Salamanca, Ávila y Segovia · Capítulo real 7 de 18
CAPITULO X
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 42 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO X
Alba de Tormes, Peñaranda
FRECE la historia de la villa sentada cabe el ancho Tormes, grandes semejanzas con Béjar: antiguo fuero cuyas disposiciones sirvieron muchas de modelo al otro, copiosos privilegios y mercedes reales, común dependencia de algún señorío entre los varios que sucesivamente reconoció, identificación desde el siglo xv con una estirpe poderosa á la que ha dado título recibiendo en cambio esplendor y fama. Pero la fortuna presente ha establecido entre las dos una diferencia cada vez más señalada; pues mientras la serrana aumenta y se enriquece con su prodigiosa actividad fabril remozando la fisonomía, queda rezagada la ribereña sin explotar siquiera como agricultora la feracidad de su territorio y sin cuidarse de reparar las brechas que va abriendo el tiempo en sus grandezas pasadas.
Á la población de Salamanca por el conde Raimundo es
probable que no tardaría en seguir la de Alba, mas el primer dato auténtico de su existencia es el fuero que le otorgó Alfonso el Emperador hallándose en aquella ciudad en 4 de julio de 1 1 40. Aunque no tan detallado como el de Béjar, encierra
Ruinas del Castillo y Puente de Alba de Tormes
los principios fundamentales que luego desarrolló en este Alfonso VIII: con idéntico celo para mantener libres é iguales á los vecinos y para impedir que sobre ellos prevaleciera alguno por autoridad del oficio ó por violencia y tiranía privada, previene allí que nadie construya torre sino fuere en iglesia ó en castillo, declara traidor y alevoso respecto del concejo al natural que pretendiere entrar por merino ó tener el alcázar, y manda al que obtuviere la honor ó señorío de la villa, en cuanto pertenece á la potestad real, prestar juramento, antes de su entrada, de guardar sus franquicias á los habitantes. En Alba lo mismo que en Béjar se reunía los viernes el corral ó juzgado y
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los domingos el concejo, los alcaldes no podían prender al reo sin querella de parte, la pena corporal en los ladrones y homicidas eximía de la confiscación de bienes; y del código de la primera parecen trasladados al de la segunda los artículos tocantes á desafíos entre el matador y los parientes del muerto, y á demandas recíprocas de judíos y cristianos (i).
En la división de reinos verificada entre los hijos de Alfonso Vil, Alba cupo al de León, al paso que Béjar bien que tan cercana perteneció al de Castilla. Apoderáronse de aquella en la campaña de 1 198 castellanos y aragoneses retribuyendo á Alfonso IX sus invasiones por la tierra de Campos; y tal vez entonces fué, si la dejaron poco menos que yerma los enemigos, cuando el monarca leonés llamó centenares de nuevos pobladores, repartiéndoles el suelo por obras y yugadas (2). De su
(1) En el de Alba no se conoce todavía la igualdad de penas contra los homicidas sea cual fuere su raza ó culto, pues mientras que el matador de judío ó judía no pagaba sino veinte maravedís, al judío que matase á un cristiano se le hacía justicia del cuerpo y perdía cuanto hubiese. Otra singular medida establece restringiendo el derecho de asilo : «Todo matador que en iglesia ó en torre se encerrare, los parientes del muerto tomen las llaves e guárdenlo si quisieren fasta que isca el malfechor, e si salieren e lo pudieren tomar aduganlo e denlo á los alcaldes, e los alcaldes fagan del justicia, e de su aver no pierda nada». El objeto de la obra no nos permite extendernos otra vez, como hicimos con el de Béjar, en el examen de este fuero ignorado al par de aquel, cuya copia existente en el archivo de la villa recomendamos á la Academia de la Historia. Principia así : Ego Adefonsus Hispaniarum imperator et iixor mea Bercngaria damiis et concedimus istos foros cid concilium de Alba de Tormes. Y concluye : Jacta caria Salainantice IIII nonas julii era MCLXXVIII.
(2) Hay en el archivo un interminable catálogo que expresa los nombres de ellos y las porciones que se les asignaron, empezando con estas palabras: He siint herediíates que dominus noster A. Legionensis dedil populaloribus sui's qui venerunl populare vi Albam. El epíteto Legionensis no es aplicable de ningún modo á Alfonso vil y sólo puede referirse al IX. En este documento hubo quien pretendió apoyarse en 1882 para dirigirnos acusaciones de increíble ligereza por no haber descubierto al final de él una fecha que el articulista interpretaba era MCII, y con ella pertrechado remontaba su antigüedad casi siglo y medio más arriba, no sin notable trastorno de la cronología y de la historia. Pero de la inspección del original, que por octubre de dicho año tuve ocasión de hacer en el propio archivo municipal de Alba y en presencia del mismo contrincante, resultó que la supuesta data no era otra cosa que el Amen puesto á continuación del sécula seculorum ; y no dejando rastro esta curiosa polémica sino en las columnas de la lluslración Española y Americana (núm. de 22 agosto y de 30 octubre), todo volvió á quedar en su puesto.
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reinado data la institución del juez, elegido cada año por el concejo al mismo tiempo que los alcaldes, y que á sus ordinarias atribuciones añadía la de recaudar los derechos del señor de la villa reservando un tercio para sí y la de llevar la bandera en los combates; y esta magistratura la confirmó su nieto Alfonso el sabio como infante en 1240 y como rey en 1264. Era Alba población de extenso tráfico, sostenido principalmente por su insigne feria, á la cual acudían innumerables gentes no ya de la comarca sino del centro de Castilla y Extremadura. Alfonso X la protegió, dando franquicia de portazgo á los concurrentes y prohibiéndoles ir con armas para prevenir atentados y reyertas harto fáciles de nacer en tan revuelta y belicosa muchedumbre (i). Con la profesión mercantil propagóse entre los
(1) Por lo notable de esta cédula expedida en 1261, no podemos menos de transcribirla entero : «Al concejo de Ávila e de Béjar e de Arévalo e de Medina e á los otros conceios de Estremadura que esta nuestra carta vieren, salut e gracia. El conceio de Alba de Tormes se nos imbió querellar e dize que los mas de vuestros vezinos quando van á su ieria que van armados de lorigas e de perpuntes e de lanzas, e de porras e de capiellos de fierro, e por aquí buclven muchas vegadas la feria porque se levantan hi peleas e robos e muertes de ombres. Et bien sabedes vos que las ferias non fueron fechas pora lides nin pora robos nin pora otros males nin muertes ningunas, mas pora merchandías e pora comprar é pora vender. Et pedieron nos por merced que mandásemos hi aquello que tuviésemos por bien, de guisa que su feria fuese segura e que no 's perdiese. Onde vos mandamos á todos aquellos que quisierdes hir á la feria que vayades en paz e que non levedes hi se non armas guisadas pora i camino, et los cavalleros levat espadas e cuchiellos puñales, et los otros ombres sus cuchiellos puñales e non mas, salvo ende que los menestrales é los mercaderes que puedan levar tales armas pora vender, e esto que lo juren ante que entren en Alba en mano de ombres buenos, quales pusiere el conceio de Alba, que las quieren pora vender, e otro sí juren que non las darán nin las emprestarán á ninguno de la feria pora bolver pelea. Et si algunos estas armas que aquí defendemos hi levaren nin en la feria se metieren á menos de jurar como es sobredicho, tomenlles los alcaldes e el conceio de Alba las armas sin toda calonia, et tomen pora cada uno de ellos fiador se lo pudier aver, ó se non recabdengelo que... ítem mandamos e defendemos al conceio de Alba que á quien quier que venga á la íeria que no'l fagan mal nin tuerto alguno se non fuere ladrón ó ombre malo, se non á ellos e á quanto ovieren nos tornaremos por ello. Dada á Sevilla primero dia de mayo era de MCCXCIX años.» La inmunidad de portazgo fué otorgada en i 2 5 ^ , y en el mismo privilegio exime el rey á los vecinos de dar yantares al señor, y sólo les exige un maravedí de martiniega, puesto que en tiempo de su padre y de su abuelo nunca la habían pagado. Consta entre los documentos del archivo el arriendo que se hizo en i 3 i 7 de la rúa de la Ropa-vieja para las dos ferias que iban á celebrarse, mandando levantar sesenta tiendas con otras disposiciones curiosas.
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vecinos la usura, reputada entonces como indigna de cristianos y sólo tolerable en los judíos; y aunque se trató de extirparla, tan hondas raíces había echado que por no destruir la villa hubo de abandonarse el empeño (i).
Otras exenciones les otorgó el rey sabio en medio de sus frecuentes apuros (2); pero su hijo Sancho IV, tan sagaz como violento, logró hacérselas olvidar poniéndolos de su parte con mercedes aún mayores (3). Apenas supo Alba su precoz fallecimiento, en 7 de mayo de 1295 ^i^o liga con Salamanca y Zamora para defender el trono de su tierno hijo Fernando y auxiliarse mutuamente contra los enemigos del reposo público. Su término tan vasto que lindaba entonces con el de Ávila (4) y su vecindad de cuatro ó cinco mil familias en aquel tiempo, le permitían muy bien alternar en importancia política con las ciudades. Había sido dada por Alfonso X á su tercer hijo don Pedro con
(i) Habiendo surtido poco efecto la real cédula de i .° de mayo de i 260, remitida también á Béjar según vimos, en la que se recuerda que los cristianos no deben dar usuras por ley ni derecho y se tasa el interés á moros y judíos, mandó el rey por encargo del papa hacer pesquisas en Alba sobre dicho abuso, pero se suspendieron por orden del infante don Sancho á quien sin duda recurrieron los vecinos, hallándose en Astorga á i 5 de julio de 1278, en atención «á que este fecho caia en tantos omes e en tales que el daño de ellos tañia á todos los que eran en la villa e en el término, e si aquellos lo oviesen á pechar por sí que serian astragados e que seria despoblamiento de la villa.»
(2) En un privilegio dado en Zamora á i o de julio de 1274 dice así : » Porque otorgaste que nos daríades oganno el servicio de dos annos bien e complidamientre, que era cosa que aviemos mucho mester pora el fecho del Imperio, e nos entendiendo la vuestra grand pobreza prometemos de vos nunca demandar daquí adelante los servicios de los otros annos, e quitamos los vos por siempre jamás, vos dándonos oganno el servicio como sobredicho es.» En otro despachado en Burgos á I o de setiembre de 1277 se lee : « Por fazer bien e merced á los cavalleros e á las dueñas e á los fijos de los cavalleros de Alba de Tormes, quitólos que no pechen por sus personas en este servicio que me agora an á dar cada año ellos e las otras villas del regno de León, que es tanto como una moneda por en toda mi vida.» El primero fué concedido igualmente á Béjar.
(3) En I 282, antes de consumada su usurpación, agradecido á muchos servicios les da el lugar de Santiago de la Puebla y el castillo del Carpió, y en i 293 con expresiones análogas de gratitud promete no pedirles más donativo ni demandarles fonsadera en dinero mientras dure la ayuda que le otorgaron de darle un morabatín de cada ciento que importaren las ventas.
(4) Entre Alba y Ávila firmóse concordia en 1274 deslindando los términos de una y otra.
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los estados de Ledesma; en 1304 formó parte de los adjudicados al infante de la Cerda para que desistiera de sus pretensiones á la corona; pero ni uno ni otro señorío echó raíces en Alba, y corriendo el mayo de 1 3 i 2 Fernando IV la recobró después de haberla cercado y batido con ingenios. En 131 7 la gobernaba en tenencia Rui Pérez de las Tercias alcalde del rey, en 1323 Diego Gómez de Castañeda con quien vino á pactos la villa para vivir en paz y sosiego y no recibir daño del alcázar ni de su guarnición, prometiendo Castañeda guardarla fielmente durante la menor edad de Alfonso XI.
En los anales de Alba tropezamos aquí con un vacío hasta hallarla en 1377 poseída por el infante de Portugal don Dionís, hijo de su rey don Pedro y de la célebre Inés de Castro, á quien Enrique II manda respetar los fueros de la población y no obligar á ninguna mujer de ella á casarse sin beneplácito suyo y de la familia con gentes de su séquito (i). Teníala concedida el soberano á su hija natural doña Constanza prometida al expresado infante que ejercía la autoridad á nombre de su futura; pero no habiéndose efectuado el enlace, y sustituyendo en él á don Dionís su hermano don Juan, transfirióse á éste el dominio con la mano de la ilustre doncella (2). Á falta de sucesión legítima debía Alba volver á la corona, é ignoramos si volvió y cuándo y con qué título pasó á aumentar el inmenso patrimonio que abarcaban en Castilla los infantes de Aragón, y que confiscado y distribuido en 1429 entre los cortesanos de Juan II, formó con sus ruinas los cimientos de muchas casas poderosas. Quitada á don Juan rey de Navarra, tocó la villa en el reparto del botín á don Gutierre Gómez de Toledo obispo de Palencia, que ascendió sucesivamente á la sede de Sevilla y á la de Tole-
(i) La orden lleva la fecha de i 2 de noviembre de i 377, y en las cortes de Burgos la repitió Juan I dirigiéndola al mismo don Dionís.
(2) En I 39 I eran señores de Alba dicha doña Constanza y su esposo don Juan, duque de Valencia, según consta del lallo de Enrique 111 sobre ciertas cuestiones que entre ellos y el concejo se ventilaban. Con esto se aclaran las dudas propuestas por Flórez en sus Reinas Católicas, pág. 680.
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do. Estimó el prelado su adquisición en lo que valía, favorecióla con su frecuente residencia y con la fundación de un monasterio de Jerónimos, á los moradores hizo francos de todo tributo real ó concejil satisfaciendo por ellos los pedidos que les cupiesen (i), y como si presintiera la duración y nombradla que había de alcanzar bajo nueva serie de señores el estado que fundaba, lególo al fallecer en 1445 á su sobrino Fernando Álvarez de Toledo. En este empezaron los condes de Alba, envueltos al principio por la infelicidad de los tiempos en facciones y luchas intestinas, posteriormente esclarecidos por servicios y proezas en más gloriosas campañas. Preso el primero en 1448 con otros inquietos magnates, tuvo seis años por encierro el castillo de Roa, y no bastaron para obtener su libertad la guerra que mantenían contra la autoridad real sus hijos García y Pedro al abrigo de los montes de Piedrahíta, ni la mediación del príncipe don Enrique (2), ni aun la caída del Condestable su enemigo; no la recobró sino con la muerte de Juan II. El sucesor García, apartándose de la liga en que entró de pronto contra Enrique IV, le auxilió durante su mayor abandono con quinientas lanzas y mil infantes (3), y mereció en recompensa la cesión del Carpió
(i) Dio el arzobispo esta amplia franquicia estando en Alba á i 2 de enero de 1444, mandando á su mayordomo pagar la porción correspondiente á la villa por los pedidos ó monedas que el rey ordenara echar, menos lo tocante á vecinos nuevos que no edificasen casa ó plantasen viña. Confirmó dicha merced el príncipe don Enrique en 30 de abril de 1454, poco antes de subir al trono, y juró guardarla en I 2 de mayo de 1463 el segundo conde don García.
(2) De estas gestiones da cuenta una cédula del mismo príncipe fechada en 1 45 I , que empieza en esta forma : « Sepades que después que vine por mandado del rey á la frontera de la villa de Piedrafita contra Don García y Don Pedro fijos del conde de Alba, entendiéndose complidero á servicio del señor rey é mió que la rebelión en que estaban se pacificase, fice con ellos cierto concierto etc.» Existe dicho documento, como los demás que llevamos citados, en el archivo de Alba, donde aparte de los copiosos de interés local se encuentran también capítulos de cortes y pragmáticas generales concernientes á la historia déla monarquía. Los libros de actas del consejo alcanzan al año 1408.
(3) En la concordia firmada á i 7 de octubre de i 466 entre el expresado Garci Alvarez de Toledo y don Martín de Vilches obispo de Ávila prometiéndose recíproca amistad, reconoce el prelado ser y haber sido el conde leal servidor del rey don Enrique.
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y trocar la corona de conde por la de duque; pero á la muerte del impotente rey, no le impidió la lealtad declararse por Isabel y Fernando sobrino de D.'' María Enríquez su consorte, y en 148Ó tuvo la honra de hospedarle en su palacio de Alba, mientras su hijo Fadrique se cubría de gloria arrollando en cien combates á los moros de Granada. Nadie al par de este duque profesó al rey Católico su primo tan constante adhesión en cualesquiera trances, ni obtuvo tan plena confianza; mas todavía eclipsó su crédito el heredero inmediato, no su primogénito García á quien había costado la vida en 15 10 la desgraciada expedición de los Gelves, sino su nieto don Fernando de Toledo, generalísimo de Carlos V, brazo derecho de Felipe II para domar rebeliones y someter monarquías. Descuella sobre antepasados y descendientes su cabeza severa y altiva, coronada en la ancianidad de sangrientos y tardíos laureles; y su esplendor absorbe hasta cierto punto el de su linaje que se ha extinguido y el de su título que persevera (i).
Á la residencia de Alba alcanzó un destello de aquel esplendor, convirtiendo el belicoso castillo en suntuosísimo palacio. Sobre la entrada guarnecida de follajes se labró una galería plateresca de dos cuerpos, cuyos menudos detalles comparan los que la vieron á los de la portada de la universidad de Salamanca, y al rededor del patio otra semejante de arquería rebajada y caprichosos capiteles, que en el piso alto ostentaba retorcidas en espiral y sembradas de florones las columnas y arquivoltas, trepado con labores semigóticas el antepecho, almohadillado el friso y coronada de bichas y crespones la cornisa. Empezaron tal vez dichas obras en vida de don Fadrique predecesor y abuelo del gran duque, pero á éste se debieron sin disputa el ornato interior y las riquezas artísticas de las estancias: por orden suya
(i) Pasó por enlaces á principios del siglo último á una rama de los Silvas condes de Galve, y á fines del mismo á los Fitz-James descendientes del duque de Berwick general del ejército de Felipe V é hijo natural del destronado Jacobo II de Inglaterra.
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Tomás Florentino pintó al estilo grutesco^ dedicándola á la duquesa, la pequeña antesala y acaso la contigua rotonda situada en el hueco de una torre y cubierta de dorada cupulilla; por su orden, aunque después de su muerte, Nicolás Gránelo y Fabricio su hermano representaron al fresco en las paredes de la armería, con el vigor y destreza que en el Escorial habían desplegado, tres insignes victorias obtenidas por el célebre caudillo; por su orden la espaciosa galería del sur, sustentada por seis columnas de mármol y adornada de medallones en las enjutas , se pobló de bustos de soberanos fundidos en bronce^ entre los cuales sin empacho figuraba también el suyo (i). Con ella formaba ángulo y competía en amenidad y desahogo un terrado ó paseo enlosado de mármoles, que resaltaba del edificio á la parte de poniente.
Los estragos de la guerra con los franceses desmantelaron esta opulenta mansión hasta entonces conservada con esmero; los del tiempo y del abandono han acabado de desmoronarla. De las más recientes construcciones del palacio sólo quedan unas paredes de ladrillo, y del castillo primitivo los fuertes muros que trazaban su cuadro y alguno de los seis cubos que la flanqueaban, unos y otros ceñidos de matacanes. Ruedan por el patio bases de columnas, delinea su arco apuntado una que otra ventana; pero de la magnificencia de las habitaciones no hay más vestigio que los frescos de batallas pintados al rededor de una pieza circular y su bóveda cubierta de grandes figuras mitológicas, diosas, ninfas, amores, guerreros y cíclopes forjando una armadura (2). Encierra á dicho gabinete la torre del home-
(i, Según los letreros que copió Ponz de los pedestales, uno de los bustosrepresentaba al emperador Carlos V, otro á Felipe II titulándole rey de Inglaterra por su esposa María Tudor, otro al propio duque con la siguiente dedicatoria que expresa el nombre del artífice probablemente: Ferdin. Albce dux. — Lungeliims ofiimo duci i$yi. En la referida antesala escribió el autor de los frescos: Illustrissimce Marice Ferdinandi diicis conjug. cariss. et comitis Albce Listicce fUicefelicissimoe Thomas Florentiniis hos labores c. el di. ( consecral et dicat).
(2) No es esta la rotonda contigua á la antesala y pintada por Tomás Florenti-
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naje, cuya redondez asoma sobre los ángulos salientes ó estribos que la revisten, y domina las imponentes ruinas plantadas sobre la vega y el río á manera de faro en una costa solitaria.
En otro tiempo el desierto ribazo inmediato al castillo, al mediodía de la villa, estaba sembrado de casas, que ya una vez habían desaparecido cuando volvió á poblarlo en 1447 ^^ primer conde Fernando Álvarez de Toledo (i). De la parroquia de Santa María, unida á la de San Andrés á la cual ha sobrevivido muchos años, y entera aún poco hace, subsiste el ábside adornado por fuera de dos series de arquitos lobulados y el arranque de la torre; de la de San Martín apenas hay memoria. La muralla ha sucumbido por completo, exceptuando un torreón aislado, de forma cuadrada, que enfila el cauce del río, y el arco ó puerta que sale al puente; por los otros lados no ha dejado de sí señal alguna. Á los de levante y norte todavía se denota mayor la despoblación del crecido vecindario, y con él perecieron la parroquia de Santo Domingo donde asentaron después su convento los Franciscanos, la de Santa Cruz sita á espaldas de las Benitas, la del Salvador y la de San Esteban cuyos restos hay quien recuerda haber alcanzado á ver en un altillo á la parte de nordoeste (2). De alguno de estos demolidos templos procede sin duda la estatua yacente de mujer puesta por dintel sobre la puerta de un horno abandonado en la calle del Hospital.
Cuatro son todavía las parroquias que restan para seiscientos vecinos, cortadas casi por un mismo tipo y presentando caracteres muy análogos, á saber: tres naves separadas entre sí por grandes arcos rebajados y que tal vez antes de someterse
no, de que hablamos anteriormente; las pinturas aquí mencionadas por lo que puede juzgarse desde abajo parecen ya del siglo xvn.
(i) Consta la franquicia que otorgó á los que fueran á poblar el barrio abandonado de la antigua parroquia de San Martín junto á su castillo hasta la puerta llamada de Santa María de Serranos.
(2; Á estas siete parroquias desaparecidas hay que añadir la de San Gervasio, dentro de la cual se tenían a menudo las reuniones del concejo, según los documentos que cita. la. Guia de Alba publicada en 1882 por don Fernando Araujo.
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á renovación estuvieron techadas de madera, abundancia de entierros y sepulcros por las capillas, ábsides revestidos exteriormente de dos ó tres zonas de arquería figurada. Hacia el norte está la de San Miguel, cuya cuadrada torre parece desmochada: ocupa la derecha de su presbiterio un arco del tercer período gótico, primorosamente trepado, engalanado de entrelazos, sartas de perlas, hojas de cardo y penachería, que contiene una urna de alabastro sostenida por cuatro leones y cuajada de hermosas figuras de relieve, donde reposan García Brochero y su consorte (i). Otra tumba de la misma familia con labores del renacimiento encierra un nicho escarzano orlado de lindos follajes y colgadizos en la nave de dicho costado (2); pero más antigua es la de enfrente que en pequeñas hornacinas lleva las efigies del Salvador y de los doce apóstoles y sobre la cubierta una estatua tendida con hábito de orden y grande espada. Igual traje usan los gastados bultos colocados en el coro bajo dentro de dos ojivas, y si reputamos aquella por del siglo xiv, estos se nos antojan del xiii por la rudeza de las figuritas arrodilladas en la delantera de sus urnas y por las torres esculpidas en las enjutas de su arquería. No cuenta acaso menos fecha el de Garci García de León puesto á los pies de la iglesia, vestido de larga túnica y manto, con la barba y cabellera partidas á lo nazareno (3).
La de Santiago, unida al hospital y más reducida que las
( 1 ) En la vertiente de la urna se representa el Calvario, en la delantera la Virgen de la Piedad con su Hijo difunto, y ángeles con escudos de armas en uno y otro lugar. Los epitafios dicen así : « Aquí yace el onrado caballero G. Br.° ijo de Juan Br.° el mayor, falleció á II de hebrero de MCCGCLXIIII años. — Aquí yace Costanza Martínez de Gonsalvo muger de G. Br.° falleció á dies de octubre de MCCCCLXXXV. «
(2) «Aquí yace, leemos, el honrado cavallero Andrés Brochero fijo de Hernán Brochero, falleció á veinte y cinco de junio año de mil e quinientos e quatro años.» Hay en la delantera un escudo sostenido por dos salvajes y otro por dos medias figuras en la vertiente ; al pié de la urna tres leones.
(3) Consigna el nombre el siguiente letrero pintado en caracteres góticos: «Aquí yace Garci García de León hijo de don García de León, dexó quatro hijos e una hija...» Lo demás está borrado.
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Otras, conserva el techo de madera y asentado sobre columnas bizantinas el arco semicircular de la capilla mayor, en la cual también hay nichos sepulcrales (i): nómbrala ya el fuero de 1 140 como punto de reunión del concejo, y á su lado existían en 1429, las casas consistoriales. Trasladadas éstas posteriormente á la plaza mayor, la iglesia más céntrica y frecuentada ha venido á ser la de San Juan, que presenta hacia el mismo lugar su elevada torre y dos ábsides, el lateral con ventanas de medio punto y con animales caprichosos en los capiteles de sus columnitas. Interesante debió ser en el género románico la portada, si á ella pertenecieron, como se cree, las toscas efigies de apóstoles sentados que se custodian en la capilla de los Villapecellines. Sin duda perecería hacia 1741, al recibir impertinentes adornos las naves y media naranja la capilla mayor, donde fueron respetados por fortuna el retablo dedicado á los santos Juanes bautista y evangelista y dos entierros del siglo xvi (2). Solamente los ábsides menores guardan intactos su torneado cascarón y su alta y estrecha bóveda de plena cimbra, respirando antigüedad; y al del lado de la epístola, cuyo exterior hemos visto desde la plaza, dan mayor realce los lucillos más recientes del alcaide Diego de Villapecellín, de su esposa y de sus hijos (3).
(i) Son dos al lado de la epístola con urnas sostenidas por leones y blasonadas con escudos en cuyos góticos follajes se denota la proximidad del renacimiento: los letreros estaban encalados cuando los vimos; limpiados porteriormente, declaran según la expresada Guia^ que uno de los dos entierros pertenece al caballero Antón de Ledesma, hijo de Pero Rodríguez Guedeja y de doña Juana de Ledesma, fallecido en i 4 i 3, y el otro á la mujer del antedicho, Leonor de Paz, hija de Diego Gómez y de Isabel de Paz, fenecida en abril del año anterior.
(2) El de la parte del evangelio consiste en un gran nicho de pilastras platerescas y arco artesonado y en el fondo un relieve entero de la Virgen de la Piedad y otras figuras :, lleva la inscripción siguiente : «Aquí yace el honrado cavallero Diego de la Carrera y Juan Flórez su hijo, el que dexó á esta iglesia toda laeredad que tiene en Galleguillos, Gajates y unas casas en esta villa, falleció á XXIllI de lebrero año de mil quinientos treinta.» En el costado de la epístola hay una urna de pizarra con escudos y santos de relieve, donde yacen Francisco de Medina Vasco, regidor que murió en i 597 y su mujer Francisca Gutiérrez San Miguel, iLindadores de varias obras pías.
(3) Están repartidos por la capilla los sepulcros, dos á cada lado, y lodos lie-
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Un incendio, que en 7 de julio de 1 5 1 2 abrasó la parroquia de San Pedro con su torre, dio lugar á restaurarla bajo los auspicios del generoso duque don Fadrique; su portada, sita en la calle que baja al puente, no ofrece ya más que una parodia de estilo gótico. Las obras se prolongaron hasta 1577, según el tarjetón que en la escalera del coro sostiene un angelito sobre una graciosa columna corintia en que termina el abalaustrado antepecho (i) ; posteriormente se añadió crucero y cúpula á la primitiva longitud de sus tres naves, y la consagró en 1686 fray Pedro de Salazar, obispo de Salamanca. Allí yace sepultado sin señal alguna, el famoso catedrático Pedro de Osma, que murió arrepentido en Alcalá en 1480, al año siguiente de condenados sus errores.
Alba se hizo más notable por sus conventos que por sus parroquias. Uno había antiguamente en la vega, habitado por Premostratenses, que lo dejaron para fijarse en Ciudad Rodrigo, y el arzobispo don Gutierre, primer señor de la villa del linaje de los Toledos, estableció en él hacia 1429 á los Jerónimos bajo la advocación de san Leonardo. Á pesar de los pleitos que hubo de sostener la naciente casa con el concejo, creció rápidamente con las pingües donaciones del fundador que al morir en 1445, la instituyó heredera de su cadáver; mas no llegó á poseerlo hasta 1482 á 16 de enero, en que fué traído con gran pompa desde Talavera (2). Entonces en medio de la capilla
van escudo entre dos leones de relieve. Los epitafios empezando por la izquierda dicen así : «Aquí yace sepultado Diego de Villapecellin, camarero que fué del muy ilustre e muy magnífico señor don García Álvarez de Toledo duque de Alba marqués de Coria, e su alcaide e regidor e corregidor desta villa de Alva, e falleció á XV de noviembre año de MDX. — Aquí yace el honrado cavallero Rodrigo Pecellin, hijo del alcaide Diego de Villapecellin, fallesció á XXI de hebrero año de MDXXIIII años.» Á la derecha: «Aquí está sepultada Mari Alvarez de Estrada mujer del alcaide Diego de Villapecellin, e falleció á X de enero de M quatrocientos noventa é vil. — Aquí yace el honrado cavallero Alonso de Cabria hijo del alcaide Diego de Villapecellin, murió á VI dias del mes de julio año de MDXXXXVI.»
(i) En el tarjetón se lee: «Esta iglesia hizo restablecer siendo mayordomo, el Sr. Juan Fernandez Tapia : acabóse año i 577.»
(2) Con esto quedan soltadas las dudas de Mariana, sobre si el arzobispo quedó enterrado en el sagrario de la colegiata de Talavera, ó si se efectuó la trasla-
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mayor se le erigió un sepulcro de mármol blanco, lleno de labores menudas y diligentes, con estatua echada sobre la urna, que luego se apartó al lado del evangelio : la suntuosa fábrica del edificio fijé tirando tal vez un siglo después de la muerte del prelado. Para contemplar aún sus destrozadas ruinas bien se puede tomar el trabajo de atravesar en dirección al sur, una fértil pradera: á la cerca da entrada un caduco portal del renacimiento, y á la iglesia un arco conopial bocelado y recamado de follajes entre agujas de crestería. La espaciosa y gallarda nave despliega cinco bóvedas, de las cuales ocupa dos el coro alto ; debajo de las ventanas de imitación gótica se abren los arcos rebajados de las capillas y dos más elevados á cada lado del presbiterio; las cruzadas aristas del techo aparecen sembradas de figuritas de ángeles con instrumentos de música ó blasonados escudos, y encima de la capilla mayor describen una airosa estrella. Pero ya no hay que buscar allí el mausoleo de don Gutierre, ni otras tumbas insignes que lo acompañaban, ni las pinturas y relieves del retablo principal; ni del derruido claustro puede apreciarse sino la gentileza del medio punto de los arcos inferiores, sobre los cuales en doble número cargaban los de arriba, apoyando su columna divisoria en la clave de los de abajo, ostentando medallones en las enjutas y prolijo adorno en el antepecho, capiteles y coronamiento (i). La destrucción ha ido cebándose en estas preciosidades y amenaza en breve acabar con todo, no sin lástima y aun indignación del pueblo, cuyo voto casi unánime en España, acerca de la supresión de los monasterios, dudamos mucho quisiera consultarse sincera-
ción dispuesta en su testamento, al sepulcro del monasterio de Alba, que según el mismo autor, carecía de letrero.
(i) Ponz se extiende en la descripción así del claustro como de los expresados túmulos y retablo, elogiando en éstos la diligencia, la expresión, las bellísimas actitudes de figuras muy bien entendidas. Antes de aquel claustro se encuentra otro más moderno y grande, de nueve arcos en cada ala, donde se ve una losa sepulcral de Francisco Andrés obispo Cclanense y auxiliar de Salamanca, fallecido en 1763.
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mente á pesar de la moderna voga de los plebiscitos universales.
Al otro lado del Tormes tuvo también principio en 1489 el convento de Franciscanos, cuya fundación concebida por el duque don García, llevó á cabo su hijo don Fadrique, erigiéndolo en colegio para instrucción de diez religiosos. La insalubridad del sitio les obligó á mudarse en el siglo xvii al extremo oriental de la villa, adoptando por iglesia la extinguida parroquia de Santo Domingo, á la cual sin duda pertenecen aún dos pequeñas agujas góticas engastadas en el frontis, y la arquería exterior del ábside que se prolonga en figura angrelada por la parte del claustro. Este se fabricó espléndidamente desde los cimientos con dos órdenes de arcos, semicirculares los de abajo y escarzanos los superiores, en cuyas barandillas resalta entre grifos y hojarasca el escudo de los Toledos ; y he aquí que cumplidos apenas dos siglos se viene al suelo su magnificencia. Bajo la protección de los duques nació igualmente en 1695, ^^ convento de Carmelitas descalzos, de sencilla y regular estructura, inmediato al tan célebre de las monjas de su orden, y repoblado últimamente de religiosos, que en 1882 han cooperado no poco con aquellas, á solemnizar espléndidamente el tercer centenario de la muerte de su fundadora.
De los tres de religiosas que florecen en Alba, el más antiguo por su fecha y el más reciente por su construcción es el de Benedictinas: hasta tiempos no lejanos estuvo fuera de la población, en el punto que denotan todavía unos viejos paredones, y entonces se titulaba de Santa María de las Dueñas, y Sancho IV antes de reinar, lo tomaba en 1279 bajo su patrocinio (i), y Fernando IV en 13 12, con la merced de doce excusa-
(i) En su archivo conservan las monjas la cédula original del tenor siguiente: «Sepan quantos esta carta vieren como yo infante don Sancho fijo mayor e heredero del muy noble don Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castiella, etc. por fazer bien e merced al monasterio de las Dueñas de Santa María de Alba, recibo en mi garda e en mi comienda á la priora de este monasterio ya dicho e á las dueñas e á todas las sus cosas. Onde mando e defiendo firmemente que ninguno non
dos, le resarcía los daños irrogados á su huerta y edificio durante el cerco que puso á la villa (i). Al trasladarse á su actual asiento más adentro de san Francisco, la nueva iglesia decorada con pilastras de orden dórico y con su media naranja, acogió respetuosamente las memorias sepulcrales de la primitiva, á uno y otro lado de la capilla mayor, donde se ven las estatuas yacentes de una dama coetánea de la reina Católica, de un joven sacerdote en traje de colegial, de un caballero del siglo xv y de su consorte. No consta el nombre del último, pero aumenta el interés de saberlo la batalla esculpida en la urna con expresiva rudeza, en la cual se le representa entre los vencidos pisoteados por los caballos, derribado al suelo, en el acto de recibir la muerte de la espada enemiga (2).
sea osado de les fazer fuerza nin tuerto nin mal ninguno á ellas nin á nengunas de sus cosas, ca qualquier que lo feziese pecharle en coto al rey mió padre mil maravedís e á ellas ó á qui su voz toviese todo el daño doblado, e además al cuerpo e á quanto que oviese me tornarla por ello. Dada en Alva de Tormes veynte e siete días de mayo era de mili e CCC e diez e siete años. Yo Diego Peres la fis escribir por mandado del infant.n
(i) «Sepan quantos esta carta vieren, dice la concesión expresada, como yo don F'ernando por la gracia de Dios rey de Castiella, etc., por fazer bien e merced á la priora e á las dueñas de Santa María de Alba de Tormes, tengo por bien de les dar para siempre jamás doce escusados quitos de todo pecho e de todo pedido, e de fonsado e de fonsadera, e de servicio e de servicios, e de ayuda e de empréstido, e de martiniega e de marzadga... salvo de moneda forera cuando acaesciere de siete en siete años.. Dada en la cerca sobre Alva de Tormes veinte e nueve días de mayo era de MCCC e L años.» Á ella sigue la confirmación de Alfonso XI, que amplía hasta diez y seis, el número de excusados y motiva la merced de su padre: «Et agora, dice, la priora e el convento enviáronme pedir mercet que les mandase confirmar e guardar esta carta desta alimosna que les el rey mi padre feciera... et yo el sobredicho rey Don Alfonso porque son dueñas pobres e viven en castidat, e por tal que sean tenudas ellas e los sus capellanes de rogar á Dios por el alma del rey don Fernando mi padre e de los otros reys onde yo vengo, confirmóles esta cartadesta alimosnae merced que les el rey mi padre fizo, ettengo por bien que ayan quatro escusados más quitos de todos los pechos, así como estos doze que sobredichos son por el daño que recebieron en sus casas e en sus huertas á la sazón que estaba el rey mió padre sobre Alva. Dada en Avila seis de setiembre era MCCCLVIII. (i 3 19 de C.)» Por otra cédula durante su menor edad, les otorgó seis excusados más, y la gracia de todos los veinte y dos se la ratificó cuatro veces, en Medina del Campo á i 2 de agosto de 1326, á i." de noviembre de 1328 en la misma villa, en Badajoz á i 3 de junio de i 337, y en Alcalá de Henares á 4 de marzo de 1348. Vimos en el propio archivo las confirmaciones de Enrique II, Juan I y Enrique III.
(2) No parece haber sido la pelea con los moros, pues en ninguno de los com-
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Labrado techo de madera cubre la nave de Santa Isabel y una estrella de crucería su presbiterio, donde yace sin lápida doña Aldonza Ruíz de Barrientos, viuda de Francisco Maldonado, que en 1481 formó con otras doce señoras la comunidad de Franciscas terceras. De época cercana á la fundación parecen una capillita cuajada de platerescas labores en su portada, bóveda é interior, conteniendo una urna sin epitafio, y entre otras figuras, las de los patronos arrodillados ante la Virgen (i), y el inmediato nicho que encierra pintadas en el fondo unas santas mártires de estilo purista y un hermoso sepulcro de alabastro con follajes del renacimiento, sobre el cual reposa la armada efigie de un caballero con un mastín á sus pies (2), La entrada de la portería se hizo algo más adelante, y declárase la ducal
batientes se advierte el traje sarraceno, sino alguna de las civiles, tan frecuentes en aquella centuria. Así en el bulto mortuorio como en el relieve, el caballero viste sobrevesta corta con anchas mangas, banda y turbante; la mujer lleva tocas, y sus efigies antes juntas, como recuerdan testigos oculares, se hallan ahora separadas en nichos distintos á la parte del evangelio, y en vez de pintadas y doradas como en un tiempo, están embadurnadas de blanco : la inscripción pintada en la orla del túmulo se ha borrado por completo. En cuanto á la dama del costado de la epístola, que viste hábito ceñido con cordón y cuyo escudo sostienen unas águilas, no se sabe por lo incompleto del letrero, si fué esposa ó hija «de Gonzalo Yáñez de Liminón;» sólo consta del mismo que «mandó hacer á su costa esta capilla y retablo (la del templo viejo se entiende), y que falleció á XX dias de noviembre año de MDIX,» si es que acertamos á descifrar las letras casi ilegibles. La estatua del colegial, muy bien labrada aunque en piedra tosca, representa á don Luís de Salazar, colegial del de Oviedo y catedrático de Salamanca, último heredero de su familia, que falleció en 2 i de noviembre de i 583, y en la delantera de la urna de pizarra sobre la cual está tendido, se lee el siguiente epitafio de sus padres : «Aquí yace Diego de Salazar alcaide que fué de la encomienda mayor de León y doña María Rosales su mujer, nieta de Gonzalo Yáñez de Liminon, fallecido en 1521.
(1) Á los lados de ella están los evangelistas san Juan y san Marcos, á la izquierda hay una imagen de santa Ana y á la derecha otra de santa Catalina. Un tarjetón puesto sobre la urna, presenta en letra gótica estos dos exámetros rimados, si así permite denominarlos su rudeza, más propia del siglo xii que de la edad del Renacimiento, y que juzgamos reproducidos, mas no compuestos para aquella sepultura:
Est commune mori : mors nulli parcet honori. Débiles et fortes veniunt ad januam mortis.
(2) «Aquí yace, dice el letrero, Juan de Vargas fijo de Fernán Ms. (Martínez) del Rio, murió en el año de DXXV en el mes de enero, dexó por heredero á Pero Rodríguez del Fiio.»
munificencia en el jaquelado escudo que sostienen dos salvajes con cadena ceñida al cuerpo.
Llegamos por fin al templo que encierra el mayor tesoro de Alba, por cuya posesión más que por otro ningún título es famosa, y en todo el reino y en todo el orbe cristiano envidiada. Á su convento de Carmelitas descalzas, uno de los más humildes entre las numerosas fijndaciones de santa Teresa, cupo la honra inestimable de recibir su último aliento y de quedarse con sus mortales despojos. Habíalo planteado en 1571 la insigne reformadora, no con el favor de los duques, aunque tan adictos suyos, sino del hidalgo Francisco Velásquez contador de aquellos y de su piadosa mujer Teresa de Láiz, quien hallándose sin hijos ni herederos, y movida de un sueño misterioso, indujo al marido á ceder la renta bastante y la espaciosa casa donde vivían, para las nuevas religiosas (i). Vio la santa levantar en sus días la portada que mira á una plazuela, adornada de columnas estriadas y de esculturas, más copiosas que buenas, á saber, dos medallones de san Pedro y san Pablo, un relieve de la Anunciación titular del monasterio y en el frontón semicircular, la figura del Padre eterno con la inscripción que perpetúa su data y el nombre de los bienhechores. De la iglesia alcanzó á ver fabricada toda la parte cubierta de crucería, bien agena
(i) De la familia, nacimiento, matrimonio y vida de Teresa de Láiz, y no Lariz como se escribe en otras partes, y de las vicisitudes y dificultades que experimentó su propósito de erigir convento, nos da la santa en el capítulo XX de sus Fundaciones^ noticias que evidencian entre ambas la mayor intimidad. La visión que tuvo en Salamanca, no sabe si dormida ó despierta, la refiere en esta forma : ciParecióle que se hallaba en una casa, á donde en el patio debajo del corredor estaba un pozo, y vio en aquel lugar un prado y verdura con unas flores blancas por él de tanta hermosura, que no sabe ella encarecer de la manera que lo vio. Cerca del pozo se le apareció sant Andrés de forma de una persona muy venerable y hermosa que le dio gran recreación mirarle, y díjole : otros hijos son estos que los que til quieres.y) Y luego volviendo á Alba, al entrar en la casa comprada por su marido, se encontró con el patio y pozo representados en la visión. La de Láiz sobrevivió poco á la insigne doctora, que le había escrito desde Falencia dos meses antes de su muerte, para que contribuyera por su parte á la quietud de las religiosas. En un relicario de la catedral de Salamanca se conserva la escritura de dotación de dicho convento, otorgada en 24 de enero de i 57 i.
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de pensar que su sepulcro más adelante hubiese de dar motivo á ampliarla y enriquecerla.
Extenuada de hambre y de fatiga por lo trabajoso y rápido del viaje y por la penuria de las posadas, abrevada de sinsabores y aun ingratitudes de quienes menos pudiera recelar, llevóla á Alba por última vez la obediencia en 20 de setiembre de 1582 para asistir al alumbramiento de la duquesa (i). Postrada en cama desde el siguiente día se preparó á reunirse con Jesús, cuyo cuerpo recibió diariamente, hasta dormirse en su ósculo el 4 de octubre después de un arrobamiento de catorce horas (2). « ¿Aquí no me darán un poco de tierra? » había dicho á los que la preguntaban acerca del lugar de su sepultura; y se le dio entre las dos rejas del coro, echando encima tal copia de cal y piedra que hundió el ataúd, mas no ajó siquiera la belleza y frescura del cadáver. Vana fué esta diligencia para impedir que tres años después vinieran los superiores de la orden á llevarse aquel tesoro, adjudicado á Avila por título de patria y á sus monjas de San José por derecho de primogenitura ; pero la autoridad del pontífice, á instancia de los duques y de don Fernando de Toledo prior de San Juan, mandó antes de nueve meses devolver el sagrado cuerpo al mismo punto donde providencialmente se había de él separado el alma (3). En 161 5, beatificada ya Teresa y aclamada patrona especial de Alba (4), decoróse aquel
(i) Era esta la nuera del gran duque y esposa de su hijo don Fadrique, de cuyo parto tuvo aviso la santa en el camino sin desistir por eso de su empezado viaje, á pesar de lo mucho que la importaba llegar á Ávila cuanto antes. Terminada su fundación de Burgos, acababa de pasar por Valladolid y Medina del Campo, donde no había encontrado en algunas de sus propias hijas la sumisión y reverencia que nadie ya en el mundo al parecer pudiera rehusarle.
(2) Al otro día con motivo déla corrección Gregoriana que suprimió diez días del calendario, empezó á contarse i 5 de octubre en el cual se fijó en adelante su festividad.
(3) Fué sacado de Alba en 24 de noviembre de 1585 y restituido allá en 23 de agosto del siguiente año.
(4) En 7 de octubre de i 6 1 4, año de su beatificación, hizo voto el ayuntamiento de guardar su fiesta y tomarla por patrona, trece años antes de que á petición délas cortes le confirmara la santa sede el patronato de la monarquía. En 1622 fué canonizada.
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sitio á la izquierda de la nave con un cuerpo de pilastras corintias y con otro análogo encima de la cornisa, en cuyo centro se colocaron los venerados restos en una arca regalada por Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y gobernadora de Flandes: en los entrepaños se pusieron elegantes inscripciones latinas (i).
Por los años de 1680, pareciendo reducido el templo y no reparando en darle una irregular longitud, se construyó el crucero con su cúpula á expensas del obispo de Salamanca fray Pedro de Salazar, y para los retablos colaterales pintaron aplaudidos lienzos los buenos artistas de la época (2). En los intercolumnios del principal, que nada desmerece por su arquitectura, se representan san José y san Andrés objetos de especial devoción, el uno para la santa, el otro para Teresa de Láiz: el nicho del centro lo ocupa el mismo cuerpo de la seráfica madre, desde que Fernando VI lo mandó quitar del costado de la nave para exponerlo en el sitio preferente del santuario á más solemne veneración. Revistióse de jaspes el camarín y cerróse con
(i) Estaban antes á los lados del sepulcro tal como las publicó en su acreditada vida de Santa Teresa fray Diego de Yepes obispo de Tarazona : Rigidis Carmeli -patriim restitutis regiilis, piuriints virorum ftíeminariimque erectis claustris, multis vercim virliitem docentibiis libris editis, Juturi prcescia, signis clara, coeleste sidus ad sidera advolavit B. virgo Theresa, lili nonas octobris MDXXCII. — Manet stib marmore non cinis sed madidum corpns incorruptum, proprio sitavissimo adore ostentiun glorice. Ignoramos con qué ocasión, conservando puntualmente las ideas y cambiando las palabras, se redactaron dichos letreros en la íorma con que hoy existen: Antiqwis Carmeli patriim restitutis regulis, virorum ac mulicrum plurimis constitutis coenobiis, multis veré piis et admirandis conjectis libris, futuri prcvscientia miraculisque clarissima, idibus octob. anno MDLXXXII. — Theresa virgo ad ccelestes sedes migravit, quam trigésimo secundo post obiltim anno in beatorum numerum retulit Pauliis F, cujus incorruptum corpus hoc servatur coliturque in marmore, adhuc salutijerum et odoriferum stillans oleum. Encima del arco se lee: Paulo V pontij. max. Philippo Hispaniar. rege catholico, fr. Josepii ab Jesu M. reforman ordinis B. M. Virginis de Monte Carmeli generali V.°, sacellum hoc in quo antea corpns B. Theresie virg. ejusdem reformationis fundatricis Juerat humatum, ubi eadem sacra pignora servenlur, eidem virgini dicatum consecraium atino Dom. MDCXV. Dentro de la pequeña capilla, á la cual se baja por algunos escalones, se ve el hoyo del primer entierro.
(2) Francisco Ricci pintó el San Juan de la Cruz, y Diego González de la Vega la Virgen del Carmen rodeada de su orden. Fernando VI regaló los dos cuadi'os de Flipart que puestos á los lados de la nave figuran á san Fernando y san Francisco de Paula.
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doble reja (dorada la de dentro y la de afuera plateada), la urna primitiva se incluyó en otra magnífica de plata y esta en otra de mármol negro sobre la cual velan dos ángeles de bronce; pero el buen rey ya no pudo gozar de la vista de sus obsequios ni visitar como se proponía la reverenciada tumba, pues la traslación no se verificó hasta 1760, al año siguiente de su fallecimiento. Los ojos se afanan en balde por divisar al través de la triple cubierta aquellos fríos y mudos restos, que tanto enseñan y tanto enardecen el alma por poco que á su presencia se recoja; mas siquiera tienen la dicha de contemplar dentro de un precioso relicario el brazo izquierdo, separado del cadáver al tiempo que éste fué transferido de Ávila para consolar de su pérdida al convento, y el corazón encerrado en un cristal de la misma forma, que por dos veces ha estallado ya, como incapaz de resistir á la presión interna de aquel apagado volcán de amor (i).
Por más que ante la gloria de tal sepulcro pierdan su interés los que hay repartidos por la iglesia, no deben ser pasados en silencio al menos por la relación que tienen con el objeto principal. A la parte de la epístola, frente á la capilla que guardó cerca de dos siglos el bienaventurado depósito, yacen en un nicho de pilastras dóricas los fundadores Francisco Velázquez y Teresa de Láiz, revestido él de su armadura, con elegante manto encima, mostrando su nobleza en el paje reclinado á sus plantas sobre el yelmo y en los blasones sostenidos por dos niños en la delantera de la urna (2). Algún parentesco tendría
(i) Es tradición que una monja lega lo extrajo antes de ser transportado el cuerpo á Ávila, y se atribuye al vapor que exhala, á pesar de tener respiradero, el empañamiento del cristal. No mencionamos la hendidura que en el santo corazón se advierte, á manera de cicatriz, atribuida á la transverberación del dardo celestial, ni las espinas de él brotadas y de que tanto se ha hablado últimamente, por carecer de los datos y competencia que requiere tan delicado asunto. El brazo es el que se rompió en vida lasanta dando en Ávila una caída en 1577: fáltale la mano que fué traída á Lisboa.
(2) «Aquí están sepultados en este entierro, dice la inscripción, los ilustres señores Francisco Velázquez y Teresa Laiz su mujer, los cuales fundaron este templo y le dotaron de bienes, y se acabó año i "577».
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con ellos quizá, pues se le titula en el epitafio primer patrón del templo, Simón de Galarza caballero de solar guipuzcoano, representado más abajo en una soberbia efigie, cuyo traje igual al de Velázquez se distingue por la riqueza del bordado, lo mismo que el de su mujer esculpida de medio relieve en el fondo de la hornacina. Al otro lado en frente de la puerta se ven tendidas las estatuas de la hermana querida de la inmortal doctora, doña Juana de Ahumada y de su esposo Juan de Ovalle, reposando con ellos su hijo Gonzalo arrancado en la niñez por su santa tía de las garras de la muerte: los padres, que sobrevivieron al temprano fin del joven y á la profesión religiosa de su hija Beatriz, legaron al convento sus escasos bienes por gratitud á la que en vida nunca se había dispensado, aunque tan perfecta, de consolarles y asistirles en sus trabajos (i).
Al que anda en busca de objetos coetáneos y de recuerdos materiales de la inspirada virgen, inútil es penetrar en la clausura turbando el sosiego de sus moradoras: la celda donde espiró, á piso del claustro bajo, perfumada prodigiosamente en aquella hora y llena de visiones celestiales, se halla convertida en oratorio; y sin necesidad de entrar en el huerto descúbrese el corpulento ciprés, cuya plantación se le atribuye, descollando por cima de las tapias. Desde el balcón de nuestra morada veíamos en primer término su verde y gallarda copa agruparse con las ruinas del alcázar de los duques que asoman algo más lejos, y el contraste nos sugería una reflexión consoladora. ¡He aquí,
(i) El letrero no trae la fecha de su muerte, y después de decir que dejaron su hacienda toda al convento termina con estas palabras: acabóse año de i SQ-^j que no sabemos si se refieren al edificio ó á la sepultura. Doña Juana, educada á la sombra de tal maestra en la Encarnación de Ávila, casó en 1553 con Juan de Ovalle, hidalgo de Alba nada rico, pues necesitaba para sostener la casa de los frecuentes auxilios de su cuñado Lorenzo de Cepeda. Santa Teresa en sus cartas dibuja gráficamente el alma angelical de su hermana, mujer tan honrada y de tanto valor que es para alabar á Dios, y el carácter bueno pero algo caviloso del marido. Su hijo Gonzalo, no diremos si resucitado en todo el rigor de la palabra, paje y después gentil-hombre del duque de Alba, murió de edad de 28 años en 1585; la hija Beatriz, víctima de cierta calumnia lugareña poco antes de morir la santa y admitida después en el claustro, vivió en Madrid hasta 1639 ^O"^ fama de gran virtud.
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pensábamos, cómo vive y florece una débil planta sembrada por una débil mujer, y allá sucumben los fuertes muros asentados por el fuerte y poderoso entre todos los caudillos y magnates! De las dos lumbreras que perdió Alba en un mismo año y por poco en un mismo mes (i) ¿quién se acuerda de Fernando de Toledo? ¿quién no conoce á Teresa de Jesús? ¡Aun en esta tierra de violencia y de mentira dura más que la gloria de las armas la gloria de la santidad!
Al oeste de la villa, formando su entrada principal, se prolonga en veinte y seis arcos desiguales el majestuoso puente, tan antiguo á pesar de sus diversas reparaciones que en los sellos del siglo xiii aparece como blasón municipal con una bandera encima, mucho antes de adoptar el concejo las tres estrellas ó los jaqueles de sus señores. Corresponde á la grandeza del puente la anchura del río que baja del sur por el pié de unas lomas paralelo con el camino de Béjar, pero no al caudal de agua la frondosidad de las riberas desnudas de verdor y de sombra, cenagosos prados que la mano del hombre pudiera trocar en vergeles y alamedas. Antes de perderse de vista al norte con tortuoso rumbo á Salamanca, baña los cimientos del castillo del Carpió tan célebre en nuestras crónicas y romances por las hazañas de Bernardo con cuyo nombre se distingue (2); yá estos recuerdos harto apócrifos para inspirarnos grande interés, añade el vulgo una leyenda morisca que supone al fuerte en comunicación por debajo del río con el de Arapil situado enfrente, para favorecer la pasión de dos amantes.
De Alba á Piedrahíta caminando hacia sudeste, dejamos atrás á Navales y su aldea de Velillas, á La-Rodrigo y el caserío de Gallegos cuya arruinada iglesia muestra todavía su portal de la decadencia gótica y los arcos divisorios de las naves;
(i) Murió el célebre duque en Lisboa á fines del año i 582.
(2) Ya indicamos al principio de este tomo, y más extensamente en el de Asturias, parte I, cap. IV, que los hechos de Bernardo aunque acogidos por la historia pertenecen á la fábula.
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atravesamos dilatados bosques de bajas encinas, interrumpidos á trechos por amarillas mieses ó por verdes pastos; descubrimos en arbolado valle la suntuosa ermita de Valdejimena, fabricada con crucero y cúpula, ante cuya efigie nada antigua de la Virgen, engastada en churrigueresco altar, vienen á postrarse tantos romeros; y en Horcajo Medianero llegamos al confín de la provincia marcado por la cima del Cornazo, sin tropezar en nuestra ruta con rastro alguno ni de arte ni de historia. Volviendo á Béjar habríamos encontrado, como á media distancia y á orillas del mismo Tormes, á Salvatierra cabeza de condado con jurisdicción sobre veinte lugares, varios de los cuales llevan aún su sobrenombre; pero de su antigua importancia y de la protección de sus señores, que lo fueron los de Alba casi siempre (i), no conserva más que destrozos de muros y vestigios de un puente no restaurado.
Al distrito más oriental de la provincia preside Peñaranda de Bracamonte. Su extenso radio, su crecida vecindad, sus anchas y rectas calles le dan el carácter de población manchega, y no lo desmienten las rasas llanuras tendidas en derredor suyo. Levantan sobre el caserío sus chapiteles de pizarra el cimborio y lá torre de la única parroquia de San Miguel, vasta mole de sillería rodeada de fuertes estribos; grandes columnas dóricas sostienen sus tres naves iguales en altura, formando cupulillas las bóvedas de la central ; y en el fondo del templo un colosal retablo, algo contagiado ya de barroquismo, presenta alternadas las figuras de los apóstoles con grandes relieves ó pasajes de la infancia del Redentor. Á la parte del sur poseen una capaz iglesia y regular edificio las hijas de santa Teresa, quien en su postrer viaje no encontró á la villa tan bien surtida como ahora (2); en frente se hunde el mezquino convento de Francis-
(i) Perteneció el estado de Salvatierra con el de Ledesma al infante don Pedro hijo de Alfonso el sabio, y aun creemos que á los bastardos de Alfonso XI y de la Guzmán; más adelante pasó á los Toledos duques de Alba.
(2) No opinamos sin embargo que el pobre litgarcillo en que pernoctó la santa
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canos recoletos; las demás entradas del pueblo están guardadas por las ermitas de San Luís rey, de San Lázaro y del humilladero. La plaza circuida de soportales parece dividirse en dos, campeando en una el actual consistorio, en la otrS el anterior construido sólidamente en 1675 y destinado después á cárcel; media entre las dos el palacio de los señores que no se diferencia de una casa particular. Fuéronlo desde el siglo xv los Bracamontes, descendientes de la hija de un almirante de Francia y de Alvaro Dávila, camarero de Fernando I de Aragón, á quienes honró Felipe III con el título de condes (i). Antes de tomar su apellido Peñaranda para distinguirse de la de Duero, se denominaba del Mercado por el de los jueves que le concedió en 1379 Juan I y le confirmó su sucesor, y que llegó á ser uno de los más frecuentados de Castilla.
Mientras iba creciendo aquella en pacífica oscuridad, Cantalapiedra situada sobre un peñasco, cuatro leguas más al norte, adquiría un terrible renombre en las guerras civiles del siglo xv por lo fuerte y casi inexpugnable de su castillo. Ocupáronlo los portugueses sosteniendo los derechos de la Beltraneja, obligaron á desistir del cerco al victorioso rey Fernando, y hasta el 28 de Mayo de 1477, tras de ataques repetidos, no abandonaron su postrer baluarte. Ignoramos si sus vecinos, como los de Castronuño, cuya fortaleza no fué menos tenaz en resistir (2), para evitar tales estragos en lo sucesivo demolieron las mura-
viniendo de Medina del Campo, donde no se encontraron por dinero dos huevos y sí sólo unos higos secos, según refiere su compañera Ana de S. Bartolomé, fuese el mismo pueblo de Peñaranda que era ya villa á la sazón, sino otro inmediato á él, como expresa el P. Ribera, su historiador coetáneo.
(i) Dicho Alvaro que compró el señorío de la villa, casó con doña Juana, hija del almirante francés mossén Robín ó Roberto de Bracamente, á quien Enrique 111 hizo merced de la conquista de las islas Canarias, traspasada luego por el cesionario á su primo Bethancourt. Su línea tomó el apellido materno: don Juan de Bracamonte, quinto señor de Peñaranda, se distinguió en el siglo xvi porsus hercúleas fuerzas (véanse las misceláneas de Zapata, tomo XI del Memorial Histórico, P- 3 I 3), y fué padre del primer conde don Alonso. El tercer conde don Gaspar gobernó con otros el reino durante la menor edad de Carlos 11, y al fin recayó el estado en la casa de los duques de Frías.
(2) Véase el tomo de \'alladolid, al fin del cap. Vil.
lias, y casi inclina á sospecharlo la escasez de los restos subsistentes; pero al comparar la abatida situación de Cantalapiedra con la floreciente de Peñaranda, tres veces ya más populosa, enriquecida %m sobresaltos, señalada sin acontecimientos, ennoblecida sin pergaminos, se nos viene á los labios aquella filosófica sentencia: «¡dichosos los pueblos que carecen de historia! >
^ÍTXlj
CAPITULO PPvIMERO
Crónicas Avilesas
OS ciudades, al mismo tiempo que Salamanca, resucitaron con su nombre y sus recuerdos romanos del polvo en que una y otra vez las habían hundido los sarracenos^ por la poderosa eficacia del conde Raimundo de Borgoña. Avila y V- ^--< Segovia, sitas en las vertientes septentrionales del '^"^ Guadarrama que por tantos años sirvió de frontera, al trasladarse ésta después de la toma de Toledo á las márgenes del Tajo, brotaron como centros de la red de poblaciones que iban á cubrir la zona hasta entonces desierta, repartiendo entre sí la jurisdicción del territorio. En ambas, todavía más que en la ciudad del Tormes, se imprimieron las miras y
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tendencias del yerno de Alfonso VI, el sello de las instituciones y de las artes de su patria, el carácter de sus paisanos y seguidores. Cierta organización propia de colonias militares, cierta profunda separación y aun antagonismo de clases más conforme al feudalismo francés que á la igualdad española, cierta esplendidez de edificios construidos al estilo románico de allende los Pirineos más que á la usanza de nuestra vieja arquitectura, indican la procedencia de los gérmenes implantados en las orillas del Adaja y del Eresma.
Esta restauración tan importante bajo todos conceptos, que hecha en el tránsito del siglo xi al xii, en una época alumbrada ya por copiosa luz histórica, debía sernos detalladamente conocida, no ha dejado documento alguno en los archivos ni memoria apenas en los anales. Respecto de Ávila trataron de llenar el vacío las crónicas del país, recogiendo sin duda varias tradiciones orales, pero mezclándolas con tal cúmulo de fábulas y leyendas, que es punto menos que imposible discernir lo seguro de lo incierto, lo recibido de lo forjado. En semejante deslinde presenta su historia una dificultad análoga á la que ofrecen sus monumentos en distinguir de la fábrica primitiva los accesorios y reformas posteriores, cual si los escritos y las piedras compitiesen allí en mentir antigüedad.
La fecha de estas invenciones no puede precisarse, pero si no nacieron á principios del siglo xvi, al menos entonces adquirieron consistencia y boga. En 15 17 el corregidor Bernal de Mata, al mismo tiempo que se ocupaba en hermosear la ciudad reparando muros y puertas, construyendo puentes, plantando pinares y saucedas, inquiría sus orígenes y blasones, á cuyo deseo respondió un libro antiguo guardado en poder del regidor Ñuño González del Águila, que hizo copiar en pergamino y poner en el arca del concejo titulada de leones. No osamos asegurar si se copió en efecto ó si se escribió á la sazón por primera vez. Su lenguaje afectando arcaísmos sostiene mal sus pretensiones de añejo ; los nombres y aventuras de sus héroes
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huelen á romances y libros de caballería ; su objeto tiende á ensalzar las proezas de ciertas familias más que á narrar los hechos y servicios de la población, y á sancionar sobre todo el despego de los caballeros serranos ó montañeses respecto de los mercaderes ó ruanos ; sus referencias á la historia general están plagadas de errores y anacronismos. Por los mismos años, en 15 19, el cronista Gonzalo de Ayora en su Epílogo de las cosas de Avila acogía algunas de estas especies estrenándolas en la prensa; y temeroso de los reparos que contra ellas pudiera suscitar su novedad y contradicción con datos más auténticos, las pone bajo la salvaguardia de un filial respeto á las tradiciones (i).
Desapareció á pesar del esmero con que se le custodiaba en el archivo municipal, el códice ó más bien traslado del corregidor, sobre cuya fe atestiguaban escritores y heraldos, y el P. Ariz en 1607 sólo pudo ya referirse á los ancianos que lo habían visto (2). Sin embargo, en poder de otro regidor, don Luís Pacheco, existía desde años atrás una crónica algo diferente de la expresada, cuyas adiciones y variantes se proponían enmendar, al parecer, la narración de Ayora y sustituir ciertas noticias apócrifas con otras no más seguras (3) ; y de esta se valió
(i) «y porque, dice, las escripturas de aquel tiempo no están tan claras ni tan bien ordenadas que á cada paso no haya dubdas, conviene distinguir los tiempos y salvar la diversidad y honra de los escriptores, pues tanto bien y luz nos hacen en sus escripturas, y no condenar la memoria que de padres a hijos ha sucedido como sciencia de cabala.» En 1851 se reimprimió por haberse hecho ya rarísimo dicho epilogo reducido á un cuaderno de pocas hojas, cuyo autor es célebre por su adhesión á la causa de los Comuneros y por la persecución que le atrajo ésta en su vejez.
(2) En la 3.'' parte de su obra se expresa así : «Quién fuese la causa de la perdición de esta historia no se sabe, mas de que á personas muy principales, letrados y ancianos, he oido que la vieron y leyeron, y así de pedazos me voy valiendo.» Existe no obstante en la Biblioteca Nacional una copia de ella sacada en I 590, otra en la Academia de la Historia y otra que tuvimos presente en Ávila.
(3) Dos manuscritos de esta segunda crónica, ambos pertenecientes á Pacheco, poseen también la Academia y la Biblioteca antedichas ; el primero lleva la fecha de 1 566, el otro la de i 600. Sobre ellos y sobre su cotejo con la historia de Ariz, emite interesantes observaciones nuestro amigo don Vicente de la Fuente
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sin duda el buen religioso para las elucubraciones que preparaba. No que se limitase á reproducirla vestida con nuevo ropaje; quiso también ensayar las fuerzas de su inventiva, quiso autorizar su leyenda^ como la llama él mismo, con respetables abolengos, y poco satisfecho con atribuir la copia al alcalde Fernán Blásquez en 1315, y el original á Hernán de Illanes hijo de Millán, uno de los primeros pobladores en 1073, puso gran parte de ella en boca del obispo de Oviedo don Pelayo, y creó para servirle de fiadores á un Guido Turonense de Orbibus y á un tal Nestorino griego, en cuyas fuentes bebiera sus peregrinos conocimientos. Por desgracia para los amantes del buen gusto y por fortuna para los amigos de la verdad, ni era tan risueña y lozana la fantasía del padre benedictino, que prestase á su engendro belleza y vida, ni cabía en su instrucción y talento darle visos siquiera de genuino. El habla no es griega, ni latina, ni castellana del siglo xi, del xii ni del xiv, sino tal como supo forjarla quien poco ó nada entendía de matices: con las ficciones caballerescas se mezclan los delirios mitológicos y las pedantescas etimologías; pululan de uno á otro extremo las lisonjas nobiliarias y los dislates heráldicos; y representando en su portada esta monstruosa confusión de elementos, sale á luz la historia de las grandezas de Avila en dicho año de 1607 (i). Hizo fortuna no obstante, menester es decirlo, en aquella edad de supercherías, y no sólo fascinó al crédulo Gil González Dávila, sino al diligente Sandoval que al tenor de ella amplió su crónica de los cinco reyes^ y hasta al discreto Colmenares histo-
(carta 3." p. 73 y siguientes) en la polémica sostenida acerca de las Hervencias de Ávila, que mentaremos más adelante.
(i) Figura la portada un alcázar, por cuya puerta salen el conde don Raimundo y doña Urraca, seguidos de varios caballeros, y sobre cuyos torreones aparecen Alfonso VIH, Enrique I, Sancho IV, Alfonso XI, Juan 11 é Isabel la Católica ; á una ventana encima de la puerta, se asoma Alfonso Vil el emperador, y entre las rejas de una torre Alfonso 1 de Portugal. Á la izquierda deja verse Hércules con la clava y el mundo al hombro, á la derecha san Segundo de rodillas, y abajo los escudos de las dos cuadrillas en que estaba partida la ciudad, el de Blasco Jimeno con seis róeles y el de Esteban Domingo con trece, en medio de los cuales no se descuidó el autor de poner el de Martínez Ariz.
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riador de Segovia; Ponz y Llaguno á fines del siglo pasado la citaban en sus estudios artísticos, y aun hoy día no le falta campeón que esgrima el acero en su defensa.
Tales son los cauces nada limpios por donde nos han llegado muchos de los acontecimientos que vamos á referir. Pensábamos omitirlos limitándonos á lo poco que resulta legítimo y comprobado; pero ¿cómo prescindir de hechos tan vulgarizados ya, tan pegados, por decirlo así, al suelo y á las paredes, y á los cuales por la ciudad á cada paso hallaremos alusiones? ¿cómo privar á nuestros lectores de concepciones transmitidas y retocadas por tantas plumas, y cuyo primer tipo aunque gradualmente adulterado, puede remontarse á remotos cantares de gesta y tomar origen tal vez de bandos sangrientos y de hazañas memorables? ¿cómo no reconocer en las propias mentiras de agravios y querellas y primacías entre los pobladores, que no creemos inventadas por los falsarios del xvi ni por los más torpes del XVII, el espíritu de clase, la acerbidad de pasión que las fraguaba ?
Lo que no cuidaremos de averiguar es cuál de los cuarenta y tres Hércules conocidos en la antigüedad tuvo amores siendo rey de España con una señora africana^ engendrando en ella al valiente Alcideo, que después de mamantar siete años fundó la ciudad de Ávila y le impuso el nombre de su madre; pues acerca de éste y de otros graves asuntos, nos referimos á la sabrosa relación hecha en Arévalo por el obispo don Pelayo á los nuevos colonizadores y conservada á la letra por el P. Ariz, Aparte de esa alcurnia de semidioses y de las emigraciones caldeas y raíces hebraicas de que otros pretenden derivar el principio de aquella, habremos de reducir toda su historia antigua á raras y desnudas menciones: Obila la llama Tolomeo situándola entre los vetones, al extremo oriental de Lusitania, Abula las memorias de la predicación de san Segundo, discípulo de los apóstoles, Abila san Jerónimo al referir la intrusión de Prisciliano en su silla episcopal, y Abela sus prelados al firmar en los
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concilios de Toledo (i). Las primitivas edades no le dejaron más vestigios que unos toros ó elefantes de piedra, colocados hoy en el portal de algunas casas, cual se encuentran aún en abundancia por las regiones vecinas, ora sea romana ora púnica su procedencia, ya tuvieran por objeto el cumplimiento de un voto, ya la conmemoración de una victoria.
Ávila, sometida por Muza, perteneció bajo el dominio sarraceno como en tiempo de los godos, á la provincia de Mérida: Alfonso I la recobró pasajeramente, pero hacia el 785 volvía ya á ser musulmana, al visitarla en sus últimos años el califa Abderrahmán. Si la libertó Alfonso III en sus expediciones hasta el Tajo, si la aseguró en poder de Ramiro II la victoria de Simancas, debió sin duda sucumbir nuevamente al irresistible ataque de Almanzor; y cuando el conde de Castilla Garci Fernández había empezado á repoblarla, sobrevino en 1007 Abdelmelic Almudafar, hijo del azote de los cristianos y derribó sus murallas por los cimientos (2). En el reinado de Fernando I yacía la ciudad arruinada; mas alguna iglesia quedaría de pié donde se guardasen, aunque sin la decencia conveniente, los cuerpos de san Vicente y de sus hermanas, pues que desde allí el piadoso rey hizo trasladarlos á León. De todas maneras la restauración de Ávila, digan lo que quieran las fechas de sus crónicas tan poco fidedignas como lo restante, no pudo preceder á la conquista de Toledo, ni al desposorio del conde Raimundo con Urraca por los años de 1092, y de ciertos escasos indicios acor-
(i) Para el capítulo siguiente reservamos las noticias eclesiásticas. Ábila en idioma cartaginés significa altura, según dice Sexto Avieno á propósito de la columna de Hércules del lado de África también llamada así, cuyaidentidad de nombres ha dado lugar á transferir al centro de la península los expresados amores.
(2) Hasta seis reconquistas de Ávila correspondientes á otras tantas pérdidas y anteriores á su restauración, trae la historia de Ariz, unas sin prueba suficiente y otras equivocadas en la fecha : la primera por Alfonso el Católico, mantenida hasta 767 ; la segunda por Bernardo del Carpió en 8 1 o, á la cual siguió su toma por Abderrahmán (el 11) ; la tercera verificada en 871, y su pérdida en 89Ó; la cuarta en 910, que duró hasta el tiempo de Almanzor ; la quinta atribuida al conde Garci Fernández, y la sexta al conde Sancho García su hijo, en 992. La asolación de los muros por Almudafar, supone aún otra reconquista posterior.
des con la situación topográfica parece resultar que se emprendió después que la de Segovia y antes que la de Salamanca, en la última década del siglo xi.
Lástima que no emanen de más pura vena las copiosas noticias que de la expresada puebla y de sus primeros habitantes, de sus edificios y constructores, nos suministra la leyenda de Ariz, porque á pesar de una distancia de poco menos de ocho siglos, creeríamos estar presenciando aquel grandioso movimiento. Sobre el perímetro trazado por el conde y bendecido por el obispo, veríamos en nueve años (desde 3 de mayo de 1090 hasta 1099), levantárselos soberbios muros, y ponerse otra vez en hilera, mezclándose entre sí los dispersos sillares labrados por sarracenos, godos, romanos y hasta por las membrudas gentes de Alcideo (i); veríamos hender robustos pinos y armar ingenios y tablados y humear los hornos de cal, y al fi-ente de mil nuevecientos trabajadores, moros cautivos docientos de ellos, y de numerosos maestros de geometría venidos de León y de Vizcaya, dirigir las obras el romano Casandro y el francés Florín de Pituenga. Asistiríamos en 1091 á la inauguración de la catedral por el prelado Pedro Sánchez Zurraquín con los caudales recogidos en Francia, en Italia y en la península española, á su rápido desenvolvimiento de levante á poniente, y á su terminación llevada á cabo en 1 107 por el maestro navarro Alvar García de Estella (2). Las clases y los oficios se distribuirían á nuestra vista por barrios, avecindándose en el burgo de san Pedro muchos nobles escuderos, en el del norte los maestros y oficiales de cantería, en el del puente molineros, tinto-
(i) «Cá avie asaz piedra, dice el texto, de los muros que ficiera Alcideo y de la que los Romanos, Godos y Moros carrejaron en lueñes tiempos, cá si la piedra hubiera de ser tallada, á duro fuera bastante ningún rey á fabricar tales muros.» Cita el autor varias inscripciones romanas esculpidas en dichas piedras, que omitimos copiar por lo sospechoso de su crédito.
(2) Para la fábrica de la catedral, cuenta que envió el rey de Aragón (no sabemos si Sancho ó Pedro 1), cincuenta moros cautivos y las sumas recogidas con este objeto, que guardaba en el castillo de Ariza, en cuyo aserto nota más de un anacronismo el Sr. La Fuente.
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reros y curtidores, y en el de Santiago y Santa Cruz al medio día, los demás advenedizos y algunos labradores con los moros que habitaban allí de antemano; los judíos dentro de las murallas junto á la parroquia de Santo Domingo. Entre todos, según la crónica, se contaban seis mil vecinos.
De los pobladores franceses que vinieron con el conde y cuya influencia no debió ser escasa, apenas se lee allí mención alguna ; toda la importancia se atribuye á los montañeses de Asturias, Cantabria y tierra de Burgos, que bajaban transportando en innumerables carros sus hijos y mujeres y rústicos ajuares. Como jefes de estas caravanas figuran Jimén Blásquez, Alvaro Álvarez, Sancho de Estrada, Juan Martínez del Abrojo, Sancho Sánchez Zurraquines y Fernán López Trillo, entre los cuales repartió el rey ó su delegado, los principales cargos civiles y militares. Á los dos primeros nombró gobernadores, pero viéndolos mal hermanados en el poder puso en su lugar por único á Fernán López: coligáronse contra éste los destituidos y le retaron; respondió por él su yerno Estrada, y al cabo, avenidos por sentencia arbitral y por recíprocos enlaces de familia, volvieron á regir Alvaro Alvarez y Jimén Blásquez, alternando anualmente en la provisión de los oficios. Por muerte de su colega en 1098, quedó solo Jimén Blásquez, quien alano siguiente hubo de castigar con severidad las reyertas suscitadas entre castellanos y leoneses por un lado y gallegos, asturianos y vizcaínos por otro. Con dichos sucesos intercala el cronista cien episodios é incidentes : ya la solemnidad de una ordenación eclesiástica ó de una promoción de caballería, ya las espléndidas bodas de Sancho de Estrada con Urraca Flórez dama de la infanta, ya el recibimiento hecho á una princesa mora hija de Almenón, enviada allí por Alfonso VI para educarse al lado de su hija, ya la correría de un caudillo infiel nombrado Galafrón, vencido y muerto por Jimén Blásquez, y el suplicio de unos moros bandoleros ahorcados en el foso, y la decapitación de Sancho del Carpió gobernador de Talavera, por no haber impedido el paso
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del Tajo á los invasores. Sólo la propiedad de detalles y la gracia del colorido, pudiera dar á estos cuadros, á falta de la verdad histórica, el valor literario de que sobre todo carecen.
Un hecho empero más notable por su carácter social consigna hacia la misma época el manuscrito de 15 17. Habían salido en cabalgata los serrallos (i), y á su regreso hallaron asolada por los moros la tierra con cautiverio de personas y robo de ganados hasta las puertas de la ciudad. Preguntaron á los que habían quedado dentro sin aliento para defenderla acerca del número de los infieles, y siendo en verdad excesivo lo abultó todavía más el espanto; no obstante les animaron á seguirles para recobrar la presa y vengar el ultraje. Al llegar á cierto punto del camino, al Rostro de la Colilla, volvióse atrás la gente menuda; los caballeros pasaron adelante hasta Barbacedo, y después de consultar á un agorador, embistieron al enemigo acampado junto al río y lo destruyeron ganando un riquísimo botín. En vez de acogerlos con entusiasmo, la ingrata plebe les cerró la entrada, y no satisfecha con obtener sus hijos y esposas y los haberes que se había dejado arrebatar, osó reclamar de sus libertadores parte de la ganancia; negáronse éstos atrincherándose en las cercanías, y estaban para venir á las manos los dos partidos, cuando llegó de Segovia á ponerlos en paz el conde Raimundo. Echó fuera del murado recinto á los que tan mal habían sabido guardarlo (2), y estableció en él á los serranos, confiándoles exclusivamente las alcaldías y la custodia de los portillos; y tan pingües eran los despojos que les adjudicó por entero, que le tocaron en razón del quinto quinientos caballos. En esta situación privilegiada los mantuvo Alfonso VII, y nada quiso innovar Sancho III á pesar de las que-
co Así llama constantemente dicha crónica á los caballeros, sea por su alcurnia montañesa, sea por las sierras que guardaban y donde tenían sus heredamientos. Ariz apenas usa de este nombre.
(2) « Sacólos fuera de la villa d la Nava», dice la copia de que nos valimos: otras escriben á la Raval.
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jas de los expulsos domiciliados en el arrabal, diciendo que su padre no era hombre para haber concedido sin derecho tales ventajas. Durante todo el siglo xii continúa sin tregua esta guerra de clases y diríamos casi de razas, de cuyas causas y pormenores podrá dudarse pero no de su existencia, puesto que cinco siglos después aún se alimentaba de tradiciones semejantes.
Grata debió ser á Alfonso VI, de cuyas disposiciones hacia su yerno se ha hablado tan diversamente (i), la rápida organización que supo dar Raimundo á la improvisada ciudad, repartiendo entre los vecinos la tierras libres de impuestos por diez años, poblando en sus términos multitud de lugares y aldeas regidas por dos alcaldes cada una, levantando mediante ciertos privilegios en dehesas y pinares una fuerza permanente de caballería que no sólo defendiera el país sino que concurriese á la conquista de los de allende las sierras. Seiscientos jinetes y cuatrocientos ballesteros de Ávila, si hemos de creer á su cronista, se distinguieron en i io6 en la toma de Cuenca y Ocaña, muriendo gloriosamente en la primera Sánchez Zurraquín, de cuyo hijo Zurraquín Sancho cuenta lances maravillosos atestiguados por cantos populares (2). Mas empeorando los tiempos con la muerte del rey Alfonso, acudieron tarde los avileses á proteger
(i) Según la Historia Composíelana, lib. I, cap. 27, s-peciali dilectionis p7-ivilegio eum diligebat: según el arzobispo don Rodrigo, el padre de Alfonso VII non fuer al in regís oculis gratiosus. El cronista de Ávila indica que el rey hizo salir de dicha ciudad al conde y á su esposa, según unos por celos y desconfianza que de él tenía, según otros por inquietud de verá su hija en población todavía sin murallas.
(2) Cita el estribillo de uno que decía :
Cantan de Oliveros e cantan de Roldan, e non de Zurraquín cá fué buen barragan.
Y luego repetían :
Cantan de Roldan e cantan de Olivero, e non de Zurraquín cá fué buen caballero.
En el tomo de Castilla la Nueva copiamos el pasaje relativo á la toma de Cuenca, apuntando ya acerca de la crónica citada el mismo juicio en que luego nos ha confirmado un estudio de ella más especial.
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SUS muros contra los almorávides de Alí rechazados de Toledo, y habrían sucumbido tal vez sin el varonil denuedo de Jimena Blásquez que gobernaba en ausencia de Fernán López su marido. La leyenda nos muestra á la amazona y con su ejemplo á las mujeres de la ciudad, asomando por entre las almenas sus cabezas cubiertas de sombreros y arredrando del sitio á los infieles con el número y el disfraz; y alega en apoyo de su certidumbre la gracia concedida á las descendientes de Jimena de entrar en concejo y de hablar y votar al igual de sus esposos, cuya revocación, sea dicho de paso, no tardaron en pedir ellos mismos (i).
Pero entre todos los paladines de aquel ciclo romancesco descuella el incomparable Nalvillos, primogénito del gobernador Jimén Blásquez. Perdido de amores por Aja Galiana, la citada hija de Almenón, desde que la vio entrar en Ávila por su daño, olvidó el empeño contraído con Arias Galinda y la anterior correspondencia de la mora con Jezmín Hiaya á quien Alfonso VI la había prometido. El enlace se verificó bajo los auspicios de la infanta, aunque con gran dolor de los padres del mancebo: Galiana renunció al islamismo bautizándose con el nombre de Urraca, mas no á su pasión primera, y en medio del torneo que siguió á la corrida de toros y á otros festejos de sus bodas, no pudo reprimir un grito de terror al ver al amante mal herido por el esposo. Ni el cariño ni la gloria de Nalvillos, ni los ricos despojos que á cada victoria le ofrece, ni los espléndidos palacios que le construye, logran sacarla de su abatimiento. Un día el campeón, al volver triunfante como de costumbre á su morada, echa de menos á la infiel consorte, indaga, sigue las huellas del raptor, y cae sobre Talavera donde en brazos de Jezmín, aclamado rey por los suyos á favor de la muerte de
(i) De ahí se dice nació el apellido de Sombreros: más fácil es que del apellido naciera la tradición forjada por algún erudito genealogista, recordando el hecho de las salmantinas de Plutarco ó de las dueñas de Falencia en el siglo xiv contra los ingleses.
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Alfonso, oculta su doble perjurio la ingrata. Tomada la villa y allanado el alcázar, muere á sus manos el rival, y de miedo de caer en ellas espira Aja Galiana ó se mata con veneno (i). De Nalvillos se dice que sobreviviendo á su desventura, no sólo mandó en Avila, sino que extendió su jurisdicción sobre Segóvia, Olmedo y Salamanca; que el rey de Aragón, segundo esposo de Urraca, quiso atraerle á su partido con preciosos dones, y que á su muerte fué sepultado con honras casi reales.
Regía en la ciudad su hermano Blasco Jimeno, casado con Arias Calinda para enmendar el desaire de aquél, cuando los avileses enviaron á Simancas en busca del desamparado huérfano del conde su señor y le metieron dentro de sus muros aclamándole rey con el nombre de Alfonso VII, dispuestos á escudarle contra la ambición de su padrastro á costa de sus vidas. Presentóse á las puertas Alfonso el Batallador á reclamar la entrega del niño, y luego afectando poner en duda que en realidad estuviera allí, exigió que siquiera se lo mostrasen y pidió en rehenes sesenta escuderos nobles para entrar seguro en la población. La entrevista sin embargo no se efectuó dentro, sino que en lo alto del almenado cimborio ó más bien ábside de la catedral incrustado en la cerca como una de sus torres, apareció rodeado de sus fieles el tierno príncipe á los ojos del sitiador; hiciéronse los dos reyes una profunda cortesía, y el aragonés volvió despechado á su campamento. Pero esta gloria
(i) Con más sabor caballeresco lo cuenta el manuscrito de 1517, según el cual Xalvillos entra disírazado vendiendo yerba y se descubre á su esposa; entregado por ella al sarraceno, pide antes de morir en la hoguera tocar la bocina que traía colgada al cuello, á cuyo son apareciendo sus seguidores truecan los destinos, y fenecen en las llamas los dos adúlteros. Esta invención, tal como es, la encontramos harto linda para los forjadores de crónicas, y creémosla tomada de algún antiguo romance con poca ó ninguna mudanza en los nombres y apropiándola solamente al tiempo y al lugar. Una duda cronológica nos ocurre sobre el gobierno de este personaje : si su padre Jimén Blásquez murió en i 1 08, si le sucedió inmediatamente Fernán López y á éste suplió valerosamente en 11 10 su esposa Jimena, si Blasco Jimeno gobernaba en i i i 2 resistiendo á Alfonso el Batallador, i en qué año ejercía Nalvillos aquella su amplia autoridad r
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escogida cabalmente para blasón del escudo municipal (i), esta gloria por la cual Ávila supone titularse del rey, de los leales^ de los caballa^os^ la desmiente la crítica con pruebas irrefragables. La arquitectura del cimborio lo declara muy posterior al suceso; enmudecen acerca de éste los más antiguos escritores desde el de la Compostelana hasta don Rodrigo, poniendo expresamente al hijo de Urraca después de la derrota de Viadangos al abrigo del inexpugnable castillo de Orcejón y guardado perennemente por los gallegos; razones geográficas y militares evidencian lo imposible y absurdo de la traslación de Alfonso VII á Ávila al través de un país declarado á favor del enemigo y de su sostenimiento á tanta distancia de sus defensores; y hasta las versiones tan discrepantes y errores con que se cuenta persuaden haber concurrido á engendrarlo tanto la confusión de personas y embrollo de fechas como las inspiraciones de un descarriado patriotismo (2).
Los antiguos odios castellanos contra la dominación aragonesa parecen revivir en esta leyenda, que asiéndose á los nombres de los lugares como á las piedras la parietaria, en cada uno pretende suscitar una acusación sangrienta contra el ilustre
f i) Que no es tan antiguo como se supone el escudo de Ávila, el cual representa un rey asomado á la ventana de una torre ó cimborio con el lema Ávila del Rey, lo confiesa el manuscrito de i 5 i 7 diciendo del corregidor Bernal de Mata «que fizo trasladar este libro en pergamino... e fazer el sello que oy la ciudad tiene con las letras e memoria que contienen.»
(2) La confusión nació tal vez de equivocar á Alfonso VIII el de las Navas, que fué realmente criado en Ávila, con Alfonso VII el Emperador, á quien algunos llaman VIII contando por Vil de Castilla al I de Aragón. Pero la narración del manuscrito de I 5 I 7 seguida por Ayora, difiere notablen-iente de la de la segunda crónica ampliada y dada á luz por Ariz. La primera supone al rey niño ausente de Ávila cuando vino su padrastro y que se pidieron dos meses de plazo para mostrárselo vivo; dice que trescientos caballeros fueron á buscarle á Trava, convirtiendo en nombre de pueblo el apellido del tutor don Pedro, y en otro pasaje con mayor desatino corrige Calatrava; y por último revelando constantemente su pasión aristocrática, atribuye á venganza de la gente echada años atrás de la ciudad el consejo dado al sitiador de tomar por rehenes los mejores ornes e los Jijos de los Serranos. De la solemne presentación de Alfonso en lo alto del cimborio no hace mérito alguno, y en cambio habla del sitio puesto en seguida á la ciudad por el aragonés que la otra pasa en silencio.
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libertador de Zaragoza. El sitio de las Herveucias, por la etimología del vocablo nada más, depone que vuelto á sus reales el Batallador ebrio de cólera mandó despedazar á los rehenes y hervir en aceite sus cabezas, bien que según otra relación reservó algunos de los infelices prisioneros para colocarlos en primera fila en el sitio que puso á la ciudad y exponerlos por blanco á los tiros de sus hijos, padres y hermanos que no reparaban en herirles á trueque de defenderla como buenos. El Hi¿o del Repto ó la Cruz de Cantiberos, atestigua con un letrero coetáneo de la crónica que Blasco Jimeno en compañía de Lope Núñez, su sobrino, retó de perjuro y alevoso al rey de Aragón, y que después de matar hazañosamente á un hermano de éste en defensa propia, murieron allí los dos mantenedores acribillados por los ballesteros del invasor (i). La renta de las cuartillas^ que consistía en tres celemines de trigo por cada yunta de bueyes y que por merced soberana percibían sobre aquella tierra las monjas de San Clemente de Adaja, dícese que fué primitivamente creada para atender al sustento del real pupilo. Mas la historia, desconfiando de los testimonios, sonriéndose de los argumentos, requiere otros más autorizados para declarar reo de tan gratuita crueldad á uno de sus héroes más insignes (2).
(i) Trae Ariz como existente en su tiempo la inscripción de la cruz, pues la hizo poner hacia 1517 el mismo Bernal de Mata, inqidridor de los orígenes de Ávila, y por esto y ser tan disparatada renunciamos á transcribirla. Cantiberos es un corto pueblo siete leguas al norte de la capital, donde añaden que se puso por señal un canto muy alto, y venían los caballeros el día del aniversario e bofordaban e alanzaban éfazien grandes alegrías : además se designan dos aldeas ó caseríos en tierra de Piedrahíta tituladas Blasco Jimeno y Sobrinos en memoria de sus expresados señores. Todo esto vale tanto, poco más ó menos, como la sentencia escrita en letras de oro y dada en Burdeos contra el rey Alfonso de Aragón por Guidón Malato de Sansoña, juez de reptos e desafíos, como el real diploma en que Alfonso Vil dio por escudo de armas á la ciudad su propia efigie de niño asomada á las almenas, como la gracia otorgada á los descendientes del retador de ir por caudillos en todas las expediciones. No extrañamos que no se encuentren en el archivo tales documentos, sino que haya quien los busque y quien los cite.
(2j Aún no está olvidada la polémica que en octubre de 1866 sostuvo sobre las Hervencias de Ávila el señor La Fuente con don Juan Martín Carramolino, convenciendo de falsedad aquella tradición con un vigor y desenfado que no desconcertaron el imperturbable candor de su contrincante. Sentiríamos casi, por no
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Con más fundamento y con más placer reconoce las hazañas de los avileses en las gloriosas expediciones, que echados del reino los de Aragón y sometidos los rebeldes, no dejó Alfonso VII de dirigir cada año hacia la fértil Andalucía. En unión con los segovianos y componiendo entre todos mil caballeros escogidos y armados fuertemente con gran muchedumbre de peones, se presentan á Lucena á sorprender de noche el campamento del príncipe Taxfín ben Alí y á apoderarse de sus cuantiosas riquezas. Siguen por las orillas del Guadalquivir á Rodrigo González, caudillo de las milicias de Toledo y de Extremadura, formando un ala de la hueste que deshizo y mató al valí de Sevilla. Arrasan con los salmantinos el castillo de Albalat, abandonado por los sarracenos después de la pérdida de Coria ; y á las órdenes del célebre Munio Alfonso, contribuyen á la gran derrota de dos reyes moros, cuyas cabezas se enarbolan en el asta de las banderas reales (i). Cazorla, Baeza, Jaén, Andújar, Córdoba, Almería, aprendieron á distinguir el pendón de su belicoso concejo en las formidables invasiones del emperador, que de cada vez se volvían más arrojadas y distantes de la frontera, al paso que más tímidas y cortas las de los infieles por el país cristiano, donde por miedo á aquella vigilante guarnición no se atrevían á internarse más de una jornada (2).
parecer parciales en el dictamen, que la razón esté tan de parte de nuestro amigo, si los estudios que hicimos pocos meses antes en Ávila sobre este punto y demás de su historia no nos hubieran puesto en el caso de juzgar por nosotros mismos. Sólo se equivocó al principio en creer al P. Ariz, primer forjador de la patraña, cuyo origen hubo de remontar a Sedeño y luego á Ayora y al manuscrito de 1517; pero aunque más se remontase no dejaría de ser patraña.
(i) Azuel, rey de Córdoba y Abenceta de Sevilla, los nombra la crónica latina de Alfonso \II, de los cuales no hallamos mención en las historias arábigas, y debieron ser dos de los muchos reyezuelos que brotaron en la península á la caída del imperio de los Almorávides. Fué esta batalla en i ." de marzo de i 143, en el río que dicen Adoro, según los Anales Toledanos.
(2) Exerciliis vero, dice la expresada crónica, Moabitarum el Agarenorum guando veniebat in terram Toleli aut in civitales ejus, itullam morain ibi faciebant nisi moram iinhis diei et uniíis noctis, et frotiniis reveriebantur in terrain suam Profter metiim Imperatoris et propter viras bellatores qiti habitabant in Avila et in Secobia.
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Cuando el conde don Manrique, jefe del linaje de Lara y competidor de los Castros en la regencia de Castilla, sustrajo en Soria al pequeño Alfonso VIII del poder de su tío Fernando II de León, no encontró asilo más seguro que las murallas de Ávila, cuyo gobierno tenía. Allí se crió el futuro vencedor de las Navas hasta la edad de once años, y este timbre sí que no lo disputa la historia á la leal ciudad; desde allí en 1 166 salió acompañado de ciento cincuenta caballeros que formaron su guardia hasta recobrar á Toledo y la mayor parte de los estados que le detentaba su ambicioso tío. Celebradas en Burgos sus bodas con Leonor de Inglaterra, los licenció colmados de mercedes para sus casas y de franquicias y libertades para la población. Pero aun aquellos años tan infelices por la división de ambos reinos no fueron perdidos en Ávila para sus infatigables empresas contra la morisma. Dos hermanos Sancho y Gómez, hijos de Jimeno, habían obtenido en 1 158 la mayor prez de la gran cruzada que no bastó á deshacer el fallecimiento de Sancho III y que condujeron animosamente á vista de Sevilla, venciendo al príncipe almohade Abu -Jacob y dando muerte á dos tributarios suyos (i); y durante la menor edad de Alfonso repitieron proezas no menores por los campos de Extremadura. En Siete Vados dispersaron las huestes de Omar y Fadalla, hijos de Abenhalax, rey de Mérida, y les arrancaron la presa que se llevaban de la comarca de Plasencia; del país de la Serena, poseído aún por los infieles, trajeron á salvo rico botín é innumerables rebaños; y después de salir vencedores en veinticinco combates, sucum-
(i) Leemos en los Anales Toledanos : «Fueron los de Ávila á tierra de moros á Sevilla, e vencieron al rey Abenjacob, e mataron al rey filio dAlhagem e al rey Abengamar, era MCXCVI.» En esta derrota de Abu-Jacub, mancebo de diez y nueve años á la sazón, que sucedió luego con el nombre de Jucef al califa Abdelmumen su padre, convienen las historias árabes (Almakkarí, tom. II, pág. LIV del apéndice), nombrando entre los que murieron al pié de los muros de Sevilla á Ibn Gharun (Abengamar) é Ibnu-1-hajjam (hijo de Alhagem). Con más alteración de nombres hallamos en la historia de Ávila que los dos hijos de Jimeno vencieron al moro Averrazo que les tenía cortada la retirada, que Sancho triunfó de Aficiabicemal e de Abofalí, hijo de Alfage, y que Gómez lidió victoriosamente con dos reyes moros en Galapagar, delante de Sevilla.
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bieron á la vez en 11 74, uno en batalla y otro de dolencia, dejando en pos de sí un surco de gloria y un torrente de lágrimas (i).
Ignoramos si la política hostil de fomentar disturbios en el vecino reino leonés, ó más bien cierta afinidad de intereses y sentimientos, fijé la que indujo á los avileses á ligarse con los salmantinos contra Fernando II para vengar los agravios irrogados á éstos con la fundación de Ciudad-Rodrigo. Obsérvase, sin embargo, que mientras que en Salamanca brotó de la impetuosa plebe dicho movimiento contrariado y dominado al fin por la gente principal (2), en Ávila fué secundado particularmente por
(i) Estaban los sepulcros de los dos adalides en la parroquia de Santiago, junto á la puerta principal del cierzo ; pero desaparecieron sin duda con la reedificación de la iglesia á principios del siglo xvi, y Ariz hubo de transmitirnos ya por copias sus epitafios con hartas erratas que hemos procurado rectificar por el sentido, aunque el estilo de ellos, sobre todo el del segundo, demuestra su autenticidad. Decía el de Sancho : Hic jacet Sanctius Ximenez gemina, omnium Hispaniaru)7i, dux etfamosiis miles, qui XXVI vicibus diix eo)um exiitit, qiñ ínter Sarracenos obiü anuo Dotnini MCLXXIV. El de Gómez nos parece coetáneo y sumamente interesante, advirtiendo que en el sexto dístico falta el pentámetro.
Triste letum mortis lacrimis recitetur obortis:
Gaudia vita creat, mors ea precipitat. Plangant inde boni quod Gomesio Ximenoni
Mors fera prevaluit huncque suis rapuit. Sarracenorum proceres per damna suorum
Nomen et eximia íacta sciere sua. A quo devicti per lites quinqué viginti,
Regia purpurea sanguine tincta sua Corpora spersere tristes ac ingemuere,
Tanto quod hic patuit sic et eos notuit. Rex Abenjacob turbatus prcestitit ex hoc
Non armis stratus, langore sed exanimatus Hic jacet : alma Dei gratia parcat ei.
Obiil era mili, ducentésima decim. secunda octavo idus julii. (2) Asi lo prueban las terminantes palabras del arzobispo don Rodrigo: Et sic mayoribíis (Salmanlicce) regi faventibus , quorum sententia frincipio non potuit prevalere., vim vulgi multitudine Jaciente... demum suis majoribus et suo principi pro venia supplicabatit, et sic rex victor civitatem ut voluit subjugavit, majoribus qui sibifaverant honoratis. Véase la relación del hecho, pág. 22, de este tomo, y el importante documento relativo á él probablemente que publicamos, pág. 103. Mucho resta que estudiar en aquel levantamiento, y algo contribuyen á ilustrarlo las referencias de la historia de Avila que cumpliendo con lo ofrecido, pág. 221, presentamos en este lugar.
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la clase aristocrática en oposición con el pueblo. Aviles se dice que era y uno de sus famosos caballeros serranos que acababa de distinguirse en la toma de Cuenca, aquel Ñuño Ravia aclamado caudillo por los insurgentes, y de no menor calidad los que con él salieron en día aciago por el portillo de Mala Ventura y de los cuales no volvió á entrar ninguno, quedando tendidos á orillas del Valmuza (i). Añade la crónica manuscrita, anudando el hilo de las no olvidadas querellas sociales entre los habitantes de la ciudad y los del arrabal, que lo más escogido de éstos había sido atraído por el rey de León á su puebla de Ciudad Rodrigo, non fincando en la tierra si non los tenderos e los mas ridnes komes,- y así se explica cómo crecieron con la emigración y con la obediencia á distinto soberano los odios nacidos en la común patria. Mediaron robos de ganados que en una feria tomaron á los serranos de Ávila los de la nueva colonia, alcance y lucha en Val de Corneja, y cumplida victoria de los caballeros que con la presa recobrada trajeron á la ciudad las cabezas de los raptores y para darles sepultura exigieron rescate por ellas á sus parientes del arrabal. Todavía parece destilar sangre la pluma que refiere en el siglo xvi tales encuentros, y empeñarse en ahondar con irritante orgullo el ancho foso que imposibilitaba mutuos enlaces y hasta relaciones amistosas entre las dos razas (2).
(i) De aquella expedición según unos, y según otros de la salida de los rehenes dados á Alfonso el Batallador que murieron en las Hervencias, data el nombre de Mala Ventura y el cerramiento de dicho portillo, que de los del lienzo meridional de la muralla, es el más cercano al oeste. En cuanto á Ñuño Ravia dudamos que pudiera asistir á la toma de Cuenca, verificada en i i 77 y posterior, de consiguiente, al alzamiento de los salmantinos que sucedió con corta diíerencia de i i 70 á I 174.
(2) «Y de aquí, dice la expresada crónica, tuvieron muy gran malquerencia unos con otros, e por este lugar ovieron muchas vegadas vueltas e bollicies, e ovieron mal á caer en tal guisa que non fincó de ellos sinon aquellos que eran vueltos, con los fijos e con los nietos de los dichos que eran llamados mercaderes. Estos son los que se llaman agora Castellanos en Ávila, ca los llamados serranos tienen que ellos son los Castellanos derechos e de tales que en ellos nunca cupieron menestrales, e sí todos cavalleros e escuderos, e guarecieron siempre por caballería e non por al, e nunca se mezclaron en casamiento con menestrales ni
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Muy á mal llevaron los avilases la pronta sumisión de los salmantinos á su monarca y el poco sentimiento que les demostraron de tantas muertes y pérdidas deplorables sufridas por su causa. Renació la guerra entre las dos ciudades asidua y encarnizada como en frontera de estados enemigos : aquellos entraron en tierra de Alba y trajeron cautiva la enseña de Fernán Fernández de Vergara ostentada largo tiempo en la parroquia de Santiago; pero en otra escaramuza murió su jefe Gonzalo Mateos á manos de los de Salamanca y fué enterrado por éstos en el castillo de Peña del Rey, de donde más adelante lograron los suyos llevarse sus despojos. Duraron así las reyertas hasta la paz acordada en Pardinas por ambos reyes en 1 1 83 (i): jcómo pudo pues Fernando II traer prisionero al alcázar de Ávila, que no era de su dominio y que sin tregua le hizo frente, á su suegro Alfonso I de Portugal, á quien soltó inmediatamente después de haberle cogido en Badajoz hacia 1 169, quebrada la pierna por un rastrillo (2)?
Ni las luchas exteriores de reino á reino, ni las intestinas de clase á clase bastaron no obstante para mantener unida á la querellosa nobleza de Ávila y para sofocar en su seno las envidiosas competencias que desde el principio habían germinado. El bando más débil, según cuenta la crónica por estos años, hubo de abandonar la ciudad y fortificarse en el Castaño combatiendo desde allí á los de dentro, como había sucedido entre serranos y plebeyos en los días del conde Raimundo; pasó en seguida al castillo de Sotalbo tres leguas más al poniente, y se
con ruanos (de rúa calle de tiendas) ni otros ornes nengunos fuera de con caballeros fijosdalgo, ni lo farian por cosa nenguna del mundo.» En la historia de Ariz se notan ya eliminados todos los hechos y pasajes referentes á la antigua animosidad de clases.
(i) En el archivo de la catedral consta el tenor de dicho tratado que se firmó en 2 de febrero, día de la purificación de la Virgen, interviniendo por parte del rey de Castilla el arzobispo de Toledo y Domingo obispo de Ávila, y por la del rey de León el arzobispo de Santiago y Pedro, obispo de Ciudad Rodrigo.
(2) Esta es otra de las falsas especies de la historia de Ávila, aunque tomada de Garibay.
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prolongaron por mucho tiempo las correrías y hostilidades, hasta que un día los moros acudiendo al rumor de estas discordias cogieron desprevenida la fortaleza y enfermos á los más de sus moradores, y los degollaron sin merced alguna (i). Los Núñez, Jofres y Abrojos por un lado, los Jiménez, Alvarez y Sombreros por otro, sostuvieron reñidas parcialidades, á las cuales ponía á veces tregua algún casamiento : Blasco Jimeno y Esteban Domingo daban su nombre y su blasón á las dos cuadrillas en que estaba partida la ciudad, y que encabezadas por dos parroquias, la primera por la de San Juan y la segunda por la de San Vicente, nos ofrecen en Avila una división muy semejante á la de los bandos de santo Tomé y de san Benito en Salamanca, conservándose también allá hasta el siglo xvii por lo tocante al régimen y policía civil y aun en los bancos del ayuntamiento en los cuales se distribuían sus veinticuatro regidores (2).
Piedrahíta y Béjar debieron en gran parte su población á los de Avila; Trujillo y Badajoz los primeros aunque fugaces intervalos de libertad de que gozaron en el siglo xii antes de emanciparse definitivamente de los sarracenos; Talavera el remedio de la devastación sembrada por los invasores almohades (3). En Alarcos, donde Ñuño Iváñez llevaba su bandera, les alcanzó el dolor y el estrago de la general derrota, sucumbiendo entre otros su venerable prelado (4) : en las Navas par-
(i) En el reinado de Alfonso VII y menos en el del VIII no solían lleiiar tan adentro los moros en sus incursiones, á no ser después de la funesta jornada de Alarcos de 1195 á i 197.
(2) Además de los veinticuatro regidores, entre los cuales tenía el cargo perpetuo de alférez mayor el marqués de las Navas, había en Avila un corregidor, un teniente y un alguacil mayor.
(3) Cuenta la crónica que al sitio de Talavera concurrieron Ñuño Blásquez de Ávila y el capitán don Yagüe, á quien dijo entonces Alfonso VIII: «En buen dia nacistes, adalid, ca si vos non fuérades non fuera hueste nin lo podiera ser tal.» Dudamos del sitio y recobro de Talavera no constando que se hubiese perdido anteriormente, pues los vencedores de Alarcos, en vez de ocuparla parece se contentaron con asolar sus campos y cortar sus arboledas.
(4) Murieron allí el de Avila, el de Segovia y el de Sigüenza, según el croni-
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ticiparon de la gloria inmortal de la jornada, peleando en el ala derecha que mandaba el rey de Navarra, acaudillados por Iván Núñez y sostenidos por el esfuerzo de Rodrigo Pérez: Guillen Ginés y Gonzalo Iváñez. Á Enrique I hicieron grande acogida al volver de las cortes de Valladolid dominado por su imperioso tutor don Alvaro de Lara, quien después de conferírsele en aquella catedral el título de conde, no puso freno á su despótica autoridad : pero muerto el joven rey, acudieron en tropel á Falencia con los segovianos á prestar homenaje á la reina Berenguela y á ofrecerle los auxilios del concejo; y en la prisión del orgulloso privado mostró tanta energía Ñuño Mateos, noble aviles, como prudencia y moderación en aconsejar á la ilustre princesa que usara de clemencia con el vencido. Siguieron á Fernando el Santo en la campaña de Jaén, dejando en casa sus mortales rencores y rivalizando sólo allí en valor y generosidad, los caballeros de uno y otro bando, de los cuales murieron Gutierre Luengo y Domingo Esteban; y no menos prontos á su llamamiento los encontró el buen monarca cuando trató de posesionarse del paterno reino de León, á donde le acompañaron hasta reducirlo á su .obediencia.
A todos estos servicios, y al que prestaron á Alfonso X al principio de su reinado en la guerra contra Aragón ayudándole con quinientos peones, se refiere sin duda el rey sabio en el preámbulo del famoso privilegio de 30 de octubre de 1256, al otorgarles el fuero real y copiosas franquicias á los poseedores de armas y caballo. Muévenos á transcribirlo por entero su importancia, aunque no tanta como se le atribuye, pues ni en su contenido hallamos comprobación alguna del caso de las Her-
cón de Coímbra. De esta pérdida de los avileses hace memoria Gracia Dei en una de las quintillas heráldicas que dedica á sus proezas :
Y en Ronda muy guerreros, y en Trujiilü los primeros ; y en Marcos con afanes cebaron sus gavilanes, Ávila, tus caballeros.
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vendas ó de las hazañas de los serranos, ni en las mercedes concedidas á los caballeros de Avila y en las exenciones de sus ganaderos y dependientes vemos otra cosa que los medios usuales á la sazón para estimular á la vez la gloriosa profesión guerrera y fomentar la riqueza pecuaria (i). Gracias de escusa-
(1) Privilegios análogos hemos citado en el curso de la obra, y en este tomo indicamos los concernientes á Ciudad Rodrigo, á Béjar, á Alba de Tormes, pero ninguno conocemos tan completo como este de Ávila, en el que son de notar particularmente la responsabilidad colectiva de los pueblos en que se hubiere dado muerte á un caballero mientras no entreguen al matador, y el derecho dado á los parientes de hacer justicia del que hubiere incurrido en pena capital. Es el único privilegio rodado que existe en el archivo del ayuntamiento, y lo creyéramos original si la confirmación de Juan I no atestiguara la destrucción de aquel. Dice así: «Porque fallamos que la villa de Ávila non avie fuero complido por que se judgasen así como devien tan bonos e tan onrados como ellos son, e por esta razón vinien muchas dubdas e muchas contiendas e muchas enemizdades, e la justicia no se cumplie así como devie, et nos sobredicho rey Alfonso queriendo sacar todos estos daños, en uno con la reina doña lolant mi mugier e con nuestro fijo el infant don Ferrando, démosles e otorgámosles aquel fuero que nos ficiemos con consejo de nuestra corte, escripto en libro e seellado con nuestro seello de plomo, que lo ayan el concejo de Ávila tan bien de villas como de aldeas, porque se judguen comunalmientre por él en todas cosas pora siempre jamás ellos e los que de ellos vinieren. Et demás por facerles bien e merced et por darles gualardon por los muchos servicios que ficieron al muy noble e mucho alto e mucho onrado rey don Alfonso nuestro visavuelo e al muy noble e mucho alto e mucho onrado rey don Ferrando mió padre e á nos antes que regnásemos e después que regnamos, démosles e otorgámosles estas franquezas que son escripias en este privilegio. Et mandamos que los cavalleros que tovieren las mayores casas pobladas con mugieres e con fijos, e los que no ovieren mugieres con la compaña que oviere|¡;^?!d€sde ocho dias de Navidat fasta ocho dias después de Cinquagesma,--<s,4e''\HTírén caballos e armas e el caballo de XXX maravedís á arriba e escudo e lanza e loriga e brofuneras e perpunte e capiello de fierro e espada, que non peche. E por los otros heredamientos que ovieren en las villas de nuestros regnos que non pechen por ellos e que escusen sus paniaguados, e sus pastores, e sus colmeneros, e sus amas que criaren sus fijos, e sus hortelanos e sus molineros e sus yunteros e sus medieros e sus mayordomos que ovieren, en esta guisa : que el cavallero que oviere de quarenta fasta cien vacas, que escuse un vaquerizo e no mas, e cabana de vacas que fuere de cient vacas á arriba el que la oviere que escuse un vaquerizo e un rabadán e un cabañero, e el que oviere ciento entre ovejas e cabras que escuse un pastor e no mas; e si dos aparceros fasta tres se ayuntaren que ovieren ciento entre ovejas e cabras e fasta mil, que escusen un pastor e non mas ; e si oviere cabana de mil entre ovejas e cabras que escuse un pastor e un rabadán e un cabañero e no mas; e el cavallero que oviere XX yeguas que escuse un yuguero e no mas, e si dos fasta tres fueren aparceros e ovieren XX yeguas que escusen un yuguero e no mas. otro si mandamos que el cavallero que oviere cient colmenas que escuse un colmenero, e si dos fasta tres fueren aparceros e ovieren cient colmenas e dende arriba fasta mili, que non escusen mas de un colmenero; e el cavallero que oviere cient puercos que escuse un porquero e no mas, e si fueren dos fasta tres aparee-
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dos^ disposiciones acerca de los alardes y revistas de los que tenían derecho á gozarlas en cambio de la defensa del país, apenas hay archivo de ciudad ó villa que no las contenga; y sobre ella expidió dicho rey otras dos cédulas en 1264 y
ros que ayan cient puercos, que no escuseti mas de un porquerizo. E otro si mandamos que el cavallero que fuere en la hueste que aya quatro escusados, e si llevare tienda redonda cinco, e qui toviere todavía loriga de cavallo suya e la levare á la hueste aya seis escusados. E otro si mandamos que las caloñas de losaportellados e de los paniaguados de los cavalleros e de sus siervos, que las ayan los cavaUeros de cuyos fueren as; como nos devenios aver las nuestras, e los pastores que escusaren que sean aquellos que guardaren sus ganados propios, e las amas que sus fijos criaren que las escusen por quatro años mientras el su fijo criare e no mas, e los mayordomos que ovieren que sean aquellos que governaren e vistieren, e que no haya mas de tres el que mas oviere. E otro si por facer bien e mercet á los cavalleros de Ávila mandamos que si mataren cavallero en aldea ó en cabana, que los omes de aquel lugar do lo mataren que recabden el matador, e si lo non recabdaren que ellos se paren á la pena. E otro si mandamos que los cavalleros que ovieren sus moros siervos ó los heredaren de sus padres e de sus madres e de sus parientes, que los ayan libres e quitos e que los partan e que los hereden assí como los otros heredamientos pora vender e pora fazer de ellos lo que quisieren. E otro si mandamos que si algund cavallero ficiere fecho por que deva morir, que sus parientes sean tenudos de fazer justicia de él e non otro, si fecho non ficiere por que sea traydor ó falsare moneda ó seello, e de tales como estos el rey faga su justicia que toviere por bien. E otro si mandamos que los alcaldes recabden los montadgos c cojan sendas eminas de los de la villa, de nueve celemines toledanos el emina, e estos montadgos e estas eminas sobredichas que las cojan para fazer de ello lo que nos mandaremos. Et mandamos que estos escusados que ovieren, si cada uno oviere valía de XX maravedís en mueble ó en rayz e en quanto que oviere ó dent ayuso, quel puedan escusar; et si oviere valía de más de cient maravedís, que lo non puedan escusar e que peche al rey. Otro si mandamos que cuando el cavallero muriere e fincare su mugier bibda, que aya aquella franqueza que habie su marido mientre que toviere bibdedat; e si casar quisiere con otro cavallero que tenga cavallo e armas, que ayan sus franquezas assí como los otros cavalleros, e si casare con pechero que peche. E si la bibda, mugier que fué del cavallero, fijos ó fijas oviere de su marido que non sean de edat, que sean escusados assí como su padre, e ella en uno con aquellos fijos ó fijas que de su marido oviere fasta que sean de hedat de dizeocho años. Et si los fijos partieren con la madre, que la madre por sí aya sus escusados e los fijos ayan por sí sus escusados fasta que sean de edad de dizeocho años, e de dizeocho años á arriba aquel que toviere cavallo e armas sea escusado e aya escusados, e los otros que non tovieren caballo e armas que pechen al rey e non ayan escusados si fueren de edad de dizeocho años e non tovieren cavallo e armas; otro tal sea si los fijos partieren con el padre después de muerte de su madre, que el padre por sí aya sus escusados e los fijos por sí ayan sus escusados fasta que sean de edat de dizeocho años assí como sobre dicho es. E las fijas, de que pasaren de edat de dizeocho años, si non casaren que non puedan escusar mas de sus yuveros e asible fasta que casen ; e de que casare, si casare con pechero que peche e non escuse yuguero nin otro, e si casare con cavallero que tenga cavallo e armas, como el privilegio
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en I 273, la última dentro de Avila á i.° de mayo mientras tenía allí reunidos en cortes á los de León y de las Extremaduras para tratar de la paz con los infieles y de la reducción de los ricoshombres emigrados á Granada. Estos tres documentos, cuyos originales perecieron en un edificio del arrabal incendiado por los ingleses aliados del rey don Pedro después de vencido en Nájera don Enrique, los reprodujo y confirmó Juan I mediante fieles copias conservadas por los que fijndaban en ellos sus prerogativas (i).
dice, que aya sus franquezas cumplidas en uno con su marido ; e las bibdas que oy son que fueron mugieres de cavalleros que tovieron cavallos e armas, que tantos escusados quantos ovieron sus maridos á la sazón que morieron, que tantos ayan ellas fasta esta quantía que en este privilegio dize et de tanta quantía e non mas. E todos aquellos que mas pastores tomaren de quanto este privilegio dize, que pierda todos los otros pastores, otro tal de los colmeneros que los pierda si mas colmeneros tomare, otro tal de mayordomos e de amos, otro si de yuveros si mas yuveros tomaren que non deven, otro si de medieros : e mandamos que estos escusados de valia de cient maravedís que los tomen por mano de aquellos que el nuestro padrón ficieren e con sabiduría de los pecheros de los aldeanos del pueblo, e qui por sí los quisiere tomar que pierda todavía aquellos escusados que tomare por sí. Et por fazer bien e mcrcet á los cavalleros mandamos que quando muriere el cavallo al cavallero que estuviere guisado, que aya plazo fasta quatro meses que compre cavallo, e por estos quatro meses que non toviere cavallo que non pierda su franqueza e que la aya assí como los otros cavalleros. Otro si otorgamos que el concejo de Ávila que ayan sus montes e sus defesas libres e quitas, assí como siempre las ovieron, e lo que dent saliere que lo metan en pro de su concejo, e los montaneros e los deíeseros que ficieren que los tomen á soldada e que juren en concejo á los alcaldes e al juez, e esta jura que la tomen los alcaldes e el juez en voz de concejo que guarden bien sus montes e sus defesas e que toda quanta pro hi pudieren facer que lo fagan e lo que dent saliere que lo den á concejo pora meterlo en su pro en lo que mester lo ovieren que pro sea de concejo; et el concejo que den omes bonos del consejo á quien den cuenta e recabdo los defeseros de quanto tomaren cada año quando quier que ge lo demandaren, e estos omes bonos que den fiadores que aquello que los montaneros les dieren que lo metan allá ho el concejo mandare que pro sea del concejo. E otro si mandamos que los cavalleros puedan fazer prados defesados en las sus heredades conoscudas pora sus bestias e pora sus ganados, e estas defesas que sean guisadas e con razón porque non venga ende daño á los pueblos. E demás de esto les otorgamos que el año que el concejo de Ávila fueren á la hueste por mandado del rey, que no pechen marzadga aquellos que fueren á la hueste. Et mandamos e defendemos que ninguno non sea osado de ir contra este privilegio de este nuestro donadío nin de crebantarlo nin de minguarlo en ninguna cosa, ca qualquieraque lo fiziese avria nuestra ira e pechar nos hie en coto mil maravedís et al concejo de Ávila todo el daño doblado.»
(i) «Por facer bien merced e á los caballeros de la ciudad de Ávila, dice la citada confirmación dada en Segovia á i 7 de marzo de 1382, catando e parando mien-
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En Ávila inauguró su reinado Sancho el Bravo, convaleciente de la enfermedad que le había puesto en Salamanca al borde del sepulcro; y su primer cuidado, á pesar de la ambición que le devoraba, fué celebrar á su padre magníficas exequias antes de tomar las reales insignias de que se había abstenido hasta entonces por un resto de atención filial. Ofició solemnemente el obispo fray Aymar, que años atrás había reprendido al príncipe con aventurada energía su codicia desenfrenada (i). Los avileses se adhirieron sinceramente á la vigorosa política del nuevo rey, y mal avenidos con su hermano don Juan que poseía en aquel término vastos dominios, al saber la prisión del turbulento infante en Alfaro y la ruina de su partido, marcharon sobre la villa de Oropesa y la destruyeron.
Más borrascosos principios tuvo allí el reinado de Alfonso XI, niño de un año, á quien su padre había dejado yendo de Béjar á Toledo pocos meses antes de morir en Jaén arrebatadamente. Ávila hizo con él sus tradicionales oficios de defensora y guarda de reyes menores, constituyéndose depositaria de su persona y manteniéndose inaccesible á las opuestas pretensiones de sus tutores naturales, Ínterin no las fallaran las cortes del reino. Criaba al príncipe doña Betaza, traída de Portugal por la reina Constanza su madre y descendiente de los emperadores de Gre-
tes á los muy grandes e señalados servicios que ellos e los de su linaje ficieron á los reyes nuestros antecesores... especialmente al rey don Enrique nuestro padre... e por razón que por parte de los cavalleros castellanos de la dicha ciudad fué querellado que avian algunas franquezas e libertades e honras de los reyes pasados... e por quanto los originales de los dichos privilegios fueran quemados en unas casas que eran en el arraval á dó estavan en guarda, al tiempo que los ingleses entraron en Castilla con don Pedro contra servicio del dicho rey nuestro padre e algunos dellos llegaron á la dicha ciudad e quemaron las casas del arraval, entre las quales quemaron las en que estaban los dichos privilegios, ó que se furtaran e perdieran al tiempo de la dicha quema... pero que ellos tenian traslado de ellos bien e fiel e verdaderamente sacado.» Y á continuación se insertan los tres referidos documentos. En i^Sg dio sentencia el consejo reala favor de los caballeros serranos (única vez que los vemos así nombrados oficialmente) y de sus viudas declarándolos exentos de contribuir en el servicio ó donativo con los pecheros, y la confirmó Juan II en i o de abril de 1432.
(i) Trae Zurita la violenta respuesta del infante, lib. IV, cap. i ^.
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cía (i), y á ruego de ella el obispo don Sancho Blásquez, ilustre hijo de la ciudad, le acogió con grande escolta dentro de la catedral, considerada ya como fortaleza inexpugnable. Vino donjuán Núñez de Lara, particular enemigo de la dueña, confiado en el llamamiento del aviles Garci González; vinieron avisados por Diego Gómez de Castañeda, doña Constanza y el infante don Pedro, su cuñado, hospedándose en el convento de San Francisco por no permitírseles acercarse más á los muros : todos hubieron de someterse de buen ó mal grado á la firme é imparcial decisión del concejo. Hasta la prudente doña María, objeto de unánime admiración y reverencia y de la particular gratitud del prelado, no pasó del arrabal ni pudo obtener la entrega de su nieto antes que las partes se hubiesen concertado definitivamente en Palazuelos. Pero seis años después, en 13 19, logró don Juan Manuel por medio de Gonzalo Gómez y de Fernán Blásquez, hermano del obispo, penetrar en Ávila, y con su apoyo y el de la tierra de Madrid y Segovia, hacerse reconocer por colega de doña María en la regencia del reino ; llevólo á mal el hijo de ésta don Felipe, y pasando el Adaja al frente de escogida hueste, retó una y otra vez á su adversario que se mantuvo atrincherado en lugar fuerte con séxtupla muchedumbre. Don Felipe al retirarse desfogó su cólera en los pueblos del dominio de don Juan Manuel.
El obispo don Sancho vivió bastante para acompañar al pupilo trocado en animoso rey hasta el término de su gloriosa carrera, y demasiado para manchar sus decrépitos años con culpables contemplaciones hacia el sucesor del trono, prestándose á autorizar con el de Salamanca el nuevo matrimonio de don Pedro á despecho del que tenía contraído con Blanca de Bor-
( I ) Vataza la nombra Mariana y dice fué nieta de Teodoro Láscaris, y ella misma en un documento portugués que cita Flórez se titula hija da muy nobil doña Lascara ijfanle que foy de Grecia. Traída de Genova á Aragón, pasó con la reina Santa Isabel á Portugal, donde fué aya de doña Constanza como después lo fué del hijo : el ama de don Alfonso XI, según dijimos ya, pág. 27 y 168, era doña Inés de Limogenes salmantina.
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bón. De los sucesos de la ciudad durante la guerra civil provocada por las violencias del monarca, sólo se sabe que en 1367 fué maltratada por los ingleses, sin duda como favorecedora de don Enrique, y que ardieron algunas casas del arrabal. En el verano de 1385, Juan I, antes de emprender contra Portugal la decisiva campaña que tan fatal remate tuvo en Aljubarrota, envió á Ávila para mayor seguridad á su mujer doña Beatriz, cuyos derechos le habían lanzado á sostener aquella ruinosa demanda. Escasos de noticias andan ya durante el siglo xiv los anales de la población; sus crónicas enmudecen á medida que se alejan los tiempos caballerescos, y no sabiendo alimentarse sino de leyendas y aventuras, dejan á la historia el enojoso cargo de referir las intrigas y revueltas de más cercanas edades.
Tocóle á Ávila buena parte de las que agitaban la dividida corte de Juan II, cuantas veces se albergó en su recinto. Vio en 1420 el cautiverio apenas disimulado del rey mancebo en poder de su primo don Enrique de Aragón ; sus tristes bodas sin fiesta ni aparato con doña María, hermana de su opresor, y las violencias de éste para obtener en cambio la mano de la infanta Catalina; las continuas negociaciones con el otro infante de Aragón don Juan el de Navarra, á cuya sombra se formaba en Olmedo un bando de descontentos no menos codicioso de la tutela; las embajadas y mediaciones de las reinas á fin de estorbar un rompimiento; las dóciles é incompletas cortes reunidas en la catedral para legitimar el atentado de Tordesillas y para declarar espontánea la sujeción del soberano. En 1423 pusieron alguna tregua á los partidos las que allí se firmaron con Portugal, solemnizadas con brillantes justas en que al embajador Fernando de Castro se le indemnizó con honras y regalos el percance de su caída ; pero en 1 440 las facciones dominaban de tal manera la ciudad, que Alvaro de Bracamonte y Fernando Dávalos, apoderados de algunas torres y el deán del cimborio de la catedral, estorbaron la entrada al conde de Alba y á Gómez Carrillo enviados reales, y en seguida la abrieron á los
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magnates rebeldes acaudillados por el rey de Navarra. Á los capítulos de acusación formados allí contra don Alvaro de Luna desdeñóse de contestar el ofendido monarca, y al año siguiente tuvo medio de reunirse en aquellos muros con su inseparable valido y de prepararse para la guerra que había al fin de estallar, rota toda avenencia con los disidentes acampados en Arévalo y con el mismo heredero de la corona excitado contra su padre. El obispo fray Barrientos, maestro del príncipe, le redujo á mejor partido, y Avila fué el centro de la contra-liga formada en 1 444 para libertar al rey de la tiranía del de Navarra ; mas el principal fruto de ella y de la victoria de Olmedo, lo recogió don Alvaro, elegido maestre de Santiago en lugar del infante don Enrique é investido con extraordinaria pompa en la misma catedral.
De cuantas afrentas sufrió en aquel sedicioso siglo la majestad real, ninguna tan vergonzosa como la inferida á Enrique IV en Avila del rey, en Avila de los leales. Al llamamiento del audaz arzobispo de Toledo, don Alonso Carrillo, acudieron los grandes de Castilla conjurados; levantóse á la salida de la puerta del Alcázar un tablado, y en él se colocó vestida de luto y con las insignias reales la efigie del impotente soberano ; una prolija sentencia, recordando análogos ejemplos de príncipes destituídos, enumeró las culpas y delitos del que iba á serlo ; y en seguida el arzobispo le arrebató la corona, el conde de Plasencia el estoque, el de Benavente el cetro, y Diego López de Zúñiga derribó al suelo la estatua, acompañando cada cual estos actos con palabras aún de mayor ignominia. Miércoles 5 de junio de 1465 fué el día que alumbró esta degradación inaudita, que presenció con asombro y disgusto el pueblo, acorralado por dos mil hombres de armas y mil jinetes y subyugado por la insolente aristocracia. En seguida convirtiendo el cadalso en trono subieron á él al infante Alfonso, hermano del depuesto y mancebo de once años, y le alzaron por rey con ruidosas aclamaciones, y le besaron la mano de que contaban disponer á su albedrío
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para repartirse las dignidades y el gobierno. No les duró más de tres años este dócil instrumento, y al volver á Avila con su cadáver en julio de 1468, trataban don Juan Pacheco y el ambicioso arzobispo de seguir el mismo juego coronando á su hermana Isabel ; mas en el desprendimiento y lealtad de la princesa hallaron un insuperable obstáculo á su rebelión, como después en el vigor de la magnánima reina un freno perenne á sus desmanes. Tardío desagravio á los baldones, que había allí tolerado en vida el débil Enrique, dio la ciudad en los solemnes funerales que á su muerte le tributó en 18 de diciembre de 1474. Los enlutados trajes de jerga, los ayes y lamentos generales, el quebrar de los escudos, el rasgar del pendón real, toda la fúnebre ceremonia más imponente que nunca, parecían protestar contra la escena del destronamiento de que habían sido teatro aquellos sitios tan á pesar de sus habitantes (i). A los llantos sucedieron
(i) Una copia del acta extendida con este motivo nos suministra los curiosos pormenores que á continuación extractamos: « Fuéronse, dice, todos los que han de ir enjergados á la iglesia de S. Juan, demás de los once de cada linaje e la justicia, e vino el alférez cavalgando en un cavallo enjergado e un pendón negro en que iban pintadas las armas reales, e llevaban delante del alguacil cuatro escudos negros quatro homes de pié, e encima de los lucillos de S. Juan quebró el uno, dando grandes voces todos ah! por buen rey e buen señor! E de ahí subieron por la plaza del Mercado Chico arriba fasta la Pescadería, el alférez delante e muchos judíos e moros faciendo los guayos, e fueron á la puerta de S. Vicente la qual á la sazón estdva cerrada, é ahí cabe la puerta el alguacil quebró otro escudo dando todos grandes voces ah! por buen rey e buen señor ! E dende volvieron por cábela carnicería de los Abades e salieron por el postigo del Obispo e por cabe Sto. Tomé e por cal de Estrada e al Mercado Grande, e ahí cabe la picota el dicho alguacil quebró otro escudo faciendo el dicho llanto. E dende se entraron por la puerta de San Pedro e por la calle derecha por casa de Albar Gómez, e fueron á la puerta de los Apóstoles de la iglesia mayor, e sobre aquellos mármoles el dicho alguacil quebró otro escudo ; e allí descabalgó el alférez, e todos entraron por la iglesia adelante fasta el altar mayor, e de fuera las rejas del altar íasta el coro estaba fecho un estrado con un vulto ó atahud todo cubierto de negro y muchas fachas de cera alrededor ardiendo, e estonce comenzaron su misa de réquiem muy solemnemente, e todos los judíos e judías e moros e moras faciendo sus guayos, e los enjergados al rededor del estrado. E acabada la misa comenzaron á facer muy grandes llantos todos, e á asir del pendón real e á rasgallo todo, e de allí pasaron todos los enjergados á la capilla del obispo don Sancho, e el alférez se vistió una ropa rozagante de seda terciopelo pavonada etc.» Y sigue describiendo la proclamación de los reyes Católicos hecha primero dentro de la iglesia á la puerta de los Apóstoles y luego en el Mercado Grande.
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instantáneamente alegres vítores á Isabel y Fernando ; y los moros con sus danzas de espadas y momos ó representaciones, y los judíos paseando sus toras ó libros sagrados y tañendo trompetas y tamboriles, celebraban sin saberlo el advenimiento de los monarcas que habían de acabar con la dominación de los primeros y echar fuera de España á los segundos.
Antigua y segura era la residencia de los judíos en Avila, y del tributo que al rey pagaban percibían un tercio los obispos. Muchos y entre ellos un médico llamado Alonso habían abrazado la fe en 1295, cuando preparados con sacrificios, ayunos y penitencias para el día de su redención que un falso profeta de Ayllón les anunciaba, y subiendo al ángulo noroeste de la muralla á esperar que resonara la formidable voz del cielo, encontraron portentosamente señaladas con una cruz sus blancas vestiduras y cuantos objetos tocaban; pero otros se mantuvieron pertinaces ante el milagro atribuyéndolo á sortilegio. La sinagoga llegó libre y tolerada á la época de los reyes Católicos, y nada aun á principios de aquel reinado presagiaba su próximo cerramiento (i), hasta que la llegada de los matadores del niño de la Guardia á la ciudad, dio origen al proceso que decidió la expulsión total de la secta hebraica. Un resplandor sobrenatural descubrió la hostia consagrada que traía oculta al entrar en el templo, Benito García de las Mesuras, con la cual y con el corazón del inocente, debía formarse un diabólico hechizo; probóse con la confesión del reo la complicidad de sus correligionarios de Avila y de Zamora, y en el solemne auto de fe de 1 49 1 celebrado en el Mercado Grande, murió arrepentido aquél con Juan Franco y Juan de Ocaña y obstinados en medio de las 11a-
(i) Varias son las cédulas que existen en el archivo municipal expedidas por aquellos años acerca de los judíos : una de 1479 para que á ellos y á los moros les sean guardadas sus exenciones, otra de 1486 á petición de los mismos para que estén junto al río las tenerías, otra del propio año mandando que no comuniquen con los cristianos, otra de 1488 fijando los derechos que han de llevárseles en los pleitos, y otra de 1491 dando seguro á unos homicidas de otro de su raza, cuando mataron d Liao, dice el documento.
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mas, Alonso y Garci Franco. El terrible tribunal presidido por fray Tomás de Torquemada tuvo su primer asiento, antes de trasladarse á Toledo, en el suntuoso convento de Santo Tomás al cual se aplicaron los bienes de los culpables ; y por no recibir el bautismo abandonaron la población muchos de sus inmemoriales vecinos, permitiéndoseles llevar consigo sus cuantiosas riquezas (i).
Avila asociada constantemente á los peligros y á las glorias de los esposos reinantes, combatió por ellos en Toro en primera fila, á las órdenes de su denodado obispo Alonso de Fonseca, y en cuantas empresas acometieron prodigó la sangre de sus más ilustres hijos. Pedro de Avila tan buen caudillo como negociador, recobró de los portugueses á Olmedo y á Sepúlveda; Diego del Águila modelo de lealtad, perdió á manos de éstos la libertad en Fontiveros y la vida delante de Madrid; sus hermanos Ñuño y Gonzalo sucumbieron peleando con los moros, el uno en Vélez Málaga, el otro junto á Alcalá la Real ; Fernando de Valderábano en el cerco de Baza, Sancho de Avila despedazado cruelmente en la toma de Alhama debida á su esfuerzo. La educación del malogrado príncipe don Juan, cuyos restos guarda la ciudad en precioso mausoleo, fué confiada á Gonzalo de Avila y su lactancia á una señora también avilesa. Crecieron entonces y se convirtieron en títulos, los señoríos de Villafranca y de las Navas, de Navamorcuende, Villatoro y Velada; y sin más apellido que el nombre de ciudad añadido al patronímico, multiplicáronse los Dávilas por toda la monarquía, como si su procedencia al igual de las de León, Toledo y Córdoba comunicase nobleza á los linajes. Al compás de los dominios y conquistas de España, dilataron su círculo las proezas de aquellos
(1) Hay tres provisiones de la reina dadas en 3, 14 y 16 de mayo de 1492, por las que se concede seguro á los judíos de Ávila, se les autoriza para disponer libremente de sus bienes antes de salir, y se manda devolverles el dinero que tenían empleado en tratos. Aun en 1499, siete años después de la expulsión, se ordenó á los regidores detener á Juan Flores corregidor, hasta que diera fianza ó pagase cierta deuda que le reclamaba un judío.
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hijosdalgo, y en Navarra y en Portugal, en África y en América, en Italia y en Flandes, por todas partes se les encuentra honrando á su país al par que sirviendo á la nación, coronando sus altos hechos dignamente Sancho de Avila el rayo de la gtierra^ sólo inferior al duque de Alba entre los capitanes de Felipe II.
Pero ni aun bajo la firme autoridad de los reyes Católicos salió Avila de ruidos y agitaciones, nacidas tanto de las costumbres del siglo como de la flojedad de los gobiernos precedentes, y en su mismo reinado aparecen indicios de escándalos y alborotos, de funcionarios asesinados, de movimiento de señores (i). Imagínese pues lo que allí sucedería, cuando ausente el joven Carlos I y sublevada Castilla contra los flamencos al grito de comunidad y rompieron el dique las pasiones populares. A la congratulación por no haberse aún levantado, contestó la ciudad levantándose, y á la orden de no reunir juntas repuso haciéndose centro de la santa junta de los insurgentes por su situación entre las dos Castillas (2). Toledo, Madrid, Guadalajara, Cuenca, Murcia, Segovia, Soria, Burgos, León, Valladolid, Zamora, Toro, Salamanca, Ciudad Rodrigo, fueron representadas en ella por sus procuradores; abriéronse las sesiones á 29 de julio de 1520 dentro de la sala recién construida en el claustro de la catedral, y duraron hasta que en setiembre se trasladó la asamblea á Tordesillas al lado de la demente reina doña Juana. Presidíalas el deán en unión con el toledano don Pedro Laso, pero el que dirigía realmente la discusión como jefe de las turbas, era el tundidor Pinillos sentado en medio en un pequeño banco, confiriendo ó retirando la palabra con una seña de su varita.
(i) Por una real cédula de i 477 se manda hacer averiguación de ciertos escándalos que había en la ciudad, por otra de 1495 elegir ante la justicia procurador del común en reemplazo del que había sido muerto, y por otra de 1505 firmada por la reina doña Juana se prohibe á los vecinos de Ávila y de Fontiveros, dependientes de ciertos señores, seguirles y favorecerles en su alzamiento.
(2) En el citado archivo constan ambos documentos de la regencia, el uno de 16 de junio, el otro de 14 de julio de 1520.
Encima de la mesa se veía una cruz y el libro de los evangelios, y el que sobre ellos se negaba á prestar juramento á la comunidad, exponíase á sufrir baldones en su persona y el derribo de su casa. Este peligro corrieron Diego Hernández de Quiñones por haber otorgado al rey el servicio en las cortes de la Coruña, y don Antonio Ponce hermano de leche del difunto príncipe don Juan, por su inflexible resistencia á los sediciosos : los demás caballeros contemporizaron siguiendo la corriente.
Y en verdad que no todos ellos vieron las novedades de tan mal ojo como insinúa Sandoval: capitanes eran y diputados de los avileses Suero del Águila y Gómez de Avila, presos en la toma de Tordesillas, cuya custodia reclamaron algunos grandes sin duda para aliviar su suerte, y al segundo comisionaron hacia don Pedro Girón para concertar avenencias no logradas por entonces. También fué delegado al emperador con los capítulos de la junta, Antón Vázquez de Avila padre del célebre Sancho, cuya detención en la fortaleza de Worms retrajo á su paisano Sancho Cimbrón, de seguir adelante en su embajada desde Bruselas. Tal vez esta intervención de los vecinos principales previno allí los conflictos y desgracias sucedidas en otras poblaciones, á lo cual contribuiría no poco, la prudente firmeza de don Gonzalo Chacón, alcaide del alcázar por merced de los reyes Católicos, en pertrecharlo á tiempo y secretamente de víveres, armas y soldados y en acordar con la ciudad, cuando lo tuvo al abrigo de un sitio ó de un asalto, la abstención de recíprocas é infructuosas hostilidades. Así, restablecida la autoridad real, Avila fué dada por libre de los procedimientos del juez pesquisador (i); y sin tener suplicios ni destierros que deplorar, pudo recibir sinceramente gozosa á Carlos V á mediados de mayo de
(i) Con este objeto expidió un mandato desde Vitoria, el condestable como gobernador del reino en 22 de mayo de i 5 22, si bien se demuestra cuan poco sosegada se quedó la ciudad, volviendo á sus ordinarios bandos y reyertas, por otra cédula de 24 de agosto de i $2-?, que en vez de extirparlas de raíz sólo prohibe hacer uso en ellas de tiros de pólvora y de ballesta, para que mueran menos personas y se conozcan de cerca los que riñieren.
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1534, luciendo las galas de su numerosa nobleza, pero suprimiendo por orden soberana los costosos festejos y espectáculos con que en el verano de 1531 había alegrado la larga residencia de la emperatriz Isabel y del pequeño príncipe don Felipe.
Una causa más bien económica que política, produjo en la ciudad á fines del tranquilo reinado de Felipe II, las terribles escenas que después de la reducción de los comuneros había logrado evitar. Siete papeles contra la derrama de millones que S. M. pedía, aparecieron fijados en los sitios más públicos al amanecer del 21 de octubre de 1591: ignórase su contenido; sólo se sabe que el monarca mostró gran sentimiento (i), y que por el alcalde Pareja, que vino de la corte armado de rigor, ñieron presos don Enrique Dávila señor de Navamorcuende, don Diego Bracamonte, Antonio Díaz secretario de número, Marcos López cura de Santo Tomé, el licenciado Daza Cimbrón, don Sancho Cimbrón y el médico Valdivieso. Procedió con dureza el alcalde en la averiguación y en las sentencias : el cura filé privado del sacerdocio y condenado á diez años de galera; don Enrique logró se le conmutase la muerte con la reclusión en el castillo de Turégano; Bracamonte, bienquisto de todos por su celo del bien público, fué la víctima escogida para borrar con su sangre el injurioso cartel. Conducido en 17 de febrero del siguiente año desde su cárcel de la albóndiga al Mercado Chico, recitando delante su culpa un pregonero, subió al enlutado patíbulo, y después de haberse confesado hora y media y de protestar de la inocencia de sus compañeros, puso en el tajo la
(i) Así lo declara en cédula de i 3 de noviembre de dicho año, existente en el archivo. Cuenta Cabrera de Córdoba en la segunda parte de su historia, cuya reciente publicación nos permite añadir algunos datos á los que en Ávila recogimos sobre este suceso, que Felipe II se indignó contra Ávila más que con otras ciudades donde también hubo carteles, recordando en oprobio de sus naturales la deposición de Enrique IV y el favor que dieron al tirano Padilla ; y como el autor, vuelto de la comisión con que allá le había enviado, alegase en descargo los leales servicios de la ciudad, respondió el rey severamente : «agora sabéis y saben ellos que donde están enseñados á llevar el decir al hacer, no se ha de aguardar á que hagan.»
cabeza, que asida de los cabellos por el verdugo, fué mostrada en seguida al pueblo, y el cuerpo llevado á la suntuosa capilla de mosén Rubín, puesta bajo el patronato de su familia y más adelante á San Francisco. Satisfecha la vindicta, el soberano no sólo respetó los bienes del reo, sino que otorgó mercedes á la familia, é hizo sentir al alcalde cuánto reprobaba la demasía de su inclemente celo (i).
Felipe III, que en junio de lóoo visitó á Avila con su esposa de paso para Valladolid, dio el golpe de gracia con la expulsión general de los moriscos á su población, que desde largo tiempo iba mermando de día en día. Muchos eran los moradores comprendidos por su raza en el fatal decreto, tanto que el rey por no desesperarles mandaba tratarles bien, mientras que por otra parte proveía de armas á la milicia de la ciudad y de su tierra; el ayuntamiento intercedió por ellos con el mayor ahínco, é invitó al cabildo á secundar sus esfuerzos al pié del trono á fin de salvar á tantas familias del destierro y al común de la ruina; pero sus instancias valieron poco para contrarrestar tan importante y vasta decisión (2). Avila ya no contaba en 1618 sino mil y quinientos vecinos, poco más ó menos los de ahora (3) : sus palacios fueron quedándose vacíos con la extinción de los más nobles linajes ó con la atracción fascinadora que en sus dueños ejercía la proximidad de la corte; vacíos también con la decadencia de la nación y con el abatimiento especial del
(1) No explica el modo Cabrera ; sólo dice significativamente «que habiendo entrado á caballo el alcalde Pareja en la posada de don Juan de Acuña del consejo real, salió en una silla para su casa y sepultura.»
(2) La orden real es de 22 de noviembre de 1609, y la comunicación de la ciudad al cabildo del mes de abril de 161 i. Dudamos que el cabildo se moviese, pues era á la sazón obispo don Lorenzo Otaduy, quien consultado ya por Felipe II sobre dicha expulsión hallándose en Alcalá de catedrático, le había contestado que si bien un antiguo refrán decía á más moros yriás gattancta^ él se atenía á otro más antiguo y seguro de los enemigos los menos.
(3) Méndez Silva le atribuye aun dos mil á mediados del propio siglo. Tenemos por absurdamente exagerado el de catorce ó diez y ocho mil que algunos le suponen en su mejor época, á no ser incluyendo á los de su tierra ó distrito que era muy vasto.
centro de Castilla, sus talleres y fábricas, que no logró reanimar la protección decidida de Felipe V y de Carlos III. Siempre, es verdad, fué más ilustre que grande y más suntuosa que animada, siempre sus monumentos superaron de mucho á su importancia; mas ahora parece que ellos constituyen su razón de ser y que la población no tiene otro destino que el de mantenerlos y guardarlos.