios! respondió Ramiro. Mira, Félix, esas fortificaciones que nos vomitan muertes, ¡Sabe Dios cuántas horas vivirémos! Además.... pregunta á los viejos, cuánto duraron sus veinte y cinco años! Gocemos, Félix.... gocemos de la vida!

— 219 —

Nada gozaba, no obstante, el pobre Ramiro, cuando al abandonar su lecho sin haber conciliado el sueño, y apoyándose en la barandilla de su balcon, miraba y apenas veia el sol, que elevándose sobre el horizonte, despertaba al universo como una campana de luz. Apasionado como estaba, su amor habia llegado al último grado, por los insuperables obstáculos que sele oponian. En vano su ternura era correspondida con igual ardor: un marido celoso levantaba impenetrables barreras entre los dos amantes. Laura no salia de su casa desde que su marido habia principiado á sospechar. Mudas y temerosas entrevistas en la iglesia; algunas palabras por la noche en la reja, cuando Ramiro podia pasar disfrazado; pobres billetes, que mas que palabras contenian lágrimas, eran el único alimento de su exaltada pasion; pasion en todo jóven, en todo lozana, y en todo andaluza; sedienta de lo futuro, y sin pasado para vivir de recuerdos. Maldecia Ramiro tantos obstáculos, y se entregaba 4 una verdadera desesperacion.

Estaba tan embebido en sus tristes pensamien— tos, que por dos veces fué necesario le advirtiera una disimulada tosecilla, que la buena vieja María, nodriza y confidenta de Laura, pasaba por debajo de su ventana, para que él lo notase. Apresuróse Ramiro á bajar, y siguió á lo lejos 4 la buena muger; no atreviéndose á mirar á nadie por miedo de ser visto.

— 2980 —

Después de muchos rodeos, María llegó á una -callejuela solitaria: de un lado selevantaban las altas y severas paredes de un convento, y del otro las del jardin del Corregidor. Paróse entónces María, llegó Ramiro, y ella le entregó un billete que él abrió precipitadamente, y que contenia estas pocas palabras: «Mi marido se va al campo. Estoy libre esta noche, y podré verte. Es la primera, y:será la última!»

¡Quién podrá dar su justo valor al arrebatamiento de Ramiro, careciendo de suardiente alma, y no estando apasionado como él!! Besó con el mayor ardor el billete, que por esta vez no estaba empapado en lágrimas, pero cuyas letras temblorosas y mal trazadas probaban la agitacion con que se habia escrito. Con el mismo enagenamiento besaba las descarnadas manos de la anciana María. Sacó después una bolsa bien llena, y se la entregó, llamándola su genio tutelar, su Madre y su amiga benéfica! Mas la fisonomía de María cambió de 'expresion en un momento. Enderezó su encorvado cuer— po, sus apagados ojos se vivificaron, y miró á Ra— miro de pies á cabeza con arrogancia é indignacion. | | |

—Señor, ¿quién ha: creido Vd que soy yo? le dijo. Lo que acabo de hacer por amor de mi niña, puede ser una debilidad; pero si lo hiciese por interés, seria una infamia.—Y desapareció en el momento, entrándose por el postigo del jardin.

— 8 —

Félix al entrar en el cuarto de su amigo para desayunarse . quedóse espantado al encontrarle entregado á la desesperacion mas violenta.

+ Arrancábase los cabellos de sus hermosos y negros rizos, tiraba con rabia cuanto encontraba á la mano... rompia los muebles!

—(¿Qué tienes, Ramiro? le preguntó.

Pero él solo repetia:

—¡Maldito sea el estado militar! ¡maldita esta dorada esclavitud! ¡maldito el coronel, tirano absoluto! ¡maldita la hora, en que con estas charreteras recibí una cadena, que no me es posible romper!

—Pero, amigo mio, le dijo Félix; mada comprendo de tus arrebatos.—¿Has tenido algun disgusto con el coronel?

—;¡Ah! respondió Ramiro, ¡no se trata de disgustos, sino de la felicidad de mi vida! —Nada ten— go oculto para tí: —¡toma y lee!

Dióle el billete de Laura, y Félix pr > que lo leyó, |

—¡Y bien! dijo. | Y bien! replicó Ramiro; ¿no soy yo el mas desgraciado de los hombres?

—Estos: renglones, contestó Félix, me bacian suponer lo contrario. |

—¿No sabes, pues, exclamó Bani que AstóN liitisindo de-guardia para la ¿sy las manos al decir esto. |

— 9892 — Félix se echó á reir.

—¿Y es esa la causa de tu desesperacion? le dijo. Eso sí que es propiamente lo que se llama ahogarse en una gota de agua. Yo haré el servic1o por tí; tú lo harás por mí cuando me toque.

Ramiro estrechó entre sus brazos á suamigo, diciéndole:

—Félix... Félix mio!... nacíste para mi felicidad: eres mi providencia; un sér benéfico que siembra de flores mi vida. ¿Cómo podré yo jamás pagar tu ternura y tu amistad generosa?

—Pero ¿hé hecho yo alguna cosa, contestaba Félix, que no hubieras tú hecho en mi lugar, mi querido Ramiro?

Este no dió otra respuesta, que estrechar á su amigo contra su corazon tan lleno de amor y de amistad, como de esperanza y de gratitud.

Elevábase el sol sobre el horizonte con su magestuosa monotonía.

—Mucho te apresuras hoy, rubio mio, decia Ramiro, echándole una colérica mirada y deslizándose por la puerta del jardin, que María cerró con prontitud luego que aquel salió.

¡Qué dichoso se encontraba Ramiro! Estaba lleno de orgullo, de reconocimiento y enternecido. Todo su sér parecia haberse triplicado. Saboreaba

OR en el profundo santuario de su corazon, cuantas emociones produce una verdadera pasion corres pondida. Embriagado de placer, bendecia su suerte. En su éxtasis no reparó en el teniente de caza— dores que salia á su encuentro. Al verle quiso, haciendo el distraido, echar por otro lado. Mas el teniente se apresuró á unírsele, diciéndole:

—¡Cuánto me alegro de verte, Lérida! ¡te creia de servicio en la avanzada!

—Bien, ¿y qué? contestó Ramiro.

—¡Es una friolera! respondió el de cazadores.— _Los ingleses han hecho una salida, y el comandan del puesto ha sido muerto.

Ved la antigua Sevilla sentada sobre una llanu—- ra, como una viuda en su poltrona. Vedla envuelta en sus viejas murallas, como en un manto Real desechado. Mirad al viejo Bétis besando sus piés, con la respetuosa galantería española. Oid cual le pregunta dónde están sus flotas que daban la vela, llevando á los Colones. los Corteses y Pizarros, al descubrimiento y conquista de un nuevo mundo, y volvian cargadas de plata y oro.—Sevilla suspiran— do le enseña sus barcos de vapor! ¡Oh progresos del tiempo! —Aproximáos.—Hablad con ella. Como vieja, le gusta hablar de las épocas de sujuventud y grandeza.—llla, pues, os llevará desde luego á

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su catedral. Os enseñará el cuerpo de su San Fernando. Pero... arrodilláos... adorad... venerad con ella!... sino, estad seguros de que. la vieja Sevilla no volverá á hablaros: no podríais comprenderla.

Despues la seguiréis al Alcázar, palacio de Re— yes, viejo y romántico como ella. En los baños de las Reimas moras, de Doña María de Padilla, es donde os contará en romances su historia, sus vicisitudes , sus triunfos, sus glorias y sus creencias; — y los ecos del palacio, habitado solo de recuerdos, repetirán sus palabras con sus aéreas bocas. En seguida os sentaréis con ella 4 la fresca sombra de floridos naranjos en las orillas del Bétis, y os hablará de sus hijos queridos: os recitará con mágia y encanto los versos tan bellos de Herrera, Rioja y Góngora; las hazañas de los Ponces de Leon y los Guzmanes, y os llevará de la mano á admirar las portentosas obras de su Murillo, su Velazquez y su Montañés.—La veréis jóven, ardiente, poética, exaltada: mas luego volviendo á su verdadero estado de mujer anciana, acabará por deciros suspirando: ¡Cómo han mudado los tiempos!

Saliendo por la puerta llamada de Triana, seguireis dos calles de árboles que conducen á los Malecones, que son una porcion de gradas elevadas para precaver la ciudad de las inundaciones del rio', cuando éste sale de madre. Pasados aquellos, encontraréis una llanura llamada el Arenal; de donde sale el puente que conduce á Triana. Veréis

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en esta llanura una concurrencia elegante, dirigiéndose hácia la izquierda, donde principian los hermosos paseos, que adornan á Sevilla cual una guirnalda de flores. La vecindad del rio es quien sostiene ese lujo de vegetacion, esa multitud tan variada de flores que los embellecen: pues no pudiendo ya enriquecer á su amada con tesoros, la adorna con flores.

A la derecha de la puerta de Triana, veréis la Plaza de Armas que hizo construir el General Marqués de las Amarillas. Los pilares que sostienen sus cuatro puertas, están adornados de un leon de bronce destrozando un águila; y hacen alusion á los nombres que llevan aquellas, que son Bailen, Vitoria, San Marcial y Albuera. ¡Honor al noble español, que eleva un monumento á la gloria de su Pátria!... que procura libertarla del injusto olvido donde la sepulta el culpable descuido naciónal! que conservó en su corazon, verdaderamente patriótico, el recuerdo de esta gloria potente, elevada, sublime, que existirá en los venideros siglos, cuando yazgan en el olvido las disensiones domésticas que la hacen descuidar hoy!

Un domingo del año 1833, muchas damas adornadas con mantillas blancas, flores y cintas; mu= nos elegantes jóvenes, á pié y á caballo, se apre=

— 286 — suraban á llegar al paséo. Dirigíase la alegre mul titud á la izquierda, en tanto que á la derecha se observaba un contraste notable. Un misionero capuchino, subido sobre el malecon, predicaba á un gran número de gente del pueblo, que en pié y con la cabeza descubierta, formaban en derredor suyo un círculo á manera de abanico. A ciería distancia, un inglés apoyado en un árbol, dibujaba en su álbum el venerable rostro del capuchino. Un paisano, mirando el dibujo por encima del hombro del inglés, se sonrió y dijo con la franca cordialidad española, á quien basta una mirada para hacer conocimiento: —¡Por vida mia, que se parece, como un ojo de la cara á su compañero! Usted es un gran pintor, señor; y si Vd. es inglés como pienso, muy ageno estará al mirar á ese pacífico y santo varon, de que haya echado quizás debajo de tierra á algunos de los abuelos de Vd.

El inglés miró al español con admiracion, y éste le volvió á decir:-—-Si señor: ¡valiente espada era la suya el año 17821—En el sitio de Gibraltar se distinguió mucho, hasta que... pero es historia larga.—Suplicóle el inglés se la contára, y el buen hombre que no deseaba otra cosa, le hizo la rela cion que se ha leido.

Viendo—añadió por último el español, —con tan-

ta claridad el dedo de Dios, que le castigaba con tan .

espantosa catástrofe, fuera de sí de dolor por haber causado con su criminal pasion la muerte de su

07 —

amigo, D. Ramiro de Lérida, solo vió dos alterna tivas: morir ó hacer penitencia.—;¡Gracias á Dios era cristiano, y tuvo valor suficiente para escoger la última!

El inglés miró ya con un nuevo interés al misionero.—Tenia, por decirlo así, el microscopio, que podia penetraraquella cubierta, humilde y silenciosa.

Mas en vano buscó en aquel semblante, envejecidos surcos de lágrimas, un tinte de dolor, ó una mirada que denotase un recuerdo.—;Todo habia desaparecido en aquella tranquila y venerable fisonomía! No era obra del tiempo; era total variacion. Una elevada virtud habia desprendido de este mundo su corazon, y conducídole á aquella altura, en que segun el elocuente poeta Lamartine:

«¡Hasta el recuerdo huyó, sin dejar huella!»

FIN DE LOS DOS AMIGOS.

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LA HIJA DEL SOL.

¿Est-ce vrai?—Oui; mais qu'importe? BALZAC.

Tocaban á ánimas las campanas de la ciudad de Sevilla, y muchos corázones religiosos se alzaban al cielo en aquella hora dedicada por la Iglesia á recordar á los muertos. Todo yacia frio, silencioso, y triste en la invadiente oscuridad de una noche de diciembre: una espesa cortina de nubes cubria las estrellas, que son,—segun dice un poeta, —los ojos con que mira el cielo á la tierra,

En la sala de una de las hermosas casas de Se-- villa, que los extranjeros llaman palacios, frente á una chimenea, en que ardia y daba luz como una antorcha la alegre leña del olivo, estaba sentada una señora, sumida en los pensamientos graves y tristes, quesinfundian la hora y lo lóbrego de la no-

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che. No se oia sino el gemido del viento, que daba tormento á los naranjos del jardin, y que penetrando por el cañon de la chimenea, caia sobre la llama, á la cual abatia temblorosa, esparciendo ráfagas de vacilante luz por la estancia. Parecía que la soledad la abrumase; y cual si un génio benéfico se ocupase en prevenir sus deséos, abrióse la puerta, apareciendo en el umbral una persona cuya vista debió serle grata, puesto que al verla, hizo la señora un ademan y exclamacion de alegría, y se levantó para irá su encuentro.

La recien entrada era una señora de edad, bajita, trigueña, cuyos ademanes animados y cuyos ojos vivos v alegres denotabah que los años habian pasado por aquella naturaleza juvenil y activa, sin doblegarla, y sin que su dueña los notase.

—Vaya, Marquesa, dijo la recien llegada, que para venir desde donde yo vivo hasta tu casa, se necesitan_amor y coche.

—Te ha bastado el amor; ¡y cuánto te lo agradezco! Ahora conozco la verdad que encierra este refran; «amor con amor se paga.» —¡Salir en una noche como esta!

—;¡ Hija mia! no habia otra, repuso laamiga. ¿Sabes, añadió, que te he estado mirando por los cristales, y he visto que tienes un aire de languidez, segun dicen los poetas del dia, que maldito si te sienta bien? Si te hubiese visto tu amigo el Baron de Saint Preux, diria que echada?como es-

— 293 — tásen tu sillon ante la chimenéa, parecías la estátua de la Lealtad llorando ante la hoguera de un trono.

—Por fortuna, repuso riendo la Marquesa, €l trono que arde aqui, lo fué solo de un jilguero.

—Si te viese Joaquin Becquer (1) le servirias de modelo para algun cuadro de la Viuda de Padilla, prosiguió la que habia entrado.

—Desahoga ese buen humor que rebosa en tí como la alegría en los niños, respondió con resignacion la Marquesa.

—Tu recomendado Sir Robert Bruce diria al verte, que lo que verdaderamente progresa en el mundo, es el spleen.

—Pero, amiga mia, replicó la Marquesa cuando se tienen penas.....

—Si me hablas de penas, tomo el portante, nterrumpió la señora: tengo una cáfila de ellas á tu disposicion, que me dejo en casa cuando salgo. Vengo á que nos distraigamos un rato en sabrosa plática, como dicen los buenos hablistas, exóticos ya entre nosotros. Dejemos las lamentaciones para Semana Santa.

—De ningun modo me entretendrías mejor y mas á mi gusto, repuso la Marquesa, que contándome la historia de aquella hermosa dama que debió á su extraordinaria belleza, el nombre por el que fué conocida.

(4) Hustre pintor de Sevilla contemporáneo. N. del E.)

— 294% —

—¿La HIJA DEL soL?... Verdad es, que prometí referírtela; y cierto es tambien que nadie te la podrá contar von mejores datos que yo, habiéndolos adquirido en la isla de Leon, teatro del suceso, donde pasé mi primera juventud, siendo mi Padre Capitan General del Departamento.

Sentáronse ambas amigas frente á la chimenea, avivaron el fuego, y la Marquesa se puso á escuchar con ansiosa curiosidad el siguiente relato.

«Quedó viuda la señora de** con solo una hija, de tan maravillosa belleza, que mereció el dictado de la HIJA DEL SOL, por el cual era conocida. Crióla su Madre léjos del mundo, en silencio y soledad, velando incesantemente sobre su tesoro, hasta ponerla en manos del hombre digno y honrado, que uniéndose á la hermosa jóven, le dió su nombre y hacienda. Don A. F. era un hombre de mérito, y la HIJA DEL SOL se unió á él, sin desear y sin oponérsele la boda: siguió en esta ocasion el dictámen de su Madre, que nunca habia hallado oposicion en la dócil niña. 0

Gozaban hacía algun tiempo los esposos de una felicidad sin nubes, cuando un acaecimiento inútil de referir, obligó á D. A. F. á hacer un viage á la Habana.—Entónces rogó á su suegra que se encargase de su hija, y la llevase fuera de Cádiz durante su ausencia. Hacíalo, porque en aquella época—por losaños de 1764—.era Cádiz rica y poderosa, y el oro arrastraba en pos de sí, ese lujo, esos pla-

— 295 — ceres, esas vanidades, esa embriaguez, y esas pasiones que son su séquito ordinario. Para alejarse de este foco de seducciones y peligros, D.A. F. les suplicó que se trasladasen á la Isla, ciudad de arsenales y de marina, vasta y solitaria, porque Cádiz lo absorbía todo en sus cercanías.

Miéntras un barco salia lentamente de la bahía de Cádiz, entónces animada como una feria, una berlina con cuatro caballos, cuyos cascabeles sonaban alegremente, corria por el arrecife que conduce de Cádiz ála Isla, y que se alza entre dos mares, que se unen tanto en las altas mareas, que enton— ces, más que camino, parece el arrecife, puente.

En la berlina se hallaban dos señoras, la una anciana, cuyo semblante expresaba cuidados y zozobras; la otra jóven y hermosa, cuyo rostro estaba bañado de lágrimas. Frente de ambas ¡ba sentada una negra aun jóven, doncella y compañera desde su infancia de la que lloraba; la que por sus visajes, gracias, y niñerías, logró que á una legua de Cádiz las lágrimas de su ama llegáran á secarse, y que una sonrisa reemplazase los suspiros que antes salian de sus lábios.

La isla de Leon es una ciudad larga y angosta, que se levanta blanca y brillante entre los montones de sal, como un cisne rodeado de sus polluelos. Tres cosas descuellan en ella, las palmeras de su arenisco suelo, el Observatorio de su sabia marina, y la cúpula de sus católicos templos. La Isla es

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triste, como una bella muger, arrinconada por una feliz competidora; ó mas bien, la Isla con sus ar= senales, sus diques, sus cordelerías, sus astilleros y machinas, parece la muger del marino en su soledad, sentada en la playa y mirando al mar.

La berlina se paró delante de una hermosa casa, que como la mayor parte, era de piedra, y estaba solada de mármol, y cuyas puertas eran de caoba. Frente de la puerta de la calle se abria la del jardin. Precedíale una galería que formaban columnas de mármol, entre las cuales habian confeccionado los jazmines, las madreselvas y los rosales guirnalderos, columpios para jmecer sus flores.—Caminitos de ladrillos dividian el jardin en cuatro partes. Las paredes desaparecian bajo un espeso velo de enredaderas. En el centro del jardin habia un cenador ó merendero tan espesamente cubierto por rosales de Pasion, que en lo oscuro y fresco, más que cenador, parecia gruta. En medio, sobre un pedestal, se hallaba un Amorcito de mármol, que con una mano escondia sus flechas, y con un dedo de la otra, que llevaba á sus lábios, imponia silencio.

En este merendero era en el que pasaba la HIJA DEL sOL largas y solitarias horas. Algunas veces le decia Francisca, su negra, despues de prolongados ratos de silencio: —Ese niño, mi señora, nos hace señas que callemos. Mas valiera que nos mandase hablar, pues lo vamos á olvidar. Mi amo

e E

tiene en el barco la mar, los vientos y los peligros:

pero acá nosotras no tenemos nada sinó las flores. La HiJa DEL soL bostezaba y respondia. —Mi marido piensa:

«que entre dos que bien se quieren, con uno que goce basta.»

¡Asi pasaba su vida aquella muger, que, por desgracia, no habia sido enseñada á llenar su tiempo, y á ocupar su mente, y á la que pesaba la ociosidad, como al desvelado las tinieblas! Necesitaba la vida activa, para revolotear ligeramente y sin objeto, de flor en flor, como la mariposa.

Un dia estaba la hermosa solitaria sentada, abanicándose, en su ventana ó cierro de cristales. Francisca, echada en el suelo, se entretenia en teñir de azul con agua de añil el blanco peo habanero de su señora.

— ¡Sabe vd. mi ama, dijo de repente, que ese oficial, ese Brigadier de guardias marinas que nos sigue cuando vamos á Misa, se ha mudado aqui enfrente?

La HIJA DEL soL, al oir á su negra, volvió la cabeza por un irreflexivo é involuntario impulso, y vió en el balcon de la casa á que Paca aludia, á un jóven, el cual aprovechando el instante en que ella fijó su vista en él, la saludó con la finura y gracia que ha distinguido siempre 4 los oficiales de la Marina Real.

La reconvencion que iba á hacer la HIJA DEL SOL á su negra, expiró en sus lábios al ver al jóven, en el que de sobra habia reparado anteriormente. Asi fué que Francisca prosiguió:

—Se llama D. Cárlos de las Navas; tiene veinte y cuatro años, y esel mejor mozo de la Brigada. Es tan bueno y tan llano, que todo el mundo le quiere...

—Parece que estás muy impuesta en todo lo concerniente á ese caballero, dijo su ama interrumpiendo á la negra. Pero como todo eso ni me atañe ni me importa, guárdalo para tí y otros curiosos.

—Aqui tiene mi ama á su perrito mas azul que una pervinca, dijo la humilde muchacha para distraer á su ama.

Pero la HiJA DEL SOL no pensaba ni en el perrito azul, ni en su doncella negra. Dias habia que un gallardo jóven la seguia por todas partes: le veia en todas partes, en la calle, en la iglesia, en sus pensamientos, en sus sueños! Ahora se le encuen tra alojado frente á su ventana; se le han nombrado; se halla casi en relaciones con él, por medio de un saludo que no ha podido excusar!

Demás está el que se añada que las Navas, que fué uno de los mas cumplidos caballeros de su época, al ver á la HiJA DEL soL, habia concebido por ella, una de aquellas pasiones, que en tiempos en que no absorbia la política completamente á los hombres, henchian y exaltaban sus almas á punto de intentar lo imposible, movidos por ellas.

o YO9 —

Mucho tiempo fueron inútiles todas sus gestiones; porque á la HIJA DEL soL habian sido infundidos principios religiosos, que si no siempre alcanzan—en vista de la fragilidad humana—á evitar una«“ulpa, siempre llegan á enmendarla 6 á corregirla. Las Navas estaba desesperado; la HIJA DEL SOL por su parte habia trocado su anterior tranquilo fastidio por un constante dolor que la consumia. Francisca, la negra, llena de compasion por los sufrimientos de ambos, y cediendo á sus instintos de raza incivilizada, sin reflexionar en la culpable causa de estos voluntarios sufrimientos, ni en las trascendentales consecuencias de su necia complacencia, cedió á los ruegos de las Navas, y una no— che, en que estaba su ama tristemente sentada en el cenador del jardin, le abrió una puertecita que éste tenia, y que daba á la Albina, sitio solitario y pantanoso que se extiende entre la Isla y el mar.

Es una verdad muy conocida, la de que el primer paso es el que cuesta. La puerta que tan imprudentemente abrió la negra, lo fué ya cada noche. En aquella galería, poco ha tan sola y vacía, entre aquellas flores, poco ha tan desdeñadas, á'la claridad de aquella luna, poco ha tan desatendida, pasaban los amantes noches de encanto, y cuya felicidad adormecia hasta á la conciencia. De esta suerte pasó un año.

Entonces acaeció, que el Capitan General del Departamento, que habia ido á Jerez, murió alli re-

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pentinamente: toda la brigada de guardias marinas tuvo que trasladarse á aquel pueblo, para acom= pañar el entierro. Esta ausencia—por corta que fuese—causó un vivo dolor en dos seres que habia un año que no podian vivir sino en la misma. alt= mósfera, y para los cuales era la ausencia un com pueste de dolor, de inquietud, de ansiedad, de temor y de celos.

En la noche del segundo dia, estaba sentada la HIJA DEL SOL en la galería de su jardin: Francisca lo estaba á sus pies. La luna se levantaba pura y tranquila, como un corazon exento de pasiones y de inquietudes.

—Mi ama, dijo Francisca poniéndose de un salto en pié, ahí está el señorito de las Navas, ¿no ha vido su mercé la señal?

—No es posible, Francisca; respondió azorada y con corazon palpitante la HIJA DEL SOL.

—Escuche, mi ama, escuche, repuso la negra.

La H1Ja DEL SoL aplicó el oido, y oyó distinta= mente el silbido particular que usaba las Navas para darse á conocer.

Francisca corrió á buscar la llave del postigo, corrió hácia él, lo abrió, y las Navas envuelto en su capa entró con paso acelerado.

Pero Francisca no pudo volver á cerrar el postigo, porque le empujaron dos hombres que entraron y siguieron á las Navas.

Sobrecogida de un asombro que la paralizó, la

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negrano pudo ni moverse, ni gritar. Los que habian entrado, alcanzaron á las Navas; y ántes que pudiese defenderse ni parar el golpe, le clavaron sus puñales en el pecho. Las Navas cayó sin dar - un gemido; cuando le vieron tendido en el suelo, los asesinos huyeron.

Por algun tiempo, el mas profundo silencio siguió reinando en aquel lugar, mudo testigo de la catástrofe. Francisca permanecia paralizada bajo la doble impresion del espanto y del horror. La HIJA DEL SOL yacia desmayada sobre las gradas de mármol de la galería; las Navas no daba señal de vida! La luna plateaba tranquilamente este cuadro, y las flores lo embalsamaban. |

Alcabo de un rato, vuelta Francisca en sí por la activa angustia que sucedió á su pánico espanto. vuela háciasu ama, á quien mira ya deshonrada y perdida: la coge en sus brazos, la despierta, la anima.

—¡Ama mia! ¡ama mia! exclama; sois perdida si aquí hallan á ese cadáver!—Ama mia, vuestra honra y vuestra suerte dependen de lo que podamos hacer en estos momentos; ¡y son contados! Es preciso sacar de aquí ese cadáver que us compromete.—Valor, mi señora, valor! si no lo haceis por vos, hacedlo por el amo!-—Saquemos de aqui ese cadáver para evitar el escándalo y la afrenta. Ayudadme á arrastrarlo á la Albina; que yo no puedo hacerlo sola!

Y la valerosa negra arrastra á su infeliz ama, y la obliga á ayudarle á arrastrar el cadáver á la Albina.

—¡Basta! que no puedo mas! gemia su ama.

—¡Más todavía, mi señora! replicaba con angustia la negra; ¿quereis aparecer ante los tribunales?

Y las dos, dominando su dolor, su asombro y su ilaqueza, volvian á coger el yerto cadáver para alejarlo mas de allí.

Despues Francisca, sosteniendo á su señora, la arrastra ásu cuarto, la acuesta; vuelve al jardin, echa agua sobre las manchas de sangre, y hace desaparecer todo rastro, todo vestigio de aquel lúgubre crímen, con esa energía hija del cariño, que es la mas perseverante.—Regresa al lado de su se= ñora, y al verla tendida, tan blanca y tan inmóvil - como si fuese aquel lecho su féretro, cae de rodillas, y elevando hácia su señora sus temblorosas manos, prorumpe en sollozos exclamando:

—¡Ama mia, yo os perdí!

—No, Francisca, no, murmuró su señora; me has salvado!—Y echando uno de sus brazos de marfil al cuello de ébano de la esclava, la atrajo á sí prorumpiendo en sollozos.

—Ya viene el alba, dijo poco después Francisca, que fué áabrirlas ventanas, como para poner cuanto ántes fin á aquella espantosa noche!

Por más que digan los poetas, —que por lo regular no conocen al alba sino de oídas,—el alba es triste. Cuando el dia cae, todo se prepara al re-

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poso; al alba todo se prepara al trabajo y al sufrimiento! La luz del dia alumbra á una ciudad muerta; tanto brillo en el cielo y tanto silencio en la tierra contrastan penosamente!—LA HIJA DEL SOL bella y silenciosa, se parecia á esa madrugada sin vida.

Francisca la obligó á levantarse y á sentarse en su cierro de cristales, como tenia de costumbre, para evitar toda sospecha. Francisca entraba y salia en el gabinete.

—¿Qué se dice? le preguntaba su señora á media voz.

—Todavía nada, respondía Francisca en el mismo tono.

—¡Dios Santo! ¡Ese cadáver abandonado! gemia la infeliz.

Francisca cruzaba las manos y le hacia seña de que callase, señalándole á su Madre, que rezaba tranquilamente sentada en el canapé.

De repente, se oyeron los brillantes y animados sonidos de la música militar. Era la Brigada de marina, que regresaba de Jerez.

Cada nota de la música, que tantas veces habia oido cuando precedia á la Brigada, y á su cabeza venia el hombre á quien amaba, y que ahora yace muerto y abandonado cadáver en la Albina; cada una de estas notas es un pañal que se clava y destroza el corazon de la infeliz mujer, en la que hasta su dolor es un delito!

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De repente, aquella mujer que gemia, quédase muda; sus ojos se abren espantados y fijos; un temblor convulsivo se apodera de ella, y solo tiene accion para extender el brazo con un ademán lleno de espanto hácia la calle. Francisca se arroja al cierro, y sigue con la vista la direccion que indican el brazo y las miradas de su ama, y vé.... vé á las Navas á la cabeza de su Brigada, que en aquel instante alza la cabeza, sonríe y saluda alegremente á su amada! Francisca da un grito, y cae sin sentido: la HIJA DEL SOL, fuera de sí, clama al cielo pidiendo misericordia: refiere á voces lo acaecido aquella noche. La creen loca, y su Madre manda llamar á un facultativo; pero Francisca, vuelta en sí, confirma la relacion de su ama. Van á la Albina; pero allí no se halla cadáver alguno: preguntan á las Navas; éste no ha faltado, no ha podido faltar de Jerez, lo que confirman unánimes sus compañeros.

La HIJA DEL soL, después de restablecida de una larga enfermedad, escribe á su marido, se confiesa culpable, le ruega que la perdone y le dé licencia para entrar en un convento á hacer penitencia. El marido le dá esta licencia, la bula es otorgada; y la HIJA PEL SOL entró y profesó enlas Descalzas de Cadiz, en el que, después de una vida ejemplar, murió como una Santa. Francisca la siguió al convento.»

—¿Y cómo se explicó eso? preguntó con profundo interés la Marquesa ásu amiga, cuando esta hubo concluido.

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—Esto na se explicó NUNCA para los noridall pero sí MUY LUEGO á las almas e respondió su amiga. e

NOTA. Esta Relacion es verídica. La HIJA DEL soL nació en 1742, y murió monja Descalza en Cádiz, en 4801, áloscincuenta y ocho años de edad. El señor D. Francisco Micon, Marqués del Mérito, compuso á la m1JA DEL s0L, cuando profesó, el siguiente soneto, que si bien no tiene mucho del título de su autor, puede servir de comprobante á lo referido.

: ALA HIJA DEL SOL. SONETO.

Ya en sacro velo esconde la hermosura En sayal tosco garbo y gentileza La mua per soL, á quién por su belleza Asi llamó del mundo la locura.

Entra humilde y contenta en la clausura ; Muye la mundana! falaz grandeza: Triunfadora de sí, sube á la alteza,

De la santa Sion, mansion segura.

Nada pueden con ella el triste encanto Del siglo, la ¡ilusion y la malicia;

Antes los mira con horror y espanto.

Recibo el parabien, feliz novicia,

Y recibe tambien el nombre santo Do nia amada del que es, SOL DE JUSTICIA,

FIN DE LA HIJA DEL SOL. LA HIJA DEL SOL. 20

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No book is to be lent out of the household of the borrower; nor is it to be kept by transfers in one household more than one month, and 1t must remain in the Library one week before 1t can be again drawn in the same household.

The Library hours for the delivery and return of books are from 9 o'clock, A. M., to 8 o'clock, P. M., in the Lower Hall; and from 9 o'elock, A. M., until 6 o'elock, P. M., from October to March, and until 7 0'clock, from April to September, in the Bates Hall.

Borrowers finding this book mutilated or unwarrantabl deinced, are ex ted to re it and also any undue delay in the delivery of books.

* *XNo claim can be established because of the failure of any Library notice to reach, through the mail, the person addressed.

[50,000, Nov., 1870.]

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