Rimas · Unidad 17 de 27
LIBRO TERCERO — parte 3
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Sobre el lecho de agonía Cayó, como flor tronchada Por el viento deshojada, Y su frescura perdió; Y cual se exhala el perfume Del cáliz de lirio hermoso, De su cuerpo primoroso Su alma angélica voló.
Antes de cerrar sus ojos Y dar el último aliento, Con blando y lloroso acento A su lado me llamó: Su bello rostro cubría La palidez de la muerte, Y con mano casi inerte Dos pensamientos me dió.
Y me dijo:--«Dulce amigo, «Solo en el mundo te dejo: «Del valle triste me alejo, «Y no te veré ya mas, «Y hasta que llegue el instante «De oir de Dios los acentos, «Guarda esos dos pensamientos, «Y no me olvides jamas!»
Esos pensamientos mústios Dados de muerte en el lecho, Yo los conservo en mi pecho Como sacro talisman, Porque se hallan impregnados Del espíritu invisible Del alma pura y sensible, Que calma mi triste afan.
Yo que profeso en el alma La religion de la muerte, Sobre su sepulcro inerte, Llanto y flores derramé, Y entre las fúnebres flores Lágrimas puse á millares, Y entre blancos azahares Pensamientos coloqué.
Y al pié del mústio sepulcro De la cándida María, Mis ojos vieron un dia Dos pensamientos brotar, Y luego ví el huracan Llegar con vuelo violento, Deshojar un pensamiento... Y uno tan solo dejar.
XVIII
EL VELO
La mies se corona de espigas doradas, Y el cielo se esmalta con nubes de azul, Las flores se envuelven con hojas variadas, Y en gajos flexibles el verde abedul.
Se ciñe el guerrero con palma triunfante, El rey con diadema circunda la sien, La falsa coqueta prefiere un diamante, Que á par de ella, muchas prefieren tambien.
Se ciñen los montes coronas de hielo, De blancas espumas las olas del mar, De fresco rocío las plantas del suelo, De llamas rojizas la esfera solar.
Mas hay una bella que dulce y modesta Ni flores, ni nubes, ni llamas buscó, Y en vez de la joya que adorno le presta, Con diáfano velo su frente ciñó.
* * *
Si fuese al combate, colgára en mi lanza Con lauros de triunfo su leve crespon, Y altivo, animado de doble esperanza Seria de guerra mi sacro pendon.
Si fuese marino, colgára ese velo Por vela á mi buque, por toldo á su iman, Y en calma mirando los astros del cielo Las iras burlára del negro huracan.
Si fuese poeta, mi armónica lira Podria al amparo del ténue cendal, Y al son de la brisa que mansa suspira Le diera inspirado su acorde final.
Si fuese viajero deseara una palma Que sombra tranquila me diese á su pié, Como esa que el velo, con plácida calma, Derrama en la frente que el ojo entrevé.
* * *
Feliz el que pueda del cándido velo Alzar el estremo que cubre la sien, Porque ese, olvidando las penas del suelo, La luz habrá visto del mágico Eden.
Feliz el que pueda con él envolverse Y dar estasiado su espíritu á Dios, Y ver á la tierra de vista perderse, Cual ave que asciende con ala veloz.
Feliz el que pueda colgar á su estremo La escelsa corona de rosa y laurel, Cual símbolo hermoso del genio supremo Que indique á la reina de todo el verjel.
Feliz el que pueda mezclar sus despojos Al polvo impalpable que el viento alzará, Cuando esa belleza con llanto en los ojos Desgarre ese velo que sombra le dá.
* * *
Mas esto es muy triste, tal vez distraido Su frente he podido de nieblas cubrir, Y al velo que lleva solo es permitido Con nubes lijeras su frente circuir.
Él es como nube que cruza su frente, Cual cruza los cielos la bruma fugaz, Realzando en el fondo su rostro esplendente Que adornan matices del iris de paz.
Yo soy como un ciego que canta á la puerta Deseando al que me oye placeres y amor, Deseando que nunca se mire cubierta La gaza, con perlas que borde el dolor.
¡Mas no soy tan ciego! pues miro en el cielo Brillar las estrellas con tibio fulgor, Y luego eclipsarse si entreabre su velo Mostrando dos ojos que irradian amor.
XIX
LA AGONÍA DEL POETA
¡Oh juicio divinal! Cuando mas ardía el fuego Echaste el agua.
MANRIQUE.
Genio, inspiracion divina, Fuego devora mi mente, Y siento en el alma ardiente Una llama circular... Mas ¡qué importa! si á la tumba Pronto caerá el genio mio, Como el torrente bravío Que vá á morir en el mar!
Ya del carro de la vida Los corceles fatigados Caen al suelo postrados Con anheloso estertor; Y ya el genio de la muerte Gira en torno á mi cabeza, Cual ave que de su presa Va volando en derredor.
Como el náufrago se abraza De las astillas flotantes, De las horas vacilantes Me abrazo con ansiedad; Pero en vano, que la urna De mis años, agotada, Sobre el abismo inclinada Se vé, de la eternidad.
Qué importa morir, si solo, He vivido en este mundo, Donde corre un aire inmundo Que no puedo respirar: Si mis lágrimas cayeron Confundidas en el cieno, Sin bañar el tibio seno Del amor á la amistad!
Qué importa morir, si nunca Los hombres me han comprendido, Si ninguno me ha tendido Una mano fraternal: Si cual la flor del desierto Que en soledad se consume, He dado al viento un perfume Que nunca sintió el mortal!
Mis ecos se han confundido Con la música lejana, Que se alza cada mañana Del seno de la creacion; Y entre el canto de las aves, Y el aroma de las flores, Del valle de los dolores Han subido á otra mansion.
Como las nubes de mirra Que perfuman el sagrario, Y brotan del incensario De las brazas al calor, Al fuego del entusiasmo De mi cabeza han brotado Los cantos, que he consagrado A la Patria y al Señor.
Jamas prodigué alabanzas A un miserable tirano, Ni del pueblo soberano Las banderas deserté: Fija la vista en el cielo, Nutrido de amor intenso, A Dios y al Pueblo el incienso Del corazon consagré.
La libertad fué la musa De los cielos mensagera, Que llenó mi alma severa Con su espíritu inmortal; Y en las negras tempestades Seguí con paso valiente, Su antorcha resplandeciente Y su faro celestial.
Oh, Dios, inspírame un himno, Ó una fúnebre elejia! Que baje á la tumba fria Cantando á la libertad! Permite que adorne un lauro Mi cadáver macilento, Y que no muera mi acento Cual voz en la soledad!
¡Pero ya es tarde! la mano Que marca la última hora, Se levanta aterradora Y vuelca el reló fatal; Y las cuerdas de mi lira, Como nervios doloridos Producen tristes sonidos Una á una al reventar.
En vano aplico el oido: Enmudece la memoria, Y á mis cánticos de gloria No responde el porvenir; Que al descender al abismo La corteza de mi alma, No se verá ni una palma Sobre la frente lucir!
Oh musa, vuelve otra vez A tu celeste morada, Que el abismo de la nada Pronto me va á devorar; Pero antes, rompe las flechas De mi carcax no vacio: Mi brazo perdió su brio, Y el arco se va á quebrar!