Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 3 de 35
Capitulo II
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
Capitulo II
La tierra se acerca. — Nuevos diálogos americanos. — Llegada á Tenerife. — Excursión á la Laguna. — Impresiones de la Isla en las sombras. — Descenso. — Recuerdos de la guerra hispano-americana. — España en Canarias.
9 septiembre
los vamos acercando á tierra. A las ocho he visto una gaviota solitaria
íítta
que iba rozando las olas, en dirección contraria al vapor.
Anoche el oriental y el argentino entablaron nueva discusión á propósito del arte. En el salón se improvisó un concierto de piano, y ello fue motivo de que se hablara de música y de la emoción intensa que produce en el alma.
A. — Confieso á usted que soy refractario á la música. \y
O. — En cambio yo le declaro que me domina, al extremo de hacerme derramar lágrimas, cau-
indome un goce íntimo é inefable.
A. —¿Qué quiere usted que le diga? Cuando
jy al teatro, no me explico mmca porque lio-
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ran los que tengo á mi lado sobrecogidos por la representación de un drama. Jamás pierdo de vista que aquello es una simple ficción, y, por lo mismo, no me conmueve. En cuanto á la música, nada me dice, tal vez á causa de mi falta de cultura.
O. — Para mí el arte es el fin supremo de la vida y la superior forma de la belleza.
A. — Sí, ya recuerdo que mé tuvo usted una hora en Cádiz viendo el último cuadro de Murillo. Muy lindo, señor, muy lindo; pero, en verdad, no comprendo su entusiasmo.
O. —De fijo lo comprendería usted si se tratase de una letra de un millón de esterlinas.
A. — Natural, señor. Si á mí me dijeran: «¿qué es lo que usted prefiere, un cuadro de Murillo ó cincuenta mil francos?» me quedara con estos últimos. No se crea; también tengo cuadros en mi casa, sencillamente porque me dijeron que debía tenerlos y gasté unos miles de pesos, por más que no veo yo que los valgan. Poseía la cabeza de un Santo, con unos nardos ó flores que salían del cuadro, y me dijo un amigo: «Esto es una joya». Pues bien, lléveselo, le contesté, y salió más contento que unas pascuas.
O. — Sin el arte no nos diferenciaríamos de los irracionales.
A. — El dinero es lo que distingue á los hombres de los brutos. El arte és un complemento de la riqueza, que pueden permitirse los ricos, como el juego. Con el dinero se hace todo, y,
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si conviene el arte, se tiene. Lo que necesitamos ahora son trabajadores y no poetas, mecánicos y no músicos, gente que invente y que nos proporcione comodidades.
O. — Los artistas son los que más impulsan el adelanto de los pueblos. Se anticipan á los inventores, y nos proporcionan las mayores satisfacciones de la vida.
A. — No lo crea, señor ; es cien veces preferible este vapor con luz eléctrica y buenos maquinistas, que un buque de vela lleno de poetas y adornado con cuadros de Murillo.
O. — Me doy por vencido y me resigno á formar parte de la piara de Epicuro.
En esto se levantó el oriental, y salió á la cubierta, con aire de escandalizado, para contemplar el mar, buscando en su grandiosa belleza consuelo á sus creencias estéticas profanadas.
Entonces el argentino comenzó á discurrir acerca de la utilidad social del hombre y señaló como ideal la aspiración á gastar íntegras las rentas sin clavarle la uña al capital. El hombre que esto hace, asegura el empleo anual de su renta para los trabajadores. « Yo no sirvo más que para realizar esta utilidad, nos decía, para gastar todos los frutos de mi capital, y, haciéndolo, presto un gran servicio á los que producen algo, aumentando el consumo. Los trabajadores requieren consumidores; pues bien, yo consumo hasta el límite máximo á que tiene derecho el hombre ».
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9 septiembre
Creíamos llegar á Tenerife á las cuatro de la tarde. A las tres subo .al puente y no distingo aún la más leve sombra de tierra. A las cuatro el oficial me señala, entre la calima, la mancha de las montañas, pero nada logro distinguir. Más tarde, entre las nubes, ha aparecido la silueta borrosa del Pico de Teyde que se ha sumergido en seguida en la niebla.
Próximamente á las cinco, de improviso, entre la calígine ha surgido la recortada costa del extremo occidental de la Isla, y muy cerca se ha proyectado en la cortina brumosa la forma cónica de un islote. Estábamos materialmente en-, cima de la costa.
Al poco rato descubrimos claramente la cima majestuosa del Pico de Teyde y con relieve fueron pronunciándose las montañas, elevadas, abruptas, caprichosamente recortadas, restos quizás de la cordillera enorme que atravesaba la fabulosa Atlántida.
A medida que la luz decrece aumenta la obscuridad de la masa montañosa. Entre sus negruras se destacan picos y cumbres que pregonan la existencia de valles profundos y risueños; junto al mar se vislumbran pueblecillos blancos en barrancos desnudos que dejan adivinar fecunda vegetación en sus honduras. Pasan á nuestro lado los botes de los pescadores, y á lo lejos brillan las luces de Tenerife.
Hemos llegado ya. Apenas fondeados suben las autoridades y los representantes de las Corporaciones, lamentando nosotros el retraso que les ha tenido en espera toda la tarde. Se hacen las presentaciones de rúbrica y se cruzan frases sinceramente afectuosas.
El Capitán, que habla poco, pero á tiempo, nos da permiso para estar en tierra hasta las dos de la madrugada. Nuestros acompañantes nos proponen ir á la Laguna, puesto que en Santa Cruz no queda nadie en este tiempo, y aceptamos con gusto la invitación.
La enorme masa de montañas, requemadas, imponentes, llenas de misterio entre las sombras atrae nuestra mirada y nos domina como una idea obsesionante. Llegamos al muelle semi á obscuras, y recorrimos parte de la ciudad, deteniéndonos en la morada del Cónsul argentino, D. Antonio Escriña, quien nos ofrece una copa de champaña. Las gentiles hijas del Cónsul nos invitan á firmar unas postales, las primeras de la serie interminable que nos aguardaba.
Subimos luego en un tranvía especial y emprendemos la ascensión á la Laguna (560 metros sobre el nivel del mar). Al llegar á cierta altura abarcamos el mar, salpicado de luces, y suavemente argentado por los rayos de la luna naciente. El « María Cristina » se distingue allá, en lontananza, como una minúscula luciérnaga.
El paisaje se entrevé más con la imaginación que con los ojos; cabe el camino se adivinan los
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terrenos cultivados, surgiendo como fantasmas las chumberas y las palmas. A poca distancia los barrancos muestran sus simas obscuras, y con el resplandor de la lima se acercan las cumbres iluminadas de los montes.
A las diez estamos en la Lagima; todo el mundo duerme, exceptuando la gente del Hotel, donde nos tienen preparado un banquete. En el patio, lleno de plantas y flores sub-tropicales, un corro de ingleses é inglesas conversan en voz baja, sin fijarse en nosotros, pese á las lucientes chisteras de nuestros acompañantes.
A la una de la noche volvemos á tomar el tranvía para el descenso. La temperatura no puede ser más deliciosa, recordando esas noches agradables de los valles pirenaicos. Con la mirada quisiera penetrar en el horizonte para distinguir las bellezas de Orotava, ese Paraíso terrenal, donde encuentran alivio los dolientes y satisfacción los grandes aburridos de la tierra, ese Paraíso de los ingleses animado por los plátanos y las libras esterlinas.
i Qué encanto* el de este país maravilloso 1 En pocas horas, dentro de breve espacio, puede uno trasladarse á la estación del año que quiera, desde la cálida Santa Cruz y la otoñal Laguna al templado y primaveral valle de la Orotava y á las nieves eternas del Teyde.
En treinta minutos llegamos á la orilla del mar; íbamos disparados, turbando el silencio de la noche y la soledad de la campiña.
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Uiia vez en el puerto, á la luz de la luna, contemplamos de nuevo la muralla gigantesca de montañas, con sus picos como almenas, áridas y sombrías, testimonio de las grandes conmociones volcánicas. Nadie adivinaría entre aquellos muros calcinados, despojados de vegetación, la esplendidez lujuriosa de los valles interiores. Diríase que imitan al palacio árabe, que toda su hermosura y esplendor los concentra en sus entrañas, ofreciendo á la vista un exterior severo y desprovisto de adornos.
Nuestros compañeros nos contaron cosas curiosas del triste período de la guerra hispanoamericana. El Capitán General obligaba á apagar todas las luces y prohibía severamente, conminando al infractor con duros castigos, tener los postigos abiertos si en la casa había luz encendida. En cambio, nada había prevenido para la defensa de la población. Se subieron con grandísima pena unos viejos morteros á la cumbre, y desde allí se hicieron pruebas que dieron un resultado ridículo, pues no alcanzaron los proyectiles más allá del puerto.
En medio de las amarguras de aquellos días, nos dijeron, estábamos tranquilos, pues teníamos la seguridad de que no vendrían aquí los yankees, no por nuestros cañones inofensivos, sino por el veto de sus sobrinos los ingleses.
Dos manifestaciones sorprendimos, manifestándose con fuerza: la de los plátanos y la del agua, ó, por mejor decir, una sola, la de los plá-
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tanos, que constituye la principal riqueza de la Isla. Como se necesita agua para el cultivo de los plátanos y llueve poco, se construyen en todas partes charcas que recogen las aguas pluviales, y depósitos que detienen las que se pierden por filtración. El terreno es pródigo y fecundo, abonado por los rcisiduos de la acción volcánica ; pide tan sólo agua para dar fruto con cualquier semilla. Los terrenos que hace pocos años se vendían á uno, hoy se arriendan á diez, gracias al cultivo intensivo que los ha trocado de yermos en manantiales de rica producción.
Desde Santa Cruz parte el cable con la Península y el cable con el Senegal, que son como nervios que ligan este país al África y á Europa. Esto sólo da idea de su situación privilegiada entre tres continentes.
No en vano lo codician los ingleses, que de momento lo usufructúan. Por más que en todos lados se ven letreros ingleses, que el puerto está invadido de vapores británicos, que Inglaterra es la principal consumidora de sus plátanos, y que se calcula en 500 ingleses los que residen habitualmente en las casas y hoteles de la Isla, nuestra primera impresión fué la de que alienta en los habitantes un gran sentimiento patrio. Lamentan apenados el abandono en que se tiene á la Isla, la escasa importancia que para ellos tiene el mercado peninsular; pero no quieren bien á los ingleses, aun cuando adoran la libra esterlina.
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La población es de buenas costumbres, de modo que hasta ahora había existido plena seguridad en el campo y escasa criminalidad en todas partes. Desde la pérdida de las colonias, se ha establecido aquí gente maleante que regresó de Ultramar, y este núcleo pernicioso aumenta á causa de los prófugos y castigados que, por un error inconcebible, vienen destinados á la guarnición de Tenerife. En esto procede tener sumo tacto, no convirtiendo lo que debiera ser un sitio de preferencia y distinción en lugar de destierro ó de castigo.
Estos insulares lamentan con razón el desconocimiento que hay en la Península de sus necesidades, el escaso consumo que se hace de sus artículos y el poco cuidado que se pone en la elección de los empleados. Actualmente están de suerte, pues su Gobernador se ha identificado con las aspiraciones del país y siente el peligro que le amaga, tal vez porque nació en Cuba y le duele aún la herida que recibió su corazón patriota al verificarse la dolorosa mutilación.
A las tres de la madrugada levamos anclas, dejando aq[uel puerto donde tanto queda por hacer, y dirigimos nuestra última mirada al Pico de Teyde, que es como el gran eslabón que sobresale de la cadena misteriosa que enlaza bajo las • aguas el Viejo Mundo con el Nuevo.