Relaciones · Capítulo real 10 de 11

CAPITULO IV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 5 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO IV.

Por aquel tiempo habia en la parte alta de Lisboa, un barrio que destruyó el terremoto de (755, y que no habia sido reedificado. Formaba anchas calles de ruinas sin belleza ni prestigio, decrépitas sin recuerdos, viejas sin nobleza, restos sin ante= cedentes y sin la solemne calma de la muerte, —como los tienen las ruinas que hace el tiempo, — teniendo aquellas el repulsivo sello de la destruccion, como las que hace el hombre, ó produce un cataclismo.

Alzábanse aún trozos de paredes con los huecos que tuvieron; pero los unos despojados de sus vidrieras y celosías, parecian ojos sin párpados, y los otros privados de sus puertas, parecian entradas de cuevas. Los pátios, y las habitaciones en alberca y rellenos de escombros, mostraban por sola gala alguna díscola ortiga, ó algun silencioso lagarto, que vestía del color de las piedras, para no

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ser apercibido. Un débil eco respondia desde algun lóbrego pasadizo, con exhausta é indistinta voz, á las melancólicas reflexiones, que infundian y ha

cian formular al que las pisaba, aquella aglomeracion decosas finadas. ¡Nada quedaba delo que les diera vida! Con sus moradores habian desaparecido las bellezas, los adornos y las comodidades, con que aun la modesta existencia suaviza su domicilio, como los pájaros sus nidos con plumas y musgo. Nada podia verse que fuese mas antipático á la vista «y al sentir, que aquellas filas de aglomeradas y desnudas ruinas, que parecian la residencia del misterio absoluto, la mansion del crímen impune, y el refugio de la desolacion solitaria.

Verdad es que al pié de la altura en que se hallaban , estaba el magnífico paséo, en el que, entre mirtos y laureles, paseaba la elegante muchedumbre. Verdad es que algo mas léjos, y á orillas del Tajo, corrian presurosos por las soberbias plazas, el comercio y la vida. ¡Pero estaban separados de los tristes vestigios de la gran catástrofe, por lo que

-desune y aparta más que la distancia, que es el “abandono; por lo que anonada y destruye más que “la muerte, que es el olvido!

No obstante, ¿dónde habrá lugar en que no se encuentre la vida, cuando hasta en la caja en que se encierra un cadáver y es sepultado en las entra-

¡ñas de la tierra, renace?

Así era que, aun entre aquellos desamparados y

— 206 — lóbregos esqueletos de los que fueron edificios, se habia instalado alguno que otro de esos párias vo= luntarios, que viven aislados, porque ese aislamiento que se compadece,. á ellos les simpatiza ó les conviene.

Una techumbre de anéas, un pedazo de estera colgado ante los huecos de las ventanas, algunas - malas tablas unidas unas á otras por la partealta, y ' por la parte baja por barrotes, y cerradas por el interior con una tranca formando puerta, eran los reparos hechos para hacer habitables parte de aque= llas ruinas. En lo que habian sido habitaciones interiores y en los pátios y corrales, se veian algunos cerdos arrellanarse como sibaritas sobre camas - de inamovibles inmundicias, y algun gallo flaco subido en lo mas elevado de los amontonados es- '“combros, cacareando con la arrogancia que gastar pudiera aquel guerreador que hubiese tenido la infausta gloria de haberlas hecho.

¡Cuál no sería, pues, el espanto de Pedro, 008 do precedido de su guia, llegó á este lugar de deso=- lacion, que fué al que lo condujo; y cuando empu-= jando una de las descritas puertas, le introdujo en uno de aquellos antros lóbregos y miserables!

—¿A dónde me conduces? exclamó Pedro con horror, deteniéndose á la entrada.

—¿No te lo decia yo? respondió ella con abatimiento, ¿no te lo decia? ¡que las ruinas despojarian á la flor de su prestigio!

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-—Pero, exclamó Pedro; ¿porqué no me has con fiado la manera miserable en que vivias? ¿Porqué con inconcebible extrañamiento y orgullo, has re

husado los socorros del hombre que te amaba?

—No podia admitirlos; en vista de que no pue-

do variar en un ápice mi existencia.

— ¿Porqué?

-—Porque soy esclava.

—¡Esclava! ¿de quién? |

—De mis perversos hermanos. He intentado libertarme, y huir de su cruel tiranía, ¡y siempre estos ensayos me han salido fallidos, y me han costado caro! Mira esta cicatriz en mi cuello, este brazo aun sin movimiento, por una dislocación que ha sufrido; y comprenderás no solo el yugo

que sobre mí pesa, sino tambien el peligro en que

estaria mi vida si me escapase de ellos, pues en todo lugar que me escondiese, sabría encontrarme su puñal.

—¡Y á qué te obligan, infeliz?

—Me obligan á cuidar de su casa, y á preparar sus alimentos. Me obligan ¡gran Dios! á traerles aquí á aquellos hombres ricos, que imprudentes se

- obstinan en seguir mis pasos, cuando me fuerzan

á ir para ser vista á los sitios públicos.

—¿Qué dices? exclamó Pedro aterrado.

—¡Sí, sí! exclamó ella con vehemencia desesperada; ¡sí, sí! ¡Para eso aprovechan la hermosura que dicen que Dios me ha dado! Y una yez que

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nan entrado entre estas ruinas que encubren y ca-

llan cual cómplices , los despojan ; y para que este

delito no se sepa ni se trasluzca..... :

La voz se anudó en la garganta de la que ha-

blaba, que miró en torno suyo con pavor, como si

temiese apercibir entre las grietas de las carcomi-

das y hendidas paredes, oidos que la escuchasen,

y ojos que la espiasen.

—Acaba, dijo Pedro con ansiosa suspension; ¿qué hacen?

La interpelada se acercó á su amante, y le dijo. en queda y profunda voz: ¡los... asesinan!...

—¡Qué espanto! exclamó Pedro desviándose de ella. ¡Y yo he amado á esta funesta mujer, á este reclamo del crímen, á esta sirena de cementerio!

—¡Por eso, prosiguió ella, nunca he querido ' traerte á mi casa! ¡por eso me he resistido á ello con tanta obstinacion! Y cuando obligada por tí te he complacido, aprovechando la ausencia de mis hermanos; cuando con obedecerte, he querido probarte mi cariño, ¡infeliz de mí! solo he conseguido perder-el tuyo!

El tédio, el horror y el asombro sellaban los lábios de Pedro.

—Y no obstante, prosiguió ella, tú éres el solo hombre, el solo ser que he querido! Por el amor que te tenía , que me hacía imposible traerles más víctimas, he recibido la herida cuya cicatriz conservo! ¿Y qué te ha pedido en cambio esta: pobre

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flor de las ruinas, sino lo que la mas humilde pide al sol, florecer al calor y brillo de su luz? ¿Qué te espanta en la que poco há amabas, que de ella apartas tu vista? ¡Oh! ¡infelices mujeres, siempre empujadas al mal por los hombres, y nunca sostenidas por ellos cuando quieren hacer el bien! ¡Míseras desheredadas de perdon, del que son sus corazones inagotables fuentes! ¡Existencias de cristal, de las que con despotismo se apodera el hombre, y que empaña con su amor, quiebra con su crueldad, su abandono ó su desden!

Cuanto esa mujer decia era tan cierto, aplicado á ella, que Pedro compadecido iba por fin á contestarle, cuando sonaron fuertes golpes dados en la puerta.

LA FLOR, ETC. 144

CAPITULO Y.

— ¡Cristo crucificado! ¡ellos son! exclamó la jóven aterrada al oir los golpes.

—¿Quienes?... preguntó Pedro.

—¡Mis hermanos, los asesinos sin piedad, los ver dugos sin misericordia! respondió ella alzando las manos con espanto.

Los golpes redoblaron.

—(¿Qué hacer, Madre de piedad, qué hacer? mur-

muró la infeliz volviendo en torno suyo sus desaten—=

tados ojos, como para buscar un medio de salvacion que era imposible. La mal pergeñada puerta cedió en este instan—

te á un vigoroso empuje, y tres foragidos entra=-

ron en aquella estancia, mal alumbrada por un

candil colgado en una de las salientes asperidades :

— 211 — del descarnado muro. Despues de hacer á su her=- mana algunas cortas y brutales reconvenciones por su tardanza en abrirles, se dirigieron hácia Pedro, sin demostrar extrañeza por hallarle allí. Mas su hermana, precipitándose á su encuentro, es= _cudó á su amante con su cuerpo, exclamando con vehemencia:

—¡No, no le mataréis sin atravesar ántes mi pecho! Por única respuesta, el mayor de los tres la cogió por un brazo, y la tiró al suelo á distan cia, apartándola así del lugar en que pasaba esta escena. Pedro estaba desarmado; pero aun en el caso de que hubiese tenido armas, toda resistencia contra tres foragidos era tan inútil como insensata, y solo habria servido para precipitar la inevitable catástrofe: por lo cual los foragidos le despojaron ide cuanto llevaba, sin que opusiese resistencia. —¡Por Dios, hermanos! gimió su pobre hermaa, que se habia arrastrado sobre sus rodillas has— ta sus piés; ¡os pido que no le mateis! ¡Es el solo ombre que he amado! ¡Con su vida me arrancais a mia! ¡Tened piedad,... una vez siquiera! ¡tened iedad de él y de mi! Los foragidos no hicieron caso alguno de estos ngustiosos ruegos, y se apoderaron de Pedro. —¡No, no le mataréis! exclamó su hermana lerantándose erguida. Si no le soltais por compasión,

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o ZA — lo haréis por temor de mi venganza. Y eso que vosotros no sabeis hasta dónde puede llevar la venganza una mujer, que si no tiene vuestra mala alma, tiene en sus venas la misma sangre que cor= re por las vuestras! |

—;¡Atadla! mandó el hermano mayor.

—¡No, no! ¡matadme de una vez, si no quereis que vengue la muerte de aquel á quien amo, y que vosotros, tigres sanguinarios, fieras malditas de Dios, quereis matar ante mis ojos! Pero yo lo impediré; que la desesperacion dá fuerza y valor: y sino lo logro, me vengaré, —¡tan cierto como hay en el Cielo Dios que nos juzga, y sol que nos alumbra: —delatándoos á la Justicia.

El hermano mayor dió un paso hácia ella; mas el menor le detuvo diciéndole:

—No exasperarla más; está fuera de tino, y es capáz de todo.

—Pero no se puede dejar 4 este hombre, repuso el ¡mayor.

—Saquémosle de aquí, propuso el menor,

—¡Cómo! si hace una luna que deslumbra!

—¿Y quién pasa por este sitio á esta hora? Para más seguridad le disfrazarémos; repuso el me-. nor, que en seguida sacó de un arca un hábito de fraile.

—Saca tambien la mordaza, advirtió el que has= ta entónces habia callado, el que en seguida se. puso con el mayor á atar de piés y manos á su in=

K — 213 — feliz hermana, que se repercutía con violencia y rechazaba con desesperados, pero inútiles exfuer— zos, á sus hermanos, que la dejaron atada y presa de una espantosa convulsion tendida en el suelo.

Habiéndole igualmente atado las manos á Pedro, puéstole la mordaza, revestido el hábito de fraile y caládole la capucha, salieron á la ancha calle que tenian que atravesar para internarse, como lo intentaban, en las ruinas del lado opuesto.

Estaba la calle tan bañada de la luz de la luna, que caia perpendicularmente sobre la tierra, que apénas hacian sombra los objetos. A cada lado de Pedro se colocó uno de los hermanos mayores, siguiéndolos el tercero; y así se puso en marcha la fúnebre caravana en absoluto silencio; pues hasta sas pasos cautelosos pisaban mudos la tierra,

Apénas habian llegado á la mediacion de la calle, cuando de repente oyeron una voz récia y de

mando que les gritó:

—¡Alto ahí!

] Cual una centella reanimó y encendió esta voz las apagadas esperanzas de Pedro. —;¡Es una ronda, y somos perdidos; in dijo el menor de los hermanos.

—¡Quietos! mandó el mayor, y sacando un pufal, cuya hoja brilló á la luz de la luna como un _relámpago;—si haceis un solo movimiento, sois - Muerto! dijo á Pedro.

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El otro hermano le imitó, y Pedro se halló preso entre las afiladas puntas de dos puñales ocultos en las mantas de sus dueños.

En este momento llegaba la ronda.

—¿Quién va? preguntó el que hacia de cabeza.

—Un Padre que llevamos para auxiliar á nues—+* tra Madre moribunda, respondió con serena voz el hermano mayor.

El jefe de la ronda se cercioró de que lo que le decian era cierto, viendo al callado religioso; y Pedro sin poder exhalar el más leve sonido, ni hacer el más mínimo movimiento, oyó con desesperacion alejarse á la ronda, y debilitarse gradualmente el mesurado compás de sus pisadas.

—Alijerar el paso, dijo el mayor de los foragidos, volviéndose los tres á encaminar hácia las ruinas. Mas ántes de llegar á ellas, volvió á orrse al jefe de la ronda, que gritó con voz enérgica:

—;¡Alto ahí!

Los ladrones se pararon murmurando impreca— ciones. La ronda se acercaba con pasos apresurados precedida por una mujer, que con el cabello suelto, el rostro desencajado y con las muñecas ensangrentadas, corria y gritaba con desgarrador acento:

—;¡Salvadle! salvadle! y precipitándose en el grupo de los detenidos, arrancó la capucha que cubria la cabeza y el rostro de Pedro, exclamando con delirio: ¡está salvo! ¡Bendita sea la Providencia y

— Ji — la Justicia de Dios! ¡Líbrese la sangre inocente, aunque sea á costa de la culpable!

—¿Qué has hecho, infeliz? exclamó Pedro.

—Lo solo que me quedaba que hacer, contestó ella: procurar tu salvacion, y buscar mi muerte.

—¡0h! no morirás, que yo te salvaré! exclamó Pedro.

—No de mi puñal, dijo en voz ahogada por la ira el mayor de los foragidos, el cual, ántes que nadie hubiese previsto ni podido impedir su accion, habia cumplido su amenaza.

—¡0h! ¡qué frio y qué agudo es este acero! dijo la herida poniendo la mano sobre su traspasado pecho. ¡A Dios.... Pedro! añadió dirigiéndose á éste que se habia precipitado á ella y la sostenia en sus brazos: —muero por haberte salvado; y así es mi muerte más feliz que lo ha sido mi vida!

— ¡No mueras, no! exclamó desesperado Pedro. Mi salvadora será mi compañera á la faz del Cielo y del mundo.

—¡No, no! repuso "en balbuciente voz la moribunda:la FLOR DELAS RUINAS debe morir entre ellas... ¡sola y abandonada como ha vivido! ¡Juez de los corazones, añadió alzando sus ya quebrados ojos, ten conmigo la compasion que los hombres no han tenido! '

Algun tiempo despues, se ajusticiaban en Lisboa tres bandidos, entre los cuales, uno atraia con

— 216 — particularidad la atencion de la muchedumbre por llevar la señal de Cain en la frente. Mientras, en una de las casas mas ricas y conocidas se celebraba una junta de facultativos por hallarse en inminente peligro, de resultas de unas calenturas cerebrales, el hijo de los dueños.

FIN DE LA FLOR DE LAS RUINAS.

EL EX-VOTO: RELACION

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Cuéntanos en lisa prosa castellana, con ese estilo, que no diré si es bueno ú malo, pero que es tuyo, y nos gusta por eso; cuéntanos, digo, lo que realmente sucede en nuestros pueblos de España, lo que piensan y hacen nuestros paisanos en las diferentes clases de nuestra sociedad. Carta del lector de las Batuecas á FERNAN CABALLERO.

CAPITULO 1.

DOS VIAJEROS ILUSTRADOS.—UN PUEBLO QUE EMPIEZA A ENTRAR EN LA SENDA DEL PROGRESO MATERIAL.—UN SACRISTAN CON LA BÓCA ABIERTA.

Es la lijereza francesa, es el chiste volteriano, es el nihil mirari el que todo lo marchita entre nosotros.

CHATEAUBRIAND.

El ateismo no es tanto la creencia, como el refugio de las malas conciencias. Máxima.

La voluntad inglesa es una fuerza motriz de incalculables caballos normandos. Un inglés muy simpático —á sus paisanos—se ha propuesto que esta voluntad omnímoda realice la famosa y fantás—

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tica palanca de Arquímedes: á las fuerzas de Atiante reune los caprichos de una manceba real, y el despotismo de un niño muy mal criadito. Asi es, quesi un hijo del pais, cuyas blancas costas le va— lieron de los romanos el nombre de Albion, dice, por aqui meto la cabeza, lo hará, sin que le arre— dren calamorrazos, chichones, achocazos ni descalabraduras.

Aplicando estas reglas DS al pequeño cuadro de la relacion que vamos á hacer, nadie extrañará el ver salir de Gibraltar á dos ingleses, con intencion de seguir una marcha en línea recta hasta Roncesvalles, sin llevar mas guia que sus narices. Mister Hall habia dicho 4 Mister Hill:

—Irémos los dos solos é inseparables, como los Gemelos en el Zodiaco. Cádiz, á donde nos diriji— mos primero, no es el polo, para que podamos cor— rer el riesgo de perdernos, como el capitan Franklin.

—Por supuesto, contestó Mister Hill; el perderse, añadió suspirando, es un placer con el que han acabado las luces del siglo. El globo está ya explotado! |

Diciendo esto los dos amigos, el uno alto y el otro bajo, metieron las espuelas á sus pobres caballos, que deseaban morir para descansar, costearon la bahía, pasaron por Algeciras, subieron una cuesta pendiente como una escalera, y llegaron á tas cumbres de las últimas alturas de la sierra de

lor A Ronda, que se acercan á la mar, como para contemplar su gran hermosura en ancho espejo. Allí se hallaron en una encrespada selva de encinas y alcor— noques, que se vestian y engalanaban con las zar— zas, la yedra y las vides silvestres, que en sus valles escondian arroyos entre adelfas, y borraban las huellas del hombre con su vigorosa vejetacion. Así fué que nuestros viajeros quedaron perdidos en un decir good by; tan perdidos como Mister Hill podia desearlo, logrando disfrutar los dos amigos el deleite de andar varias horas errantes por una selva agreste, como Pablo y Virginia. Por fin, al llegar á un alto algo más despejado de arbolado, divisaron el ancho mar, al que habian venido acercándose; y al pie del monte, un valle que tenia por límites, á la izquierda una angosta playa de dorada arena—puesta por Dios entre el mar y la tierra, como inexpugnable baluarte—y á la derecha un pinar tu— pido y áspero, como una maciza puerta, con la que se cerraba el valle. Sentado en la mullida alfombra que le proporcionaba la yerba que cubria el suelo, estaba un pueblecito misántrupo, que tenien= do al frente el mar consu inmensa monotonía, á su espalda el grave y oscuro pinar, y á los lados las intrincadas sierras, parecia haberse colocado allí para disfrutar de todas las soledades. Antes de llegar al lugar se veian algunos álamos blancos , que habiendo crecido bajo el constante azote del viento de la mar, habian adquirido una actitud doblada

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y doliente, y sombreaban con vacilante é inquieta sombra un profundo y ancho pozo con su pilon adyacente, que servia de abrevadero á los ganados.

A la entrada del pueblo habia una robusta y for nida alcantarilla con pretensiones de puente, la cual salvaba un barranco poco profundo, 'que en invierno servia de desagiie al prado. Pero á la sazon, habiendo pasado la estacion de las lluvias, abria la alcantarilla un tremendo ojo al ver llegar á rendirle homenaje y pasar bajo su férula, no un apacible arroyo, ni menos un soberbio torrente, sino una manada de gorrinos. Adornaban la cabeza de esta alcantarilla, —obra del arte y honra del lugar, —dos pilares perfectamente cuadrados, que terminaban, uniéndose amistosamente, las cuatro esquinas, y sellando esta union con una alcachofa 6 cosa parecida, que por ser únicas en su especie, no tienen clasificacion ni en la horticultura ni en la arquitectura. Cuando se habia concluido aquella mejora urbana, la alcantarilla, y aquel embellecimiento del aspecto público, los postes, con pre= tensiones á pertanecer, aunque por casta degene— rada, á la familia de los obeliscos, ó columnas monumentales, el Alcalde encargó al maestro de primeras y únicas letras del lugar, un letrero ó ins— cripcion, para memoria y señal de la época en que se hizo, y de las personas que en esta obra actuaron. Lo único que le advirtió fué que diese aquel letrero testimonio de todo el profundo respeto que

AS tenia el pueblo á la Religion, y del que las autoridades profesaban á la Constitucion. El Maestro de primeras letras, que era expeditivo, escribió en dos por tres, en uno de los postes, con unas letras gordas y robustas, como los chiquillos que iban á su escuela, la siguiente inscripcion:

DETENTE AQUI, CAMINANTE; ADORA LA RELIGION, AMA LA CONSTITUCION, Y LUEGO... PASA ADELANTE (1).

En el otro poste estaban consignados el dia, mes y año en que se levantó é inaugaró tan soberbio monumento, con los nombres del Alcalde que corrió con la obra, del albañil que la llevó ácabo, y del alfarero que hizo los ladrillos. |

Aquel dia memorable hubo fiestas y regocijos públicos, que constan en los fastos del pueblo. Consistieron en un toro de cuerda y seis cohetes; y para fijar más indeleblemente la memoria de tan fausto dia, el toro cogió por los fondillos al Alcalde que, sorprendido por la llegada de la fiera, no halló mas medio de salvacion que subirse por una reja. Pero no pudo verificarlo con bastante ligereza para po-

(4) La persona que escribe esto, dá testimonio de haber visto este letrero en un poste á la entrada de un puente. No tienen los novelistas la suerte de poder inventar tales cosas; el arte nunca puede llegar en ningun género á la perfeccion de la naturaleza.

— 22% — ner á tiempo fuera del alcance de las astas del toro la parte que en su niñez tampoco habia podido po= ner fuera del alcance de los azotes (1).

Pasada la alcantarilla, lo primero que se encon traba era un ventucho, cuyo repuesto consistia en un mal barril de vino y otro peor de aguardiente.

El ventero, que solia tener por parroquianos, — gracias á la proximidad de Gibraltar, esa úlcera de España,—una porcion de perdidos, desertores, presos fugados, contrabandistas y vagos; que veia á estos deudores, poco escrupulosos en el pago, detenerse las horas muertas en su establecimiento, dar sangrías á sus barriles, armar camorras y escurrirse sin pagar, habia escrito por via de muestra, y á manera de estatutos de su establecimiento, con tremendas letras de furibundo almagre, coloradas como pavos, esta cuarteta, modelo de estatutos y de concision.

VAMOS ENTRANDO, VAMOS BEBIENDO, VAMOS PAGANDO, VAMOS SALIENDO (2).

Nuestros blancos hijos de Albion llegaron algo parecidos á las pieles rojas de América, por las ca-

(4) Histórico.

(2) Copiada del natural, como los versos anteriores, ocupa esta cuarteta, ideal del laconismo y tipo del buen sentido, un lugar preferente en el prontuario ó mamotreto del autor.

— 225 — ricias del sol español. En la alcantarilla no se detyvieron: la pasaron sin adorar la Religion, mi amará la Constitucion; sin que por eso el monumento en— cargado de hacer observar estos preceptos, como verdadero poste, les tirase su alcachofa á la cabeza. Cuando llegaron á la venta, habiéndose orientado, pidieron al ventero les proporcionase un guia que los condujese á Vejér, que era el pueblo mas cer— cano. Mientras el ventero iba á evacuar esta dili— gencia, y los infelices caballos descansaban un rato, fueron sus dueños á dar una vuelta por el pueblo. Llegaron á la plaza en que estaba la iglesia, que les sorprendió por su buena apariencia, y suplica ron al sacristan, que estaba en los porches, que se la enseñase. El sacristan, con esa obsequiosidad tan espontánea en el pueblo de España, se apresuró á franquearles la entrada en el templo, con todo el inocente placer que se siente al ver á otros admirar y venerar los objetos que nosotros mismos admiramos y veneramos. Pero ¡cuál no seria la triste decepcion del pobre sacristan. cuando en lugar de la admiracion devota que aguardaba, solo vió á aquellos señores levantar los hombros con desdén y sonreirse con escarnio! En el mundo estamos por desgracia tan acostumbrados á ver la osadía con que la impiedad ataca y hieredefrente nuestras mas ar- -raigadas convicciones, nuestras mas profundas creencias y nuestros mas dulces y suaves senti-

. mientos, que nuestros corazones, después de queEL EX=Y0TO. 45

— 226 — brarse, se han encallecido; es decir, oyen escanda= losas impiedades, sin que estas les causen ya mas impresion que la de triste lástima. Pero para el sacristan de aquel lugar apartado y humilde, fueron tales demostraciones, como una capa de nieve echada sobre un recien nacido. %

La primera cosa que chocó á aquellos forasteros, que se denominaban con el honorífico dictado fran cés de espiritus fuertes ,—pero que acá llamarémos con mas propiedad ignorantes materialistas, —fué una hermosa Imágen de la Vírgen, que bajo su dulce y metafórica advocacion de la Divixa Pastora (que lo es del rebaño del que su Divino Hijo esel Pastor), estaba colocada en el altar mayor rodeada de sus ovejas, metáfora tan universal, que hasta los mismos protestantes llaman á sus curas pastores. Nues—- tros viageros, á pesar de que venian por cuenta de una junta bíblica esparciendo Biblias, es de presumir que jamás habian leido el Nuevo ni el Antiguo Testamento, pues tanto les sorprendió el culto á la Madre de Dios, que su Divino Hijo instituyó en la cruz, y tan poco se hacian cargo de las figuras con que en ambos Testamentos se hacen palpables estas altas verdades al limitado entendimiento del hombre. |

Así fué que Mister Hall o á Mister Hill:

—El campo en este pais solo presenta eriales, selvas'enmarañadas y desiertas: en cambio, en las iglesias hallamos la Arcadia! —¿Qué significa esta Filis?

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—Esto, respondió en tono decidido y dogmático Mister Hill, es uno de los idolos, que adoran los españoles en lugar de adorar al Divino Hacedor.

—¿Pues qué, no creen en el Ser Supremo? preguntó Mister Hall.

—No le conocen, dear fellow, contestó el interrogado.—Dear fellow quiere decir querido compa—- ñero, y es expresion extremadamente usual entre los hijos de Albion.

El dear fellow, que la echaba de humorista (esto es, de gracioso y original con chiste), hizo brotar de sus lábios un manantial de agudezas, capaces de batir en brecha la gracia andaluza y la sal ática, con su ariete de mostaza.

Dióle ancho pábulo á explayarse, un cuadrito, no bien pintado por cierto, el que llevando su lema en un ángulo que con grandes letras decia ExX-vOTO, pendia al lado de un altar. Era este altar de mármol blanco y negro, y sobre él se alzaba una gran cruz de ébano, de cuyos brazos colgaba un fino sudario guarnecido de encajes, y á cuyo pie se veian la corona de espinas y los clayos de maciza plata.

El cuadrito del Ex-voto, que con preferencia á otros suspendidos al lado del altar de la cruz, habia atraido la atencion de estos aprovechados via— jantes, mostraba sobre el oscuro fondo de un pinar, una cruz alzada sobre una sencilla peana de cal y canto, de cuyos brazos pendia una guirnalda de

— 228 — flores, tal como se vé en todas las cruces en los dias designados particularmente á su culto, á prin cipios de mayo. En la parte delantera del*cuadro se veia á un hombre con un puñal en la mano echando al suelo á otro, que al caer se asía á una cruz clavada en el suelo entre la maleza.

—¿Ha visto Vd. jamás, —decia Mister Hill á su querido camarada, —ha visto Vd. jamás pintar en una ¡iglesia una escena de latrocinio y asesinato?

—Será—respondió el interrogado, Salomon sin sal,—un altar consagrado al santo á quien hayan instituido patrono de los puñales.

Los dos dear fellows se rieron del modo con que dice Homero se reian los dioses en el Olimpo: ¡sin duda seria cuando veian hombres tan ridículos como aquellos!

- —¡Cruces y puñales! dijo el fellow núm. 1.

— ¡Sangre y oraciones! añadió el fellow núm. 2.

—¡Supersticion y estupidez! Eso sí que se encuentra aquí; pero segun voy viendo, ni un solo comforl.

—¿Nole parece á Vd., amigo, que estos cuadritos, estos mamarrachos, prueban que Murillo y su arte son cosas fantásticas é inventadas por los romanceros que inventaron al Cid; y que nunca han existido en este pais de pésimos caminos?

—Podrá Vd. muy bien tener razon, querido señor. Lo que es indudable es, que poner unos cuadritos tan mal pintados en una iglesia, es contra'

— 229 — el decoro del templo, la gravedad de la contemplacion y la dignidad del culto.

¡Lector mio, que vives quizás apartado del tra— to de protestantes, ó de hombres que no tienen re higion, y que dan á entender, que si no siguen la nuestra, no es porser ellos soberbios é incrédulos, sino por falta de la religion, que no está á la altura de su sabiduría! Sabe, decimos, que cuando salen muy tiesos á relucir el decoro, la gravedad y la dig- -_midad, tratándose de estas materias, es porque al amor, al fervor, á la fé, en fin, á las virtudes de arriba, se han antepuesto las de abajo.

—Es una gran irreverencia, dijo Mister Hull.

—Un desacato, querido, respondió el otro.

—Una ridiculez, amigo.

—Una impropiedad, Sir.

—Una profanacion, dear.

—Señor, dijo el más Salomon acercándose al sacristan, quema tú esos nonsenses (contrasentidos), ó dálos á tu baby (niño chiquito); y toma,—añadió dándole una Biblia,—aquí tienes la verdad, que no sabes, y que hallarás en las Santas Escrituras, que no conoces.

Con esto se alejaron los interesantes misioneros, riéndose, y dejando al sacristan con la boca abierta.

— ¡No pueden ser cristianos! murmuróal fin; serán judíos, de los muchos que hay en Gibraltar, entre otros géneros prohibidos.

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Ahora, á fuer de católicos , españoles y amigos de la ilustracion en su sentido genuino, que es dar laz al entendimiento y aclarar un punto ó materia dudosa, referirémos el orígen y significado del Ex-voro en cuestion, por ser curioso comparar el hecho católico con la interpretacion protestante ; el caliente corazon que siente y acierta, con la fria razon que juzga, mide con su compás... ¡y yerra! la elevacion y poesía del alma religiosa que se levanta hácia Dios con sus blancas y brillantes alas, y el prosáico y mezquino razonamiento escéptico, que con sus piés de plomo, tropieza por su seca y estéril senda: seguros de que casi todos dirán con nosotros las palabras de San Pablo: «¿Porqué ellos enferman y yo no enfermo? ¿porqué se queman y yo no me quemo?