Rimas · Unidad 13 de 27

LIBRO SEGUNDO — parte 1

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ARMONÍAS DE LA PAMPA

I

Á UN OMBÚ

EN MEDIO DE LA PAMPA

Cual rústico campanario Que en la campaña desierta Indica al hombre la puerta Del melancólico osario Que ampara su vecindad; Ahí estás, ombú gigante A la orilla del camino, Anunciando al peregrino Que bajo el tronco pujante Duerme por siempre un mortal.

La tempestad te acaricia Con sus alas tenebrosas, Y en tus entrañas hojosas Te da con grata delicia Ardientes besos de amor; Y con atléticos brazos Junto á tu tronco la aferras, Y entre tus ramas encierras Con titánicos abrazos Su estrepitoso clamor.

Y tú á su voz amorosa Enamorado palpitas, Tu cabellera lujosa En el seno precipitas De la recia tempestad; Y te envuelve con su manto Que el relámpago colora, Tu frente que el rayo dora Te la riega con el llanto De la mústia soledad.

Y celosa de la tierra Que te nutre con su seno, Ruge como ronco trueno, Tus raices desentierra Con delirante furor. Cuando te siente postrado Entre tus ramas suspira, Y cual armónica lira Lanza tu tronco humillado Ecos de tierno dolor.

Al lucir el alba pura, En la Pampa ya no brillas, Y tus hojas amarillas Rodando por la llanura Van á perderse en el mar. Los cisnes de la rivera Que visten plumas de nieve, Meciéndose en la onda leve Siguen tu traza lijera Por las ondas de cristal!

Eres la verde guirnalda De la cabaña pajiza, Que vas marchando de prisa Con el pasado á tu espalda Y á tu frente el porvenir. Donde huye la tribu errante Y clava el hombre su planta, Tu cabeza se levanta Cual la de inmenso gigante Que está diciendo: «hasta aquí.»

Tú señalas las barreras Que dividen al desierto, Y oyes el vago concierto Que alzan las auras ligeras De la Pampa en el umbral. Eres lo último que muere De la morada del hombre, Y sin registrar un nombre Estás diciendo al viajero Que allí descansa un mortal.

Deten tu paso y escucha El gemido del hermano, El rugido del tirano, El estridor de la lucha... ¡De la lucha fraternal! El alarido de guerra A tus espaldas retumba, La libertad se derrumba, De horror palpita la tierra Que en sangre teñida está.

¡Ah! prosigue tu camino Por la pampa solitaria: La tiranía es precaria Y con esplendor divino Se alzará la Libertad. Sí, prosigue tu carrera, Por la llanura estendida, Y alza en tu cima florida Del porvenir la bandera Y del hombre la Igualdad.

Mas ¿qué miras? La campaña Que á lo lejos se dilata, El arroyuelo de plata, El cielo que nada empaña, O el inmenso pajonal? No, tú miras á lo lejos Al trasponer aquel monte En el lejano horizonte, Como en mágicos espejos Lo que es y lo que será.

Miras la pampa argentina De ciudades matizada, Y por mil naves surcada La laguna cristalina Que hoy cubre verde juncal; Miras la pobre cabaña Que en palacio se transforma, Y que al tomar nueva forma Una nueva luz la baña Con resplandor sin igual.

Míras al indio tostado, Que lanzando un alarido Vá huyendo despavorido Por el llano dilatado En pavoroso tropel; Y tras él, el tigre fiero Que abandona su dominio Hoy teatro del exterminio, Que ocupa un pueblo altanero Y que transforma en vergel.

No pases mas adelante Que mas lejos, abatido, Marchito y descolorido Verás al ombú gigante Hoy de la pradera rey: Y en su lugar la corona Verás alzarse del pino, Que unido al hierro y al lino Sirve al hombre en toda zona Para dar al mundo ley.

Ese destino te espera Arbol cuya vista asombra Que al caminante das sombra, Sin dar al rancho madera, Ni al fuego una astilla dar; Recorrerás el desierto Cual mensajero de vida, Y tu mision concluida Caerás cual cadáver yerto Bajo el pino secular.

II

Á SANTOS VEGA

PAYADOR ARGENTINO

Cantando me han de enterrar Cantando me he de ir al cielo.

SANTOS VEGA.

Santos Vega, tus cantares No te dieron fama y gloria, Mas viven en la memoria De la turba popular; Y sin tinta ni papel Que los salve del olvido De padre á hijo han venido Por la tradicion oral.

Bardo inculto de la pampa, Como el pájaro canoro Tu canto rudo y sonoro Diste á la brisa fugaz; Y tus cantos se repiten En el bosque y en el llano, Por el gaucho Americano, Por el indio montaráz.

¿Qué te importa si en el mundo Tu fama no se pregona? Tú ya tienes la corona Del poeta popular. Y es mas bello, que en el bronce, En el mármol ó granito, Haber sus obras escrito En la memoria tenaz.

¡Qué te importa! si has vivido Cantando cual la cigarra, Al son de humilde guitarra Bajo el ombú colosal! Si tus ojos se han nublado Entre mil aclamaciones, Si tus _cielos_ y canciones En el pueblo vivirán!

Cantando de _pago_ en _pago_, Y venciendo payadores, Entre todos los cantores Fuiste aclamado el mejor; Pero al fin caiste vencido En un duelo de armonías, Despues de payar dos dias; Y moriste de dolor.[3]

Como el antiguo guerrero Caído sobre su escudo, Sobre tu instrumento mudo Entregaste tu alma á Dios; Y es fama, que al mismo tiempo Que tu vida se apagaba, La bordona reventaba Produciendo triste son.

No te hicieron tus paisanos Un entierro magestuoso, Ni sepulcro esplendoroso Tu cadáver recibió; Pero un _Pago_ te condujo A la tumba silenciosa, Y lloraron en tu fosa Niños y hombres con dolor.

Y los gauchos al volverse A llorar entre sus ranchos, Espantaron los caranchos Que llegaban á escarbar: Y se apearon del caballo, Y con ademan contrito, Rezó cada uno el _bendito_ Y volvieron á montar.

De noche bajo de un árbol Dicen que brilla una bela, Y es tu ánima que vela, Santos Vega el Payador! ¡Ah! levanta de la tumba! Muestra tu tostada frente, Canta un cielo _derrepente_[4] O una décima de amor!

Cuando á lo lejos divisan Tu sepulcro triste y frio, Oyen del vecino rio Tu guitarra suspirar; Y creen escuchar tu voz En las verdes espadañas, Que se mecen cual las cañas Al soplo del vendabal.

Y hasta creen que las aves Dicen al tomar su vuelo: «Cantando me he de ir al cielo; «Cantando me han de enterrar!» Y te ven junto al fogon, Sin que nada te arrebate, Saboreando amargo mate Veinte y cuatro horas payar.

Tu alma puebla los desiertos, Y del Sud en la campaña Al lado de una cabaña Se eleva fúnebre cruz; Esa cruz, bajo de un tala Solitario, abandonado, Es un símbolo adorado En los campos del Tuyú.

Allí duerme Santos Vega: De las hojas al arrullo Imitar quiere el murmullo De una fúnebre cancion. No hay pendiente de sus gajos Enlutada y mústia lira, Donde la brisa suspira Como un acento de amor.

Pero las ramas del tala Son mil arpas sin modelo, Que formó Dios en el cielo Y arrojó á la soledad; Si el pampero brama airado Y estremece al firmamento, Forma místico concento El árbol y el vendaval.

Esa música espontánea Que produce la natura, Cual tus cantos, sin cultura, Y ruda como tu voz, Tal vez en noche callada, De blanco cráneo en los huecos, Produce los tristes ecos Que oye el pueblo con pavor.

¡Duerme! duerme Santos Vega, Que mientras en el desierto Se oiga ese vago concierto, Tu nombre será inmortal; Y lo ha de escuchar el gaucho Tendido en su duro lecho, Mientras en pajizo techo Cante el gallo matinal.

Duerme mientras se despierte Del alba con el lucero El vigilante tropero Que repita tu cantar, Y que de bosque en laguna, En el repunte ó la hierra, Se alce por toda esta tierra Como un coro popular.

Y mientras el gaucho errante Al cruzar por la pradera, Se detenga en su carrera Y baje del alazan; Y ponga el poncho en el suelo A guisa de pobre alfombra, Y rece bajo esa sombra, ¡Santos Vega, duerme en paz!

III

EL PATO

CUADRO DE COSTUMBRES

Clara, bella y perfumada, Era una tarde serena, De esas tardes en que el cielo Todas sus galas ostenta, En que la brisa y la flor Nos hablan con voz secreta, En que las bellas suspiran, En que medita el poeta, En que el infame se esconde, Y en que el pueblo se recrea. Y matizando la alfombra De una estendida pradera Se vé una alegre cuadrilla Con sus vestidos de fiesta, Porque cien gauchos reunidos Las pascuas de Dios celebran. En las ancas del caballo Cada cual lleva su bella, El que ufano con su carga Bate el suelo con sobérbia, Mientras que el viento levanta La nevada pañoleta, Que acaricia las mejillas Del ginete á quien estrecha Tal vez por no resbalar... Quizá de puro coqueta. No llevan collares de oro, Ni carabanas de perlas, Ni relucientes sombreros, Ni corbatines de seda: Humildes son los vestidos Que las mujeres ostentan; Y bajo pieles curtidas Y de ponchos de bayeta Aquel rústico gauchage Alma independiente alberga. Como el tosco _ñandubay_ Bajo su áspera corteza Roba á la vista del hombre Del corazon la belleza.

II

Encima de una loma Se ven á las muchachas Haciendo con donaire Pañuelos agitar; Y en tanto en la llanura En círculo formados, Se ven de los ginetes Los ponchos ondear.

Sus ojos resplandecen Radiantes de alegria, Que templa con sus sombras, Del rostro la altivez, Con juegos herculáneos Festejaran el dia, Que el pueblo hasta jugando Respira robustez.

Diríanse campeones Que esperan la pelea Que anuncie con estruendo Las lenguas del clarin: La inercia los consume Mas si el cañon humea Con varonil corage Buscan glorioso fin.

Tal vez unas carreras Esperan á porfia Para cubrir de palmas Al potro mas veloz... Mas no, todos desean Robustecer el alma, Por eso _¡El Pato! El Pato!_ Repiten á una voz.

¡El Pato! juego fuerte Del hombre de la pampa, Que marca las costumbres De un pueblo varonil. Para crispar los nervios, Para tender los músculos, Como el convulso jóven, En el dolor febril.

Las fiestas populares De un pueblo de valientes Semejan á las rudas Caricias del leon, Porque el pampero raudo Batiendo en esas frentes Parece que inocula Vigor al corazon.

Ya todos se aprestaban A comenzar la pugna, Asiendo de las garras Con fuerza de titan: Los piés en los estribos Apoyan con pujanza, Y esperan afanosos Del gefe la señal.

Las madres, las esposas Contemplan aquel grupo Pendientes del latido Del brazo muscular; Mas derrepente vése Que las manijas sueltan, Y se oye entre el corrillo Sordo rumor vagar.

¿Quién desarmó la fuerza De los cincuenta brazos, Que un pino gigantesco Podrían sacudir? Dos hombres que se acercan Al medio de la liza, Y muestran ser campeones Que quieren combatir.

III

El uno es Diego Zamora Apellidado el «valiente», Cuya daga vencedora A sus contrarios devora Y es el terror de la gente.

Su mirada es decidida Y negra su cabellera; Y una sonrisa atrevida Del labio está suspendida Revelando una alma fiera.

Lleva un _facon_ en la falda, Lleva un _poncho_ balandran Terciado por media espalda, Y del campo la esmeralda Huella en un potro alazan.

El otro es Pedro de Obando, Compañero de fatigas De Zamora, y peleando Anda con él desafiando Las partidas enemigas.

Estriba con bizarría, Y la _espuela nazarena_ Suspira en dulce armonía, Como grillos que á porfía Lloran del preso la pena.

Guapos el Pago los llama, Y el alcalde salteadores, Pero pública la fama Que no la avaricia inflama Su pecho en vivos ardores.

Ligados por nudo fuerte Los dos siguen un camino: Hermanos de vida y muerte Aceptan la misma suerte Bajo el yugo del destino.

IV

Adelantóse Zamora Y sugetando la rienda Pidió parte en la contienda Con altanera atencion. Todos á una voz gritaron «Que entre Zamora y Obando». Y entonces el pato tomando Zamora con él salió.

Picaron todos de espuelas Galopando á rienda suelta Queriendo tomar la vuelta Del ginete vencedor; Mas en vano corren, vuelan, Gritan, pegan, forcejean, Y resudan, y espolean, Y le siguen con furor.

Hasta que al fin un ginete Lo alcanza, y con mano fija Asiendo de la manija Hizo el caballo cejar, Pero Zamora con furia Lo lleva de una pechada, Dejando en tierra estampada De su triunfo la señal.

Pero tres nuevos atlétas Dispútanle su presea, Y él en tremenda pelea La disputa á todos tres. Forcejean, y tendidos Furiosos luchan en vano Por quebrantar una mano Que hierro parece ser.

Crugen, se estiran los miembros, Se hinchan de sangre las venas, Y enronquecidos apenas Pueden el aire lanzar; Mas él firme en sus estribos Como animado centauro, Disputa á todos el lauro En combate desigual.

Llegan tres mas, y Zamora Con la presteza del rayo, Dando riendas al caballo Las manijas les quitó: Dos de ellos fueron al suelo En pos del tremendo empuje, Y el que queda firme ruje De vergüenza y de furor.

V

Y corriendo Desbandados, Y empapados En sudor, A Zamora Todos siguen, Y persiguen Con furor.

Ya lo alcanzan O despuntan, Ya se juntan En redor, Cual las hojas De una planta Que levanta El ventarron.

Cual relámpago Flamígero, El alígero Alazan, Los zanjones Que encontraba Los salvaba Sin parar.

Y por último Rendidos Alaridos Dan de paz, Y las gorras Que se quitan Las agitan En señal.

VI

Zamora entonces levantando en alto El pato, cual si fuese una bandera, Detiene del caballo la carrera Y le hace el freno con furor tascar, Y así parado en medio de la pampa Con su ademan á todos desafia; Mas viendo que ninguno se movia Dirige á todos la señal de paz.

Torció las riendas del sobérbio bruto Y á trote largo adelantóse al rato Llevando al lado el disputado pato Que á gruesas gotas de sudor ganó; Y al acercarse ante el vencido corro Se desciñó del rostro su barbijo, Y estas palabras atrevidas dijo Que la turba entre aplausos recibió.

«Si hay quien dispute que gané la palma «Átese al punto á la cintura un lazo, «Que yo tan solo con mi izquierdo brazo «Ginete, y pingo, y pato arrastraré.» Nadie admitió su formidable reto: Tan solo Obando en ademan airado Sacó del anca un lazo que arrollado Una serpiente parecia ser.

Por la presilla lo fijó en su cuerpo Y por la argolla se lo dió á su amigo Quien se admiraba hallar un enemigo En el hermano que le diera Dios; Pero impulsado por feroz orgullo Asió del lazo en la siniestra mano, Y á gran galope atravesando el llano Tirante el lazo entre los dos quedó.

Cual hosco toro que en lazada envuelto Se niega altivo á obedecer la fuerza, Y rebramando con furor se esfuerza, Y aspa y pezuña quiere allí clavar, Tal Pedro Obando con poder resiste Al férreo brazo de que está pendiente, Mientras el lazo entre los dos, crugiente, Se vé como una lámpara oscilar.

Silencio horrible por do quiera reina: Enmudeció el frenético alarido, Y solo se oye el fúnebre crujido Del lazo palpitante entre los dos; Mas derrepente resonó un gemido Dos espirales al formar el lazo, Y cada cual llevando su pedazo Envuelto en él al polvo descendió[5].

IV

EL CABALLO DEL GAUCHO

Mi caballo era mi vida, Mi bien, mi único tesoro.

_Juan M. Gutierrez._

Mi caballo era ligero Como la luz del lucero Que corre al amanecer; Cuando al galope partia Al instante se veia En los espacios perder.

Sus ojos eran estrellas, Sus patas unas centellas, Que daban chispas y luz: Cuanto su ojo divisaba En su carrera alcanzaba, Fuese tigre ó avestruz.

Cuando tendia mi brazo Para revolear el lazo Sobre algun toro feroz, Si el toro nos embestia, Al fiero animal tendia De una pechada veloz.

En la guardia de frontera Paraba oreja agorera Del indio al sordo tropel, Y con relincho sonoro Daba el alerta mi moro Como centinela fiel.

En medio de la pelea, Donde el coraje campea, Se lanzaba con ardor; Y su estridente bufido Cual del clarin el sonido Daba al ginete valor.

A mi lado ha envejecido, Y hoy está cual yo rendido Por la fatiga y la edad; Pero es mi sombra en verano, Y mi brújula en el llano, Mi amigo en la soledad.

Ya no vamos de carrera Por la estendida pradera, Pues somos viejos los dos. ¡Oh mi moro! quiera el cielo Caigamos juntos al suelo Al decir al mundo A dios!

V

LA REVOLUCION DEL SUD

I

Á BUENOS AIRES

«El cuello atado á la servil cadena «Del tirano postrándose á los piés, «Buenos Aires esclava y miserable «Ya no es el pueblo de ochocientos diez.»

Oh Patria! así decian, y entre tanto Tú oias esas voces con desden, Esperando mostrar con grandes hechos Que eras el pueblo de ochocientos diez.

La vista al suelo con dolor bajabas, Pero en tu corazon habia fé, Y ardiente por tus venas aun corria La sangre pura de ochocientos diez.

Y derrepente, cual gigante inmenso A quien dormido ataran al cordel, Despertaste rompiendo tus cadenas Como en el dia de ochocientos diez.

Quien alza el grito? preguntó el tirano, Y trueno sordo retumbó á sus piés, Y la corneta contestó en la Pampa: «Yo soy el pueblo de ochocientos diez!»

Fuiste vencida, cara patria mia, Tus legiones sufrieron un revés, Pero nadie dirá que no caiste Como los héroes de ochocientos diez.

No lo dirán... ¡cobardes!.. las espaldas Muestre lanceadas argentino infiel; Nobles heridas muestren en el pecho Los descendientes de ochocientos diez.

En sus lanzas filosas levantaron Los sicarios del déspota cruel, Del inmortal Castelli la cabeza, Del hijo noble de ochocientos diez.

De la sangre del mártir de la Patria De cada gota un héroe ha de nacer, Sangre fecunda, como fué fecunda La de los muertos de ochocientos diez.

Tus nobles hijos al mirar su busto Del polvo alzaron la humillada sien, Y levantaron con robustos hombros El ara santa de ochocientos diez.

«Venganza al pueblo!» prorrumpieron todos «Palmas al mártir que murió con fé! «Gloria al que caiga en medio del combate! «Gloria á los hijos de ochocientos diez!»

Se vió agitar del mártir la cabeza, Y su ojo frio se volvió á encender, Y desatado el labio á la palabra, Clamó: «Sois hijos de ochocientos diez!»

VI

EL ALZAMIENTO

En la llanura de la inmensa Pampa, Do de América el génio, firme estampa Su huella colosal; Do el Pampero con alas de gigante La nube azota y la ola que espumante Alza la tempestad.

Levanta erguida el gaucho su cabeza, Cual soberbio pendon que el viento besa Desplegado á la luz, Cuya negra melena al aire flota, En la tostada frente á la que azota El ábrego del sud.

El gaucho! noble tipo Americano, Que desdeña doblar ante un tirano Su indómita cerviz, Que despreciando halagos femeniles Conserva los alientos juveniles De una raza viril.

Entregado en su estancia al pastoreo No escucha el importuno clamoreo Que eleva la ciudad, Sino cuando la patria acongojada Le demanda el apoyo de su espada Para su ley guardar.

Así, cuando la horrenda tiranía De Rosas se afirmó, en su agonía La Patria le llamó: Y al escuchar su voz, se alzó cual rayo Del lado del hogar, montó á caballo Y la lanza empuñó.

«A las armas, valientes! Al combate! «A quien cobarde el corazon no late «Al toque de reunion! «A sus puestos, guerreros Argentinos! «Venid cantando vuestros patrios himnos «Al trueno del cañon!»

Así dijo Castelli, y mil valientes Al toque del clarin, vuelan ardientes La patria á libertar: No es Castelli caudillo de alta hazaña: Hombre del pueblo, vive en la cabaña De la mansion rural;

Pero la hermosa causa que proclama Millares de hombres á su lado llama, Que no saben quien es. Vuelan á las banderas de la gloria, Y en su frente presagios de victoria Creeríanse leer.

Castelli los convoca á la pelea Al pié del pabellon que al aire ondea, Y que en Mayo nació; Y en su serena faz resplandecia El entusiasmo santo en que él ardia Cuando «Igualdad!» gritó.

De guerreros cubierta la llanura, Y la bandera azul cual siempre pura Se miró relucir; Y á la sombra del símbolo divino Pronunció juramento el argentino De ser libre ó morir.